martes, 15 de enero de 2019

Quién sostiene la estrella




miércoles, 9 de enero de 2019

HOSTOS 2019: en Clave de Sol




Hostos, 
en clave de sol


En el 180 aniversario de su nacimiento



Para la HEEND

La imagen puede contener: 2 personas, planta y exterior



Desde Mayagüez, pero para todo Puerto Rico, se organizó hace unos meses un
comité nacional convocado por el 180 aniversario del nacimiento de Hostos. "Ardiente y luminoso" lo clasificó Pedro Henríquez Ureña, miembro de una destacada familia dominicana que gozó la inmensa fortuna de ser su amiga entrañable. La "clave de sol" que encabeza estas palabras tiene la encomienda de apuntar al hecho de que Hostos fue una personalidad maestra tanto para los tiempos que le tocó vivir como para los tiempos que hoy vivimos. Desde su ayer dice a nuestro hoy su palabra ardiente con voz fresca de manantial.

 
El gobierno de Puerto Rico arrincona su recuerdo, pero le es muy difícil borrarlo como ha borrado tanta historia, porque Hostos es figura cenital, cimera, en muchos escenarios fuera del país. La acción constructiva de Hostos acompañó todos sus pasos. Estuviera donde estuviera, estudió sociedades y países, y no conforme con eso, recomendó, alertó y persuadió. La Unión Panamericana lo proclamó en el 1938 como "Ciudadano Eminente de América", y exhortó a las repúblicas todas de América a conmemorar el centenario de su nacimiento. Siendo suscribiente de esa "unión" el gobierno de Estados Unidos, el gobierno colonial de Puerto Rico tuvo que insertarse en la conmemoración del natalicio.

Infinitos son los temas y asuntos que abarcaron su quehacer y los que, para nuestro presente, ese quehacer nos permite extraer hilos que pudiéramos utilizar hoy como armas y herramientas. Ello es así porque el eje rector de su pensar y de su obrar lo constituyó la búsqueda de una verdad dirigida a la construcción de amplios ámbitos de libertad. Ese eje rector nunca tiene acabamiento, y menos para un país que no ha podido escapar de la “charca” de una colonia empantanada. A ese eje rector lo subordinó todo, es decir, todos los espacios que tuvo a su alcance. Ya fuera la educación, el aspecto más comentado, como las luchas políticas todas que tomaron por rumbo sus afanes de construcción de mundos posibles.

Contra lo afirmado por muchos, es imperativo subrayar que Hostos no cupo, nunca, dentro de los límites estrechos de las diversas formulaciones del colonialismo. Insinuarlo es ofenderlo. Que es uno de nuestros más importantes escritores. Que es iniciador en la América Latina de varias disciplinas científicas, como la Sociología y la Economía Política. Que es uno de los más notables moralistas y constitucionalistas. Que es uno de los educadores cimeros de la América nuestra. Que fue uno de los más encarnizados, abnegados y constantes luchadores por la libertad de Puerto Rico, Cuba y la República Dominicana.



Hostos no fue seguidor ciego de ninguna doctrina, pero alimentó su pensamiento con las más radicales y diversas doctrinas que circulaban en la segunda mitad del siglo XIX. En medio de un arsenal de teorías y pensamientos, y equipado con armas de muy diferente origen, Hostos sostuvo y mantuvo a lo largo de toda su vida, con una extraordinaria coherencia, los principios que formuló por sí mismo. Y hay que añadir que, para nuestro asombro, pudo sostener y mantener esos principios de manera creadora ante los retos que le planteó su paso por la vida. Como promotor de formas radicales para la democracia, no dudamos de que miraría con simpatía los reclamos que se hacen en Francia para “restaurar” la soberanía del pueblo francés mediante la implementación constitucional de referendos (“Referéndum de Iniciativa Ciudadana”) sobre todos los asuntos de interés nacional. Detengámonos un momento a observar cómo se enhebran en Hostos la moral, el arte y la libertad.

La crítica tradicional catalogaba la obra de Hostos como la de un escritor malogrado por sus propias concepciones morales. Sin embargo, Hostos fue un escritor fundamental: ensayista, poeta, dramaturgo, novelista, cuentista, incursionó todos los géneros literarios conocidos, e incluso los linderos de la música. Como crítico de literatura alcanzó notoriedad internacional. La confusión al respecto proviene del hecho de que Hostos, dicho sea solo como metáfora, se autoflagelaba continuamente para incentivarse, mejorarse y mantenerse fiel a los principios, antes mencionados, a los que él consideraba que debía someterse. Algunos han visto en esas  autocríticas debilidad y flaqueza. Nosotros vemos en ese insobornable empeño de mejoramiento fortaleza.

Conforme con algunas concepciones de la época, Hostos, examinando la cuestión del arte desde el plano de una moral dirigida a la construcción de la justicia y la libertad, criticaba aquellos devaneos de la literatura que se enajenaba de la realidad y del deber de escrutarla o indagarla. La idea la ilustra no con El Quijote, pero sí con la locura del personaje que, como se sabe, alocado con la lectura de las novelas de caballería, no alcanzaba a ocuparse de sus problemas concretos y prácticos por no dar la espalda a las evasiones ilusionistas. Dedicado a la lucha por la libertad, Hostos sometió a esa urgencia toda actividad humana. Pero eso no le evitó reconocer, como lo hace en el estudio del poeta cubano Plácido, mártir de la lucha por la independencia, que en el poeta entrampado entre Ala fuerza vencedora y el derecho no vencido@, surge precisamente Ala vocación poética de la realidad, hecha carne, hecha hueso, hecha hombre, hecha individuo en el poeta lírico@.



En la búsqueda por la libertad, y entregado al deber ineludible de promoverla y gestarla en hombres y pueblos como Auna manera absolutamente indispensable de vivir@, Hostos acometió todos los frentes de su realidad. Estudió y formuló sus principios y las condiciones que hacen posible lo imposible. Su concepto de la república democrática es radical, y desborda nuestras concepciones contemporáneas. Para Hostos justicia y libertad van de la mano, y se instrumentan desde las estructuras básicas de la sociedad, es decir, desde la familia, el barrio, el municipio, la comunidad. Ejes de toda sociedad civilizada, la libertad y la justicia, se materializan con el cumplimiento de los deberes y con el ejercicio de los derechos. Hacia esa finalidad debe encaminarse la educación, y desde luego el arte.



Para Hostos, "ardiente y luminoso", la libertad en el arte depende, pues, de la libertad individual que se construye en el cumplimiento de deberes y el ejercicio de los derechos. En una sociedad colonial, que desde luego es también capitalista --aunque les parezca a algunos que no hay relación entre sociedad colonial y sociedad capitalista-- , no se practican ni derechos y ni deberes. Luego no hay libertad, ni tampoco patria, sino para los que practican a su riesgo los derechos que otorga la libertad imperativa y los deberes que la misma impone.

Clave de sol en la música de piano. 

Clave de sol:



Desde que Hostos nace en la historia con personalidad propia individual, consagró su vida a la lucha por la libertad de Puerto Rico. De esa meta nunca se desvió. Pero la libertad de Puerto Rico la entendió desde el principio acompañada de la libertad de Cuba y de República Dominicana. Así se constituye como un todo casi inarticulable su ambición central de una Confederación de las Antillas que él, más que utopía inalcanzable, la creía realizable. Sin embargo, su lucha por la libertad de las Antillas la canalizó a lo largo de su vida por distintas vertientes y con distintas estrategias. Eso le ha enajenado favores porque la obra de Hostos no puede definirse con la etiqueta casi única de la independencia obtenida con las armas.



Esa independencia buscada a través de las armas se idealiza en Puerto Rico como la única que merece considerarse heroica, sea la vía factible o posible, o no lo sea. El caso es que Hostos no se limitó a intentar esa vía. Pero sí intentó buscar la independencia y la libertad con las armas, y junto a Betances. Antes, cierto es, lo intentó con la lucha política, pero también armada, en España, a través de una vía indirecta, que él creyó era la que tenía más posibilidades: la revolución republicana de provincias españolas federadas. Pero no se llame por eso al Hostos joven como autonomista o reformista, sin más, que eso es considerarlo colonialista. Y eso es ofenderlo. Hostos siempre rechazó la “asimilación” de las Antillas con España.



La vía educativa, la de formar auxiliares como lo hicieron muchos otros líderes políticos en otros países, incluidos Mandela y Fidel Castro, también la trabajó durante dos décadas. Pero esa vía educativa no era una limitada a la paz. Esa vía educativa, cosa que no siempre se comprende, también incluía las armas. No podía ser de otra manera. Es decir, que la Escuela Normal tenía un “propósito” que él reveló en público, y frente a los poderes del Estado, en su discurso de graduación de los primeros maestros normalistas. Se trataba de educar para, como decía él, formar los auxiliares para alcanzar su idea de libertad. Recuérdese, además, que Hostos no dejó de incluir en su Tratado de Moral el deber moral de usar la fuerza y las armas, nunca para la conquista, pero sí para defender la libertad.



Hoy, y aquí, acaso sea lo más apropiado mencionar las vías que intentó instrumentar a su regreso a Puerto Rico, en el 1898, justo en el instante en que las tropas de Estados Unidos invaden el país. Como ustedes saben Hostos instrumentó, con sede aquí, en su Mayagüez natal, una vía política jurídica que canalizó en dos vertientes principales: la educación de los derechos que cobijaban a los puertorriqueños dentro de un régimen republicano constitucional, y el reclamo del derecho a plebiscito. Puede afirmarse con certeza que el propio Betances concordaba con esa estrategia. Con esa finalidad creó la Liga de Patriotas. Ese camino, no lo olvidemos, ha sido la vía principal utilizada a lo largo del siglo por muchos de nuestros luchadores más reconocidos, incluido Juan Mari Brás. Entiéndase que no decimos que ese haya sido el único camino emprendido a lo largo del siglo.



Finalmente acoto lo siguiente: una unión de trabajadores lucha, en principio, por reivindicar una porción considerable de nuestros derechos, en tanto personas y en tanto pueblo, y además por practicar los deberes. Que los que defienden una idea o un principio se equivoquen o se desvíen por la razón que sea, no invalida ni le resta mérito alguno a esa idea o a ese principio. Por eso proclamo con voz hostosiana, que con los trabajadores, ¡siempre!




Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!









sábado, 15 de diciembre de 2018

Feliz Navidad 2018


sábado, 6 de octubre de 2018

Hostos y el presidente de Chile: a propósito de una renuncia





Hostos y el Presidente de Chile:
a propósito de una renuncia

 

Recientemente (escribo en el 2018) se ha difundido un “discurso” dictado el
11 de agosto de 2003 –año del centenario de la muerte de Hostos–  en el Salón de Honor de la Universidad de Chile  por el Rector, Luis A. Riveros Cornejo, titulado “Eugenio María de Hostos: educador y político”. La actividad fue organizada por la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) y el Liceo Eugenio María de hostos de Santiago. La parte del discurso en “homenaje al educador”que ha llamado la atención es la aseveración que hace el autor en el sentido de que “el Consejo de Instrucción Pública había acordado solicitarle la renuncia” a Hostos a los cargos de Rector y profesor de Castellano del Liceo Miguel Luis Amunátegui, entre marzo y abril de 1898, renuncia que fue aceptada en abril de ese año mediante el Decreto 625.

En ese mismo Salón de Honor, en el año anterior de 2002, organizada también por la Sociedad de Escritores de Chile dentro del marco del “Segundo Encuentro Latinoamericano de Escritores - Siglo XXI”, dicté yo la conferencia inaugural titulada “Viaje a la semilla de Vieques: El proceso de una identidad nacional hostosiana en Puerto Rico”. Presidía la sesión el mismo rector Luis Riveros, y el presidente de la SECH, Fernando Quilodrán. Las peripecias de estas actividades están recogidas en el número 44 (2002) de la Revista EXÉGESIS de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

Aunque inicialmente lo di por agua pasada, el anuncio de la renuncia solicitada me ha acosado al saberla inexacta. Parece ser parte de la “novela de la vida” que se traza alrededor de la vida de Hostos, perfectamente comprensible, pues la bruma inmensa de una bibliografía inabarcable la posibilita.

Quien escribe no suscribe lo predicado, vaya eso por delante. Atizado por la incertidumbre de una posibilidad muy reducida y para mí improbable, acudí a la bibliografía utilizada por el señor rector:
    -“Eugenio María de Hostos: biografía y bibliografía” (1904)
    -“América y Hostos” (1939)
    -“Las ideas pedagógicas de Hostos” de Camila Henríquez Ureña (1929)
    -“Historia de la Universidad de Chile” (1992)
    -“Imágenes de la Universidad de Chile” (1972) 

En ninguno de los textos asoma esa afirmación.

Consulté además las textos pertinentes de las “Obras completas” (1969) de Hostos, y el estudio de Sonia Ruiz, “Eugenio María de Hostos: educador puertorriqueño en Chile”   (2006) en el que se repasan, resumen y reflexionan numerosos textos de y sobre Hostos vinculados estrechamente con su permanencia en ese país, y tampoco se hace mención a ese asunto. No conforme con eso llamé por teléfono a Ruiz para consultarle el dato, y manifiestó no haberlo visto en parte alguna.

Sí hubo, en efecto, una desavenencia con el Consejo de Instrucción Pública que se produce desde el 27 de marzo de 1898 a propósito de “defectos” en la redacción de certificados de exámenes de un joven estudiante. Antes, además, el 17 de agosto de 1892, se registra una reacción de Hostos publicada en “El Ferrocarril” a propósito de la imputación que dicho Consejo le ha hecho de haberse expresado en forma “irrespetuosa” ante el mismo.

En las “Obras completas”, se incluyen dos “memorias” del rector del Liceo Amunátegui dirigidas al señor Ministro de Justicia e Instrucción Pública. En la primera de ellas,  Hostos abunda en los problemas de orden administrativo, económico y pedagógico que abruman la reforma educativa que se pretende implementar en el liceo. La segunda memoria   tiene en cambio una tesitura muy diferente, pues en ella Hostos más protesta que reflexiona sobre los problemas en la implementación de la reforma pero a partir del caso concreto y específico de un estudiante que ha tenido un “mal éxito” en su examen para aspirar al bachillerato. En primer lugar, Hostos se hace cargo del fracaso del alumno. Lo asume como si fuera propio. Alega  “hostilidad” de parte de los examinadores; el estado sicológico del examinando ante la “impaciencia o descontento” del tribunal; los reglamentos de exámenes “hoscos” y de “extraño procedimiento”; y la “intrusión política en la enseñanza”. A tal punto se solidariza Hostos con el alumno que manifiesta la siguiente “categórica declaración: el alumno que salió mal en el examen –dice– sabe más de lo que el examen le pidió y lo sabe mejor de lo que suele exigirse a la enseñanza secundaria”.
   
El 28 de marzo se publica en “La Libertad Electoral” una nueva desavenencia entre Hostos y el Ministro para la cual acudió Hostos al Presidente Federico Errázuriz. Parece, según la nota periodística, que este no dio a lugar al reclamo del rector y en consecuencia “Hostos, alegando que no podía continuar en el puesto de Rector después de lo sucedido, solicitó al Presidente un consulado, petición que también fue denegada, entre otros motivos, por la parte activa que en favor de Cuba ha asumido el señor Hostos, lo que, en estos momentos, no le hace a propósito para desempeñar un cargo diplomático”.  Acto seguido, añade el periódico, Hostos renuncia y solicita pasajes para él y su familia con el objetivo de regresar a su patria.

Hostos había pasado por Chile como un aerolito o estrella fugaz en el 1872, con 32 años. Llegó muy en los muy postreros días de 1871. Entonces era presidente Federico Errázuriz Zañartu, con quien mantuvo amistad. Igualmente entra en relación estrecha con miembros de la más distinguida sociedad cultural y política de Chile, como lo fueron Lastarria y Matta. Para no seguir revoloteando por las fuentes, reproducimos una lista de sus obras y funciones concretas en Chile con Sonia Ruiz  . Esta informa la cronología de Hostos en Chile:

    !872-73:
    Socio de la Academia de Bellas Letras
    Socio del Círculo de Amigos de las Letras
    Primer Premio con la “Memoria de la Exposición Nacional de Artes e Industrias”
    Publica “Estimulantes”
    Publica “Palabras”
    Publica “La educación común”   
    Publica su famoso “Ensayo crítico sobre Hamlet”
    Publica “Biografía crítica de Plácido”
    Publica “”la abolición de la esclavitud en Puerto Rico”
    “Conferencias sobre la Educación Científica de la Mujer”
    “Reseña histórica de Puerto Rico”
    “La peregrinación de Bayoán”, segunda edición
    “En la tumba de Segundo Ruiz Belvis”
    “América en 1873"
    A su salida de Valparaíso a Buenos Aires a través del Estrecho de Magallanes escribe una serie de trabajos sobre la travesía recogidos luego en el volumen “Mi viaje al sur” de las “Obras Completas”.   

    1885:
    Participa como delegado de Chile en el Congreso Histórico de Colón en Santo Domingo.
    El presidente Domingo Santa María le extiende una invitación para que colabore con la educación pública de Chile.

    Invitado por el Presidente José Manuel Balmaceda, como tres años antes lo hizo así mismo el Presidente Santa María, Hostos regresa a Chile en el 1889 para hacerse cargo del Liceo de primera clase de Chillán , y más tarde, “deseando darle más campo de acción, el presidente Balmaceda y el ministro Bañados crearon en Santiago, especialmente para él, el Liceo de primera clase Miguel Luis Amunátegui a cuyo frente lo pusieron en mayo de 1890".  Balmaceda se suicidará dos años más tarde,  inesperadamente, tras lo cual da inicio en Chile una guerra civil con triunfo de la oligarquía y un periodo prolongado de inestabilidad política que le disgustará profundamente a Hostos, lo mismo que la latente amenaza de guerra entre Chile y Argentina.

Seguimos con la cronología.

    1889:
    Es nombrado Rector del Liceo de primera clase de Chillán
    Presidente Honorario de la Academia Carrasco Albano en Chillán
    Escribe “Reforma de la enseñanza en Chile”
    y “Reforma del plan de estudios de la Facultad de Leyes en Santiago”
    Colabora en la redacción de “La reforma en la enseñanza del Derecho”
    1890:
    Dirige el Liceo de Primera Clase Miguel Luis Amunátegui hasta 1898
    Primer premio del Certamen Varela del Club del Progreso
    Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Chile
    Participa en el Congreso Pedagógico de Chile
    Director del Ateneo de Santiago
    1891:
    Cofundador de “La Societé Cientifique du Chile”
    Escribe “Crisis Constitucional de Chile”
    1892:
    Miembro Honorario de la Academia Literaria Diego Barros Arana de Santiago
    1893:
    Confecciona los “Programas de Castellano e Historia y Geografía para enseñanza media”
    Escribe “Estudio sobre Manuel Antonio Matta”
    1894:
    Director del Congreso Científico de Chile
    Escribe “Ensayo sobre la historia de la lengua castellana”
    Escribe “Historia de la civilización antigua”
    1895:
    Director del Centro de Profesores de Chile
    Hijo adoptivo del Ayuntamiento de Santiago
    1897:
    Miembro Honorario de la Academia de la Ilustración
    Inicia sus “Cartas públicas acerca de Cuba”
    1898:
    Renuncia a la Rectoría del Liceo Amunátegui

Riveros y otros comentaristas sobre esta renuncia de Hostos no entran de lleno a considerar dos factores que sin duda son de la más alta importancia. El primero es el creciente disgusto de Hostos con la realidad política de Chile observable desde 1890. El segundo, es el inicio de la guerra de independencia que inicia en el 1895 Martí en Cuba–y, para Hostos, en las Antillas, desde luego. Ambos asuntos están presentes en la relación de los hechos alegados que vimos antes.

Auscultamos en el “Epistolario” recogido en el volumen “España y América”  sobre esta segunda estancia de Hostos en Chile.  Ya desde las cartas de enero de 1890 Hostos comienza a lamentarse con Fidelio Despradel de que Chile “está mal”. Califica de “insufrible” la situación en 1891. En el primero de junio de 1895 se muestra impaciente con la revolución de Cuba y expresa también su “impaciencia” por dejar el país para regresar a Quisqueya  puesto que se haya incapaz de hacer nada en Chile por la revolución antillana en marcha. El 27 de septiembre se queja de que el gobierno prohíbe manifestarse en apoyo a Cuba a jóvenes estudiantes. El 26 de octubre expresa su deseo de buscar dónde establecerse en un mejor “clima” para sus “dominicanitos”, considerando la posibilidad de establecerse en Costa Rica. “De aquí me iré de todos modos”, dice, porque se pretende prohibirle a él manifestarse a favor de Cuba.  Las expresiones acerca de volver a Santo Domingo se repiten en el 1896 y 1897. Por otra parte, Hostos se queja del espíritu imitativo que prevalece entonces en Chile, y porque el “sistema que con el nombre “concéntrico” que improvisó con la ayuda “de Henríquez, Prud’homme, Dubean, Zafra, Castro y otros” no logra arraigarse porque los que “dirigen la enseñanza no saben en realidad el por qué, el cómo, y lo que han de hacer” . Parte de la culpa de estre fenómeno se adjudica a la población alemana recién emigrada.

En los textos biográficos de su hijo Eugenio Carlos, y de autores de la categoría de Juan Bosch, Carlos Carreras y Antonio Pedreira, también figuran apreciaciones muy distintas de la ofrecida por Riveras. Carlos Carreras, en su libro “Hostos, apóstol de la libertad”,  señala que Hostos decide a principios de 1898 su partida de Chile, y que el gobierno y los amigos hacen por retenerle. “El gobierno de Chile, para no perderlo, le comisiona para estudiar en Estados Unidos los institutos de Psicología experimental”, del que debe rendir informe. Además, se toma “el acuerdo de no considerar vacante su posición por un término de seis meses”.   Así se indica también en la página 20 de la “Noticia biográfica” (redactada seguramente por Eugenio Carlos de Hostos) que preside el volumen “América y Hostos” , Edición Conmemorativa del Gobierno de Puerto Rico, respaldada por las Comisiones del Centenario de Puerto Rico –presidida por el gobernador B. Winship–, Cuba –presidida por Emilio Roig–, Argentina –presidida por Ramón Castillo, Vicepresidente del país–, República Dominicana –presidida por Federico Henríquez y Carvajal–, Estados Unidos –presidida por Charles Chapman–, Chile –presidida por Luis Galdames–, y México –presidida por Aurelio Manrique.

Juan Bosch, editor de sus “Obras completas”, apunta en su célebre biografía “Hostos, el sembrador”  que “como no tenía con qué enfrentarse a los gastos del viaje, debía conseguir apoyo del Gobierno. Chile respondió bien: le nombró Delegado para el estudio de los Institutos de Psicología experimental en los Estados Unidos”.

Más aun. Carreras informa que el Ayuntamiento de Santiago le declara “hijo adoptivo”, y “para grabar su recuerdo imperecederamente en lo más alto, los exploradores alemanes Stange y Krüger, comisionados por el Gobierno de Chile para estudiar la región del Palena, en la Patagonia chilena, dan a uno de sus montes descubiertos en su nombre, vinculándolo así, en el Monte Hostos, a la geografía del país”.

De lo que no cabe duda alguna es del compromiso sin límite de Hostos con la revolución iniciada en el 1895, ante el cual se estrellaron las amenazas del Ministro y del propio presidente de la república Federico Errázuriz Echaurren, instándole a no irritar al gobierno de España. Así consta en otras dos cartas dirigidas Fidelio Despradel con fechas del 26 de octubre y 4 de noviembre de 1895, incluidas en “España y América”.   En la primera asegura que “de aquí me iré de todos modos, hoy más que nunca, porque un Ministro de Relaciones Exteriores ha tenido la debilidad de oír al Ministro español, que pretendía se me prohibiera manifestarme partidario de Cuba”. En la segunda, de noviembre, casi tres años antes de la alegada renuncia solicitada, Hostos le narra a Despradel que el agente de la revolución de Cuba iba a llegar y los partidarios le rogaron que él presidiera la comisión que lo recibiría. El Ministro español acude nuevamente al Ministerio de Relaciones Exteriores quien envió un jefe de sección a convencer a Hostos de que no tomara parte en “manifestaciones desagradables para una potencia extranjera ‘como empleado público’”. “Yo no lo dejé seguir –añade Hostos–, y dije con viveza: Aunque yo no me tengo por empleado público, porque no pensé en ninguna dependencia cuando asentí al llamamiento de Chile, ahí está el empleo, ya está entregado; pero, eso sí, que vengan a quitármelo, porque yo, al defenderlo, defiendo la Constitución de Chile”.

Hostos añade en la misma carta que “ha habido conatos de expulsión, que no se han llevado a cabo, porque el Gobierno que la intentara, si la intenta alguno, sabrá a su costa que si los explotadores de la oligarquía que ha corrompido el país me odian con franqueza o con hipocresía, el pueblo y la gente sana, que aun queda en Chile, expresaría entonces su adhesión al extranjero que más a estimado a Chile y que mejor enseña a amarlo”.

Bayoán Lautaro de Hostos –otro de sus hijos– relata una anécdota de su padre en su libro titulado “Eugenio María de Hostos, íntimo”  . En ella da cuenta de un discurso ofrecido por Hostos en la Alameda de las Delicias ante el Presidente, el Ministro de Instrucción Pública y numeroso público. “A la sazón era ministro de Instrucción Pública un ilustrado profesor y, este haciéndose eco del disgusto del Presidente de la República, trató de molestar a Hostos, interpelándolo por los programas de instrucción pública que, mejorándolos, había impuesto Hostos, en el Liceo Miguel luis Amunátegui. De este modo empezó el gobierno chileno a molestar a Hostos...” Así, dice Bayoán, se entabló una controversia entre el Ministro y el Rector. El Ministro cedió eventualmente a la razón, pero no el Presidente. La guerra hispanoamericana se cernía ya, inevitable, dice. Es entonces que Hostos fue llamado a entrevista con el Presidente. Así concluye la anécdota: “Hostos no se rindió, mortificado el Presidente por su actitud y, fijándose en que los zapatos de Hostos no eran de moda. Insistió en mirárselos atentamente, casi al terminar la entrevista llegó el momento de despedirse, Hostos, mirando fijamente al Presidente, le dijo: ‘Cuando yo tenga que volver a hablar con un Presidente de Chile, deseo que hable más con Eugenio María de Hostos, y menos con sus zapatos’”.

Mantener, pues, en conclusión, la idea de que Hostos sale de Chile en el 1898 porque el gobierno de Chile le pidió la renuncia por un incidente particular con un estudiante, es descabellado. La evidencia, contundente, de las expresiones de Hostos retrotraídas a ocho atrás, reiteradas en múltiples ocasiones, y heridas en su corazón por la determinación inquebrantable de su deber perpetuo con la libertad de Cuba, Puerto Rico, las Antillas todas, no da margen ni espacio para otras interpretaciones. Así lo manifestó repetidamente a partir del inicio de las hostilidades entre Cuba y España en el 1895, y así lo agravó la inminencia de la intervención del imperialismo norteamericano. Los hechos subsiguientes así lo evidencian. Y sin necesidad de exagerar las interpretaciones, lo evidencia incluso su muerte.



Marcos Reyes Dávila
                                                                                                                              Albizu seas!


Foto superior primera, el autor al lado del busto de Hostos ubicado en el patio interior del Liceo Amunátegui, Chile.
Conferencia Inaugural Encuentro Letinoamericano de Escritores, Chile 2002. 
En la foto superior el rector Luis A. Riveros está en el centro. M. Reyes a la extrema derecha. 

Notas

1. http://www.uchile.cl/portal/presentacion/historia/luis-riveros-cornejo/discursos/5563/eugenio-maria-de-hostos-educador-y-politico

2. Ibid.

 3. Hostos, Eugenio María de. “Obras completas”. La Habana: Editorial Coqui, 1969.

4. Ruiz, Sonia. “Eugenio María de Hostos: Educador y político.” San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2006.

5. Hostos, XII.1.

6. Ibid., 315-326.

 7. Ibid., 327-332.

8. Ruiz, Op. Cit., 89.

9. Ibid., xi-xiii.

10. Ibid., 5.

11. Hostos, “España y América”, 391-505.

 12. Ibid., 453.

13. Ibid., 464.

14. Ibid., 470.

15. Carreras, C. “Hostos, apóstol de la libertad”. San Juan, Editorial Cordillera, 1971.

16. Carreras 242.

17.  Edición Conmemorativa del Gobierno de Puerto Rico. La Habana, Editorial Cultural, 1939.

18. Bosch, “Hostos, el sembrador”. Santo Domingo; Fundación Juan Bosch, 2003.

19. Ibid., 218.

20. Carreras 237.

21. Hostos, “España y América, 463-467.

22. Santo Domingo: Librería La Trinitaria, 2000, 87-93.

lunes, 17 de septiembre de 2018

El ojo de cristal


"El ojo de cristal"
de Marcelino J. Canino Salgado


 Presentación
 

Muy buenas tardes, tengamos todos.

Como sabemos, el crítico, investigador, músico y maestro, Marcelino Canino Salgado, dorado por los años, estudioso del folclor puertorriqueño y, desde hace poco, novelista y poeta, incursiona ahora en la narración breve con un libro de cuentos que lleva por título “El ojo de cristal”. Comencemos por una digresión perentoria, en el plano del oficio que me ocupa, pero aún más importante, en el plano de los afectos más puros, señalando que se trata de una edición a cargo de Los libros de la iguana, que dirige con estricto celo el Reynaldo Marcos Padua con la asistencia, sin duda mayor, de Margarita Maldonado Colón. La editorial, fundada en el 2008, hace ahora 10 años, tiene publicados a esta fecha, y justo es apuntarlo, 74 libros. Cantidad asombrosa, digna de un magno décimo aniversario que bien merece nuestro aplauso.
Regresamos con dos notas al calce.

Nota al calce número 1: A partir de este momento llamaré al doctor Marcelino Juan Canino Salgado sencillamente, Marcelino, solamente en honor a la ley del menor esfuerzo. (Fin de la nota.)
Nota al calce número 2: de adolescente yo también tomé clases de violín. Menciono esto porque en el libro la sensibilidad se asocia casi invariablemente con el conocimiento y la práctica con instrumentos de la música, piano y violín principalmente. Fin de la nota.) 


De impromptu, confesemos que cuando recibí de Marcelino la orden, que no el pedido... (Me dijo, perdonen la digresión, y lo cito con su permiso: “Apreciado: Tan pronto salga de imprenta mi libro de cuentos “El ojo de cristal”, te lo enviaré. Pues tú serás el que lo presentarás en la Librería Mágica.”

Regreso y repito: que cuando recibí la orden de Marcelino para presentar su libro, sentí primero un muy ingenuo conato de júbilo, seguido, un segundo después, de una indefinida aprensión. Me dije: ¿Qué interés podría tener Marcelino para honrarme con la presentación de su libro? Y es que, amén de mantener a perpetua la relación de maestro-discípulo que inicié en su curso sobre la literatura folclórica puertorriqueña, Marcelino es como Cervantes.
Su palabra tiene más capas de significación que una cebolla. De modo que, sin necesidad de mirar al cielo, hay que saber, para andar seguros, que con Marcelino sus designios son como los del señor, inescrutables. Siendo pues la cosa a ciegas, me dije que seguramente obraba así como el maestro que pone a sus discípulos a leer su informe de lectura frente a la clase. Mas, habida cuenta de que hoy presentamos un libro, y no una crítica literaria del mismo, me voy, por la libre y de soslayo, a campo cubierto.


Digámoslo ahora con sencillez, que no es lo mismo que superficialidad. Si tuviera que presentar a Marcelino, la persona, que no a su libro, llovería ante cualquier público medianamente educado sobre mojado. Nadie hay en la ciudad letrada de Puerto Rico, y puedo decirlo con absoluta certeza, que haya estado alguna vez en una sala donde él estuviera, que pudiera decir luego, y menos jurarlo en un tribunal, que no sabía si él estaba o no estaba allí. Porque Marcelino, lo sabemos todos, tiene sabor de especia, más sal y pimienta que canela. Es decir, que el “yo no sé nada, yo llegué ahora mismo” no le serviría de escapatoria a ningún testigo, pues la presencia o ausencia de Marcelino no levantaría duda ni sospecha en ningún thriller policiaco. 

Pero, por otra parte, hay que poner sobre el tapete que Marcelino siempre dirige la orquesta. Con afecto, me ha puesto en el gozoso aprieto de presentar su libro, pero me ha hecho el trabajo. La estructura del libro es una obra maestra de transparencia. La información que se incluye en sus entornos nos ahorra el trabajo de esta presentación. Así, pues, notemos que conforme con la contraportada del libro, a cuyas verdades me acojo, para ir a la segura, el autor posee dos doctorados, uno de la Universidad Complutense de Madrid –hoy día de calidad dudosa, entonces no– y otro de la Universidad de Puerto Rico donde dictó cátedra por 35 años. En el 2013 publicó su novela gótica “El arcón secreto”, que mereció el premio de novela del Instituto de Literatura Puertorriqueña de ese año. Lo de Yale y otras jarandas léalo allí el interesado.
Por la parte que nos incumbe, se añade allí mismo que: “El ojo de cristal –cito de la contratapa– es la primera colección de cuentos de Marcelino (...) quien se dio a conocer como narrador con su novela premiada El arcón secreto. Algunos –de los cuentos– habían sido publicados
en una que otra revista desde hace décadas. El conjunto es ingenioso, con una variedad de temas y tonos desde lo grave a lo humorístico. La galería de personajes es vasta y el mundo social resulta igualmente diverso desde lo pueblerino a lo citadino. Hay diversas técnicas de narrar de las cuales el autor en su prólogo, de alguna forma, deja entrever su concepción del género. Los juegos narrativos están, y lo dramático y lo patético permean esta novedosa narrativa que habrá de gustar al lector por su capacidad conmovedora”. Fin de la cita... Concurro totalmente.


Pero la ayudita que me da Marcelino no se queda ahí. En la solapa frontal, hablado en primera persona, el autor revela lo siguiente: (cito)
“Estos cuentos los escribí en diferentes épocas de mi ajetreada vida. Los redacté sin pretensiones, solo para entretenerme, ejercitar la memoria y la imaginación. El más viejo de los que presento data de principio de la década de los ‘70. El resto son más recientes. Están escritos con poca literatura, quiero decir, sin artificiosidad. Siempre me inclino por lo más sencillo, por lo que me emocione, y tal vez también al lector. Mas no se equivoque el amigo lector, la sencillez no tiene nada que ver con superficialidad. Bien leídos, por sencillos que sean, en cada uno de ellos está el fondo ético que descubrí cuando comencé a madurar y a tener conciencia del bien y del mal, sobre todo del mal metafísico. Gracias a Dios que me percaté de esas polaridades a tiempo porque si no hubiera acrecentado mi acervo de estupideces.” Fin de la cita. Y nuevamente concurro, pero no me atrevo a decir que en todo. 

Y para que no quede cabo suelto ni gabote loco, Marcelino añade un prólogo de su propia sazón, de 4 páginas, que por ser relativamente extenso no pretendo leerlo aquí. No obstante, el párrafo que leí hace un momento es el primero de él, y lo restante ahora lo resumo.

Alega Marcelino, con su sobresabida modestia, que estos cuentos, acaso menudeo sacado de su arcón secreto, fueron escritos “sin pretensiones” –dice él–, solo para entretenerse y ejercitar la memoria y la imaginación. Esta aseveración debe recordarle a muchos aquella respuesta de Sor Juana Inés de la Cruz a Sor Filotea en la que se refería a su obra como unos “papelillos” escritos a solicitud de otras personas. A solo un paso de esta afirmación, Marcelino revela, además, algunas aristas de lo que llama su “ropero de ideas”. En su inventario destaca en primer lugar las ideas clásicas aristotélicas, luego los conceptos cervantinos, los teóricos y narradores norteamericanos, rusos, españoles, franceses, así como hispanoamericanos. Y otros... (Como puede verse, pura sencillez.) Sus cuentos, añade, son pura guerra contra la nostalgia y la melancolía, que Marcelino culmina citando en griego: brublabrublabla. Para mí, que no leo griego desde niño, como se nota, la palabra es solo una jitanjáfora del término griego referente a la melancolía, entendida para ellos como “bilis negra”, es decir, esa tristeza vaga pero profunda que hace que no halle quien la padece, gusto ni diversión en nada. De las 4 páginas que conforman el prólogo, en tres hace referencia enfática a una nostalgia que se ubica en la esquina de la melancolía. La nostalgia, en suma, prevalece en este prólogo sobre la sabiduría, lo que no quiere decir que Marcelino se desarrope en momento alguno ni de una ni de la otra, ni, mucho menos, de esa ironía tan suya que tanto despista pero que nunca se arrima sin embargo al sarcasmo.

En dos terceras partes de estos 18 cuentos, escritos en intermitencias a lo largo de 45 años, el punto de visto recae sobre una primera persona, a veces protagonista y a veces observadora. La experiencia religiosa atraviesa de una manera más o menos perceptible la mayor parte de ellos. Los cuentos se ubican al principio en un tiempo remoto, a veces in situ, y otras veces como retrospecciones o rememoraciones. Por su naturaleza, parece evidente que el origen de sus asuntos desembarcan de experiencias personales vividas que el narrador rescata y recrea, pues la mayoría de los cuentos coincide con las vivencias de cada época del autor, lo que tiñe los relatos con una aureola de verdad personal o vivida. Algunas como evocaciones de otras épocas que se recuerdan con nostalgia y reflexivamente. Otras, como experiencias autobiográficas de su vida como docente. Sin embargo, en algunos casos, la imaginación nos ubica en tiempos casi fuera del tiempo, ya sea hacia el pasado o hacia dimensiones del tiempo imaginadas como futuros alternos ceñidos a derroteros sociopolíticos. La narración es el discurso predominante en ellos, como cabe esperar, pero en algunos el diálogo caracterizador repunta en exploraciones sicológicas externas y también internas. Los nombres de los personajes, según costumbre al uso en otras épocas que el autor recrea con algo de sorna divertida, sugieren sin mucho disimulo su intención caracterizadora. En cierto sentido el fuerte acento puesto en la evocación de tiempos idos nos remite sin querer al “Pueblito de antes” de Virgilio Dávila, con su veta de costumbrismo moralizador y de la sabiduría popular recogida en los refranes y en los cantos del folclor. Mas aquel “Pueblito de antes” era un todo, una cosmovisión orgánica y cerrada. Si aceptáramos el vínculo quizás un poco forzado entre don Virgilio y don Marcelino, habría que señalar que el pueblito de nuestro autor dorado, es mucho más amplio en tiempo y espacio y más dinámico y reflexivo. 

Demos una mirada célere al inventario de los 18 cuentos.
El primero lo titula “Evening in París”. En este cuento el narrador se remonta, en cuanto niño de cinco años, al recuerdo de su abuela. Con la más delicada ternura, el protagonista persigue a lo largo de su vida el recuerdo del olor de su perfume, que se la devuelve persistentemente.
En el segundo relato, “Mis memorias de Abraham”, narrado en primera persona como el anterior,
el personaje se remonta otra vez a la niñez escolar para referir las consecuencias de un caso de lo que hoy conocemos como “bullying”.

En “Silencio amoroso” nos dirige la mirada hacia un maestro de sexto grado, durante la época de la segunda guerra mundial acorralado con la experiencia amarga de la muerte.
“El ojo de cristal”, relato homónimo de esta colección de cuentos, remite por su parte al lector a la sacrosanta costumbre católica de nuestra niñez relacionada con las procesiones del Viernes Santo. Poco tiene que ver este ojo con visiones mágicas de otros tiempos, ni textos fantásticos, ni siquiera religiosos, y mucho revela en cambio de la actitud festiva e iconoclasta –dicho sea con perdón– característica del autor.
En el cuento titulado “Ventana hacia el futuro o el lector de cartas”, el autor evoca jocosamente a aquellos personajes de circos y ferias trashumantes, enanos, adivinos y ladinos.
En el cuento nombrado “Palinodias sobre mi traje de dril 100" (de hilo blanco, eh), el narrador hace uso de su extraordinaria capacidad para recrear y servirse a su antojo de un lenguaje socarrón a propósito de un narcisista sin propósito y de la propensión a considerar como vestimenta criolla del buen gusto y elegancia la ropa de hilo blanco.
(Gesto.) Un magistral revoltillo de nostalgia y comicidad.

El cuento “Alter, Vallejo y yo” se vale del truco de juegos de identidad a propósito, esta vez, de un profesor universitario, de Estudios Hispánicos, que dialoga con un estudiante que es su “alter ego” aprovechando el análisis solicitado por este del conocido soneto del poeta peruano César Vallejo que comienza con aquel “Me moriré en París con aguacero” ... La sencilla explicación, sin complicaciones, que le hace el personaje no descarta la “homoteleusis asociativa” de Roman Jackobson. “¿Comprendes?”
“Monsieur Joseph”, por su parte, se remonta más atrás, a la época de los boticarios, los reales y las novelas de entrega. Es un cuento de soledad, de amor y sexo que experimentan personajes de raíces culturales muy diversas, pues en nuestro país solemos destacar como si fuera de oro el origen hispano o simplemente extranjero de nuestro concierto humano.
En la “La tía Carmela” el cuento nos remonta nuevamente atrás, esta vez a la época de los borbones, las haciendas y hasta del seminario conciliar. Con aromas evocados del sesgo persistente del romanticismo hispanoamericano, la tragedia se enreda con el pintoresco personaje de una negra nigromante de los otrora esclavos, y de los rencores de clase.
Con un giro brusco de timón, la línea de cuentos del autor nos lleva en “Pompeya y la invención de Roma” a los tiempos de la Pompeya imperial, justo antes de la célebre explosión del Vesubio.
Con “El oro de Palestina” asistimos, no sin algo de un retribuido sarcasmo, a la recreación de un tipo de habla y conciencia de carácter que más que popular es vulgar y soez.
En “Conversación con el móvil” encontramos como narrador a un estudiante universitario enredado en pensamientos en los que los conceptos giran sin pertinencia ni contexto.
“Autoestima de locura”, por su parte, explora con buceo sicológico detrás de las etiquetas que, como se supone, tipifican.
La “Entrevista por reporteros latinoamericanos al presidente de la Unión de Profesores Universitarios” imagina el futuro alterno de un Puerto Rico que sufre la dictadura de un gobierno paramilitar. Amén de la denuncia, amén de la parodia, amén de la sorna.
En el relato titulado “Emanuel” Marcelino nos presenta a un chico bueno, amante de la música, que evoluciona hasta el envejeciente convertido, más por azar y destino que por voluntad propia, en un sabio consejero de su comunidad.
En “Manuscrito encontrado” estamos otra vez ante un profesor universitario que halla en su propia biblioteca un manuscrito de origen desconocido, y que aparenta ser del siglo XVI. El cuento parece representar con sorna la sabiduría de pacotilla y presuntuosa de algunos académicos.
“María de los espejos” parece ser uno de los relatos emblemáticos y acariñados de este conjunto.
Un profesor universitario, nuevamente, pero que esta vez es, precisamente, un investigador del folclor, que además hace un inventario de tipos y costumbres, se encuentra en un campo con esta mujer afectada de sus facultades mentales, pero graduada de estudios superiores, a la que se le atribuye la capacidad de ver, en espejos rotos, ventanas a otras “dimensiones”. De cuatro espejos que “son un símbolo” se habla. El primero es el del terror a Dios y los pecados. El segundo es una ventana a las dudas que sin embargo responde a las preguntas. El tercero, el de la Esperanza, con mayúscula, explica qué no hay que hacer para no sucumbir en todos los sentidos. Y el cuarto, el más importante de acuerdo a la narración, “manifiesta la luz inescrutable, el fulgor que ciega” y da no obstante la verdadera visión que vence al mal.
“El mal –dice– es un espectro metafísico y el hombre lo materializa por la dureza de su corazón”.

Resta finalmente, el cuento titulado “Enardo y Rosael”, relato de los amores imposibles de dos jóvenes que se buscan a lo largo de los años perseguidos por fuerzas adversas y la fatalidad. El relato nos evoca las historias y leyendas anónimas más antiguas.

Digamos para recapitular, que el maestro Marcelino... se juzgó bien. Los cuentos en este libro de 187 páginas, oscilan entre relatos de solo dos páginas a 23, con un promedio de 9 páginas por cuento. Caracteriza al conjunto el uso de un lenguaje exquisito, a veces francamente poético, que revela, como cabe esperar desde luego, un dominio absoluto del instrumento lingüístico y que le acredita una narración que se desliza suave, sin sobresaltos ni tropiezos. Se percibe de inmediato, además, y como quedó dicho, un fondo ético. Y sobretodo, el placer de narrar que hoy muchas veces se confunde con la incursión de técnicas narrativas no asimiladas bien, y muchas veces, francamente imprudentes. Quiero decir, que su narración se lee con gusto.
Marcelino se aventura por los puertos del ingenio, la sensibilidad, la curiosidad y el amor asumido en función de universos alternos, en tipos y costumbres, ambientes, épocas y éticas, y también técnicas de narración y lenguajes, incluso románticos y costumbristas, aunque asumidos con otros ojos, ojos críticos, irónicos, reflexivos y desde luego contemporáneos. Un marcado dejo de desilusión y nostalgia lo aproxima también a Cervantes, en quien lo grave y lo ético se atraviesa con socarronería y desenfadado humor.

¿Por qué elige el autor el título de su cuento para bautizar el libro? No creo que “El ojo de cristal” sea el caballo a apostar entre estos relatos, ni por su tema ni por su tono. Un ojo de cristal, contrario a lo que sugiere a la inmediatez del sentido, no es transparente. Con un ojo de cristal nada se ve, como no sea una realidad deforme. En realidad, estamos ciegos. En todo caso es ojo que con su apariencia embauca a los incautos, como el manuscrito escrito al revés de uno de los relatos. Pero en el cuento “Alter, Vallejo y yo” Marcelino utiliza como epígrafe dos citas de Jorge Luis Borges, el visionario ciego.
En la primera cita, Borges se refiere a que el arte debe ser como el espejo que “revela nuestra propia cara”. Y ante esa realidad, nos asegura Borges en la segunda cita, “es inútil estar ciego”. En ese cuento, precisamente, el protagonista toma café en la cafetería de la universidad y ante el joven estudiante que se llama Mialter, le parece que se mira “en un espejo un poco empañado”. El protagonista había hecho al comienzo del relato una exégesis, improvisada como ya vimos, del poema de Vallejo que comienza con aquello de “Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo”. El cuento termina con la alusión a, cito, “los miles de reflejos que entre dos crepúsculos del día mi rostro fue dejando en los espejos” ... Recordemos que este libro se ha escrito a lo largo de 45 años. “¡Ay, turulete!”

Para terminar un Apóstrofe indiscreto.

Marcelino:
No fue por ceñirme a ley del menor esfuerzo, como dije al principio, que decidí referirme a ti por tu primer nombre. Contrario a la costumbre en la UPR, donde la docencia se ejercía imponiendo una distancia estamental altiva, y un dejo indefinido de jactancia –de la que por cierto no estabas exento–, ejerciste una docencia que no se limitó al aula. Fuera de ella compartías con nosotros en un plan que desbordaba la academia formal. Vale decir, que eras, como eres, una persona capaz de compartir con otras personas. De modo que en nuestro ánimo vacilaba, indeciso y difícil, el respeto, no al Padrino, pero sí al Don, y la camaradería. Igual que hoy.

Doquier estabas, como mencioné al principio, no podías pasar desapercibido. Con tu guayabera –gesto– blanca, eras, y eres, como una aceituna en un plato de arroz blanco.
“Uno no pregunta a nadie el motivo de sus afectos”, dice la mujer alucinada de “María de los espejos... Marcelino Canino Salgado, no me pregunte usted el motivo de mi afecto.
Para todos los demás, muchas gracias por su atención


*15 de septiembre de 2018
Marcos Reyes Dávila
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