jueves, 3 de septiembre de 2020

Hostos inédito: el ideal de América, su tierra patria


 

 Hostos inédito:

El ideal de América: su tierra patria

 

Hostos es un paradigma lleno de sorpresas. No acudimos a él con el herraje del antropólogo de la historia o la arqueología de este monumento que es su obra. Volvemos a Hostos porque nos urge, porque es pieza clave del futuro nuestro.

La peregrinación de Bayoán de Eugenio María de Hostos es, conforme a la información prevaleciente y la bibliografía conocida citada, la primera de sus obras publicadas. Sale a la luz en noviembre de 1863. Conforme a la información prevaleciente al uso, el próximo texto de Hostos se publica el 25 de enero de 1865. Así lo puntualiza la recopilación hecha por Eugenio Carlos de Hostos en el volumen publicado en 1954 titulado España y América, en el que se rescatan, tras una extensa investigación, innumerables textos publicados por el joven Hostos en la prensa periódica española, no recogidos en las Obras completas de 1939. Conforme a esta recopilación, todo el 1864 se ubica entre silencio y ausencia.

Ya hemos señalado en otra parte que, ese primer texto publicado de 1865, no es uno que carezca de interés en la comprensión del que hemos llamado repetidamente “joven Hostos”. Se titula “La estadística criminal en Puerto Rico”, y confirma tanto la atención que entonces le merecen los asuntos de su patria, como su dedicación al estudio del Derecho. El novelista virtió en este artículo su rumbo en nuevo surco: el del ensayo sociológico. Veremos que ello no implica en modo alguno que el interés por el arte literario haya quedado atrás.

Una publicación de febrero de 1864, hasta donde sabemos no reproducida en parte alguna, y por tanto inédito en la práctica, nos sale al paso. Este trabajo es para nosotros de mucha importancia, porque se publica solo tres meses después de la novela, sugiere la existencia de otros textos que no conocemos publicados ese año, y arroja muchísima luz sobre el carácter, tanto del autor como de la obra, de este inquietante y controvertido joven escritor.

Con una narración intensamente lírica, el autor se vuelca, en un sueño, en persecución de un ángel de mujer que, aunque encarna el bello ideal romántico del arte, convierte el sueño en una pesadilla. Es la lucha tormentosa de una antinomia, una trabazón dialéctica que se concreta en varios niveles o espacios y que arroja al perseguidor de la cima colosal a la sima tenebrosa. Y es que ese ideal aspirado es un imposible.

Las categorías literarias de lo bello, lo bueno y lo verdadero que caracterizan su teoría del arte comprometido, desarrollado en textos muy posteriores, están presentes aquí. Hay un factor moral que constituye ya el ancla de un hito infranqueable. La lucha por alcanzar el angélico ideal preconcebido, más recuerdo que encuentro, faro de luz en medio de las tinieblas, se dramatiza en esta persecución que es la alegoría de lo inalcanzable.

El tema del ideal huidizo es intrínsecamente romántico. Hegel trata ese ideal de lo bello, transitado por Goethe, Byron y tantos otros. En España, Bécquer troquela el tema en varias rimas. Recordemos, nada más por lo cercano, aquella danza de Ángel Mislán titulada “Tú y yo”, compuesta con la letra de su rima XV: “Cendal flotante, de leve bruma”, que termina con estos inolvidables versos: “yo, que incansable corro demente / tras una sombra, tras la hija ardiente /
de una visión!” Tal como lo modela Bécquer lo discurre Hostos.

Este importante texto de es evidencia de las cuitas del joven Hostos que deambulan a lo largo de las páginas de su diario, esa indecisión afincada en su interioridad, esa confusión del sentimiento que pretende anular continuamente su voluntad, para arrojarlo, del ideal de una carrera literaria a la que aspira, en pos de ideales políticos libertarios. La ambición por el arte literario, nutrido desde su intimidad, se contraviene contra el compromiso político que ya lo apremia. Hostos vive este conflicto como una “tempestad”, como una “pesadilla” de reminiscencia calderoniana. A lo largo de los textos primerizos publicados en la prensa periódica se puede constatar este reflujo de intereses contrarios que batallan en su espíritu, pero también se evidencia cómo lo domina la moral de los imperativos políticos.

Hay otros dos elementos en este trabajo de la mayor importancia para nosotros. Uno de ellos es el vínculo que se establece entre el ideal y las bienandanzas de la infancia. Un elemento autobiográfico que si bien edeniza su vida familiar en Mayagüez, también permite vincular el anverso de sueño-pesadilla con las muertes recientes de dos de sus hermanos, y, sobre todo, de su señora madre, a quien nunca olvidará evocar en cada aniversario su muerte.

El otro factor de gran importancia se reporta al final de este trabajo. Hostos ha interrumpido en un par de ocasiones el discurso narrativo de la persecución de este ideal fugitivo, de esa “visión”, para hacer alguna breve reflexión digresiva, tal como lo hace Bayoán, y al final, para hacer irrumpir, inesperadamente, en medio de los prados y lagos de su alegoría, “una tarde de América” que “ahuyenta las sombras del Oriente”. En efecto, Hostos ha hecho un salto súbito sobre el océano, se aleja de España y se ubica ahora en “la desdichada América”. El viaje a España, en La peregrinación de Bayoán, tuvo aquí el trueque de una vuelta. En la tierra de su infancia, y evocando sus recuerdos, se ha alejado la pesadilla, aunque reaparece como varias otras veces a lo largo de la narración. Pero, esta vez, el ideal lo ha contrastado, no con prados y lagos imaginarios e idealizados, sino con su “miserable” tierra. Le ha arrancado “el velo”, y así descubierto, el ideal ha huido nuevamente. El trabajo, termina, pues, con el “aviso” que su “sueño encierra”. ¿Cuál? Alguna lectura pudiera deducir que ese “ideal” estuvo presente para él desde la cuna de su infancia. “América”, dice: su tierra patria.

 Marcos Reyes Dávila

¡Albizu seas! 

Publicado en 80 GRADOS el 4 de Septiembre de 2020.

 

lunes, 24 de agosto de 2020

No te mueve mi amor para quererme


AUTOCRÍTICA



 A mí me parece un buen soneto. Aparte de la modelo, las flores y la buena fotografía, está la adopción del famoso soneto anónimo citado, pero invirtiendo los referentes al tú y yo (me mueve / te mueve; quererte / quererme), y el sentido de lo divino a lo humano, que es otro traspiés al uso clásico de las versiones "a lo divino".

Además, en términos de versificación es excelente, y si bien no tiene un esquema de rima clásico, si lo tiene suficiente (ABCB /BDED/DFG/HHD), y más si añadimos las rimas internas.

Además, el endecasílabo y el sentido de la frase coinciden sin encabalgamientos ni añadiduras o ripios. Finalmente, los acentos internos, invariablemente recaen no sólo al final del verso sino en la sexta sílaba.

Y finalmente, hay suficiente sentido figurado y metafórico, sin hacerlo oscuro, y a pesar del referente al soneto conocido, un contenido propio y suficiente como para considerarlo fuera del tópico y auténtico. Primero, la mera inversión del sentido de los sujetos; del sentido de lo humano y lo divino; el hecho de que no se profesa el amor sentido por la primera persona gramatical o la voz que habla, como suele verse, sino la segunda; las alusiones al cielo, la acequia y el jardín secreto del encuentro, con todas las sugerencias consabidas; los frutos, la fiesta brava; la minusvaloración con sentido de autoculpa que lo mueve a reconocer los dones recibidos, destacando entre ellos el perdón, que culmina con el reconocimiento del poder del amor.

Concédanme la modelo al menos.

He dicho.

 

sábado, 11 de julio de 2020

Geografía


Geografía
                                Por Hilda Vélez Rodríguez


Para acercarme a ti,

-- ya tan distante--

subí a tus montes.

Aspiré lentamente

tus aromas .

Dejé que me inundaran.

Emanaron de mí

en cada poro,

en cada palabra.

No logré oliendo así

que me olfatearas.

Amorosa me tejí un vestido

del color de tus flores y tu cielo.

Lo adorne con la textura

de tus tallos,

el verde de tus hojas

el azul de tus lagos.

Me presenté así,

con tu vestido

pero no por eso logré

que me tocaras.

Regresé a tus valles.

Grabé bien en mis ojos

tu geografía.

Con un pincel

sobre la piel me dibujé tu mapa.

con detalles de montes, ríos,

mares y playas.

Era tu retrato en vivo

y aún así no logré

que me miraras.

Atenta, grabé el susurro

de tus vientos,

el trino de tus pájaros

el cantar suave de tus aguas.

Fui susurro,

trino, canción de agua.

Pero no, no logré

con tus sonidos

que me escucharas.

Atenta, observé el barro

y la arcilla que te forman,

que dan firmeza a tu pie

y a tu montaña.

Me transformé

en tierra roja,

manejable,

blanda.

No logré, siendo esa arcilla,

que me moldearas.

Cansada, me detuve

a ver dentro de mí.

Me vi de aluvión, boca de río

tierra fértil de simiente

trino, flor

manantial que baja desde el Yunque

pitirre que canta triunfante

en la alborada

Atlántica y caribe vi

que estaba en el sitio justo,

el mismo lugar que tú habitabas.

Fue cuando supe

que siempre me hallarías

cuando quisieras,

cuando buscaras...

Hostos y el autoconocimiento



HOSTOS
y el Autoconocimiento
como proceso de Liberación



La presente, recoge mi interpretación, sobre cómo el estudio de sí mismo, ese “conócete a ti mismo” de Sócrates del que todos hemos oído, pudo producir, asombrosamente, una estrategia de liberación humana a través de la construcción de lo que Hostos llamaba, “hombre completo”. Sin embargo, aun más asombroso que eso, y aunque que alguno podría pensar que lo ha oído decir varias veces, es que, por ese mismo camino, y como consecuencia directa del ejercicio de autoconocerse, Hostos fuera capaz de construir varias, no una, varias estrategias para la liberación, no solo de Puerto Rico y Cuba, sino de todas las Américas, norte y sur. Para el desarrollo de esas estrategias Hostos vinculó estrechamente la sicología con la sociología, la pedagogía y la política, la economía y el derecho, hasta llegar a la meta más revolucionaria que conocemos: su teoría de la moral. Una teoría moral que concibió como la médula de un proceso revolucionario de liberación, tanto de individuos como de pueblos, que nos enseñó que los derechos solo existen cuando se pueden ejercer y cuando se practican, y, que más importante que los derechos son los deberes, porque sin la práctica y la realización de los deberes, los derechos no existen.


Redactamos este ensayo-conferencia como nos lo exigió el tema y la idea. De la mano, esta vez, de algunos de los más consagrados estudiosos puertorriqueños de la obra de Eugenio María de Hostos, nos detenemos contemplar lo que para algunos autores como José Ferrer Canales, Josemilio González, Francisco Manrique Cabrera o Antonio S. Pedreira, era, en palabras del mexicano Mauricio Magdaleno, “un acontecimiento americano”, es decir, Hostos. Apelado de manera insistente –aunque impropio a todas luces– como un “apóstol”, tal como se hace con José Martí, con de Hostos no se ha aquilatado como obra suprema ninguno de sus libros y textos tan inigualables como, por ejemplo, su “Tratado de Moral”, o su lucha abnegada por la libertad de las Antillas, ni siquiera su sublime aportación a la Pedagogía que, como suele decirse, y según afirma Rufino Blanco Fombona en América y Hostos, pretendía “enseñar a pensar a la América” [1] y a forjar auxiliares a la lucha por la libertad de seres humanos y de pueblos. Como obra suprema de Hostos el canon de la crítica proclamó en los dos primeros tercios del siglo XX la vida misma de Eugenio María de Hostos, plasmada sobre todo de manera epifánica en sus diarios. “La lección más ejemplar que nos legara Eugenio María de Hostos fue su vida”, sentencia en 1960 Josemilio González,[2] en línea con Francisco Manrique Cabrera, quien califica su diario como el “espectáculo sobrehumano” de su “vivir egregio”.[3] Tal es así que, a juicio de González, solo en su pecho cabe un continente.[4] Y añade: “como Bolívar, como Martí, Eugenio María de Hostos es un espíritu continental”.[5] Eso lo refrendó la Sociedad de Naciones Americanas en 1938 al proclamarlo “Ciudadano Eminente de América”.
Sabemos que, como puede colegirse, bordeamos el territorio de lo que algunos, no sin motivos, han caracterizado como una figura mitificada. Pero este mito no es una construcción post mortem, sino el fruto de una admiración que se fraguó a lo largo de su sendero semiplanetario, tanto en aquellas cumbres que habitaban personalidades notables que lo conocieron, como jefes de gobierno, presidentes, generales de guerra, académicos de primer rango, como por las calles, los salones, clubes y aulas donde niños, jóvenes, estudiantes, artesanos, obreros y campesinos pudieron oírlo y admirarlo. Ello lo atestigua entre otras cosas, el volumen extraordinario publicado apenas muere, en 1904: Eugenio M. Hostos: Ofrendas a su memoria.[6] Del asombro al mito, el puente suele ser muy pequeño.
La tesis que sostenemos en este trabajo es que el proceso de autoconocimiento de Hostos que se plasma notablemente en su Diario, aunque no se reduce al mismo, guarda una relación dialéctica íntima y entrañable con lo que fueron sus prédicas, prácticas y obras de pensamiento, y también con lo que fueron –y de algún modo aún son– los ejes fundamentales de su moral social y de sus luchas revolucionarias y libertarias. Prédicas y ejes nutren y determinan las incesantes sondas, o los buceos a su interioridad en pos de un autoconocimiento que forja su ser, y que encarrilan, iluminan y acicatean su obrar. En Hostos, vida y obra no se desmienten una a la otra: se entrelazan con una coherencia orgánica o estructural. Entre el Diario y las novelas, la pedagogía, la moral, y las luchas políticas hay una imbricación de hilos que se sujetan entre sí y se condicionan mutuamente.[7]
En cuanto figura histórica, Hostos era y es, ante todo, y para nosotros, un libertador de dimensiones casi planetarias. No vivió anclado a su isla madre o su isla patria, ni siquiera a las tres grandes Antillas, ni siquiera al grupo de países hispanoamericanos, y ni siquiera al mundo que de polo a polo abarca los dos continentes americanos. La mirada justiciera de Hostos, con todo su bagaje liberador, se expande también por España y otros países europeos, y no se enajena de los países explotados por el imperialismo en las regiones que abarcan desde África hasta la Oceanía. Al así decirlo no planteamos que pretendiera expandir revoluciones armadas a través de todo el planeta, pero sí denunciar el saqueo de unos países por otros y, tras analizar las circunstancias y condiciones de vida específicas o particulares de cada estado, proponer algunos remedios necesarios para alcanzar niveles saludables de civilización que les permitieran desarrollar sus propios instrumentos de libertad. La libertad que Hostos persigue es una dual: personal y colectiva. La libertad individual buscó levantarla a través de una educación capaz de erigir conciencias libres; la libertad colectiva, a través de la constitución de estados democráticos radicales en los que tenían que participar todos los sectores de la comunidad, en igualdad social de condiciones, y con el disfrute pleno de todos los derechos civiles reconocidos. Su meta última, utópica, era el establecimiento de toda suerte de federaciones y confederaciones, estados de cooperación entre todos los países capaces de constituir el equilibrio de los poderes del mundo.
Lo extraordinario es que Hostos llega a estas metas y premisas a partir de los procesos que se derivaron de varias “crisis” morales y de sentimiento que lo sacuden en su juventud. Hizo vitrales con sus vidrios rotos. Había nacido en el seno de una familia acomodada en la región oeste de Puerto Rico donde tuvieron cuna muchos de los principales forjadores de la nacionalidad puertorriqueña. El padre fue un hombre relativamente ilustrado, de ideas adelantadas, que se interesó en la educación de sus hijos y a quienes envió a adelantar sus estudios a España. A Bilbao fue a parar Hostos en 1851, con solo doce años, al amparo de su hermano mayor, donde completó los estudios básicos, pasando luego a Madrid para seguir las carreras de Filosofía y Derecho cuyo título se le negó.[8] La muerte sucesiva de varios hermanos y hermanas, entre 1854 y 1862, incluida particularmente la de la madre, en sus brazos, interrumpieron el curso normal de esos estudios que se encarrilaron entonces de manera autodidacta.
Las crisis de “sentimiento” provocados por estos y otros motivos comenzaron a lacerarlo con humores oscuros en ese exilio de patria, familia y amores desgraciados. Hostos, angustiado, halló su salvación en el estudio de su propio ser, que inició para controlarse y sanearse, en la iluminación que el autoconocimiento le proveyó con instrumentos para ordenar y equilibrar sus pasiones y la capacidad para dirigirlas, en los planos íntimo y público, en pro de libertades políticas para sus islas antillanas, y, en rebote necesario o reflectada, en pro de la propia España monárquica. Apenas despierta el joven Hostos de sus fantasías adolescentes, solo un años después de la muerte de la madre y dos hermanos, nace en 1863, a los 24 años, a la esfera pública, y ya aboga por derrocar a la monarquía en pos de un régimen republicano, el orden político democrático, derechos civiles y soberanía, tanto para Puerto Rico como para Cuba, y de manera asordinada, también para la República Dominicana. En referencia al régimen monárquico español y las colonias antillanas, nada era más revolucionario radical. Una evidente imbricación se infiere de inmediato entre la terapia emocional y la lucha política. El joven Hostos ha comenzado a redirigir las cuitas de su enajenación desde el momento que va superando sus vacilaciones íntimas, y tomando rumbo público y político.
También los viajes entre Puerto Rico y España que transcurren durante esos años despiertan, acaso por el repetido contraste entre la metrópoli y la patria, sus inquietudes políticas con un carácter reivindicativo. En Puerto Rico observa las casi ininterrumpidas reyertas revolucionarias de los renegados del régimen de las capitanías españolas cada vez más endurecido. Conoce de Betances, quien tiene en Segundo Ruiz Belvis su colaborador más entrañable. De acuerdo a Julio Nombela, escritor español y testigo presencial, “quien se hallaba más identificado con Segundo Ruiz era Eugenio Hostos”, cuando aún no cumplía veinte años (1858),  “dispuesto siempre, con la palabra, con la pluma y en caso necesario con su propia persona, a sacrificarse por sus compatriotas”. Poco después, añade, “Hostos se  trasladó a Madrid dispuesto a trabajar en su empresa, y en la Villa y Corte estrechó relaciones con Segundo Ruiz, encaminando al mismo fin todas sus aspiraciones”.[9] Ambos eran, según Nombela, “activos partidarios de la independencia de Puerto Rico”. Como algunos se empeñan en distinguirlos, este testigo presencial desmiente a varios historiadores: si las aspiraciones de Hostos eran las de Segundo, entonces eran las de Betances.
Desde 1861, por otra parte, se desarrolla en la República Dominicana una guerra en repudio del reestablecido dominio monárquico español sobre ese país. Dos hermanas suyas se han casado con militares españoles que enfrentan las fuerzas de liberación del pueblo dominicano. Es en esas circunstancias que Hostos escribe y publica en 1863, en Madrid, su novela política La peregrinación de Bayoán.
La historia de Bayoán –que conforme a una probable leyenda es el primer indio taíno que comprobó la mortalidad de los españoles– revela ya la urdimbre que ata, e incluso funde, lo que será ese dual desarrollo en Hostos. La historia, escrita en formato de diario, está tomada en medida importante de los verdaderos diarios de Hostos. Luego, la intimidad examinada con instrumentos sicológicos se encarrilará, de manera novelesca, con las aspiraciones libertarias que lo impelen en el plano político. Mas lo verdaderamente extraordinario es constatar cómo, en, sus propias palabras, se operó en él una transfiguración. En el prólogo a la segunda a edición de la novela escrito en el 1872, explica que, cuando se dio a la tarea de escribirla, descubrió que los análisis hechos “en secreto y en la soledad” no lo comprometían a nada, en tanto que al vertirlos a “la voz ruidosa de la imprenta” le “imponían el compromiso de ajustar” su existencia a sus ideas. Es decir, que la novela, más que una ficción, se le transformó en “promesa” que tendría “la obligación de cumplir”. De este modo la novela se trasfigura de lo privado a lo público en calidad de un contrato, la autoimposición de un deber a cumplir.[10]
En cuanto al carácter íntimo y terapéutico del Diario, no hay duda razonable que pueda cuestionarlo. Todo el texto pone en evidencia su propósito, y todo el texto pone al descubierto la incesante problematización y cuestionamiento de sus conflictos emocionales, sus inclinaciones sociales y políticas, y la debilidad y desconcierto de las energías de su voluntad. El más penetrante y cuidadoso estudio que conocemos de estas características del Diario es de Gabriela Mora, incluido como introducción a la edición del mismo en las Obras completas, Edición crítica, publicado en 1990. La otra novela de Hostos, La tela de araña,[11] escrita en esos mismos años, es un estudio sobre la familia centrado en el nacer de los sentimientos instintivos que, por espontáneos y cerreros, tienen que ser dominados por la razón con el auxilio de la voluntad. Estos estudios sicológicos perseverarán en Hostos desde 1858, al menos, hasta 1878, mostrando un carácter didáctico aplicado a sí mismo. Luego, lo aprendido sobre la naturaleza humana consigo mismo será en parte sustento de sus eventuales modelos pedagógicos. Su estudio sobre el Hamlet de Shakespeare, así como las máximas, sentencias, o “estímulos” que redacta el joven Hostos en España y que años más tarde publica en Chile, pone en evidencia ese traspaso del sí al otro.
Bayoán encarnará el principio de la “duda activa”. Hamletianamente. Hostos menciona que tomó para redactar esa primera novela las primeras páginas de su diario escrito desde 1857. La novela comienza con estudios sicológicos referentes a los conflictos emocionales de un joven antillano incurso en el amor, y al mundo social antillano sometido a la tiranía por la monarquía española. Hostos se erige como juez de sí mismo y simultáneamente como juez de la España colonial en las Antillas, pasado y presente, lo que convierte la novela en un caldo de cultivo descolonizador y des-alienante. En la novela, este personaje redescubre el Caribe. Hostos se ha atrevido a publicar en Madrid y ante la reina, en tiempos de guerra, una novela en la que denuncia la tiranía de España en las Antillas.
El carácter terapéutico del diario aparece explícitamente señalado numerosas veces a través de los años. Así, el lector puede observar directamente en el mismo su aplicación clínica. Gabriela Mora insiste en su estudio preliminar que el Diario es el “primer diario íntimo” de las letras hispánicas, primero en el orden y en la calidad. Es fruto de inmediatez y secretividad, para “sondearse” y “curarse” de lo que llamó “pasiones absorbentes”. Sondeo es un escaner hecho de las profundidades, en las que explora la causa y el remedio de sus debilidades e inconsistencias. “¿Es tiempo todavía para ser hombre?”, dice en la primera línea, refiriéndose al modelo del “hombre completo” que definirá en el mismo Diario poco después.
El Diario se extiende por veinte años, lo que indica la permanente necesidad de examinarse porque las causas que lo agobian no desaparecen: él sencillamente las suprime o las controla. “Rehagámonos”, dice, y se yergue contra sí mismo como el juez más severo imaginable. Tan es así, que Hostos se convierte ante nuestros ojos como en una especie de asceta místico: mató las sensaciones y se concentró en su espíritu, es decir, su conciencia. Gabriela Mora asegura que Hostos adelanta conclusiones sobre los fenómenos sicológicos desconocidos en su época. Es cierto que Hostos entra en contacto, en 1857 al menos, con el krausismo que aconsejaba la introspección y la importancia de la senda moral, pero a Hostos esto parece venirle de más lejos y de causas concretas suyas, no intelectuales. Por otro lado, Hostos nunca fue un seguidor, sino un pensador de tendencia ecléctica que sometía todo a las rutinas de sus análisis deductivos-inductivos de los que saldrían eventualmente sus sistematizaciones científicas: sus sistematizaciones. Es decir, que Hostos, materialista, no fue un repetidor de Krause o de Comte, un eco de Spinoza, Spencer, Pestalozzi o Kant, aunque a todos asimiló en su sistema distintivo. Contrario a lo que inventó un biografista suyo, del italiano Silvio Pellico, autor de devociones y rosarios que fue de su interés en la adolescencia, todo se esfuma hasta desaparecer en la década del sesenta. Para estudiarse, objetivo del proceso de autoconocimiento, se aplicó a sí mismo procesos mayéuticos, dialógicos e incluso dialécticos, y sus otros conocidos instrumentos de la razón: intuyó, dedujo e indujo, y finalmente sistematizó. De modo que el estudio de sí lo llevó al estudio de los otros. Desde muy joven, formuló para sí mismo, “estímulos”, máximas pragmáticas, útiles para cualquiera, porque eran derivados abstractos, individualistas pero no personales, de deducciones e inducciones lógicas.
En el Diario del joven Hostos madrileño abundan las observaciones de los efectos sicosomáticos que sufre. Mareos, nerviosismo, dolores de cabeza, estómago revuelto, neuropatías, que eran producto de sus emociones intensas. Pero si bien, desde la óptica de la filosofía, este tema se puede proyectar hasta Sócrates y el Oráculo de Delfos con aquello de la importancia del conocerse a sí mismo, en Hostos se observa una meditación próxima a la ciencia sicológica y de la conducta que apenas comienza a despertar en esos años con un carácter terapéutico y también transformador. Carlos Rojas Osorio señala al respecto lo siguiente: “La importancia de la psicología es tal que Hostos la coloca como ciencia fundamental, raíz de la cual surge la lógica, la estética y la ética”.[12] El apunte de Rojas es imprescindible para entender al todo de Hostos. Hablamos de una ciencia que asume carácter experimental solo a fines de ese siglo, en investigadores como W. Wundt, que desembocará a lo largo del siglo en una neurociencia y, a finales del siglo XX, extrapolando un poco, en el concepto hoy familiar de “inteligencia emocional”. En Hostos la introspección iba dirigida a controlar racionalmente las emociones y percepciones del sujeto a fin de superar con el ejercicio de la voluntad su descualificación para el desarrollo propio, y para la lucha social que tenía que emprender porque sencillamente el deber se lo imponía. El Diario cumplió una función de superación moral relativa, pues a su juicio, “el hombre completo es un edificio que no se acaba nunca”.[13] No somos, sino que vamos siendo. Muchas veces en lucha contra nuestros impulsos y contra nosotros mismos. Por eso podemos observar cómo Hostos se recrimina continuamente abandonos y caídas. Incluso hasta su muerte.


El hombre que en su juventud se muestra indeciso, vacilante, inadecuado, no sabrá eventualmente cómo enmudecer ni bajar la cabeza ante encumbrados y potentados. Ya da un salto evidente cuando, aún joven, salta del ensimismamiento de sus diarios secretos para hacerlos públicos, convertidos en entes de ficción novelesca. Pues para Hostos la literatura cumple una función moral, como todo. Debe ser comprometida con la moral que libera, y con el deber: verdadera. De modo que, inevitablemente, con La peregrinación, tuvo que nacer el Hostos batallador público. Todo en Hostos puja por salir y nacer, pues su ser solo se realiza en el bien colectivo. Pero no es, como hemos dicho o sugerido una batalla y un triunfo que se limita a la intimidad de su conciencia. Hostos batalla hombro con hombro con los líderes españoles de una revolución que se dirige contra la reina de España y la monarquía.
La novela de Bayoán, por otra parte, descubre su figura histórica, lo revela. La introspección del Diario, transfigurado en literatura, debe cumplir un finalidad moral y social. Porque vio que el autoconocimiento que realizaba no podía reducirse a un ejercicio inocuo, para sí. El autoconocimiento descubre la relación irrompible del ser humano con la sociedad, sus innumerables vínculos y dependencias, y la red de deberes y compromisos para con la sociedad de la que se desprenden los derechos que nos hacen libres. De aquí que, hijo enraizado de una colonia, puede afirmarse, además, que en Hostos se encuentran bases para una sicología del colonizado. Así, por ejemplo, en el Plácido. Antes, en el Diario, dicho sea también como ejemplo, pudo decir: “La pasividad es un vicio producto de la atonía del despotismo; la ingratitud es un vicio de la ignorancia, producto también del despotismo…”[14] Simón Bolívar, el Libertador de la América hispana, se percató desde las islas del Caribe, tras la derrota sufrida en su primera tentativa de liberación del norte suramericano, de la necesidad de hacer comprender a los llaneros venezolanos y colombianos que no hace una guerra civil entre españoles. Es entonces que emprende la guerra cultural de forjar una nueva conciencia que transforme a españoles en “americanos”, a siervos y súbditos de una monarquía en ciudadanos, a esclavos en hombres libres. Esa parte, más allá de los ejércitos y batallas, es parte imprescindible de su gloria.
Como hemos dicho, Hostos vio que el cumplimiento de los deberes dependía del ejercicio de la voluntad, pero de una voluntad dirigida por la conciencia. La voluntad también se educa y se ejercita. Sin la conciencia moral, la voluntad responde a los instintos, y es a su juicio “perversa”. Pero, sin la voluntad, el cumplimiento de los deberes no se realizaría, incluyendo el ejercicio de los derechos. “Derecho no ejercitado, no es derecho”, ha dicho. No es derecho el “no vivido” ni el “pasivo”, añade.[15] Por eso Hostos llega a expresar así, el 2 de octubre de 1866, una de sus máximas: “Escoge entre tu voluntad y una pistola”. Si algo evidencia su Diario, no son, como han dicho algunos, sus dudas y debilidades: sino la voluntad de superarlas.
La aspiración al “hombre completo” es una de las páginas más celebradas. Aunque Hostos redacta la muy conocida fórmula en su Diario el 31diciembre de 1869, en Nueva York[16], ya está implícita en la reflexión sin pausa de la novela de 1863, y aparece aludida como su “ideal” desde la primera página de su Diario, la del 23 de septiembre de 1866. La fórmula de su aspiración recoge de manera muy concisa todo lo que ha sido y será su proyecto que fragua para el carácter de la persona individual: ser niño de corazón; adolescente de fantasía; en la madurez temprana, la edad científica; en la madurez, la armonía de todas las facultades. Téngase en cuenta que no retrata etapas sucesivas y pasajeras, sino desarrollos que, sumados, permanecen toda la vida, y que movidos por la conciencia moral facultan para la realización de heroísmos, abnegaciones y juicios. El adjetivo completo apunta a una estructura libre de enajenaciones. Al lado del proyecto político que armó, yuxtapuesta a éste, Hostos ha desarrollado además una revolución del sujeto, dice, “haciéndola en mí mismo”.
En el Diario puede observarse el proceso de transformación en la identidad del sujeto. De la confusión del caos se conforma un planeta poliédrico de tal fortaleza que es capaz de fraguar y abrigar identidades múltiples, pero coherentes. Tan vasta es esta revolución que, a lo largo de su vida, Hostos puede hacer surgir de sí identidades diversas, ya que, entendiendo que la justicia y la moral son una y para todos, no le basta ser abnegado con Puerto Rico, ni solo en la función del maestro. Por eso, será tan patriota como el mayor patriota de cada suelo, sea chileno, peruano, venezolano, dominicano o cubano. O querrá haber sido varias las figuras heroicas de la historia de la resistencia americana, de la conquista española para acá, sean mestizos, criollos, cholos, gauchos, araucanos, incas, mayas, aztecas, patagones, taínos o nahoas. La responsabilidad primaria de la justicia reivindica, antes, los despojos del desamparado y desvalido. Como Hostos no creía en otra eternidad que la de la materia, Hostos no buscó en su programa de autoconocimiento, una esencia humana inmutable y eterna. Halló el denominador común, proteico, capaz de revelarse, siendo uno, en infinidad de formas. No postula la Moral en sí y para sí, de credo y apostólica, sino naturalista, en la sociedad y para ella. El estudio de sí mismo lo llevó al estudio del nosotros y de lo otro, tal como el cantarse a sí mismo de Whitman lo llevó a cantar al “average man”, y a un nosotros infinito.
El Diario conocido de Hostos se inicia en el 1866 y se prolonga hasta el 1878. Hostos dice que lo inició en el 1858. De ser así, utilizó la terapia del sondeo durante 20 años. En el 78 terminó la Guerra de los Diez Años en Cuba, y Hostos contrae matrimonio. Lo curioso es que retorna al diario veinte años más tarde, en el 1898, cuando abandona Chile para tratar de intervenir a favor de Puerto Rico a propósito de la guerra de España con Estados Unidos. Es que el drama patrio lo desborda. Se sentía impelido otra vez por la pretensión ciclópea de “forjar a martillazos la nueva sociedad”. Luego, tras la deflagración, seguirá escribiendo el diario con intermitencias, entre ahogos y agobios, hasta su muerte.
Las metas álgidas del fundamento moral en Hostos se atrincheran en esa libertad imprescindible  que rinde “la libertad infalible del deber”. Las fuerzas del desarrollo natural dependen del valor primario de la libertad puesto que sin ella son irrealizables. Para Hostos “la Libertad es un modo indispensable de vivir”, escribe en el “Programa de los Independientes” en 1876.  Si es así, entonces la meta no es un para sí, puesto que no puede existir un ser libre sino en relación con los otros. Por eso hay que reconocer el derecho a la libertad personal ajena. Al ponderar en la idea de su desvelo, Hostos desdeña los ecos hueros de los que miran con gríngolas europeizantes las consignas desvaídas de la Revolución Francesa para redefinir la libertad en el contexto de un pensamiento propio y libre: enseñar a pensar, no solo “a la América” o “al Continente”, sino enseñar a pensar, planetaria y sencillamente.
Cuando Hostos emprende el análisis del Hamlet, según su biógrafo Juan Bosch, Hostos ve en el protagonista de Shakespeare un alter ego, es decir, que puede comparar la angustia del personaje con la propia angustia que vive a propósito de su conflictiva relación con su amor peruano, vale decir, Candorina.[17]  El conflicto entre el amor y su deber con la libertad de las Antillas, es, dice Bosch, “la razón del Hamlet”. Por el camino que abre ante sus ojos el análisis del Hamlet, es decir, de él mismo, Hostos desembocó en su pedagogía y, también, en la revolución política que fragua. “Vamos a asistir a una revolución”, dice la primera línea de su Hamlet.[18] Y casi acto seguido, citando de la propia tragedia, añade: “Que la naturaleza al desarrollarse no se desarrolla solamente en músculos y en órganos; sino que (…) crecen también las funciones de la mente y del espíritu”. Hostos le ha añadido a la tragedia moral de la obra de Shakespeare una nueva dimensión, política. Anverso y reverso de una misma moneda.
Así pudo Francisco Manrique Cabrera recoger estas palabras de Víctor Massuh:

“Verdaderamente, pocas veces una revolución se concibió en términos de tan audaz aventura creadora. Pocas veces hombre alguno pensó que el proceso de una transfiguración espiritual abarcaría tales latitudes humanas. Pero Hostos lo sentía así. La revolución que antes concibió en términos políticos y circunscripta al pequeño escenario de las Antillas ahora crece dentro de sí con estas dimensiones dramáticas. Pero las páginas sobre Hamlet no solo revelan a un Hostos convencido ya de que en América toda revolución política tiene que convertirse en revolución interior para ser verdadera…” (60)
Luego, revolución política y revolución moral individual se dan la mano pues están dirigidas ambas a la transformación de una sociedad en la que no bastan cambiar radicalmente las estructuras materiales y jurídicas, sino que, además, requiere de la transformación subjetiva de las condiciones morales. Ambas revoluciones, la material y la moral, se equilibran en la muy compleja concepción de Hostos.
Formuladas inicialmente en 1866 en el “Diario”, y reexaminadas varias veces antes de publicarlas en 1872 en Chile, las sentencias que llamó “Estímulos” y “Palabras”,[19] se centran en la idea de que la voluntad, que pertenece al ámbito personal del sujeto, es todo. “Tengo que ser hombre en el mundo y para ello necesito voluntad”, dice. “Cumple con todos tus deberes y gozarás de todos tus derechos”, añade. “Para saber qué es Justicia déjate perseguir por la injusticia.” “Si quieres ser hombre completo, pon todas las energías de tu alma en todos los actos de tu vida.” “La vida es el cumplimiento de un deber.” Para Hostos las pasiones son el idioma común entre los seres humanos. Cuando se desenfrenan como un caballo fogoso, exigen tal esfuerzo a la razón enfrenadora que nos dejan postrados.
La Moral fue, es, el producto más depurado del ejercicio de autoconocimiento empleado por Hostos. Aplicado a sí mismo como remedio y terapia, la formuló como principio para todos y todo, incluidas la justicia y la libertad: un hombre nuevo para una sociedad nueva. El propio Bolívar, a quien Hostos consideró Maestro, dedicó a este asunto parte su esfuerzo. Incluso dictó la creación en el Estado político, de un “Poder Moral” dirigido a calificar la actuación de los miembros del gobierno y de sus impresos, y a constituir un sistema de educación pública. En cuanto a Hostos, este es uno de sus sumarios de su propio proceso:

“En un principio, fue idea de ventura, y me engañó. Idea de gloria fue después, y me cansó. Más tarde fue idea de poder, y me enfermó. Llegó un día en que se hizo idea de ciencia, y me animó. Se hizo idea del deber, y me calmé. ¿Han muerto esas ideas que han pasado? Todas viven armónicamente en la idea suprema de ser hombre, de cumplir con el deber de conocerme y conocerlo todo, de poder todo el bien que sea posible, de inmortalizar mi existencia en el deber, de ser venturoso en el deber.”[20]
La parte que conocemos como su “Moral Social Objetiva” culmina su Tratado de Moral. En ella, Hostos vincula los diferentes escenarios de liberación social con agentes, a su juicio paradigmáticos, que los representan. Por ejemplo, Benjamín Franklyn (Deber del Trabajo), Bolívar (Patriotismo), Sócrates, (Patriotismo), Bartolomé de las Casas (Filantropía). Diecinueve “Deberes” estatuidos para sí mismo, luego, también para todos. Su realización requiere de un esfuerzo que por regla puede considerarse prácticamente sobrehumano. Eso de por sí bastaría para constituir la base de un mito, si es que se hallase que Hostos fue incapaz de cumplir ese cometido. Los deberes, agrupados en cuatro categorías, son los siguientes.
De necesidad: Trabajo; Fomento; Patriotismo; Confraternidad; y Derechos Humanos.
De Gratitud: Obediencia; Sumisión; Adhesión; y Acatamiento de ley.
De Utilidad: Filantropía; Sacrificio; Cooperación; Unión; Abnegación; y Cosmopolitismo.
De Derecho: Educación Doméstica; Educación Fundamental; Educación. Profesional;
Deber de Civilización.
Conforme a ello, Hostos formuló en sus proyectos educativos rumbos rara vez contemplados en los currículos. Por ejemplo: la educación de la voluntad; la educación de “la sensibilidad afectiva” y psíquica dirigida a conducir y afinar los afectos, y apreciar lo bello, el gusto y el placer estético; la educación contra el crimen; la educación contra “las malas costumbres” como el vicio del ocio; la enseñanza física y cívica; la sociabilidad; la disciplina y la organización a través de la enseñanza militar, y como vía al despertar del derecho y del patriotismo; enseñar a trabajar; enseñar la tolerancia; enseñar el respeto a la vida; enseñar la independencia de la conducta personal en la devoción del derecho colectivo.[21]
Las luchas de Hostos no se redujeron ni a la lucha contra sus pasiones ni contra el despotismo español y todo otro despotismo, sino también, en el 1898, contra la ocupación tiránica de Puerto Rico por Estados Unidos en la guerra que tuvo contra España. Hostos denunció que Puerto Rico no fuera tratado como pueblo libre sino como una propiedad, un botín de guerra, como hacían los piratas. Dice la ley de su Congreso que Puerto Rico no es parte de Estados Unidos, sino que “pertenece”, es propiedad de Estados Unidos. Para Hostos, que lo denunció ante su Congreso, ante la prensa internacional y cara a cara contra su mismo presidente, Estados Unidos violó con la ocupación de Puerto Rico su propia ley fundamental, violó su Constitución, que le prohíbe tener colonias, porque esa constitución declara la necesidad ineludible de consultar plebiscitariamente al pueblo de Puerto Rico; declara esa Constitución la libertad y los Derechos Civiles, y obliga a que el gobierno esté sujeto a la soberanía del pueblo. No obstante, la voluntad del pueblo de Puerto Rico es, ante la Ley Foraker aprobada por el Congreso en 1900, peso muerto, inútil, inerte, en la política de Estados Unidos. Desde 1898 hasta el día de hoy. Durante más de un siglo, de los 20 que han sido desde Jesucristo, nunca hemos sido consultados.
De todo lo anterior, finalmente, se desprende el carácter de los valores universales, y se revela cómo el autoconocimiento nos conduce inevitablemente a la moral social. Descubrimos una verdad fundamental: no soy, somos. El autoconocimiento desemboca en el conocimiento de los otros; el deber para con nosotros mismos, desemboca inexorablemente en el deber para con los demás. En el Génesis bíblico, Caín dio muerte a Abel. Cuando Yavé lo reprocha, Caín le responde: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” La ira del dios del Génesis le respondió que sí, que Caín era responsable de su hermano. Somos responsables, cada uno, de los otros. Y esa moral, sea la bíblica o la moral de Hostos, actúa aún, en el siglo que vivimos, y actuará siempre, porque los seres humanos solo podemos existir como miembros de una comunidad. Por eso la comunidad es más importante que cada uno de nosotros.
El cumplimiento de los deberes y el ejercicio de los derechos son los fundamentos de la libertad. Esa meta alcanzada y seguramente no prevista en su juventud es, además, fundamento inesperado de revoluciones sociales, no capitalistas, que actuaron a fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Y que actúan, aún, en el siglo que vivimos. Esa moral no puede perecer y no perecerá.

Marcos Reyes Dávila 

Publicado en 80 GRADOS, el 24 de abril de 2020.
https://www.80grados.net/hostos-y-el-autoconocimiento-como-proceso-de-liberacion/

*(Recomposición de nuestra exposición presentada en Mayagüez, el 14 de junio de 2019, como parte del Seminario de Pensamiento Crítico 2019, dirigido por Ángel Villarini.)

NOTAS
___________________
[1] Rufino Blanco Fombona: “Eugenio María de Hostos (1839-1903)”. En, América y Hostos. La Habana, Cultural, S. A., 1939, p. 104. En el mismo volumen, Mauricio Magdalena expresa la misma idea de esta forma: “enseñar a pensar al Continente”, p. 225.
[2] José Emilio González: Vivir a Hostos. San Juan, P. R., Comité Pro Celebración del Centenario de Eugenio María de Hostos, 1989, p. 59.
[3] Francisco Manrique Cabrera: Hostos. Ensayos. Puerto Rico, Fundación F. Manrique Cabrera, 1991, p. 92 y p.82.
[4] José Emilio González, Op. cit., p. 66.
[5] Ibid., p. 71
[6] Eugenio M. de Hostos Ofrendas a su memoria. Santo Domingo, 1904.
[7] No abordamos este tema con las pretensiones de la Psicología, ni de la Filosofía, aunque sea necesario rozar esos instrumentos. No tratamos tampoco de incurrir en una teoría de la alienación. Intentamos tan solo comentar el tema a partir de las ideas que se plantea el propio Hostos.
[8]  Véase sobre este asunto las memorias de su padre. Eugenio de Hostos Rodríguez: Memoria descifrada. Transcripción y edición crítica de Margarita Maldonado Colón. San Juan, P. R., Los Libros de la Iguana, 2013.
[9] Julio Nombela: Impresiones y recuerdos. Madrid: Casa Editorial “La última moda”,  1910, t. 2, pp.338-340.
[10]  EMH: OCEDC, “La peregrinación de Bayoán”, I.I, p. 75.
[11] Ambas novelas están publicadas en la edición crítica del Instituto de Estudios Hostosianos de sus Obras completas, publicadas por la Universidad de Puerto Rico, esta última en el tomo I.IV., y la anterior en el tomo I.I.
[12] Carlos Rojas Osorio, Hostos, apreciación filosófica. Colegio Universitario de Humacao e Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1988, p. 77.
[13] EMH: “Diario”, Obras completas. San Juan, P.R., Editorial Coquí, 1969, tomo I.I, p. 117.
[14] EMH, “Diario”, Op. cit., pp. 120-121.
[15] EMH: “Tratado de Moral”. En, Obras completas, San Juan, P. R., Editorial Coquí, 1969, p. 172.
[16] EMH: “Diario”, Op. cit., p. 194-195.
[17] Juan Bosch: Mujeres en la vida de Hostos. San Juan, P.R., Editorial Marién, 1988, p. 48.
[18] “Hamlet”, en OCEC, Crítica, I.III, págs. 255-257.
[19] EMH: “Hombres e ideas”, Obras completas, Op. cit., t. XIV, pp. 289-304.
[20]  Ibid., p. 303.
[21]  EMH: OC69, “Forjando el porvenir americano”, XIII.II, pp. 222-262.
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