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domingo, 16 de mayo de 2010

A propósito de un Terremoto llamado FORTUÑO



A propósito de un Terremoto llamado FORTUÑO

En la Brecha


Anoche, un terremoto de 5.8 grados con epicentro en el mar del oeste, sacudió al país. Causó susto, pánico, incluso algunos destrozos. En un mundo sacudido por frecuentes fenómenos de esta clase de alta magnitud, no puede extrañarnos lo ocurrido ni puede descansar nuestro temor de que un evento catastrófico de esta naturaleza ocurra en un futuro cercano. Lo que no sé, y lo digo en serio, es si un terremoto como el de Chile pudiera causar en Puerto Rico más daño que el gobierno de Luis Fortuño.

Que la Junta de Síndicos diga que ha tenido que obtener un préstamo para pagar la nómina de la UPR de este segundo semestre, o que adeuda varios meses del pago del plan médico de los empleados, tampoco extraña. No extraña la anunciada privatización de la administración del Hospital Pediátrico Universitario, único en su clase del Caribe y orgullo del país, ni las nuevas oleadas en despidos que suman muchas decenas de miles. Parece que en la sinrazón de Fortuño, el trabajo de esos trabajadores no produce riqueza ni bienestar sino que lo consume.

¿Cómo se concilía la aparente contradicción de un gobierno que gasta cientos de miles de dólares en el Festival de la Palabra, mientras estrangula al Instituto de Cultura, al Departamento de Educación, a la Universidad de Puerto Rico, a la clase artística y teatral, al vernáculo, las bibliotecas, las publicaciones, la Escuela de Artes Plásticas y de Música, la investigación y todo lo que huela a creatividad? La respuesta es muy sencilla: con el Festival, Fortuño hizo turismo y relaciones públicas. No sueñen que en su mente había otra cosa, porque estoy totalmente seguro que no sabía que Gioconda Belli estuvo vinculada al sandinismo, ni quién era Luis Sepúlveda o Sergio Ramírez.

Por otra parte, en una reunión de líderes sindicales realizada con el propósito de “apoyar” la huelga universitaria, un líder sindical señaló en  sus reflexiones que el movimiento sindical del país pocas veces ha estado realmente unido como cuando la huelga por “Nuestra Telefónica” –orgullo del país, ¿recuerdan?– o la lucha contra la Marina de Guerra y por Vieques.

Da pena, incluso vergüenza, tener que darle la razón al compañero. Da pena, incluso vergüenza tener que admitir la propensión caníbal y la reducida capacidad para la acción concertada y solidaria de los puertorriqueños. Eso, claro está, es uno de los efectos de la vida colonial, buscado con toda intención y propósito . El caso de la lucha por Vieques es paradigmático, pues en esa lucha convergieron casi todos los factores de fuerza del país. 
Incluso el gobernador Rosselló, aunque después se arrepintiera, apoyó la causa de Vieques que le dio lustre hasta a Norma Burgos, la desobediente civil. La Marina de Guerra era para casi todo el país una fuerza “extranjera” que abusaba de pobres viequenses. En ese sentido, es cierto que esa unanimidad no se da en el caso de la Universidad ni contra el gobierno de Fortuño.

Mas sería buscar un milagro de cielo, y además una temeridad suicida, sentarse a esperar por la unanimidad del país para actuar otra vez o promover una huelga general. Por más verdad que sea la desunión entre nosotros y la excepcionalidad del caso de Vieques,  lo cierto es que el pasado enseña pero no predice el porvenir. La historia, como las estrellas de Segismundo, inclinan el albedrío y permiten proyectar los modos del comportamiento del porvenir, pero no lo fuerzan ni lo determinan. Sí así fuera, tendríamos que dar el mundo como museo, como reino de los cielos. En el reino de este mundo la voluntad de los que estamos cuenta y hace una diferencia. Esa tendencia histórica de desunión hay que superarla. Es necesario crecer. Es necesario fortalecer la unidad en la diversidad. Hay que pujar para que nazca el país que deseamos.

No. No se trata de apoyar a los estudiantes. La lucha de los estudiantes es la lucha de casi todo el país contra la Ley 7, contra la política neoliberal que restaura el capitalismo salvaje en todas partes a costa de las conquistas laborales, de los sindicatos, de todos los trabajadores, de los recursos naturales del país, de la paz social, del bienestar asesinado, de los desprotegidos y los desamparados, de la clase artística y cultural, de los universitarios. Lo que ocurre en la Universidad es consecuencia de esa Ley y de la misma política que golpea a los trabajadores y desarticula, subyuga, avasalla, al país. Es la misma fuerza enemiga de casi todos.

Los sindicatos No tienen que apoyar a los estudiantes ni a los universitarios: tienen que luchar en esa guerra porque es allí donde se está fraguando la lucha de los trabajadores. La Universidad es el frente de batalla abierto de todos nosotros. Y en ese frente de batalla se está sacrificando, en el frente, a los jóvenes más talentosos del país, muchos de ellos menores de edad.

¿Qué? ¿Los sindicatos permitirán que se aplaste con la bota y la macana a sus menores, hijos e hijas, sobrinos y sobrinas?

Eduardo Galeano, figura cultural de importancia mundial, nos dice desde Uruguay que la comunidad internacional observa con interés esta lucha estudiantil, y, con palabras que evocan a José de Diego, añade que “los estudiantes no están atrincherados en el campus por puro capricho”, sino porque “ellos son el corazón, la llama viva de la universidad”.
En el célebre poema que tituló En la brecha, José de Diego exhortó al país, a principios del siglo pasado, a resistir. “Resurge, alienta, grita, anda, combate”, dijo.

En gratitud y homenaje a Eduardo Galeano, editor de Brecha, de nuestros muchachos estudiantes, y de todo el que lucha y defiende sus principios, recuerdo aquí, como consigna, los versos finales del famoso soneto de De Diego:

                       “Haz como el toro acorralado: ¡muge!
                       O como el toro que no muge: ¡embiste!”

                                                          Marcos Reyes Dávila

jueves, 13 de mayo de 2010

En la UPR la lucha nunca termina


Miedo o Triunfo en la UPR:
la lucha nunca termina
 

Un "catedrático" de Economía del Recinto de Río Piedras publica hoy en EL NUEVO DÍA una columna titulada "El ritual del paro" que desde el título supura desdén contra lo que la mayoría del país ha ponderado como un proceso huelgario extraordinario, histórico, novedoso, de enorme madurez, de solidaridades conmovedoras, de grandes sacrificios, ejemplar: una "cátedra". El susodicho profesor, de nombre Jaime Benson Arias, debe ser extranjero en el certificado de nacimiento o en el espíritu. Pero lo que pone en evidencia este artículo es la campaña mediática orquestada por el gobierno para frenar el apoyo masivo a la huelga y presionar a los huelguistas, cosa de aumentar las disensiones y crear el caos entre los huelguistas.

Lo importante aquí, reitero, es la intensa campaña mediática contra el paro promovida desde las instrumentalidades del gobierno y a propósito de la asamblea de hoy jueves. Los titulares de los periódicos hablan de la cancelación de las sesiones de verano en tres recintos y de la posibilidad de considerar el "cierre" de Río Piedras.

Aparte de la campaña de miedo, la posibilidad del cierre es remota, pero sería irresponsable etiquetarla de irreal. Implica, por una parte, la aceptación de la derrota de parte de la Junta de Síndicos. Con eso el estudiantado tiene que tener cautela y tiene que conducir con sabiduría la nave en la tormenta.

Lograr un acuerdo satisafactorio --para ambas partes-- es una meta que debe buscarse. El gobierno no va a cortarse la cabeza. Antes de hacerlo preferirá la fuerza bruta del cierre. Lo difícil es un acuerdo en el que el gobierno sienta que ha ganado algo, que ante los ojos del país no luzca derrotado. Por eso un acuerdo con reclamos mínimamente satisfactorios que permitan continuar la lucha desde adentro, amenazando con nuevos eventos de huelgas o paros, es una opción a considerar.

Hostos dijo en una ocasión que no hay victorias últimas ni finales. No pensemos que eso existe fuera del cine. La vida toda es lucha, dijo Corretjer. El enemigo se reagrupa y vuelve siempre. El destino de la humanidad no está sobre los hombros de los jóvenes de hoy, ni siquiera el del país.

Por eso, aún más importante que obtener lo reclamado en este momento, es lograr construir instrumentos de lucha que queden para los que vienen después a continuar la lucha que nunca termina. Esa sí es una meta fundamental, que no debe ser derrotada ahora.


                                                                                                                            Marcos Reyes Dávila

jueves, 15 de abril de 2010

Están allí porque son la llama viva de la universidad


Eduardo 
GALEANO

se solidariza con los estudiantes de la 
Universidad de Puerto Rico


Hoy sábado 15 de mayo, a las 15:54
Mis queridos hermanos puertorriqueños:

Los pueblos que no escuchan los reclamos de sus estudiantes corren el peligro de quedarse sin futuro. 
La ciudadanía estudiantil es la que custodia el fuego sagrado de la esperanza de los pueblos, y la guardan con su arrojo, con su temeridad, con su inviolable capacidad de soñar. 
Hay que escuchar a los estudiantes, aguzar el oído, mirarlos a los ojos y leer lo que nos dicen con sus actos, pero sobre todo con el deseo encendido de su mirada. Cuando el resto claudica y se recoge en la madriguera cómoda de la conveniencia, los estudiantes se alzan. Cuando el resto piensa hoy no, mañana quizás, los estudiantes dicen: ahora. Cuando el resto se acostumbra a lo que hay, los estudiantes nos muestran el sendero luminoso del porvenir.

En momentos como éste, cuando esta Latinoamérica nuestra sufre, con el resto del mundo, las consecuencias nefastas del desplome de la avaricia del capitalismo salvaje, hoy más que nunca, no nos podemos dar el lujo de darles la espalda a nuestros estudiantes. Hay una comunidad internacional que observa con interés el desarrollo de este movimiento. 
Esperamos, de las autoridades universitarias y gubernamentales, el mayor respeto. Desistan del uso de la fuerza. Siéntense a negociar con ellos en paz, de igual a igual. Escúchenlos. Sean generosos. 
No están dentro del recinto, atrincherados en el campus, por puro capricho. Están allí porque ellos son el corazón, la llama viva de la universidad. 

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