sábado, 11 de enero de 2020

Hostos propagandista de la libertad





Hostos:  
propagandista de la Libertad


Marcos Reyes Dávila





Durante el pasado congreso hostosiano celebrado en el Ateneo Puertorriqueño nos detuvimos un momento a recordar algo que hemos señalado, y en lo que es necesario insistir, al ponderar algunas de las razones que explican diversas interpretaciones que se hacen del pensamiento de Hostos. Hemos apuntado al hecho, por ejemplo, de que parecen haber dos discursos, en la prédica revolucionaria del joven Hostos, diferentes pero no irreconciliables: el de la etapa española, que a nuestro juicio se debe, en parte, al hecho de que, a veces, habla con mayor libertad el Hostos antillano, y, en otras ocasiones, habla el Hostos director y portavoz de un periódico español que tiene un discurso político, no personal, es decir, una línea editorial del medio, del grupo, o de la agrupación política que lo define. En otras ocasiones, ya sea movido por la censura oficial o por el hecho de estar escribiendo en España para un público español, Hostos adecúa, como debe hacerlo todo expositor, su lenguaje a su público. Con las cartas ocurre otro tanto, entre las públicas escritas para ser publicadas y las personales. Ese discurso variable se transparenta, por ejemplo, cuando regresa a Puerto Rico en el 1898: el discurso de Hostos varía en contenido y tono según se dirija a los puertorriqueños todos, a los partidarios de las organizaciones patrióticas, a los medios de prensa estadounidenses o a los miembros de su familia en las cartas “íntimas”. El hecho es un fenómeno normal y propio del que participa todo buen comunicador.

Aparte del hecho de que el joven Hostos aun no ha expandido la magnitud de su pensamiento como lo irá haciendo en los años por venir, hay, además, otro factor que es necesario tener en cuenta, y que está presente también en los centenares de trabajos nuestros que hemos escrito, publicado o leído sobre Hostos. Me refiero a que una parte sustantiva de su obra no es –como no lo es la nuestra--, académica, producto de sistematizaciones y de la objetividad de la razón, tal cual son sus tratados de Moral, o de Sociología, Filosofía, Geografía, de Derecho o Pedagogía, o los otros numerosos trabajos, que de ordinario se olvidan, sobre Gramática, sobre historia de la lengua, sobre historia semítica, o historia de China. Hablamos de aquella otra parte publicada en periódicos para un público vasto, de toda Nuestra América en muchos casos; ensayos producto de conferencias, o de discursos, algunos ofrecidos en salones de eruditos. Y otros en salones de mítines políticos. Dado el caso de que a veces leemos en las obras completas que algunos textos se recogen en ellas como muestra de sus actividades, cabe imaginar que no todos los discursos, proclamas, notas para expresiones públicas, se recogieran en esas obras completas, y no por haberse perdido, sino por discreción cuestionable de sus editores. Sabemos, además, que muchos de sus textos publicados en esas obras completas fueron editados para suavizar expresiones que los propios hijos debieron considerar destempladas, y quizás indignas de su padre. Algunas pudieran haber sido alusiones concretas a personas particulares. Otras, de carácter muy íntimo. Otras, contrarias a la imagen ideológica que se construyó sobre él. A despecho de cualquier consideración, todo Hostos, todo Hostos, nos es necesario. Tal cual era.

Cierto es que, contra la pretensión mitómana de definir a Eugenio María de Hostos exclusivamente como un educador erudito, ceñido al aula, apóstol angelical y ratón de biblioteca, lo contrario se revela, no a regañadientes, por todos lados. La propia rebeldía que se concede al joven Hostos ante la monarquía española, y la lucha armada que gestiona durante su exilio neoyorkino y la guerra antillana en suelo cubano, lo desdicen. Acaso los obnubilados insistan en proponer que su afición moral a la labor educativa que práctica desde 1876 en Venezuela, y que pareciera monopolizar su quehacer a partir de las reformas pedagógicas que pone en marcha en la República Dominicana y en Chile, prueba que en Hostos se establece firme, y perdura hasta su muerte, desde ese entonces, la solemnidad del maestro estudioso. Pero ese blasón no diría toda la verdad.

Cierto es también que Hostos se sintió siempre inclinado a predicar luces y verdades, al mejoramiento de la humanidad. Pero su tarea educativa se vio forzada desde el principio a enfrentar las contramareas del poder y de la oscuridad rendida al catecismo de las iglesias y la genuflexión colonizada ante las cosmovisiones europeizantes. Se vio obligado a derribar los muros del silencio impuesto y la verdad esclavizada antes de instrumentar un pensamiento racional y consciente, capaz de construir pueblos justos y países libres. Su tarea educativa inicial tuvo su primer asiento en Venezuela donde inaugura en 1876, en Caracas, la primera Escuela Normal, y donde fue, amén de profesor, rector de colegios. Mas, tal como le ocurrirá luego en la República Dominicana y Chile, sus doctrinas pedagógicas y sus ideas políticas irrumpen con fuerza contra los dogmas religiosos que secularmente han amarrado la educación, contra las ortodoxas y generalizadas bases de un pensamiento europeísta, y contra la fuerza con la que dictan los poderes irrefutables. En Venezuela, por ejemplo, el dictador Antonio Guzmán Blanco dice haberse prendado de su inteligencia, le aplaude en las conferencias que ofrece Hostos en el Instituto de Ciencias Sociales, y le invita a un baile en la Casa Amarilla donde acudirá Belinda Ayala, ya desde entonces objeto de su amor. Aun así, Hostos se abstiene de asistir por no empezar a “rendirse ante un tirano”, y terminar convertido en “un favorito poderoso del Dictador”. (OC, P.R. Coquí, 1969, III, pp. 15-16, 24; Carlos Carreras, “Hostos, apóstol de la libertad”, S. J., Cordillera, 1971, pp. 203-204.) Las refutaciones a la pedagogía de Hostos no han desaparecido al día de hoy.

La biografía nos retrata a un joven Hostos fogoso, radical, soberbio incluso ante las principales figuras del gobierno liberal español o los académicos e intelectuales del Ateneo madrileño. Testimonios imparciales de testigos oculares, como Benito Pérez Galdós, dan cuenta de ello: “de ideas muy radicales, talentudo y brioso”, testimonia. Se desprende también claramente de su diario. En el mismo puede hallar cualquiera, sin esfuerzo, la presencia de un Hostos que en la intimidad del mismo se recrimina de sus excesos y de sus “pasiones absorbentes”. Aun en su vejez. Lo evidencia el hecho de que el Secretario de Estado de Estados Unidos, William Day, lo describió en 1898 como “el arrogante hombre del Trópico”.

Aparte de un par de duelos que por fortuna fueron cancelados, en Nueva York, en el 1875, se produce un revelador incidente que trascendió a la prensa. En “El correo de Nueva York”, José de Armas y Céspedes publica una carta crítica y destemplada contra Hostos, a propósito de un discurso que ofreció en el meeting de los cubanos emigrados. Según de Armas, Hostos fustigó a los presentes “con interjecciones tremebundas; nervioso, palpitante, frenético, verdaderamente epiléptico”. Según el autor, Hostos “dijo que maldita fuera la hora en que creyó reunirse a hombres, cuando no encontraba sino muñecos”, calificándolos con insistencia como “imbéciles”. Hostos negó al día siguiente estas aseveraciones haciendo constar los aplausos recibidos y su elección, más tarde esa misma noche, como secretario de la nueva sociedad que formaban. No obstante, el coronel Pío Rosado comentó sorprendido que era “la primera vez de mi vida que veo aplaudir a un hombre que fustiga”. Desde ese momento Hostos ganó el mote “Delirio del Patriota”. (OC, Edición crítica, III.I, Epistolario, 229.)

El caso es que las expresiones oratorias, inflamadas y vehementes de Hostos, en cuanto reflejo de su lucha revolucionaria antillanista, no estuvieron ausentes, al menos durante la década álgida de la guerra de 1868-78. Entonces llamaba a las armas. El fervor comprometido, presto a salir ante cada injusticia, nunca lo marginó, ni toleró presiones para acallarlo. Ni siquiera de presidentes.

Hasta el fin de la guerra cubana Hostos se identificó continuamente como “propagandista” o “publicista”, fuera por medio oral o fuera escrito. El periodismo fue la vocación más constante de su vida. Varios estudiosos de su obra se han detenido a evaluar su trabajo en cuanto a periodista, labor que consideraba un “sacerdocio”. En la mayor parte de los casos, de manera fragmentada, es decir, su periodismo español, o el dominicano u otros países. Y es que aparte de toda consideración, la mayor parte de su obra escrita responde a él. Al menos nueve volúmenes de las Obras completas de 1939 recogen ese quehacer desplegado por numerosos medios de varios continentes. Piénsese en los tomos “Madre Isla”, “Mi viaje al sur”, “Temas sudamericanos”, “Temas cubanos”, “La cuna de América”, “Crítica”, “Forjando el porvenir americano I”, “Forjando el porvenir americano II”, “Hombres e ideas”, incluso la muy extensa recopilación posterior de artículos no incluidos en aquellas obras, publicada con el nombre de España y América. En el trabajo desempeñado en los textos de estos volúmenes, producto de géneros que alguna crítica califica como “ancilares”, se halla parte fundamental de su grandeza. En ellos está la relación más desnuda de su permanente fragua con la realidad inmensa y cambiante, de su afán escrutador, compromiso forjador.

La función abnegada que asumió fue la de predicar en pro de la lucha armada, de la necesidad de auxiliarla, y del deber bolivariano, de los países de Nuestra América. Para Sotero Figueroa, tan cercano a Martí, “ningún cubano propagandista hizo tanto por Cuba como el antillano Eugenio María De Hostos”. Tampoco lo tuvo la Confederación de las Antillas, clave imprescindible del equilibrio de ambas masas continentales. La Libertad política entre los pueblos, los países, los individuos, fue la sabia y sangre de sus esfuerzos. Si bien ese atributo de la propaganda no corresponde a todas sus expresiones orales y escritas de su predicar peregrino, sí hace presencia en muchísimas de ellas. De modo que, al ponderar sus discursos, es imprescindible tener en cuenta el carácter particular de sus expresiones, ceñido a circunstancias y objetivos diferentes. De ello depende la manera como se configura la verdad que se manifiesta.

Los tratados, las obras pedagógicas, muchos artículos de prensa y ensayos, están perfilados conforme los derivados del ejercicio de su razón. En ellos predomina el juicio ponderado y objetivo. Busca la verdad que deriva de la razón. Hace exposición. En los otros trabajos la cuestión está preñada de subjetividad, afanes y celos. Como busca convencer, argumentar, exhortar la pasión revolucionaria, recurre a exageraciones y generalizaciones propias de una arenga --que no emplea el tratadista y el pedagogo--, y apela a la emoción, de modo que en cierto modo deforma en algo o en parte la realidad para que responda a sus propósitos. Genio de idea y de lengua, hila muchas veces con palabra de poeta. En unos casos predomina la ecuanimidad augusta, o la afectividad y moderación, así en la mayor parte del epistolario, incluso del diario. El talante brioso y chispeante, en parte considerable del periodista y del orador.

La función del Hostos como propagandista y publicista cubrió parte considerable de su vida. Toda la del joven Hostos en España, toda la de la gestión revolucionaria en Nueva York hasta 1877 y 78. Con el reinicio de la revolución cubana en el 1895 retorna a la tribuna hasta 1900. Se extiende, pues, por alrededor de 20 de los 40 años de actividad pública de su vida.



MRD
¡Albizu seas!

Publicado el 17 de enero de 2020 en 80GRADOS 
https://www.80grados.net/hostos-propagandista-de-la-libertad/ 
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