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miércoles, 13 de julio de 2011

Nicaragua -La Mar Dulce y Amarga

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Nicaragua:
La Mar Dulce 
              y amarga...

 
     "Margarita, está linda la mar...
                  Rubén Darío

Hice mutis por el foro en este portal, unos días...

Es que estuve, ausente o presente, en Nicaragua, a orillas de sus aguas dulces. Quizás la imagen más emblemática del país la ofrezca el volcán Ometepetl que se yergue, dual –pues en realidad son dos volcanes emparejados– e  imponente justo en medio del lago. Impresiona a quien visita la parte oeste del país –la del lado Pacífico, la más poblada–  la numerosa cadena de volcanes que lo atraviesa creando numerosos depósitos de agua, quizás en su ofrenda, quizás para aplacar las furias y las penas. Volcanes y aguas.

No quiero, ni puedo, ni debo opinar sobre los asuntos políticos en controversia. Como latinoamericano medio extranjero, aunque enamorado ajeno, no me corresponde dar lecciones de lo que no he vivido y sólo conozco por lecturas con la ayuda esta brevísima visita.

Estuve en la nueva Managua levantada tras el terromoto catastrófico de 1972 a un lado de la vieja Managua, un poco más lejos del lago de Managua. Desde este punto visité principalmente las poblaciones del sur, Catarina y su lago Apoyo, Masaya y Granada, unidas por la Avenida Simón Bolívar, y una distancia mucho menor hacia el norte, donde están las lagunas de Xiloé y Apoyeque.

Estuve en la cima del volcán Masaya que emana fuertes gases de azufre. Gocé del espectáculo natural espléndido del archipiélago de Zapatera, aledaño a Granada, y punto norte del Mar Dulce conocido hoy como el gran Lago de Nicaragua que contiene la isla volcánica mencionada al principio de estas líneas, y más al sur el archipiélago de Solentiname que hicieran famoso los salmos de Ernesto Cardenal. La belleza de esta zona rivaliza en belleza con el Lago Como, al norte de Italia, ganándole a éste en estado natural.

Pude apreciar en la vieja Managua, la antigua Catedral de Santiago, en ruinas, a un lado de la Plaza de la República, el Palacio Nacional, el monumento a Sandino frente a la casa de los pueblos latinoamericanos que incluye a Puerto Rico –¡Gracias!–, las famosas huellas de Acahualinca, que ocultas bajo metros de tierra y lava volcánica, fueron sacadas a la luz accidentalmente y datan, quizás, de 6 mil de años de antigüedad. Impresiona que a sólo cuadra y
media de la plaza, encontremos la desolación de un paisaje empobrecido, reducido por los terremotos, desalentado. El resto del país que alcanzamos a ver luce ordenado y bien dispuesto.

Aquí y allá se conservan recuerdos inolvidables de los terremotos catastróficos, de la “guerra” y de la revolución en paredes llenas de metralla. Una nueva elección se aproxima y por todo el país se observan letreros en defensa de la gestión del gobierno de Ortega que apelan, principalmente, y en este orden, a la Nicaragua “cristiana, socialista, solidaria”. Aquí y allá, varios de estos letreros exhiben huellas rojas de alguna pintura lanzada que se me figuró al principio como parte del arte del cartel, quizás en alusión al pasado guerrillero y heroico del Frente Sandinista en el que militó, como dirigente, el propio Ortega. Pero la realidad más probable es que sea una expresión de rechazo.

Un gobierno revolucionario, tras la Revolución Rusa de 1917 ya no es, ni puede serlo, un gobierno liberal que se permita pretender organizar un régimen de unidad nacional en una sociedad dividida en clases. Todo gobierno revolucionario, desde hace casi un siglo, sabe que está en guerra contra el orden liberal dominado por una burguesía que, aunque parezca nacional, o nacionalista, está al servicio del orden capitalista internacional, lo quiera así, o no lo quiera. Tal es el poder incuestionable de los grandes monopolios y entidades financieras del llamado 'mundo libre', orden que en realidad está en función de los intereses imperialistas del capital.

Ese poder, tras la caída de la Unión Soviética, se ha lanzado a la reconquista –neoliberal– del mundo, arruinando a los países, sometiéndolos a los intereses del gran capital y del mundo financiero, retrocediendo implacablemente las conquistas obreras y las libertades y derechos públicos, saqueando más profundamernte la riqueza de los pueblos y utilizando para ello abiertamente la violencia para aplastar las protestas contra todo reclamo de democracia. ¡Dios proteja a todos los pueblos del mundo del Fondo Monetario
Internacional!

Si un gobierno desea defender los derechos de las grandes mayorías nacionales, sabe que deberá enfrentar una guerra que en el caso de Nicaragua ha sido particularmente atroz. Atrás quedan no sólo los atropellos del régimen colonial español y del filibustero norteamericano William Walker, sino el régimen de los “marines” yanquis, y el régimen asesino y dictatorial de los Somoza. Tras la revolución sandinista que derrotó a los Somoza, el país tuvo que continuar la guerra abierta contra los Estados Unidos que mantuvieron a los Somoza en el poder y luego bombarderon al país para intentar detener su caída, para terminar armando el famoso ejército de mercenarios de los “contra” y minando los puertos de Nicaragua.

Toda revolución que defienda los derechos del país frente a los intereses norteamericanos sabe que tiene que enfrentar una guerra, que puede ser más o menos disimulada y encubierta o abierta.
A Cuba, por ejemplo, le exigen los liberales del mundo –especialmente esos países europeos en cuyas venas corre la sangre de vampiro de ese pasado imperial que se mantiene a pesar de las apariencias democráticas burguesas– formas liberales de gobierno, olvidando que Cuba es un país que sufre una guerra perpetua de parte de Estados Unidos.


Toda guerra exige sacrificios y se ve obligada a sufrir excesos y errores. La Revolución Francesa que creó el régimen republicano y constitucional moderno guillotinó a miles de aristócratas, y aún así sufrió el retroceso de la restauración monárquica. No es en el plano de los individuos y en la selección de casos particulares y concretos donde se evalúa la justicia o injusticia de un cambio revolucionario, sino en el movimiento social amplio, y en el programa que conduce las acciones y las decisiones políticas.

Y ciertamente que no, no hay espacios medios. Pues toda concesión se convierte en debilidad y patrocina el ataque de un monstruo que nunca duerme, nunca sacia su hambre y nunca concede. Así se asesinó a Sandino.


 












 Marcos 
Reyes 
Dávila

domingo, 19 de septiembre de 2010



El verdadero
BICENTENARIO
de la Emancipación 

de Nuestra América


País por país, capital tras capital, desfilan ante los medios de comunicación,
de un tiempo acá, las celebraciones del bicentenario de la emancipación de Nuestra América. En realidad, la historia de estas celebraciones no puede ser más controvertida ni cuestionable. En las últimas versiones hemos visto parte del lucidísimo desfile que recorrió la famosa plaza del Zócalo frente al Palacio de gobierno en la capital azteca y también las columnas de humo con los colores patrios que dejaron a su paso los aviones en Santiago de Chile.

    Chávez, en Venezuela, tuvo la ocurrencia de desenterrar y mostrar los restos de Bolívar y de transmitirlo con música solemne por televisión. A pesar de la visión tristísima de los míseros huesos de su gloria, no dejó de sacudirnos la contemplación tangible, material, concreta, de uno de los hombres más extraordinarios de la historia del planeta, que de haberlos visto Martí, en lugar de la mera estatua, al llegar a Caracas, no podemos imaginar qué más hubiera hecho.

    En algunas capitales se han celebrado actividades académicas que ponderan la significación del hecho histórico y de la manera como repercute o se degüella el pescuezo ante la historia del desarrollo de lo que hicieron los independentes con su libertad proclamada y con la realidad social que ha venido a mal ser doscientos años después. Gabriel García Márquez, a pesar de la iluminada visión de sus cien años de soledad, se quedó escuálido, desnutrido, ante una realidad que parece a veces más próxima a los fantasmas de la Comala de Juan Rulfo.

    La Revista EXÉGESIS quiso adelantarse a las actividades para intentar proclamar ante los países de Nuestra América la ausencia de Puerto Rico, y la agenda inconclusa de Bolívar y de sus herederos.

    Toda la historia de esos doscientos años mal habidos, en cierto sentido, ha estado también, cierto es, atravesada por doscientos años de lucha continua por alcanzar la verdadera libertad de nuestros pueblos. Una espada ardiente y ensangrentada atraviesa cada año nuestro como pedazos de carne al pincho. Si bien ha sido un bicentenario de marginaciones de las grandes mayorías, de opresión y explotación y abuso, de dictaduras sangrientas saturadas de desaparecidos, también ha sido una historia de reivindicaciones, triunfos populares, revoluciones insólitas, canciones de gesta.

    La mala fortuna ha sido la que persiguió la ruta de las liberaciones desde la víspera de las emancipaciones: la independencia de Estados Unidos no significó para los demás pueblos de América un aluvión, un derrame, un tsunami de emancipaciones porque la nueva república hizo cuanto pudo para frenarlas, hambrienta de reservar sus riquezas para ella, y de consumirlas luego, como lo ha hecho. Esa fue la historia que vivió el precursor Miranda, y luego Bolívar. Esa ha sido la historia nefasta de Cuba y de Puerto Rico, cuyas libertades vetaron los presidentes de Wáshington. Esa ha sido la historia de la United Fruit, de las minas, el petróleo y de cuanta riqueza repartió la naturaleza bajo nuestras plantas. Ello unido al sentido de dignidad de nuestra gente que la ha hecho presa fácil de los engaños, mentiras y traiciones de los poderes occidentales todos, principalmente, los estadounidenses.
    Eduardo Galeano, la lúcida conciencia que desde el Uruguay irradia la historia convertida en poesía, ha señalado recientemente en una entrevista lo siguiente:

    “Las generalizaciones corresponden a una visión de nuestra realidad, la latinoamericana o del sur del mundo, que el norte tiene. Los débiles, cada vez que intentan expresarse o caminar con sus piernas, resultan peligrosos. El patriotismo es legítimo en el norte del mundo y en el sur se convierte en populismo o, peor todavía, terrorismo. Las noticias son muy manipuladas, dependen de los ojos que las ven o el oído que las escucha. La huelga de hambre de los indios mapuches en Chile ocupa poco o ningún espacio en los medios que más influencia tienen, y una huelga de hambre en Venezuela o Cuba merece la primera plana. ¿Quiénes son los terroristas?”
(Entrevista a Eduardo Galeano hecha por Oscar Gutiérrez y publicada en El País, 19-09-10.)

    Las justas celebraciones del bicentenario de la emancipación son, para mí, la proclamación histórica, grabada en el diamante indestructible de la sangre de millones de ilusos, de una promesa de libertad que es necesario luchar cada día porque los poderes del norte la sabotean y la sabotearán hasta el fin de los tiempos. En nuestras manos está la opción de dejarnos caer en la fatalidad y la esclavitud de la renuncia, o de mantenernos en la lucha cada día, dignamente humanos, conscientes de que la libertad se vive en el esfuerzo y nunca en un certificado de papel.

    Al desfile majestuoso de México se le oponen las matanzas de los carteles de
la droga que colombizan al país. Una de ellas, nocturna, con cuerpos decapitados que cuelgan, me estremece la memoria cada día. Asimismo ocurre con el bicentenario de Chile, que más que en esas estelas de humo con los colores patrios, se celebra en la oscura profundidad de los mineros sepultados en vida y en las luchas de los mapuches.

    Y en Puerto Rico, resistiendo. Resistiendo. Resistiendo. 
   

Marcos 
Reyes 
Dávila
 
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