miércoles, 24 de febrero de 2021

Sociología y materialismo en Hostos

 


“Sociología” 

            y materialismo 

                       en Hostos

Apuntes ---

 

En Hostos, la fragua interminable: Antillanía e idea de América (Editorial Patria, 2020), presentamos la tesis de un Hostos adentrado en el perímetro del pensamiento socialista. No vamos a repetir sobre esta tesis los argumentos esbozados allí. Solo pretendemos de momento reflexionar, a otra luz, por otro camino, algunas interpretaciones que han dominado la lectura de su Tratado de Sociología, y que parecen alejar a Hostos de la tesis antes mencionada que sostenemos, aunque en realidad

, y aunque no se ha advertido, la sustentan.

Para forjar un juicio justo sobre este asunto, lo más importante a tener en cuenta es que no se debe enfocar la mirada desde el tiempo presente, ni siquiera desde la óptica del siglo XX. Es preciso colocarse dentro de la dinámica y fluida realidad de la época en que vivía, cuando se levantaban las primeras comunas; se fundaba la Primera Internacional de los Trabajadores; socialismo, anarquismo y comunismo presentaban sobre la mesa sus cartas; y Marx, Proudhom, Bakunin, entre otros, debatían y perfilaban en la misma sala sus puntos de vista.

En su ensayo “El siglo XX”, escrito y publicado en 1900, Hostos aprieta en su mirada poligráfica unas tesis proféticas que destilaba de su incesante examen de la realidad. Aunque pareciera a veces que estaba ceñido a la hora y ubicación que corría en su entorno inmediato, en realidad tenía una mirada periférica aguda y de largo alcance espacial y temporal. En esos años de finiseculares, Rosa Luxemburgo preveía la guerra mundial futura, que, oculta para todos, incluyendo a Lenin, se fraguaba en las muy aludidas contradicciones del imperialismo, capitalista, desde luego. En esos mismos años, Lenin consolidaba sus estudios sobre el capitalismo, el Estado burgués y la revolución social que se avecinaba. Pero en 1902 aún se planteaba qué hacer, en 1916 el imperialismo capitalista, en 1917, el estado y la revolución. El ensayo antes mencionado demuestra la profunda capacidad de revelación en el pensamiento sociológico de Hostos.

Hostos también pudo anticipar, en el ensayo antes citado, varios cauces revolucionarios que azotarían el siglo XX, incluidos los graves eventos de formas sin embargo impredecibles, de la Primera Guerra Mundial, y aún más allá, pues anticipan algunos de los cauces de gran conflicto que prevalecerían, desde el auge de distintas sectas religiosas, los problemas raciales, luchas antiimperialistas y la descolonización de las colonias anglosajonas, incluyendo India y China, hasta las consecuencias en la flora, la fauna y el nivel mar del cambio climático. Nada más pensar que “correrán ríos de sangre” en el siglo como efecto de las luchas por la libertad, el “imperialismo extraterritorial” y los gobiernos anglosajones fabricados para sí mismos, era inducir los factores económicos que los desatarían. Era deducir la guerra violentísima que a lo largo del siglo se desarrollaría entre los defensores del proletariado y los diferentes bloques ejecutores del capitalismo. A ese tema dediqué, ampliamente, la última parte de mi libro Hostos, la fragua interminable que califiqué como “la década refulgente”. Otros referentes sobre este tema, olvidados durante la redacción del libro mencionado, me salen continuamente al paso. Algunos de éstos están vinculados a su sociología, tema al que, a sobrevuelo, me ocupo ahora.

Al ponderar este asunto hay que calibrar con cuidado que, si bien a Hostos se le considera uno de los fundadores de la Sociología, particularmente en el contexto del mundo de Nuestra América, no se puede pasar por alto que, en sentido estricto, Hostos no llegó a escribir el “tratado” que sobre esa ciencia se le atribuye. El volumen que en las Obras completas se nos ofrece, tanto en la edición de 1939 como en la nueva “edición crítica”, es la recopilación de las notas de clase que tomaron algunos de sus discípulos de cursos sobre el tema que ofreció Hostos en el 1883, y luego 1901. Así se advierte en la nota “Al lector”, de su hijo Eugenio Carlos de Hostos, que se antepone al texto en la edición príncipe de 1904. Aunque parece que Hostos conoció estos textos dictados y asombrosamente organizados, al dictar, por una mente poderosamente coherente, también parece que no llegó a revisarlos ni a participar de la configuración del texto publicado póstumamente. Creemos que podemos concordar que unas notas ofrecidas en clase no sean comparables a un tratado formal. Su hijo lo señaló en términos muy claros al decir que fue una “lástima” que “no pudiese revisar el Tratado de Sociología, dictado en circunstancias extraordinarias, haciendo un esfuerzo sobre humano”. Observa, además, dicho sea de paso, que los volúmenes V (“Madre Isla”), VI (“Mi viaje al sur”), VII (“Temas sudamericanos”), IX (“Temas cubanos”), XII-XIV (“Forjando el porvenir americano”, I y II, y el XIV (“Hombres e ideas”), eran recopilaciones de libros, folletos, revistas y periódicos plagados de erratas de imprenta y no corregidos. Añade, que los volúmenes de XV al XX fueron recogidos en su mayoría por sus discípulos dominicanos. De todos estos, según apunta, sólo corrigió las “Lecciones de Derecho Constitucional” y la “Moral Social”.

Respecto al Tratado de Sociología, hay que tener en cuenta también, que los autores del libro incluyeron como “Libro tercero” los prolegómenos formulados en la clase de 1883 en calidad de “resumen”. Del mismo modo lo reproduce en 1982 la Biblioteca Ayacucho. No obstante, la Edición Crítica de las nuevas Obras completas (1989), a diferencia de la de 1939, corrige esa importante relación. Lo señalamos porque la lectura del texto sugiere que ese “libro tercero” es, en efecto “un resumen” del tratado, y no lo es. Nada más este detalle debe merecer cautela en el análisis.

El juicio más difundido sobre esta “ciencia” de Hostos que es su Sociología, la cataloga como un epígono de Augusto Comte, del krausismo y de la economía clásica de Adam Smith del laissez faire. No es que sean desacertados a prima facie esos juicios. Como la de todos los sociólogos, su sociología deviene de, o se vincula con, la positivista de Comte, que al parecer de éstos, es auxiliadora de la burguesía y opuesta a --o antítesis de-- las intenciones políticas revolucionarias del marxismo. Tampoco es mucho menos desacertado, como se repite, que se interprete que el sociólogo en Hostos, influido en su juventud por el krausismo, se transforma en moralista.

En mi libro antes citado afirmamos que puede observarse a lo largo de toda la obra de éste una constante visión objetiva de la realidad examinada, muchas veces de clase, que es trinchera de batalla fundamental de la teorista socialista. Aflora de manera manifiesta en 1868, y aflora también de manera subrepticia --para ser cautelosos--, mas sin embargo notable, a lo largo de las décadas, inclusive en su última etapa dominicana. De modo que no está del todo ausente en su Sociología.

Pero Hostos es, ante todo, un libertador, y en cuanto tal, un maestro de la acción. No arriba a la Sociología de manera accidental. Así lo aseguran numerosos estudiosos. A lo largo de toda su peregrinación fue hilvanando con el ejercicio material, objetivo y matemático, un comportamiento de sociólogo que parece serle natural. El que hemos llamado joven Hostos, el de la etapa española, ya persistía en abordar aspectos que tienen vínculos estrechos con la sociología. Cierto es que su arranque tuvo una naturaleza introspectiva, pero ésta era en el fondo la sonda de un proceso de mejoramiento y entrenamiento para la acción social. Si se rechazara que fuera cuanto menos sociólogo en ciernes a partir de la novela de Bayoán de 1863, basta verlo pergeñar de sus reflexiones sobre la estadística criminal en Puerto Rico en enero de 1865, o sobre la producción española en las Antillas, particularmente en lo que concierne a las harinas, o la seguridad individual, o las sociedades abolicionistas, o las reformas políticas y administrativas que se planteaban en esos años, las comunicaciones, la instrucción elemental, la administración de la justicia, y otros. El dato que acabamos de apuntar descubre otro importante factor en esta cuestión. Es el hecho de que, aunque su preocupación primaria fueran las Antillas, operaba en ese momento el joven Hostos, en Europa y en función con los fenómenos sociopolíticos europeos. De manera diferente lo hará en la nueva –otra-- realidad de las tierras de Nuestra América. Ello nos debe inclinar a considerar al menos, como obvio, que su teoría sociológica está yuxtapuesta a, o concatenada con, la morfología particular de nuestros países.

Años más tarde, aún se ocupará, con la objetividad de análisis que la distancia acomoda y propicia, de las luchas sociales y políticas del norte de Europa, muy diferente de la manera febril y comprometida con que se ocupa de la guerra en Cuba, de la situación social en Colombia, Perú, Chile, Argentina, y Brasil. Considérese, nada más, sus observaciones socioeconómicas de la Colombia caribeña, o las antropológicas en Perú, o su celebrado análisis de la economía, sociedad, geografía y cultura de Chile, o el “cuadro estadístico” que añade a sus “notas de viaje” en Rosario, Argentina, respecto a pobladores, peones, profesiones, bueyes y azadas, y otros aparejos de hacienda y labranza. El sociólogo europeo es allá un observador analítico, pero en los Andes, la pampa o el Caribe es parte y eco vivo del paisaje. (Véase el tomo VI de sus Obras completas de 1939-69, 368.)

En Venezuela, constatamos que no solo estudia sobre el terreno y teoriza en abstracto sus ciencias sociales: las ha sistematizado, como hemos visto, a partir de la reflexión multidisciplinaria de los eventos y las prácticas. Varios autores contemporáneos, solo por no recurrir a los que lo estudiaron hace un siglo, señalan cómo los conflictos sociales, políticos y económicos que inundan los pueblos suramericanos –y los Estados Unidos-- se registran en sus textos. Maldonado Denis --dicho es en su memoria--, añade que, aunque pudiera parecer solo crítica literaria, hasta su “Plácido” es en realidad “un estudio psicosociológico del fenómeno colonialista”, que anticipa a autores como Frantz Fanon (Eugenio María de Hostos y el pensamiento social iberoamericano, 32.) Y es que, en efecto, lo que brota en Hostos, como manantial en la década refulgente de la década del setenta, es el examen multidisciplinario de la herencia colonial de Nuestra América, y del colonizado, como sujeto. Esa función de someter la inteligencia y la voluntad a la causa de la liberación, no era en su sociología, ni en ninguna de sus obras, problema de metafísica, sino “un medio absolutamente natural de vivir en la vida colectiva y en la individual” (Hostos en Venezuela, 80).

En Venezuela, desde 1876, Hostos expresa la grata oportunidad que le provee su estancia allí para completar las “teorías sociológicas” que fue anotando desde que inició su viaje al sur. Aparte de las señaladas, se destaca también el inicio firme de una tarea educativa dirigida a formar seres humanos libres, que se convertirá en el bastión principal de su agenda durante dos décadas, fundando escuelas normales y asumiendo rectorados, e iniciando, tal como se apuntala, la ciencia de la Economía Política, entre otras. Desde que plantó pie en tierra en Colombia, no ha cesado de promulgar propuestas para corregir problemas de muy diversa naturaleza como lo pudiera hacer un patriota colombiano, peruano, chileno, argentino, etc. Ha tenido Hostos una breve estadía en suelo venezolano, dos años y medio, y ha ofrecido al país importantes aportaciones intelectuales, educativas y políticas. Es allí, y entonces, que Hostos contribuye a fundar en junio de 1877 el primer Instituto de Ciencias Sociales de Venezuela, siendo el primero en pronunciar un discurso de incorporación. En dicho discurso apunta que la Sociología representa una función trascendental en la dirección política de los pueblos de Nuestra América. Su Sociología, como todas las obras que emprende, tiene en sus sistematizaciones una función educativa y práctica dirigida a transformar la realidad, como quiso Marx, no solo a interpretarla.  

“Gobernar es enseñar”, sentencia Hostos, y así lo hace a tanto por tanto en su teoría como en la praxis. Pedro Henríquez Ureña, que de niño lo conoció, asegura que “Hostos le da a las Ciencias Sociales un fundamento de necesidad”, “que tiende a la acción”, “y que debe servir al perfeccionamiento humano”. (Obra crítica, 1960, 79-84) De ahí, concluye Henríquez Ureña, que “es justo que su Tratado de Sociología resulte una obra de tendencias prácticas al mismo tiempo que de constitución científica”. No por otra razón, por ejemplo, termina su Tratado de Moral con “La Moral Social Objetiva”, cuarto libro del tratado en el que, a modo de modelos, retrata con figuras de la historia los deberes fundamentales expuestos antes. Un perfecto maridaje de sociología y moral.

La primera de las leyes sociológicas que anota en su tratado, aquella que ha resistido todas las tropelías y abusos de la historia, es la Libertad, “ley de leyes”, puesto que es la que hace efectivas todas las demás. Para Hostos, en ese entonces, la prosperidad de la sociedad está en correlación del trabajo, de la producción, de la población y del aumento de los recursos industriales. Tras examinar la historia del fenómeno por toda la historia humana, arriba finalmente a Adam Smith, tal como lo hizo Marx, en cuanto aquél puntualiza que “el trabajo es la fuente de la riqueza”. (“Formación y desarrollo de la Economía Política”, en Hostos en Venezuela, 1989, 62-68) Acto seguido, Hostos observa lo siguiente, y cito suprimiendo algunas adjetivaciones:

“Las clases que viven del trabajo fueron (…) constituyéndose en una clase (…) que con el nombre del proletariado (…) se opuso en toda Europa al capital. Esta lucha, (…) manifiesta casi siempre en el malestar del pueblo, apareciendo en revoluciones formidables, constituye hoy el interés científico (…) de las sociedades. En esta nueva fase, la economía ha dilatado sus límites (…), fundado escuelas irreconciliables, como el libre-cambio individualista y el socialismo indiferente a las libertades comerciales (…), y prestado inestimables servicios (…) a la sociología” (67).

Sin rebuscar otros fundamentos, examinamos algunos pocos aspectos de su Tratado de Sociología, sin juzgarla al detalle. Sea dicho, en primer lugar, que a pesar de la primacía concedida a la Libertad, en sus “nociones” de 1883, Hostos coloca ésta como ley tercera, precedida por la “Ley de Sociabilidad” y la “Ley de Trabajo”. Del mismo modo aparece en el Tratado de 1901. Ello obedece a que Hostos comprende que para que pueda afirmarse la Ley de Libertad --“ley de leyes”--, antes tienen que existir la sociedad y el trabajo que la sostienen. Hostos ha puntualizado antes que, tratándose de “leyes” de la sociedad –término positivista en boga entonces, y “nuevo para la ciencia”, dice--, ésta, la sociedad, tiene que existir antes para que las otras leyes sean. “Todo es por ella, y fuera de ella no hay nada”, sentencia.

Al examinar la “Ley del Trabajo” puede verse que para Hostos “el consumo ha de ser proporcional a la producción”.  Hostos está haciendo observaciones que apuntan a un materialismo histórico. Fijémonos que añade a lo anterior lo siguiente:

“Todos los cambios de fortuna material que se han observado en las sociedades humanas, desde los tiempos primitivos, han dependido muy principalmente de la actividad de la producción de la riqueza individual y colectiva, de la mayor adaptación del trabajo libre a la producción pecuaria, agrícola y fabril, y de la correspondencia entre la producción y el consumo, y entre el consumo y la prosperidad social”.

Si ello no bastara, añade aún:

“Este relacionamiento de causas y efectos, que es lo que en definitiva enuncia la Ley del Trabajo, habría evitado a los hombres casi todas las organizaciones artificiales del trabajo”.

Entre éstas, Hostos enumera las de casta, la esclavitud, la servidumbre, el vasallaje, y “las que artificialmente ha soñado el socialismo de todos los tiempos”. Entre estos incluye los “Santos Padres”, es decir --y conforme con una nota de los editores de las Obras completas, Edición crítica--, aquellas figuras religiosas que en las primeras etapas del cristianismo establecieron los principios de justicia distributiva. (157) A estos, Hostos añade figuras controvertidas de las diferentes “sectas” –término de Marx—que pugnaban en los años en que se levantaba la Primera Internacional de los Trabajadores, como Owen y Saint-Simon. Como todo socialista versado en las controversias de aquellos tiempos, Hostos no pasa por alto el carácter artificial de su socialismo utópico, pues no ha podido someter la producción y el consumo, ni la distribución de las riquezas, al establecimiento del enunciado de la Ley del Trabajo que exige la armonía entre producción y consumo, ya que no ha cesado la desigualdad de las fortunas y las prosperidades, el hambre para el trabajador y la saciedad para el capitalista, “espectáculo del sufrimiento que ha dado hasta ahora el trabajo humano”. A pesar de los distintos conatos por hacer efectiva una revolución de este tipo, ninguna quedará plasmada con el éxito relativo de la revolución de 1917, dos, tres, cuatro décadas más tarde.

Desde luego que, en la exégesis de este problema, Hostos incurre en terrenos que podemos considerar utópicos. Toda lucha o gesta está sesgada por esa vislumbre. También crepitan en el Manifiesto comunista. Es cierto que Hostos nos habla de la “Ley del Ideal”, pero es porque hay una aspiración, que, sin embargo, no la ve como una meta a la cual llegar, sino como un rumbo a seguir, cuya meta nunca se alcanza. “Es más bien un propósito”, dice Henríquez Ureña.

Hostos concede que para el establecimiento del orden económico al que se aspira “hay obstáculos históricos o perpetuos”. Uno de ellos es de factura humana, pues esa aspiración “requiere que la sociedad general u otra cualquiera sociedad particular haya llegado en su crecimiento a aquel punto de progreso en donde se encuentren equilibrados la producción y el consumo, hasta el punto de que el uno corresponda exactamente a todas las necesidades y la otra a todas las satisfacciones”, de modo que se deduce la “fatalidad del orden económico antes y después del momento del desarrollo social en que se llega al equilibrio estable”. Para Hostos, la búsqueda incesante del equilibrio estable entre producción y consumo, es el “actuante continuo en la historia de los pueblos”. (167) No cede un ápice a la certidumbre de que “es del orden económico de lo que depende el bienestar social” (158).

La vinculación de Hostos con las diferentes “sectas” del socialismo no puede negarse. Asoma desde 1865, y brota ostensiblemente en 1868 cuando anticipa el triunfo del “cuarto estado”, y la participación de la revolución que ocurrirá por la mano de los descamisados y del proletariado.  Ya la Primera Internacional había penetrado en 1868 por Cataluña, y Hostos ya había traducido La Justicia, y La Revolución en la Religión y en el Estado de Proudhon, colaborador, aunque también antagonista, de Marx.

Hostos enumera y describe enfermedades sociales, pero también operaciones para superarlas. En su discurso de incorporación en el Instituto de Ciencias Sociales pronunciado en 1877, Hostos intenta “demostrar que, en la dirección política de nuestras sociedades latinoamericanas, la sociología puede y debe desempeñar una función trascendental”. Algunas de sus contribuciones las formula de manera estatutaria en el “Programa de los Independientes”, así como en los tratados de Sociología y de Moral. Martí consideró el primero como un “catecismo de democracia”, pues Hostos entendía el sistema representativo-democrático como un instrumento fundamental en el que debería poder garantizarse la libertad social. Por eso veía que en la “Carta de Derechos Civiles” se daba un paso gigantesco hacia la constitución de sociedades libres. Pero esta democracia tenía que fundarse en derechos individuales ejercidos o practicados, no formales, y tenía que, para poder ser efectivos, proceder a base de convenciones democráticas y libres, superpuestas de abajo para arriba. Un poder “del pueblo y por el pueblo”, todo. El “orden jurídico”, y aún el gobierno, han estar en “sujeción a la Ley de Libertad”: “subordinados a la Ley de Libertad” (Edición crítica, 169).

Henríquez Ureña opina con gran tino que los “remedios que propone no son los de las teorías socialistas corrientes”. (84) Hostos corrió hacía los mismos fines por rutas diferentes. Tal vez la diferencia mayor estuvo en la estrategia a seguir y la naturaleza de la revolución a realizar. La guerra por la independencia era un paso ineludible hacia la Libertad ansiada. Y esta solo era posible en el ámbito de la práctica real de los derechos civiles, en la democracia real erigida sobre sociedades igualitarias.

Quizás pueda decirse que Hostos fue capaz de ir más lejos que los estrategas de las revoluciones europeas. Hostos comenzó a observar como las revoluciones francesas y las comunas sucesivas que persiguieron “la libertad, igualdad, fraternidad” terminaron fusiladas en una anarquía ciega. ¿A fin de cuentas, cuál de los dos más utópico? En Estados Unidos, a fines del siglo XVIII y hasta la Guerra Civil, y en un proceso divergente del europeo, se había fundado un gobierno proclamado como del pueblo y para el pueblo, y con la primera Carta de Derechos Civiles tallada entre conflictos a fines del siglo, enmienda tras enmienda, en una Constitución que se reformulaba paso a paso. Fue un proceso atropellado de autoformación, que no seguía modelo alguno porque nunca había existido: pero crecía. Y que aún en el siglo XX establecía nuevas pautas respectos a los derechos de la mujer y la segregación racial, por ejemplo.

Carlos Rojas observa certero que “lo que hay que notar sobre todo no es el carácter intrínseco de estas doctrinas –Comte, Spencer--, que son ambas conservadoras, sino el uso que Hostos hace de ellas” (Hostos: Apreciación filosófica, 105). Hostos es una esponja que absorbe y reconfigura un sistema propio, y en una “función estratégica”. De modo que fue capaz de utilizar ideas que no eran revolucionarias “en forma revolucionaria para destruir todo un orden de cosas existentes y construir uno nuevo” (Íbidem).

Y, ¿cuál sería éste? Ya lo hemos expuesto algunos párrafos atrás. Hostos no puede darle nombre a lo que aún no existía, pero sí podía trazar y puntualizar sus características, y así lo hace en su Tratado de Sociología (Edición crítica).  El orden a construir sería uno basado en la Libertad irrestricta del individuo, ente imprescindible de la sociedad, y sujeta a la Ley de Trabajo, “en modo que la producción está en razón directa del consumo” (219), y no al servicio de la ganancia del capitalista. Para Hostos, el trabajo es la única fuente legítima de riqueza. Las clases sociales se han nivelado conforme al principio de equidad –o igualdad. El factor es el proletariado. Y la estabilidad del orden económico que a su juicio requiere, como se ha dicho, que la sociedad “haya llegado en su crecimiento a aquel punto de progreso donde se encuentren equilibrados la producción y el consumo”. Hostos, deduce de ello la “fatalidad de esta relación entre la producción y el consumo”, de modo que considera la búsqueda de la estabilidad entre ambos, “como actuante continuo en la historia de los pueblos” (167). ¿Materialismo histórico?

Un último dato de importancia, que no he visto figurado antes, es que Hostos parece ser también uno de los fundadores --o al menos precursores-- de la Geografía Política. Entre los fundadores están Friedrich Ratzel y Eliseo Reclus. Pero la obras sobre estas disciplinas de Ratzel se publican en 1897, y la de Reclus en 1880. (Piotr Kropotkin estuvo más inclinado a las luchas revolucionarias anarquistas y socialistas. Y Humboldt, por su parte, que aunque anterior a los mencionados, fue un explorador más atento a la geografía natural que a la sociopolítica.) Según Antonio S. Pedreira y su hijo Eugenio Carlos, Hostos escribe, aunque con evidente intención pedagógica, su “Geografía Política e Histórica”, en 1886, incluido en el tomo XX.III de sus Obras completas de 1939-69. La obra incluye alrededor de 180 países, y se extiende por 200 páginas. Comprende, información sobre los continentes, posición geográfica y astronómica, razas, distribución poblacional, lenguas, religiones, gobiernos, civilización e industria.  De la lectura de sus apuntes, cabe inferir que, en efecto, la obra se escribe alrededor de ese año.

Reclus fue un anarquista miembro de la Liga de la Paz y la Libertad, vinculado a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Por esa parte tuvo una relación cercana con Marx. 

                                                                                                  Marcos Reyes Dávila

                                                                                                                ¡Albizu seas! 


El Tratado de la LIBERTAD de Hostos

 


El “Tratado de Libertad” 

de Eugenio María de Hostos

Marcos Reyes Dávila

 

La obra de Eugenio María de Hostos no es solo la predicación de un canon –casi “catecismo”, como lo definió Martí– de la libertad. Predicación, decimos, porque la abnegación con que la difundió y la compartió en calidad de “propagandista” y practicante perpetuo, ungió la Libertad como evangelio. Aunque ha escapado a la exégesis de sus lectores y críticos, en las obras completas de Eugenio María de Hostos existe un volumen que recoge lo que acaso sea de manera virtual, pero también taxativa y perfectiva, un “tratado” de la Libertad.

Como sabemos, la preocupación de Hostos por la libertad es una constante sin pausa ni deserciones. Lo fue en el joven Hostos antimonárquico y federalista; lo fue en su prolongado periplo de la década del setenta por toda América, norte y sur; lo fue en su práctica educativa; lo fue tras el reinicio de la guerra martiana en Cuba y la invasión de las Antillas; lo fue en los últimos años de su vida. Respecto a todo lo anterior hablamos tanto de su práctica, prédica y agenda. Pero la libertad en Hostos también fue la vértebra morfológica de las obras que escribió, fueran las centrífugas de su propaganda escrita, sus ensayos periodísticos, o fuera en sus obras sistemáticas, de más hondo calado, fruto sine qua non de su trabajo maestro. Entre ellos están sus obras de derecho, pedagogía, sociología y moral.

Es sorprendente el hecho que observamos de que Hostos llega a articular toda tarea a partir de la introspección, del estudio de sí mismo, del desprendimiento de todo ese amarre y lastre que inicia en su adolescencia. La muerte de la madre –seguidas en muy breve tiempo por dos hermanos-- parece haber sido el acicate detonador que lo lanza al ruedo como un iluminado. En la plenitud de su determinación, la evocación al apóstol Pablo es un hado. “El mensajero de su propio mensaje”, dice su biógrafo Carlos Carreras (Hostos, apóstol de la libertad): “el misionero de su propia misión”.

La búsqueda de la libertad fue más que una meta asumida desde su juventud: fue la brújula que orientó y constituyó base de todo lo demás. El origen de esa dedicación suya por la libertad comenzó con la práctica de un ejercicio constante de autoexamen, un estudio riguroso de sí mismo, realizado con el propósito no solo de conocerse, sino de superar sus debilidades y pasiones, mejorarse y capacitarse. De ello es testimonio privilegiado su “Diario”.

Este ejercicio introspectivo lo llevó al conocimiento de los demás seres humanos. Se dijera que creó su propia fórmula cartesiana: soy, luego eres tú. Pero no como retrato, sino como realidad proteica, en permanente transformación y tránsito. Y dentro de esa red compleja del mundo humano la pieza aglutinadora que le pareció inalienable fue la libertad. La Libertad del ser humano, encarnado en su concepción del “hombre completo”, arribó, necesariamente, a la libertad de todos los pueblos.

La primera obra conocida de Hostos es de 1863: una novela publicada en España con el título de “La peregrinación de Bayoán”. Sobre esta novela se ha escrito muchísimo, pero de ella destacamos solo lo pertinente para este trabajo: la novela de Bayoán no solo anticipa lo que será Hostos durante los siguientes cuarenta años de su vida, sino que representa al hombre que era entonces en la forma en que lo vamos definiendo. Bayoán es, en efecto, la novela de un joven en continua introspección, en un continuo estudio de sí mismo, pero, además (y ya desde entonces), puede verse que no está enajenado de su entorno, es decir de los demás. El estudio de sí mismo no solo no lo aparta, sino que lo coloca justo en medio de las injusticias de lo que entonces eran las colonias españolas en las Antillas. La introspección sicológica, luego, no lo reduce a su propio ser, a su mismidad, sino que lo inyecta en un entorno conflictivo de otredades muy amplio. Por esa trabazón las Antillas le eran inalienables. Su propio ser, y la educación para la libertad y patria libre futuras, constituyeron siempre una dualidad indisoluble. “Hablaros de aquellas tierras es hablaros de mí mismo”, sentenció una vez.

Hostos va a dedicarse, con solidaridad y abnegación, y en cuerpo y alma, a luchar por la libertad de las Antillas. Por ese fin va a subyugar sus introspecciones, colocando a éstas en función aquélla. De las Antillas decimos, y no de Puerto Rico, porque veía las islas, como sus islas, es decir, como partes de un mismo todo. Y de la libertad decimos, a su vez, porque para Hostos la Libertad va mucho más allá que la mera independencia. Los pueblos de Nuestra América eran independientes, observó, pero no eran libres: llevaban la colonia en sus entrañas.

Al principio, y mientras estuvo en España, en el corazón del imperio español, el joven Hostos buscaba la libertad de las Antillas a través de la liberación de la propia España. España era entonces un estado plurinacional, oprimido por sí mismo, constituido por provincias sujetas a un régimen monárquico centralizado y opresivo, en las que podían germinar estados de una federación. (Verbi gratia, Cataluña.) Y como miembro de esa federación, creyó, bien pudieran estar las Antillas. Hostos, es necesario puntualizarlo, nunca fue un autonomista porque nunca apoyó dependencia alguna ni la asimilación de las Antillas a España. Sus propuestas “reformas” siempre estuvieron dirigidas a abrir sendas para su desarrollo independiente y autosuficiente, y para el gobierno de ellas mismas. Su lucha en España, por otra parte, estuvo dirigida a su vez, a derrocar la monarquía que reinaba para constituir en su lugar una república federal y democrática. Hostos fue siempre un antimonárquico, y un defensor de la separación de poderes, de la descentralización del poder y de los procesos democráticos, pero sobre todo, de los derechos civiles y humanos. Por esa ruta el pensamiento de Hostos convergirá, incluso, con el socialismo.1

En el caso de las Antillas y de Nuestra América, descolonización e independencia eran conceptos que a su juicio iban de la mano. La descolonización obedece a la liberación de una dependencia impuesta por la fuerza: la independencia. Esta era, en el caso de países coloniales, paso previo indispensable para quien aspira a la libertad. Pero la independencia política no la garantizaba. Hostos sabía --era parte del universo de ideas que traía de Europa--, que la burguesía oprimía al proletariado. Socialismo y anarquismo constituían desde la década del sesenta parte de su universo. Luego no sorprende el análisis de clases que emprende también en Nueva York, y mucho menos en las travesías de su viaje por los países de la América nuestra. Castas y luchas de clase le abofetean el rostro, particularmente en Perú. Que la colonia sobrevivió a la independencia, sentencia literalmente. La desigualdad social se ejerce por medio de la opresión de las estructuras erigidas por el capital con la ayuda de la iglesia. (Proudhon)

Dentro de este renglón Hostos distingue razas, definidas en función de los rasgos físicos, y también como conjuntos particulares de elementos culturales. Entre ellos, en el mundo de la América nuestra, la cultura blanca europea o anglosajona, las de origen africano, la de los chinos que abundaban en nuestra América como clase esclavizada en el siglo 19, y muy especialmente, las de una multitud de pueblos originarios de América. Aunque no siempre se advierte, en ese grupo cupo la mujer, trabajadora doméstica, reducida y disminuida, considerada como un ser inferior.

La igualdad que pregonó se sustentaba en los derechos del individuo. La Carta de los Derechos que los recoge, y que en Estados Unidos se fueron sumando durante un siglo, nos lleva directamente a su concepción del ser humano libre como integrante de una sociedad libre. En cuanto a ésta, Hostos fue muy radical: la democracia que la sustentaba tenía que fundarse en la práctica real –no formal-- de esos derechos en todos, todos los integrantes de esa sociedad. La práctica real de los derechos de todos suponía el reconocimiento de la igualdad de todos sus miembros, repetimos, ricos y pobres, terratenientes, artesanos y proletarios, afroamericanos, chinos, pueblos originarios, y, desde luego, la mujer. No se trataba solo de filosofía ni de afirmaciones plasmadas solo para letra de imprenta o como aspiraciones utópicas. Hostos tenía una vocación agente, practicó esas ideas, creando escuelas para formar hombres y mujeres libres que pudieran contribuir a forjar patrias libres. Conspiró insurrecciones, propuso doquier la creación de recursos económicos para campesinos y obreros, consciente de que el trabajo libera.

La defensa de los oprimidos lo llevó a confeccionar sus ideas sobre el derecho, y las constituciones políticas. Lo llevó a definir los propósitos de su sociología. El sustrato de un tratado de la libertad que era su caldo de cultivo y su simiente. De modo que toda su obra hay que leerla en el contexto de quien fue ante todo un libertador. Sus diarios, sus cartas, sus notas de viaje, sus artículos y ensayos, y también su sociología, su pedagogía su derecho, su moral.

Hemos dejado para el final de esta brevísima reseña sobre el tema de la libertad en Hostos, precisamente una de sus obras más importantes: su Tratado de Moral. Si bien su Diario es la crónica de su esfuerzo interminable por dominarse para alcanzar metas que iban mucho más allá de su propia persona, y si bien en el “Programa de los Independientes”, que redactó y publicó en Nueva York en 1876, alcanzó a constituir, en cuanto programa, los prolegómenos o principios que deben guiar a la constitución de pueblos libres, en el Tratado de Moral recoge todo aquello que fue base de su quehacer en todas las disciplinas y áreas en que se movió a diestra y siniestra.

A diferencia de todas las otras figuras históricas que transitaron en el siglo XIX estos propósitos y agendas de libertad, Hostos fue mucho más allá de una proyección  sustentada de exhalaciones espirituosas, repartidas aquí y allá, como de arenga dicha a distensión –o sin ella— en paradas, ocasiones u oportunidades, a modo de promesa a realizar mas en páramo yermo. Es decir, que como ocurre con la Confederación antillana, Hostos sistematizó, problematizó y desmenuzó sus componentes para poder crearlo de la nada en principios y aún estatutos, donde no existía. Una Libertad articulada en método.

Al redactar el “Programa de los Independientes” Hostos distingue, define y expone principios, encarrilados hacia la Libertad, en los que se debe fundamentar la Confederación de las Antillas y de cada uno de los estados que la constituyen. En ese momento, Hostos está totalmente inmerso en la guerra cubano-antillana por la independencia, y a ella somete, y en ella encarrila, como hemos dicho, su agenda y todas sus iniciativas. El programa era producto de sus estudios de la realidad política, social, económica y cultural de todos los países que había recorrido, incluida, desde luego, España, otros países europeos, y los países de norte y sur de América.

Con el fin de la Guerra de los Diez Años, Hostos vio canceladas esas urgencias, por lo que reenfoca su mirada en otros empeños, otras estrategias y otros modos de allegarse a la Libertad.  Hostos no fue nunca una persona que se sintiera derrotado. Abatido sí, pero vencido no. En parte, porque nunca esperó ver culminadas sus aspiraciones. En parte, porque estaba consciente de que sus aspiraciones se movían con el horizonte y que en el fondo tenían un trasluz utópico. Utópico, en cuanto que no tenían fin. Pensaba, como lo afirmó textualmente a su padre, que había nacido muy temprano. Podía cambiar de estrategia y táctica continuamente.

En “El propósito de la Normal”, como se sabe, porque ahí lo declara inequívocamente, la reforma educativa que inicia en Santo Domingo parte de un programa confeccionado a partir de una pedagogía propia, dirigida a formar los “soldados” y “auxiliares” que requiere su “propósito de formar una patria entera con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos”, y a construir “un templo para la razón y la verdad, para la libertad y el bien, para la patria dominicana y la antillana”.

Justo en esa etapa de gran Maestro, y engarzado plenamente en ese propósito, Hostos dicta un curso de Moral Social.  El Tratado de Moral, que se derivó de éste, fue fruto del estudio de sí mismo, pero también de sus luchas políticas, de sus ejercicios pedagógicos, de sus luchas sociales, y de las ambiciones y propósitos a los que consagró su vida entera. Por eso afirmamos que el Tratado de Moral --o la Moral Social, como también se le conoce-- es en el fondo, un tratado sobre la Libertad. Una Libertad, traducida a estatutos y prolegómenos, ideales sí, pero no irrealizables.  

Hostos había descubierto temprano en su vida que el ser que era no se reducía a sí mismo. Que él se hallaba en medio de los demás, así como los demás estaban en él. De modo que la libertad no era ni podía ser la libertad del individuo solo, como el pajarito que vuela en el bosque o el caballo que corre en la pradera, sino la libertad de todos. La libertad era --y sigue siendo-- un bien social. Si hay que aprender a vivir en sociedad, hablamos entonces de moral social. Moral social es como se ve, libertad. La libertad, única y posible, que resulta del cumplimiento de los deberes para con uno mismo, y para con los demás. Una Libertad fundida con la práctica de los derechos, porque el derecho no ejercido, así lo dice, no es un derecho real.

Hostos comprendió a plenitud que el reclamo de los derechos que a todos nos gusta demandar, sólo se hace vivo y efectivo cuando se provee de su “única arma verdadera”: el deber. Y el deber, ese deber, es un conglomerado concatenado que hay que satisfacer. En el Tratado de Sociología afirma, como “enunciado” de la “Ley universal de Libertad”, que ésta “está en relación de armonía con el derecho y el deber” (Edición crítica, 130). Y, además, que el gobierno “no puede ser ni llegar a ser lo que en esencia es (…) “sino en tanto esté subordinado a la Ley de Libertad” (Edición crítica, 169).

En el Tratado de Moral que nosotros rebautizamos Tratado de la Libertad, Hostos distingue 17 deberes que representan, ejemplarmente, diferentes personalidades de la historia universal. Todos son modelos a aspirar, es decir, a emular. Quizás quien mejor representa el cumplimento del “deber de los deberes”, es decir, el deber de cumplirlos todos, sea el propio Hostos. Nos parece, en resumen, que una mejor lectura de este libro se hiciera si se le considerara como un Tratado de la Libertad.

 

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 ­­           1. Algunos temas tratados en este trabajo están examinados de manera amplia en nuestro libro “Hostos, la fragua interminable. Antillanía e idea de América”. (San Juan, Editorial Patria, 2020.)

                                                                                                    Marcos Reyes Dávila, 2021

                                                                                                                              ¡Albizu seas!

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 ­­           1. Algunos temas tratados en este trabajo están examinados de manera amplia en nuestro libro “Hostos, la fragua interminable. Antillanía e idea de América”. (San Juan, Editorial Patria, 2020.)


 



El  Hostos 

apagado en su tristeza

Que vienen y se van las mariposas.

En el patio trasero de la Capilla de la Orden Tercera de los dominicos, ubicada en la zona colonial de Santo Domingo, Hostos fundó la Escuela Normal. Allí, flanqueado por plantas,
y frente a un busto de Salomé, encontramos otro busto, el de un Hostos desangelado, el Hostos más sufrido que he visto nunca.

La biografía más conocida apunta a que esos últimos días de su vida fueron los de un hombre que arrastraba las cadenas de una pena que ya no pudo sobrellevar. Hacía un lustro que también se había perdido entre las sombras Betances, allá en París. Habían perdido ambos a Puerto Rico. No sólo ellos, los puertorriqueños todos, –y bien sabían ambos que seguramente para siempre– porque se les había perdido la esperanza de alcanzar su libertad, y sin libertad no hay patria.

En el caso de Hostos, además, esos últimos días de sus días transcurrían presos de asfixia: la República Dominicana se hallaba otra vez rota en una guerra fratricida. Y Cuba, ocupada, era incapaz de recordar, como lo puntualizó Sotero Figueroa, colaborador muy cercano a Martí, que no hubo ningún propagandista cubano que hiciera tanto por Cuba como él.

Evocamos a un hombre que parece haber nacido solo para las Antillas, y aunque preside en ellas todos los eneros con “fragua interminable”, no ha dejado, sin embargo, de ser en Puerto Rico un “ilustre desconocido”, como lo sentenció Pedreira hace más de ochenta años. El más ilustre desconocido, en cuerpo y alma, de nuestra historia.

Después del día de Reyes, casi pisándole la cola, su natalicio. Como si fuera una ofrenda a Puerto Rico, a las Antillas, a la América Nuestra, al mundo. Mas, entre la visión desconsoladora de este Hostos penitente, y la idea creciente que se nos apodera de la indiferencia creciente de este pueblo por su puertorriqueño más ilustre, repasamos y retrocedemos, cedemos nuestra visión anterior de un Hostos, “unción de acero”, a esta que acuñó el escultor, acaso concurriendo con los hermanos Hernández y Carvajal que lo sepultaron, y con su primer biógrafo, Juan Bosch: la de un Hostos que murió de “asfixia moral”, y en el mar de su tormenta.

Las páginas finales del diario de Hostos sobrecogen. Como las últimas palabras de Betances, ahogado con la invasión gringa de Puerto Rico en el 1898, o las últimas líneas del Martí que se sabía próximo a entregar su vida. Pero en el caso de Hostos hay un notable contraste. Sucede que, fallecido ocho años más tarde que Martí y cinco de Betances, solo Hostos contempló desgarrado como los Estados Unidos se erguían como el primer imperio moderno, tomando como botín de guerra a Puerto Rico.

A pesar de estar convencido de que, como dice Juan Antonio Corretjer, “el tiempo del pueblo nunca acaba”, en su regreso a la República Dominicana a mediados del 1900, Hostos arrastraba consigo, como un pesado fardo y crudo el tormento de ver además cómo la Confederación Antillana por la que ofrendó su vida se hacía humo y ceniza: Cuba ocupada, República Dominicana en caos, Puerto Rico conquistada. No obstante, lejos de ser eco de pasadas utopías caducadas y arruinadas, las rutas más importantes que trazó en vida siguen vigentes y apuradas, como el faro de un destino necesario.

En 1903 ocurría, sencillamente, que como le señaló por carta a su padre, había llegado a esas rutas muy temprano. Por eso, nos atrevemos nosotros a representar su deriva en el bajomar, que es el morir, de esta manera:

Eso de cumplir años, a la sombra, es cosa de viejos. La última vez que vi la luz llevaba semanas, y aún meses, aquejado por las consecuencias depresoras de la gripe, de un sedimento de estómago, de una incomodidad muy incómoda, y a veces dolores vivos en las ingles que me dificultan incluso caminar. El trabajo es un alivio a mi mal, pero las revueltas de estas últimas semanas en la república no solo me han dejado sin posibilidad de realizarlo, sino que me han rebajado sueldo, un treinta porciento sobre otro treinta porciento; han atacado mi Quinta en Las Marías; han disparado contra mi hijo; hasta un tiroteo hubo contra la casa; e incluso me han obligado a buscar refugio temporal en un crucero de los Estados Unidos.

“A pesar del recibimiento caluroso que he recibido al regresar a esta patria de mis dominicanitos, me he visto en la obligación de buscar refugio fuera. Pero ni siquiera de Cuba responden mis cartas. Quizás hubiera sido más útil permanecer en Puerto Rico. Por ventura, han venido a aliviar mi neuropatía migraciones de mariposas en espesísimas bandadas de variedad de colores y tamaños, azules, amarillas y luego otras oscuras. Anoche murió una tísica a dos pasos de aquí, que hemos visto ir muriéndose desde que llegamos a esta casa. Vano reflejo, que voy de la mano de haber vivido y de vivir el dolor vivo de perder, acaso para siempre, la patria que debí defender con aún mayor denuedo. Vienen y se alejan las mariposas.

“Hoy hablé con un muy abatido Sócrates que arrastraba las piernas perseguido por su mal. Y una intensa expresión del fastidio de la vida.”

 

Marcos Reyes Dávila (2021)

 


domingo, 6 de diciembre de 2020

Hostos: la fragua interminable

 

 

 

Hostos: 

La Fragua Interminable. Antillanía e Idea de América

 

La victoria abrumadora del Movimiento Al Socialismo (MAS) que dirigió en Bolivia durante una década Evo Morales pone de regreso, otra vez, el persistente propósito por alcanzar la libertad y el bienestar de los pueblos de Nuestra América.

 

No fueron distintos los pasos precursores de Eugenio María de Hostos que sembraron de luces el camino. Incluyendo, en ese persistente propósito, el factor fundamental que es la lucha de clases en toda gestión libertadora, factor constreñido, desde hace siglos, como ariete. Dando cuenta de ello, y de otros temas vinculados, acaba de salir publicado por la Editorial Patria nuestro estudio titulado Hostos, la fragua interminable. Antillanía e Idea de América.  Como lo indica el título, se trata de la exégesis de la que quizás sea, precisamente, la raíz fundamental del puertorriqueño de mayor estatura universal: aquella que retrata su quehacer como una fragua interminable. Es decir, con rumbo definido, mas sin meta última, porque Hostos no termina.

 

La magnitud de la obra de Hostos ha sido reconocida en todas partes de América, y aun en varios países europeos. No fue un educador a secas ni un mero filósofo de biblioteca. Hostos trazó, y también instrumentó, a manga descubierta y manos callosas, rumbos y rutas, sobre el camino andado por todas las Américas, y más allá o más acá de las academias. Por eso no puede ser para nosotros un simple objeto de la curiosidad y los museos. En su estudio sobre Plácido, había anotado, muy temprano en su vida, apenas iniciado la década del setenta, que “la eternidad hace bien en ser paciente”, pues el fin no era –ni es– gozar el día radiante de la victoria para la justicia: “el fin es contribuir a que llegue el día”. (OC, IX, 109) A ese día lo incitó –y debe incitarlo siempre– una utopía, en cuanto afán de mejorar la vida, y un deber de corregir y armonizar, conforme a una infraestructura de justicia, cuanto es dado y cuanto es posible crear. Por eso Hostos dice que “siempre es lejano el porvenir”: nunca termina.  Que “el porvenir se dilata y se aleja a cada adelanto del presente en él”. (OC, VI, 268) De ahí que Hostos sentencie, como anticipando la novela de Carpentier, El reino de este mundo, que “nacer americano es recibir al nacer un beneficio”, pues está todo por crear. (Ibid, 242)

 

La “fragua interminable” es la concepción de que la obra toda de Hostos, desde su temprana juventud hasta su muerte, se encarrila de manera coherente, y avanza como un tren conducido por una locomotora que nunca se detiene. Su combustible principal consiste, desde su temprana juventud hasta su muerte, en el deber de darlo todo para crear una patria que fuera parte de una confederación antillana, y que por ella fuera, además, el fiel de la balanza de ambos continentes americanos. Esa es la carta de presentación de su concepto de antillanía, y la médula de su idea de América.

 

Contra lo que pueda afirmar alguno, en la vida de Hostos las Antillas siempre, siempre, estuvieron lo primero. Insertas, desde luego, en el crisol de los pueblos de Nuestra América. Lo que animó su gestión revolucionaria de juventud no estuvo reducida nunca a una autonomía liberal en cuanto ésta aboga por un lazo permanente entre la colonia y la metrópoli. El joven Hostos tuvo muy claro siempre que la Libertad es una condición indispensable para vida, y que, por eso mismo, ha de alcanzarse, pero no de manera abrupta e irreflexiva, pues es necesario crear las condiciones que le permitieran evadir una Libertad prematura, defectiva y corrompida. No obstante, abogó durante más de un lustro por el uso de la fuerza y de las armas. Peregrinó una parte considerable de los países americanos, desde Nueva York hasta la Patagonia, los países del Océano Pacífico y los del Atlántico. Y a la vez, mientras constataba por todas partes la independencia malograda y la libertad corrupta, aleccionaba y proponía soluciones. De ahí que Hostos buscara entonces, tal como lo hizo siempre, avenidas y estrategias que pudieran prevenir tiranías y miserias y garantizar sus frutos. Con ese propósito, se aplicó, como no lo había hecho nadie, a formular los principios que debían regir el desarrollo de países libres. Formuló su base en los derechos civiles y en una democracia radical descentralizada, instrumentada a partir de de abajo para arriba, de los municipios al estado, y de la más absoluta igualdad civil. Martí consideró esos principios como un “catecismo de la democracia”.

Uno de los capítulos más notables de este libro es el que titulamos “La década refulgente y El siglo XX”. En éste demostramos paso a paso la presencia sostenida, en Hostos, de las ideas finiseculares más radicales, vale decir, las del socialismo y el anarquismo. Entre las disciplinas trabajadas por Hostos estuvo también la “economía política”. Pero no necesitó esperar a los años setenta para el estudio de ella en cuanto ciencia, pues la practicaba desde su juventud española. Hostos fue capaz de arribar a esas doctrinas desde varias disciplinas, incluyendo la Moral.

Resumiendo, con el auxilio del texto recogido en la contraportada interior de este libro, el valor que puede tener éste para el lector interesado:

“Eugenio María de Hostos (Puerto Rico, 1839-1903) es una de las figuras más notables en los esfuerzos transformadores de mayor envergadura practicados en Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo XIX. Adelantado de José Martí, la vida de Hostos transcurre a lo largo del periodo de los profundos conflictos que siguen a la culminación de las guerras de independencia. Sus incesantes jornadas no se desenfocaron de su aspiración a una libertad plena de individuos y de pueblos, que, partiendo del archipiélago de las Antillas como fiel de la balanza, abarcó todo el continente. Convencido de la necesidad de reactivar el legado bolivariano a favor de la Cuba en armas contra el despotismo español, emprendió un viaje a través del continente que le permitió articular, cuanto menos, una sustentada y plausible idea de América, mientras contribuía a diligenciar por doquier sus diferentes urgencias. “Con hojas podridas se hace una isla”, aseveró, instrumentando la asunción de América con revoluciones educativas de las que brotaron los frutos notables de sus sistemas educativos, constitucionalistas, sociológicos, y sobre todo, de la moral social. Los derechos civiles y la libertad, fueron los fundamentos de una obra presidida con abnegado sentido del deber.  Aunque refugiado en el exilio, hizo patria donde pudiera contribuir a la fragua de sociedades libres y la independencia de la herencia colonial. Bien puede afirmarse que ningún hispanoamericano aportó tanto como el mayagüezano a la independencia de Cuba, y que tuvo su asiento fundamental en Chile y en la República Dominicana, donde sus restos descansan en el panteón de héroes. Mas, aunque tuviera por patria toda la América nuestra, nunca apocó su devoción por la patria natal.

El libro que tiene el lector en sus manos es un esfuerzo por redefinir su inmensa figura política, ya sea frente a España, las Antillas, América o Estados Unidos. Su gesta fue una utopía armada, sembrada a caballo en la pelea. Despejamos el lastre de interpretaciones de una faena que solo enarbolan paradojas; depuramos el verdadero carácter de su actividad política en el exilio, presidido siempre por un antillanismo inclaudicable; recorremos los proyectos reivindicativos que le permitieron fraguar con luces, y con arado sobre tierra, una América nueva; y finalmente, demostramos que toda su vida mantuvo una visión clara a favor de los trabajadores y los descamisados, convergente con las aspiraciones sociales que revolucionaron los principales derroteros del siglo XX.” Aspiraciones que aún los revolucionan.

 

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