jueves, 26 de mayo de 2016

Presentación de "Más allá del tiempo: Julia de Burgos"



Presentación de 
Más allá del tiempo: Julia de Burgos
 

UPRH, 28 de abril de 2016

Yolanda Ricardo Garcell es muy conocida entre los académicos de Puerto Rico, y en este recinto en particular, porque nos ha hecho el obsequio de numerosas visitas, desde aquella remota mañana –hace 20 años– en la que llegó intempestivamente a leer en nuestro teatro, y hombro con hombro, la misma conferencia que nosotros sobre Hostos y Martí, solo que ella miró el tema como cubana y antillana –y con espejuelos rotos–, y yo, como un puertorriqueño-antillano... sin espejuelos. Desde entonces la hemos recibido en otras ocasiones, entre ellas, para la presentación de su libro sobre “Hostos y la mujer”, y la del simposio dedicado a Julia de Burgos celebrado aquí en febrero de 2015.
    Yolanda es profesora titular de la Universidad de La Habana, investigadora y ensayista sobre el pensamiento caribeño en general, y sobre la creación literaria de la mujer en el Caribe en particular. Es doctora en Filosofía y en Ciencias del Arte de la Universidad de Praga; miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana y de la Academia de Ciencias de Cuba; Directora del Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba, y por si fuera poco, amiga mía. Favor que me hace.  
     Ahora, poco después del simposio de Julia, y a solo dos años del centenario de su natalicio, Yolanda nos trae de regalo este libro sobre nuestra poeta nacional, Julia de Burgos, que presentamos esta mañana, y que coincide otra vez, hombro con hombro, como parto de gemelos, con la publicación en EXÉGESIS de las Actas de nuestro Simposio dedicado Julia. El libro de Yolanda, publicado por la Editorial Patria, está oloroso todavía a recién nacido de imprenta. Se titula “Más allá del tiempo: Julia de Burgos” –título como de película o novela– y tiene 321 páginas. Tras las dedicatorias, el libro incluye tres largos epígrafes, uno de Virgilio López, de la Academia de Ciencias de Cuba; otro de Vivian Auffant, catedrática del Recinto de Río Piedras, y de Marcos Reyes Dávila, segura errata.
    El índice demarca 14 partes, que incluyen, tras los agradecimientos, un prólogo de Virgilio López, antes mencionado; una introducción de la propia autora; nueve capítulos. Además una bibliografía de 284 entradas; una
antología de poemas segregados según varios criterios como, por ejemplo, aquellos de tono lírico y de resistencia, los intensamente líricos, los poemas comprometidos con causas sociales o políticas, los de inspiración cubana. A eso añade una iconografía con 20 fotos, y encima de todo, además, un índice onomástico –de nombres–, temático y toponímico. El arte y diseño de portada es de Alí Francis García, miembro de la Comisión del centenario de Julia. Un libro más abarcador y completo que este es muy difícil de esperar.
    Los nueve capítulos, conforme a lo que anticipa en su introducción la propia autora, tratan somerante  los siguientes temas. El primero, ofrece el germinar de la escritora que fue Julia de Burgos. En el segundo, le sigue los pasos por su estancia en Cuba. En el tercer capítulo analiza su obra poética. El cuarto se ocupa de su producción en los años estadounidenses. El quinto se adentra en ese gran y largo movimiento en favor de la liberación de la mujer, en cuerpo y conciencia. El sexto capítulo se ocupa de su poesía militante. El séptimo, explora sus nexos con la historia literaria de Puerto Rico. El octavo, pretende definir una poética en Julia desde el punto de vista teórico. Y en el noveno, demarca su legado para la cultura puertorriqueña, caribeña y universal. Se trata de un cuerpo de exégesis de alrededor de 165 páginas. Tarea de gigantes.
    El libro de Yolanda tiene como uno de sus muchos méritos sobresalientes el hecho de que coloca la obra de Julia dentro de un contexto mucho más amplio que el nuestro –es decir, el de la literatura puertorriqueña–, para proyectarse al ámbito caribeño particularmente, hispanoamericano en segundo plano, y por vía de sus recursos de análisis, al ámbito universal. Tamaña amplitud la encontramos muy pocas veces porque requiere de una vasta erudición, que pocos poseen, y de un trabajo muy riguroso y arduo.
    Entre sus méritos sobresalientes se destaca, en segundo lugar, el bagaje crítico, es decir, el muy diverso y rico uso de recursos críticos que incluyen las perspectivas y enfoques más recientes de la teoría literaria del mundo occidental, sin olvidar la crítica y los enfoques canónicos, tradicionales y nuestros, del Caribe.
    En tercer lugar, Yolanda recoge, hace uso y resume una gran porción de la crítica y los puntos de vista que desde su adolescencia han comentado, analizado y valorado la obra de Julia, incluido el simposio celebrado aquí el pasado año, que, aunque no estaba publicado aun cuando se redactó el libro, se mantuvo en la memoria de quien estuvo presente durante el mismo, y desde luego, tuvo también, la oportunidad de oír muchas de las presentaciones y de conversarlas con sus autores.
    Por otra parte, cuarto mérito, Yolanda no solo recopila y trabaja con gran parte de la obra crítica existente hasta el momento sobre Julia, sino que también aporta datos nuevos producto de sus investigaciones en los archivos de Cuba, principalmente.
    Por si todo lo anterior fuera poco, repito, queda aun por señalar el mérito
mayor –quinto– de este libro. Me refiero al análisis de por sí que hace Yolanda, realizado con lupa y con microscopio, lo mismo que con telescopios, es decir, minucioso y detallado, pieza por pieza, lo mismo que generalizado, deductivo e inductivo, y por raptos, argumentativo. Un análisis que parte de la crítica previa y ajena, la repasa y recuerda en cada paso, para luego matizarla y corregir con nuevos tintes, los puntos de vista, y también los datos.
    Yolanda hace uso de un discurso –un lenguaje– particularmente riguroso y científico, sólido y denso, aunque se levantan con harta frecuencia las apreciaciones que solo la más franca admiración, y el ojo y la voz de un poeta, puede articular. Es decir, que el cariñito se le escapa travieso a la catedrática. Así como en su novedoso intento de definir una poética de la obra de Julia, dentro del contexto amplio de la literatura caribeña y de la latinoamericana, así en el análisis de los poemas de Julia, los versos que toca Yolanda con su palabra, quedan, ante el lector, iluminados, resplandecientes, como palabras de encantamiento.
    Es imposible comentar cada señalamiento que a lo largo del libro hace Yolanda y que en cada caso nos parecen provocaciones sugestivas que quisiéramos conversar. Por razones tiempo y para no aburrirlos nos limitaremos a arar solo unas pocos.
    Yolanda comenta, al principio y al final, porque es ineludible hacerlo, esa controversia desafortunada que ha girado en torno a Julia, controversia asida a una nota propia de las "chismosas" peruanas. Me refiero a aquellos que ‘desvirtúan el sentido de su vida’ (31) y ‘cuestionan sus rumbos de vida y letras’ (190). Yolanda Ricardo no esconde nombres y apellidos, en ambas ocasiones. Recuerda incluso el equívoco que provocó una pieza teatral de Manuel Méndez Ballester titula “Julia de Burgos y su amante secreto” (68), puesto que la obra alude como amante al Río Grande Loíza, protagonista de uno de sus más recordados y celebrados poemas, aunque surja en efecto de la controversia suscitada por su relación con Juan Isidro Jimenes Grullón. Indudablemente Julia sufrió en carne propia, con la fatalidad de un heroína de tragedia, su determinación de tener vida propia y de realizarla a la altura de los hombres, y más allá. Fue una joven divorciada, con todo el estigma que ello suponía entonces, que vivió un amor intenso con un hombre casado. Se dio a la bebida y se alcoholizó en algún momento durante su estadía en la ciudad de Nueva York. Pero ni siquiera eso apagó la llama de su creatividad. Que si su padre, esto, o si su padre aquello... no dejó huella. En cambio, sí dejó huella cómo le alimentó la imaginación y acaso le enseñó a vivir al aire libre. Papotito lo llamaron todos. Por Papotito pregunta en sus cartas, y por Papotito se preocupa. El Rocinante de los mitos y leyendas que jugaba con su padre, aparece idealizado en sus poemas, sin el menor asomo de resentimiento.
    Más que de las manchas del sol, hablar debemos de la luz, nos enseñó Martí y nos lo recuerda Yolanda. Y añade, que “no es serio mostrar solamente la cara externa de lo acontecido. Un análisis riguroso –y sobre todo humano– requiere hurgar –nos dice– en las motivaciones, en las presiones, en la herencia acumulada de infortunios, desamparos, rivalidades, humillaciones, discriminaciones”. ¿Es que no sabemos que varios hermanos de Julia murieron en la infancia de desnutrición?
    En la historia de la literatura, y muy bien lo desentierra de las distancias del  olvido Yolanda, las mujeres tuvieron una época de despegue, ardua y sufrida, en sus luchas emancipadoras. Julia pertenece a ese grupo de mujeres que escala cumbres bastante solitarias en el inicio del siglo veinte; de mujeres decididas a quebrar la ‘sexualidad colonizada’. Comienza, y comienzan aun, a escribir una literatura que se resiste a seguir, servilmente, el canon de los hombres. Comienza a escribir desde su propio cuerpo para descubrir su propio rostro, ese que acaso descubriera en las aguas de su río. Ese es uno de los sentidos que articulan su primer libro: “Poema en veinte surcos”.
    Recordamos que el libro comienza con ese poema de remembranza whitmaniana, “A Julia de Burgos”, y termina con otro de la misma estirpe que atrapa como un magno paréntesis el libro todo. Me refiero a “Yo misma fui mi ruta”. Con esa determinación proclamada, y con esa “tea en la mano”, inicia Julia su vida de poeta.
    Muchos sugieren que tuvo amoríos con Luis Llorens Torres porque él la proyectó a la cumbre de la ciudad letrada apenas iniciaba su carrera literaria. Otros la vinculan con Juan Antonio Corretjer porque este la acogió en Nueva York incorporándola al grupo editorial del semanario “Pueblos Hispanos” que dirigía él. Otras atribuciones de mujer irresistible se le han hecho, mas no creo que incluya, muy a su pesar, a Josemilio González, el destacadísimo crítico y poeta más o menos de su edad, que quedó prendado de ella con solo verla pasar. Tal parece que, en efecto, Julia era altamente atractiva, quizás por su belleza física, o quizás por su carácter indomable y su espíritu de sueño. Si no asusta o irrita, seduce. Lo que al respecto de estos atributos se pasa por alto es que Julia pasó por la vida con una incandescencia que deslumbró a todos. No es Llorens, no es Corretjer, ni ninguno en particular o en específico. Julia fue celebrada de manera casi unánime. Por todos. Aun la “Renacuajo” de sus pesadillas tuvo que reconocer que algunos poemas de Julia estaban destinados a aparecer en todas las antologías. Apenas publica sus primeros textos en diarios y seminarios, ya ofrece discursos de rebeldía desde la tribuna y participa en la directiva de organizaciones patrióticas. Y ya la llaman “la novia del río” o “la novia del nacionalismo”. Allí, a su lado, casi niña aun, estuvo el cerebro mágico de Luis Muñoz Marín: don Vicente Géigel Polanco. Allí, y entonces, inicia sus trabajos en defensa de los presos políticos. No es, pues, solo Llorens el deslumbrado con sus versos. Lo estuvo también Francisco Matos Paoli, también preso nacionalista, aunque no llegó a conocerla, personalmente. Lo estuvo Juan Antonio Corretjer. Lo estuvieron todos. Ellos y ellas. Y lo seguimos estando.
    En el empeño de su rigor, Yolanda lamenta no haber podido hallar un artículo de José Antonio Dávila, publicado, según Julia, en la revista “América” y en “Alma Latina”. Ignoramos si se publicó o no en “América”, pero sabemos que sí en “Alma Latina”. En la versión que conocemos, incluida en el volumen “Prosa”, edición de la Sociedad de Autores Puertorriqueños de 1971, José Antonio da cuenta de haber escrito en el 1939 un artículo sobre “Canción de la verdad sencilla” de Julia, de ese mismo año, que se extravió en la redacción de uno de nuestros diarios, según dice. En el 1941 lo reconstruye, y gracias a eso podemos conocer cómo valora el famoso poeta bayamonés la poesía de Julia de Burgos. Traemos el caso a propósito porque pone en evidencia ese deslumbramiento en un texto generalmente olvidado por la crítica.
    Bellísimo e iluminador es este texto de José Antonio. Comienza apuntando que el libro de Julia, aunque tiene mucho de verdad, no tiene casi nada de canción y ninguna sencillez, Verdad, canción y sencillez son los elementos que sustentan el título, nos dice. A su juicio, es “uno de los libros más consistentemente abstractos e intuitivos que tiene el verso universal”, cito, “y uno de los más armónicos con la esfera, adelantado a la velocidad con que se mueven nuestros estados mentales”. Añade, ahí mismo, esta curiosa observación: “Se queda uno a veces –dice– un
poco rezagado al seguir las imágenes. La velocidad es en ellas, lo que el tiempo es en la primera teoría de la relatividad einsteniana: una cuarta dimensión” (166). Dávila queda asombrado ante lo que llama “el milagro de la imagen”, intentando esclarecer la naturaleza de sus metáforas surrealistas. En “el mundo que se ha creado Julia”, dice José Antonio, “el cuerpo sube al celeste aposento del espíritu”, de modo que –añade luego– “se deriva la sensación de que si Julia se le quedara mirando fijamente a una cebolla de Bermuda, sería muy capaz de transformarla en una rosa de Jericó” (169). Concluye Dávila lo siguiente: “Será ella una de las grandes iluminadas, en la más biológica, la más antigua, y la más respetable de las experiencias humanas” (170). Y que conste que José Antonio, entonces, vivía aislado y agobiado por la tuberculosis.
    Como se ve, Julia pasó como una estrella por dondequiera que fue mientras vivió dentro del contexto del mundo caribeño. Como ocurrió en Puerto Rico, ocurrió en Cuba. Juan Bosch, ex presidente de la República Domicana, Juan Marinello, Raúl Roa, Nicolás Guillén. Incluso el Nóbel chileno Pablo Neruda, y muchos más. Si se tiene en cuenta que esos libros de Julia fueron escritos por una joven de entre 24 y 27 años de edad, mujer mulata, nacida en un hogar rural empobrecido, el asombro camina sobre una cuerda floja. Camina.
    El asunto de sus amores con Juan Isidro Jimenes Grullón es otro de los aspectos preferidos en los novelones, pues algunos críticos y biógrafos han querido adjudicarle al rompimiento entre ellos el final trágico de Julia de Burgos. Fue Julia quien, por el contrario, rompió con Juan Isidro. Una lectura atenta a los trozos de sus cartas publicadas en el libro de Yvette Jiménez de Báez –“Julia de Burgos. Vida y poesía”, de 1966– debió bastar para despejar desde entonces  esas inferencias. La lectura de las “Cartas a Consuelo” confirman sin lugar a duda el aserto. Julia rompió con Juan Isidro, y no al revés. Lo hizo a pesar del amor, movida por la dignidad. Jimenes, tras el divorcio, desprovisto de esa excusa, se negó a formalizar su relación sentimental con Julia... mientras vivieran sus padres. De modo que, tanto por negarse, después del divorcio, a poner a Julia en la posición que le correspondía, como por la pretención de celar y reducir a la vida doméstica a una mujer rebelde, un ser humano excepcional que ya había aportado, aportaba, y aspiraba a aportar aun más a un destino más justo para la humanidad, la determinación de Julia era final y firme. Así consta en las cartas a Consuelo escritas en el momento mismo de los sucesos. Yolanda aporta el dato de que Julia aparece matriculada nuevamente en la Universidad de La Habana tras el suceso. De modo que es indudable que Julia pretendía continuar su vida. Eso intentó hacer en el ambiento inhóspito, poco hospitalario para una mujer divorciada, mestiza y pobre, de Nueva York.     
    “El mar y tú”, ese libro póstumo que Julia escribe en Cuba, nació enraizado en su amor vivo por Juan Isidro. Pero ya incluía a principios de 1941 un grupo de “poemas torturados y trágicos”, le dice Julia a su hermana Consuelo. Esos poemas recogen seguramente la experiencia de las dificultades y tropiezos ya emergentes, en su relación con Juan Isidro. Quizás por los periodos en los que él la dejaba sola para ir a dar conferencias por regiones de Cuba, pero también, muy seguramente, por las crisis ocasionadas por los celos de él, por su empeño de disfrazarla de mujer “puritana”, por su afán de mantener encerrado lo que nació viento, y por la indecisión de un hombre débil, incapaz de resolver con dignidad y valor su situación de pareja con Julia. Pienso, creo, que su decisión de posponer, ¡por más de diez años!, la publicación de “El mar y tú”, para terminar y publicar antes “Campo”, libro de poemas de tema social y proletario que ya nada debe al mar ni al río, obedece, en parte, al despego, quizás herido aun, quizás defraudado, de algo que quería dejar atrás, abandonado. Quizás por eso “El mar y tú” resultó ser a la larga, un libro póstumo. V

    Quizás –nuevamente sea dicho– sea correcta, esencialmente, la interpretación de la exégesis de Ivette López Jiménez, recogida por Yolanda, sobre el tema del silencio en la “Canción de la verdad sencilla”. “En ti me he silenciado”, dice Julia. En efecto, este repetido silencio, este callarse, bien puede obedecer no solo al silencio autoimpuesto o impuesto a la mujer en el mundo de los hombres, sino también a las circunstancias políticas de mordaza, de persecución, tanto de nacionalistas como de comunistas en un país en guerra y de un imperio colonial que aun hoy nos aplasta y amordaza. Sabemos que Julia tenía carpeta en el FBI, y que era vigilada, y que le traducían sus poemas.
    Pero aun cabría pensar que ese silencio pudiera responder a otros motivos. Quizás, la intención de reducir, no presionar, las circunstancias tirantes de una relación próxima al naufragio. Pero ni una ni la otra explicación concuerdan, en mi opinión, con el tan señalado carácter rebelde, la irrenunciable dignidad de una mujer que se lanza a la vida con la tea en la mano.
    “En ti me he silenciado”, dice el verso, con sublime armonía. Con la más sublime entrega.  Y es que me seduce otra interpretación plausible. Quizás en varias ocasiones el silencio pudo ser provocado por una situación de éxtasis, esa del amor cuando deviene divino, extasiado, el “quedéme y olvidéme entre las azucenas olvidado” que decía Juan de la Cruz, pero en sentido humano. Quizás, sencillamente, una sensación de plenitud que solo el amor puede producir. ¿Quién no lo sabe?

    Termino estas palabras citando a Yolanda: “Su obra posee –nos dice– lo que le pertenece por entero, lo realmente imperecedero, la condición de la perennidad en la memoria del arte y del mejoramiento humano de savia puertorriqueña, caribeña y latinoamericana, y también martiana. Entonces es válido decir que, desde este punto de vista, no cuentan los que han cuestionado sus rumbos de vida y letras que –si no han quedado– quedarán en el camino” (190).      
    En el epígrafe del libro, dicho ahora aquí como sentencia final, Yolanda coloca estos versos de Julia:    
        “No vengo del naufragio que es ronda de los débiles:
        mi conciencia robusta nada en luz de infinito”.
    Gracias infinitas, Yolanda, por este beso de hermanos.


Marcos 
Reyes Dávila
¡Albizu seas!

martes, 24 de mayo de 2016

Pereira Propone la Renuncia del Gobierno como hizo Hostos en el 1900



Eugenio María de HOSTOS
le Propuso a la Cámara de Delegados en el 1900
lo mismo que el Senador Miguel Pereira propone hoy
respecto de la Junta Fiscal:
 

La RENUNCIA DE TODOS 
como respuesta de Dignidad
ante la Ley COLONIAL Foraker
.








https://audioboom.com/boos/4602805-senador-aboga-por-renuncia-masiva-de-legisladores-si-se-confirma-llegada-de-junta-de-control-fiscal-federal-a-la-isla

domingo, 22 de mayo de 2016

Los cuentos de mis barbas



Los cuentos de mis barbas

                  “Rip van Winkle”, Washington Irving

                   “Me he dormido con un cuento...
                     Y me he despertado con un sueño”
                                                        León Felipe

Esta mañana un colibrí
se asomó por la ventana
y se posó sobre mis barbas
Soñaba un cuento
anidado entre palabras
O quizás
simplemente
despertaba en el azul

Traía ensartados en su pico
los duendes de los bosques
y el desamparo del zapatero
que mató
siete de un golpe
Y a bordo de un antílope
traía el retrato
de la voz del horizonte

En cada día
había ochenta mundos
una muchedumbre de historias
que caen como hojas
de los cielos
y un teatro de luz
en el obstinado pincel
del aguacero

Esta mañana un colibrí
se posó sobre mis barbas
Allí alborean lentamente
los desvelados cuentos de la Alhambra
las princesas tristes del estanque
las margaritas del mar
y el aroma de arrayán y de azahar
que aún sube derechito hasta el alma

Con los trenes descarriados
la caravana siempre pasa

con su faquir
su conde Arnaldo
el Garcilaso



que apellidó la piedra cansada
el flautista y la campana

Muchos otean solo príncipes
Pocos el verdadero
acecho de los lobos
o los pechos desalmados
Quizás fui yo
quien durmió
por veinte años.


Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!


viernes, 13 de mayo de 2016

El Tribunal Supremo de Brasil y el Golpe de Estado



Foto de Marcos Reyes Dávila.

E
TRIBUNAL 
SUPREMO 
DE 
BRASIL 
COOPERÓ, 
y FUE PARTE DE, 

POR OMISIÓN YYYYY COMISIÓN, 

en el GOLPE DE ESTADO.
 No hay Vergüenza más Grande, 

para un TRIBUNAL SUPREMO, 

que ser parte de un GOLPE DE ESTADO, 

que es la Violación MÁS GRANDE 
AL ORDENAMIENTO CONSTITUCIONAL. 

Su Acción Debería ser IMPUGNADA 
por los Organismos IINTERNACIONALES de Justicia.

Marcos
Reyes Dávila
¡Albizu seas!

miércoles, 4 de mayo de 2016

El Festival de Poesía de Lima - FIPLIMA 2016




El festival de poesía de Lima: 
la poesía en el viento
 
Sí. Los pájaros cantan quechua. O en Lima, por lo menos.
    Es que del 13 al 16 de abril de 2016 se celebró el Tercer Festival Internacional de Poesía de Lima (FIPLIMA). El mismo contó con 105 poetas de 30 países –incluyendo Perú. En veinte sedes, con ingreso libre, se ofrecieron 27 recitales, diez actividades, principalmente musicales, y cinco talleres. ¿El lema?: “Todo lo imaginable es posible”, bien cumplido.
    El FIPLIMA es un magno acontecimiento cuya idea original y dirección principal es de Renato Sandoval, de la Editorial Nido de Cuervos, con la coordinación de Roxana Peramás, con Javier Llaxacondor como gerente y una batallón de colaboradores.
    Invitados por Puerto Rico estuvimos presentes Mayrim Cruz Bernal y quien escribe estas líneas. Estuvieron presentes, además, poetas de la más connotada reputación como los candidatos al Nóbel, Cees Nooteboom, de los Países Bajos, y el ruso Yevgeny Yevtushenko, a quien conocimos hace poco más de 40 años cuando visitó la Universidad de Puerto Rico. Lo saludamos, recordó esa visita, y sin mediar palabra preguntó qué íbamos a hacer con la crisis que vivimos. Yevtushenko estaba al tanto de la penosa coyuntura de Puerto Rico.
    Junto con estos, una orquesta de representantes de Argentina, Austria, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, China, Colombia, Ecuador, EEUU, España, Estonia, Finlandia, Irak, Israel, Italia, Luxemburgo, Marruecos, México, Nicaragua, Paraguay, República Dominicana, Suecia, Suiza, Uruguay y Venezuela. Los poetas peruanos, como es de esperar, encabezados por Leoncio Bueno, constituyeron la delegación más numerosa.
    Al respecto de la participación en las actividades principales, esto es,
apertura y clausura, hubo un total de 48 turnos, pero participaron solo 22 países, pues de algunos de estos se presentaron varios representantes. El grupo mayor –Perú, y fuera de ellos, claro–  fue de Argentina, con cinco turnos, y EEUU con cuatro. Muchos países, pues, no fueron incluidos ni en la una ni en la otra, incluyendo a Puerto Rico. (Lloro por eso.)
    La apertura se celebró en un parque-auditorio, acompañado con la música andina de Manuelcho Prado. Con música también, y nada menos que con la salsa de sabor cubano-puertorriqueña de Marco Campos, y del español Paco Ibañez, fue la clausura, esta vez en un auditorio grande, cerrado.
    Los organizadores incluyeron, como quedó dicho, espacios abiertos –parques y plazas– y espacios cerrados, como el muy interesante anfiteatro del “Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social”, dedicado a la crisis que hubo en Perú con motivo de la guerra de guerrillas de los años 80. Algunos espacios iban dirigidos a un público más instruido, como centros culturales, institutos y universidades, y otros a la comunidad en general.
    Los poetas de países de habla no española, leyeron generalmente en sus vernáculos, ya fuera el estoniano, el italiano, el árabe o el hebreo, como ejemplos, aunque algunos lo hicieran en inglés.  Los poemas de este grupo eran traducidos al español. La suiza-brasileña Prisca Agustoni, y el ruso, Yevtushenko –que escribe a veces en español–, en español leyeron.

    De lengua española, como era de esperar, estuvo el tronco más grueso, y de este, la rama más robusta, la peruana, naturalmente, encabezada por Leoncio Bueno. Desde España, se presentaron poetas como Rafael Soler y Beatriz Russo, y hasta la Patagonia suramericana, con poetas tan conocidos como Leopoldo Teuco Castilla, de Argentina y Juan Cameron de Chile. Ni Uruguay, ni Paraguay, ni Bolivia estuvieron ausentes. De estos países participaron los hermanos poetas, respectivamente,  Roberto Fernández, Fernando Pistilli –con quien hemos compartido muchas veces, desde Chile a Puerto Rico–  y Gabriel Chávez –también presente en el Festival de Puerto Rico. En el norte, pasando por Ecuador, hubo además representantes de Colombia y Venezuela, de Dominicana y México, naturalmente. La ausencia más notable fue la de Cuba y Centro América, a excepción de Francisco de Asís de Nicaragua. En realidad, aunque se intentara, no todo es posible.
    La poesía brilló por su excelencia. Hubo una variedad de formas estéticas, tonos y temas. Aunque estuvimos presente en un número pequeño de las lecturas, por lo que observamos, predominó una poesía que se expresaba en tono menor, inicialmente descriptiva o reflexiva, y que terminaba con un giro sorpresivo. La visión de las cosas encubría o remontaba alguna ironía o una extrañeza, un desacomodo o una distancia que pudiera dirigirse a un desconcierto o una imagen audaz, y al final un hallazgo feliz en términos de nostalgia o encantación. En general era una poesía próxima a lo expositivo, alguna vez argumentativa, de un lirismo asordinado, en forma de coloquiales y poco dada a ritmos tradicionales. Estas parecen ser las modalidades prevalecientes en estos tiempos. En algún caso, no obstante, el performance, el espectáculo de gestos y música. En otro, la presencia dominante del humor, del franco humor como motivo del poema, y con barniz erótico, como lo hizo el colombiano Jotamario Arbeláez . Algunas veces los asuntos se referían a eventos de naturaleza dramática o herida. Pocas veces se recurrió una lectura impetuosa y a caballo, es decir, desenfrenada y de alta voz . Las sorpresas no faltaron, motivos de ruidosos aplausos como la poesía solidaria, apelativa y entusiasta de Jack Hirschman. La obra de todos los participantes quedó registrada en una voluminosa antología recogida en la revista-libro FÓRNIX.
    La sede del evento fue en un hotel de rico acomodo con cenas de chef, manteles blancos y mucho vino, en San Isidro y frente al parque de los olivos, lleno de aves azules y colibríes rojos. El embajador de Holanda nos recibió con un coctel y música gentil. La prensa cubrió muy bien las actividades, con notas diarias y entrevistas, algunas de radio y televisión.
    Durante tres días espléndidos, la poesía quedó prendada de las calles de Lima. Bajó por toda ella suavemente y amplia, como la célebre garúa. Los
organizadores colgaron de cables, en hojas de papel, poemas de los poetas participantes y de otros, para ser leídas por todos y para llevar la voz montada en el viento.  Y todo así como dice Yevtushenko: “más o menos”






Marcos 
Reyes Dávila
¡Albizu seas!  

Publicado en 80 GRADOS 6 de mayo de 2016:
http://www.80grados.net/festival-internacional-de-poesia-todo-lo-imaginable-es-posible/

sábado, 27 de febrero de 2016

Hablan quechua los pájaros


Hablan quechua los pájaros
(Runa chucchu, es decir, con la gente en el pecho)  

         Para el aliento de piedra de un renato de sándalo
 


El Cusco
no tiene apuros

ni Lima
la piel de seda
Es vida que se levanta
    con sol de agua
        con sol de piedra


Los pájaros cantan quechua
en la ola de los cerros
Y en la morada del hambre
alhaja de alas
palomas blancas
                  
Las torrecillas de piedra
las brujas a son de quena
hacen de pizarro arena
coca de sangre

boca de estambre          

El tiempo es flor de arena
caricia dura
en la garúa
Y en los penachos del cóndor
las letras de oro
cántaros rotos  
          
En las ciudades de plata
la sangre arcana
cantera de almas
van enredados en quipus
templo del agua
luna de alpaca

En las campanas del Cusco
susuros duros
lamentos puros
deletrea en cada pecho
del Titicaca
pradera de agua


Por el espacio sin tiempo
puente de piedra
gema de sedas        
va Renato va Vallejo
como va un verso en
cuadros de Rembrandt.


El Cusco no tiene apuros
ni Lima la piel de seda.
Son pueblos
de mar y sierra
que van cantando
por la vereda. 
Marcos
Reyes Dávila
¡Albizu seas!

sábado, 13 de febrero de 2016

En busca de Francisco Matos Paoli



Francisco Matos Paoli: 
candor y fuego


Francisco Matos Paoli fue, quizás, el poeta puertorriqueño que más vivió imbuido de poesía. Suya la consagración de un oráculo y demiurgo de la poesía. Otros grandes poetas dedicados en cuerpo y alma al oficio del verso hemos tenido, como Evaristo Ribera Chevremont. Pero don Paco vivió desde la adolescencia en un coto de encantamiento del que apenas salió, pues lo llevaba consigo. Era, más que su sombra, puro halo.
    Yo conocí a don Paco desde los 19 años, aproximadamente. El Bachillerato en Estudios Generales requería la presentación de una tesina para otorgar el grado universitario, y recurrí a don Paco para que me auxiliara. Desde entonces, y hablo de 1971, lo visité con frecuencia. Durante mi residencia en México, a donde me llevó el afán de realizar estudios posgraduados en la UNAM, nos escribimos con muchísima frecuencia. Don Paco era un comunicador incansable y generoso.  Todo libro que le obsequiaban recibía de vuelta una reseña suya. Su día a día era leer una pila de libros en un sillón de madera en el balcón del segundo piso de su casa. Allí escribía en libretas sus poemas diarios que doña Isabelita le pasaba a máquina.
    En esas numerosas visitas y conversaciones lo oí quejarse con frecuencia de que los poetas jóvenes lo rechazaban por su devoción cristiana, su predilección por la Virgen, y su inclinación espiritista al misticismo. Entendí que se refería a los entonces jóvenes poetas del sesenta, dueños entonces del circo de los equilibrios y desequilibrios literarios, y portavoces de una poesía comprometida y militante. Curiosamente un par de ellos se habían casado con sus hijas y le habían dado nietos.
    La Revista “Guajana” publicó varios números en homenaje a poetas puertorriqueños. Julia de Burgos fue uno de esos poetas, así como Palés Matos, Margenat y Llorens Torres, entre otros. Es cierto que nunca publicaron un número en homenaje a don Paco, pero tampoco publicaron nunca un número en homenaje a Juan Antonio Corretjer, entonces el decano de la poesía comprometida y militante en Puerto Rico.
    Don Paco tuvo una época, en la década del cuarenta principalmente, en la que predominó en su quehacer una poesía que se catalogó repetidamente como hermética, en función de su predilección de entonces por el simbolismo francés y la poesía de Mallarmé. Posteriormente vino la represión política contra el nacionalismo y don Paco fue condenado por violar la “ley de la mordaza”, es decir, pronunciar cinco discursos en la tribuna nacionalista. La prisión lo enloqueció. Aunque sufrió pocos años de prisión, los efectos en su espíritu se prolongaron. Entonces nació de la locura un canto iluminado, destilado de candor lírico. Mas ni siquiera entonces don Paco perdió el norte telúrico con que nació al mundo y a la poesía. En el centro de su “Canto a la locura” sigue afincado “Don Pedro, el Dirigente”.
    Aun adolescente, Matos Paoli da a estampa libros de temas labriegos. Su amor a la tierra patria lo encarrilará en su devoción inquebrantable por la figura maestra de Pedro Albizu Campos, líder del nacionalismo. Mágicos, audaces y sobrecogedores son sus libros “Canto a Puerto Rico”, “Luz de los héroes”, “Canto nacional a Puerto Rico”. Aún en su época postrera, en los años noventa, la figura de Betances y, desde luego, la eterna de Albizu, lo hará estremecer.
    Recuerdo que estando en la Universidad de Puerto Rico en Humacao por esos años de los noventa, un empleado vino a mostrarle unas décimas que había escrito en honor a Albizu, alusivas a “el valor y el sacrificio”, tema predilecto del albizuismo. Don Paco se puso de pie,cuando el otro terminó su lectura, y comenzó a improvisar una glosa de varias décimas en respuesta. Como hiciera siempre en sus discursos, su inicio fue lento, como quien agarra energía de los lados, pero poco a poco se enaltece, y vibró terminando en un acelerado estremecimiento como una antena que fuera a quebrarse.
     Durante décadas, las últimas décadas de sus 85 años, se esforzó por desprenderse del hermetismo en un afán de acercarse y abrazar con su palabra a todos. Incluso se nota un desplazamiento de lo meramente nacionalista hacia el socialismo revolucionario con el que creyó no poder comulgar nunca plenamente, pues concebía al socialismo como ateo. No es extraño hallar en sus diez “cancioneros” de los años setenta, compuestos cada uno por 150 sonetos, y en los posteriores diez libros de “antisonetos” de los ochenta, poemas de tema social y político, contra la corrupción y los esbirros, contra el imperialismo y la colonia, la oda al obrero y la utopía redentora. No es extraño hallar en casi todos sus libros poéticos –más de 250– la temática social, el tono de denuncia o de censura, la diatriba amarga y fuerte.
    Para el crítico que pretende estudiar la poesía de don Paco la tarea es titánica, pero nunca ingrata. Luis de Arrigoitia editó en el 2006 una antología –“Raíz y ala”– de la obra poética de don Paco, pero se limitó a la obra publicada. Aún así, le salió la antología en dos tomos y casi mil páginas.
    Por carecer del abundante tiempo para hacer una tarea meritoria y justa indagando sobre el terreno, me concentré en un libro que por fortuna se editó en el 1997. En esa fecha doña Isabelita, su esposa y cómplice, seleccionó más de 100 poemas de Don Paco para componer un volumen poético que tituló “Verbo proletario”. Don Paco dio de este modo muestra inequívoca de una inclinación constante por el tema del obrero. No faltan ni las atribuciones que hace de su propio padre como campesino y proletario. Tampoco la visión del poeta como un obrero. De hecho, en la contratapa del libro dice el propio Matos Paoli lo siguiente:
    “La antología poética Verbo proletario, cuya determinante es la exaltación del trabajo manual en el obrero, se realiza hoy en día a base de la gestión hecha por Isabel Freire, mi esposa, que se inquietó maravillosamente por el tema y luego fue seleccionando de mi obra poética cien utilidades rítmicas. Se ha querido expresar no solamente el fervor del mundo, sino también la vivencia creadora del poeta-obrero que soy yo.
    “Íntimamente entrelazada a un cúmulo de experiencias vitales de primer orden, esta poesía busca la identificación del trabajo explotado para llamar la atención a los capitalistas. Deben entender la urgente necesidad de aclamar al obrero y elevarlo a la categoría justa que se merece como ente civilizador.
    “Tengo que hacer un reclamo público por medio del cual identifiquemos el arte poético como una trasmutación de la justicia social. Al mismo tiempo quiero hacer posible otra identificación que merece reconocimiento por nuestra parte: el hecho tácito de que no hay diferencia alguna entre el trabajo manual y la dedicación perenne del poeta a traer luz de los mundos imposibles”.
    De esta manera Matos Paoli reivindica en la misma plaza de la revolución proletaria su fervor cristiano y espiritual. No ve contradicción entre la fe y el compromiso patriótico y humano que aboga por la redención de los humildes explotados. A pesar de sus rencillas agridulces con los nerudeanos, suya es también la convicción de que la poesía nunca debe “cantar en vano”.
    Curiosamente este libro sale a la luz en el 1997. Para esa fecha la generación de poetas comprometidos y militantes había evolucionado significativamente desde las posturas más intransigentes de la juventud. Pero el 1997 no es la fecha de composición de los poemas. Como se ha dicho, es una selección hecha de libros publicados e inéditos, a partir del inicial “Cardo labriego” de 1937. Sin embargo, de los 49 libros representados, treinta estaban entonces inéditos.
    La poesía proletaria de don Paco se congrega en diferentes formas, a veces las clásicas, a veces el verso libre. La noción de la explotación de que es víctima el obrero en la sociedad capitalista es una constante. De ahí la imperiosidad de las redenciones y la demanda de revolución. Con ello va de la mano la noción de patria esclava de tiranos. Don Paco reivindica conceptos caros al marxismo como el poder creador del trabajo, la plusvalía y la enajenación; caros a la poesía como la imagen del sudor; caros al humanismo socialista como la hermandad de la clase que comparte como camaradas. La mujer proletaria está presente, así como la evocación martiana que alude a la solidaridad “con los pobres de la tierra”. Piquetean en estos versos términos rituales en este tipo de poesía como pan, masa, nuevo hombre y nueva mujer, himno al trabajo, el látigo del campesino, las trabajadoras domésticas, la denuncia del capitalismo, la noción de clase, la idea de que el obrero transforma el mundo, y, naturalmente , un “Cristo proletario”.
         Me consta la enorme simpatía que sentía don Paco tanto por las luchas patrióticas como por las luchas de clase. No era extraño verlo un marchas multitudinarias convocadas en defensa de la patria o en defensa de los derechos de los trabajadores. Su misma queja de abandono expresada hacia el sector más radical y comprometido es evidencia de que en su fuero íntimo don Paco no consideraba incompatible su espiritualidad religiosa y la causa social. Grabadas como estigmas en las palmas de sus manos estuvieron siempre ambas señas de identidad. Eran las semillas heroicas de su tierra natal: las semillas de Lares.


Marcos
Reyes Dávila
¡Albizu seas!
 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Presentación de EXÉGESIS 76-78: Las Actas del Simposio a JULIA








Presentación

En primer lugar,  el Simposio, cuya memoria se retiene en estas Actas, tuvo una asistencia récord en nuestro recinto. Varios miles de personas figuran en los registros de asistencia. Fue, además, un simposio que se vertió por cauces múltiples. Acogió la música de Zoraida y el arte teatral de Idalia; acogimos al artista plástico español, José María Sánchez-Darro, a sugerencia de María Consuelo, a quien nosotros invitamos a montar acá las piezas de su exposición de Granada, exposición que le permitió al Museo Casa Roig despertar de un largo letargo. Acogió, acogimos, en sesiones concurrentes y en tres espacios diferentes, alrededor de 40 ponencias, más el beneficio, generoso como un sueño, de la pintura de Dennis Mario y la de Rafy Trelles.

    Aunque fuera imposible, las Actas que presentamos han pretendido englobarlo todo. Ofrecen, esa mirada de 360 grados, de lo que en verdad fue ese Simposio que, vertido por diferentes caminos, ninguno de nosotros podía, ni pudo, apreciar completo. Pero las Actas también nos permiten evocar muchas de las actividades realizadas con motivo del Centenario, en todo Puerto Rico, y fuera de Puerto Rico, tal como intentamos hacer con la proyección, sin pausa, en la pantalla del teatro. La sola presentación, en ausencia por cierto, del libro de las “Cartas a Consuelo”, que no pudieron llegar a tiempo, fue a pesar de eso, uno de los momentos sublimes de la actividad, pues realizada por  “las burgos”, idea también concebida por, y debida a,  María Consuelo, reunió en un haz luminoso la experiencia secreta e inédita de toda una familia. Estoy seguro de que esa presentación, aun con la ausencia del libro, resultó no solo brillante, sino que estimuló marcadamente el interés en el libro.

    En segundo lugar: El libro-revista que presentamos es un híbrido. Mitad libro, mitad revista. Libro, con señas de revista porque revista debía ser una tirada de EXÉGESIS. Revista, con revestimiento de libro porque así nos lo pidió Mercedes López Baralt y otras queridas personas. Libro, mas no un libro lujoso. Porque ni el país, ni la Universidad pueden permitirse ese gasto, como sabemos todos. Pero Sí puedo afirmar que es un libro digno, cuya grandeza emana, más que de su edición, del contenido que ustedes aportaron.

    Creo que es perentorio subrayar, en tercer lugar, que esta edición, triple, de la revista EXÉGESIS, coincide con el trígesimo aniversario de su fundación. Hace tres décadas... en el 1986, 1996, 2006, 2016...  Una revista de la facultad que ya no estaba dirigida a la promoción institucional, ni se reducía tampoco a rincón de biblioteca. Una revista que pretendía algo más que cumplir con un requisito para la acreditación. Un vehículo vivo, y palpitante, de publicaciones académicas, abierto a toda la facultad, que podía entrar en un diálogo digno con los académicos, intelectuales y artistas de todo el planeta, y que tenía, tuvo, algo de relincho y de campana.

    Creo que EXÉGESIS cumplió su tarea. Durante más de dos décadas EXÉGESIS fue, no solo la bandera institucional, sino modelo de otras revistas del sistema. Uno de los cinco simposios organizados por nosotros dio abrigo a, y abrió espacio de diálogo con, todas, TODAS las revistas culturales y académicas, fueran tiradas en papel o cibernéticas, y abarcó un horizonte mayor que el sistema universitario público, e incluso del país.  EXÉGESIS también fue, dentro del sistema de la Universidad de Puerto Rico, la que abrió la puerta para una tirada combinada en papel y en internet. EXÉGESIS hizo ediciones combinadas con instituciones culturales de otros países de Nuestra América, como Paraguay, Cuba, España, Chile y Centro América. EXÉGESIS ha publicado, contra viento y marea, en un recinto pequeño, 78 números en 30 años.

    EXÉGESIS fue una revista que no temió defender algunas causas y principios, ardientemente, como no lo ha hecho ninguna otra revista académica de la UPR. EXÉGESIS no tuvo reparo en defender nuestro español vernáculo, el idioma de nuestros abuelos; EXÉGESIS no tuvo miedo de defender la causa del pueblo de Vieques; EXÉGESIS tuvo el valor de abogar por  nuestros presos políticos; EXÉGESIS clamó por el Instituto de Estudios Hostosianos, entre otras cosas.



     En el cuerpo editor fundador ya estuvo quien escribe, recién nombrado apenas para ocupar una plaza en este recinto. Y aquí estoy todavía, mitad fósil y mitad prehistoria, mas con un pie en el estribo para la jubilación. Creo que cabe decir, sin alocada hipérbole, que llevo a EXÉGESIS en mi sangre. Y EXÉGESIS lleva la mía.

    Para terminar, me abruma entrever que, como una de esas sublimes coincidencias que parecen destino, el trigésimo aniversario de EXÉGESIS se ha fundido con el centenario de Julia. Quizás a nuestra gestión, al frente de esta revista, le esperaba, al final del camino, este encuentro sublime con Julia de Burgos. Hablo de los tres años que llevo francamente anclado, en su memoria.  Pero pienso ahora, además, aunque quizás sea un delirio, que acaso estábamos todos, en la Junta Editora de EXÉGESIS, ungidos, sin saberlo, en la sangre de Julia de Burgos. Hablo... de la Julia rebelde y amante.  Hablo... de una pasión perdidiza. Hablo... de ese ruiseñor que quiso ser pitirre. Hablo... de morir en la eternidad de la palabra. Porque, a diferencia de esa palabra luz, que se apaga con un click, la palabra impresa que se nutre del humus humano, es, como lo aprendí de niño, cómplice secreto de lo perenne. Ese es el linaje, constelado, de Julia de Burgos.

(El presente texto es parte de la Presentación del número.)

Marcos
Reyes Dávila
Director de EXÉGESIS y
Coordinador y Editor del Simposio

viernes, 15 de enero de 2016

Un enigma en la biografía de Hostos


Un enigma 
en la biografía de HOSTOS:
el héroe de los tiempos que no han sido

 
 

Este once enero, cuando me preparaba para asistir a la develación del busto y la plaza de Eugenio María de Hostos ubicada en la Universidad de Puerto Rico en Humacao (UPRH), me sentía ungido por el “espíritu del once de enero” del que escribí hace unos días. Súbitamente germinó en mi mente una nueva mirada. Me refiero a la manera de abordar o de enfocar uno de los enigmas, cruciales para mí, de la vida del mayagüezano.   
    Los enigmas y las lagunas abundan en la biografía de Hostos. Las producen, entre otros factores, el carácter incompleto que tiene la recopilación de la obra de Hostos, mutilada tras la supresión del Instituto de Estudios Hostosianos en UPR-Río Piedras hace unos años,  y esa dificultad de comprender al genio que padecemos los que no lo somos, que somos tantos. (Sobre esto último, me refiero a eso que se le ha achacado al autor de “Las conversaciones con Goethe”, Eckermann.) De ahí que escribir la biografía de Hostos sea una aventura y un riesgo inmensos que pocos han intentado. Dos de ellos (Pedreira y Bosch) alrededor del año del centenario, cuando se recopilaban sus textos. Otro, muchos años más tarde: Carlos Noriega. Aún así, con la aventura y con riesgo, me quisiera intentar escribir otra biografía tan pronto me retire de la UPR-Humacao, lo que será muy pronto.
    El enigma al que me refiero al inicio de estas letras es solo mío. Así me ocurrió antes con otros enigmas. Por ejemplo, con aquella afirmación que era tópico común, es decir, repetido a la saciedad y nunca cuestionado, sobre la alegada “renuncia de Hostos a la literatura” que propagó Adelaida Lugo con su tesis doctoral. No me resultaba compatible esa afirmación al observar los 21 volúmenes de las obras (in)completas. Fue Alfonso Reyes, a través de Retamar, quienes me hicieron comprender el carácter fundamentalmente ancilar de la literatura hispanoamericana, concepto crucial para comprender a su vez la naturaleza ancilar, pero no menos literaria de gran parte de la obra escrita de Hostos. Después pude ver que esa ancilaridad no era una novedad ni una característica intrínseca o crónica de nuestra literatura, sino una que ha estado presente en muchas otras literaturas y en muy diversos tiempos. En el caso de Hostos es muy claro su aprecio por el arte y la literatura. Ahí está su “Hamlet”. Lo que ocurría es que Hostos consideraba un deber ineludible, sobre todo en países coloniales, la creación literaria dentro de los parámetros de la demanda y el ejercicio de la libertad. Imperativamente, había que construir países; había que construir patrias.
    Como me ocurrió con la supuesta renuncia a la literatura, me ocurrió, análogamente, con la afirmación recurrente del alegado “reformismo” del “joven Hostos”, revolucionario sin duda, en su etapa española, si tanto se habla de la Revolución Francesa, por ejemplo, por implicar un cambio de régimen, de la monarquía aristocrática por una parte, al republicanismo burgués subsiguiente.
    En esa lista de desavenencias podría también incluir muchos otros fenómenos. Por ejemplo, el alegado visto bueno de Hostos a la anexión a Estados Unidos ; o la deuda de Martí a Hostos en cuanto este anticipó a Martí en su descripción de lo que es Nuestra América; o el hecho mismo de que Martí leía y sabía de Hostos desde los 16 años, pues lo publicó en “La Patria Libre” en 1869, y aquí nadie lo mencionaba ni consideraba en las comparaciones entre uno y otro; o la conciencia de la supervivencia de la colonia en los países independientes de nuestra América; o la idea de que la libertad es mayor que la independencia, y de que aquella le sigue a esta; o la presencia central de la necesidad de la unidad antillana desde 1863, con “La peregrinación de Bayoán; o la presencia, en el joven Hostos, del convencimiento de la igualdad de los sexos, según se muestra en “La tela de araña”; o la defensa de la revolución e independencia de la República Dominicana oculta con un truco en “La peregrinación de Bayoán”, y tantos otros fenómenos de su predicar peregrino.    
    Todos los estudiosos de Hostos han repetido también, a la saciedad, la idea de que Hostos murió de “asfixia moral” ante la violencia que retornaba a la República Dominicana, país amado, y parte del cuerpo de la patria antillana que fue el centro gravitatorio de su pensamiento. En otras palabras, mas con ese sentido, lo expresó en las honras fúnebres Max Henríquez Ureña, pero fue Pedro Henríquez Ureña quien acuñó la frase.
    La frase tiene base sólida. En la última entrada de su célebre “Diario”, la del seis de agosto (Hostos murió el once), el mayagüezano se desdobla y habla con su propia sombra sobre “el fastidio de la vida”, e, incluso, menciona el “suicidio”. Bosch, tras referir la anécdota sobre ese Sócrates del que escribe Hostos en esas últimas páginas –el que bebió la cicuta, observa Bosch–, vincula su muerte con el fallido empeño de su vida, es decir, esa construcción de la libertad de las Antillas por la que tanto se afanó. Sin duda es un acierto del dominicano. Mas nada de esto hace impugnable la idea en aquel que aborreció su vida y deseo morirse al conocer del fin de la guerra de Cuba en el 1878.
    Desde principios de los años ochenta, desde que escribí el poema en seis partes “En la tumba de Eugenio María de Hostos” (publicado en 1984), y el discurso que leí ante su busto en el Recinto de Río Piedras el once de enero de 1986, “Hostos: las manos y la luz”, me disgusta esa interpretación de la muerte de Hostos, que he repetido muchas veces, porque no se ajusta a mi mirada del hombre que a lo largo de 64 años batalló incansablemente con numerosos enemigos, de diferentes formas, y reinventando su lucha una y otra vez.
    Se enfrentó a la monarquía española con ideas republicanas y federalistas desde la propaganda y las novelas; se enfrentó a los liberales españoles antimonárquicos para defender la libertad de las Antillas con discursos y francos aspavientos; se enfrentó al totalitarismo de los gobernantes españoles en las tres Antillas con las armas de la insurrección y el ardor de la batalla, organizando emigrados, desde la tribuna y con esa tenacidad con la que en la República Dominicana fundaba al otro día un diario con nuevo nombre cuando le cerraban otro; denunció la corrupción en Lima, y defendió a los cholos, y a los incas y los chinos; defendió la imparcialidad del futuro canal de Panamá, todavía sueño; defendió la mujer, la cultura y el derecho en Chile; defendió en Argentina la integración de la América Latina, al gaucho, al inmigrante, y destacó el beneficio de la integración suramericana través de ferrocarriles y de la creación mercado común que le permitiera a Nuestra América defenderse de los imperialismos que la acosaban,  y por Cuba se manifestó en las calles contra el mismo presidente Sarmiento; defendió a los negros esclavizados de Brasil; el derecho al conocimiento, la educación y la libertad en Venezuela y en todas partes; abogó por la creación de confederaciones y la unidad de toda la América nuestra.
    En Dominicana y en Chile utilizó la educación para crear el ejército de auxiliares que necesitaba para cambiar el rumbo de un continente amordazado aún por la herencia colonial. Regresó a Puerto Rico tras la invasión norteamericana para abogar por nuestra autodeterminación con las armas del derecho e instigando la sociedad civil. Regresó a la República Dominicana para reemprender y terminar su obra de libertad. Creó los fundamentos del saber, la teoría y la práctica de una variedad grande de disciplinas. También luchó incansablemente, toda su vida, consigo mismo, en busca del “hombre completo” que anheló ser y forjar en sus discípulos.
    De acuerdo con sus propias palabras, “quiso serlo todo a un mismo tiempo”: “sentir y pensar y querer en Colombia, en Perú, en Chile, en Argentina, como sintiera y pensara y quisiera el mejor de sus patriotas”. “Antillano por la América latina, latinoamericano por las Antillas (...), y además, ecuatoriano con los expatriados del Ecuador, boliviano con los patriotas perseguidos, paraguayo con el pueblo aniquilado”. “Indio con el indio maltratado,; chino con el chino esclavizado del Perú; huaso y roto con el roto y huaso que diezmaban las enfermedades de la Oroya; gaucho con el gaucho argentino mal apreciado...” Tan inmensa inmensa era su abnegación revolucionaria, que no dejó de trasladarse “mentalmente” a la época de la conquista en cualquier parte de América, para sentirse ¡“Bayoán, Caonabo. Hatuey, Guatimozón, Atahualpa, Colocolo”!             
    La peregrinación de Hostos no es, según vemos, la mera novela de un deicida. Es, además, ineludible y fatalmente la encarnación del mito de Sísifo. La epifanía de aquel condenado eternamente a subir una roca por una ladera empinada que volvía a caer, para volver a subirla una y otra vez. Los batallas, como se ve, se desarrollaron en áreas muy disímiles, como los enemigos que enfrentó: desde el imperio español en las Antillas, hasta el imperio americano que desataba su minotauro.
    Un detalle me salta a la vista: la continua mudanza de escenarios, la búsqueda incesante de modos de adelantar el deber de los deberes. “Serlo todo a un mismo tiempo.” Cada mudanza fija un cambio de rumbo. Cada mudanza ata un embarco con un desembarco.
    ¿Por qué se fue Hostos de España? Porque no pudo luchar dentro de ella
contra el imperio español. ¿Por qué se fue de Venezuela, país donde conoció a su amada Belinda? Porque un dictador quiso imponerle condiciones. ¿Por qué abandonó la  organización de la emigración antillana en Nueva York? Porque en ella dominaban los independentistas anexionistas. ¿Por qué abandona sus intentos con la lucha armada? Porque termina la guerra en Cuba y la posibilidad de adelantar esa lucha. ¿Por qué se retira en 1888 de la República Dominicana donde fundaba escuelas sin precedentes? Porque otro dictador le impidió continuar la tarea. ¿Por qué abandona la reforma educativa en Chile donde era rector de un liceo y profesor de Derecho en la Universidad de Santiago? Porque le fue más importante, le urgía sin poder contenerlo, intervenir en el destino de su patria natal tras la ocupación norteamericana. ¿Por qué abandona nuevamente a Puerto Rico? Porque no consiguió despertar el deseo de libertad en nuestro pueblo. ¿Por qué muere en la República Dominicana cuyo pueblo tanto lo quiso? A eso vamos.
    Ya se ha observado que la vida de Hostos parece haber estado predestinada desde que escribió “La peregrinación de Bayoán”. Que esa novela no solo contiene sus ideas revolucionarias –el germen iluminado de la libertad y la confederación de las Antillas–, sino que predice su vida. Y, en efecto, eso fue su vida: el pregón peregrino, la peregrinación de un deicida que perseguía incansablemente una utopía de redenciones humanas. Un continuo y necesario exilio en busca de una nueva y diferente forma de lucha, adecuándolas según el enemigo, el escenario y la época. Esa es la razón por la que varios estudiosos de la obra de Hostos han visto, en la vida que se forjó, su mayor obra.
    Pero es perentorio establecer que Hostos fue quizás, antes que nada, un espíritu creador y forjador. Ante la infinita pampa argentina lo conmovió la idea de que nacer americano era “recibir al nacer una beneficio” porque significaba la oportunidad de crear un mundo. Esa fue su actitud ante la vida, sin desvíos ni pausas. Así vivió: fundando y creando por doquier y en todo. Esta es una de las razones que explica algo que comprenden pocos: que Hostos se niegue en ocasiones a mirar o sentir a Puerto Rico como su patria. Y es que en Puerto Rico la colonia le veda la oportunidad de forjar vida y de vivir en libertad. (¿No es eso lo que le ocurrió a Betances?) En ese sentido Hostos puede sentir y entender a la República Dominicana como su patria, pues allí está fundando. Y su accionar incesante por toda América Latina le permite sentirla bolivarianamente como su patria grande. Es en este sentido que pudo decir a su paso por Brasil, respondiendo en la aduana, que no tenía patria: que estaba creándola. Y por eso mismo no quiso ser enterrado en Puerto Rico, mientras no fuera libre.
    Entonces, cuando se habla de la “asfixia moral” como la causa de su muerte, pienso, siento y creo que se enfoca el hecho por el lado negativo. Esa asfixia de la que se habla me huele a derrota, me apesta a tirar la toalla, a rendimiento. Yo no creo, nunca he creído, no lo he visto, a ese alegado Hostos que se rinde. Su muerte, por el contrario, la veo mejor, por el otro lado de la moneda, como el exilio de quien comprende que sus aspiraciones no tienen posibilidad de adelanto en el término de su vida, tal como le ocurrió a Alonso Quijano. Es el exilio de aquel que nos aconsejó ser pacientes y ardientes, porque lo importante –“el fin”– no es, según lo expresó claramente en su “Plácido”, disfrutar del día de la victoria, sino “contribuir” a que llegue el día. ¿Contribuyó Hostos? ¡Válgame que sí! ¡Y cuánto! Y en tantos frentes, con tanta obra, con un aliento e impulso que nunca acaba.
    La “sombra” que se cierne sobre él poco antes de su muerte solo da testimonio de su profundo amor luminoso por el pueblo dominicano. Pues solo un amor muy grande puede causar una angustia tan grande. Por eso, en agosto de 1903, Hostos debió recordar, agobiado por la violencia que estallaba en su país, aquella “lúgubre profecía” que por carta intercambió con su padre muchos años atrás.  Su padre le escribió con respecto a la agonía ardiente de su hijo aun joven lo siguiente:
        “Hijo, amaneciste muy temprano”.
En esas palabras Hostos se percató de que, en efecto, “cuanto más llego a donde debo, más temprano llego”. El huracán que azotaba, literal y metafóricamente a la República Dominicana justo en ese momento, bien pudo inclinarlo a recordar en el lecho donde yace estas viejas palabras suyas:
    “Héroe de los tiempos que no han sido, llegué a la revolución de las Antillas en 1863, cuando nadie se acordaba de ellas: llegué muy temprano. Héroe de los tiempos que no serán jamás, llegué aquí (Nueva York) en 1869 a buscar revolucionarios que no había...”
    Quizás la muerte de Hostos nunca debió ser objeto de esa impresionante “ofrenda lírica” que le ofreció doliente el pueblo dominicano. El Simposio que celebramos en Humacao con motivo del centenario de su muerte lo realizamos para “el Hostos vivo”, ese que es germen y semilla, que brota manantial y alecciona, ese que indica nuestro punto de partida y señala la ruta. Justamente por eso, entregamos la “Medalla de la Solidaridad Eugenio María de Hostos” al sufrido y luchador pueblo de Vieques. Y es que la muerte de Hostos se proyecta al porvenir. Es decir, a “los tiempos que no han sido”. La muerte de Hostos puede concebirse, y así debemos, como un nuevo exilio, pero esta vez hacia el porvenir, repito, hacia los hijos de estos suelos, de esa augusta herencia. Al morir, según lo siento y lo entiendo, Hostos destelló como la epifanía mencionada: la certidumbre de que se había convertido en el héroe de los tiempos que no han sido.

                                                     

Marcos Reyes Dávila, 
                                                         enero de 2016.
                                                          ¡Albizu seas!
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