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jueves, 25 de junio de 2026

Baldorioty vs. Betances

 



Baldorioty vs. Betances


                            A propósito del Tratado biográfico  de Roberto Ramos Perea sobre                                                                                                 Román Baldorioty de Castro.

Hace pocos meses (2024) Roberto Ramos Perea publicó un “tratado biográfico” sobre 


Román Baldorioty de Castro.  Vaya por delante estipular que se trata de una labor investigativa erudita y monumental, y que viene acompañada de otros tres volúmenes que recogen la obra escrita por Baldorioty, la publicada que conocíamos, y otros impresos inaccesibles hasta ahora, y, además, material inédito.

La presente nota no pretende ser una reseña de estas obras, sino tan sólo una expresión de desengaño sobre un solo aspecto. Tengo enfrente, para sosegarme en su contexto, la biografía de Ramón Emeterio Betances de Félix Ojeda Reyes (2018), y el extraordinario libro póstumo que nos legó: La protesta armada (2024), obra que sale casi a la par con la de Ramos Perea.

La crítica académica de las últimas décadas insiste, saludablemente, en la revisión y reevaluación de los juicios enunciados antaño sobre todos los temas a partir de los nuevos enfoques, descubrimientos, y métodos de análisis. Desde luego, ese examen permanente de lo que muchos califican como la narrativa repetitiva de un canon, es un factor medular en la comprensión de una realidad histórica en continuo desarrollo, plegada de alteridades, cauces efectivos y defectivos, posibilidades engarzadas y perdidas, lagunas y sombras. Pero eso no es lo mismo que el estudio que tiene como método argumentar para intentar demostrar premisas previamente adjudicadas. Así se hizo hace unas décadas con Hostos.

La publicación de obras como esta de Ramos Perea sobre Baldorioty de Castro es siempre una fortuna. Pero hubiese sido mejor si el autor no se hubiera valido, para enaltecer a Baldorioty de Castro, de reducir y descalificar parcialmente la obra de Ramón Emeterio Betances. Hacer un comentario breve al respecto de ella es el motivo de estas líneas.

Una de las columnas fundamentales en las que Ramos Perea se apoya es el uso de una argumentación dirigida a demostrar premisas prejuzgadas. En este caso, es la apología de la ruta, el método y el ideal primordial que siempre ha definido a Baldorioty, incluso por confesión propia: la aspiración a la autonomía de Puerto Rico, y el método de las reformas liberales, que históricamente se prolongó durante el siglo XX, principalmente por el Partido Popular, pero encallado y francamente senil en este primer cuarto de siglo. Las apologías impresas en el libro provienen de este sector.

Para exaltar a ese Baldorioty el autor se halló ante un escollo formidable: Ramón Emeterio Betances, y la ruta del “republicanismo democrático revolucionario” –como lo define Carlos Rojas Osorio (2020)– en la que persistió toda su vida. Otra de las cosas que lamento en esta obra es que se intente acudir a Eugenio María de Hostos para validar sus argumentos contra Betances. A mi juicio, el autor tiene un objetivo en la mira respecto a Betances, pero en lo que concierne a Hostos, no lo comprende.

Aunque por un corto tiempo (1874) se viera Baldorioty acorralado y, por eso, dispuesto a participar en las conspiraciones armadas que organizaba Betances, Baldorioty, –– “como ‘súbdito’ de España (así puede leerse en el tratado, Ramos Perea, 5.) se negó a proponer las armas como vehículo de esa liberación”. No empece, cree el autor, con el tiempo, se ha considerado a Baldorioty y a Betances, igualándolos, “padres”, “ambos”, de la Patria Puertorriqueña (7). Quizás sea así para los amigos del autor, pero no para los que conozco y reconozco. Pues, ¿cómo se retrata a Betances en este “tratado” biográfico?

Ramos Perea insiste, e insiste, en retratar a Betances de los siguientes modos: su lucha armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades; Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante (98); de una arrogante desconfianza; la arrogancia del llamado Pater de Patria (294); testarudo; irracional (142, 284); el comentario fratricida de una soberbia asombrosa (163) que mostró una  espiral de odio sin límites;  que acostumbraba a quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato (296); que abandona el barco de “su” revolución (151), cuando ve amenazado su liderato (280), o en peligro de hundirse (297); que lo que pensaba de sus compatriotas y de la propia posible revolución de su país se reducía a su único interés por el poder; que al verse amenazado por la integridad y el entusiasmo de Hostos, se rinde a lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación (276); que se plantó en su eterno resentimiento contra el autonomismo, “proclive a la alienación y a lo que más tarde Lenin –en 1920– llamaría ‘infantilismo de izquierda’”. (151)(¡!)

Ese es, a su juicio, parte fundamental de la práctica de Betances. Añade que, tras la muerte de Baldorioty, “hubo de esperarse tres años para que Betances tuviera la honradez intelectual de admitir las cualidades de Baldorioty”.

Dudo –y lo comento porque para mí importa– que Paul Estrade, o Félix Ojeda Reyes, hubieran, ni remotamente, rubricado tales juicios. Pienso que Félix no estará en paz en su sepulcro.

Según el autor, “la libertad por las armas siempre fue –y será– imposible” en virtud de la inferioridad numérica, geográfica y militar de Puerto Rico. Baldorioty, dice, se muestra, además, incapaz de comprender la atención puesta, la solidaridad y la cooperación con la libertad de Cuba, Haití, la República Dominicana.

Betances, ciertamente, vio, en un momento, en el reformismo autonomista de Baldorioty, a un “autonomista vacilante”, un “reformista transigente y abolicionista vacilante”. Para solo citar autores recientes, Paul Estrade, Félix Ojeda Reyes, Carlos Rojas Osorio, entre otros muchísimos estudiosos de su obra, algunos de los cuales Ramos Perea tiene la honradez de mencionar, entienden las cosas de otro modo. Para ellos –quiero incluirme– no cabe encasillar exclusivamente a Betances en la estrategia de la revolución armada. Siguió varias estrategias, tomando nota de las circunstancias. En un principio, antes e incluso inmediatamente después de Lares, sostuvo la ilusión de que fuera posible negociar los diez mandamientos de los hombres libres con un gobierno español republicano en cuyo seno se oían voces protagónicas que creían en crear una federación con las dos Antillas y simpatizaban con una república democrática federal que incluyera en igualdad de condiciones a las Antillas. Hostos oyó, cara a cara, en discusiones francas y abiertas, y en textos publicados, a muchos futuros líderes del gobierno español que simpatizaban con una federación, y una república, que incluyera las Antillas, e incluso con el socialismo proudhoniano, y que se comprometían. Pero Betances vio pronto, Hostos muy poco después, que en la misma metrópoli las reformas democráticas que pedía para sí el pueblo español, y las aspiraciones autonómicas que necesitaban los pueblos de España, se esfumaban una y otra vez. ¿Cómo esperar entonces de ella que satisficiera los deseos de reformas y de autonomía que le manifestasen las lejanas provincias antillanas? La conclusión obvia era que como expresara Betances, y como él Hostos: “¡España no puede dar lo que no tiene!”. Sabían ambos, además, que si durante el corto gobierno republicano fue un espejismo breve, y muy pronto, un imposible entendimiento, en la monarquía que se reinstaló muy pronto, lo era menos. O, más claramente, absolutamente imposible.

Estrade define varias estrategias que siguió Betances: la de la revolución en España; un posible entendimiento con el gobierno revolucionario republicano que tomó el poder en 1868; la vía indirecta de la consolidación de una república dominicana próspera y democrática; la vía de la obtención simultánea de la independencia de Cuba y Puerto Rico por el triunfo del ejercito mambí, tanto en la guerra del decenio, como en la guerra iniciada por el partido revolucionario cubano-puertorriqueño. Hostos coincidió con ellas, y formuló otras más. Para Estrade y Ojeda Reyes la praxis de la revolución armada de Betances no respondía a su terquedad, como se dice, sino a la terquedad del gobierno colonialista español, de facto, históricamente inamovible.

Hostos abogó incesantemente ante el gobierno español por reformas para las Antillas, pero dentro del contexto de una federación previa fundada entre las Antillas y España, es decir, fuera de toda pretensión de “asimilación” a España, como aspiraban muchos autonomistas (185), y que, por el contrario, preparase y condujese eventualmente a las Antillas hacia la soberanía plena conforme al modelo canadiense otorgado allá por Inglaterra. Su extenso artículo sobre este tema específico es de 1867. Para principios de 1869 Hostos ya había rechazado esa ruta en términos definitivos para no regresar a ella jamás, como sí lo hizo Baldorioty. Lejos estaba Hostos, antes, entonces y después, de que esa aspiración suya a la soberanía hubiese sido solo una de inspiración romántica y juvenil, y es falso eso de “que no estaba dispuesto a sacrificarse para que otro se llevara la gloria”. ¡Cuántas veces estuvo no solo dispuesto, sino que deseó e intentó combatir lo mismo en la manigua cubana que en las vegas de Puerto Rico!

Hostos había aconsejado el 31 de diciembre de 1868 el retraimiento en las elecciones a Cortes convocadas por el gobierno provisional español, si estas no se celebraban en condiciones “absolutamente liberales”, y bajo “el imperio del sable”. Mas, en el caso de que en Puerto Rico se impusiera tal elección, aconsejó a varios candidatos, empezando con Baldorioty y terminando con Betances, “el primero en sacrificios por su patria”. En su lista aconsejada, incluyó también a Alonso, Tapia, Acosta, Tió, Vizcarrondo y Ramos. Las elecciones se celebraron del 15 al 18 de enero del 1869, pasado ya el famoso discurso del advertido rompimiento con España pronunciado por Hostos en el Ateneo madrileño el 31 de diciembre pasado.

Véase que las fechas de estos eventos se yuxtaponen. Los ponceños le solicitaron a Hostos, con fecha del 24 de diciembre de 1868, que presentara en su nombre al gobierno provisional una serie de peticiones. En cumplimiento con su petición, Hostos pide y celebra entrevistas con el general Serrano, jefe de Gobierno, que se celebraron entre el 19 y el 22 de enero, justo cuando acababan de celebrarse en Puerto Rico las elecciones a diputados para las Cortes. Hostos les informó el 23 de enero a los ponceños que, en resumidas cuentas, “Puerto Rico no debe esperar nada de una metrópoli que la desdeña (… y) le niega los derechos y libertades que podrían haberse planteado en ella”. Diría en una de sus constantes recapitulaciones y examen de sus acciones, que “los diputados que el capricho y la arbitrariedad eligieron en Puerto Rico, llegaban a Madrid para servir de juguete, como sirven, al interés de un ministerio o de un ministro”.

A la diatriba sobre si la obstinación de Betances con la revolución armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades, y que Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante, testarudo; irracional, “hasta los límites de la vesania”; de un odio sin límites que acostumbraba a quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato; que se reducía a su único interés por el poder; se rinde a lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación, su apoyo a la independencia y confederación de las Antillas, sin aparente conciencia de lo limitado de las fuerzas militares insurrectas. Entre lo primero que se afirma, justo en la introducción, en este libro como aseveración ante la idea de desarrollar una lucha armada en la colonia, está lo siguiente:

“¿A qué martirizarse por ella? Esta conciencia clara de inferioridad numérica, geográfica y militar la vivieron en carne propia Román Baldorioty de Castro, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, José Julián Acosta y Segundo Ruiz Belvis, no importa lo bravío que fueron sus discursos liberadores, no empece a lo patriótico y exaltado de sus discursos, la libertad por las armas siempre fue –y será– imposible, aunque no por ello menos ansiada…” (4)

Ante este conocido disentimiento, Paul Estrade, por ejemplo, responde que “Córcega tuvo un Paoli, Margarita un Arizmendi, Mariño 50 hombres en Trinidad, Luperón 14 en Capotillo, para iniciar la guerra de liberación que concluyeron victoriosamente” (309). Cita, además, la proclama de Betances del 27 de agosto de 1871, que añadía que los “indios” boricuas podían haber hasta 15 mil, que Céspedes lanzó solo 50 hombres contra España, y pregunta ¿con cuántos contó Bolívar en muchas batallas? Lo cierto es que tanto en Cuba como en Puerto Rico llovieron las insurrecciones a lo largo del siglo; las armas se contaron por miles en muchas ocasiones, y los comités secretos que se fraguaban dentro y fuera de las islas se esforzaban por afianzar la organización y las estrategias. Generales militares veteranos y de alta distinción estuvieron prestos a combatir, en primera línea. Todo el tiempo procuraban, tan secretamente, una “organización bien entendida”, que a la llegada de Hostos a Nueva York lo mantuvieron ajeno a ellas. Continuamente enviaban delegados a Puerto Rico a explorar el apoyo, y a comprometer, y a estudiar las condiciones para los alzamientos. Con apenas 80 hombres se inició en 1956 la guerra que culminó en Cuba a fines de 1958 con la derrota de Batista y el triunfo de la revolución. Hostos propuso constantemente estrategias revolucionarias, compromisos en Nueva York y en las Antillas todas, en Colombia, Perú, Chile, Argentina y Venezuela, y formulaba desde 1876 programas concretos para construir países libres tras la independencia.

Sobre el carácter antillano de la lucha por la liberación, todos los grandes protagonistas de las diferentes Antillas, tanto los de Cuba, la República Dominicana y Puerto Rico, todos, concurrieron e intercambiaron programas, estrategias, recursos, armas, dinero y combatientes, e incluso banderas, y además, varios países de Nuestra América, desde Venezuela, Perú, Chile, Ecuador. Porque para todos ellos la revolución no podía poner miras y gríngolas en revoluciones aisladas unas de las otras. Sabían, tanto Betances como Hostos y otros, incluido después Martí, que las Antillas habrían de salvarse juntas o morir. El problema era entonces cómo y por dónde quebrar el poder español en las Antillas. El problema nuestro era, y es, cómo y por dónde quebrarle el espinazo al poder.

Si mucho puede verse en la obra de Betances, Hostos y otros protagonistas de la complejidad y las dificultades muchas veces insalvables o casi insalvables que tuvo iniciar una insurrección, no puede verse sino una parte pequeña de ella, porque ella impuso guardar innumerables secretos. Ojeda Reyes cuenta, como Hostos y Betances, mucho o bastante de lo que fueron esas dificultades y complejidades en la época que visita, pero no deja de admitir que quedan en lo oscuro muchos secretos. Otro tanto apunta Ojeda Reyes sobre los secretos que mantiene en su registro sobre la “protesta armada” que se fraguó en las décadas de sesenta y del setenta del siglo pasado.

En el prólogo a otro libro de Ojeda Reyes, Peregrinos de la libertad (1992), Ramón Arbona observó que José Martí calificó de “arrogantes” a los más notables representantes de las luchas por la liberación de las Antillas. Con ese calificativo, explica Ramón Arbona, Martí intentaba aludir a un atributo que cubría a estos peregrinos de la libertad, como con una aureola. Esa aureola, de arrogancia, no era sino la manifestación de una impresión sensible producida en los demás por el reconocimiento en ellos de una gallardía, valentía, desenfado y buen aire, que les permitía caminar sin desfallecer, construir donde se pudiera construir, conspirar donde hubiera que conspirar, hacer acopio de fuerzas que no parecen desfallecer, y “mendigar recursos, predicar, suplicar, debatir, combatir y, si derrotados, empezar de nuevo por dónde se pudiera empezar, cómo se pudiera empezar, en un peregrinaje que solo podía tener fin el día que los alcanzara la muerte, en el triunfo o en la derrota”, y a pesar del mareo, los zapatos gastados, el hambre y la pobreza, “pero siempre en brazos de la patria agradecida” (9).

¿Ciegos por la ira? Es cierto que Hostos no buscó en 1898 contar con los partidos políticos existentes en Puerto Rico porque, a su juicio, eran partidos coloniales. Incluye, desde luego, los autonomistas. Pero aceptó ser miembro de la Comisión que a nombre de Puerto Rico presentó peticiones al presidente McKinley, y fue acompañado de dos anexionistas: Henna y Zeno Gandía. Al culminar sus gestiones en Puerto Rico a fines de 1899, consideró oportuno recomendar a Luis Muñoz Rivera para continuar, a nombre de una comisión, las gestiones en Washington. Betances siempre supo que dos cercanos colaboradores suyos eran anexionistas: Henna y Basora. En su momento consideró que podía contar con liberales autonomistas, como también Hostos, que pensó que una vez insertos en el fuego fraguaría en ellos el patriota. ¿No pronunció aquella hermosa parábola de las hormigas cuyo esfuerzo para arrastrar una presa crece hasta lograr moverla? Con Estados Unidos, Hostos sí intentó negociar, pero nunca una “dependencia negociada” y “medianamente nacional”, lo como intentó Baldorioty con España. (508)

Para mí no cabe duda de que la gesta de Lares, Betances mismo, Hostos, Albizu, Mari Brás y otros gigantes forjadores en Puerto Rico de la lucha armada por la independencia, lejos de convenir en calificarlas de “pírricas ilusiones” (6), robustecieron y aún fortalecen nuestra identidad de pueblo, que es garantía imprescindible de nuestra soberanía e independencia latentes. Pero los autonomistas no lo son en la misma medida ahora, como tampoco lo fueron entonces. Pantanos inamovibles de mañana, como afirmó Betances, y, a fin de cuentas, sostenes del colonialismo. Por fortuna, “el tiempo del pueblo nunca acaba”, como nos recordó Juan Antonio Corretjer.

Me conmueve pensar que para el autor del, no obstante, impresionante tratado biográfico que comentamos, su publicación en este momento cuenta con la fortuna de haber salido a la luz cuando ya Félix Ojeda Reyes no estaba con vida. Pero nos dejó sus cocteles molotov en su palabra postrera, y una “patria agradecida”.

Mrd, agosto 2024

Publicado en En Rojo, Claridad, el 3 de septiembre de 2024.

lunes, 16 de enero de 2012

Edgardo Rodríguez Juliá versus Calle 13

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Coloqué esta nota a las 9:30 de la mañana. Al terminar el día tenía más de 3,500 visitas en el       portal. Un lector desde España me dice que no sabía que lo de Calle 13 era regeatón; que creía era un milagro. El milagro tocó hasta mi portal.


Edgardo Rodríguez Juliá 
versus Calle 13


He quedado verdaderamente asombrado tras la lectura de la columna de Edgardo Rodríguez Juliá publicada en EL NUEVO DÍA con el título de "La calle al revés".

Ya sea el desprecio por una modalidad artística que apasiona a millones a través del mundo entero --no así a mí en realidad--, o que llevó a organizaciones como los Grammy a otorgarle un récord de premios, o a la clase artística venezolana con Dudamel a la cabeza, o el desprecio inaudito a la obra de Eduardo Galeano, o la subestimación de la figura histórica de Hugo Chávez, toda la columna de Rodríguez Juliá luce tan descabellada que se dijera el exabrupto intolerante de la envidia de un endiosado. 

Rodríguez Juliá nunca fue santo de mi devoción pues percibí siempre un ojo clasista, que ahora exhibe como pavo real al desnudo en esta diatriba contra Calle 13. Se ha colocado el célebre cronista y novelista en la lista preferida de los amigos de Jorge Santini y demás mayordomos del régimen colonial enemigo del pueblo de Puerto Rico, ¡¡ y eso lo enorgullece!!

Endoso totalmente las opiniones expresadas aquí por Roberto Ramos Perea.
Marcos Reyes Dávila
Catedrátrico UPRH


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Contestación a Edgardo Rodríguez JuliÁ
sobre el tema de Calle 13 y el Ateneo.
Por Roberto Ramos-Perea
Dramaturgo Puertorriqueño

Asombrosa la columna “La calle al revés” del día 15 de enero de este año en El Nuevo Día, del escritor Edgardo Rodríguez Juliá. La discuto.

Calificar “el arte contemporáneo” como “mierda”, es prueba suficiente de que el compañero tiene algún resentimiento en el que se incluye con beneplácito en el oloroso apelativo, pues sus novelas ciertamente son parte de eso que llamamos “arte contemporáneo”.

Señala este novelista que “basta que a alguien se le ocurra una idea, o un “concepto” y, ¡eureka!, se trata de una obra de arte y un artista”. Bueno… ¿y no se supone que sea así? Todas las grandes reacciones a lo establecido como arte se han regido por ese sencillo principio. Así nació el renacimiento, la ilustración, el barroco, el neoclásico, el romanticismo, el realismo, las vanguardias y el arte posmoderno. Es decir, que este notable escritor elimina de un plumazo la naturaleza misma de la evolución artística. Desafortunada aseveración de un profesor universitario.

Para sostener su argumento exige que todo artista deba acudir a las aulas a educarse en los principios de su arte, -cosa a la que nadie podría oponerse- y sentencia que “quizá, algún día” ese hipotético artista pueda convertirse en genio. Vaya, ¡tan largo me lo fiáis! El artista según Rodríguez Juliá tiene que complacer los criterios y el gusto de los que dominan el oficio, pasar su censura, cedazo y gusto, para merecer llamarse artista. ¿Quiénes son esos y quién les dio la autoridad para decidir cosa tan trascendental a la evolución del arte?  ¿Se considera él, uno de ellos? El, que concibió e intentó, como un ¡eureka! un arte de novelar testimonial que si bien agradó a  muchos, también puso a desproticar a otros que consideraron que El entierro de Cortijo era “una mierda” de novela. Decir tamaña cosa sobre la necesidad del estudio para quedar autorizado a la expresión artística nos llevaría a quemar las obras de Van Gogh, por ejemplo, porque nunca tomó un curso de dibujo o la misma música de Cortijo, Maelo, y tantos soneros de los que el escritor es fanático, simplemente porque no estudiaron en el Conservatorio de Música.

Dice este novelista que Puerto Rico “es un país a medio hacer” (juicio de Puerto Rico que es remedo del de Jacinto de Salas y Quiroga, poeta español “Puerto Rico es el cadáver de una sociedad que no ha nacido”. 1839.). Bueno, muchos creen con más asertividad que este es un país “a medio gobernar”. Si el compañero confunde los despóticos gobiernos que hemos tenido con las insuficiencias que el pueblo ha padecido por esa misma causa, entonces el compañero no conoce lo que es resistencia, nacionalidad, identidad y producción cultural a la que él mismo ha contribuido con su quehacer. Si es el país y no su gobierno el que está “a medio hacer”, él mismo tiene buena parte de la culpa por apoyar a gobiernos que han “medio hecho” al país.

Se lamenta que “los puertorriqueños inventamos el reguetón”. Si busca en el mismo Google a donde él nos ha mandado, se dará cuenta de que no es una invención del todo nuestra, sino una fusión de muchos intentos y ritmos de otras latitudes que en el proceso dinámico de influencias e intercambios, crea una singularidad que algunos han llamado “nuestra” y que tiene todo el derecho de ser “machacona cantaleta” y a quien debe concedérsele, en aras de la “democracia” creativa, “la rabia lumpen”. Hace tiempo que los intelectuales debieron dejar de usar la palabra “lumpen” porque en su despreciable relatividad, dice más de nosotros, que de lo que realmente queremos cualificar. Sería bueno que Rodríguez Juliá tuviese la pública oportunidad de definir ese “lumpen”. Sobretodo desde una óptica socialista e igualitaria, y ante todo justa. Llamar lumpen al títere de la calle, al tecato, al asesino, al drogo, es ante todo un reduccionismo capitalista –e infantilista de izquierda- que desconoce las razones políticas, sociales y culturales de nuestra miseria moral. Pero esa frase ante todo, es un desprecio de blancos.

  Al llamar al reguetón “horrible música”, no deja mucho espacio a la valoración justa de un género que puede ganarse todo nuestro disgusto, pero no podemos, en respeto a la inteligencia negarle su originalidad, su misión como vocero de realidades que no se conocen en Guaynabo City donde vive Rodríguez Juliá. ¿Por qué negarle el mérito de ser expresión genuina de la violencia de nuestras calles, de nuestros bajos fondos, de corrupción moral, de miserias y también, ¿por qué no?, de nuestras esperanzas, sueños, sexualidad, anhelos, amores y afectos? ¿No es eso lo que hace el arte de la novela que practica el colega, y que practico yo en el teatro? Sí, obvio, pero no andamos por ahí, en respeto a nuestra inteligencia y nuestra capacidad crítica, vomitando lo “horrible” que es la literatura puertorriqueña. ¿Por qué? Porque se trataría de meros y baratos gustos y opiniones y los años nos han enseñado que de gustos y opiniones no se discute.

El colega escritor remata con refinísima blancura aristocrática que “la popularidad global de Calle 13 sólo es prueba de que el gusto actual está en el mero “anus mundi”. ¿Dónde realmente queda el “anus mundi”? ¿En la antípoda del “anus blancus”?

Comparar las penurias y sacrificios de los jóvenes que componen la Sinfónica Juvenil de Venezuela “que dominaron el solfeo”, con “chamacos frescos de la clase media puertorriqueña, versión Trujillo Alto, que asaltaron la fama de los nueve Grammys latinos”, es una símil traída por los pelos, pues hablamos de espacios sociales diferenciados e intervenidos por elementos foráneos que a su vez crean productos culturales propios de su contexto, ¿por qué omitir esto tan obvio para marronear un argumento? Si no le gusta la canción Latinoamérica de Calle 13, derecho tiene. Pero no me haga pasar su opinión como un criterio de excelencia.

  Llamar “autócrata” a Chávez nos obligaría a preguntar si el colega tiene algún otro autócrata en mente que haya influenciado a Calle 13, el país donde nació y la música que canta. Nos parece caprichosa y colorida la designación de un político que puede no ser simpático a mucha gente, pero ¡qué curioso!, mira de dónde viene el reaccionario apelativo, de un escritor en un país donde ¿no manda también un autócrata, que no tendrá petróleo, pero ha sido todo un experto en el robo de fondos federales y en la explotación de su pueblo?

El ataque al escritor Eduardo Galeano nos suena a sangrado personal. Llamar simplista a una de las voces más potentes en el análisis de lo que es y ha sido la resistencia latinoamericana –cosa que él mismo no podría negar si realmente la conociera y la juzgara con sencillos principios y valores socializantes, es harto simplista. Digo, yo me imagino que Rodríguez Julia como intelectual y escritor ostenta en su escala de valores, valores socializantes y democráticos, me parece. Si no es así, que aclare a qué valores sirve su obra. Digo, para estar claros de con quién hablamos, ¿no?

Si para este escritor puertorriqueño el imperio yanqui no es maligno, entonces enmudecemos por asombro… ¡nada más que hablar!, desde 1898, según él, hemos vivido en las papas. Y entonces, ¡ya apareció el peine! Y lo justifica con la atroz generalidad de señalar que los latinoamericanos prefieren ir a Estados Undios a ser esclavos, que luchar por sus países. Coño… esto es afrentoso, no solo contra los emigrantes a quienes ha llamado menos que mierda, sino contra los millones de muertos caídos en las luchas antiimperialistas latinoamericanas y puertorriqueñas, a quienes ha llamado en palabras “finas”, cobardes y pendejos.

Entonces su simplismo se pone necio al señalar que tal lucha es una cursilería izquierdizante que convenció a los “sabios del Ateneo” y a “Luis Gutiérrez”. Y luego de este derechismo fascista tan apabullante podría acabar nuestra discusión con una buena andanada de insultos. Pero prefiero recordar que este escritor fue el que un día entró al Ateneo y admirando la Galería de Puertorriqueños Ilustres entre los que se encontraba Betances, Albizu, Segundo, Tapia, Hostos, Julia de Burgos, De Diego, dijo con desparpajo insolente, “¿quienes son todos esos viejos chivús y qué habían hecho para estar allí?” Y que no lo niegue porque soy testigo. Tal vez desde allá vienen los resentimientos de este escritor con el Ateneo. Pues le informo que sí, que en el Ateneo hay sabios. Los ha habido, los hay y los habrá, si sabiduría es la iluminada presencia de la combinación entre la inteligencia y la sensibilidad, el respeto por el pasado, la comprensión del presente, la compasión por el futuro y el compromiso de mejorarlo y sobre todo la madurez de la tolerancia. De esta sabiduría, Rodríguez Juliá no tiene ninguna y el Ateneo tiene 138 años de lucha y logro por la identidad de la Nación puertorriqueña.

Dice además que “René y Calle 13, quien cuenta entre sus grandes virtudes patrióticas haber insultado a Fortuño e insinuado la afición al dulce de coco por el alcalde Santini”… bueno, tal vez entre las grandes virtudes patrióticas debería estar la expresión de la indignación y el ridículo para el que ostenta el poder “autocráticamente”. Que bien estaría si todos expresáramos la reacción fuerte, vigorosa, insultante y clara contra el que nos ofende y nos ultraja… y no la petulancia de creerse estar por encima de la indignación con una herramienta tan pueril como la soberbia intelectualoide, la indiferencia y la indolencia. ¡Ojalá y todos pudiéramos insultar y ridiculizar al Gobernador en el espacio público que él lo hace todos los días!, y aún haciéndolo, no igualaríamos jamás al insulto, ultraje y desvergüenza que Fortuño y Santini han derramado sobre su pueblo en todos sus años de desgobierno.

Sobre si Oscar López merece más la medalla que Calle 13, bueno, sobre eso no hay discusión sino una aclaración. Oscar López ha dado su vida por esta patria, y por esa razón, el Día de la Bandera, la máxima actividad de afirmación identataria que hace el Ateneo, se le dedicó a Oscar López Rivera. En su nombre se izó una bandera que es la bandera de todos los puertorriqueños, -puede ser que no sea la de Rodríguez Julía-, pero sí es la de todos. No hay medalla –llámese como se llame- que supere ese honor que el Ateneo otorga. Y ese honor lo recibió ese inmenso patriota que es Oscar López Rivera, a quien el Ateneo ha honrado, no solo ese día, sino en varias otras ocasiones que Rodríguez Juliá desconoce por su encierro en su finísima Torre de Marfil.

El izamiento de la enseña nacional se le ha dedicado al Movimiento Estudiantil de la UPR, a muchos otros patriotas y a la bandera misma. El que el Ateneo acuñe una medalla con el rostro del Padre de la Patria, es precisamente un símbolo de que quienes la reciben, viven y luchan por las mismas cosas que Betances luchó. Calle 13 ha integrado a Puerto Rico al alma latinoamericana a través de su canciones y su insobornable compromiso con las luchas igualitarias de nuestro continente latinoamericano. Esto ha sido reconocido, no solo por el Ateneo sino por todos las hermanas repúblicas latinoamericanas. Aquí, este “gobierno” a medio hacer, no le permite un concierto.

¿Ganó notoriedad el Ateneo por esta acción? Después de 138 años de lucha por la identidad nacional, después de izar la bandera sola en los jardines del Ateneo, después de sobreponernos a gobiernos tiránicos como el de Roselló y Fortuño, y ahora a las sabidurías inamibles de Liza Fernández, ¿necesita el Ateneo “la notoriedad y celebridad de los nueve Grammys”?  No creo.

En el ejercicio de su libertad, (o mejor decir: porque le dio la realísima gana), el Ateneo ha hecho este merecido homenaje a Calle 13 y se refirma en él. Aunque yo no puedo hablar en su nombre porque soy solo uno en una Junta de 17 personas de criterios diferentes –como institución de tribuna libre y democrática- , sentencio desde mi criterio, que esto es así.

Tras años de status quo con respecto al rol del Ateneo ante la sociedad, el nuevo Ateneo ha decidido que se debe a su pueblo más que sus intelectuales. Ha decidido democratizar su labor a la gente a la quien sirve. Esto no se pudo hacer por mucho tiempo, pues presidió el Ateneo una forma de pensar muy blanca y elitista, para quien Calle 13 representaría lumpen, incultura y poca finura. Ahora, con la nueva Junta, el pueblo puertorriqueño recibe al Ateneo como lo que siempre debió ser, la Casa de la Patria, no una égida de intelectuales blancos, temerosos del gobierno, dedicados a escucharse entre ellos mismos. El Homenaje a Calle 13, al prisionero político Oscar López y la colocación de la estatua del proscrito Betances, ratifican ese compromiso inalienable del Ateneo con su pueblo.

Creo que el frívolo es Rodríguez Juliá, el que necesita revisar sus nociones de puertorriqueñidad es él, ya que sus ideas políticas han hablado con inmensa claridad sobre el olímpico salto que acaba de dar. Es una pena. Por esta misma razón, las futuras generaciones tendrán que buscar a Rodríguez Juliá, no en sus obras, sino en el “Rincón del vago”, en Google.

sábado, 5 de noviembre de 2011

El puertorriqueño dócil y los pies de chinas


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A propósito del puertorriqueño dócil
y los pies de las mujeres chinas.


Contra el  discurso de Penchi 
y Roberto Ramos Perea


 
Esto es un puertorriqueño. El de los pies a la izquierda. Los pies a la derecha son los de un país libre.

He escuchado a Luis Penchi y a Roberto Ramos Perea hablar por radio de que el puertorriqueño es indolente, sumiso. Penchi dice no explicárselo. Roberto repite lo anterior con más fuerza.
En el fondo ambos reviven, en la práctica, sin querelo --y bien lo sé-- las tesis de René Marqués sobre el “puertorriqueño dócil”, y las de Antonio S. Pedreira en su famoso “Insularismo”, libro canónico de la generación del treinta, cuyos determinismos fundamentales, el racial y el geográfico, venían de una larga tradición precientífica del siglo anterior, por lo menos, para explicar la conducta antropológica y sociológica del puertorriqueño a base de la sangre india, la negra y la española y, también, de los estragos del clima. Pedreira escribió su famoso texto en los años de Albizu, en los años en que el nacionalismo se levantó para retar con una voluntad que adoleció por falta de respaldo suficiente, la dominación colonial y llenó al país de mártires y de sangre. La dignidad y la libertad son incompatibles en un cien por ciento con la sumisión del colonizado. Intenté participar llamando a la estación en dos ocasiones, pero no conseguí ser atendido, pues me consta que el compañero Roberto Ramos Perea es un  puertorriqueño digno y libre.
La conducta profesional de Luis Penchi, la del crítico sagaz que es, revela otro tanto.

Yo mismo incurro reiteradamente en pesimismos al observar cómo, a pesar de la terrible situación en que vive este país, no logra levantarse la indignación ni la protesta. Pero sé a qué obedece esa carencia y nada tiene que ver con cómo “es” el puertorriqueño, puesto que el puertorriqueño no “es” diferente a ningún ser humano normal. Lo que nos hace “ser” como somos, un “ser” transitorio, es la historia que hemos vivido y que vivimos. Y ese ser, bueno es saberlo, puede cambiar, radicalmente, en cosa de una sola generación, puesto que cada niño nace con todas las posibilidades a su alcance, igual en todas las naciones del mundo.

Pero Puerto Rico es una colonia multicentenaria. Una colonia es una patria que no es. Hostos decía que no tenía patria, que intentaba construir una, pues una patria no existe fuera de la libertad porque ningún país se construye desde fuera, sino desde sí mismo. Y no se construye desde fuera porque una colonia no es una construcción sino una deconstrucción, una colonia es un pueblo que se anula, que se castra, se desarrolla como aquellos pies monstruosos de las niñas chinas a quienes le amarraban con paños los pies para que no crecieran.

Puerto Rico es un país que nunca ha gozado de hacer cosas fundamentales como pueblo, aunque sí en el plano individual. Puerto Rico es un país que nunca ha podido tomar decisiones de asuntos fundamentales, y lo entretienen jugando juegos de trivialidades y nimiedades. Puerto Rico es un pueblo que sabe que no tiene en sus manos opciones reales de nada importante. Por eso gobiernan los peores, todo el mundo sabe que la última instancia para todo es foránea, la colonial que aquí llaman con la palabra enmascarada de “federal”. El dominio colonial y la represión ha sido tan intensa que el reto del nacionalismo se disolvió en cárceles, sangre y exilio, dejándonos un bipartidismo de parásitos coloniales que es casi, ya unipartidismo, como en cualquier dictadura, pues ambos partidos representan los mismos intereses de los empresaurios coloniales. No me ha sido necesario hablar de dependencia inducida, de la compra de la conciencia con innumerables subsidios y cupones, del cáncer del narcotráfico, del lumpen, ni de cómo tanto desempleo pretende invalidar la tesis de Corretjer sobre la patria libre que será hija de las manos que trabajan. 

Todo esto, sin embargo, siempre puede cambiar de súbito, en cosa de una generación, pues cada cual nace con los pies sanos. Por eso dijo Hostos que “nunca dejará nuestra patrria de ser nuestra”.

No olvidemos que, la mayoría de los puertorriqueños, no ha nacido todavía.


Marcos 
Reyes 
Dávila

miércoles, 24 de noviembre de 2010



Muerde la intolerancia fascista

En la tarde de hoy dos noticias graves confirmaron, nuevamente, la política intolerante inclinada al fascismo del gobierno de Fortuño.

Por una parte, cancelaron el programa diario de Roberto Ramos Perea que se trasmitía por WKAQ /Univision Radio. Roberto Ramos Perea es desde hace muchos años director del Ateneo Puertorriqueño, investigador y dramaturgo premiado internacionalmente.


Por otra parte, la presidenta de la Junta Reglamentadora de Telecomunicaciones (JRT), Sandra Torres, pidió a todo el que no esté de acuerdo con la nueva canción del famoso rapero René Pérez, a que escriba a la agencia para remitirle la queja a la Comisión Federal de Comunicaciones.

De acuerdo a Sandra Torres, la canción de Calle 13 es “obscena y lasciva”. Nada tiene que ver el hecho de que esté dirigida contra el alcalde de San Juan, Jorge Santini –aunque no lo nombre–, a quien acusa de usar drogas.

En el caso de Ramos Perea, como también en el de René Pérez, se intenta cortarle el cuello a la libertad de expresión, artística, para colmo, en ambos casos.

Exactamente así se levantó el fascismo en España, el mismo que persiguió el teatro de Federico García Lorca durante dos o tres años antes de asesinarlo en una noche oscura de su Granada.


WKAQ / Univisión Radio no tiene espacio para el pensamiento independiente y libre. La nueva presidenta de la Junta Reglamentadora de Telecomunicaciones, tiene aún menos: tritura canciones, y descuartiza el arte.


MRD
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