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lunes, 25 de enero de 2010

"Glosas al poemario de Marcos Reyes Dávila":

Una lluvia tan grande de campanas


(Poesía completa hasta ayer), Universidad de Puerto Rico en Humacao: Editorial

Museo Casa Roig, 2002, 251 pp.)



Por Rubén Soto       


"Era un viento fuerte
de campana" (p. 242
"En la borrasca de instante
sobrellevando el sambenito inmarcesible
que me has dicho, poesía
el carimbo que portara don Quijote" (p. 137)


Una lluvia tan grande de campanas no es sólo el título del  poemario, sino un estribillo de un poema (p. 246). Para Marcos Reyes Dávila, hay, en su imagen de campana, hay una denotación polémica contra cierto posmodernismo, cuando aquél dice: "¿Tendré que disculpar aquí, en plena marejada posmoderna, el campanear de La Alhambra?" (p. 15). Erige, como un bastión-simbolo, este alcázar árabe-granadino contra el neoimperialismo globalizador y sus corifeos posmodernos. Reminiscencia de las formas geométricas
y de la escritura hecha no sólo lección sino además ornato: […] "la  lecería de La Alhambra que fueran nidos de esa lluvia de campanas invisibles que te cuento y señal de muchas otras cosas imposible que no tienen término. Así, pues, como puede verse, nada de posmoderno al uso, porque contra la homogenización occidental del planeta, lo posmoderno en mí, en todo caso, es una inversión de aquel imperialismo: asumir y recuperar la riqueza y la diversidad de un mundo de arenas" (p. 16). Como las de los desiertos en ciertos países musulmanes, o como las arenas del mar.

También, a aquéllos, los llama "judas", o "popmodernos (p. 249). Lo de "judas es sinónimo de traición. Para el poeta glosado, la campana es una especie de alarmacontra la homogenización occidental del planeta, cuyos adalides homogeneizadores no escatiman ni siquiera en usar el Manifiesto Comunista, de K. Marx y F. Engels, para justificarla, a pesar de que se desdicen del marxismo. No obstante, M. Reyes Dávila recoge la dialéctica y la revolución marxistas, en sus imágenes marinas:

"Existe / la réplica de las espigas. / La dialéctica fluvial / del agua en el camino" (p. 47). O: "Y el amar de la revolución" (p. 34). O, en otro verso: "Su revolución permanente" (p. 48). El poeta manifiesta que: "El arte revolucionario se transforma en revolución del arte y derivaba hacia el arte que es yugular del arte posmoderno" (p. 15).

Así, en su concepto de una lluvia tan grande de campanas, hay una nostalgia por la utopía, es decir, por los valores e ideales de una alta cultura, como lo fue la árabe creadora de la Alhambra.Ese utopismo se expresa veladamente en la imagen de la novia. Sí, Reyes Dávila canta: "Novia de la campanada / que aún no llega / y que anuncia" (p. 54). En otros versos, dice lo mismo: "Son hoy campanas de un réquiem enamorado, / de una vida necesaria que espera, / vaticinio inexpugnable / de un sol amanecido en la impaciencia" (p. 137). Como el famoso soneto amoroso de Quevedo, ese "réquiem enamorado" connota el "polvo enamorado", del "Amor

más allá de la Muerte". En efecto, hay campanadas anunciantes de matrimonios y funerales. No en balde, en el folclore de muchos pueblos, la muerte se homologa a una boda o el matrimonio a una muerte: en fin, ritos de pasaje. Éstos podríamos subsumirlos dubitativamente en este cuestionario: "(¿metafísica?) / ¿Que más allá / no, mar? / … ¿Más acá? / ¿Mucho acá? / ¿Mucho más acá?" (p. 51) Nuestro poeta trasciende los límites de lo físico, pero a partir de lo físico mismo; halla lo metafísico en lo endofísico. El poeta Reyes concibe una poética, o metapoética, del pensamiento creador: "Tú, poesía, eres perpetuo crear. / Y en la historia, presencia eterna. / La dialéctica materialista / me dice que no tienes tú historia. / Has sido, eres, corazón de todo tiempo, / sol de todo espacio" (p. 134). Así que, lo que torna esta poética en una metapoética consiste en que es: "Una preceptiva / siempre / en fuga, inabarcable en su vastedad" (p. 135). La metafisica como ontologia prescribe que: "Todo lo que es / es" (p. 225), pero la metapoética sugiere que todo lo que es, es otro que sí mismo. Si lametafísica ha salido a la arena de esta fiesta brava de conceptos, espiguemos qué piensa el poeta borinqueño en cuanto a teología.

El Dios del poemario Una lluvia tan grande de campanas, de Marcos Reyes Dávila, suena, o se le oye, en el repicar de las campanas, como el murmurante ir-y-venir de las olas del mar:

“Vienes y vas, mar, / casi dios, por mi vida. / Atravesándola / en mi

fluir / voluble por lo voluble, / que es lo eterno” (p. 51). El Mar es

un: “Difícil tránsito de transiciones” (p. 43), como dijimos antes, un

rito de pasaje. Así como nos parece oír el tumultuoso mar, al

colocar una oreja nuestra a la entrada del hueco de un caracol, por

ejemplo, de carrucho, semejantemente suena el repicar de las

paredes de la campana golpeadas por el badajo. El poeta pregunta:

“¿Me escuchas / hasta el fondo de tu caracol?” (p. 79) No en

balde, la estructura anatómica del oído se asemeja al de una

campana, o caracol, y el tímpano, con el badajo. Reyes dice: “El

caracol en el oído. / Y el pulpo en la mujer” (p. 42). El concepto

"pulpo de la mujer" parece incorporarse en la imagen del nautilus,

un molusco de la clase de los cefalopodos, relacionado con el pulpo

y el calamar. Es el único cefalopodo con una concha. Además, el

pulpo de la mujer sugiere la imagen de las valvas, o mejillones (del

latín valvae: “batientes de una puerta”, “hojas de puerta”, o con la

vulva, en latín: “vulva, matriz”, “vientre de cerda [plato muy

apreciado])”, “volva [envoltura de los hongos y de ciertos frutos]”

Reyes cita el título de un poema de Luis Palés Matos: "Puerta al

tiempo en tres voces" (p. 103), y habla de: "La puerta / que me invita

a incursionar / desde dos puntas de sol / me cosen al carbón / de

un gran hallazgo" (p. 106). Esa Anima, o Mujer arquetípica es una

imagen de la POESÍA, plato muy apreciado como el vientre de cerda.

Nautilus

Mar es un dios del devenir: “Vienes y vas, / mar, casi dios, /

por lo otro que es lo mío, / en fluir tropezado” (p. 52). Un Poseidón,

o Neptuno: “Vas, marydios, regidios” (p. 53). Estamos, sin duda

"Frente al mar / de las religaciones" (p. 40). Es decir, de lo que se ha

pensado en Occidente, con el vocablo "religio". Su esencial fluidez

contrae necesariamente su inestabilidad. Templamos ante la

efimeridad de nuestra existencia, o ante el: “Dios del temblor” (p

125). "¡Y este temblor / de no volver a ser el mismo. / Este temblor

de renacer / en la frontera de un hechizo" (p. 126). O: "Y estar en

ti. / Así, ante ti, / en medio de tu luz / como un temblor" (p. 126)

El Dios veterotestamentario, Yahvéh, es el Dios de los Ejércitos, un

Dios de temor y temblor, pero el de nuestro poeta glosado, un

“Diosico de las resistencias: / siempre es la lucha / y la

resistencia” (p. 32). El Marydios, o Regidios, sería Dios de las

Resistencias, quien siempre lucha y presenta resistencias contra la

Injusticia de la no-fluidez, o inflexibilidad como la de un rigor mortis

El Dios-Mar, sin duda, nos hace temblar, pero porque Él mismo es

temblor y, por analogía, temor: “Tiembla dios / en medio de la luz, /

tus ojos en medio, / ¿o es que están en medio / las estrellas?” (p

124). En su personificación, o deificación, del mar, el poeta le

adjudica temblor como una reacción de un Mar enamorado de

Estrellas, Ojos de la amable Noche. Reyes dice: “No habrá dios que

impida / el derrotero de esta luna” (p. 224). Esta Selene, o Tricorne

Hécate, influye en las mareas del Marydios. El poeta piensa que: "La

luna / era una calavera" (p. 80). Parónimamente, pensaríamos que

la luna era también una carabela, para la cual no habrá dios que

impida el derrotero suyo. La Luna está: “Acaracolada en la arena” (p

56), como el "puño apalabrado / de Pedro Albizu Campos" (p. 244)

La imagen del Dios Todopoderoso judeo-cristiano se ahoga,

reflejado, en el espejo de la Luna. A tenor con esto, el poeta

comentado con sus propios versos, nos advierte del: "Mar

hechicero" (p. 66): "Y el mar, / hosco homicida" (p. 68). Cuidado, -

grita el poeta-, con: "Un aletazo de mar" (p. 127). E, ilusos, nos

refugiamos en tierra adentro.

A veces, pensamos que la Tierra contiene los mares, pero

pocas veces pensamos que sea al revés, es decir, que: “Del

continente incontenible que eres / criatura de una locura de

embocaduras, / dios que se hace palabra de rocíos” (p. 246). El

salado rocío de la espuma de las olas cuando rompen en la orilla de

la playa, o en las rocas de un rompeolas, se dispersa hasta hacerse

una leve llovizna, y ésta, para Reyes, es una imagen de la palabra.

Como la sal, la palabra sazona. Con la palabra, se razona. Como la

sal, la palabra preserva, o conserva, la memoria de lo vivido por

generaciones, sin descartar el cambio en esa apalabrada conserva

O, como dice el poeta: “Mar, / revolución de las respuestas. / Yo te

agradezco / tu campanada recia de sal / que me preserva. / Eres,

mar, / salvación ineluctable, / de la vida” (p. 61). O su: "Poesía

mar: amor" (p. 56). Porque amar es como ir a(l)-mar, y su recuento,

como poesía. Mas como la mar, la palabra es tan benéfica como

peligrosa. No obstante: "La palabra tenía que ser más que una

palabra" (p. 133). Como Antonio Machado definió la poesia: "Palabra

en el tiempo" (p. 135).

Hay momentos poéticos que son poéticas del momento, o

poética de momentos, o instantes. Para el poeta, el instante se

expresa en imágenes de luz: “¿para qué me diste entonces, / desde

el fondo de tus ojos, / el dulce instante / de lo hermoso?” (p. 97)

Ese instante luminoso se hace un abrir-y-cerrar-de-ojos, en un

instante, o en un abrir y cerrar de ojos. Cuando los Ojos-Estrellas de

la amable Noche se cierran, entonces el poeta confiesa: “Yo sé que

te perdí, / tras las cortinas del instante” (p. 121). Noche instante, o

Instante-Noche: una instancia en una fulgurante Oscuridad. Ante

tal espectáculo, Reyes se queja y no sin razón: “¿para qué me diste

entonces, / desde el fondo de tus ojos, / el dulce instante / de lo

hermoso?” (p. 97) El dulce instante de lo hermoso figura la pupila

del OJO que se contempla a si mismo, "Ciego de medianía / y

horizonte" (p. 105).

Nuestro poeta expresa: “Pupila de caracol pendiente” (p. 58).

Sí, pendiente como una campana pende. Una lluvia tan grande de

campanas repican: "A fuerza de pupila / y pupilazos" (p. 184) de:

"Pupila en la sirena. / Pupila guerrera" (p. 60), en: "El mito de la

Una lluvia tan grande de campanas Page 5 of 11

http://cuhwww.upr.clu.edu/~rsoto/lluvia_tan_grande_campanas.htm 12/14/2003

luz / y las sirenas" (p. 104). Se pregunta Reyes: “¿Y se cae al

fondo / más oscuro de tu caracol?” (p. 90) El fondo de tus ojos

corresponde a el fondo más oscuro de tu caracol. "Cada momento /

estoy llegando hasta tu encuentro." Canta Reyes. "Que no es

encuentro. / Es un estrellarse fabuloso / en medio del negror, / del

pozo negro" (p. 124). Ante tal disyuntiva: "¿Tu liturgia viene del

fondo / o eres el fondo de la liturgia?" (p. 115), sólo nos queda la

inclusión: "COMO RELÁMPAGO INSCRIBE SU VERSO EN EL

ESPACIO" (p. 212). Ya Heráclito había dicho que el Rayo gobierna

(es decir, tiene el timón de) todos los entes.

El Instante deviene concretamente el Marydios, o Regidios,

gracias a la correspondencia entre la orilla, como límite, y el

instante, también como otro límite. El poeta dice: “La concha de la

luz. / Ya no hay que esperar. / La orilla / ya aorillará” (p. 43). Este

ingenioso neologismo: “La orilla ya aorillará”, exprime la siguiente

correspondencia: “aorillará” reúne sazonadamente dos palabras:

“ahora” y “orilla” como conceptos que expresan “límite”. El Ojo se

caracola, o se encampana. La campana como caracol se hace un

fotograma, cuyas orillas se temporifican en ondas, o fotones, de

ahoras, o instantes. Luego, el Marydios, o Regidios, como Instante

desdice del Nunc Stans, o Instante Eterno. El dulce instante de lo

hermoso se esconde tras las cortinas del instante. Lo hermoso es

efímero, y lo efímero se torna en efemérides, días de fiesta y asueto

de la labor asalariada y medida cronotópicamente por el reloj del

taller de trabajo. ¿Acaso no estamos justificados de algún modo en

leer las siguientes líneas en semejante tenor: "La óptica

“exteriorista” entroncaba y provenía a la vez de la convicción de que

la poesía era brazo fundamental de la tarea más honradamente

humana: la forja de un destino colectivo más libre y justo. Y dentro

de esta urgencia, la poesía “tenía” que ser trabajo no alienado,

sujeto al imperativo rector de una verdad de clase" (p. 26).

Pensemos en un trabajo análogo al de la poesía. Reyes evoca

la imagen del estambre en el telar: “Cuán fino estambre, amor, / tu

íntegra consecuencia!” (p. 19) El concepto de “aorilla” se trasmuta

sutilmente en dicha imagen textil: “Un estambre de sol / sobre la

arena, un caracol de vida que se queda / en un acaracolar / que

crea en la frontera” (p. 30). Reyes se pregunta: "Si te llamase Sol,

¿comprenderías?" (p. 200). Macrobio y Gracián piensan que los

antiguos latinos le llamaron "Sol", porque estaba "Solo", en su

grandeza. Sin duda, que si le llamásemos "Sol" de Soledad, no

comprenderíamos poéticamente qué eclosión denota y, por

consiguiente, sus connotaciones se perderían, se harían perdidizas,

en otro sentido que éste: "Y te ayudó a hacerte perdidizo / como un

San Juan de la Cruz?" (p. 250). O como: "Su aquelarre de monjes

verdes / que la niebla encubre. / Sólo la delgadísima luz

inadvertida / puede tomar la huella de tu huida / la mudanza

repentina de las cosas que se / ocultan / se disfrazan, perdidizas, /

de las cosas que se enmascaran / célebres y exactas / seas el frío

aliento de cristal de las mañanas (p. 227). Como Medea, una hija

del Sol, la poesia es hechicera y guardiana del Vellocino de Oro de

la interplurirrefencialidad, un solar inmenso. ¿Acaso no dice el poeta

nuestro que: "Ese sol es / el corazón de la poesía verdadera. / Por

esta eterna faena nuestra / de la liberación / sé que la poesía es /

el corazón solar / de los esfuerzos humanos" (p. 136). El Sol, como

el Marydios, es Libertador. Helios sería como un telar, y sus rayos,

como hilos de la estambre, y ésta misma, luz.[1] Así, los instantes se

tornan en ocasiones de crear en la frontera, o límite, entre

disciplinas con sus respectivos rigores, pero sin negar dichas

fronteras ni sus coimplicados metodológicos rigores. Por el

contrario, el concepto de instante como hilo se aorilla en la validez

de las variadas disciplinas que convoca a co-operar (con) el

pensamiento. El mundo es como una: "Red / de perspectivas

nuevas / que extienden a su vez la red" (p. 29). Es decir, una

variopinta tautologia. Al tiempo, tampoco le descuadra semejante

imagen: "Los siglos / no fueron todos / de la misma tela" (p. 30), a

pesar de que los siglos han seguido: "La ruta de la red" (p. 37), la

cual está: "Envuelta en tela increíble" (p. 45). Esta red, como las

redes del pescador, son un producto textil, dependiente del telar y

su finísimo hilo de estambre. Mas esto es una perogrullada;

oigamos mejor al poeta: "¡Al hijo que teje la canción [...]!" (p. 44).

Su canción está acompañada del sonido del caracol, como de

una caribeña zampoña en boca de un taíno Polifemo. La imagen del

caracol le sirve, a Reyes, para expresar el flujo y reflujo del tiempo:

“Aún es hoy. / El tiempo recircula / sobre su eje / como las

manecillas de un caracol” (p. 72). Andamos con o sin duda: "Por el

mar del tiempo" (p. 73). La eternidad se hace transtemporalidad;

nunca está el Eterno Presente atemporal, o Nunc Stans: "Vienes y

vas, mar, / casi dios, por mi vida. / Atravesándola / en mi fluir /

voluble por lo voluble, / que es lo eterno" (p. 51). En otros versos, el

poeta dice: “Volver a ver / si el caracol / vuelve a salir. / Y ver

recircular otra vez / su distancia al tiempo” (p. 78). O, en estos

otros: "Y si el espacio / y el tiempo / no son rectos, como dicen, /

tal vez la línea curva / que voy trazando (a ciegas) / sea la más

corta / hasta tu mundo" (p. 122). El Tempus rerum edax está

pensado en su caracterización del tiempo como caracol. De acuerdo

con el poeta implicado: “Como lo hace / un caracol hambriento” (p.

73). Resurge el mitema del Krónos caníbal de sus propios

hijos, o del tiempo consumidor de sus propios instantes: “Anotar

que hay noches / en que un caracol enorme / se come todos los

huesos / y en lugar de pichones / tendremos gusanos nuevos” (p

94).

Este concepto de la autofagia se transmuta, en alquímica

transubstanciación de conceptos, en el del aletargamiento. El tiempo

se sazona en su conservarse y gastarse. A la vez que se oculta, se

manifiesta. Ese “a la vez” es su morada y (de)mora: “Huyó a la

alcoba / de su caracol”, -versa el poeta (p. 74). ¿Por qué? Porque

“Caracol / tenía el sueño” (p. 75). Mas ¿cuál sueño? Para tener

sueños, o soñar, se precisa dormir, o caer en ese letargo onírico. Se

oculta en el sueño y, a la vez, se manifiesta en sueños. Sí, un

"Sueño invertido" (p. 35). Mas el letargo es tal que, en sus sueños, el

tiempo: “Que se está haciendo / caracol de un sueño” (p. 91)

Pero, hay una salida de tal aletargamiento. El poeta dice: "Sueña. /

Y estáte alerta" (p. 33), pero además canta: "Esta ansia de seguir

soñando" (p. 46). Esta paradoja se repite en los siguientes versos:

"Vuelo que es toda la vida, / el sueño más despierto / que todo lo

despierto" (p. 84). Reyes nos interpela con una serie de

interrogaciones más agudas que las de un teólogo, o filósofo: "Dime:

¿son realidad los sueños? Yo no sé si todo lo pasado fue pasado

verdadero, si todo ¿tu sueño o mi sueño? fue real / -¿sabes tú qué

es lo real?-, si fue un repliegue en el / tiempo, / un fenómeno de luz

y espejo o reconstrucción de una / soledad descascarada que no

quiso continuar. Pero he / aquí, que aún y / vez no existiese nunca,

continúas en el ir y venir del mar como cuando fuimos entre pájaros

sorprendentes por el mar, por la luna, / por el sueño" (p. 65).

Nuestro poeta se pregunta: "¿Era piel de sueño / o era sueño de

piel?" Para contestar: "Yo aún no lo sé" (p. 69). A peasr del pindárico

hombre es el sueño de una sombra hasta La vida es sueño, de

Calderón, y "los sueños, sueños son", del final del monólogo de su

Segismundo, Chuantzé se sigue preguntando si era un ser humano

que soñó que era una mariposa que volaba, o una mariposa que

soñaba que era un ser humano. Ante lo vivido, dicha duda es

legítima.

No en balde, Reyes evoca el protagonista calderoniano, al decir

condicionalmente: "Si este segismundo espatapájaros" (p. 98). Mas

según otros versos: “Y un caracol extraño / espantó luego / los

sueños y las lunas” (p. 88). ¿Hacia dónde las espantó? A la

quijotesca Sansueña, mas con un agudo Sancho como gobernador.

Mas ¿cuál será aquel caracol extraño? Nos parece identificarlo en

este verso: “Caracaracol” (p. 196). Este caracol tenía el sueño del

dios taíno Deminan Caracaracol, según la Relación de las

antigüedades de los Indios, de Fray Ramón Pané. "Para hacerte un

mito eterno / y verdadero" (p. 87). Aquel Gemelo divino y

cosmogónico es: "La misma cifra del origen" (p. 75), a saber: "Surje

un principio" (p. 91), pero: "Un principio de soledad" (p. 91). Reyes

se pregunta "(Cómo te explico / esta soledad sin nombre / este

desemparo…)" [p. 224]. Más adelante contesta: "Para saber / cómo

es la soledad, / para saber / qué quiere decir / la soledad, / asomo

otra vez / a la ventana" (pp. 86-87), para definir: "La soledad

presente. La soledad / no es la muerte / que la muerte / es lo que

desaparece / y se olvida. / La soledad es presencia / y es vida. / Y

sin embargo / en su contorno / todo se enfría" (p. 90). Sí, fría es no

la muerte, sino el morir. Por tanto: "Cómo decirle muerte / si hasta

sus hermanos de luz" (p. 245). Los hermanos gemelos de Deminan.

Como la sangre: "Rojo es el juego / a vida o muerte / de tu muerte

vida" (p. 203). "Estoy ojeando mi fin / como un principio. / Estoy

planteando la muerte / como una forma de vida" (p. 226), para

hacerte, oh tú Una lluvia grande de campanas, "un mito eterno / y

verdadero" (p. 87).



"Effigy Vessel/Vaso efigie. Deminán Caracaracol, Taíno,

Dominican Republic, A.D. 1200-1500.

Ceramic, 40.6 cm high Collection of National Museum of the American Indian,

Smithsonian Institution.

/Photograph/David Heald"

[1] Para Gracián, el ingenio es como el sol, la agudeza, como la luz, y los conceptos, como sus rayos.
El oído infalible

                              Por Edgar Valdés (paraguayo, crítico en Buenos Aires)


Todavía estoy sorprendido por la lluvia de sonidos que emana  de tu libro. De mucho tiempo a esta parte no he hecho más que leer prosa con pretensiones de poesía, no sé si por falta de orientación o simplemente
porque los poetas más próximos se limitan a eso, a escribir prosa avara en lugar de exprimir las palabras
--chillen, putas-- hasta hacerlas tan delgadas, tan transparentes que se conviertan en música.
Algo de esto --uno se percata-- pasa con tu libro.  ¿O será que definitivamente los poetas sólo nacen y no
se hacen? Sea como sea, creo que tu libro es el libro de un auténtico poeta porque las palabras fluyen --como decía el otro-- más dulcemente que la miel gotea, constituyéndose básicamente como un traslúcido orden musical.

Por estas zonas donde la verdadera poesía es un bien escaso, tiene que sorprendernos el sorprendente uso del lenguaje, la abundancia y, a la vez, la capacidad de síntesis, y ese oído infalible para desenterrar la escondida similicadencia allí donde se encuentre. La diferencia con la poesía que se hace en mi país --por ejemplo- - es tremenda. Entonces tengo que quedar arrebatado por ese tintineo constante, por esa selva de armonías donde casi se evapora el cuerpo de las cosas.

Y sin embargo, ¡cuánta humildad a veces! Claro que lo lírico --una cierta forma de lo amoroso-- predomina
en el libro. Pero eso no es obstáculo para que a veces --muchas veces-- el canto se revierta en himno
solidario, en fraternal acercamiento a los hombres. La pretensión de cielo, de azul, de lo transparente,
es sin embargo, una constante, y no hay más que fijarse en la elección de las palabras, en la voluta de los pensamientos para comprenderlo así. Allí se podría descifrar, quizás, la presencia de Juan Ramón, de un Alberti o de los clásicos clásicos para entender por dónde transita la «inspiración». Es, obviamente, el camino seguido desde siempre por los poetas más exigentes. Yo no puedo sino expresarte mi admiración por medio de estas líneas.
Una lluvia tan grande de campanas
de MARCOS REYES DÁVILA:
ese otro mundo de la poesía

                                               Por Félix CÓRDOVA ITURREGUI

Cuando uno se enfrenta a un libro de poesía en esta sociedad nuestra de hoy, entrado ya el siglo XXI, en medio del impulso enloquecido de una guerra absurda, con fuerte olor a petróleo, tiene motivos suficientes para interrogarse sobre el sentido de la lectura. ¿Qué significa leer versos en un mundo tan inundado por los signos de la propaganda y de la publicidad? ¿Qué puede ofrecer a la mirada la página que le sirve de espacio al cuerpo de la poesía? Si el lector es una persona que no tiene su vida acostumbrada a la visita de los libros, puede encontrarse en uno de poesía algo que se le resiste. Como dijera Cesare Pavese, al concentrarse .sobre una página, comprende que tiene ante sus ojos algo áspero y extraño, desvanecido y al mismo tiempo fuerte, que lo agrede y lo desalienta..1

Con el desarrollo de la modernidad, que en nuestra sociedad también ha significado una particular forma del desarrollo desigual y combinado del capitalismo, el cuerpo de la poesía se hace más resistente y
agresivo. Las categorías que exuda el mercado quisieran derrotarla, reducirla al rasero de su lógica implacable, pero la poesía resiste ante la porosidad de la invasión de los valores de cambio. Más todavía: la poesía es la voz de la resistencia. En la aspereza que su cuerpo adquiere, como requisito de la resistencia, la poesía entra en conflicto incluso consigo misma. Desgarrada interiormente en un debate sobre su propia existencia, se propone afirmar su distancia con respecto al lenguaje filtrado por el espacio absorbido y absorbente del mercado, pero al mismo tiempo tiene que trabajar con el lenguaje común a todos los miembros de una sociedad porque no otra cosa es el objeto mismo de su arte. ¿Cómo alejarse de lo que irremisiblemente está cercano? ¿Cómo poner una distancia en el interior de aquello mismo que constituye la intimidad de la expresión?

La poesía, en su resistencia, es una manifestación importante de la cultura como red de valores
intercomunicables. Vuelvo a citar a Pavese: “Necesidad de comprender a los demás, caridad hacia los otros, que es, al fin, el único modo de comprenderse y amarse a sí mismo: aquí se inicia la cultura.”  En una tensión inevitable que puede tener aires de desgarramiento interior, de dramático conflicto, vive la poesía, renovando su fuego que necesita el calor del prójimo y protegiéndose al mismo tiempo, con su cuerpo “desvanecido y al mismo tiempo fuerte”, de la vulgaridad implacablemente asediadora del mercado con sus trivializaciones inacabables que terminan por dejar el espíritu vacío.

Este drama, y la tensión espiritual que por él discurre, alienta la poesía de Marcos Reyes Dávila: Una lluvia tan grande de campanas. Un libro que contiene seis libros y que por ser precisamente un cuerpo heterogéneo de resistencia, no debemos reducirlo a una biografía espiritual de su autor, ya que también puede leerse como un compromiso de honradez con el movimiento espiritual de nuestra colectividad puertorriqueña en sus vínculos con un proyecto antillano y americano continental que nunca ha dejado de existir en la imaginación de los pueblos latinoamericanos. Si en el libro se oyen muchas voces y es continuo el diálogo con recuerdos definitivos, es porque el poeta ha concebido su obra y la observa como parte de un proceso que no terminará con él. La palabra poética lleva en su interior un diálogo inacabable en el que continuidad y ruptura obligan a la voz a poner un ojo sobre sí misma al mismo tiempo que observa las exigencias de la historia.

Marcos Reyes Dávila no niega la dimensión de conflicto creativo que alimenta su poesía como consecuencia
de haber nacido en un momento de complicada transición.  
        Así, yo, un pie militante en los sesenta de bandera y utopía, y otro pie presto sobre el arabesco de un letrar de arenas sin dueño.
      No es fácil embarcarse en la poesía en medio de una marejada grande que parece anegar y cubrir
las trincheras de un momento histórico de lucha. Si la poesía se ve obligada a recogerse, es para fortalecerse. No hay que negar que este fortalecimiento tiene una dimensión formal, relacionada con la sensación de aspereza y extrañeza destacada por Cesare Pavese. Pero el poeta no abandona sus impulsos utópicos. Los interioriza en ese letrar de arenas sin dueño. La poesía que nos trae este libro nace en conflicto con la moda, con .aliento de frontera. y la dimensión de hibridez del arte del poeta se recoge en la pregunta que abre el texto: .¿Tendré que disculpar aquí, en plena marejada posmoderna, el campanear de La Alhambra?.

Esta interrogación alerta al lector sobre la vocación de la poesía que tiene ante sus ojos: no quiere salir de la
historia, rechaza el abandono del sueño de otro mundo, se aferra a la experiencia vivida en el tiempo y a la resonancia que el recuerdo de lo pasado tiene en la novedad del vivir humano. Pero el recuerdo sobrevive en la fortaleza de la forma artística que adquiere. Desde la potencia del arte el recuerdo mantiene su vocación de futuro, salva la dimensión de su exigencia de realización. La vida en su soltura está inevitablemente penetrada de huellas. El caminar humano siempre se hace sobre la resonancia de los ecos y los ecos mejor organizados son los que establecen la dimensión y la dirección del camino. La palabra poética suena porque vive poblada.

La inconformidad propia se alimenta así de inconformidades ajenas. El alimento de la rebeldía del
poeta, su no aceptación de un mundo desvalorizado precisamente porque todo se mide con la forma del valor dinerario, es el recuerdo, la memoria. El canto es del futuro
porque sabe guardar el fuego de las palabras poderosas.

Desde esta perspectiva se comprende la intención de honestidad reiterada por Marcos Reyes Dávila como propósito de búsqueda e indagación. La intención de honestidad no tiene sentido fuera de vínculos temporales. Lo que postula es un saber de historia, un reconocimiento de los recuerdos, un amor de la memoria que no se avergüenza de sus filiaciones. La memoria en su decir arma el amor y en un libro de 1988, Para un día sin réquiem y sin sombra, expone sus recuerdos sin temor a las marejadas de la moda:
Lolita Lebrón, los compañeros de luchas sindicales en la Universidad Central de Bayamón, reprimidos y expulsados, Francisco Manrique Cabrera, René Marqués, Juan Antonio Corretjer, León Felipe, un humilde
obrero del sur, Haití, Eugenio María de Hostos y los hijos del propio poeta.
La intención de honradez no teme cantarle a la memoria de maestros desaparecidos. No está de moda hacerlo. Por el contrario, está de moda la crítica a veces destemplada de sus obras. ¿Cantarle a Manrique Cabrera? Decirle a su recuerdo: Manrique, / sobre mi sombra / hoy / canta tu huella, es algo que definitivamente no está de moda.

Pero también hay que decirlo: la moda guarda hoy muchas vergüenzas escondidas en su ropero. A Marcos Reyes Dávila no le importa que por ahí, por algún pasillo central de la academia se desprecie a los maestros de ayer, los maestros de la inconformidad, hoy objeto de burlas por novedosos conformismos que no han dejado de acomodarse muy bien en la academia. Su memoria no se avergüenza de sus recuerdos y el canto a
estos recuerdos es una exigencia de la intención de honradez.

En ninguno de sus libros Marcos Reyes Dávila esconde las voces que se oyen en su voz. Por el contrario, las quiere hacer audibles. Su poesía, como toda buena poesía, es un hablar sobre lo ya dicho. El arte consiste
en saber escuchar la palabra todavía viva, palpitante en su inconclusión, en el sueño que la movió a existir. Por eso Reyes Dávila le confiere a su poesía una dimensión conversacional.

Habla con Hostos, por ejemplo, construye su presencia en el poema, diciéndole que lo ha querido buscar con palabras suyas, las del propio Hostos, porque poesía es eso en muchos casos, respirar la palabra viva. Lo social y lo nacional, aspectos inseparables en su poesía, quieren pronunciarse en el poblado de su voz. Por ella transita Alberti y Vallejo, Miguel Hernández y León Felipe, poetas de lo social, pero entre de
ellos, como si el poeta nos dijera que no puede olvidarse del problema colonial, camina también Matos Paoli.

Aquí tocamos un problema interesante: la voz. La poesía que tiene pasión de historia, que se siente palabra en el tiempo, sabe que la voz es lo que cambia. La voz busca la huella para reconocerse y observar su itinerario. No se recuerda lo recordado porque se es igual a él o ella, sino porque de alguna manera se viene de él o ella, se siente el vínculo o la deuda. Por eso es importante la historia de la voz. Ella se recoge en el devenir de los textos, en las marcas de su ampliación o de su interiorización. La escritura es necesaria para
darnos la profundidad del destino de la voz. En este ir imaginario, profundamente real, la pesadez del cuerpo tiene que aligerarse para alcanzar el canto. Apoyándose en Rafael Alberti nos dice: .¿Para qué os quiero, / pies, / si no es para ir / con el que alcanza el canto?.

El poeta, desde hace ya tiempo, es un ser cuyo canto le exige el desdoblamiento y le urge el don de mirar su propia mirada. El pensamiento poético, como decía Mallarme, se piensa a sí mismo y en su mirada va también su propia imagen. Pero el poeta sabe que en su mirada se han depositado ojos ajenos. En realidad el ojo del poeta no es un ojo. Es un panal de ojos. Si en la voz se articula la mirada, en la mirada de la voz de Marcos Reyes Dávila suenan muchos ojos anteriores: Antonio Machado, León Felipe, Rafael Alberti,
César Vallejo, Pablo Neruda, Matos Paoli, Palés Matos, Juan Antonio Corretjer, Vicente Rodríguez Nietzsche, José de Diego, etc. La poesía de intención honrada tampoco esconde el racimo de ojos que hace posible su mirar y su mirada.

Si bien en la breve presentación de este libro, recorrido de una vida de creación, no puedo comentar todos los libros incluidos, me interesa detenerme ante algunos aspectos de dos de ellos: Estuario y Para un día sin réquiem y sin sombra. En Estuario, que recoge poemas de 1973-1975, aunque fue
publicado en 1981, todavía el lector se encuentra con la andadura inicial de Marcos Reyes Dávila, apoyándose en el poema breve. Los poemas se distribuyen en tres secciones: .El horizonte recogido., .Tierra de preguntas. y .Mar de las respuestas.. No deja de ser interesante la ordenación de los poemas
más breves de la primera parte, hasta entrada la segunda, que parecen guiar al lector proyectando sobre la página la imagen gráfica de unas huellas, hasta la ciudad de brea, para después plantearse la necesidad de un retorno al mar, contenido en la tercera parte. Desde la primera parte del texto, que presenta
el tema del hori zonte, ya está planteada una compleja relación entre el mar y la tierra. Si se observa la estructura de la segunda parte y de la tercera, el lector enfrenta las preguntas de la tierra con las respuestas del mar. La visión que los poemas proyectan de la ciudad, que parece incluir a toda latinoamerica, corresponde a un mundo de amnesia. La ciudad es brea ocupada, un lugar de destitución, en ella vive destituido .cada uno de sí mismo. Un orden impuesto, una dominación .del malhechor / que comercia con su cultura de latón. es lo que provoca .la destitución sobre el artificio.. Después de una visión de
Puerto Rico entre fragmentos, de la .Isla aislada / y dirigida / a lo disperso., viene un llamado para ir al mar, .Al mundo de todas las salidas..

El lector entra así en la última parte: .El mar de las respuestas.. Y en ese mundo ilimitado el mar se mueve, viene y va, .casi dios., por lo que la voz lírica llama .lo otro que es lo mío.. Uno tiene la sensación, al enfrentar esa dialéctica de mar y tierra, intuitiva, oscura, tocando aspiraciones del inconsciente,
de que el poeta, de alguna forma, está planteando la urgencia de salir del límite de la tierra, del efecto síquico de ese límite sobre la conciencia de los isleños. Sobre las marcas de ese límite territorial y de una conciencia que no pudo en su historia formativa utilizar el mar para superarlo, se ha impuesto el coloniaje en Puerto Rico. Resulta muy expresiva, desde esta óptica, observar cómo en otro libro, Pájaros de invierno, aparecen trabajadas y transformadas las metáforas más viejas de nuestra poesía: .El jardín, estrangulado, / nos
hiela por dentro.. La dominación colonial estrangula implacablemente el jardín: lo reduce, lo aminora, lo degrada. El estrangulamiento, a su vez, hiela, paraliza a los habitantes.

Pero no hay que olvidar que ya la misma expresión .jardín. es una sinécdoque y hay un elemento
de reducción expresada en la conciencia histórica, una dimensión de ornamento y pequeñez. Sobre ese tropo de la reducción opera luego el estrangulamiento. Con una sugeridora combinación de imágenes la voz poética ha sobrepuesto temporalidades distanciadas y nos provee la visión violenta que surge
de una colonización ejercida sobre otra, de una reducción que ha operado sobre otra. Lo que la mirada
descubre, el jardín estrangulado, adquiere la dimensión de un sujeto que tiene el don inverso
de la creación: nos hiela por dentro. La imagen visual del jardín muerto provoca en el interior la sensación táctil del frío de la muerte.

Por otra parte, si se observa la dialéctica mar-tierra en la tercera parte de Estuario, el mar se presenta como .la estación total., .camino ancho y abierto., el espacio donde se puede amar .la definitiva libertad.,
la fuerza que puede animar el suelo y superar las limitaciones de la tierra cárcel. Desde la experiencia del mar, que bien puede también simbolizar la posibilidad del canto, es decir, de la poesía, desde esta .Ubre múltiple del agua., puede darse .la revolución de las respuestas.. No es por casualidad que el texto concluye con interrogaciones sobre el canto.

No quiero dejar pasar la oportunidad de señalar la importancia que adquiere el mar en otro libro que recoge poemas escritos entre 1988-1995: Los códices secretos. El mar y el canto se identifican hasta tal punto que la voz  poética afirma: .Que si no estuvieras, mar / yo no estuviera.. El dulzor del mar ata con su lumbre a la canción. La dimensión simbólica del mar, su presencia en el calor mismo de la creación poética, su vínculo íntimo con la poesía, con la belleza, se profundiza y adquiere pleno sentido la expresión de que sólo lo
hermoso / tiene afán de eternidad. Puede decirse que la presencia del mar abre y cierra la poesía contenida en Una lluvia tan grande de campanas.

Paso ahora al comentario breve del otro libro: Para un día sin réquiem y sin sombras, de 1988. Desde
la cita de Hostos que anticipa el texto se pueden elaborar los aspectos principales de la poética de Marcos Reyes Dávila. Según Hostos, en su famoso ensayo sobre Plácido, la vocación poética de la sociedad surge de una lucha entre la coacción y la resistencia del cohibido, del contraste entre la fuerza vencedora y el derecho no vencido. El poeta líricoes la encarnación de esa vocación poética que tiene una dimensión social. Pero esta lucha entre la fuerza y el derecho no se reduce a una dimensión abstracta. Tiene su asiento en todo el cuerpo: la carne, el hueso, el ser humano. De esa resistencia corporal y espiritual nace el poeta lírico. La palabra no puede desasirse de la figura de un cuerpo que le canta por su interior. Es necesario insistir que se trata de una resistencia que tiene voluntad de cuerpo y como tal exige proyección social. En su canto, por debajo de su canto, en la estructuración simbólica del inconsciente, y por encima de su canto, ondula como necesidad un  mundo alterno. Ese mundo otro es una urgencia para que el canto sea posible: en él se teje lo real vibrando en la respiración del deseo.

El libro se divide en tres partes: 1) Diálogo con un corazón solar; 2) Amor armado; 3) Envíos. Vista ya la
cita de Hostos que nos sirve de entrada al texto, no sorprende que ese corazón solar sea una representación
de la poesía misma: sé que la poesía es / el corazón solar / de los esfuerzos humanos. Asomarse a la poesía, inmensa inmensa, sustantivada en ella la grandeza de la resistencia del cohibido, es asombrarse, atisbar el espacio inherentemente contradictorio de la actividad creadora, observar la
cercanía y su inevitable esfumamiento. La poesía es impulso que se proyecta
como una presencia ausente, contradictoria, como una dulce sal, y por ello es descifrable, porque tiene una proyección como la luz que ilumina los objetos, que ante los ojos son y no son la luz al mismo tiempo. Por ello la poesía no puede desligarse de la memoria y se refracta en la luminosidad simbólica que emana del recuerdo, siendo inevitablemente la voz que se repite : Eres una inmensa inmensa .

La poesía como el espacio íntimo de la creación hace posible el vínculo de lo separado. La voz es sonido
organizado, ritmo, pero nace de la mirada, está organizada por la visión. En su movimiento el sonido se ilumina, la mirada se hace ritmo.

.Me he asomado a verte poesía. 
A darle palabra de intercambio, código
a tu cuerpo desasido.
¿Con qué palabra describir
tu luz ímpetu visible o invisible,
¿cómo herir tu corazón sin freno
como descifrar tu dulce sal?. 

La palabra poética siente que no puede expresar la grandeza de la inmensa inmensa si no es mediante la expresión de su propia insuficiencia y la reflexión de su propio límite. La voz poética reconoce así la
belleza de su límite. Sabe que el engrandecimiento de su canto tiene que ver con acontecimientos externos a la palabra, aunque sea la palabra quien intente codificar el cuerpo desasido. La poesía es entonces más que la palabra por el lugar donde nace y es también más que la palabra por el lugar donde encuentra su destino. Tiene que ser así porque Marcos Reyes Dávila insiste en la unión del canto y la vida. No tiene
historia la poesía porque ella misma es, como diría Ezra Pound, nutrición de
impulso, la respiración misma de la historia.3 Por esta razón, cuando aparece
una referencia directa al enemigo, no importa la época, una constante lo caracteriza: su intento de separar la poesía de la vida. La voz poética se refiere a ese enemigo nuestro que desde hace mucho pretende divorciar vida y poesía. El divorcio entre vida y poesía lo desarrolla el enemigo desde la organización de la vida cotidiana, en las diferentes formulaciones de la opresión. Si bien la poesía canta desde las sombras del misterio en que nace, también atiende las luchas más vinculadas a los requerimientos de la vida diaria en las
que el poeta y compañeras y compañeros suyos se han visto inmersos: las luchas sindicales en el ámbito universitario.

Por aquí llegamos a otro aspecto importante de la poesía de Marcos Reyes Dávila: la identificación de su canto con los preteridos y los maltratados de la historia, no como experiencia abstracta, sino como vivencia que ha nacido en carne propia. En la segunda parte, Amor armado, la voz poética reconoce
las huellas que habitan en su canto. Son huellas diferentes, expresión de la pluralidad de los esfuerzos de la resistencia, pero huellas todas que la voz reconoce como suyas, aunque no idénticas a sí misma: Manrique Cabrera, René Marqués y Juan Antonio Corretjer, por mencionar algunas presencias de
lo ausente. Huellas de voces destacadas que aparecen seguidas de un réquiem
por un humilde obrero del sur, voz anónima, y un canto que propone desandar
la memoria para recuperar la .esperanza primigenia. del querido Haití. Porque
en esta poesía, si bien no ha terminado el tiempo de las reivindicaciones democráticas nacionales, dado el carácter colonial de Puerto Rico, que impide afirmar que .el tiempo bolívar. ha concluido, el concepto de la patria que se desarrolla es uno amplio y socialmente espacioso.

Esta amplitud se expresa con espléndida claridad en el poema En la tumba de Eugenio María de Hostos. La lectura del poema nos deja saber de inmediato que no se le canta al Hostos muerto. Se le canta al Hostos vivo, habitable en el .inagotable arrecife. de su huella, que todavía habla desde la distancia. La distancia no es un atributo negativo: nos da hoy la dimensión de una inacabable fuerza de resistencia. La obra de Hostos se levanta como el espacio organizado de una voz que mantiene abierta, aunque sea como una
herida, la profundidad de la historia. El canto de la resistencia actual puede mirar hacia atrás y afirmar me interné por las antiguas galerías de la pena, porque en ese espesor de la lucha continuada se cumple la verdad de la cita que sirve de epígrafe al poema: el fin es contribuir a que llegue el día.
El día llegará como el florecimiento de conocidos y desconocidos de la historia. Llegará como el resultado del esfuerzo de grandes y de humildes.

Marcos Reyes Dávila le canta a una patria que aún no llega, concibiéndola como proyecto de los preteridos. Una patria grande con la escuela y el jornal y el taller descolonizados. Como la función del canto es contribuir a que llegue el día, no importa si ha sucumbido quien ha luchado por él, en esa larga historia
de relevos generacionales, la tercera parte del libro, Envíos, va dirigida a sus hijos, los herederos de la resistencia. La poesía tiene la función imprescindible de organizar en estructuras simbólicas permanentes las experiencias de la resistencia, con particular énfasis aquéllas que se vinculan con su propio medio de expresión, el lenguaje de la colectividad. En su lucha por asir lo inasible, en su contacto creativo con lo inexpresable, la poesía le confiere una dimensión de profundidad al acontecer humano y visibilidad a la sombra de su misterio. En ella suenan y resuenan los deseos más íntimos de una colectividad. Mientras
la poesía suene, el canto vive y puede recogerse el trigo, como diría León Felipe.La esperanza puede desplegar su utopía. Y el sonido, además de sonar, puede hacerse luz, celebración iluminada, evocación permanente, ofreciéndole visibilidad a la imagen en una hermosa sinestesia:

“despertaremos tu lámpara en
la tierra
como una lluvia tan grande
de campanas
.”

(Tomado de EXÉGESIS 47 --2003--: 32-37.)

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Notas
1 Cesare Pavese, El oficio de poeta. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1970, 29.
2 Ibid.
3 Ezra Pund, El arte de la poesía. Mexico: Joaquín Mortiz, 1978, 34.
Una lluvia tan grande de campanas

                                    Por Manuel DE LA PUEBLA

Cuando el 9 de enero llamé por teléfono a Marcos para felicitarle por su participación en el programa Cultura Viva, del Canal 6, le dije: estoy leyendo tu libro de poesía, ¡felicitaciones! Éste es el libro que estaba esperando. Lo esperaba con preocupación, temiendo que por causa de la revista Exégesis, las clases, los viajes y la militancia por Vieques,  la poesía quedase relegada a lo futurible.

Pero no, la obra estaba y me llegaba en hermosa presentación, con olor a tinta fresca, procedente de la Editorial Museo Casa Roig; realizada en una labor conjunta, cuidadosa y profesional. Y venía anunciada como una lluvia copiosa desde la metáfora del campanario, imagen extraña a primera vista, pero que muy pronto empecé a escuchar repiques familiares; unos, con tono de réquiem; otros, con unción de historia patria; los de asuntos de familia impactados por el sentimiento acendrado; también los sones que dialogan con un corazón solar, y los que pertenecen a un .códice secreto., además, los memoriales de Chile, la Alhambra y Vieques.

Muy pronto con la lectura fueron despertando los primeros textos poéticos de Marcos que llegaron a
mis manos; los conceptos personales, raigales, que expuso como respuesta al cuestionario para Poesía
joven en Puerto Rico, de 1981; el recuerdo de la aparición de los primeros tres libros suyos; dos de ellos
impresos, casi en forma artesanal, en la oficina de Mairena. Poemas registrados positivamente en la memoria,
más el impacto de lo nuevo; más particularmente de un conjunto de poemas mayores que aquí hallo:
firmes, seguros en el sentimiento y densos en la expresión. Y en la totalidad del libro, un punto significativo:
el reconocimiento de un itinerario dilatado en el tiempo, desde los primeros tres libros, seguidos de silencios
y de poemas publicados esporádicamente en algunas revistas, hasta la presente edición. Itinerario ahora
ante los ojos, con su carácter ascendente en lo que respecta a la calidad poética, a la intensificación en el
tratamiento de los temas y el dominio del lenguaje. Itinerario poético y humano que va desde que el poeta
salió para saber / como es lo hermoso.... con mi lamparita de aceite / por la carretera (hacia) la región
elegida / para el amor
, hasta Los poemas del auxilio mutuo donde el diapasón se desgarró de espíritu.

El propio poeta conoce este camino y con sus mismas reflexiones nos ayuda a reconocerlo:

“Embarqué a la poesía cuando esa marejada grande de este fin de siglo inundaba las trincheras de la poesía sesentista, cerraba las centrales de todas las guajanas y recogía las velas hacia adentro. El arte revolucionario se transformaba en revolución del arte y derivaba hacia el arte de arte que es yugular del posmoderno.”

Se trata en realidad de caminos que se entrelazan; de uno que es histórico y de otro
interior; el que sigue la marcha general de la poesía en su contemporaneidad y el que refleja
la aventura personal, honesta y cómplice. El comprometido con la realidad o que
desea subvertirla y el que acompaña al hombre íntegro. Un camino marcado en una tierra
de preguntas
, pero hecho, acompañado por los más prójimos, con un mar de respuestas.

En Una lluvia tan grande de campanas hay oficio y hay testimonio. Hay un reconocimiento
de y a los maestros: Eugenio María de Hostos, Francisco Matos Paoli, Francisco Manrique Cabrera, Luis Palés Matos, Pablo Neruda, César Vallejo y León Felipe. Y una línea de la página 148 que tomo como
conclusión: este abrazo a la canción es lo más importante. .Es lo que queda.: la poesía lograda,
comunicativa y a lo que añado lo que ya el poeta siendo estudiante había afirmado de la poesía: Has estado aquí, conmigo y con el hombre siempre... (tú que) no te entregas dócil a unas manos que no te traten con devoción de artesano; a quien no sea, como él, continuador de la obra y el espíritu de Hostos,
cuando dice:

despertaremos tu lámpara en la tierra
como una lluvia tan grande de campanas
y alas / y fuegos / y amor / y marejadas.
De por qué escribir en estos tiempos aciagos:
Marcos Reyes Dávila
y la palabra como auxilio mutuo


Por Rubén Alejandro Moreira

No es causalidad que Bertold Bretch me sirva de puente, con la referencia a los tiempos aciagos en que estamos viviendo. Tal parece como si las guerras de este mundo se hubieran encadenado todas, y los tiempos aciagos de los que nos habla Bretch, se hubieran extendido a los tiempos nefastos que nos toca vivir a nosotros hoy. Entonces, en estos tiempos de guerra, en tiempos en los que la vida cotidiana es regida por el insensato capital que nos compra y castiga, por qué escribir poesía. No es por casualidad tampoco que aluda a los Poemas del auxilio mutuo de Reyes Dávila para saltar a una actitud de poeta que compromete la palabra, sin doblegarla. La poesía de Reyes Dávila es una poesía con imperativo.

Marcos Reyes parece contestar desde lo libertario y desde el amor.
«Mi vida es venir
en anverso y en reverso.
Sol de la tarde
que cae dislocado
vestido y cerrado
en mí
por ti, soledad;
sol de la mañana
que crece firme
desnudo y abierto,
contigo.
Cuán fino estambre, amor,
tu íntegra consecuencia!
»

Hay causas poderosas en los imperativos que dictan los pensamientos más atinados del ser humano, y sentimientos que atesoran toda la complejidad inexplicable de nosotros mismos. Pero hay consecuencias, hay hilos, aunque puedan romperse. De ahí que el poeta pueda preguntar en un poema titulado Patria:

« ¿ P o d r á
amanecer
auténtico el
sol?
»

A n t e tantas vitrinas, ante t a n t a s pantallas, ante tantos medios de comunic a c i ó n emitiendo señales, el
p o e t a busca la autenticidad. El sol puede brillar, pero bien podría ser un espejismo, o un mero fuego fatuo, si la definición o los principios rectores que deben estar en nosotros, nos abandonan.
Por eso, en su poema titulado Latinoamérica, Reyes desenmascara un orden que es necesario execrar:

“Estamos todos
destituidos sobre el artificio.
Este es el orden del malhechor
que comercia con su cultura de latón, la ánima
adversa
de una cultura amnésica sin hombre,
tos ni emoción.
Hoy estamos en la distancia más excelsa
del olvido. Que hemos sido y nos han ido
de todo lo hijo.
Destituidos...
cada uno de sí mismo!
”

Si los tiempos, como decíamos, son así de nefastos, por qué escribir poesía. ¿No nos da la palabra el asidero
momentáneo para nutrir el pensamiento, pero mejor aún el punto de arranque para el combate donde se darán las grandes transformaciones? ¿No se dan esas mismas transformaciones en la poesía? ¿No es la poesía el corazón de lo revolucionario? Para aquéllos que necesitan agarrarse del lado útil de las cosas para poder palpar hasta en la ausencia, Reyes parece construirle un puente de modo que lleguen a las fulgurantes funciones de la creatividad.

“Para saber qué es lo hermoso,
para que tú me quisieras
y para aprender a quererte
me fui con las gaviotas
sobre el mar.
Me tomé el riesgo
de despertar entero
sobre las cimas más altas
de los desfiladeros.
Y me fui, me fui, me fui
--¿a dónde iban?--
me fui con ellas...
Cantan,
cantan los pájaros.
¿Qué cantan?
--Que lo hermoso nos cuesta la vida
”.

Vida y poesía para la vida. La palabra de Marcos Reyes Dávila emerge de todo un legado de figuras luminarias que han unido palabra y acto porque la palabra es más poderosa cuando se hace acto. Esos fantasmas que atraviesan sus páginas como dioses titulares --Bolívar, Hostos, Martí, Betances, Albizu, Corretjer, Matos Paoli-- permiten al lector encaminarse por los derroteros del libro, por los imperativos poéticos y personales que propone el mismo.

Reyes no claudica a este imperativo de buscar lo definitorio, aunque lo único definitivo sea el tránsito, como
decía Lezama: «Ah que tú escapes cuando ya había alcanzado tu mejor definición». Sin embargo, alcanzar esas coordenadas definitorias provisionales nos permiten entendernos mejor como colectivo, como pueblo que siente y padece en su propio regazo. Por eso Reyes dialoga con un corazón solar, para decirlo con palabras suyas. Ese corazón solar es la literatura misma, que le brinda mayor aliento al poeta. Retornan los fantasmas vivísimos de Corretjer, René Marqués, Matos Paoli... Y dice Reyes Dávila:

“Por esta eterna faena nuestra
de la liberación
sé que la poesía es
el corazón solar
de los esfuerzos humanos.
”

Por qué escribir poesía, nos preguntábamos con frases de Bertold Brecht, y hoy lo preguntamos en esta presentación de Una lluvia tan grande de campanas. La contestación de esta música mojada es rotunda. Esas campanadas son el llamado urgente para hacerle frente a los tiempos más adversos. Quiero dar fe de este llamado, finalizando mi intervención con estos versos del poeta:

“El lago de Atitlán --lo digo como ejemplo--
no es sólo agua.
Son sus orillas y volcanes,
sus peces blancos,
los afluentes helados
que lo nutren,
las algas
los crustáceos
el plancton
y el hombre que vive de sus redes
y cruza diariamente
tu rostro niquelado,
el viento que pule tus acasos
el océano de tu sueño,
tu esperanza,
tu canto.
Qué sería de tanto
si te fueras!
”

(Publicado en EXÉGESIS 47.)
Marcos Reyes Dávila, 
heredero y continuador del grupo Guajana
           
                                       Por Ángel M. Encarnación Rivera
       
    El grupo Guajana concibió la poesía como una disciplina formativa en la que, por lo tanto, residía un valor práctico ya que veían la poesía como un arte útil. Esta utilidad no era monolítica como todos sabemos. Se trataba de un amplio conjunto de valores entre los que sobresalía la búsqueda de un arte claro, transparente, accesible para todo receptor creyente del arte de la palabra. Este es el eje de tal conjunto, aunque recordemos aquellos postulados que promulgaban la búsqueda de la verdad, la defensa de los valores nacionales, del patrimonio cultural, de la lengua española, de la igualdad, el rechazo al prejuicio, al anticolonialismo, a la intervención extranjera, el disfrute y desarrollo de la libertad individual… Pero de todos estos postulados hay uno que se distingue y el que casi se ha convertido en sinónimo de Guajana, este es la fe ciega, casi irracional y eternamente juvenil en el arte de la palabra, en la poesía. En  este grupo la poesía estaba concebida como una entidad que transforma, que da paz, que supera toda necesidad, que trasciende los conflictos para llegar a lo más interno del ser, que educa como el arma del futuro. Para ellos la poesía era el arte superior. 
    Y esa fe incansable por la poesía es lo que marca la poesía y la vida de Marcos Reyes Dávila. Si hay una obra tanto intelectual, como creativa, que ha enarbolado esta creencia, esa es la obra de Reyes Dávila. Nadie como él se da a una entrega tan amplia prestándose a reseñar nuestro quehacer poético, a documentar la producción y a tratarla con imparcialidad ejemplar. Así mismo es su poesía, un goce con la palabra, un deleite al revelar el arte y al entrar en contacto con la producción de muchos otros, un enamoramiento con el entorno, con la realidad, con su herencia cultural. Es una poesía, como lo fue la de Guajana, un diálogo con figuras, con paisajes, con la historia, con la tradición, en la que, por hallarlo con una constancia palpable y definidora seleccionamos el mar como elemento integrador de toda su poesía.
    Su estudio memorable Hasta el final del fuego, guajana, treinta años de poesía, 1992, es testimonio de este vínculo directo con el grupo, pero sus trabajos sobre poesía hispanoamericana en las páginas de Exégesis, de la cual ha sido director, y de Mairena, Junto a Manuel de la Puebla, hacen que su nombre sea sinónimo de estudio profundo y ameno.
    Toda su poesía es meditada, serena, nostálgica, porque en sí es una búsqueda de respuestas totales y absolutas sobre la vida y el sentido del ser. Parece querer descifrar el misterio de lo absoluto, de la razón de la existencia, de la eternidad. Como observador de la inmensidad, el vehículo más adecuado para estos cuestionamientos es el lenguaje poético. La poesía entonces se concibe como un mar, un agua inmensa, ímpetu, luz, espejo:
    Me he asomado a verte, poesía.
    A darte palabra de intercambio, código,
    A tu cuerpo desasido.
¿Con qué palabra describir
Tu luz, ímpetu visible o invisible,
Cómo herir  tu corazón sin freno,
Como descifrar tu dulce sal?
La palabra tenía que ser más que una palabra.
Tenía que ser agua como tú,
Luz como tú,
Ola, lucha, encuentro, como tú.
Y tenía que estar yo amanecido.
        (“Eres una inmensa inmensa”, p.133)

Su poesía disfruta de la tradición poética puertorriqueña, como lo hizo  el grupo Guajana, desarrollada durante el siglo veinte, principalmente. Se goza de lucir imágenes, ritmos y espacios de nuestros grandes poetas como Palés Matos, Corretjer, Matos Paoli, el trascendentalismo, el atalayismo, Rivera Chevremont, de los hispanos y americanos como León Felipe, Neruda,  Guillén, Borges, Salinas, Paz… Es una obra que pide su espacio dentro de un discurso con el que no quiere romper radicalmente, sino dialogar, fluir. Se acerca a los que quieren hacer justicia, al cantar popular, a la imagen mítica, al ritmo, a la sensibilidad lingüística y la emoción inalienable y de diversidad ilímite como “un universo imposible de pájaros (p.135). Como Guajana, es puro amor, amor al lenguaje, a la expresión artística, a lo popular, a la tradición.
    El mar es una de estas inquietudes constantes de Reyes Dávila. Casi todo poema lo alude de una forma u otra, ya sea mediante imágenes directas o mediante recreaciones transformativas. Sus versos cuentan con tantos de estos elementos que sería imposible agotarlos. Son tantos, que casi se convierten en un idiolecto característico. Nos basta un puñado para que se entienda su constancia: teorema de agua, puerto, río, sal, langostas, arena, playa, estuario, vela, pescadería, ondula, curva, marinero, inunda, puente, ahogo, salpicar, ínsula, aguador, sirena, fuente, Caribe, coral, espejo…

Mar de las respuestas, condensa estas imágenes, estos acercamientos y transformaciones que posteriormente se ampliarán o se trabajarán más detalladamente en otros libros. Tiene los intereses que perdurarán en su obra como asuntos y alusiones vinculadas al mar en hermandad con  lo eterno,  la vida material, las dudas, el acercamiento a un propio dios, la patria y lo universal, el deseo, el destino. Es señal de una poesía que aún en sus comienzos daba muestra de madurez y altura:

1.    Liminar
partir a la mañana
es partir
hacia una maraña de cosas intrincadas.


Es rehusar recintos manoseados
Y tibios,
Es rehusar la luz almacenada
Para sembrar con pértigas
Y postas de sol
El hosco polvo del sendero.


¡Ah, hermoso es partir
Al mar de las mañanas
Y deportarme,
Romper las amarras del puerto
Para derrocar por fin
Todos los cementerios.
            (“Amor armado”, p.150)

Esta obsesión de agotar la imagen marina, de acceder a su perfección se repite en “Mar de invierno” de Pájaros de invierno, 1978. Ahora el mar es un hechicero, un predicador, un balcón. Sus poemas construyen experiencias centradas en imágenes descriptivas cuyos temas se recrean en títulos nostálgicos y plurisignificativos: Mar de invierno, En la región de las tormentas, Con las alas caídas, Sobre la arena fría. En otros poemas prevalece la imagen del pájaro siempre ligado al mar para recrear los esfuerzos creativos por rutas diversas y originales como la múltiple alusión, la que con el referente del ave se traduce en sueño-poesía-eternidad.

Con el mar logra esta multiplicidad dándole sentido de irracionalidad, personificaciones, zoologismos, abstracción imaginística que parece querer resumir la tradición nacional, oscuridad, luz, abundancia, sueño. Vemos un mar a veces desconsolado, descerrajado, hosco, homicida, tendedor de pañuelos, de alas descuartizadas, de tiempo muerto. Los sueños tendrán arenas marineras. Habrá porteros, aduaneros, cirujanos, operadores de torres de control. Los caracoles tendrán velas apagadas, sueño; el puerto, silencios blancos. La luna poseerá búhos, almendras y conejos. Es un universo alucinante, fantasmagórico y mítico que no dejará de seducirnos en ningún momento, ni aun en los de mayor hermetismo, ya que se adueñará de nosotros con su ritmo, su sencillez y su bien lograda combinación de frases y vocablos.

Toda imagen como la caída del ave (entrega a los placeres, pérdida de la inocencia) será una multiplicidad de significados a la que se unirán otros significados encadenados a la naturaleza (la locura lunar, lo relativo a la piel, la quema del corazón el silencio frente a la partida del amor, el frío del invierno, la queja ante la luna en una playa desierta) que abrirán el conjunto de posibilidades interpretativas relacionadas a una sola entidad, como sucede en el caso que describimos que se suman al amor, al sueño, a la muerte. Su poesía servirá para reconstruir sueños, realidades perdidas que acercarán toda la naturaleza a estas pérdidas llevándonos al mar, a una ventana en una ermita, en medio y a través de pájaros, ríos y despeñaderos, ríos y arenas, litorales, gaviotas y caracolas. Los seres se volverán parte de sueños, se convertirán en augurios, en entelequias con picos en los senos, alas en las manos,  aves en las ojeras.

En toda está naturaleza el mar estará aludido a veces de manera indirecta, pero siempre constante. El pájaro, que viene del mar será el punto intermedio entre dos grandes simbologías occidentales: el cielo y el mar. Es el mensajero, el contacto entre lo eterno y lo efímero, lo concreto y lo espiritual. Este mensajero, siempre intermedio entre el cielo y el mar, transmitirá a otros estadios quejas, dolorosos quebrantos lastimeros, sostendrá la soledad convirtiéndose así en símbolo de un  ente mayor, el que muy bien podría ser aquella parte de la humanidad que niega el valor de los sueños, de la fe, de la esperanza, la humanidad perdida en su mundo material y contaminado.

Goyescas se vincula a los símbolos de la marinería por medio de la imagen sideral, la búsqueda de la estrella, norte de toda navegación.  Es la meta, la herencia de todos los grandes caminantes y peregrinos ansiosos de luz. Este elemento gozará también de multiplicidad de significados y se vinculará a todo elemento salvador como los ojos que ofrecen esperanza, el abrigo, el hallazgo, un madero en alta mar. Se relacionará a todo aquello que dé luz, que salve de ahogarse. En este cosmos el mar es de igual modo, elemento unitario, el que se escuchará continuamente, junto al río y traerá sus entidades relacionadas como el puente,  aguas, sirenas, niebla, evaporación… La obra pictórica del maestro español se unirá a otros maestros del idioma mediante frases que invocan sus presencias como múcaro, perito en lunas, campanada mayor, a Laura, intertextualidad que se manifestará en la forma, la estrofa, el tratamiento romanceado característico de la Generación del 27. Muchos términos marinos serán eslabones a este mundo de arte que aúna poesía y pintura como neblina, crucero, sirenas, estrella, ondas, desembarco, arena, lo que se traduce en un deseo de encuentro con Dios:
    Cada momento
    estoy llegando hasta tu encuentro.
    Que no es encuentro.
    Es un estrellarse fabuloso
    en medio del negror
    del pozo negro.

    La calidad de esta poesía, lo evocativo de su factura, no da ningún traspié. A esta altura de su creación el poeta ha logrado componer un mundo propio, un lenguaje que lo distingue entre las demás voces. Y como ha podido notarse, una de esos sellos distintivos es la imagen marina, la que ha podido reinventarse, recrearse de múltiples formas convirtiéndose en nexo de todo su universo lingüístico.
    Para un día sin réquiem y sin sombras retoma el tema de la creación, su sentido vital, su función social e individual, su valor histórico:
        Eres una inmensa inmensa,
        una inmensa luz también,
        una luminosa inmensidad
        tendida agua mar desde esta orilla arena
        que se asoma a ti aventurera.
Me he asomado a verte, poesía.
A darle palabra de intercambio, código,
A tu cuerpo desasido.
¿Con qué palabra describir
tu luz ímpetu invisible o invisible,
cómo herir tu corazón sin freno,
cómo describir tu dulce sal?

La poesía, mar, dulce sal, luminosa inmensidad, más útil que ciencia e historia capta los grandes valores del ritmo, de la reconstrucción, de la imagen del significado y se manifiesta con logradas antítesis, juegos retóricos y sorpresivas imágenes irracionales.

Este libro de réquiem, es de esperanzas y fe en la poesía como fuente de lucha para enfrentar el porvenir, el crecimiento humano, no sólo en la parte subjetiva, espiritual, sino en aquellos logros concretos de igualdad, libertad, unión, conocimiento. La fe ciega en la poesía será la característica distintiva: “Eres el alma que encarna todo arte, / es cierto. Pero tu ímpetu/ desborda todo ritmo, / toda palabra, toda imagen, todo afán.”
Recorren estos poemas nombres como León Felipe, Martí, Irma Brugueras, Neruda, José Maldonado, Ramón A. Guzmán, Francisco Manrique Cabrera, René Marqués, Juan A. Corretjer, Mariano Rodríguez Oliveras, Eugenio María de Hostos, entre otros. Estos memorados son otro estrecho vínculo con el grupo Guajana.

Cuando le dedica un “Réquiem de bienvenida a Francisco Manrique Cabrera,” (p.143-53) asume el estilo conversacional y medio del ausente poeta. Toma sus símbolos, sus temas y sus tratamientos para invocarlo en primera persona componiendo un juego de personas gramaticales para fundirse en el poeta, en su discurso, en su nombre. El mar es parte de los elementos del réquiem y del creacionismo de Manrique Cabrera además de su estilo sonante y su apego a lo tradicional. Isla, mar, palmera, marea, sal, río, son signos representativos de esta bienvenida al poeta ausente.

La muerte, muy vinculada al mar es un renacer, un nuevo ser se regenera con ella. Así se afirma en “René en el aire,” (p.153-4) poema en tono conversacional. Ahora el escritor es un nuevo “adoquín”, luz y movimiento constante que ha dejado una obra que continuará viva, ejemplificando y reforzando este dato con la inclusión de frases que aluden al escritor como “el sol trunco de tu rueda,” “en la carreta tenías preparado tu adiós,” que encumbran su obra, en un homenaje original.

“Una flor de roble Corretjer,” (p.151-56) encuentra al poeta cialeño, “ser río,” con un “corazón océano.”  Elementos pertenecientes al entorno marino de Puerto Rico describen la vida y la obra del poeta fallecido, cuyo fallecimiento es un desembarco luego de legar “un semillero pitirre de sus cantos.” El uso de los términos marinos integran la obra y la nacionalidad, la cultura y la ideología convirtiendo así al poeta en el “rescoldo mayor de nuestras velas,” otro velero en el mar creativo de nuestros poetas.

Su utilización de la imagen se recrea de muchas otras formas originales, pero siempre integrando la personalidad nacional y la cultura caribeña. La central azucarera, imagen del dolor y explotación laboral será sinónimo de océano; la poesía se entenderá como sirena; el Caribe, naufragio y requiebro; la esperanza de un compromiso mayor será amarizar; el abrazo de todos los esfuerzos comunes por el logro de una mayor igualdad, rompeolas. El mar, la fuente de la vida en la Tierra es justa imagen para Eugenio María de Hostos (“En la tumba de Eugenio María de Hostos,” (p.166-73), un arrecife de murallas, un farallón contra toda ventisca. El poema consta de seis partes o secciones… El mar Caribe es unión y separación a la vez recreando cada acepción con un término adecuado como arena, tiburón,  sal, ciclón, océano, isla, aguas. Hostos, por su parte, será taller, escuela. Cosecha, fuego, aliento, lámpara que alumbrará como una “lluvia tan grande de campanas,” estribillo que da nombre a la colección actual.

Muchas veces encontramos composiciones recreadas mediante la técnica de la intertextualidad mediante la cual alude a personalidades, recrea títulos, inserta nombres, frases, técnicas o versos de obras diversas. Cuando asume el lenguaje de estas obras incorpora sus frases, sus giros, su vocabulario. Este uso de la intertextualidad es otra característica de su poesía y una deuda dialéctico-ideológica con el grupo Guajana. Otra deuda con aspectos de la promoción lo es también la utilización del juego lingüístico cercano a la obra popular  en el que se recrean paronomasias, derivaciones, retruécanos, parasíntesis, anáforas y otras figuras retóricas:
    Cómo me llamas!, hijo
     Cómo me enllamas!
    Tu llamada es llamarada
    de trigos,


    No faltó el vendaval
    la cédula de toros,
    la histeria de la historia


    Te vas de lo que se va
    y estás viniendo.
    Y estás que estás llegando
    al gozo.


    El acangrejamiento insoslayable
    de los sueños
    y este Segismundo destetado

    Siempre el mar es la obsesión de su poesía. Los códigos secretos tomarán esta figura con mayor audacia y la renovarán haciéndola aparecer como nueva y totalizante desde el nombre mismo de cada subparte: “El mar te nombra,” “A corazón de mar ya sin descansos;” “Coral;” “Un océano maya para tus alambras.” 

    La poesía como una totalidad, un mar y todo lo relacionado a ello se ha continuado en la poesía de Reyes Dávila en su poesía más reciente, sólo que a ésta le ha añadido una pluralidad de términos que encarnan al mar y muchas veces, sólo si se piensa en el ámbito cultural en el que se crea y desarrolla esta obra, se puede encontrar el vínculo. Tal cosa sucede con la voz garita, utilizada en su poema homenaje a Vicente Rodríguez Nietzsche, con quien dice “confundirse,” o identificarse. La garita es un punto de observación en un fuerte, sólo que en Puerto Rico los fuertes miran al mar, único lugar por donde podía entrar el invasor, de ahí su sentido inconfundible con el mar en este contexto. Y éste y todos los elementos relativos al mar seguirán floreciendo en sus poemas como una fe en la continuidad cultural, la misma fe que defendió Guajana y han defendido todos los grupos culturales conscientes de su función histórico-cultural.


    Sin embargo, a partir de esta última poesía, la obsesión con la imagen marina se vuelve apabullante, incansable, ya es recurso consciente y obligado que distinguirá el discurso, las filiaciones culturales y la expresión metafórica de su obra de otras obras coetáneas.  Casi no habrá una imagen que de forma directa o indirecta no se relacione con el tema, no habrá un conjunto de poesías cuya unidad no evoque este tema.
En “Un océano maya para tus alhambras” toda alusión al mito, a la totalidad, a la historia, será referida con un término marino. El título mismo es ya una referencia ideológica, una reafirmación cultural que reivindica no sólo la hibridez cultural de los hispanoamericanos, sino también una comprometida actualidad con la humanidad, sus carencias, sus sueños y sus necesidades. Las alusiones mayas o amerindias no sólo están recreadas en un andamiaje que se emparenta al moro, como veremos, ya que la estructura alusiva a elementos culturales, raciales, lingüísticos y mitológicos cubre una variedad de mucha más amplitud.  Esta hibridez cultural es uno sus elementos más significativos y es de entera relevancia para el estudio ideológico de esta poesía ya que representa una entidad universal. El hecho de que hayamos preferido recrear la encadenación de las imágenes que se relacionan  a elementos o a significados marinos representa una simple  preferencia intelectual.

A pesar de la universalidad a la que aspira esta poesía su núcleo, su irradiación genésica será la nacionalidad puertorriqueña, la isla, vista como hembra, como amada, como centro. El mito de la patria-mujer se retoma en un diálogo con dicha entidad, la que se verá recreada con “un océano de palmas blancas,” (p.207); un nombre inscrito entre las aguas en medio de una estela marina, (p.207) al que sólo se puede advenir por medio de veredas en el mar, (p.208). La hembra-isla cautivará por sus hechizos en un mar en el que abren recuerdos los veleros, los peces, el huracán y las sirenas. Todo se amalgama con el mar, la historia, los héroes, Lares, la poesía en abstracto, la hispana, la de don Francisco Matos Paoli, Juan Antonio Corretjer, y otros poetas nacionales, a los que se aluden de forma directa o indirecta por medio de expresiones o frases alusivas a  sus obras; la herencia africana, la árabe, la hispana (por medio de la que se aportan los elementos grecorromanos), las vicisitudes, los vaivenes temporales, los caprichos del destino, la hermandad americana.
La isla-mujer anda en un laberinto de pasos seguida por el minotauro, a la deriva, sin sujeción, pero hermanada a la historia universal, a los mayas, al paraíso bíblico, a la América colonizada, al Caribe entero y al símbolo mosaico como un ente que, perdido en las aguas, de las aguas renace. Aquí descubrimos que el agua, esta persecución imaginística de su poesía, es un anclaje a la realidad, a la geografía, a la historia, pues la isla-mujer está rodeada de agua por los cuatro costados y gracias a esa agua se vio forzada a contactos, a aislamientos y a abordajes del destino.

Este discurso se llenará de espejos, cerros, olores, sabores, nieblas y aguaceros, un campo minado de mitos y conocimientos, leyendas, geografías e historias, en cuyas márgenes los habitantes asumirán la naturaleza isleña y vegetal de su contorno:
    Subo a los cerros y contemplo la tierra de
    canaán.
    Ya sé que moriré tras vivir todos tus espejos
    y todos tus inciensos,
de cara a cara contigo
y a tus ojos
con unas pocas flores rosadas de almendro
en las ramas de mis barbas.
                (“Como Moisés, un día de Aladinos,” p.216)

Es el mito de la tierra encantada que transforma al que la pisa, como al gigante Anteo, tierra en la que se echa raíces y se florece con total hibridez. Es ámbito de ocultismo e iniciación en Los códices secretos, obra gemela de la anterior, tal vez su continuidad como la toma de conciencia de un estilo y de un discurso característico. Alhamar es la voz característica, la encarnación de este ramaje de imágenes relacionadas. El poeta ha buscado un ropaje lingüístico para disfrazar poéticamente esta obsesión con el mar y va a-la-mar, de mito en mito, de tierra en tierra, con un discurso seductor, reconstructor de la historia, que nos deja perplejos:
    Los dioses nunca me dijeron
del eclipse en las estrellas.
No hubo augurio.
Vinieron en sus potros sigilosos
por la misma mar océano
que nos dio los peces de la vida.
Y como carabelas enojadas por el viento
para deshacer el mundo
desde el Yunque al Titicaca
ennegrecieron la altura y las quebradas
dentro de una bóveda muda y seca
y nos lanzaron al desierto
como un puño de arena deshojada
para morirnos lentamente
entre los siglos mudos de nostalgia
del rocío recostado
sobre el lomo infinito de la yerba
como estrellas seducidas entre el nardo
y el agua fresca de los ríos.
        (“Alhamar,” p.219)

Ahora nos cerca un mar muerto, un desierto oscurecido por eclipses que no halla fronteras para caer en Bagdad lo mismo que en los Andes, en el valle del Toa o en los anillos de Saturno. Son nuevas verdades que deben nombrarse, dárseles nombres y recrearlas. La isla-mujer ahora es el universo. Ya no hay límites ni fronteras. De aquí en adelante el mundo, el universo, es la isla rodeada de mar; su tiempo, su espacio y su distancia estará presente en todo tiempo, en todo suceso.

Hay que recalcar que el agotamiento de esta imagen no implica un tratamiento monolítico que menoscabe otros tratamientos, otros temas, otras búsquedas. Esta poesía mantendrá su carácter plurisignificativo, esto es, que puede comprenderse de múltiples formas y con múltiples valores asociativos. De esta manera su obra podrá entenderse, de acuerdo a la precisa circunstancia y tema que nos interese, como epitalámica, histórica, filosófica, trascendental…

El carácter estético-filosófico es uno permanente y constante ya que enfrentamos un discurso poético que discurre sobre su propia estructura, sobre sus valores, procedimientos y alcances. Es una estructura espejo que poetiza el arte de la poesía, el amor hacia la obra poética en general y el goce con el producto estético. Mar es uno de los significados para poesía; a veces, lo será para el amor, otras, para lo indefinible y desconocido. Esta riqueza interpretativa es indicio de  madurez constante, y creciente, que aparece desde las primeras obras.

  Retomando el comienzo, concluimos que la obra de Marcos Reyes Dávila es una obra de amor y de incansable fe en el valor de la poesía, de amor al arte de la palabra, de embriagante goce con el entorno y la herencia cultural que le ha tocado vivir. Este amor sólo se ha manifestado en Puerto Rico, de forma plural, por un grupo que lo ha hecho su baluarte, su estandarte artístico, por encima de la preocupación ideológica. Si hay una característica, dijimos, que describa mejor al grupo Guajana, esta es la fe ciega, casi irracional y eternamente juvenil en la poesía, en el arte de la palabra. La obra creativa de Marcos reyes Dávila es afirmación de esta creencia; su obra crítico literaria, sus preocupaciones, sus constantes estudios, su defensa de los mejores valores nacionales e internacionales es un inseparable aspecto y un complemento de su obra creativa.
                                        (Publicado en EXÉGESIS 61-63 [2008]: 84-90.)
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