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viernes, 3 de septiembre de 2010

La Aurora Cáceres de Rodrigo Quesada Monge

RESEÑA

.
"El poema perdido 
              de Aurora Cáceres"
de  
Rodrigo Quesada Monge*

(Costa Rica: Editorial Universidad Estatal a Distancia -- EUNAD, 2010.)



Posado sobre una butaca mullida levanta, como un asta, una espada,
mientras con la mano izquierda recoge hacia sí un libro que lee en voz alta, como quien convoca y alienta vida con la palabra. En torno suyo, princesas suplican, caballeros embisten con su lanzada, mozos y escuderos vociferan en una mascarada, mientras los hechiceros contemplan la algazara. Pudiera ser Alonso Quijano el Bueno, lo mismo que Miguel de Cervantes, el verdadero motivo del inolvidable dibujo de Gustave Doré. Mas yo tengo para mí que se trata de Rodrigo Quesada Monge.
 
    Tuve la oportunidad de conocer, ha poco, la cueva de sus alquimias solitarias en San José. Al lado derecho de su casa, una puerta estrecha da lugar a un espacioso salón, profundo más que alargado, campo de innumerables batallas de la palabra, en cuyo centro hay una mesa, y al fondo un escritorio para una computadora y sus aditamentos. A la derecha de la puerta de entrada se esconde una butaca mullida de espalda a la luz. Todo el espacio circundante queda rodeado de un ejército de libros en guardia, y al acecho. Si se hace un poco de silencio, se oye a los libros murmurar sus historias. Este parece ser el origen de este libro de Quesada Monge.
 
    Cualquiera que conozca su obra historiográfica sabe que a nuestro autor le late con fuerza la vena de una palabra de alquimias que trasciende academias y trashuma poesía. La preocupación por el hombre y la mujer de carne y hueso se manifiesta de inmediato en cualquier libro suyo, hable del capitalismo inglés, de las peripecias del 1898, de las historias por la libertad en Nuestra América, o de Oscar Wilde, la mujer, la canción popular proletaria costarricense o la nostalgia.
 
    Y es que, más que un curioso impertinente cervantino, Quesada es un curioso impenitente. Un ser curioso que de manera casi incontrolable explora los infinitos mundos de la condición humana. Por eso no puede extrañarnos encontrarnos de repente ante un libro como éste: El poema perdido de Aurora Cáceres.
 
   Se trata, en verdad, de una muy curiosa narración que pone en evidencia un manejo del idioma que inflama la frialdad arqueológica que suelen presentar los textos de historia. Aurora Cáceres es una novelista limeña (1872-1958) cuya prosa narrativa osciló entre el modernismo y el indigenismo. Sin embargo, Quesada Monge no nos la trae como personaje, sino que la indaga de la mano de otros personajes que mucho más tarde la toman como objeto de sus obsesiones.       

Desde el comienzo nos percatamos de cuánto reflejan estas páginas de la persona de su autor, e incluso de lo que creemos son abundantes reminiscencias autobiográficas recreadas con la paleta de una ficción que acentúa o difumina los rasgos. Abundan los hallazgos expresivos y las ideas novedosas. Esa alucinación por el libro y la lectura parece tan fuerte como el líbido que ha sobrepoblado el mundo a pesar de tantos holocaustos. Los poemas que le atribuye a Cáceres y que incluye en el texto son en verdad fascinantes. Sin embargo, o quizás por ello mismo, la lectura aturde.  Produce algo de ese extrañamiento que se percibe en las películas de Fellini. Hay como un regodeo cíclico que parece llevar la trama de esta quizás antinovela a ningún sitio concreto pues, más que social, sociológico, externo, la trama bate reflexiones, impresiones, percepciones, un mundo interno riquísimo que a veces conforma un laberinto de espejos distorsionado y compuesto por personajes disfrazados y extravagantes. Es como perderse entre las páginas de sus miles de libros, saltando entre ellos a través de sus tapas. De esta suerte, el conciliábulo de libros de Rodrigo Quesada Monge conforma su propio aquelarre, su propio aleph.

    Tiene razón Quesada Monge: la vida es siempre un laberinto. Y un carnaval de máscaras. Como dice el autor:
    “...descubrí que los libros también tienen sus ordalías y sus Apocalipsis. Llegan a ser personalizados de tal manera que les otorgamos el privilegio de contar con su propia piel, sus propios olores y sabores, así como les reconocemos el derecho a tener vida propia. En sus éxodos y escapadas, cambios de manos, robos y extracciones inconsecuentes, un especioso regodeo, un regusto por la melancolía que nos dejan sus pérdidas los hacen más inaprensibles y necesarios”.
    Rodrigo, como Quijano el Bueno en El Quijote, se nos perdió en este libro. Mas como fue siempre previsor, nos advirtió al final de este libro, con la magia del verso:
                “Si te quedas a mi lado
                Ya no querré morirme”.
    A tu lado me quedo, Rodrigo. ¿Y cuántos de ustedes, lectores, querrán quedarse con nosotros? 

___________
* El presente texto se escribió como prólogo a la novela. Lamentablemente, no pudo ser incluido.


Marcos
Reyes
Dávila

lunes, 23 de agosto de 2010

El pintor de batallas -reseña de una novela de Pérez Reverte



El pintor de batallas
de Arturo Pérez Reverte

 

Conocí la narrativa de Arturo Pérez Reverte como muchos: a través del Capitán Alatriste. Alguna de las novelas de esa saga de aventuras del siglo de oro. ¿Evasión pura al estilo romántico, más que modernista? Quizás. Mas la vida le deparó a su autor, Pérez Reverte, la experiencia perturbadora del corresponsal de guerra cuya cobertura le valió un Príncipe de Asturias de Periodismo, y también varias novelas, entre las cuales se incluye la que reseñamos ahora.

No he sido un fiel lector de Pérez Reverte. El Alatriste no me movió lo suficiente como para seguirlo. Y no fue sino hasta “Un día de cólera” que regresé a un novelar, que ya sí me pareció extraordinario, y que hace en esta ocasión el reportaje casi periodístico del inicio de la rebelión madrileña contra los invasores franceses, anclado en ese primer día notable.

Conocedor de esa parte de su vida de corresponsal de guerra, el título y la nota de presentación de “El pintor de batallas” me sedujo. Acabo de leer el libro y me sacudo aquí las perturbaciones que me produjo. Anterior al mismo leí y reseñé la biografíade Miguel Hernández de Eutimio Martín. Para mi pesar, no pude con la novela distanciarme un ápice de la pesadilla del mundo real. Lo que era en "Un día de cólera" la crónica de hechos extraordinarios observados por un testigo privilegiado, se convierte en el "pintor de batallas", título que apunta al sujeto, en una perpectiva que no puede huirle ya a la introspección de la experiencia. 

La nota de presentación del libro nos habla de un fotógrafo de guerra que intenta crear a través de la pintura, aislado en una torre frente al mar mediterráneo, la imagen que no pudo hallar con un diluvio de fotos de episodios atroces. Un personaje del pasado le anuncia una visita, que lleva la intención de cobrar una deuda mortal. Otro, una mujer que fue compañera de guerra, de cámaras, imágenes y amores apasionados, fallecida, constituyen el reducido núcleo de personajes principales. El entramado se nutre del diálogo triple que construyen en diferentes tiempos la pormenorizada descripción de esa pintura inacabada que es, en realidad, un enorme mural circular que contiene la imagen de la condición humana. Se expone en el mural la historia de las guerras, las pintadas en innumerables cuadros célebres a lo largo de los siglos, y las guerras observadas in situ, en sus fotos. El entramado incluye de manera destacada, además, la relación amorosa que permite la exposición a través del diálogo, de reflexiones en torno a las imágenes de fotos y pinturas de guerra, y también los diálogos con este visitante del pasado que estudia, como el fotógrafo-pintor Fulques, tanto en el recuerdo como en la pintura, la vivencia de la inacabable atrocidad humana.

Poco a poco, como quien descubre en un mar de imágenes pintadas o fotografíadas ese entramado, se compone un cuadro multidimensional de situaciones evocadas al azar o desprendidas por las provocaciones del diálogo, en el que inciden las sendas historias de estos tres personajes, la crónica de atrocidades que se ejecutan en el universo humano del tiempo y el espacio, y la manera como el color, las formas, las perspectivas recogen, develan y revelan el mundo humano de caos y malignidad que no cesa, que está siempre ahí, aunque no lo veamos, aunque no querramos verlo. Aunque la imagen se desplace a África, a Suramérica, o a Asia, enfoca principalmente Europa, y dentro de ella, la guerra de los Balcanes que desmembró la antigua Yugoeslavia y asoló con el afán de la limpieza étnica a serbios, croatas y bosnios.

Andrés Faulques intenta crear con la pintura la imagen intemporal del caos bajo la teoría de que el caos es parte inalienable del orden. Múltiples aristas se desprenden de la idea germinal, a la vez que utiliza como apoyos para la exposición los elementos teóricos y técnicos propios de artes diferentes, como la fotografía y la pintura. Mas el foco está concentrado en algo que va más allá de aquella preocupación latinoamericana con el torturador, pues Pérez Reverte no habla, por ejemplo, del fascismo, y aunque pone al capitalismo en la obra, lo coloca fuera del perímetro explícito.  En realidad ve la malignidad en la condición humana misma, presta a mostrarse a la menor provocación, a la menor oportunidad. Lo que no se revela a la menor provocación es la manera como lo vivido desgarra la imagen interna de un sujeto que por todos los medios intenta ver sin ver, ver distante y desde el hielo mientras enfoca, ver sin involucrarse ni comprometerse con el horror y el diluvio de sangre caliente que se vierte sin motivo aparente.

De repente nos damos cuenta de lo insignificante que es discutir sobre la influencia de la violencia en la televisión y sobre los niños, o en las portadas de los periódicos de Venezuela, México, etc. De la inutilidad, quizás, de abogar por la paz en un mundo donde la violencia y la guerra saturan y permean todo, incluso la vivencia cotidiana del amor, pues queda demostrado en la novela que no se trata de fenómenos que ocurren lejos, en mundos terceros o cuartos, pobrísimos e incultos, sino de fenómenos retrados de manera inmisericorde a través de los siglos en los cuadros que se exhiben en El Prado, México, Londres, o el Louvre, que retrataron ayer con pinceles lo que hoy retratan las películas en el centro de la civilizada Europa, fenómenos que no están desvinculados, ni de los cuales están verdaderamente protegidos, las ciudades castillo modernas como Manhattan donde se publican las imágenes, de horror premiadas, en periódicos
de enorme circulación y revistas de lujo, y para consumo en la paz del hogar.

Pérez Reverte ha escrito una extraña novela, extraordinaria y perturbadora. Me pregunto cómo sobrevivió él mismo, si, como parece, la escribió con las heridas abiertas y las entrañas en las manos. El lenguaje es fundamentalmente directo, espléndido por ratos, salpicado de poesía unas veces, otras demasiado académico-universitario, inmerso constantemente en el curso de las fórmulas técnicas del color, la pintura, la fotografía, el fotoperiodismo, incluso algo de griego y de filosofía, de lecciones de humanidades, de inventario de innumerables pinturas y pintores, de la teoría del caos y del efecto de la mariposa, de historia moderna y contemporánea, que margina sin embargo, las pretendidas causas y justificaciones dadas fraudulentamente a las guerras, pues el fotógrafo-pintor, ahora novelista, sabe que la muerte nunca es ajena. Como si lo buscara sin buscarlo, como si se acercara de espaldas, como desde la negación, se concreta lentamente la mirada en la mirada que lentamente satura una culpa insoportable. En realidad, para Pérez Reverte, nadie escapa sin culpa: ni la mujer hermosa, ni el artista, ni el objetivo periodista, ¡ni los niños!

Su enamorada, Olvido Ferrara, consciente de la belleza del horror, le dice al fotógrafo-pintor en una ocasión: “Ya no hay bárbaros, Fulques. Están todos dentro”. En esa observación está concentrada toda la terrible verdad que postula esta novela: ¡"Homo occisor"!
Marcos 
Reyes Dávila

lunes, 16 de agosto de 2010

Miguel Hernández contra el franquismo

MIGUEL HERNÁNDEZ:
denuncia otra vez 

al fascismo franquista     

(Eutimio Martín. Oficio de poeta. Miguel Hernández. 
Madrid: Aguilar, 2010, 700 págs.)
                   
Para José Manuel Maldonado
y Carmen Hilda Cordero,
en la certeza del canto del amor y de la ausencia.

No hay impugnación más rotunda, más llena de rayos que no cesan, de la brutalidad criminal y fascista del franquismo, brutalidad ejercida con la más íntima y estrecha complicidad de la Iglesia Católica, que esta biografía de 700 páginas  de Eutimio Martín sobre Miguel Hernández.

Nos ha tocado llorar –más que leer–  la segunda edición, sacada a la luz apenas un mes después de la primera. La buscamos y solicitamos como pudimos en las librerías del país y en las páginas electrónicas de Aguilar sin resultado. Un amigo querido me ha ayudado a conseguirla al traérmela desde Madrid tal como Vicente Aleixandre hacía, cuanto pudo, por auxiliar y atender los suplicios incesantes de un poeta condenado, a tres años de muerte, por el régimen franquista.   
Eutimio Martín logra escribir un libro que expone con absoluta claridad las penosísimas circunstancias de la vida de este celebrísimo “poeta-pastor” de Orihuela, localidad del Levante español, próxima a Alicante. Hablo de “circunstancias” porque su autor se extiende bastante en la vida española en esta región, la de antes de la guerra y durante la guerra. De la posguerra muy poco, pues el poeta muere apenas tres años después de terminada la misma, producto de una ejecución lentísima pero inexorable, en pleno auge del fascismo europeo y de la Segunda Guerra Mundial.

Sin comprender estas circunstancias imperiosas de la vida española, especialmente para los campesinos y pastores –pues el fascismo es una ideología de clase–, no es posible comprender ni la vida ni la obra del poeta. En este renglón Martín expone con documentación irrefutable cómo se traduce en el día a día la imagen infausta de un pueblo aplastado literalmente por un gigantesco seminario en lo alto del peñasco al que se arrima la comunidad de Orihuela. En ella la Iglesia Católica, fundida a la clase terrateniente como las dos caras de la misma moneda, es todopoderosa. Ella inculca inculpando la obediencia y la resignación al pobre a la vez que inculca con mimos al poderoso su derecho a prevalecer. El trabajo sufrido, sin paga, es según la Iglesia parte del orden divino que predispone al pobre a sufrir hambre para ganar con ese suplicio el reino de los cielos. Ésa era parte de la doctrina oficial del “sindicalismo” católico. De ahí viene el Opus Dei.

Miguel Hernández nace y crece dentro de este orden asfixiante y desquiciado. Su única opción de educación la ofrece el seminario, los jesuitas. Martín intenta desprenderse del mito del poeta-pastor, pero a mi juicio no lo consigue. Quizás, todo lo contrario, pues el biógrafo no deja de reconocer que Miguel no logrará nunca reponerse del desprendiento a la educación en el seminario que le impone por la fuerza el padre convencido de que “hijo de cabrero, cabrero”. 

Ello explica también la naturaleza de su relación con un José Marín, conocido como Ramón Sijé, joya plenamente adaptada a la doctrina jesuítica y, por eso, paradigma exitoso del hombre de letras de Orihuela, entregado a la Iglesia y los poderosos. La relación entre este orden divino y el fascismo que se erige por toda Europa, fascismo que llevará en España la “camisa azul” de la Falange, hace de Sijé un personaje que atribula y lastima. Miguel, que vivía asfixiado dentro de ese mundo esquizofrénico, no tuvo más remedio que vivir un pacto con él, mas no dejó de buscar la manera de escapar a Madrid. Así lo hizo.


Tuvo muy serias dificultades de adaptación en Madrid. Miguel no había sido educado en las maneras aburguesadas de los señoritos que se dedicaban a las letras, fuera Bergamín o fuera Lorca o Alberti. Lorca tuvo dificultades para tolerarle las maneras rústicas, pero la mayor parte de los escritores tuvieron que rendirse pronto ante su vena poética genial y su pasión irrefrenable de vida. No obstante, casi inédito, y con una obra que rinde culto al dogma medieval del catolicismo retrógrado, el hambre lo oprime en su primer intento en Madrid y lo fuerza a volver. En esa época los impulsos vitales lo desesperaban. Martín expone con mucha claridad la naturaleza críptica de los versos de esta primera época hernandiana centrada en los temas  escatológicos, rústicos, carnales y terrenales  de su “Perito en lunas” y las urgencias sexuales insatisfechas de “El rayo que no cesa”. Es numerosa la obra citada por Martín, muchas veces corregida de versiones previas editadas, incluso en las obras completas del 1992, y analizada por Martín enderezando el hipérbaton y aclarando las metáforas e imágenes.    

A su vuelta a Orihuela, Miguel, ya con ansiedad de hijos, busca mujer, pero busca además como vivir de su don del verso y la palabra en una comunidad saturada de sotanas. A la demanda paterna de las cabras, Miguel le opone su anhelado oficio de poeta. Tanto la banca como el gobierno y los contados medios de impresión están bajo el control de la iglesia. Miguel se allana a la realidad produciendo para ella poemas y un auto sacramental extraordinarios. Se presenta ante sus ojos, seguido de una admiración hacia Federico García Lorca que habría de jugar un paso determinante en su vida, la intención de abrirse paso en el teatro. A su regreso a Madrid las tensiones sociales y políticas se han ido acentuando. Cayó la monarquía, y la república intenta levantarse sobre un medio social marcadamente hostil.

Asombra la fácil aceptación y acomodo que logra el poeta entre las figuras más altas de la cultura de España. No le faltará Altolaguirre, el mismísimo Juan Ramón Jiménez, ni Pablo Neruda. Miguel, que en algún momento de confusión transitoria se describe como una mezcla de fascista y comunista, ha iniciado un desplazamiento ideológico que ya no tendrá vuelta. Es, no obstante, a juicio de Martín, el asesinato de Federico, lo que decide la incorporación, del poeta que no quiere ser pastor, en la guerra civil ya iniciada. En ella Miguel se convertirá, de “comisario de guerra” comprometido a animar e incentivar la lucha, en “el poeta de la guerra” civil. Su punto de vista va más allá del dominio de la ideología política que la anima: Miguel tiene en los trabajadores y campesinos su origen, de manera que él puede, mejor que nadie, ser su portavoz. Es al calor de esa lucha que nace “Viento del pueblo” y su teatro de guerra. Más tarde, cuando apriete la guerra y la situación se torne más desesperada, escribirá los poemas más sombríos que épicolíricos de “El hombre acecha”.    
   
Al terminar la guerra civil asistimos al periplo más lastimoso de su vida. Martín, a lo largo de esta biografía, discute muchos equívocos y desmiente con evidencias muchas declaraciones hechas, incluso, de Pablo Neruda. Dispone, como quizás ninguno, de más testimonios y un cuadro más completo de versiones y documentos rescatados. Además del viacrucis impuesto al célebre poeta de la revolución por el régimen franquista que le fue inmisericorde, Martín expone con abundante documentación la naturaleza de la represión descontrolada que practicó Franco contra el pueblo español con la colaboración plena de la Iglesia, no sólo en la persona de sacerdotes y obispos, sino de la institución representada por las entidades de más alto rango, incluido el Vaticano.

En mi época de estudios en la UNAM tomé varios seminarios de posgrado sobre muchos de estos poetas. Entre ellos Antonio Machado, Rafael Alberti, León Felipe, y el mismo Miguel Hernández. Como hice mi tesis de maestría sobre León Felipe leí bastante sobre la guerra civil, incluyendo los dos o tres tomos de su historia escritos por Hugh Thomas. Debo haber olvidado, sin duda, infinidad de detalles. No obstante, los datos que encuentro en el libro de Martín me resultaron escalofriantes. El sadismo ejercido por las autoridades militares-eclesiásticas sorprendió a los propios nazis. En el penal de Córdoba nada más, y sólo en el año 1941, murieron 502 de hambre. Los delitos atribuidos se legislaron a posteriori de los hechos, es decir, que las violaciones a las leyes se aplicaron de manera retroactiva. Si usted era una persona honesta que exhibió una conducta ímproba, era por eso más peligroso. Si usted conocía a los asesinos, era ya uno de los asesinos. Si usted confesó, después de quemarle los senos, merece la muerte. El delito era simultáneamente pecado, y el pecado, delito.

En el 1939 el 10 por ciento de la población de Madrid estaba encarcelada. El estado no le proveía alimentos. No obstante, solo en un año, de mediados del 39 al 40, asesinaron sólo en Madrid unas 200 mil personas. Un cálculo sencillo, según Martín, permite establecer una norma de cerca de cien fallecidos por día. En Valencia se halló en el 2008 una fosa común con más 24 mil personas, entre ellas, alrededor de 600 niños. La Iglesia Católica nunca hizo señalamiento alguno ante tales atrocidades. Curas de negra sotana participaban a veces en las ejecuciones. El gran dolor de cabeza de la Iglesia era establecer si los reos condenados a muerte tenían derecho al sacramento de la extremaución, pues el dogma lo asigna a personas moribundas. Se concluyó, por tanto, que se les aplicara, si hubiera oportunidad de así hacerlo, “después de la primera descarga, antes del tiro de gracia” (546).

Miguel Hernández tomó al principio con muy buen talante su encarcelamiento. Se dedicó a tapar las penas que sufría y a ofrecer un punto de vista optimista, casi turístico, a quienes lograron verlo. Se las arregló para estudiar francés, inglés y matemáticas. Empero, el frío, el hacinamiento y el hambre lo hicieron presa de un tifus intestinal y una tuberculosis pulmonar aguda. Abundaron los esfuerzos de amigos y familiares para que se le aplicara a Miguel el derecho al tratamiento sanatorio reglamentario. Nunca lo consiguieron.

Con dificultad fue redactando los poemas, póstumos, de su celebradísimo “Cancionero y romancero de ausencias”. En estos poemas el verso inicialmente barroco de Miguel, y luego épico-lírico, depura y destila hasta la desnudez sus agonías y sus sombras. Así como antes fue voz del pastor y del hombre de la tierra, y más tarde el portavoz de la república en armas y de los trabajadores “rojos” revolucionarios, ahora será el portavoz de toda una nación de encarcelados en las prisiones franquistas. No son “ausencias” sólo de Miguel, sino las “ausencias” y desdichas de todo un pueblo todavía insepulto aunque bajo tierra, pues todavía permanecen sellados los documentos de  procesos tan demenciales que la sola idea de abrirlos anega de espanto aún al pueblo español, víctima aún de la represión del franquismo católico. Como sabemos, el famoso Juez Garzón ha sido acusado y procesado en España por atreverse intentar hacer justicia a los centenares de miles de muertos y a los familiares que les sobrevivieron. El franquismo, creo, puede ser definido sin menoscabo mayor, como fascismo católico.

Y razones para tanto pavor no huelgan. El fascismo sigue vivo en Europa porque el neoliberalismo es la fuente de su fuerza. Ese neoliberalismo que, de un modo allá, y otro al otro lado del Atlántico, repercute con la misma idea fascista del desprecio de clases, de la idea del derecho a explotar a los más débiles, a vampirizar el salario de los trabajadores. En Puerto Rico, el PNP de camisas azules como la Falange, lo etiqueta “such is life”. Con esa ideología el pueblo se empobrece hasta la miseria mientras crece la opulencia de los senadores y “empresaurios” del gobierno*.

Anotemos, ya para terminar esta reseña, que así como no deja de señalar
Martín que “es difícil encontrar en la historia de la literatura española un autor enfrentado a circunstancias más adversas”, particularmente el hambre y la “miseria afectiva” (660), como Miguel Hernández, tampoco, concluye Martín, “ningún escritor ha ejercido con mayor dignidad el oficio de poeta” (662). Libro duro, como una pedrada o un rayo, mas no es ajeno al milagro de contemplar como el fuego hace del carbón un luminoso diamante.   

El Comité de Puerto Rico “Miguel Hernández: Año Hernandiano”, continua las actividades de conmemoración del centenario del poeta. A
principios de noviembre, presentará en Orihuela un espectáculo que se creó con ese motivo. Mientras, sigue la venta del libro con dos discos compactos que se realiza con el fin de llevar a nombre de Puerto Rico este homenaje a uno de los poetas más singulares y trascendentales de la historia de España. Y de la América Nuestra.

Sus ojos, dicen los testigos de su muerte, nunca se cerraron. 



Marcos 
Reyes Dávila
Catedrático UPR-H

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 * "Empresaurios" no es una errata. Es un neologismo creado por nosotros con licencia poética.

sábado, 31 de julio de 2010

Francisco de Miranda, libertador



Francisco de Miranda
 
Los sueños 
      de un libertador

(Fermín Goñi. Los sueños de un libertador
Barcelona: Roca Editorial, 2009, 380 págs.)

Novelada, mas basada en la impresionante estela letrada que dejó tras de sí toda su vida, es esta biografía de un periodista, narrador y ensayista de Pamplona, licenciado en Ciencias Políticas, de nombre Fermín Goñi. Extraordinaria por los méritos propios de la relación de una vida cuya intríngulis ardiente queda de relieve a cada paso, y extraordinaria por la vida insólita que trazó los caminos y que en varias oportunidades atracó, o permaneció preso, atado con cadenas, a la roca de los calabozos del Morro de San Juan, Puerto Rico.
    La biografía arranca de dos experiencias amargas en la vida del célebre “Precursor” de la Independencia de Nuestra América. La segunda, es su detención en los calabozos de Cádiz a donde fue a parar tras un largo periplo por varias prisiones españolas después de la nefasta detención que hizo del entonces “Generalísimo” de los ejércitos de Venezuela, el entonces Coronel Simón Bolívar. Tras estas dos demarcaciones dramáticas, la narración se retrotrae a los orígenes de la familia Miranda distinguida por el mismísimo rey Carlos III en la persona de su padre, don Sebastián, canario.
    El periplo de este viajero infatigable se centró en el derrotero de Europa. Sin embargo, comienza con su viaje a Cádiz a donde se dirige enviado por su padre para comprar una patente de “capitán”.  De inmediato se ponen de relieve los generadores vitales de su vida: el estudio de lenguas y culturas, clásicas y contemporáneas, que lo llevó a acumular una de las bibliotecas más grandes que poseyera erudito cualquiera de su época –más de seis mil volúmenes sin contar los perdidos– y que mientras pudo mantuvo consigo guardada en innumerables baúles; la carrera militar, el estudio de armas y batallas; la pasión por los pláceres de la cultura y de vida, desde la música y la gastronomía hasta los placeres sexuales.
    Con la ayuda del extenso epistolario y relaciones de viaje de Miranda, y de los innumerables documentos – más de quince mil folios, mayormente manuscritos, que guarda en más de 63 volúmenes encuadernados– que redactó para reclamar justicia, ayuda, colaboración o en defensa de acusaciones que estimó infundadas, Goñi recrea infinitos encuentros y sucesos de la vida de Miranda. Los servicios a la corona española los inició en Cuba en la época de la lucha por la independencia de las colonias norteamericanas y tras la toma de Pensacola en la Florida y otras acciones militares en las Bahamas y en Jamaica. Como resultado de esos servicios provino la acusación que habría de torcer definitivamente el rumbo de su vida puesto que lo colocó al margen del servicio al rey y en posición de fugitivo reclamado en todas partes por el gobierno de España. Es entonces que inicia en las nuevas colonias sus relaciones con los protagonistas de la historia, pues conoció y estableció vínculos, no sólo con altos ejecutivos, embajadores, generales, eruditos, presidentes y futuros presidentes de los Estados Unidos, sino que hizo lo mismo en Inglaterra, Francia, Alemania, diversos países europeos, incluido Rusia, de cuya zarina fue amante y recibió protección. De esa suerte llegó a convertirse en mariscal de campo de la nueva República francesa para verse involucrado posteriormente en acusaciones que estuvieron a punto de ponerlo en la guillotina y de la que salvó el cuello gracias a ese intenso epistolario que mantuvo y guardó siempre.
    Tal parece que la idea de emancipar a los países de la América del Sur tuvo su origen en los tempranos días de su visita a los nuevos Estados Unidos. Toda la complicada génesis, desarrollo y maduración del empeño del que será precursor queda detallada en los infinitos documentos que hemos mencionado. Del mismo modo los años de buscar y gestionar ayuda a su propósito, principalmente con los ingleses, destacado el caso del primer ministro William Pitt, a quien conoce desde muy joven hasta su muerte, pero también con los franceses y norteamericanos, incluidos los Adams, los Hamilton, los Washington y los Knox. Alguna vez ofrece por su ayuda, para nuestra mala fortuna, la suerte de algunas de las antillas, pero también la idea de construir el Canal de Panamá o la combinación de colores de las banderas de los países bolivarianos.
    Un golpe de suerte le ofrece la oportunidad de iniciar con algunos barcos y unos pocos hombres la lucha de independencia en Venezuela, que vislumbra desde México hasta el Cono sur con la gran Colombia y cuya capital piensa localizar en Panamá. La invasión napoleónica de España tuerce el rumbo de las cosas y se ve nombrado y reconocido por el cabildo de Caracas como “generalísimo” de un ejército inexistente, mal constituido y pobremente equipado. Él mismo asciende a Bolívar a coronel. Un mal paso, una cadena de equívocos y confusiones, terminan por hacer que Bolívar lo arrestre y lo entregue a los españoles. La suerte del precursor, de la presa más buscada por la Corona de España, no tuvo ya redención.


    Con el libro de Goñi asistimos como testigos de primera línea a muchos de los acontecimientos que generaron el mundo moderno, desde la vida en el sur de España y la política real hacia las colonias, la creación de la democracia norteamericana, los trasbastidores de la política imperial inglesa, la vida europea y rusa, y sobre todo, las luchas por el poder en los años oscuros y sangrientos de la república francesa. Ya se trate de figuras históricas de la talla de Thomas Paine, Robespiere, el mismo Napoleón, Dumouriez, la zarina Catalina II, Diderot, Potemkin, O'Reilly, hasta Mozart, ésos y muchos más pasan vivísimos y testimoniales por estas páginas, como si brotaran del libro. Todo ello queda recreado en vivo ante los ojos atónitos del lector. Y atravesado, también, por el espíritu infatigable de una idea que parece nacer en la demanda de libertad de la nueva república del norte y que transita entre la imperación y la urgencia de los amores fervientes la vida toda, hasta el último suspiro, de un hombre que pisó todos los grandes salones del mundo occidental, estrechó todas las manos, contó con la admiración de los más grandes, y no cejó jamás en el empeñó de ver libre una patria de la que se vio obligado a vivir ausente casi toda su vida. 
    Extraordinario. ¡Extraordinario!


Marcos 
Reyes 
Dávila

lunes, 7 de junio de 2010

La novela sobre Sor Juana de M Lavín

La extraordinaria novela 
sobre Sor Juana
de Mónica Lavín           

 
   Yo, la peor es una novela de la mexicana Mónica Lavín publicada en el 2009. No se confunda con la película de Bemberg de 1990 –Yo, la peor de todas– que protagonizan Dominique Sanda y Assumpta Serna, basada, según se dice, en el deslumbrante libro de Octavio Paz "Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe", pero con una lectura que subraya un componente lésbico apenas sugerido como una lectura posible por Paz.    
    La novela de Lavín (México, D. F., 1955) aparece catalogada por la editorial Grijalbo como “novela histórica”, si bien su composición difiere marcadamente de otras novelas históricas por la construcción de varios universos paralelos desde los cuales se contempla la vida de la célebre monja de fines del siglo XVII. En ese sentido, cabe decir que en esta novela Lavín imagina, a partir de hechos históricos ciertos, la vida íntima de una serie de personajes, casi todos mujeres, que tuvieron relación directa con Sor Juana. Este boceo en la subjetividad de los personajes son los que distancian esta novela, en mi opinión, del arquetipo que define una novela histórica, y mueven a los editores a calificarla en la nota editorial de presentación como “novela intimista”. No obstante, gracias a estos personajes, aflora ante los ojos del lector la experiencia de la vida misma de las diversas mujeres de diferentes posiciones sociales, de modo que en estas páginas el lector se sitúa y contempla la vida en el Valle de México de fines del siglo XVII con una riqueza y una proyección incomparables. Sólo por esta razón cabe calificar a esta novela como verdaderamente notable.
    Desfilan por sus páginas la visión de la madre y de la abuela, de sus hermanas, sus sobrinas, su maestra Refugio, su tía, la querida de su tío, las virreinas, otras monjas del convento, hasta la propia Sor Filotea, disfraz del obispo de Puebla. A ellas se añade la aportación fundamental del punto de vista de dos esclavas negras. A partir de las voces de estos personajes, que ofrecen en primera persona sus puntos de vista sobre ellos mismos y sobre Sor Juana, se construye poco a poco la historia de esta escritora monumental.
    Lavín luce además, en beneficio de la novela, de un particular talento en la narración que descansa en una lengua de muy felices y audaces giros, plenos de lirismo y henchidos de imaginación para plasmar y concretar ambientes, situaciones y sentires.
    La investigación histórica luce muy completa. No sólo a través de la narración, sino en un anexo que incorpora al final en el que explica cómo concibió y concretó la historia. Un dato importante que no pudo adivinar Octavio Paz se descubrió en fecha más reciente, y se publicó en el 1994. Se trata
de las redondillas tituladas Los enigmas de la Casa del Placer, libro compuesto no sólo por las redondillas, sino por otros textos que parecen haber sido compuestos después de habérsele impuesto la renuncia a las letras y al estudio como consecuencia de la celada misógina de obispos y arzobispos. El libro, editado en complicidad con monjas portuguesas, debió salir en el 1695, el año de su muerte. Con esa publicación Sor Juana abofeteaba el empeño inútil de silenciar y apagar su inteligencia y creatividad. De manera que la Sor Juana de la novela de Lavín no es la monja acorralada, humillada y derrotada que estudiamos en Octavio Paz, sino una monja que de un modo aún más contundente que Galileo, se yergue sobre la censura inquisitorial para afirmar que la inteligencia y la creatividad no pueden ser apagadas.
    Hay que aplaudir, como aplaudo, esta novela importantísima de Mónica Lavín.
     

Marcos 
Reyes 
Dávila

domingo, 18 de abril de 2010

Gabriel García Márquez

GGM

(No, no es General Motors. Es algo aún más grande.
Es Gabriel García Márquez.) 

Pongo la mano sobre Gabriel García Márquez: Una vida, y juro. Quizás exagero un poco, pero la hipérbole es mágicorrealista y le viene bien al tema de la reciente biografía del Gabo escrita por Gerald Martin (Vintage Español, 2009). Martin es profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh y, además, profesor de la Universidad London Metropolitan. La biografía de 762 páginas es en realidad un compendio de una obra que en algún momento alcanzó a tener dos mil folios y seis mil notas al calce.  En ese sentido, Martin parece haber seguido al maestro biografiado que en varias ocasiones, como ocurrió incluso con Cien años de soledad, ha dado a la imprenta una versión reducida a más de la mitad de la obra original. A las 626 páginas del texto biográfico final publicado, se añaden 76 páginas de notas al calce y el resto de índices, mapas, árboles genealógicos, bibliografía, y páginas no numeradas de fotos.
    La obra de Martin, en general, secuestra al lector por alucinante, no sólo por el delirio mágico que ha sido Gabriel García Márquez (GGM) para inmensas muchedumbres del planeta y por más de 40 años, es decir, a partir de la publicación de Cien años de soledad, sino por el tono y el talento en la narración y exposición que utiliza sabiamente el autor, rica y minuciosamente documentadas. Quizás se beben sus páginas con más fruición aún que la propia autobiografía de García Márquez, Vivir para contarla, lo que es mucho decir.
    Y es que en esta obra se aúna al talento del autor la riqueza verbal y la jocosidad incorregible de un escritor inaudito que, a todas luces, será un hito imprescindible en la historia de la literatura de los siglos por venir. Además, el exhaustivo recorrido a lo largo de la vida aventurera de GGM deja satisfecho al lector más exigente. Martin ha explorado todos los espacios imprescindibles y ha profundizado en cada detalle de la vida de este autor caribeño de manera que nunca decae una narración que mantiene un ritmo ágil, veloz, con revelaciones sucesivas interminables y un tránsito que oscila consistentemente entre el asombro y la risa.
    En primer lugar, el lector tiene ante sí una imagen amplia de la infancia del autor en la que nada parece faltar. Explora su mundo particular dentro del entorno familiar que le tocó vivir en relativa orfandad aunque de la mano de su abuelo coronel. Están aquí las figuras principales de su infancia que resultaron en la formación de su visión de mundo, ya se trate del Coronel o de Úrsula, o de personajes como los gitanos, el cura que levita, el italiano, o Remedios. Y más allá del entorno familiar inmediato, Martin explora además el pueblerino, así como la historia de la compañía bananera y la Guerra de los Mil Días.
    Las novedades para quien escribe, que no es un lector primerizo ni superficial de GGM, son abundantes. Entre ellas, una explicación de la cara de susto y sorpresa del infante que decora la cubierta de la autobiografía, la formación escolar irregular de un niño que contrario a la precoz alfabetización de Sor Juana, aprendió a leer y escribir a los ocho años, y la descripción precisa de la célebre casona, incluido el castaño, motivo de sus obsesiones, miedos y amores. El desplazamiento fuera de Aracataca del niño que acude a estudios que lo llevarán lejos de sus abuelos y padres, y el lento desarrollo persistente o testarudo del escritor profesional. Gran parte de los 25 capítulos –si incluimos el epílogo–, en tres partes, se estructurarán en torno a los sucesivos libros principales o las diferentes actividades periodísticas, ya fuera en Cartagena, Barranquilla, o Europa, o ya sea, Los funerales de la Mamá Grande, La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, etc.
    Abundantes datos nuevos hay  aquí para todos. Ya se trate de la historia del boom, o la disputa con Mario Vargas Llosa que culminó con un puño que derribó a GGM en México, o su intensa labor política y su participación en infinidad de asuntos de primera línea en el plano internacional como si fuera otro jefe de estado, su compleja relación con Colombia y con Cuba, su amistad inquebrantable con Fidel Castro, o la noticia extraordinaria de un primer amor con una española que terminó encinta de él cuando vivía en Francia “feliz e indocumentado”. No sabíamos que había jugado una pieza con Jimmy Carter para obtener la liberación de Lolita Lebrón y los otros presos nacionalistas en cárceles gringas. Ni que hubiera dedicado tantos recursos económicos y tanto esfuerzo personal en la institucionalización e instrumentación de diversas iniciativas ya fuera en el campo político, periodístico o cinematográfico, en muy diversos países, o en la Unesco.
    De hecho, parte sustancial del libro se dedica a exponer la intensa actividad política que realizó GGM tras la publicación de Cien años de soledad, consciente de la oportunidad que le otorgaba la fama de influir en conflictos nacionales e internacionales. Esta parte del libro es otra revelación para el lector, pues aunque tuviéramos conocimiento de su participación en un sin número de eventos, no sabíamos que ese sinnúmero era tan grande, ni que se había ocupado a niveles tan altos, o secretos, con tantísimos asuntos. El tema no deja de ser harto pertinente pues pone al descubierto otro aspecto de la obra del Gabo que si bien sabíamos que era amplia, no teníamos idea de cuánto. Me refiero a la inmensa obra de naturaleza periodística que va mucho más allá del periodismo del joven costeño en Cartagena, Barranquilla y Bogotá, y de sus “jirafas”, náufragos y secuestros. 
    Extraordinaria es también, por otra parte, la relación de la pasión incontenible por la literatura que lo llevó a grandes sacrificios y a una vida que a ratos se aproxima a una nueva picaresca, pues iba de mal en peor. Extraordinarias son varias de las interpretaciones que hace Martin en torno a algunas obras cuyas fuentes o referencias nos eran insospechadas. Extraordinaria es la magnitud de una fama de la que creíamos estar advertidos hasta leer aquí que cuando se publicó la “primera edición” de la Crónica de una muerte anunciada, la edición colombiana era tan grande que necesito ser exportada en 45 boeings 727. Extraordinario es constatar cuánta curiosidad, creatividad, acción y compromiso desarrolló este hombre a lo largo de su vida, y cómo sólo parece lamentar, al contemplar cuánto se consume en su ocaso, no contar con la misma energía para luchar infinitamente con la vida.   
    No obstante, no compartimos algunos aspectos del análisis de Martin. En algunos casos hay repeticiones, en otros inconsistencias, y en alguna que otra ocasión nos parece que Martin especula en exceso. Así, por ejemplo, en cuanto al posible vínculo entre Fidel Castro y la figura de El otoño del patriarca. O en su análisis sobre la manera como GGM integró y conformó sus concepciones revolucionarias y su concepto sobre el comunismo. Algunos conceptos nos han parecido confusos, como por ejemplo, el de modernismo y modernista. Su interpretación negativa de su última novela,  Memoria de mis putas tristes, creo que deja qué desear. Más allá de la moral conservadora que recusa a priori la pretensión del anciano de regalarse una joven virgen para su cumpleaños noventa, está la bella sorpresa inesperada del primer amor que en lugar de sexo recibe el anciano como regalo de cumpleaños y compensación de una vida gris, sorpresa que pone en evidencia que los afanes de la vida nunca caducan, y que, tal como ocurrió con esa semiparodia de novela rosa que es El amor en los tiempos del cólera, el amor mantiene incólume su fuego a través de todas las edades porque la vida es una flama que se resiste a terminar. Empero, la obra de Martin ayuda a comprender innumerables aspectos de la obra sublime de GGM como muy pocas.
    Para nosotros fue también, finalmente, una revelación, la relación que hace Martin de la decadencia física de GGM. Supimos de sus problemas de salud y tuvimos noticias de un cáncer. Aquél fue del pulmón, operado con éxito en el 1992. Pero no teníamos noticias concretas del linfoma de 1998, cáncer del sistema inmunológico. Martin insiste, además, en subrayar la pérdida de memoria, acelerada quizás, dice, por la quimioterapia, que constató en su entrevista con Gabito, el “Napoleoncito” de su abuelo coronel, en el 1999. En ese sentido considero una suerte de la providencia la inesperada oportunidad que tuve de ver y oír el que quizás haya sido el último discurso público de GGM durante la convención de la Academia de la Lengua Española en Cartagena en el 2007.

    La fama de GGM es un hecho quizás sin precedente. A mi regreso de Cartagena, releí otras tres veces Cien años de soledad, cada vez con la misma fascinación, y también El general en su laberinto. El otoño del patriarca, a pesar del fabuloso texto que puedo disfrutar a trazos y trozos, nunca he podido leerlo completo. Aunque se le compare con Cervantes, y al Quijote con Cien años de soledad, no se puede ignorar el hecho de que Cervantes murió sin los laureles de una fama que sería póstuma. En cambio, el Gabo ha visto agotarse por millones y millones las tiradas insaciadas de sus obras principales. En el libro hay quien asegura que la importancia histórica de GGM es sólo comparable, a pesar de las obvias diferencias, a la de Bolívar. ¡Qué homenaje majestuosamente mutuo éste que se da entre ambos ahora que conmemoramos el bicentenario de la emancipación de Nuestra América!
    Gracias, Gerald Martin.


Marcos 
Reyes 
Dávila
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