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sábado, 12 de octubre de 2013

Carmelo Delgado Cintrón Vs HOSTOS



Carmelo Delgado Cintrón 
                vs 
                     HOSTOS  
                     
                “El diez de octubre no se discute, se bendice.” Hostos (1876).
                “Hijo, te levantaste muy temprano”. Hostos
                “Tengo de la opinión de los hombres una idea definitiva: jamás es justa” Hostos
                “¿Está bien hecho que haya irreflexivos ingeniosos –“eruditos”, dice en otra                parte– que tengan ingenio
              para sacar partido de una falta de memoria que un crítico pensador se avergonzaría    de señalar?” Hostos

       "Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol." Martí


Carmelo Delgado Cintrón es un ser humano exquisito. Catedrático de la Facultad de Derecho del Recinto de Río Piedras y hostosiano de prolongada trayectoria, fue electo miembro del Comité del Sesquicentenario de Eugenio María de Hostos (1989).

Hace varios meses se comunicó conmigo para anunciarme la inminente publicación de su “Biografía jurídica de Eugenio María de Hostos” (DERECOOP, 2012, 3 vols.), y para preguntarme si tenía inconveniente en que me dedicara el segundo tomo de esa obra junto a Argimiro Ruano, profesor de Humanidades jubilado del RUM, de nacionalidad española, y autor de otra biografía de Hostos, publicada en siete tomos. Le informé que no tenía inconveniente. Sentí una emoción de honor por venir de un estudioso como él, mas quedó  sembrada en mi ánimo alguna sombra inquieta, pues Ruano y este servidor hemos estado enfrentados al menos desde 1992 ó 93 por diversas razones, la más importante, su enigmática fijación con desmitificar el mito biensonante de Hostos. Contra las desmitificaciones no tengo nada, a menos que no estén basadas en un proyecto de destrucción que utilice como arma lecturas y razonamientos torcidos, falacias y mentiras. Sostuvimos, ambos y otros más, algunas controversias que casi olvidé... hasta ahora.

Pienso en Carmelo Delgado y en la dedicatoria, y se me hace difícil decir lo que tengo que decir, pero no tengo modo de eludirlo, pues de otro modo, aunque Delgado haya anotado que las dedicatorias no significan endosos a sus interpretaciones, de algún modo sí lo sugieren. Y además, me resulta muy difícil abstenerme como ex director del Instituto de Estudios Hostosianos, cuando se me cita para probar algo con lo que no concurro del todo y para apoyar interpretaciones que se distancian de las que he expuesto durante cerca de treinta años como producto de un amor ininterrumpido por Hostos. Antes de hacerlo consulté en una conversación de pasillo en UPR-Humacao con colegas que concurrieron conmigo en que la obra de Delgado sigue demasiado a Ruano, es muy reiterativa, y pudo configurarla de una manera mucho menos extensa.

Debo señalar, en primer lugar, que leí los tres tomos de cerca de 650 páginas cada uno (706, 616, y 669) , en dos días apasionados. Delgado ha recopilado una impresionante cantidad de materiales para producir una obra, inopinadamente erudita, que abarca prácticamente toda la producción intelectual de Hostos. (Ruano se limitó fundamentalmente a la época española del que llamo “joven Hostos”.) En efecto, Delgado hace hincapié en los aspectos “jurídicos” de Hostos, que incluyen, particularmente, la labor política de su juventud, la obra académica y docente del catedrático constitucional y las luchas que libró a su regreso a Puerto Rico en el 1898. Hay en la obra muchos aspectos novedosos, o vistos, antes, muy a la ligera. Estudia y compara la tesis de Pedreira con su famosa biografía de Hostos, el legado de Hostos y las controversias suscitadas después de su muerte y durante el centenario de 1939. Delgado anuncia desde el principio que su propósito principal es corregir errores que se repiten en las biografías y estudios sobre Hostos, errores que se basan en afirmaciones antiguas, nunca corroboradas, de Pedreira, por ejemplo, o de la propia familia de Hostos.

Pero el texto de Delgado muestra serios defectos. Uno de diseño: la obra es muy reiterativa. Delgado vuelve, una y otra vez sobre asuntos ya tratados. Ello convierte la obra, por otra parte, en un laberinto muy confuso. Es además muy extensa y prolija.

Por otra parte, Delgado asimila demasiado extensamente el discurso de Ruano. Aunque anuncie de un modo distinto su propósito, no desmitificar, sino corregir, el discurso de Delgado incurre excesivamente en impugnaciones del testimonio de Hostos violando principios del análisis crítico y del análisis del historiador, pues salta el espacio del hecho para incurrir en la franca especulación. En la práctica, Delgado dice que el mayor moralista de la historia latinoamericana miente una y otra vez; que algunos de sus grandes atributos no existieron, o son falsificaciones. A veces no afirma estas cosas abiertamente. Le basta, por ejemplo, decir que a Hostos se le atribuyen méritos como feminista, pero que en su época fueron feministas una larga lista de personajes que nombra, uno por uno. Su actitud se parece a la del fiscal, y su discurso, ambiguo –pues no deja de incurrir en la franca admiración y el elogio–, es tan argumentativo como expositivo.

Es cierto que quien escribe ha señalado, desde el 1994, que en las obras completas de Hostos la escritura está alterada y editada, enmendada, con pasajes omitidos. Apuramos la tesis de que ello se hizo para suprimir expresiones en las que el espíritu fogoso de Hostos, nada matemático ni frío, podría sonar muy fuerte, pero nunca implicamos que esa edición tuviera el propósito de enmendar el carácter sustantivo de sus ideas ni decir lo que no dijo. Más podemos decir, pues en fechas recientes, al releer textos que leímos hace décadas, como la biografía de Bosch o a Pedreira, hemos tenido la certidumbre de que ambos tuvieron acceso a textos de Hostos que no se publicaron en las obras completas, pues ambos afirman cosas que no recordamos haber leído en sus obras completas. Pero quien habla nunca sería capaz de atribuirle a Juan Bosch, coeditor de esas obras, la intención de tergiversar a Hostos o de hacerlo parecer más próximo y atinado al alegado mito biensonante. No podemos afirmar que se hayan ocultado cartas y discursos, o porciones del diario, como dice Delgado, aunque varias cosas nos sugieren que eso es así. Yo tengo la convicción de que todo debe conocerse, y que ocultar, por el motivo que sea, textos de Hostos es una traición a una figura histórica que es un patrimonio nacional de un valor imponderable.

Lamento el ataque a Julio César López, el hostosiano más capaz y competente que ha existido nunca. Delgado, por ejemplo, le atribuye reproducir, con
carácter oficial en las publicaciones del Instituto de Estudios Hostosianos, una cronología equivocada en las fechas y errada en su contenido (I, 71-77, y otras veces más). Delgado alega que según la cronología en internet del Instituto de Estudios Hostosianos (IEH) y el Instituto de Cultura Puertorriqueña, publicada por una auxiliar de investigación, Hostos, en enero 15 de 1868 rechaza la oferta de ser gobernador de Barcelona “después del triunfo de los republicanos españoles”. No pude constatar eso, pues las páginas referidas parecen no existir ya. Para vergüenza eterna de la Universidad de Puerto Rico, para vergüenza de la comunidad universitaria que lo ha permitido, para vergüenza del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y para vergüenza del gobierno de Puerto Rico, el Instituto de Estudios Hostosianos fue desmantelado y sus haberes repartidos sin guardar registro alguno, según me informan, mucho antes de completar la encomienda de recopilar, editar y publicar una edición crítica de sus obras completas. Pero Delgado sostiene que esa cronología es “similar y exacta” –frase enigmática– a la que usa Julio César López y el IEH, a pesar de que al reproducir lo que dice la de López y la oficial lo que se lee es lo siguiente: “1868 - Realiza esfuerzos a favor de la República española.” En la oficial no aparece el mes y día del 15 de enero, sólo el año. Pero Delgado dedica casi un tomo a refutar esa afirmación de la republicanidad de Hostos en el 68. Según Delgado (siguiendo a Ruano), Hostos se desplaza, con toda celeridad, desde la indiferencia política, al reformismo, al autonomismo luego, luego al republicanismo español federalista, al autonomismo canadiense, a separatista-independentista y, finalmente, al separatismo independentista en la confederación antillana. Todo un ciclón. Hemos escrito muchas veces sobre este tema del carácter revolucionario del republicanismo del joven Hostos (Véase mi libro, Hostos, las luces peregrinas, o los varios ensayos publicados en mi portal www.lasletrasdelfuego.com). En mi opinión, Delgado no comprende bien el fenómeno que paso a resumir.

El texto más antiguo que se conoce de Hostos es la novela, La peregrinación de Bayoán, de 1863. En esa novela hay ya una concepción, embrionaria si se quiere, de la nacionalidad antillana, y por ello, una prefiguración de la confederación antillana.  Ignoro si la restauración del dominio español sobre la República Dominicana (1861-65) jugó algún papel en la concepción y la escritura en sí de esta novela, pero el hecho es coincidente. La novela pone en evidencia las ideas liberales de ese Hostos que coloca a las Antillas con identidad propia frente al poder, históricamente opresor, de la España monárquica. Los artículos de Hostos que comienzan a aparecer sólo después de 1865, hasta donde hasta ahora sabemos, defienden los derechos de las Antillas, las ideas liberales, y la descentralización administrativa y política para España y sus Antillas. Hemos dicho que Hostos busca tanto reparaciones como mayores poderes de soberanía para las Antillas, pues Hostos no cree en la asimilación de las Antillas, es decir, la anexión. Su pensamiento propende siempre a la idea federal. Cuando Hostos escribe sobre Canadá en el 1867 va detrás de libertades políticas que coloquen la colonia “en aptitud de ser pueblo soberano” (España y América –EyA– 314), de “un modo de independencia” (316), “de una nacionalidad separada y distinta” (318), de modo que, tras la confederación, el “débil lazo que una a la colonia y a la Madre Patria” se rompa sin esfuerzo ni dolor (320).

Delgado desarrolla una complicadísima argumentación para tratar de demostrar que la revolución española de septiembre de 1868 no fue una revolución republicana y que el Partido Progresista en el que decía militar Hostos tampoco lo era. No era una revolución republicana aunque hubiera derrocado la monarquía de Isabel II y el proceso desembocara poco después en una República. No era un partido republicano el progresista aunque estuviera constituido por sectores con inclinaciones republicanas. Iris Zavala, que no es poca cosa, Blanco Aguinaga y Julio Rodríguez explican en su Historia social de la literatura española (II, 122-123) que en septiembre estalla la “revolución” antiborbónica, y el 8 de octubre sube al poder Serrano con “medidas típicas de una revolución burguesa liberal”. Y añade que a nivel político esa revolución presentó “contradicciones entre partidarios de la República y de una monarquía no borbónica”. Entonces, ¿por qué Hostos no puede ser republicano en octubre de 1868, si desde el 1865 lo vemos defendiendo que las reformas políticas precedan a las administrativas, pronunciándose en contra de la asimilación –a la metrópoli–  y a favor de “leyes especiales” que atiendan las particularidades de las islas, y rechazando la integración de las Antillas –Cuba y Puerto Rico, las dos–  a las Cortes del Reino para abogar por el establecimiento de asambleas legislativas propias? ¿Por qué no puede ser republicano si escribe entonces en defensa de Cuba en armas –“La insurrección en Cuba”, EyA, 203– y de los revolucionarios de
Lares, incluido el venezolano Manuel Rojas (“Al Gobierno Provisional”, EyA 258, y otro en la 259). ¿Por qué no puede ser republicano si defiende en el 1869 esa forma de gobierno en España justo antes de salir a buscar las armas, y si a Martí, ya entonces separatista, le pareció bueno para reproducirlo en La Habana?

¿Cómo puede hablar Delgadode los artículos de Hostos desde 1863 si no hay ninguno hasta el 65? ¿Cómo puede hablar Delgado de las ideas políticas de Hostos desde 1851 al 69? ¿Qué importancia puede tener que una vez diga que su vida política comenzó en una fecha y otra vez diga que en otra? ¿Por qué regatearle que diga, quizás retóricamente, que fue el primero que protestó las matanzas de San Daniel la noche del 10 de abril de 1865, si ya escribía el 12 y le publicaban el 13 de abril? ¿Cómo saber por qué Moya hizo o dijo, y por qué Sagasta otro tanto, sin leerles las mentes retrospectivamente? ¿Cómo atreverse un crítico, un historiador, un abogado, a especular por qué no hay una carta de Martí a Hostos, pero sí hay artículos escritos y artículos reproducidos por él? ¿Cómo puede nadie atreverse a decir, ni siquiera sugerir, que una figura del calibre de Juan Bosch haya removido cartas ? ¿Cómo afirmar que Hostos, el más grande teórico de la antillanidad, maestro del propio Martí, un hombre que sacrificó con la más admirable abnegación su vida entera por la libertad de Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, sea en el 1898 un independentista “coyuntural” ?

¿Cómo hablar de la admiración ciega de Hostos por Estados Unidos si señala desde el 1870 –¿1874?–  sus tendencias absorbentes e imperialistas, el peligro que representa para Panamá y CentroAmérica y la urgencia de frenar su afán expansivo con la Confederación Antillana, si califica su política como una de “fuerza bruta”, si explica lo que es admirable y lo que es peligroso, si hablando de Estados Unidos señala el carácter corruptor de esa admiración ciega?

Delgado incurre en errores importantes, a mi juicio. En la página 117 del tomo primero cita una carta de Hostos del 29 de febrero de 1868 en la que según Delgado, Hostos “se declara enfáticamente contrario a la independencia de Cuba y Puerto Rico”. Y lo que dice la carta es, "enfáticamente", lo contrario... si se completa la cita. Delgado cita a Hostos diciendo lo siguiente: “La mala fe secundada por el patriotismo ciego, ha dicho que queríamos la independencia de las Islas, es decir, lo contrartio de lo que dice la declaración”. Pero Delgado no cita lo que sigue, punto seguido: “Deseo saber si usted como yo, opina que las Antillas no pueden seguir regidas como lo están; si opina usted como yo, que el régimen actual nos lleva inevitablemente a la anexión; si usted como yo, desea la pronta independencia de Cuba y Puerto Rico; pero de tal modo, que independencia no sea rompimiento de relaciones, sino creación de las que no existen hoy; de las relaciones del afecto y del interés material, moral y etnolólogico” (Epistolario, Edición Crítica, III.I: 26).

Delgado se dejó engañar, ampliamente, por los errores de Ruano. Un párrafo más adelante, Delgado se refiere, en la parte no citada por él, a la “anexión”, y cree, erróneamente, que Hostos habla de Estados Unidos, cuando lo evidente es que habla de la anexión a España, pues lleva años defendiendo a las Antillas de la asimilación a la metrópoli. Es de las relaciones de afecto e interés material de las Antillas con España, que no existían entonces, de lo que habla Hostos. ¿Cómo podría ser Estados Unidos?

Muchas otras novedades hay, “repito”, como hace reiteradamente Delgado en su libro. Es una novedad la información que ofrece el rector Riveros, de la Universidad de Chile, en el 2003, respecto a que a Hostos, el Consejo de Instrucción Pública, le pidió la renuncia al rectorado del liceo. La relación de Riveros hace omisión absoluta de un aspecto ligado a este asunto, y esto es la campaña a favor de Cuba en armas a partir del 1895, campaña que puso en tensión al gobierno por las protestas oficiales del gobierno de España. Delgado trata este asunto, pero aparte. De modo que la extensa relación de Riveros deja en el lector la sensación de que esta petición de renuncia que se le hace a Hostos tiene que ver o con defectos en la certificación de exámenes de dos alumnos (III, 588) o con la insatisfacción de Hostos con la implementación de planes educativos de un grupo de alemanes. Es curioso que los estudios hechos por chilenos como la Dra. Sonia Ruiz no mencionaran o encontraran este dato de la renuncia solicitada. Hasta leer esta información suponíamos que, como se ha dicho en infinidad de ocasiones, la renuncia de Hostos obedeció a la urgencia de estar presente en las Antillas ante la inminente intervención militar de Estados Unidos, e incluso se relata que la esposa de Hostos, se opuso hasta constatar cuánto abrumaba a Hostos esa urgencia. Se decía también que el gobierno intentó retenerlo y que inventó la excusa de comisionarle una investigación en Estados Unidos para hacerlo regresar. Además, se decía que en ningún lugar estuvo tan bien colocado como en Chile, hasta ahora, que se nos dice que nunca se sintió verdaderamente a gusto en el Chile muy cambiado con el que se encontró en esta segunda visita. Es necesario investigar esto más. No obstante, no me parece que deba comprar la tesis de Riveros, no si sabemos que Hostos, en efecto, se puso completamente al servicio de la revolución martiana en Cuba y que esta campaña, que fue más allá de la prensa y los discursos, le causó dificultades con los ministros de gobierno.

Con Hostos, y también lo he señalado, hay que tener cuidado, pues en sus escritos hay voces diversas. A veces escribe como español desde un medio español y para españoles; a veces como antillano y para españoles; a veces como antillano revolucionario para antillanos revolucionario; a veces como antillano o como latinoamericano para otros públicos; y a veces como padre o familia. A veces escribe a nombre de un medio, un medio que es español, y a veces en su carácter personal, como Hostos. En el 1898, por ejemplo,  hay un contraste muy marcado entre lo que se confiesa a sí mismo o escribe a sus correligionarios de ideas, y lo que escribe a sus hijos. Toda persona modifica el discurso dependiendo de la ocasión, del momento, el interlocutor, y eso no significa que se entre en contradicción ni que se mienta en nigún caso. Pero pongo mi nombre detrás de esta afirmación que digo de manera rotunda, como a veces lo hace Hostos: Hostos nunca se sintió ni se pensó español a secas.

Negarle altura es una mezquindad a quien se carteó y se entrevistó con algunas de las figuras políticas más importantes del momento, y publicó en innumerables medios. ¿O negaremos la entrevista con Serrano en las que defendió al venezolano Manuel Rojas y las cartas de Castelar, por ejemplo? Negaremos el protagonismo en Nueva York, 1870, o sus encuentros con Mitre, su amistad con el presidente Pardo de Perú, sus reuniones con Balmaceda, con Luperón, con McKinley? ¿O negaremos la admiración de un testigo privilegiado e irrefutable como José Martí, o los Henríquez Ureña de Dominicana? ¿Por qué sugerir, casi hasta la burla y siguiendo, desde luego, a Ruano, que al ofrecérsele a Hostos cátedras en universidades de Argentina, eso, o fue una ficción suya, o lo descartó por saber que carecía de títulos universitarios, y no por lo que dice entonces, dijo muchas veces antes en otras ocasiones, y también muchas veces después, hasta encontrarse con Belinda, esto es, que no podía atarse por estar
comprometido con la Guerra cubana y las Antillas? (II, 170) ¿No fue, en efecto, eso lo que hizo? ¿No llegó a embarcarse con Aguilera en Nueva York para ir a luchar con las armas a Cuba? ¿Cuál es el propósito de señalarle los zapatos sucios a Hostos? ¿Fue Hostos el gran Maestro de América como dicen tantos, o no lo fue y vamos a señalarle que no terminó la carrera de derecho porque no podía? 

Hay, como señalamos al principio, muchas aportaciones en esta obra inmensa de Delgado. No paso a evaluar todo el material jurídico, contenido principalmente en el segundo tomo, porque como no es esa mi formación sería para mí un trabajo arduo que no puedo emprender en este momento. No coincido con muchas apreciaciones hechas en el tercero, pues creo que la política que sigue Hostos frente a Estados Unidos, y ante el hecho consumado por una potencia frente a la cual no es pensable recurrir a las armas, es una estrategia que él formula, nadie se la impone ni lo amarra. Es decir, Hostos no ve otra opción que recurrir al argumento legal y constitucional, ese Derecho Internacional que entonces sólo existía en su cabeza con una anticipación de un siglo, igual que ocurre con los poderes de la “sociedad civil” que intentó despertar entonces, y que han generado transformaciones importantes en fechas recientes, un siglo después de Hostos. El hecho era que, como decía él, la Constitución NO LE PERMITÍA A EEUU poseer colonias, porque UNA COLONIA ES LA NEGACIÓN DEL PRINCIPIO REPUBLICANO. Otra cosa es que el PODER todo lo decida, y Hostos no ignoraba eso tampoco.  Cuando habla de la conveniencia de “americanizar” a Puerto Rico, esa palabra no significa para él lo que ha venido a significar mucho después. Hostos se refiere a la formación de una sociedad civil y a los modos de vida de una república. Por eso “americanizar” a Puerto Rico le ayudaría a lograr una independencia viable.

Me permito recordar que Hostos cree en las federaciones y las confederaciones como un medio para hacer viable sociedades débiles como las antillanas. Hostos dice explícitamente en el Programa de los Independientes que su preocupación más grande es la construcción de sociedades libres después de la independencia.  De sociedades libres de los lastres coloniales que muestran los países latinoamericanos que estudió sociológicamente en su peregrinación, y que necesitan, en su opinión, de gestar una “segunda independencia”. Y, además, ve esas federaciones y confederaciones, que quiere no sólo para las Antillas, sino para toda la América Latina, como un medio de enfrentar los grandes y peligrosos  poderes del hemisferio, particularmente, Estados Unidos, y también los imperios europeos que la amenazan y la atacan a cada rato. Independizar a Puerto Rico para lanzar al pueblo a una tiranía no está jamás en sus cálculos.

Hostos es un universo inmenso, difícilmente abarcable. Torrencial. La obra de Carmelo Delgado Cintrón, que en cuanto a dedicación es un monumento,  lo demuestra. Lo agrava al citar, a veces por duplicado, textos extensos, demasiado extensos para el lector común. Pero ese universo sólo puede compartirlo con apasionados sinceros, como quien escribe estas líneas, o como quien ha escrito este libro. En esa pasión, Carmelo Delgado, somos hermanos.



Marcos Reyes Dávila

¡Albizu --u Hostos-- seas!

jueves, 15 de agosto de 2013

Los pájaros locos de Silén son palomas asesinadas en la Guajana




Los pájaros locos de Silén
son palomas asesinadas 

            en la GUAJANA*       
      
Sin los sesentas no habría setentas”, Sergio Ramírez.
 


 
Celebro, como el que más, la reedición del libro mágico de Yván Silén: El pájaro loco.
    Estudiaba mi bachillerato en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, cuando nos sorprendió un día, en el recinto y en las calles de Río Piedras, la campaña de promoción en las paredes de este pájaro loco que nunca hemos podido olvidar. Silén es, sin duda, uno de los poetas puertorriqueños de mayor impacto lírico, autor de una poesía siempre alucinante y provocadora. A veces califica su poesía de poeta “maldito” como neosurrealista, a veces como “esquiza”, o de otras maneras, pues Silén, como Matos Paoli, es un poeta que no tiene pausa, de infinito manar. Ahora, nos informa Lilliana Ramos Collado, se reedita el libro, 41 ó 42 años después de su primer lanzamiento (¿1971 ó 1972?). Enhorabuena.
   

 Hallé en mi biblioteca, en mi tercera búsqueda, el libro de esa primera edición, despegado y viejo, un pequeño tesoro. La busqué porque la nota publicada en El Nuevo Día (Ea, 10) por Ramos Collado incluye una frase que me pareció quizás más innecesaria que incorrecta, alusiva a “la escuela del realismo socialista de la Generación del ’60”.

    Aclaremos que Silén es, por derecho de nacimiento, un miembro de la Generación del 60, vinculado en sus inicios más con la revista Mester que con Guajana, su revista hermana, en la que también publicó alguna vez. Es diez años mayor que Ramos Collado, coetáneo con los poetas de Guajana. Nació, como Edwin Reyes y Ángela María Dávila, en el 1944.
  

  Ramos Collado le atribuye a Silén el propósito de “destruir” la poesía sesentista de los guajanos; parece reducir la poesía de la Generación del 60 al realismo socialista; y califica la poesía del sesenta como una que (ya en el 1972) tenía agotada su vitalidad y redundaba. Ramos Collado se hace eco, nos parece, de las palabras de Silén, que escribe ya entonces desde el exilio neoyorkino, no desde la experiencia nacional puertorriqueña –aunque alega escribir “desde un país intervenido”–, lo que nos obliga a adscribirlo a la literatura puertorriqueña de la diáspora. La historia que yo recuerdo es diferente.
  

  Silén ha sido siempre un defensor del socialismo, si bien más anárquico –o “libertario”– y menos marxista que el de algunos –algunos– de los poetas de Guajana. Su poesía, en efecto, es marcadamente diferente por su audacia verbal, por su intensidad lírica, y por su acentuado subjetivismo. Es cierto que reclama en el prólogo de El pájaro loco que se propone acabar con el “realismo socialista” de los guajanos en nombre del lirismo poético y de la libertad de una poesía que no debe, a su juicio, atarse a nada, “sin apellidos”. Debo sospechar que hay aquí confusión y equívoco, porque le atribuye a Guajana, en 1971-72, once años de realismo-socialista que no habían transcurrido aún.
  

  Pero habría que ver, más allá de esas expresiones que abarcan e incluyen más de lo que quieren y deben, que tan acertado fue eso entonces, y también más tarde, puesto que hablamos a propósito de una reedición. En primer lugar, porque la poesía de Guajana no puede reducirse al “realismo socialista” –ni en aquel entonces, ni menos aun después–, si bien ese fuera uno de sus cauces nutrientes y su voz más observada. En rigor, algunos de ellos simplemente simpatizaron con la Revolución Cubana, pero nunca se consideraron marxistas y, desde luego, no simpatizaron con el realismo socialista. Una porción muy grande de la poesía de Guajana transita por lares y modos muy alejados de esa etiqueta (1).
   

 Recuérdese que el grupo Guajana incluye a Marina Arzola y a Ángela María Dávila. Recuérdese que el grupo Guajana incluye a poetas nostálgicos como Antonio Cabán Vale, religiosos como Ramón Felipe Medina y Vicente Rodríguez Nietzsche, un poeta, este último, saturado del “dulce pie (de) tu caminar tranquilo”. Recuérdese que incluye poetas complejos como Andrés Castro Ríos, que sacó a la luz su Muerte fundada en el 1967 y sus Convicciones para armar a la ternura en el 1988, y a poetas tan heridos como Edwin Reyes y Juan Sáez Burgos.
 

   Pero quizás lo más oculto que hay en toda esta hojarasca despectiva sea la aportación mayor del grupo Guajana que comienza a articularse en realidad tras la muerte de Albizu Campos. Me refiero a que la poesía anterior a Guajana, tan bien estudiada por Josemilio González (2), se orientaba principalmente por los cauces de un trascendentalismo metáfisico, existencialista, universalista, occidentalista, hispanófilo, y de resabios modernistas o neorrománticos, que, cuando más, hacían alarde del nacionalismo de la “gran familia” puertorriqueña y la apología edénica de la patria (3). Por eso el choque de estos poetas con las instituciones donde se refugió ese nacionalismo sin clase, abierta o disimuladamente burgués, dominado por “los viudos de Ortega”, según la expresión de Marcelino Canino: el Ateneo, la Universidad, incluso el Instituto de Cultura Puertorriqueña, choque que se ventiló en disputas públicas justamente en los setentas.
 

    Es cierto que Guajana incorporó la conciencia de clase, la identificación con las luchas proletarias, la solidaridad con los “desamparados de la tierra”, el materialismo que realizó las revoluciones de mayor importancia y de mayor ambición utópica en el siglo XX: la Revolución Rusa y la Revolución Cubana. El proceso se inició tras la muerte de Albizu y durante su segunda época, es decir, a partir del 1966, instigada además en gran medida por la intervención sangrienta de Estados Unidos en la República Dominicana. Sin embargo la identificación de Guajana con las luchas marxistas-proletarias se establece claramente con los editoriales y la poesía de la época tercera, es decir, a partir del 1970. En la segunda época las portadas todavía evocan el nacionalismo en su carácter más revolucionario y contestario (Albizu, de Diego) y también la poesía de Gabriel Celaya, de Vallejo, la décima popular; pero en la tercera será Lenin, y los homenajes a la lucha del pueblo de Viet Nam, del proletariado dominicano, Pachín Marín, Hugo Margenat. ¿Cómo, entonces, decir que, en su inicio, tenía ya “agotada su vitalidad y redundaba”? Acaso la descalificación de Silén se refiera en realidad a la obra realizada en otras latitudes y otras décadas, y no a la de Guajana.
  

  Pero la evidencia testimonial sugiere además que debemos invertir las causas y los efectos, puesto que la radicalización de Guajana es, en suma, posterior a El pájaro loco de Silén y a todos los que desplazaron el concepto de revolución, del plano político al plano literario, siguiendo la flauta ambigua de Zona Carga Y Descarga (1972-75), revista cuyo título evoca las luchas obreras –y no solo las de los muelles–, para abrir la puerta a una literatura menos sujeta al compromiso social y más individualista.  La verdad testimonial parece decirnos que simplemente algunos de los poetas de principios de los setentas no simpatizaron con las propuestas políticas del grupo en control de la revista Guajana. El marxismo parece haber sido el cuchillo que deslindó los caminos. Por ello los debates intensos de esos años.
   

 Por otra parte, a fines de los sesenta y principios de los setenta, la poesía de Guajana rindió un servicio militante, en la calle, la fábrica y la plaza, y de frente al imperio y la oligarquía, de frente al servicio miliar obligatorio y la guerra de Viet Nam, cuyo precio, impuesto por la represión del imperio, tuvieron que pagar muchos de ellos con el exilio, entre otras condenas. Creían, como creo aún yo, que todo puertorriqueño, escritor o no, tiene el deber de partir del hecho fundamental de carecer de patria, porque una colonia no es patria. Y la libertad, recordémoslo, “es un modo absolutamente indispensable de vivir”. Ignorar una u otra cosa es anegarse en un narcisismo que no podía ser justificado entonces, ni tampoco ahora, pues nada define nuestra realidad como puertorriqueños más que la colonia. Y esa postura, tan cara a la academia universitaria posmoderna de entresiglos, no es, ni fue nunca, la de Yván Silén (4). Silén es revolucionario, socialista-libertario, antiimperialista. Entre sus pájaros locos hay un poema dedicado a la guerra de Viet Nam. Su oposición a Guajana es estética, fundamentalmente: Silén propone en su libro la “anti-poesía revolucionaria”, basada en la “poesía maldita”, francesa, de Baudelaire (1821-1867) y Rimbaud (1854-1891), y en la filosofía anarquista de Bakunin (1814-1876), con vínculo, pero sin seguimiento, de Nicanor Parra y sus antipoemas de 1954. Ni la poesía maldita, ni el surrealismo ni la antipoesía eran, como se ve, yerba nueva en el 1972. Tampoco eran modelos aplicables, sino incidentalmente, al caso puertorriqueño, único en Nuestra América, por nuestra condición política colonial. Los poetas puertorriqueños podemos entrar en diálogo con todos los poetas del mundo, pero la poesía puertorriqueña siempre será diferente, pues lleva la marca del carimbo en la frente.  

    Empero, la línea política –revolucionaria– que caracterizó a Guajana no basta para explicar toda la poesía de Edgardo López Ferrer, la de Wenceslao Serra Deliz, ni siquiera la de José Manuel Torres Santiago. Me pregunto: ¿cuál es la obra realista-socialista de un Marcos Rodríguez Frese? Pienso que Silén, en todo caso, quiso destruir una tendencia del momento en algunos poetas de Guajana que, quizás, sacrificaron alguna vez la poesía por la predicación de una verdad, pero nunca destruir la obra del grupo. ¿Cómo podría hacerlo?  La aspiración a articular una canción que venga del pueblo –trabajador–, como dice El Topo, es sublime, no tiene precio.   

 
    Sorprende, por otra parte, en poetas de hondo calado y académicos universitarios, la reducción simplista y maniquea que parece ver en el universo infinito de la creación poética sólo dos posibilidades: el neosurrealismo antipoético sileniano o el realismo-socialista y panfletario de Guajana. Se diría que no hay nada más. No hay libro “exótico” versus libro “natural”, como decía Martí. Sólo vale la cultura europea y la norteamericana. No hay “Nuestra América”. Ni vallejianos, ni nerudianos, ni Blas, ni Celaya, ni poetas del 27, ni Borges, ni Cavafis, ni Pessoa, ni poesía abierta, pura, exteriorista, conversacional, calibanesca, militante, ni mesiánica siquiera, ni nada, nada más. ¿A quién le conviene la reducción simplista –me pregunto–, que sólo sabe cotorrear al hablar de Guajana en la etiqueta analfabeta del panfletismo? ¿La palabra “panfleto” no enmascara una posición antirrevolucionaria, apolítica, y por tanto, cómplice por omisión de la dominación colonial y de la burguesía? (Claramente, no pretendo atribuirle tal cosa a Silén, que se ve a sí mismo más revolucionario que los guajanos, pero esa posición de convivencia y complicidad sí está presente en la doctrina posmoderna de muchos universitarios puertorriqueños.)
 
    Admiro, inmensamente, el poder expresivo de Silén, la fuerza sugestiva, luminosa de contradicciones y paradojas, saturada de sorpresa, de su palabra. Está lejos, Silén, de cierta tendencia en la poesía de entresiglos con el juego de palabras sin sentido ni utilidad, puro performance, gesto de ingenio que nada tiene que ver con la poesía. Muchas veces publicamos en la Revista EXÉGESIS sus versos y su prosa. Pero nunca he creído en su propuesta de una locura esquiza, triturada por el LSD, tan afincada en las alucinaciones de ese Dios que tanto lo provoca y de las creencias que lo orbitan, tan alejadas de mi visión del mundo. Para mí, la paloma asesinada pesa más que el pájaro loco. Para mí, la poesía que no lucha por realizar, en el “reino de este mundo”, los deberes del amor y de la solidaridad, canta en vano, como decía Neruda. Silén, a pesar de los lastres mencionados, pero agobiado de exilios, siempre antena vibrante y profeta en grito de la poesía de marca mayor, lucha por ello, magistralmente. Por eso, también, ha gozado siempre de mi aplauso. 
                                                                                                        Marcos
                                                                                                        Reyes Dávila
                                                                                                        ¡Albizu seas!

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NOTAS

* Una versión anterior fue publicada en EN ROJO, CLARIDAD (Del 15 al 21 agosto de 2013, página 15) bajo el título "Los pájaros locos de Silén en la Guajana".


 1.  Para una relación más detallada del legado de Guajana en la historia literaria puertorriqueña, véase nuestro estudio “Guajana, las líneas de su mano”, publicado en Hasta el final del fuego, San Juan: Editorial Guajana, 1992.

2.  Es indispensable al respecto de los estudios sobre la poesía puertorriqueña de 1930 a 1960 el libro de José Emilio González titulado La poesía contemporánea de Puerto Rico, San Juan, ICP: 1972.

3.  Hay numerosos estudios disponibles, mas acaso baste la historia de la literatura puertorriqueña de Josefina Rivera de Álvarez, Literatura puertorriqueña: su proceso en el tiempo, Madrid: Partenón, 1982.

4.  Sobre el rechazo de Silén al academicismo posmoderno entronizado en la Universidad de Puerto Rico, véase el libro de Félix Córdova Iturregui, Los poemas de Filí-Melé. Entrevista a Yván Silén, San Juan: Ediciones Huracán, 2008. Allí dice, por ejemplo: “La universidad ha sido tomada por los independentistas del status quo-nacionalista y la han melonisado. La universidad es denigrantemente postmoderna. La universidad se ha convertido en el cementerio idóneo de las orlas. La universidad se parece a Las ruinas circulares de Borges” (193). Por este libro sabemos que El pájaro loco que conocemos no es la versión original, perdida en México, sino una reescritura, aunque los textos están fechados en el 1970, y alguna prosa en el 1968. 
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miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Legado de los Imperios en América Latina


[Publicado en CLARIDAD, Versión Digital]


Un libro de Rodrigo Quesada Monge: 

El legado de los imperios en la América Latina





Perfil de Autor
Publicado: martes, 18 de diciembre de 2012
Rodrigo Quesada Monge (RQM) es un eminente historiador –y novelista– costarricense, ya retirado de la vida académica universitaria, no de la historia. Aunque nos ha dicho repetidamente que gracias a la Revista EXÉGESIS (UPR-Humacao) salió del aislamiento nacional al reconocimiento internacional, lo cierto es que el rigor académico y científico de una obra vasta lo hacen inopinadamente, acreedor del reconocimiento internacional. Por eso EXÉGESIS lo invitó hace algunos años a ofrecer una conferencia magistral en la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

Acabamos de dar lectura a una de sus últimas obras, sobresaliente y provocadora como todas las otras. Se titula: “América Latina 1810-2010, El legado de los imperios” [Costa Rica, EUNED, 2012, 410 págs.] En la portada hay una imagen que agrupa a seis de los grandes protagonistas de la historia latinoamericana. Desde la izquierda: Francisco de Miranda, Benito Juárez, José Martí, Ramón Emeterio Betances, José de San Martín, y, naturalmente, Simón Bolívar. Todos ellos protagonistas de las luchas decimonónicas de la emancipación, pues el libro está concebido en conmemoración de los bicentenarios que se celebran en estos años por toda Nuestra América. Si bien la presencia de la imagen de Betances ya salva a Puerto Rico de la ausencia casi perpetua en este tipo de libros, para nuestra sorpresa el epígrafe es de Eugenio María de Hostos. Se trata de un texto en el que Hostos llama al lector a comprender las profundas diferencias en el desarrollo entre el norte y sur de las Américas estudiando a fondo las diferentes fuerzas de la historia que actúan en ambos hemisferios.

Pero, en rigor, no se trata de un libro de historia convencional. El objetivo del libro es la indagación de la historia de los procesos político-económicos latinoamericanos insertados en la dinámica de las diferentes fuerzas imperiales que han saboteado y torcido nuestras luchas por la libertad. [Me disculpo por hablar como latinoamericano.] Ese objetivo lleva a RQM a explorar la política de los poderes imperiales, particularmente los de Occidente, destacando, como es perentorio hacerlo, los casos protagónicos del imperialismo británico y del norteamericano.
Son numerosas las cosas que se aprenden en este libro escrito con carácter docente, es decir, para ser utilizado en un curso universitario. El libro es rico en provocaciones conceptuales, en puntos de vista, en el sondeo de los fenómenos históricos, como es de esperar en un historiador consumado que atesora una bibliografía de alrededor de 350 títulos.
Quesada Monge divide el libro en siete capítulos:

  1. América Latina: la economía política del imperialismo;
  2. América Latina. El Imperialismo Histórico. El Libre Comercio o la Diplomacia de Dios (1810-1850);
  3. América Latina. El Imperialismo Histórico. La Acumulación por Despojo (1850-1898);
  4. América Latina. El Imperialismo Permanente. La era de las intervenciones (1898-1933);
  5. América Latina. El Imperialismo Permanente. La Era de las Dictaduras (1933-1961);
  6. América Latina. El Imperialismo Permanente. La Era de las Revoluciones (1961-1991); y
  7. América Latina. El Imperialismo Permanente. La Era del Neoliberalismo, la Globalización y la Nueva Izquierda (1991-2010).

Como se ve, el primer capítulo está dedicado a definir conceptos. Los dos siguientes, a lo que RQM llama “Imperialismo Histórico”, y los últimos cuatro capítulos, a lo que llama “Imperialismo Permanente”. Al final, un capítulo no señalado de “Conclusiones”. Un libro de estas pretensiones no puede darse el lujo de ignorar las decisivas aportaciones que al respecto del tema hizo el marxismo, particularmente, Lenin y Trostky, pero RQM, que es un estudioso tenaz y actualizado, no se reduce, como es de esperar, a eso.

RQM llama “Imperialismo Histórico” el imperialismo con colonias que efectuaron en toda la América Latina (Brasil incluido) las potencias europeas durante todo el periodo de emancipación y de constitución de los estados nacionales, iniciado en el 1810 hasta el 1898. Ese imperialismo estuvo dominado por Inglaterra, en competencia desde entonces con los norteamericanos que muy tempranamente manifestaron en la Doctrina Monroe (1823) sus “derechos” de explotación de los países latinoamericanos. El “Imperialismo Permanente”, según RQM, es aquel instrumentado en la América Latina por Estados Unidos a partir de la Guerra Hispano-antillana-norteamericana de 1898 como parte de un proceso de dominación imperial mundial que se aceleró, en todo el planeta, tras la Primera Guerra Mundial. En este imperialismo juegan un papel central las compañías transnacionales y las estructuras financieras y corporativas, acompañadas siempre, claro está, del uso de la fuerza militar. RQM llega a afirmar que, “el imperialismo permanente es la globalización de nuestros días” (46).

Destaco, para no alargar mucho esta exposición, unos pocos señalamientos que me llamaron la atención:

  1. El imperialismo contra la América Latina y el Caribe es “permanente” porque es permanente la guerra contra estos pueblos. El imperialismo –capitalista, claro está– no puede subsistir sin esa expropiación forzada o ese despojo constante. (41)
     
  2. Nunca ha cristalizado el imperialismo / colonialismo sin la “cohabitación” con los funcionarios de los países intervenidos. (54)
     
  3. El imperialismo saboteó y anuló todos los proyectos de integración latinoamericana, desde el Congreso de Panamá al que convocó Bolívar, hasta la Unión Centroamericana, pasando por mantener la estabilidad del dominio colonial español en Puerto Rico y Cuba.
     
  4. La explotación capitalista en diferentes países, alcanzó niveles de explotación y genocidio solo comparables a los de la Alemania nazi. (85)
     
  5. Cita de Michel Beaud: “El capitalismo no es una persona ni una institución. Ni quiere, ni elige. Es una lógica actuando a través de un modo de producción: lógica ciega, obstinada, de acumulación.” (86)

  6. El dominio del istmo jugó siempre un papel protagónico en la historia del imperialismo y de las rivalidades entre el imperialismo inglés y el norteamericano que determinó la mala suerte de toda la región. Más allá de la United Fruit Company, los afanes de construcción de un canal interoceánico trazaron, junto a la política de las compañías de ferrocarriles, las sucesivas, e incesantes intervenciones militares norteamericanas en todos los países centroamericanos y la permanente presencia de los dictadores y caudillos instalados como mayordomos del imperio.
     
  7. Asombra comprobar, en una tabla sobre los regímenes dictatoriales en América Latina desde el 1930 hasta el 1990, que hayan padecido de dictaduras por periodos tan prolongados países como El Salvador (52 años), Guatemala (45 años), Bolivia y Ecuador (40 años), Argentina (38 años), y esa tabla no incluye ni a Puerto Rico (todos esos años), Nicaragua, Cuba, Haití, Dominicana. (175)
     
  8.  Los ingredientes “naturales” de las dictaduras latinoamericanas son tres: el apoyo de Estados Unidos, el control sobre el ejército y la burocracia estatal, la alianza con un sector de la clase dominante local. (183)
     
  9. La Cubana es la única revolución triunfante en la historia de la América Latina. Según RQM, Cuba puso a la América Latina en la conciencia política y cultural de las universidades y el corazón de los pueblos oprimidos del planeta. (210) El bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos es una de las acciones “más infames de que se tenga memoria en la historia política y diplomática de este hemisferio”.
     
  10. La estrategia de penetración y control imperialista contó con instrumentos de camuflaje diseñados con las máscaras de la ayuda militar, tecnológica, científica y económica [también educativa] a través de instituciones como la AID, el NED, el NRI, la IFES, la CFD, el FTUI y el ILKS, constituidas, supuestamente, para promover el desarrollo, la democracia, los sistemas electorales, la libre empresa, la cooperación y entrenamiento militar, e incluso la solidaridad laboral.
     
  11.  El Neoliberalismo es un proyecto dirigido a la reorganización del capitalismo internacional con el fin de restablecer las condiciones de acumulación de capital y restaurar el poder de las élites económicas (D. Harvey, 242).
     
  12. Cuba es el único proceso verdaderamente revolucionario vigente en la América Latina, puesto que los procesos en desarrollo en países como Uruguay, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, e incluso Venezuela, están articulados en una plataforma más afín al neopopulismo. Su carácter revolucionario es más de lenguaje democratizador que de práctica transformadora de la economía, ya que en ninguno de esos casos se ha roto con la legalidad burguesa ni con el capitalismo mundial, como sí hizo Cuba en los primeros años de la revolución. Sí hay en esos países un afán de atender las necesidades de las grandes mayorías desfavorecidas, pero ello sin romper con las instituciones financieras del imperialismo mundial, ni transformar de manera irreversible las relaciones de producción (330).

Muchísimas otras reflexiones pueden extraerse de un libro tan rico como éste. Mas, esta última aclaración (la número 12), es la que le agradezco más a Rodrigo Quesada Monge. Me evitaré –si los desarrollos de los próximos años no avanzan más allá– la desilusión de ver regresar en esos países modelos políticos más acordes con la política imperialista del neoliberalismo. Su voracidad nunca se sacia ni termina.



Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!

martes, 27 de noviembre de 2012

Puerto Rico: Historia del PORVENIR en el Caribe




Puerto Rico
historia del porvenir 
en el Caribe *            
         “Escoge entre tu voluntad y una pistola.”
                                        Eugenio María de Hostos

Un archipiélago puede pensarse como una estructura de partes interrelacionadas que comparten, a pesar de todo, y más allá del color local de la otredad, las mismas fuerzas fundamentales del pasado histórico que generaron el presente que vivimos, y los mismos peligros del porvenir. Nótese, nada más, cuán disímil es este mundo del Caribe que en su extremo este vive aún la desintegración colonial y neoliberal de Puerto Rico, y en el oeste, más allá de la revolución cubana institucionalizada, en México, los peligros desintegradores del narcotráfico que llenan los titulares del mundo. Mas, por
encima o por debajo de esa disimilitud se mueven desde hace siglos las mismas fuerzas integradoras y desintegradoras. Fuerzas que, sirviéndome del eco de algunos amigos, levantan hoy, con fuerza y paciencia ardiente, la nostalgia de las utopías de nuestra juventud, la paradójica nostalgia de aquel futuro de los años sesenta, o de aquella otra que se puede retrotraer hasta Bolívar, hasta Juárez, o hasta el rostro de Maximiliano asesinado con cara de Muamar Kadafi, nostalgias de un porvenir que parecen deshacer los vientos de la historia reciente.
    Digamos, entonces, que el Caribe, que comparte con toda Nuestra América la conmemoración de las luchas emancipadoras bicentenarias, tiene no obstante al margen, más confundido que olvidados, pueblos como Puerto Rico que no pueden participar de la fiesta.
**  Mas Puerto Rico es parte integrante del mundo nuestro, de modo que sin él, la casa no está completa, ni está completa la gesta y la promesa de Ayacucho, como decía Eugenio María de Hostos.
    Si repasamos someramente la historia veremos cómo desde hace siglos se inyectan en nuestro mundo los peligros del porvenir. El futuro del Caribe, como sabemos, lo define su pasado. En unos villancicos de 1676, Sor Juana Inés de la Cruz, la egregia mexicana que despunta señera, allende los mares, en el Siglo de Oro de las letras españolas, introduce la voz de un negro, tal como lo hizo en años anteriores. Esta vez, para nosotros, se destaca un detalle de identidad: trátase de un negro puertorriqueño. La introducción de un negro carece de novedad en la obra de Sor Juana. Sabido es la postura ampliamente inclusiva y sincrética de la cultura y de la obra de la monja en la que abundan negros, campesinos e, incluso, indios que hablan en versos en náhuatl. No obstante, no dejan de asombrar los primeros versos de un negro puertorriqueño*, seguidos luego por algunas coplas:
        ¡Tumba, la-lá-la; tumba, la-.lé-le;
        que donde ya Pilico, escrava no quede!
        ¡Tumba, tumba, la.lé-le; tumba, la-lá-la
        que donde ya Pilico, no quede escrava!

    Los versos de Sor Juana evocan entrañablemente la obra señera de Luis Palés Matos. Palés, poeta nacido en el 1898, es quizás el más reconocido poeta del siglo XX en Puerto Rico en virtud de méritos varios, mas de manera prominente, por la creación de un arte poético sincrético de raíces afrocaribeñas que le recordó a la élite intelectual nacional hispanófila la indiscutible aportación de los diversos grupos africanos a la formación de la nacionalidad puertorriqueña y de la cultura caribeña toda.
    Puerto Rico fue capturada para la cultura de Occidente en el segundo viaje de Colón (1493). En ese sentido, fue parte de la plaza primera de la conquista y colonización europea de las Américas. Su posición oriental determinó, entre otras cosas, que se le convirtiera en puerto de transbordo y en plaza fuerte del régimen colonial, hecho que repercutió en el siglo de la emancipación cuyo bicentenario celebran los demás países de Nuestra América, pues, aunque Simón Bolívar contemplara incluir a Cuba y Puerto Rico en sus proyectos de liberación, otros intereses frenaron sus deseos, entre ellos, las ambiciones de expansión del nuevo gobierno norteamericano plasmadas de manera soberbia en la doctrina del “destino manifiesto”. De esta suerte, ambas Antillas quedaron fuera del alcance de las iniciativas emancipatorias latinoamericanas, aunque quedaran, sin embargo, atrapadas muy pronto en las redes comerciales de los Estados Unidos. A pesar de que en las Antillas se gestó un movimiento de liberación coordinado desde el exilio que forjó la utopía de una confederación antillana, la historia no pudo evitar la intervención en la contienda de Estados Unidos en el 1898. El 1898 es el año que cifra la realidad puertorriqueña desde entonces y que determina las características fundamentales del siglo XX en Puerto Rico.
    La economía de Puerto Rico –después del llamado “situado mexicano” del que damos gracias–  dependía de la norteamericana aún bajo el régimen colonial español, y desde varias décadas antes de su conquista y ocupación. El Tratado de París (de 1898) solo certificó lo que era desde mucho antes un hecho. Es innegable que el movimiento autonomista, que a duras penas logró sobrevivir a la estrangulación del régimen monárquico español, quedó deslumbrado ante la ilusión de que Puerto Rico llegase a ser anexado como un nuevo estado del país “más libre y próspero” del planeta. Para toda la América Latina, pero de manera más acuciante en Centroamérica y las Antillas, la “nordomanía” fue un factor inmarginable en el desarrollo de los procesos políticos y los desarrollos económicos. Desde el exilio, Ramón Emeterio Betances y, de regreso, ya en suelo patrio, Eugenio María de Hostos, advirtieron que Estados Unidos se convertía en un imperio, negando con ello los principios de su propia constitución. Tras el régimen militar inicial, la Ley Foraker de 1900 estableció los parámetros, infranqueables e inamovibles, establecidos por el Congreso: “Puerto Rico pertenece a, pero NO es parte de, Estados Unidos”. Esa misma ley creó la Ciudadanía de Puerto Rico. No obstante, en el 1917, justo a tiempo para llamar a los puertorriqueños a servir en sus fuerzas armadas en la Primera Guerra Mundial, el Congreso “impuso” a los ciudadanos puertorriqueños la ciudadanía estadounidense.
    Durante las primeras décadas del siglo, Estados Unidos gobernó directamente a la nación nombrando un gobernador norteamericano y una cámara alta. Este gobierno estableció los cauces de la incorporación de los recursos Puerto Rico dentro de los parámetros de los intereses norteamericanos y de una progresiva asimilación que no excluyó la enseñanza obligatoria del inglés, durante el primer medio siglo, ni el establecimiento de dicho idioma como idioma oficial. Algunos llamaron a este proceso en, los años setenta, “transculturación”. Otros, oscilaron entre los términos de americanización y de modernización.   
    No obstante, en el país se fue gestando la protesta. Aún muchos de aquellos que dieron vítores a la bandera que entraba a tierra al frente de las tropas, tras el cañoneo de San Juan, soñando con que Puerto Rico se convertiría en un nuevo estado de la federación, pronto tomaron conciencia de la realidad de los hechos arropados por el desahucio colonial de sus ilusiones. Con la bandera y la lengua, todos los símbolos patrios la identidad misma del puertorriqueño, habían sido prohibidos y criminalizados.
    En el 1930 fue electo presidente del Partido Nacionalista Pedro Albizu Campos. Albizu se convertiría en una figura heroica y legendaria que retaría, incluso con el uso de las armas, el dominio norteamericano. Sufrió por ello la más feroz represión del régimen colonial y tuvo que vivir la mayor parte de su vida tras las rejas. Sin embargo, ante el empuje de un pueblo que canalizaba de muy diversas maneras su reclamo de reivindicaciones proclamando su identidad nacional, el gobierno norteamericano dio marcha atrás a la imposición durante medio siglo del inglés, y, eventualmente, impuso un modelo autonomista cuya figura protagónica fue Luis Muñoz Marín. En el 1952 se creó la imagen ilusoria de un estatus que llamaron “Estado Libre Asociado” (ELA), con una constitución, enmendada y refrendada por el Congreso norteamericano, un gobernador y cámaras legislativas puertorriqueños, y una bandera finalmente descriminalizada. El régimen mantuvo tras bastidores, no obstante, todos los poderes plenarios del Congreso sobre Puerto Rico en lo que se dio en llamar la jurisdicción de la “esfera federal”, esto es, el control colonial de todos los factores de importancia estratégica, incluidos los tribunales “federales”, las leyes de cabotaje, el control de aduanas, las instalaciones militares, la economía, moneda, ciudadanía, industria, las comunicaciones, entre otras cosas, y todo aquello que el Congreso determinara, unilateralmente, de interés nacional norteamericano, como el precio de la leche y de los huevos. A pesar de ello, el gobierno de Estados Unidos convenció al Comité de Descolonización de la ONU en el 1953 de que Puerto Rico se había autodeterminado libremente. Eran los años del triunfo en la Segunda Guerra Mundial.      
    Estados Unidos no mostró vergüenza alguna al utilizar, frente al desarrollo del nacionalismo en Puerto Rico, todo el poder del estado imperial a través de todas sus agencias de seguridad, civiles y militares, el asesinato, la represión judicial e, incluso el uso de las fuerzas armadas. Sin embargo, tuvo más éxito con el patrocinio del exilio, las subvenciones económicas para una enorme porción de la población, el control de los medios de comunicación y de la enseñanza, la militarización del país y la drogadicción. Desde Martinica, Fanon explicó que todo régimen colonial deforma el espíritu del colonizado de modo análogo a cómo se deformaba el pie de las mujeres chinas.    
    El gobierno de Roosevelt y la Segunda Guerra Mundial impulsaron profundos cambios en la sociedad puertorriqueña. Del monocultivo de la caña de azúcar de las primeras décadas, se pasó a un proceso de industrialización que arruinó la agricultura e impulsó la emigración masiva del campo y la montaña a la costa y la capital, y desde allí a los Estados Unidos. La Revolución Cubana benefició durante un tiempo a la isla pues Estados Unidos quiso proponer a Puerto Rico, ante Nuestra América, como alternativa, es decir, como “vitrina de la democracia” al estilo norteamericano. Sin embargo, tan solo unos lustros más tarde, los cambios profundos operados en un mundo descolonizado, la crisis del mundo socialista y la caída de la Unión Soviética, la expansión del tráfico de drogas, la militarización, y el auge del modelo neoliberal de fin de siglo trajeron consigo la quiebra y la ruina de un país descapitalizado, inflado artificialmente por una economía sin raíces propias, subvencionada por los programas de asistencia social del imperio, tan incapaz e impotente que, siendo isla, carece de una industria pesquera.
    Desde el 1968 reina en el país un bipartidismo práctico, bipartidismo que bien mirado es ilusorio pues ambos partidos comparten en lo fundamental el mismo programa económico: el de los empresaurios. El independentismo, que no ha desaparecido del todo, sucumbió ante la intensa represión del segundo medio siglo a manos de operativos de inteligencia, y con la ayuda del amplio consumo de drogas, de los programas de asistencia social y de la propaganda omnipresente, mas no sin dejar de articular respuestas heroicas como la del grupo autodenominado “Macheteros” –o Ejército Popular Boricua– que protagonizó golpes espectaculares como la destrucción de los aviones de combate de la “National Guard”, el robo de mayor envergadura en la historia norteamericana, y el ataque con bazuca al edificio que alberga las instalaciones del FBI y la Corte imperial.  
    La bancarrota del país en el espacio de entresiglos ha sido un hecho inexorable de la fatalidad. Tras la caída de la Unión Soviética y el abandono de la política que ofrecía a Puerto Rico como vitrina del éxito norteamericano, Estados Unidos, encauzado desde Reagan por una política derechista neoliberal, recortó los créditos contributivos que sostuvieron el financiamiento del ELA –la llamada sección 936 del código de Rentas Internas norteamericano–, desalentando de ese modo la instalación de nuevas industrias. Las leyes de cabotaje que encadenan el comercio de Puerto Rico a la marina más cara del planeta hicieron imposible el desarrollo de un megapuerto de transbordo que se planteó como sustitución de las empresas 936. La privatización de todo se propuso como la solución ideal ante un gobierno incapaz de resolver las dificultades crecientes. De la mano de la privatización, en un dualismo inalterable, vino, como viene siempre con ella, la corrupción.
    El Puerto Rico del siglo XXI es un país a la deriva, desterritorializado y nómada, descapitalizado y quebrado. Desde principios de 2010 se comenzó a fraguar una crisis institucional producida por una merma sustancial en el presupuesto que consignó el nuevo gobierno de Puerto Rico, resultado a su vez de la crisis fiscal que afronta un país que ha visto reducir en los últimos lustros su tasa de empleo a un 40 %, su población en un 2.2%, su economía en un 10%, y su riqueza nacional en alrededor de 50 mil millones de dólares.    
    El gobierno electo a fines del 2008, asumió con intransigencia ciega la fórmula neoliberal y neofascista que ha estado prevaleciendo en gran parte del mundo capitalista occidental. Sus primeras acciones estuvieron dirigidas a poner en suspenso el estado de derecho prevaleciente en Puerto Rico, con el pretexto de esa crisis fiscal, y bajo el amparo de una ley que derogó convenios y leyes laborales, retrocedió las conquistas laborales y las condiciones de empleo en el país, a la vez que decretó el despido de cerca de 40,000 empleados públicos, muchos de los cuales disfrutaron durante décadas de la ilusión de ser empleados permanentes. Simultáneamente orquestó, por vía legislativa, la eliminación de numerosas instituciones que articularon durante más de medio siglo la participación democrática en los asuntos del país como el Colegio de Abogados, a la vez que alteraban la constitución de otros instrumentos del poder para garantizar de ese modo el control directo e inmediato de los mismos. Gobiernan comités del partido en todos sitios. Entre estos, se destaca de manera prominente el Tribunal Supremo de Puerto Rico y la Universidad de Puerto Rico (UPR).
En Puerto Rico, ese proyecto contempla la destrucción de la identidad nacional puertorriqueña enmascarada con la vestimenta de un estado “latino”, una especie de producto “transgénico” que no es ni puertorriqueño ni mexicano ni cubano.
    Veamos algunos datos objetivos del Censo del 2010 publicados en el diario “El Vocero” el 23 de octubre pasado:
    En Puerto Rico hay 3.7 millones de habitantes. Casi la mitad de la población vive bajo el nivel de pobreza. El 37 % de la población depende del Programa de Asistencia Nutricional federal (PAN). En la última década se ha ido del país más de medio millón de puertorriqueños, lo que significa fuga de conocimientos, pues la mayor parte de ellos son jóvenes graduados. Puerto Rico tiene una diáspora ascendente a 4.2 millones de boricuas que vive en Estados Unidos. Hay un desplazamiento más amplio que en países como Irak, Afganistán, Somalia, Sudán y Palestina, donde el exilio obedece a guerras civiles o intervenciones extranjeras. La población menor de 18 años se redujo a 17 %, lo que significa que Puerto Rico se ha quedado sin clase trabajadora, con más pobres, dependientes, personas marginadas y discapacitadas. Para colmo, tenemos 726 mil personas con algún tipo de discapacidad, que equivale al 20 % de la población. Los discapacitados y los niños suman 1.5 millones, o sea, la tercera parte de la población.
    El 80 % de los maestros del sistema público no domina el inglés. Hay 2,444,000 personas mayores de 25 años, 20 % de las cuales tiene noveno grado o menos, el 25 % tiene sólo cuarto año. El 63 % de la población tiene educación superior o menor. El analfabetismo real y el funcional ha ido en aumento. La población total del país se redujo en un 2.2 % en la pasada década. La Isla –concluye la nota periodística– ha ido en retroceso, según los datos del que se podría catalogar como el peor perfil nacional reflejado en un censo desde el primero, realizado en 1950.    
    Este proceso vivido por Puerto Rico no se da al margen de la historia del Caribe. Todo lo contrario: es parte, cónsona e interdependiente, de la historia de los países del archipiélago y de la tierra firme también. Halla eco en la guerra imperialista que despojó de gran parte de su territorio a México, en los bombardeos y la ocupación de Veracruz, en las invasiones de Nicaragua, Haití, Granada, República Dominicana, en la creación y la ocupación del Canal de Panamá, en los golpes de estado y las dictaduras que han proliferado por toda Nuestra América, incluido Brasil, y en las conspiraciones que se ciernen sin pausa sobre Cuba, Venezuela, Bolivia y otros países. Además de la política imperialista presente desde la fundación misma de nuestros estados modernos, hemos hablado de la política económica neoliberal que se impone en el mundo del mismo modo que en nuestro hemisferio. En verdad, es peor que lo dicho la realidad de los pueblos del Caribe, pues la región adolece como ninguna otra del mal de estar situado justo en el patio trasero del imperio. Esa realidad que nos ha merecido el injusto mote de ser “repúblicas bananeras”, aunque por otra parte nos diera el de Macondo. Un muro de sangre sólida como el de Berlín o Palestina está colocado en la frontera por donde Obama ha deportado ya un millón de latinos, casi todos mexicanos. Pero más peligroso aún es la existencia de cinco comandos de la agencia antidrogas estadounidense (la DEA) que realizan operaciones secretas en los países del Caribe por órdenes de Obama. Sea como sea, este archipiélago transnacional parece tener como destino, tanto de sus sueños como de sus necesidades, aquella unión de estados, aquella confederación antillana y caribeña, que nuestros próceres intentaron construir.
    Ahora que con el bicentenario de la independencia se reformula la identidad, las complicidades y las necesidades de la patria grande de Nuestra América, llega el momento de aclarar las cuentas. Repito, por fundamental, algo que anoté al principio de estas líneas en una nota al calce: En la fundación reciente de la CELAC sólo Nicaragua, y luego, algunos medios, recordaron la ausencia de Puerto Rico. En la VI Cumbre de la OEA, celebrada en fecha posterior a la redacción original de estas líneas, se habló de las Malvinas, del mar de Bolivia, de los pueblos indígenas y, sobre todo, de la exclusión de Cuba, pero nadie recordó que Puerto Rico, ocupado, es también un país de Nuestra América. La cultura, la academia, las revistas culturales, tienen la obligación imperativa e ineludible de estudiar esta realidad, difundir esta noticia y velar porque las aspiraciones fundamentales de nuestros tiempos, aquellas que proclamaron la igualdad, la libertad, la democracia y los derechos humanos sean el norte inexcusable de nuestras luchas en el reino de este mundo. La ingenuidad es peligrosa. La actitud de alerta ante la desinformación y el engaño es inexcusable. No hay misión ni proyecto más grande ni más noble. Ni más peligroso. La cultura no es apolítica ni neutral. Los académicos, los profesores y estudiantes universitarios, los escritores y los intelectuales, están siempre en posición prioritaria en la agenda de las invasiones, las agresiones, las ocupaciones y las dictaduras. La defensa de la libertad, la justicia y la verdad son valores inalienables nuestros. Eso lo escribió Sor Juana Inés de la Cruz antes de que intentaran, en vano, encerrarla en la celdas del silencio y la obediencia. El joven Hostos lo comprendió ya desde el 1866, cuando redactó de manera contundente la siguiente sentencia: “Elige entre tu voluntad y una pistola.”
    Ésa es nuestra responsabilidad como comunicadores, académicos y trabajadores de la cultura, ésa es nuestra obligación, y eso hacemos, aunque nos cueste la existencia. La realidad que vivimos tanto como las perspectivas del porvenir nos imponen una agenda larga, urgente, llena de tareas insoslayables.
    ¡Albizu sean! Y ahí les vamos. 


                                                                     Marcos 
                                                         Reyes Dávila                
                                                          ¡Albizu seas!

Estas líneas se escribieron como una ponencia que se presentó en noviembre de 2011, como parte del encuentro Veracruz también es Caribe. Se publican ahora ligeramente editadas, en ARCHIPIÉLAGO 77.
**   En la fundación reciente de la CELAC sólo Nicaragua, y luego, algunos medios, recordaron la ausencia de Puerto Rico. En la VI Cumbre de la OEA, celebrada en fecha posterior a la redacción original de estas líneas, se habló de las Malvinas, del mar de Bolivia, de los pueblos indígenas y, sobre todo, de la exclusión de Cuba, pero nadie recordó que Puerto Rico, ocupado, es también un país de Nuestra América. [En la reciente Cumbre Iberoamericana celebrada en Cádiz --noviembre de 2012-- tampoco fue invitado ni reconocido como país hispanoamericano a Puerto Rico, a pesar de que una mayoría votó en contra del régimen colonial y por mayor soberanía.]

miércoles, 19 de septiembre de 2012

GUAJANA, cincuenta años después

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Publicado en EN ROJO (Claridad)

GUAJANA, 

cincuenta años después




Perfil de Autor
Publicado: lunes, 17 de septiembre de 2012
La familia de poetas hermanados que fundó en septiembre de 1962 la revista GUAJANA está compuesta por un grupo de poetas de la generación del sesenta. Aunque participaron muchísimos escritores en los veinte años de publicaciones continuas de la revista, su núcleo fundamental quedó definido para la historia en el estudio preliminar que incluimos en la antología de su trigésimo aniversario titulada Hasta el final del fuego. Guajana: treinta años de poesía, 1962-1992 (1992). En ese estudio, que titulamos “Guajana: las líneas de su mano” y que abarcó la obra publicada en la revista, en libros y en otras publicaciones, limitamos a doce poetas el núcleo fundamental –de poetas de la revista– a partir de un caudal mucho más amplio, tras conversaciones con los poetas mismos y el estudio del registro histórico de las publicaciones. Éstos son, como se sabe ya, pues se ha repetido muchísimo desde entonces: Marina Arzola, Antonio Cabán Vale, Andrés Castro Ríos, Ángela María Dávila, Edgardo López Ferrer, Ramón Felipe Medina, Edwin Reyes, Marcos Rodríguez Frese, Vicente Rodríguez Nietzsche, Juan Sáez Burgos, Wenceslao Serra Deliz y José Manuel Torres Santiago. Seis de ellos, han ido a morar con los dioses de la poesía. Sus fechas de nacimiento giran alrededor del 1940. En ese estudio, decíamos entonces para comenzar, y “a modo de armisticio”, lo siguiente:
“Pocos periodos de nuestra historia literaria han generado la acritud o la exultación, la vehemente adhesión o el vehemente enfado, como la llamada generación del sesenta. Su aparición fue la célebre irrupción de una juventud transida de una agonía apasionada y de una vocación ígnea tal vez sin parangón. Lejos de atrincherarse en la cómoda modalidad del testimonio, su discurso osciló entre el desafío y la predicación a viva voz. Y lejos de difundir un rostro unívoco, las luces de sus teas y sus jachos incendiaron variados bosques, abrigaron innumerables desamparos, orientaron a más de una generación de persistentes nómadas y alertaron a los más ateridos sonámbulos con su decidida voluntad de simiente.”
Y eso, que afirmamos con la vista puesta en la fundadora Generación del Treinta, sigue siendo aún más cierto hoy, veinte años después.

En esta ocasión, más que repasar otra vez la historia de este grupo –que asume su identidad definitiva ante la historia en su “segunda época, justo tras la muerte de Pedro Albizu Campos, y que goza de una extensa bibliografía crítica–, me parece pertinente hacer unas breves reflexiones sobre Guajana, cincuenta años después de su comienzo, toda vez que en Puerto Rico algunos poetas de las generaciones más jóvenes tienden a subestimar y devaluar las aportaciones de las generaciones anteriores –“adanismo”, lo llamaba Francisco Matos Paoli– y a descalificar la producción de los escritores de mayor edad, olvidando, quizás, que Cervantes, por ejemplo sublime, escribió la primera parte de El Quijote a los 58 años, y publicó la segunda, superior a la primera, a los 68 años, poco antes de morir. Aparte de la sospecha de que algunas expresiones ofensivas son exabruptos de un país que se descompone en el ejercicio de una violencia suicida que no se detiene siquiera ante íconos como Betances, Hostos y Albizu, pensamos que pueda existir en algunos una posible brecha o ruptura generacional que, sino es pura soberbia cainita de adolescente, podría esconder discrepancias tanto estéticas como ideológicas que deberían pensarse. A ello van dirigidas estas líneas.


La Guajana cincuentenaria

 
Lo primero que debe observarse es que la obra de Guajana excede, con mucho, a la revista. Si bien la importancia de la misma quedó registrada desde sus inicios por la crítica, unánime, más autorizada, los poetas comenzaron a producir los primeros libros desde fechas tempranas en esa primera década de los sesenta, ya fuera en su carácter individual, en ediciones compartidas, o ya fuera en “antologías”. El número total de publicaciones no lo conocemos, aunque sí sabemos que son muchas docenas. Más de una treintena se publicaron tan sólo en la Colección Guajana, pero muchos otros, por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, Huracán, Edil, la Editorial de la UPR, Cordillera, y muchas más, dentro y fuera de Puerto Rico. La legendaria revista ha editado además, a partir del 2000, varios números de manera digital.

Lo segundo, es que el grupo Guajana ha merecido la atención y el aplauso de críticos y creadores de primera línea desde sus inicios. Los reconocimientos en el extranjero y los premios nacionales han llovido sobre mojado, ya fueran, estos últimos, otorgados por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, el Ateneo Puertorriqueño, el PEN Club, y otros. Del mismo modo, los principales diarios del país les han dedicado infinidad de páginas, particularmente, CLARIDAD. Además, los más importantes artistas plásticos del país reconocieron con las aportaciones de sus propias obras la labor creadora del grupo.


En tercer lugar, cada poeta de este grupo de doce, ha merecido de manera individual el reconocimiento más espléndido por obras particulares publicadas. En los últimos años, La querencia de Ángela María Dávila, así como las obras póstumas de Marina Arzola, Juan Sáez y Edwin Reyes. Andrés Castro Ríos dejó una enorme obra inédita que pronto saldrá parcialmente a la luz en un volumen enorme, así como saldrán ahora también obras inéditas de Juan Sáez Burgos. José Manuel Torres Santiago, quien publicó en fechas tempranas libros emblemáticos del grupo como La paloma asesinada y En las manos del pueblo, murió recientemente con obras recién publicadas. Los poetas vivos, todos, están publicando nuevas obras, algunas de las cuales han merecido ya reconocimientos, como es el caso de Edgardo López Ferrer. Marcos Rodríguez Frese está dando a la luz un volumen de nuevos poemas para celebrar el cincuentenario del grupo. La obra del grupo desborda el marco nacional, como mencionamos antes, pues los poetas han tenido una presencia persistente en toda el área del Caribe, la América Nuestra y otras partes del mundo. Incluso en Francia se ha recogido de manera antológica parte de la obra de la generación. La antología reciente publicada en Chile con motivo del centenario del Partido Comunista de Chile, por ejemplo, titulada Voces de la memoria, incluye a dos autores puertorriqueños: Vicente Rodríguez Nietzsche y Marcos Reyes Dávila.


Una de las características sobresalientes del grupo es un sentido de solidaridad que no atenúa la muerte. Por eso durante décadas el grupo se ha dedicado a conservar, publicar y redifundir la obra de los que se fueron más temprano, comenzando con Marina Arzola, fallecida en el 1976. La muerte no ha sido lo suficientemente poderosa para apartar a ninguno del grupo. Este factor ha hecho posible, en buena medida, que el grupo se haya mantenido durante más de cincuenta años haciendo un trabajo conjunto. Como no es un grupo cerrado, otros poetas que no están en el núcleo fundamental original de los doce se han integrado al grupo. De esa manera ha podido constituirse el Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico, y la incorporación, al grupo Guajana, de poetas como Juan Mestas, Carlos Noriega, Reynaldo Marcos Padua, Marcelino Canino y este servidor. El grupo Guajana tiene, en cuanto persistencia y prolongación, el récord olímpico de salto en la literatura de la América Nuestra, cuando menos.


El asunto de la posible brecha generacional

 
En nuestro estudio de 1992 anotamos lo siguiente:
“Josemilio González destacó con acierto hace veinte años que la poesía del sesenta se imponía por su agresividad y su dinamismo. Como hemos visto su estética torció el rumbo y transformó el carácter de la poesía puertorriqueña. Los intensos debates y polémicas que generó particularmente Guajana durante décadas son testigos de que toda la literatura posterior se definió a sí misma en función –en pro o en contra, positiva o negativamente– de sus proclamas generacionales. De algún modo la obra de los sesenta se había convertido en el eje, en las vértebras ocultas, del trabajo posterior.”
Lo anterior es válido, especialmente pero no exclusivamente, para las promociones siguientes, particularmente la del setenta. En los ochenta el cuadro ya había evolucionado significativamente. Cualquier estudioso de la literatura puertorriqueña ha podido comprobar cómo se desarrollaron los cauces del quehacer literario a partir del sesenta hasta la obra finisecular y la de la primera década del siglo XXI. Ese cauce no descarriló al Grupo Guajana, pues los propios poetas del sesenta participaron del proceso histórico, ya que no podía ser de otra manera. Nosotros tuvimos la oportunidad de hacer el registro de ese proceso gracias a la Revista Mairena y a su director Manuel de la Puebla, cuando éste nos encargó el estudio de la poesía puertorriqueña publicada en la primera década de esa revista, esto es, entre 1979 y 1989, que titulamos Los lazarillos videntes y que se publicó en la revista Mairena, número 27. Posteriormente hemos continuado el examen y la reflexión a partir de las propuestas de autores de estudios y de antologías prologadas como las de Rubén González (Crónica de tres décadas [1960-1990], 1989), Ángel Rosado (El rostro y la máscara,1995), Mayra Santos Febre (Mal(h)ab(l)ar, 1997), Alberto Martínez y Mario Cancel (El límite volcado, 2000, que reseñamos en Claridad), la antología antillana en dos volúmenes titulada Los nuevos caníbales (segundo volumen, 2003, que presentamos en la Librería Borders, presentación publicada en Cuadrivium 7, 2007), y las reflexiones que nos impuso hacer en dos ocasiones el Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico al programar una sesión para “jóvenes poetas” (en la Fundación Nilita Vientós Gastón, 2009) y otra para discutir las “propuestas y horizontes” de la literatura hispanoamericana del siglo XXI (en la Casa de España, 2011). En otras oportunidades hemos abordado también el tema, como lo hicimos en la Conferencia Inaugural del Encuentro de Escritores celebrado en Chile en el 2002 (Viaje a la semilla de Vieques, publicado en EXÉGESIS 44), o al examinar la obra de poetas particulares, como Etnairis Rivera (Cuadrivium 6).

En muy resumidas cuentas, observamos un tránsito hacia la interiorización de un sujeto privilegiado y desconectado progresivamente del contexto social y de sus compromisos con la otredad. Ello se dio unido al afán de profesionalizar al escritor que tanto impulsaron revistas como Zona Carga y Descarga. Se construyó una trinchera de resistencia armada de una visión crítica al margen de los llamados “metarrelatos” del nacionalismo y del mesianismo socialista que tanto propulsó una ideología posmoderna en deuda con la tesis del “pensamiento único” que ayudó a consolidar el mundo neoliberal en casi todo Occidente. De modo que se instaló un sentido de renuncia, de ausencia, de “memoria rota”, de nomadismo, dispersión, de desterritorialidad, extrañamiento, y la fragmentación y el aislamiento en un mundo de desencanto, deficitario, con un futuro suspendido que se vive de manera casi virtual por el auge de la nueva cultura massmediática impuesta por las corporaciones multinacionales. Entre la ironía y la parodia, la alegría de sentirse liberada de la responsabilidad de forjar una conciencia nacional y de clase. Santos Febre llegó a hablar de “una ausencia casi total de referentes geográficos y lingüísticos evidentemente puertorriqueños” (Mal(h)ab(l)ar, 1997).


Lo anterior, es lo que dicta, grosso modo, el registro histórico, si colocamos en paréntesis casos excepcionales como el de Iván Silén, y obviamos las dificultades de la obra de la emigración. No obstante, al hablar de la poesía puertorriqueña finisecular y de entresiglos, nos pareció justo expresar lo siguiente:
“Tras la lectura de este libro –me refiero a Los nuevos caníbales–, y ante nuestro parecer, la nueva poesía puertorriqueña incorpora como recursos de expresión nuevas perspectivas tanto ante los problemas sociales y políticos como ante los elementos que definen la identidad propia. No vemos que predomine la virtualidad posmoderna al uso por nuestros lares que deshace, deconstruye, disuelve y nadifica tanto las raíces de la tradición como los íconos y emblemas nacionales y las urgencias sociopolíticas del aquí y del ahora, acaso porque no es perentorio hacerlo para ser posmoderno. Creemos que esta nueva poesía explora, crítica, el mundo heredado de sus mayores, tanto en el plano de la calle y de la estructura social como en el plano de las relaciones afectivas y de las contradicciones del sujeto. Confíamos en que, en consecuencia, no ha habido en verdad esa ‘suspensión en la continuidad’ que se ha proclamado, y que los temas y la estética tradicional mantienen, por el contrario, lazos constatables de continuidad, acaso no tan evidentes, pero tan ciertos como los manantiales que corren debajo de la tierra, lazos que hacen, en efecto, sobre la mar, como quería Martí, lo que la cordillera de fuego andino hace debajo de las aguas. Creemos que esta literatura nunca ha sido en verdad, ‘soterrada’ porque bríos y energía creadora ha demostrado y demuestra tener. Y creemos, que aunque acaso haya sido convencida de que su destino era proclamar un individualismo adánico, ciega a sus referentes concretos y al contorno de su nacimiento, desterritorializada, nunca ha dado en verdad la espalda a su país, sencillamente porque no es posible hacerlo, pues la poesía no puede ir contra la naturaleza humana que es, por definición inexcusable, comunitaria, devota de su entorno natural, flor de los suyos.”
Desde el 1962 al 2012 mucho ha cambiado en Puerto Rico (y en el mundo). En el remoto entonces comenzaba a desmantelarse el aparato económico que instrumentó el ELA en medio de una “guerra fría” terrible y de un asedio criminal al nacionalismo. Hoy, vivimos en un país acosado por las bestias autoritarias de un fascismo sembrado por el neoliberalismo imperial que se yergue en medio de la ruina y la bancarrota. Esa ruina y bancarrota gestadas por la empresauriocracia, son, en el plano moral y espiritual, mucho más profundas. Entonces, me decía Josemilio González, no eran tiempos de cantarles a “pajaritos preñados”. La “verruga violácea” en la frente de la que hablaba hace mucho León Felipe nos impone, a todos, hoy, un compromiso urgente que no puede ser evadido sin incurrir en conducta criminal. Por eso es imperativo traer a primer plano el ejemplo sublime de Albizu Campos y su consigna imperecedera del valor y el sacrificio. Eso hace del legado de GUAJANA una trinchera de un valor sin precio.

En cuanto al grupo Guajana, señalamos en el 1992 algo que nos parece correcto hoy, veinte años después:
“El discurso de la resistencia que domina la poética de estos últimos años contrasta todavía con cierta contemporización y cierta ideología derrotista –afín con los años cincuenta– de la sobrevivencia que ha reculado entre ahogos en este mismo espacio. No obstante la poesía, para los poetas de Guajana, conserva su valor instrumental de siempre. Lo importante en ellos sigue siendo su conciencia de clase ideologizada, la proclamación a primer plano de una actitud política que se define y proyecta desde el plano de la ética, comprometiendo la poesía y la vida misma. Llevan aún en la sangre una vocación contestataria, una brújula para sus certezas, una certidumbre impermeable contra toda propaganda, un optimismo unívoco, determinado, iterativo, capaz de distinguir lo real en medio del discurso incierto de la fenomenología televisiva. El paso del tiempo le inseminó la perspectiva de lo insondable, y le relativizó las inminencias, pero nunca logró hacerle retroceder un ápice su radical ruptura contra todo avasallamiento. Éste es el legado heroico de Guajana, de pie aún sobre la gesta nacionalizadora del treinta y sobre todo, en la noción del tiempo bolívar que no acaba aprendido en Corretjer.”
Constelación –como los llamó en UPR-Humacao, Félix Córdova Iturregui– de supernovas, pongo al frente, ante las críticas cainitas y absurdas de falsos adolescentes, un título de Edwin Reyes, de José Manuel, de Andrés, de Juan Sáez, de Ángela María, de Marina Arzola, y me acuesto a dormir. Si a ellos “se les fue la guagua”, ¿cómo han quedado entonces en la leyenda sublime e imperecedera de la caña brava? ¿Eh?

¡Albizu seas!

MRD
 
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