jueves, 25 de junio de 2026

Baldorioty vs. Betances

 



Baldorioty vs. Betances


                            A propósito del Tratado biográfico  de Roberto Ramos Perea sobre                                                                                                 Román Baldorioty de Castro.

Hace pocos meses (2024) Roberto Ramos Perea publicó un “tratado biográfico” sobre 


Román Baldorioty de Castro.  Vaya por delante estipular que se trata de una labor investigativa erudita y monumental, y que viene acompañada de otros tres volúmenes que recogen la obra escrita por Baldorioty, la publicada que conocíamos, y otros impresos inaccesibles hasta ahora, y, además, material inédito.

La presente nota no pretende ser una reseña de estas obras, sino tan sólo una expresión de desengaño sobre un solo aspecto. Tengo enfrente, para sosegarme en su contexto, la biografía de Ramón Emeterio Betances de Félix Ojeda Reyes (2018), y el extraordinario libro póstumo que nos legó: La protesta armada (2024), obra que sale casi a la par con la de Ramos Perea.

La crítica académica de las últimas décadas insiste, saludablemente, en la revisión y reevaluación de los juicios enunciados antaño sobre todos los temas a partir de los nuevos enfoques, descubrimientos, y métodos de análisis. Desde luego, ese examen permanente de lo que muchos califican como la narrativa repetitiva de un canon, es un factor medular en la comprensión de una realidad histórica en continuo desarrollo, plegada de alteridades, cauces efectivos y defectivos, posibilidades engarzadas y perdidas, lagunas y sombras. Pero eso no es lo mismo que el estudio que tiene como método argumentar para intentar demostrar premisas previamente adjudicadas. Así se hizo hace unas décadas con Hostos.

La publicación de obras como esta de Ramos Perea sobre Baldorioty de Castro es siempre una fortuna. Pero hubiese sido mejor si el autor no se hubiera valido, para enaltecer a Baldorioty de Castro, de reducir y descalificar parcialmente la obra de Ramón Emeterio Betances. Hacer un comentario breve al respecto de ella es el motivo de estas líneas.

Una de las columnas fundamentales en las que Ramos Perea se apoya es el uso de una argumentación dirigida a demostrar premisas prejuzgadas. En este caso, es la apología de la ruta, el método y el ideal primordial que siempre ha definido a Baldorioty, incluso por confesión propia: la aspiración a la autonomía de Puerto Rico, y el método de las reformas liberales, que históricamente se prolongó durante el siglo XX, principalmente por el Partido Popular, pero encallado y francamente senil en este primer cuarto de siglo. Las apologías impresas en el libro provienen de este sector.

Para exaltar a ese Baldorioty el autor se halló ante un escollo formidable: Ramón Emeterio Betances, y la ruta del “republicanismo democrático revolucionario” –como lo define Carlos Rojas Osorio (2020)– en la que persistió toda su vida. Otra de las cosas que lamento en esta obra es que se intente acudir a Eugenio María de Hostos para validar sus argumentos contra Betances. A mi juicio, el autor tiene un objetivo en la mira respecto a Betances, pero en lo que concierne a Hostos, no lo comprende.

Aunque por un corto tiempo (1874) se viera Baldorioty acorralado y, por eso, dispuesto a participar en las conspiraciones armadas que organizaba Betances, Baldorioty, –– “como ‘súbdito’ de España (así puede leerse en el tratado, Ramos Perea, 5.) se negó a proponer las armas como vehículo de esa liberación”. No empece, cree el autor, con el tiempo, se ha considerado a Baldorioty y a Betances, igualándolos, “padres”, “ambos”, de la Patria Puertorriqueña (7). Quizás sea así para los amigos del autor, pero no para los que conozco y reconozco. Pues, ¿cómo se retrata a Betances en este “tratado” biográfico?

Ramos Perea insiste, e insiste, en retratar a Betances de los siguientes modos: su lucha armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades; Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante (98); de una arrogante desconfianza; la arrogancia del llamado Pater de Patria (294); testarudo; irracional (142, 284); el comentario fratricida de una soberbia asombrosa (163) que mostró una  espiral de odio sin límites;  que acostumbraba a quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato (296); que abandona el barco de “su” revolución (151), cuando ve amenazado su liderato (280), o en peligro de hundirse (297); que lo que pensaba de sus compatriotas y de la propia posible revolución de su país se reducía a su único interés por el poder; que al verse amenazado por la integridad y el entusiasmo de Hostos, se rinde a lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación (276); que se plantó en su eterno resentimiento contra el autonomismo, “proclive a la alienación y a lo que más tarde Lenin –en 1920– llamaría ‘infantilismo de izquierda’”. (151)(¡!)

Ese es, a su juicio, parte fundamental de la práctica de Betances. Añade que, tras la muerte de Baldorioty, “hubo de esperarse tres años para que Betances tuviera la honradez intelectual de admitir las cualidades de Baldorioty”.

Dudo –y lo comento porque para mí importa– que Paul Estrade, o Félix Ojeda Reyes, hubieran, ni remotamente, rubricado tales juicios. Pienso que Félix no estará en paz en su sepulcro.

Según el autor, “la libertad por las armas siempre fue –y será– imposible” en virtud de la inferioridad numérica, geográfica y militar de Puerto Rico. Baldorioty, dice, se muestra, además, incapaz de comprender la atención puesta, la solidaridad y la cooperación con la libertad de Cuba, Haití, la República Dominicana.

Betances, ciertamente, vio, en un momento, en el reformismo autonomista de Baldorioty, a un “autonomista vacilante”, un “reformista transigente y abolicionista vacilante”. Para solo citar autores recientes, Paul Estrade, Félix Ojeda Reyes, Carlos Rojas Osorio, entre otros muchísimos estudiosos de su obra, algunos de los cuales Ramos Perea tiene la honradez de mencionar, entienden las cosas de otro modo. Para ellos –quiero incluirme– no cabe encasillar exclusivamente a Betances en la estrategia de la revolución armada. Siguió varias estrategias, tomando nota de las circunstancias. En un principio, antes e incluso inmediatamente después de Lares, sostuvo la ilusión de que fuera posible negociar los diez mandamientos de los hombres libres con un gobierno español republicano en cuyo seno se oían voces protagónicas que creían en crear una federación con las dos Antillas y simpatizaban con una república democrática federal que incluyera en igualdad de condiciones a las Antillas. Hostos oyó, cara a cara, en discusiones francas y abiertas, y en textos publicados, a muchos futuros líderes del gobierno español que simpatizaban con una federación, y una república, que incluyera las Antillas, e incluso con el socialismo proudhoniano, y que se comprometían. Pero Betances vio pronto, Hostos muy poco después, que en la misma metrópoli las reformas democráticas que pedía para sí el pueblo español, y las aspiraciones autonómicas que necesitaban los pueblos de España, se esfumaban una y otra vez. ¿Cómo esperar entonces de ella que satisficiera los deseos de reformas y de autonomía que le manifestasen las lejanas provincias antillanas? La conclusión obvia era que como expresara Betances, y como él Hostos: “¡España no puede dar lo que no tiene!”. Sabían ambos, además, que si durante el corto gobierno republicano fue un espejismo breve, y muy pronto, un imposible entendimiento, en la monarquía que se reinstaló muy pronto, lo era menos. O, más claramente, absolutamente imposible.

Estrade define varias estrategias que siguió Betances: la de la revolución en España; un posible entendimiento con el gobierno revolucionario republicano que tomó el poder en 1868; la vía indirecta de la consolidación de una república dominicana próspera y democrática; la vía de la obtención simultánea de la independencia de Cuba y Puerto Rico por el triunfo del ejercito mambí, tanto en la guerra del decenio, como en la guerra iniciada por el partido revolucionario cubano-puertorriqueño. Hostos coincidió con ellas, y formuló otras más. Para Estrade y Ojeda Reyes la praxis de la revolución armada de Betances no respondía a su terquedad, como se dice, sino a la terquedad del gobierno colonialista español, de facto, históricamente inamovible.

Hostos abogó incesantemente ante el gobierno español por reformas para las Antillas, pero dentro del contexto de una federación previa fundada entre las Antillas y España, es decir, fuera de toda pretensión de “asimilación” a España, como aspiraban muchos autonomistas (185), y que, por el contrario, preparase y condujese eventualmente a las Antillas hacia la soberanía plena conforme al modelo canadiense otorgado allá por Inglaterra. Su extenso artículo sobre este tema específico es de 1867. Para principios de 1869 Hostos ya había rechazado esa ruta en términos definitivos para no regresar a ella jamás, como sí lo hizo Baldorioty. Lejos estaba Hostos, antes, entonces y después, de que esa aspiración suya a la soberanía hubiese sido solo una de inspiración romántica y juvenil, y es falso eso de “que no estaba dispuesto a sacrificarse para que otro se llevara la gloria”. ¡Cuántas veces estuvo no solo dispuesto, sino que deseó e intentó combatir lo mismo en la manigua cubana que en las vegas de Puerto Rico!

Hostos había aconsejado el 31 de diciembre de 1868 el retraimiento en las elecciones a Cortes convocadas por el gobierno provisional español, si estas no se celebraban en condiciones “absolutamente liberales”, y bajo “el imperio del sable”. Mas, en el caso de que en Puerto Rico se impusiera tal elección, aconsejó a varios candidatos, empezando con Baldorioty y terminando con Betances, “el primero en sacrificios por su patria”. En su lista aconsejada, incluyó también a Alonso, Tapia, Acosta, Tió, Vizcarrondo y Ramos. Las elecciones se celebraron del 15 al 18 de enero del 1869, pasado ya el famoso discurso del advertido rompimiento con España pronunciado por Hostos en el Ateneo madrileño el 31 de diciembre pasado.

Véase que las fechas de estos eventos se yuxtaponen. Los ponceños le solicitaron a Hostos, con fecha del 24 de diciembre de 1868, que presentara en su nombre al gobierno provisional una serie de peticiones. En cumplimiento con su petición, Hostos pide y celebra entrevistas con el general Serrano, jefe de Gobierno, que se celebraron entre el 19 y el 22 de enero, justo cuando acababan de celebrarse en Puerto Rico las elecciones a diputados para las Cortes. Hostos les informó el 23 de enero a los ponceños que, en resumidas cuentas, “Puerto Rico no debe esperar nada de una metrópoli que la desdeña (… y) le niega los derechos y libertades que podrían haberse planteado en ella”. Diría en una de sus constantes recapitulaciones y examen de sus acciones, que “los diputados que el capricho y la arbitrariedad eligieron en Puerto Rico, llegaban a Madrid para servir de juguete, como sirven, al interés de un ministerio o de un ministro”.

A la diatriba sobre si la obstinación de Betances con la revolución armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades, y que Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante, testarudo; irracional, “hasta los límites de la vesania”; de un odio sin límites que acostumbraba a quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato; que se reducía a su único interés por el poder; se rinde a lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación, su apoyo a la independencia y confederación de las Antillas, sin aparente conciencia de lo limitado de las fuerzas militares insurrectas. Entre lo primero que se afirma, justo en la introducción, en este libro como aseveración ante la idea de desarrollar una lucha armada en la colonia, está lo siguiente:

“¿A qué martirizarse por ella? Esta conciencia clara de inferioridad numérica, geográfica y militar la vivieron en carne propia Román Baldorioty de Castro, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, José Julián Acosta y Segundo Ruiz Belvis, no importa lo bravío que fueron sus discursos liberadores, no empece a lo patriótico y exaltado de sus discursos, la libertad por las armas siempre fue –y será– imposible, aunque no por ello menos ansiada…” (4)

Ante este conocido disentimiento, Paul Estrade, por ejemplo, responde que “Córcega tuvo un Paoli, Margarita un Arizmendi, Mariño 50 hombres en Trinidad, Luperón 14 en Capotillo, para iniciar la guerra de liberación que concluyeron victoriosamente” (309). Cita, además, la proclama de Betances del 27 de agosto de 1871, que añadía que los “indios” boricuas podían haber hasta 15 mil, que Céspedes lanzó solo 50 hombres contra España, y pregunta ¿con cuántos contó Bolívar en muchas batallas? Lo cierto es que tanto en Cuba como en Puerto Rico llovieron las insurrecciones a lo largo del siglo; las armas se contaron por miles en muchas ocasiones, y los comités secretos que se fraguaban dentro y fuera de las islas se esforzaban por afianzar la organización y las estrategias. Generales militares veteranos y de alta distinción estuvieron prestos a combatir, en primera línea. Todo el tiempo procuraban, tan secretamente, una “organización bien entendida”, que a la llegada de Hostos a Nueva York lo mantuvieron ajeno a ellas. Continuamente enviaban delegados a Puerto Rico a explorar el apoyo, y a comprometer, y a estudiar las condiciones para los alzamientos. Con apenas 80 hombres se inició en 1956 la guerra que culminó en Cuba a fines de 1958 con la derrota de Batista y el triunfo de la revolución. Hostos propuso constantemente estrategias revolucionarias, compromisos en Nueva York y en las Antillas todas, en Colombia, Perú, Chile, Argentina y Venezuela, y formulaba desde 1876 programas concretos para construir países libres tras la independencia.

Sobre el carácter antillano de la lucha por la liberación, todos los grandes protagonistas de las diferentes Antillas, tanto los de Cuba, la República Dominicana y Puerto Rico, todos, concurrieron e intercambiaron programas, estrategias, recursos, armas, dinero y combatientes, e incluso banderas, y además, varios países de Nuestra América, desde Venezuela, Perú, Chile, Ecuador. Porque para todos ellos la revolución no podía poner miras y gríngolas en revoluciones aisladas unas de las otras. Sabían, tanto Betances como Hostos y otros, incluido después Martí, que las Antillas habrían de salvarse juntas o morir. El problema era entonces cómo y por dónde quebrar el poder español en las Antillas. El problema nuestro era, y es, cómo y por dónde quebrarle el espinazo al poder.

Si mucho puede verse en la obra de Betances, Hostos y otros protagonistas de la complejidad y las dificultades muchas veces insalvables o casi insalvables que tuvo iniciar una insurrección, no puede verse sino una parte pequeña de ella, porque ella impuso guardar innumerables secretos. Ojeda Reyes cuenta, como Hostos y Betances, mucho o bastante de lo que fueron esas dificultades y complejidades en la época que visita, pero no deja de admitir que quedan en lo oscuro muchos secretos. Otro tanto apunta Ojeda Reyes sobre los secretos que mantiene en su registro sobre la “protesta armada” que se fraguó en las décadas de sesenta y del setenta del siglo pasado.

En el prólogo a otro libro de Ojeda Reyes, Peregrinos de la libertad (1992), Ramón Arbona observó que José Martí calificó de “arrogantes” a los más notables representantes de las luchas por la liberación de las Antillas. Con ese calificativo, explica Ramón Arbona, Martí intentaba aludir a un atributo que cubría a estos peregrinos de la libertad, como con una aureola. Esa aureola, de arrogancia, no era sino la manifestación de una impresión sensible producida en los demás por el reconocimiento en ellos de una gallardía, valentía, desenfado y buen aire, que les permitía caminar sin desfallecer, construir donde se pudiera construir, conspirar donde hubiera que conspirar, hacer acopio de fuerzas que no parecen desfallecer, y “mendigar recursos, predicar, suplicar, debatir, combatir y, si derrotados, empezar de nuevo por dónde se pudiera empezar, cómo se pudiera empezar, en un peregrinaje que solo podía tener fin el día que los alcanzara la muerte, en el triunfo o en la derrota”, y a pesar del mareo, los zapatos gastados, el hambre y la pobreza, “pero siempre en brazos de la patria agradecida” (9).

¿Ciegos por la ira? Es cierto que Hostos no buscó en 1898 contar con los partidos políticos existentes en Puerto Rico porque, a su juicio, eran partidos coloniales. Incluye, desde luego, los autonomistas. Pero aceptó ser miembro de la Comisión que a nombre de Puerto Rico presentó peticiones al presidente McKinley, y fue acompañado de dos anexionistas: Henna y Zeno Gandía. Al culminar sus gestiones en Puerto Rico a fines de 1899, consideró oportuno recomendar a Luis Muñoz Rivera para continuar, a nombre de una comisión, las gestiones en Washington. Betances siempre supo que dos cercanos colaboradores suyos eran anexionistas: Henna y Basora. En su momento consideró que podía contar con liberales autonomistas, como también Hostos, que pensó que una vez insertos en el fuego fraguaría en ellos el patriota. ¿No pronunció aquella hermosa parábola de las hormigas cuyo esfuerzo para arrastrar una presa crece hasta lograr moverla? Con Estados Unidos, Hostos sí intentó negociar, pero nunca una “dependencia negociada” y “medianamente nacional”, lo como intentó Baldorioty con España. (508)

Para mí no cabe duda de que la gesta de Lares, Betances mismo, Hostos, Albizu, Mari Brás y otros gigantes forjadores en Puerto Rico de la lucha armada por la independencia, lejos de convenir en calificarlas de “pírricas ilusiones” (6), robustecieron y aún fortalecen nuestra identidad de pueblo, que es garantía imprescindible de nuestra soberanía e independencia latentes. Pero los autonomistas no lo son en la misma medida ahora, como tampoco lo fueron entonces. Pantanos inamovibles de mañana, como afirmó Betances, y, a fin de cuentas, sostenes del colonialismo. Por fortuna, “el tiempo del pueblo nunca acaba”, como nos recordó Juan Antonio Corretjer.

Me conmueve pensar que para el autor del, no obstante, impresionante tratado biográfico que comentamos, su publicación en este momento cuenta con la fortuna de haber salido a la luz cuando ya Félix Ojeda Reyes no estaba con vida. Pero nos dejó sus cocteles molotov en su palabra postrera, y una “patria agradecida”.

Mrd, agosto 2024

Publicado en En Rojo, Claridad, el 3 de septiembre de 2024.

viernes, 16 de enero de 2026

La Biografía de Hostos y la perspectiva de otra nueva

 


La Biografía de Hostos

y la perspectiva de otra nueva y renovada


Presentación Biografía Para la Biblioteca Nacional*

14 de enero 2026


B
uenos días. Deseo agradecer, antes que nada, al personal de la Biblioteca Nacional, y en

particular, a la directora de esta biblioteca, Carmen Pérez González, la invitación para presentar esta biografía de Eugenio María de Hostos en un espacio como este, tan lleno de ecos suyos. Así mismo, desde luego, les agradezco tanto a Pablo como a Santia, y la presencia de todos ustedes.

Estamos en el 2026, y no es con demora que traemos a esta casa un libro que quizás desde aquí se reclamó primero que nadie. Penosamente tuvimos entonces que declinar la invitación porque para ese enero –hace dos años, me parece– no habíamos abrazado aún el libro en nuestras manos, y luego, por algunas causas fortuitas que lo hicieron imposible, hasta hoy.

Como todo, hay en ello tanto desventajas como ventajas, pues si bien recibimos oficialmente esta obra aquí hoy, la que llega tal como salió de imprenta gracias a la Editorial Patria, también llega como anticipo de un trabajo de revisión y ampliación que estamos trabajando. Es decir, que espero hablarles un poco del trabajo impreso con fecha del 2023, y también de algunos aspectos novedosos, a nuestro juicio imprescindibles, que quisiéramos incluir en una edición próxima, ya sea que la consideremos como una nueva biografía o una biografía revisada y aumentada.

El trabajo de revisión y ampliación obedece a causas naturales y también a causas fortuitas. Las lecturas y relecturas del texto demandan a menudo, amén de la corrección de las erratas traviesas, precisiones y aclaraciones que surgen del proceso de meditar el texto mismo, del cotejo de las fuentes existentes, y, lo más importante, de nuevas fuentes. Nuevas fuentes significativas de información no es algo que ocurra con frecuencia. Pero en este momento hay tres que son para mí imperativas: en primer lugar, menciono los hallazgos documentales publicados por Orlando Hernández respecto a la Liga de Patriotas; en segundo lugar, la abundante base documental que ofrece el descubrimiento reciente de numerosas ediciones del periódico El Progreso publicado por Hostos en Barcelona en los primeros meses de 1868, y, en tercer lugar, la presencia de la reedición de la erudita Biografía Jurídica de Hostos de Carmelo Delgado Cintrón.  

Sabemos que toda biografía de un personaje histórico prominente nunca termina. Yo llevo biografiando a Hostos desde 1986, hace exactamente 40 años, porque Eugenio María de Hostos, a pesar de la inmensa bibliografía producida en torno suyo, ha debido merecer una atención esmerada mucho mayor. Hasta hace poco había solo tres, escritas en regla, publicadas todas hace décadas. Por otra parte, todavía no contamos con un acervo suficiente de sus obras completas, dado que el último esfuerzo por realizarla, la del Instituto de Estudios Hostosianos, se malogró --como diría quien lo ama-- vilmente. Por la necesidad de rebuscar, investigar y revisar continuamente, sé que hay que tener cuidado al hacer afirmaciones rotundas y especulaciones sobre cosas que carezcan de información suficiente y estén sujetas a interpretación. Cada acción que presenciamos y cada palabra que escuchamos son, fatalmente, objeto de entendimientos, interpretaciones, reacciones disímiles. Definitivamente, no hay nada que goce de absoluta unanimidad, totalmente libre de disensiones. Si hasta existen libros dedicados a señalar parte de la historia de nuestras innumerables certidumbres milenarias que a la postre resultaron erróneas.

Por eso podemos decir que nuestra biografía no se hizo con ambición invencible. En realidad, surgió de manera espontánea, casi como ejercicio de entretenimiento. Pero una vez nos percatamos de que el cuento deseaba ser novela, y caminaba por sí mismo, pensamos que pudiera ser útil ofrecerle a un público lector común una visión de conjunto, y al especialista y al investigador, un marco de referencias accesible.

Para el público lector más numeroso, queríamos ofrecer un texto relativamente breve que tuviera un lenguaje llano, animado, casi como una narración. Por eso, inicialmente no deseábamos atiborrarlo de citas y referencias, pero sí sugerir lecturas de otras fuentes –en calidad de abono– que pudieran ampliar aspectos de lo narrado para el lector interesado. Deseábamos también ubicarnos dentro de la perspectiva íntima de Hostos, enfocar al ser humano, haciendo que se presentara al lector por sí mismo, desnudo y sin pudor, y como un sujeto vivo.  

Tanto para este lector elegido, como para el especialista, nuestro texto tenía la ventaja de disponer de la numerosa bibliografía aparecida desde las biografías canónicas conocidas que aparecieron hace ya décadas, y de los nuevos textos descubiertos y cotejados, principalmente, por el Instituto de Estudios Hostosianos en las ediciones críticas de las nuevas Obras completas que comenzaron a aparecer en 1988 con motivo del Sesquicentenario. Aquellos primeros biógrafos, los más conocidos –Antonio Pedreira, Juan Bosch y Carlos Carreras– carecieron hasta del formidable tomo XXI –así llamado– de las Obras completas. Me refiero a España y América impreso en 1954, que contenía un inmenso caudal de textos escritos y publicados, principalmente en España, por el joven Hostos. ¡Hasta toda una novela, La tela de araña, tuvo que esperar a tener una edición digna en 1997![1]

He señalado en varias ocasiones que la intención original de hacer un texto breve y accesible se enfrentó a la adversidad insoslayable de la magnitud de la biografía a ofrecer, y de que, por otra parte, la vida personal de Hostos es inseparable de la obra que creó con la acción y con la palabra. De modo que tuve la necesidad de extender el texto más de lo inicialmente deseado por ambas razones, y de reseñar brevemente el contenido de sus obras capitales.

Otras dos cosas dificultaban el concepto inicial del texto breve y llano: la obra extensa e intensa de Hostos, y la necesidad nuestra de ofrecer, con la menor controversia posible, nuestra manera de entender numerosos aspectos de su vida/obra que contradicen interpretaciones vigentes tomadas y repetidas como verdades estipuladas, oficiales, indisputables.

Nuestra biografía de Hostos, a diferencia de todas las otras, se detiene en la figura del niño, del adolescente y del que llamamos desde hace mucho, el joven Hostos. Es decir, aquel de su época española. Esta época de su vida se suele presentar a vuelo de pájaro, minimizándola. Entre otras cosas, las memorias del padre de Eugenio María, don Eugenio de Hostos, publicadas en el 2013, han permitido nutrir y aclarar numerosos aspectos de una época de su vida que fue crucial, y que dio origen a numerosas especulaciones infundadas y equívocos muy repetidos. Téngase en cuenta que Hostos vivió en España dos décadas, y que salió de ella a los treinta (30) años, casi a la mitad de su vida.

Por otra parte, nuestras diferencias con diversas interpretaciones, estipuladas y repetidas, sobre el joven Hostos de la etapa española, nos aconsejaron presentar en nuestra biografía el devenir de tantos textos paso a paso, año por año, para no hacer afirmaciones sobre cosas formuladas en diferentes momentos, con diferentes motivos, con diferentes personajes, con anacronismos, y en representación de diferentes voces.

En nuestra biografía intentamos ceñirnos a la cronología de las diferentes etapas de su vida. No está concebida para analizar ni obras ni temas específicos.[2] Las obras se mencionan y reseñan brevemente en el momento en que se produjeron porque el momento concreto ilumina su sentido. Pero sugerimos lecturas para quien desee saber más. Superada la etapa de formación española, estructuramos su vida adulta dentro de los moldes de cuatro diferentes estrategias para la liberación de hombres y pueblos que empleó de una manera sucesiva: la revolución española; la revolución antillana; la revolución edicativa –en la República Dominicana y Chile; y la de la revolución martiana de 1895 y la Liga de Patriotas. Hay una quinta instancia de esfuerzo ampliado que puso en práctica en los últimos años de su vida en la República Dominicana.

Tras la época española, que caracterizamos como su primera gestión revolucionaria, pasamos en el capítulo cuarto a la segunda revolución en la que se insertó con motivo de la guerra cubana del decenio. Este capítulo abarca su inserción en los organismos que principalmente desde Nueva York sostuvieron la revolución armada en Cuba y promovían otra en Puerto Rico. Incluye, desde luego, el célebre viaje por los países de la América del sur, y, además, su primera presencia en la República Dominicana y luego en Venezuela.

El capítulo quinto explora la época de su tercera revolución, la del Maestro. Es decir, la emprendida en la República Dominicana, y luego Chile, a través de la estrategia política que usaba la educación como instrumento de emancipación.

El sexto capítulo intenta recapitular y redescubrir el gigantesco esfuerzo, desesperado, dedicado a poner al pueblo de Puerto Rico, dentro del contexto de la guerra hispano-cubano-norteamericana, en condiciones de desarrollo y de derecho suficientes para demandar la independencia y la libertad de su madre isla.

El séptimo capítulo recoge su proyecto político-educativo puesto en práctica en la República Dominicana, está vez acrecentado y subrepticiamente dirigido a reconfigurar y prácticamente refundar la república, como lo intentó en Puerto Rico, hasta su muerte.

El libro ofrece en un octavo capítulo algunas juicios y datos póstumos. Termina con una bibliografía mínima y un índice onomástico, temático y toponímico. 496 páginas.

Como es irrazonable prolongar nuestra exposición más allá de la gentileza  y comodidad de su atención, y recordando cuando el Arcipreste de Hita elogió la brevedad –lo bueno, si breve, dos veces bueno– me detengo aquí, pero les ofrezco de postre un comentario, muy breve, sobre el periódico El Progreso, desconocido hasta este año, que es una de las novedades que necesariamente incluiría en una nueva biografía –o biografía revisada y aumentada.

Es de vital importancia hacer el estudio de las numerosas ediciones del periódico El Progreso que Hostos publicó en Barcelona en los primeros meses de 1868, no solo porque es un material totalmente desconocido, sino porque su contenido revela parte inédita de su vida/obra, y porque impacta de manera contundente la caracterización que se ha hecho, y repetido, del joven Hostos en España. Muchos saben que si bien a Hostos se le reconoce como figura cumbre en Puerto Rico y aún más –para vergüenza nuestra– en otros países, existe un pequeño sector de estudiosos e intelectuales que han publicado obras menores, y también muy voluminosas, con la intención de menospreciar y ningunear, en algunos casos, su vida y su obra, y en otras, sencillamente subestimándolo. Incluso hay quien ha intentado desmerecerlo porque el periódico se publicó en Barcelona y no en Madrid, como si Barcelona no hubiera sido durante siglos la única región y ciudad que retó y reta aún la preponderancia y el liderato de Madrid, al punto de que históricamente ha quedado convenido que si Barcelona cae, cae también Madrid.

Cuando yo exploré el contenido de las publicaciones periódicas de la época en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional Española no hallé nada sobre esta publicación, aunque sí alguno que otro texto muy temprano, pero de interés mucho menor, mas no insignificante. Me refiero, particularmente, a “El bello ideal”, publicado en febrero de 1864, y a varios artículos publicados en Chile en 1874 sobre Estados Unidos, en calidad de “crónica extranjera”.

El 5 de febrero pasado –2025– Guillermo Morejón Flores publicó en la revista “En Rojo” de Claridad un artículo en el que daba noticia de las ediciones de El Progreso publicadas en la Hemeroteca Digital española, y centraba su atención en una nota de duelo publicada en ese periódico, por él, sobre el fallecimiento de Segundo Ruiz Belvis. Hostos se refiere a esta nota de duelo varias veces, pero el texto, tanto de la nota como de las páginas del periódico, nos eran desconocidas, y ambas fueron objeto de repetidas especulaciones que ahora se demuestran que infundadas. Nosotros hicimos un somero examen de este en una ponencia abreviada, dictada a mediados de octubre pasado, en el contexto del Primer Congreso Internacional Puerto Rico y España celebrado en el recinto de Bayamón de la Universidad de Puerto Rico, con el título “Arqueología de lo nuevo: Hostos en 1868”.[3]

Hostos se refiere repetidamente a este periódico en las páginas del “Diario” y en cartas. Se publicó desde el sábado 15 de febrero en ediciones diarias, matutinas, que incluían otra, de la tarde, hasta abril y quizás mayo. En la Hemeroteca aparecen solo 43 ediciones. Manifestó un propósito de proselitismo político, dirigido principalmente a la juventud, y redactado en parte considerable por sí mismo. Un formato grande, aproximadamente de 25 por 17 pulgadas, y cuatro páginas: dos doctrinarias con información política y sociocultural, y otras dos con anuncios e información comercial. Aunque no está incluido el primer número, el periódico se define como un diario liberal, adscrito al Partido Progresista. La versión de la doctrina progresista que predicó es lo que más importa examinar. Porque la doctrina del Partido Progresista no la constituyó una mole homogénea e invariable.

Hostos predicó en el periódico, entre muchas otras cosas, la superioridad del gobierno republicano sobre el monárquico, los ideales liberales que incluían la libertad de prensa, libertad de palabra, de reunión, de asociación, de fe y religión, los derechos civiles, el sufragio universal y la democracia, la descentralización del poder, la educación pública, la federalización, la supremacía de la libertad, la cuestión obrera, la abolición de la esclavitud, gobierno a cargo de hijos del país, y los derechos de las Antillas, entre otras cosas.

Repetidamente la crítica frecuente da por compartida, más por eco que por certezas, la caracterización del joven Hostos como autonomista y liberal reformista. El examen nuestro revela, con certeza para nosotros, que no es así. Germán Delgado Pasapera (Puerto Rico: sus luchas emancipadoras, 1984) admitió que el joven Hostos oscilaba entre el autonomismo y el independentismo (275), que no tenía los “complejos coloniales” de los reformistas-autonomistas (275), y que sus expresiones tenían un “tono”, tan distinto, que lo hizo exclamar:

“¡Qué diferente era su estilo al de los tímidos pronunciamientos de otros reformistas! La sinceridad y valentía de Hostos –añade Pasapera acto seguido– no cabían en los estrechos moldes del reformismo puertorriqueño”.

Y, ciertamente que no, ni podían caber, porque el “reformismo” de Hostos era soberanista, no asimilista. Era un testarudo, cerril, pertinaz y obstinado federalista. Puntualizaba a martillazos que antillanos y españoles eran pueblos diferentes, con necesidades diferentes, que requerían soluciones diferentes. Eso está ya en germen observable en La peregrinación Bayoán, su primera publicación conocida. Y se evidencia de manera documental y demostrativa, dos años después, en una serie de artículos titulados “Las reformas de las Antillas”, publicados entre septiembre y diciembre de 1865, tres años antes de la Revolución Septembrista española contra la reina Isabel Segunda, y del Grito de Lares. En esa serie de artículos, Hostos debate contra los que pretendían formular reformas “adjetivas” puramente administrativas y asimilistas, y no reformas políticas, “sustantivas”, para las que fue llamada por la reina la Junta Informativa de Reformas en la que participó al año siguiente, con la anuencia de Betances, Segundo Ruiz Belvis.

En esos artículos Hostos, explícitamente, no convino, incluso desaconsejó, participar en esta Junta de Reformas porque, a su juicio, no resolverían las demandas que necesitaban las Antillas. ¿A qué vendrían esos comisionados?, dijo casi literalmente, subrayando la inutilidad.[4] ¿Por qué, sin embargo, participó Ruiz Belvis en común entendimiento con Betances? Porque, aunque ambos se dirigían desde entonces a buscar la independencia, agotaban de esta manera la oportunidad de obtener lo fundamental sin tener que sufrir las agonías de la lucha armada. Eso que está contenido en los conocidos “Diez mandamientos de los hombres libres”, la proclama de noviembre de 1867 –casi siete meses después de finalizadas las reuniones de la Junta de Reformas–, en la que se demandaban diez derechos y libertades, y que termina con esta rotunda advertencia: con ellos “seremos españoles, si no, no”: “seremos españoles”, y si no, no.

El Hostos que retratan estas páginas estuvo atento a las tensiones políticas de todos los países de Europa, Estados Unidos y otros países, como México. Se evidenciaban en todas partes sismos entre el Antiguo régimen de reyes y principados, y la modernidad burguesa y liberal acompañada con la irrupción de la clase proletaria. Ese era el motivo principal por el que Estados Unidos, campeón universal de la democracia republicana, los derechos civiles y la industria, se erguía como aspiración. Lincoln y la Guerra Civil que culminó en 1865 con la abolición de la esclavitad, coronó la admiración en todo el mundo de los sectores liberales y revolucionarios que tenían en el corazón más ardientes de sus demandas la emancipación de los esclavizados. Muchos artículos muestran el interés por la educación política, y apelan a la juventud con doctrinas de moral social, no católica.

La nota de duelo dedicada a Segundo Ruiz Belvis constituye una evidencia inequívoca del temple que arreciaba. Hostos hace en ella una caracterización que delata, casi como huella digital, al patriota abolicionista que hizo un apostolado anticolonial, hasta el martirio, por la libertad de las Antillas. Como corona de evidencias: en el texto Hostos caracteriza a Segundo como un hermano, “patriota ferviente”, “amigo del esclavo” y… “buen hijo de la madre-isla”. Creo que esta es la primera vez que Hostos usa el apelativo “madre isla” para referirse a Puerto Rico, pero mucho más abonará a esta evidencia una narración que mencionaré próximamente.   

Aunque muy pocos de estos textos están firmados, la autoría de Hostos se puede confirmar y adjudicar con certidumbre, tal como él mismo lo reclamó varias veces luego. En algunos de ellos se pueden percibir con nitidez las ideas expuestas en otros espacios con su firma, así como el modo dialéctico o dialógico, y las modalidades típicas de su lenguaje. 

Otra importantísima novedad del periódico es la inclusión, a modo de folletín, de dos extensas narraciones de alrededor de 4 mil palabras. La primera de ellas, titulada “Mis infortunios, memorias de un proscripto” es atribuible, con certeza a Hostos. El nombre del personaje principal, Augusto, es, como Bayoán, una herramienta o mediador de otro, el verdadero protagonista, llamado Néumatos, nombre que es una especie de anagrama de Eugenio María Hostos: eu de Eugenio, ma de María, y tos de Hostos. Este es un escritor de cuentos y novelas, ya desahuciado, que aspira a escribir para un periódico político de oposición, y que ha redactado unos cuadernos con sus memorias, exteriorización de su vida interna, que cree que envuelve una enseñanza, y desea que Augusto las dé a conocer, así como hizo Hostos con Bayoán. Sobre la carpeta se lee como título “Memorias de un expatriado”, que nació en “un país esclavo” –también dice “patria”– y que a los catorce años fue enviado a Europa por su madre para educarse y prepararse, con las armas del derecho, con el fin de cumplir con su deber para con la “patria embrutecida” por la esclavitud, la tiranía, y la opresión del gobierno de la metrópoli. Lamentablemente, el texto está incompleto, de modo que solo cabe especular con mayor o menor tino, porque se describe a Néumatos como expatriado y proscrito. Un aspecto particular, y de especial interés, al menos para este biógrafo, es la inmensa devoción que se comprueba entre madre e hijo, igual a la manifestada toda su vida por Hostos hacia su madre, y el relato de la intensa ansiedad que sufre el joven adolescente en la víspera de su exilio.   

Es una pena que en Puerto Rico se haya reducido a Hostos, para la mayoría de la población, al nombre de una calle, porque es la convivencia, la solidaridad, la comunión con nuestros abuelos, hijos de otros abuelos que nos dieron el ser, lo que construye una comunidad de afectos, sin la cual no hay país. En ella y para ella Hostos es insignia y brújula fundamental y paradigma sublime. Algunas de las personas que etiquetan a Hostos como simple idealista utópico, moralista inofensivo y de ingenuidad supina, pudieran decir que nadie en la historia ha conseguido nunca libertad apelando al sentido moral de sus opresores, (Assata Shakur), pero todo comienza en una idea, una enseñanza, un pensamiento que se transforma (metamorfosis) en fuerza con la pasión, una prédica combinada con un esfuerzo concreto y real. Hostos, el Maestro, no dijo que todo se reducía enseñar ideas y moral, sino que de esas ideas germinaría la fuerza, porque la patria no es un terruño que se hereda sino que se forja, porque la verdadera la moral se vive, la libertad se practica, y porque los derechos humanos son connaturales, es decir de todos, aun si para ello haya que romper muros y destronar tiranos.

 

 

   

* En Youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=YqJpI_P9fcw&list=PLzlF-GHhEnGA9dECMPzM4iIxwTECNWHfo

[1] Otras dos biografías podrían mencionarse. La Biografía de Hostos de Argimiro Ramos, publicada en varios tomos y en etapas sucesivas en la década del noventa, recoge novedosa información aunque ceñida a la etapa del joven Hostos, pero explícitamente dedicada a ningunear al biografiado; y la Biografía Jurídica de Eugenio María de Hostos, de Carmelo Delgado Cintrón, antes mencionada, publicada en tres tomos por la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico en el 2012, y ampliada y reeditada por la Editorial Gaviota en el 2024, es una exégesis erudita que aborda en separados departamentos elementos de la biografía y de historia de manera hermenéutica proyectada hasta 2024, inclusive.

[2] Eso lo hemos hecho en centenares de artículos y ensayos publicados en diversos medios.

[3] Publicamos la versión completa de la ponencia abreviada que dictamos en noviembre pasado, tanto en la revista digital Ochenta grados, como en “En Rojo”, de Claridad. Aparece también en mi página digital: www.lasletrasdelduego.com.

 

[4] EyA, 115-120.


Related Posts with Thumbnails