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viernes, 16 de enero de 2026

La Biografía de Hostos y la perspectiva de otra nueva

 


La Biografía de Hostos

y la perspectiva de otra nueva y renovada


Presentación Biografía Para la Biblioteca Nacional*

14 de enero 2026


B
uenos días. Deseo agradecer, antes que nada, al personal de la Biblioteca Nacional, y en

particular, a la directora de esta biblioteca, Carmen Pérez González, la invitación para presentar esta biografía de Eugenio María de Hostos en un espacio como este, tan lleno de ecos suyos. Así mismo, desde luego, les agradezco tanto a Pablo como a Santia, y la presencia de todos ustedes.

Estamos en el 2026, y no es con demora que traemos a esta casa un libro que quizás desde aquí se reclamó primero que nadie. Penosamente tuvimos entonces que declinar la invitación porque para ese enero –hace dos años, me parece– no habíamos abrazado aún el libro en nuestras manos, y luego, por algunas causas fortuitas que lo hicieron imposible, hasta hoy.

Como todo, hay en ello tanto desventajas como ventajas, pues si bien recibimos oficialmente esta obra aquí hoy, la que llega tal como salió de imprenta gracias a la Editorial Patria, también llega como anticipo de un trabajo de revisión y ampliación que estamos trabajando. Es decir, que espero hablarles un poco del trabajo impreso con fecha del 2023, y también de algunos aspectos novedosos, a nuestro juicio imprescindibles, que quisiéramos incluir en una edición próxima, ya sea que la consideremos como una nueva biografía o una biografía revisada y aumentada.

El trabajo de revisión y ampliación obedece a causas naturales y también a causas fortuitas. Las lecturas y relecturas del texto demandan a menudo, amén de la corrección de las erratas traviesas, precisiones y aclaraciones que surgen del proceso de meditar el texto mismo, del cotejo de las fuentes existentes, y, lo más importante, de nuevas fuentes. Nuevas fuentes significativas de información no es algo que ocurra con frecuencia. Pero en este momento hay tres que son para mí imperativas: en primer lugar, menciono los hallazgos documentales publicados por Orlando Hernández respecto a la Liga de Patriotas; en segundo lugar, la abundante base documental que ofrece el descubrimiento reciente de numerosas ediciones del periódico El Progreso publicado por Hostos en Barcelona en los primeros meses de 1868, y, en tercer lugar, la presencia de la reedición de la erudita Biografía Jurídica de Hostos de Carmelo Delgado Cintrón.  

Sabemos que toda biografía de un personaje histórico prominente nunca termina. Yo llevo biografiando a Hostos desde 1986, hace exactamente 40 años, porque Eugenio María de Hostos, a pesar de la inmensa bibliografía producida en torno suyo, ha debido merecer una atención esmerada mucho mayor. Hasta hace poco había solo tres, escritas en regla, publicadas todas hace décadas. Por otra parte, todavía no contamos con un acervo suficiente de sus obras completas, dado que el último esfuerzo por realizarla, la del Instituto de Estudios Hostosianos, se malogró --como diría quien lo ama-- vilmente. Por la necesidad de rebuscar, investigar y revisar continuamente, sé que hay que tener cuidado al hacer afirmaciones rotundas y especulaciones sobre cosas que carezcan de información suficiente y estén sujetas a interpretación. Cada acción que presenciamos y cada palabra que escuchamos son, fatalmente, objeto de entendimientos, interpretaciones, reacciones disímiles. Definitivamente, no hay nada que goce de absoluta unanimidad, totalmente libre de disensiones. Si hasta existen libros dedicados a señalar parte de la historia de nuestras innumerables certidumbres milenarias que a la postre resultaron erróneas.

Por eso podemos decir que nuestra biografía no se hizo con ambición invencible. En realidad, surgió de manera espontánea, casi como ejercicio de entretenimiento. Pero una vez nos percatamos de que el cuento deseaba ser novela, y caminaba por sí mismo, pensamos que pudiera ser útil ofrecerle a un público lector común una visión de conjunto, y al especialista y al investigador, un marco de referencias accesible.

Para el público lector más numeroso, queríamos ofrecer un texto relativamente breve que tuviera un lenguaje llano, animado, casi como una narración. Por eso, inicialmente no deseábamos atiborrarlo de citas y referencias, pero sí sugerir lecturas de otras fuentes –en calidad de abono– que pudieran ampliar aspectos de lo narrado para el lector interesado. Deseábamos también ubicarnos dentro de la perspectiva íntima de Hostos, enfocar al ser humano, haciendo que se presentara al lector por sí mismo, desnudo y sin pudor, y como un sujeto vivo.  

Tanto para este lector elegido, como para el especialista, nuestro texto tenía la ventaja de disponer de la numerosa bibliografía aparecida desde las biografías canónicas conocidas que aparecieron hace ya décadas, y de los nuevos textos descubiertos y cotejados, principalmente, por el Instituto de Estudios Hostosianos en las ediciones críticas de las nuevas Obras completas que comenzaron a aparecer en 1988 con motivo del Sesquicentenario. Aquellos primeros biógrafos, los más conocidos –Antonio Pedreira, Juan Bosch y Carlos Carreras– carecieron hasta del formidable tomo XXI –así llamado– de las Obras completas. Me refiero a España y América impreso en 1954, que contenía un inmenso caudal de textos escritos y publicados, principalmente en España, por el joven Hostos. ¡Hasta toda una novela, La tela de araña, tuvo que esperar a tener una edición digna en 1997![1]

He señalado en varias ocasiones que la intención original de hacer un texto breve y accesible se enfrentó a la adversidad insoslayable de la magnitud de la biografía a ofrecer, y de que, por otra parte, la vida personal de Hostos es inseparable de la obra que creó con la acción y con la palabra. De modo que tuve la necesidad de extender el texto más de lo inicialmente deseado por ambas razones, y de reseñar brevemente el contenido de sus obras capitales.

Otras dos cosas dificultaban el concepto inicial del texto breve y llano: la obra extensa e intensa de Hostos, y la necesidad nuestra de ofrecer, con la menor controversia posible, nuestra manera de entender numerosos aspectos de su vida/obra que contradicen interpretaciones vigentes tomadas y repetidas como verdades estipuladas, oficiales, indisputables.

Nuestra biografía de Hostos, a diferencia de todas las otras, se detiene en la figura del niño, del adolescente y del que llamamos desde hace mucho, el joven Hostos. Es decir, aquel de su época española. Esta época de su vida se suele presentar a vuelo de pájaro, minimizándola. Entre otras cosas, las memorias del padre de Eugenio María, don Eugenio de Hostos, publicadas en el 2013, han permitido nutrir y aclarar numerosos aspectos de una época de su vida que fue crucial, y que dio origen a numerosas especulaciones infundadas y equívocos muy repetidos. Téngase en cuenta que Hostos vivió en España dos décadas, y que salió de ella a los treinta (30) años, casi a la mitad de su vida.

Por otra parte, nuestras diferencias con diversas interpretaciones, estipuladas y repetidas, sobre el joven Hostos de la etapa española, nos aconsejaron presentar en nuestra biografía el devenir de tantos textos paso a paso, año por año, para no hacer afirmaciones sobre cosas formuladas en diferentes momentos, con diferentes motivos, con diferentes personajes, con anacronismos, y en representación de diferentes voces.

En nuestra biografía intentamos ceñirnos a la cronología de las diferentes etapas de su vida. No está concebida para analizar ni obras ni temas específicos.[2] Las obras se mencionan y reseñan brevemente en el momento en que se produjeron porque el momento concreto ilumina su sentido. Pero sugerimos lecturas para quien desee saber más. Superada la etapa de formación española, estructuramos su vida adulta dentro de los moldes de cuatro diferentes estrategias para la liberación de hombres y pueblos que empleó de una manera sucesiva: la revolución española; la revolución antillana; la revolución edicativa –en la República Dominicana y Chile; y la de la revolución martiana de 1895 y la Liga de Patriotas. Hay una quinta instancia de esfuerzo ampliado que puso en práctica en los últimos años de su vida en la República Dominicana.

Tras la época española, que caracterizamos como su primera gestión revolucionaria, pasamos en el capítulo cuarto a la segunda revolución en la que se insertó con motivo de la guerra cubana del decenio. Este capítulo abarca su inserción en los organismos que principalmente desde Nueva York sostuvieron la revolución armada en Cuba y promovían otra en Puerto Rico. Incluye, desde luego, el célebre viaje por los países de la América del sur, y, además, su primera presencia en la República Dominicana y luego en Venezuela.

El capítulo quinto explora la época de su tercera revolución, la del Maestro. Es decir, la emprendida en la República Dominicana, y luego Chile, a través de la estrategia política que usaba la educación como instrumento de emancipación.

El sexto capítulo intenta recapitular y redescubrir el gigantesco esfuerzo, desesperado, dedicado a poner al pueblo de Puerto Rico, dentro del contexto de la guerra hispano-cubano-norteamericana, en condiciones de desarrollo y de derecho suficientes para demandar la independencia y la libertad de su madre isla.

El séptimo capítulo recoge su proyecto político-educativo puesto en práctica en la República Dominicana, está vez acrecentado y subrepticiamente dirigido a reconfigurar y prácticamente refundar la república, como lo intentó en Puerto Rico, hasta su muerte.

El libro ofrece en un octavo capítulo algunas juicios y datos póstumos. Termina con una bibliografía mínima y un índice onomástico, temático y toponímico. 496 páginas.

Como es irrazonable prolongar nuestra exposición más allá de la gentileza  y comodidad de su atención, y recordando cuando el Arcipreste de Hita elogió la brevedad –lo bueno, si breve, dos veces bueno– me detengo aquí, pero les ofrezco de postre un comentario, muy breve, sobre el periódico El Progreso, desconocido hasta este año, que es una de las novedades que necesariamente incluiría en una nueva biografía –o biografía revisada y aumentada.

Es de vital importancia hacer el estudio de las numerosas ediciones del periódico El Progreso que Hostos publicó en Barcelona en los primeros meses de 1868, no solo porque es un material totalmente desconocido, sino porque su contenido revela parte inédita de su vida/obra, y porque impacta de manera contundente la caracterización que se ha hecho, y repetido, del joven Hostos en España. Muchos saben que si bien a Hostos se le reconoce como figura cumbre en Puerto Rico y aún más –para vergüenza nuestra– en otros países, existe un pequeño sector de estudiosos e intelectuales que han publicado obras menores, y también muy voluminosas, con la intención de menospreciar y ningunear, en algunos casos, su vida y su obra, y en otras, sencillamente subestimándolo. Incluso hay quien ha intentado desmerecerlo porque el periódico se publicó en Barcelona y no en Madrid, como si Barcelona no hubiera sido durante siglos la única región y ciudad que retó y reta aún la preponderancia y el liderato de Madrid, al punto de que históricamente ha quedado convenido que si Barcelona cae, cae también Madrid.

Cuando yo exploré el contenido de las publicaciones periódicas de la época en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional Española no hallé nada sobre esta publicación, aunque sí alguno que otro texto muy temprano, pero de interés mucho menor, mas no insignificante. Me refiero, particularmente, a “El bello ideal”, publicado en febrero de 1864, y a varios artículos publicados en Chile en 1874 sobre Estados Unidos, en calidad de “crónica extranjera”.

El 5 de febrero pasado –2025– Guillermo Morejón Flores publicó en la revista “En Rojo” de Claridad un artículo en el que daba noticia de las ediciones de El Progreso publicadas en la Hemeroteca Digital española, y centraba su atención en una nota de duelo publicada en ese periódico, por él, sobre el fallecimiento de Segundo Ruiz Belvis. Hostos se refiere a esta nota de duelo varias veces, pero el texto, tanto de la nota como de las páginas del periódico, nos eran desconocidas, y ambas fueron objeto de repetidas especulaciones que ahora se demuestran que infundadas. Nosotros hicimos un somero examen de este en una ponencia abreviada, dictada a mediados de octubre pasado, en el contexto del Primer Congreso Internacional Puerto Rico y España celebrado en el recinto de Bayamón de la Universidad de Puerto Rico, con el título “Arqueología de lo nuevo: Hostos en 1868”.[3]

Hostos se refiere repetidamente a este periódico en las páginas del “Diario” y en cartas. Se publicó desde el sábado 15 de febrero en ediciones diarias, matutinas, que incluían otra, de la tarde, hasta abril y quizás mayo. En la Hemeroteca aparecen solo 43 ediciones. Manifestó un propósito de proselitismo político, dirigido principalmente a la juventud, y redactado en parte considerable por sí mismo. Un formato grande, aproximadamente de 25 por 17 pulgadas, y cuatro páginas: dos doctrinarias con información política y sociocultural, y otras dos con anuncios e información comercial. Aunque no está incluido el primer número, el periódico se define como un diario liberal, adscrito al Partido Progresista. La versión de la doctrina progresista que predicó es lo que más importa examinar. Porque la doctrina del Partido Progresista no la constituyó una mole homogénea e invariable.

Hostos predicó en el periódico, entre muchas otras cosas, la superioridad del gobierno republicano sobre el monárquico, los ideales liberales que incluían la libertad de prensa, libertad de palabra, de reunión, de asociación, de fe y religión, los derechos civiles, el sufragio universal y la democracia, la descentralización del poder, la educación pública, la federalización, la supremacía de la libertad, la cuestión obrera, la abolición de la esclavitud, gobierno a cargo de hijos del país, y los derechos de las Antillas, entre otras cosas.

Repetidamente la crítica frecuente da por compartida, más por eco que por certezas, la caracterización del joven Hostos como autonomista y liberal reformista. El examen nuestro revela, con certeza para nosotros, que no es así. Germán Delgado Pasapera (Puerto Rico: sus luchas emancipadoras, 1984) admitió que el joven Hostos oscilaba entre el autonomismo y el independentismo (275), que no tenía los “complejos coloniales” de los reformistas-autonomistas (275), y que sus expresiones tenían un “tono”, tan distinto, que lo hizo exclamar:

“¡Qué diferente era su estilo al de los tímidos pronunciamientos de otros reformistas! La sinceridad y valentía de Hostos –añade Pasapera acto seguido– no cabían en los estrechos moldes del reformismo puertorriqueño”.

Y, ciertamente que no, ni podían caber, porque el “reformismo” de Hostos era soberanista, no asimilista. Era un testarudo, cerril, pertinaz y obstinado federalista. Puntualizaba a martillazos que antillanos y españoles eran pueblos diferentes, con necesidades diferentes, que requerían soluciones diferentes. Eso está ya en germen observable en La peregrinación Bayoán, su primera publicación conocida. Y se evidencia de manera documental y demostrativa, dos años después, en una serie de artículos titulados “Las reformas de las Antillas”, publicados entre septiembre y diciembre de 1865, tres años antes de la Revolución Septembrista española contra la reina Isabel Segunda, y del Grito de Lares. En esa serie de artículos, Hostos debate contra los que pretendían formular reformas “adjetivas” puramente administrativas y asimilistas, y no reformas políticas, “sustantivas”, para las que fue llamada por la reina la Junta Informativa de Reformas en la que participó al año siguiente, con la anuencia de Betances, Segundo Ruiz Belvis.

En esos artículos Hostos, explícitamente, no convino, incluso desaconsejó, participar en esta Junta de Reformas porque, a su juicio, no resolverían las demandas que necesitaban las Antillas. ¿A qué vendrían esos comisionados?, dijo casi literalmente, subrayando la inutilidad.[4] ¿Por qué, sin embargo, participó Ruiz Belvis en común entendimiento con Betances? Porque, aunque ambos se dirigían desde entonces a buscar la independencia, agotaban de esta manera la oportunidad de obtener lo fundamental sin tener que sufrir las agonías de la lucha armada. Eso que está contenido en los conocidos “Diez mandamientos de los hombres libres”, la proclama de noviembre de 1867 –casi siete meses después de finalizadas las reuniones de la Junta de Reformas–, en la que se demandaban diez derechos y libertades, y que termina con esta rotunda advertencia: con ellos “seremos españoles, si no, no”: “seremos españoles”, y si no, no.

El Hostos que retratan estas páginas estuvo atento a las tensiones políticas de todos los países de Europa, Estados Unidos y otros países, como México. Se evidenciaban en todas partes sismos entre el Antiguo régimen de reyes y principados, y la modernidad burguesa y liberal acompañada con la irrupción de la clase proletaria. Ese era el motivo principal por el que Estados Unidos, campeón universal de la democracia republicana, los derechos civiles y la industria, se erguía como aspiración. Lincoln y la Guerra Civil que culminó en 1865 con la abolición de la esclavitad, coronó la admiración en todo el mundo de los sectores liberales y revolucionarios que tenían en el corazón más ardientes de sus demandas la emancipación de los esclavizados. Muchos artículos muestran el interés por la educación política, y apelan a la juventud con doctrinas de moral social, no católica.

La nota de duelo dedicada a Segundo Ruiz Belvis constituye una evidencia inequívoca del temple que arreciaba. Hostos hace en ella una caracterización que delata, casi como huella digital, al patriota abolicionista que hizo un apostolado anticolonial, hasta el martirio, por la libertad de las Antillas. Como corona de evidencias: en el texto Hostos caracteriza a Segundo como un hermano, “patriota ferviente”, “amigo del esclavo” y… “buen hijo de la madre-isla”. Creo que esta es la primera vez que Hostos usa el apelativo “madre isla” para referirse a Puerto Rico, pero mucho más abonará a esta evidencia una narración que mencionaré próximamente.   

Aunque muy pocos de estos textos están firmados, la autoría de Hostos se puede confirmar y adjudicar con certidumbre, tal como él mismo lo reclamó varias veces luego. En algunos de ellos se pueden percibir con nitidez las ideas expuestas en otros espacios con su firma, así como el modo dialéctico o dialógico, y las modalidades típicas de su lenguaje. 

Otra importantísima novedad del periódico es la inclusión, a modo de folletín, de dos extensas narraciones de alrededor de 4 mil palabras. La primera de ellas, titulada “Mis infortunios, memorias de un proscripto” es atribuible, con certeza a Hostos. El nombre del personaje principal, Augusto, es, como Bayoán, una herramienta o mediador de otro, el verdadero protagonista, llamado Néumatos, nombre que es una especie de anagrama de Eugenio María Hostos: eu de Eugenio, ma de María, y tos de Hostos. Este es un escritor de cuentos y novelas, ya desahuciado, que aspira a escribir para un periódico político de oposición, y que ha redactado unos cuadernos con sus memorias, exteriorización de su vida interna, que cree que envuelve una enseñanza, y desea que Augusto las dé a conocer, así como hizo Hostos con Bayoán. Sobre la carpeta se lee como título “Memorias de un expatriado”, que nació en “un país esclavo” –también dice “patria”– y que a los catorce años fue enviado a Europa por su madre para educarse y prepararse, con las armas del derecho, con el fin de cumplir con su deber para con la “patria embrutecida” por la esclavitud, la tiranía, y la opresión del gobierno de la metrópoli. Lamentablemente, el texto está incompleto, de modo que solo cabe especular con mayor o menor tino, porque se describe a Néumatos como expatriado y proscrito. Un aspecto particular, y de especial interés, al menos para este biógrafo, es la inmensa devoción que se comprueba entre madre e hijo, igual a la manifestada toda su vida por Hostos hacia su madre, y el relato de la intensa ansiedad que sufre el joven adolescente en la víspera de su exilio.   

Es una pena que en Puerto Rico se haya reducido a Hostos, para la mayoría de la población, al nombre de una calle, porque es la convivencia, la solidaridad, la comunión con nuestros abuelos, hijos de otros abuelos que nos dieron el ser, lo que construye una comunidad de afectos, sin la cual no hay país. En ella y para ella Hostos es insignia y brújula fundamental y paradigma sublime. Algunas de las personas que etiquetan a Hostos como simple idealista utópico, moralista inofensivo y de ingenuidad supina, pudieran decir que nadie en la historia ha conseguido nunca libertad apelando al sentido moral de sus opresores, (Assata Shakur), pero todo comienza en una idea, una enseñanza, un pensamiento que se transforma (metamorfosis) en fuerza con la pasión, una prédica combinada con un esfuerzo concreto y real. Hostos, el Maestro, no dijo que todo se reducía enseñar ideas y moral, sino que de esas ideas germinaría la fuerza, porque la patria no es un terruño que se hereda sino que se forja, porque la verdadera la moral se vive, la libertad se practica, y porque los derechos humanos son connaturales, es decir de todos, aun si para ello haya que romper muros y destronar tiranos.

 

 

   

* En Youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=YqJpI_P9fcw&list=PLzlF-GHhEnGA9dECMPzM4iIxwTECNWHfo

[1] Otras dos biografías podrían mencionarse. La Biografía de Hostos de Argimiro Ramos, publicada en varios tomos y en etapas sucesivas en la década del noventa, recoge novedosa información aunque ceñida a la etapa del joven Hostos, pero explícitamente dedicada a ningunear al biografiado; y la Biografía Jurídica de Eugenio María de Hostos, de Carmelo Delgado Cintrón, antes mencionada, publicada en tres tomos por la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico en el 2012, y ampliada y reeditada por la Editorial Gaviota en el 2024, es una exégesis erudita que aborda en separados departamentos elementos de la biografía y de historia de manera hermenéutica proyectada hasta 2024, inclusive.

[2] Eso lo hemos hecho en centenares de artículos y ensayos publicados en diversos medios.

[3] Publicamos la versión completa de la ponencia abreviada que dictamos en noviembre pasado, tanto en la revista digital Ochenta grados, como en “En Rojo”, de Claridad. Aparece también en mi página digital: www.lasletrasdelduego.com.

 

[4] EyA, 115-120.


lunes, 6 de octubre de 2025

 


Hostos:

El Viaje al sur y la Idea de América*

Para la Comisión CNEMH180 – 5 de octubre 2025

I.                El Viaje al Sur

La publicación de las Obras Completas de Hostos en 1939 suele imponer, por así decirlo, que este tema del viaje al sur se plantee de una manera particular, porque en esas obras completas se creó un tomo con ese título específico: “Mi viaje al sur” (t. VI). En este tomo se recogieron muchos trabajos relacionados con ese importantísimo viaje. Es tan importante, que en una ocasión llamé a los diez años que transcurren entre 1868 a 1878, entre los cuales quedan los años de este viaje, “La década refulgente”. (Hostos: la fragua interminable. Antillanía e idea de América.)

En esos años se cristaliza la mayor parte de las ideas que caracterizan a Hostos. Incluye la víspera de las revoluciones que ocurrieron en el último tercio del año 68, cuando se cierra el ciclo de la estrategia de liberación de las Antillas que empleó en España, hasta el final de todo el ciclo de peregrinaciones por las Américas del norte, del sur y de El caribe. Esa década, ese periodo de diez años, coincide plenamente con la década o los diez años de la guerra de independencia que se inició en Cuba en octubre del 68, y que terminó en febrero del 78. Es solo cuando quedó perdida la causa de sus esfuerzos y de sus andanzas, que ya recién casado, y apunto de tener su primogénito, inició la etapa del Maestro consagrado de América hasta el final de su vida.

Ese tomo de “Mi viaje al sur” incluye materiales heterogéneos. Entre ellos, se encuentran notas de su diario en la forma de carteras de viaje, y además algunos de los muchísimos artículos y ensayos publicados durante esos años. Muchísimos más artículos y ensayos suyos, de ese periodo, se publicaron en otros tomos. De hecho, en el plan de la Edición crítica de las nuevas OC de Hostos que comenzó a prepararse 50 años después de la primera edición, en 1988, no incluía ese tomo, lo que significa que la nueva edición de sus Obras completas no contemplaba los materiales incluidos en “Mi viaje al sur” como una unidad orgánica propia. Quizás, fue un error, o no lo fue. El problema era que el material producido por Hostos durante esos años del viaje era tan vasto que era prácticamente imposible conservarlo como una unidad manejable.

Al comenzar a hablar de este viaje se presenta otra dificultad: ¿qué es el sur? Para efectos del tomo referido de las OC del 39, el sur incluye Colombia, Panamá, Perú, Chile, Argentina, y Brasil. Otro tomo titulado Temas Sudamericanos, incluye artículos sobre temas específicos concernientes a estos países aunque algunos no fueron escritos durante ese viaje, sino en fecha posterior. Vemos que este sur no incluye solo los países al sur del Ecuador, cuya línea pasa cerca de Quito. El sur parece referirse al continente que llamamos Suramérica. No incluye, entonces, la América Central, ni México, ni las Antillas del Caribe.

Otro punto de vista podría concebir ese “sur” como todo lo que no es Norteamérica, es decir, Estados Unidos y Canadá, lo que principalmente Martí llamó en una ocasión “Nuestra América”.

En la época de Hostos no estaban inequívocamente adjudicados esos nombres. Eso explica la solución que le dio Martí al problema. La ambigüedad induce el desenfoque. Hostos utilizó los nombres de América Colombiana y también de América Latina para distinguirla de la América Sajona. Andando el tiempo utilizaría en alguna ocasión el de “nuestra América”.

Ni en su viaje ni durante esos años ignoró México, ni CentroAmérica, ni Ecuador, ni Bolivia, ni Paraguay. Pero no llegó a visitar estos países, ni escribió extensamente sobre ellos.

¿Por qué Hostos realizó este viaje?

Cuando concebimos la idea de la “década refulgente” lo hicimos porque veíamos que ha partir de 1868 hasta 1878 Hostos está comprometido absolutamente con la guerra de independencia que se desarrollaba en Cuba. Es decir, que era un Hostos en pie de guerra, literalmente, un Hostos presto a la batalla y las armas, cosa que pretendió hacer varias veces y que se propuso e intentó realizar más de una vez.

Pero si no pudo pisar la manigua cubana con fusil en la mano, realizó todo lo posible por auxiliarla desde el exilio. Hizo una abundante propaganda a su favor, organización de cuadros, creación de voluntarios, búsqueda de fondos y de armas, concibió ideas y estrategias de guerra. Todo esto lo inició en el últimos doce meses que estuvo en España, y de manera más resuelta en Nueva York. En Nueva York tuvo que enfrentar la desconfianza de los que participaron en la revolución de Lares, Betances incluido, y el anexionismo de la emigración antillana.

Los hacendados y esclavistas cubanos habían logrado difundir la deseabilidad de procurar algo más que el apoyo de Estados Unidos. Deseaban la anexión. Eso fue interpretado por Hostos –y Betances– como un lastre, una flecha clavada en el corazón mismo del liderato de la emigración cubana, que era una emigración más numerosa. Puerto Rico constituía una sección de la Junta Revolucionaria cubana.

Betances desistió de intentar modificarle el juego a los cubanos meses antes que Hostos, que, pobre y hambriento, resistió varios meses más. Entonces se había sentido enamorado de una colombiana que vivía en NY, pero que regresó a Colombia. Hostos, entonces abatido y entre tres y dos, permaneció en NY, hasta que un día, renunció al esfuerzo inútil, y embarcó sin tener mucha conciencia de lo que haría. Iba a buscar a su amada sin poder abandonar la causa fundamental de su vida. La amada ya no le correspondió más, y él sin mucho sufrimiento, empleó su tiempo en ser útil. Así lo hizo repetidamente: se enamoraría luego, de una peruana; más tarde perdidamente de una chilena, y caería fatal y finalmente en los brazos de una venezolana. En todas las ocasiones demandó a la amada el compromiso de que no obstaculizara sus deberes hacia la revolución antillana.  

En el fondo una sola cosa lo movía: el compromiso irrenunciable por la liberación de las Antillas, que dependía de la suerte del combate en Cuba. Para hacerlo tenía que ganar su sustento. Ambas cosas podía articularlas a través del trabajo periodístico que le daría sueldo, oportunidad de propaganda y de educación política. Lo demás que fue y ocurrió durante el largo viaje no era compromiso: era su natural forma de ser, la de aprender todo lo que estuviera a su alcance, y ser todo lo útil que le fuera posible ser.

El centro de ese todo estaba en las sociedades donde estuvo. Su gente importante, sus pueblos, sus conflictos. Fuera en Colombia, en Panamá, en Perú, en Chile, en Argentina, igual que poco después lo fuera en Venezuela, en la República Dominicana y en las Antillas Menores, en todas partes conoció a los políticos de más alto rango, incluyendo presidentes y senadores; y a los escritores e intelectuales más distinguidos. Los conoció, y cooperó con ellos o los combatió, según fuera el caso.

Profundizó en el estudio de la realidad política, económica, social, cultural de cada país, incluso cosas como la geografía y la geología. Y no abandonó en ningún momento el deber de hablar de la guerra y la libertad de las Antillas. Se vio a sí mismo como parte del proyecto del Libertador Simón Bolívar. Era cosa de completar la misión de libertar todas las tierras y países de la “Patria Grande”.  

Fue así como tan pronto puso pie en Colombia logró que se aprobara en la provincia del norte una ley para incentivar una inmigración antillana que poblara y desarrollase la región costera del norte. Varios propósitos convergían con eso: era de interés colombiano, desarrollar esa región; era de interés antillano, darle medios de vida a la emigración antillana empobrecida que habitaba la costa este de Estados Unidos; era de interés revolucionario, que el hábito del trabajo y la experiencia de la libertad le brindara a esa población formas de relación que el coloniaje nunca les permitió, y los recursos para que estos apoyasen la guerra en Cuba.

En Panamá, defendió de idea de que el canal transoceánico que se proyectaba estuviera al servicio de la humanidad entera y no de una sola nación.

En Perú, lo deslumbró la vida social en las plazas, pero lo espantó la profusión de iglesias. Defendió el sistema republicano y a un candidato a la presidencia del que fue luego amigo. Estudió las poblaciones originarias, los abusos que el criollo cometía con los indios y con los chinos. Estudió problemas vitales del país, como lo era la red de trenes en construcción. Cuando Hostos observó y reflexionó sobre los recursos educativos, el enorme peso de la iglesia, la cultura, la organización social, y hasta las corridas de toros, sintió en una ocasión que no estaba en América sino en España. Se percataba de la fuerte presencia que quedó en nuestros países del régimen colonial español y la cultura europea, y de que sobrevivieron a la independencia, la impronta de las costumbres, los modelos, las ideas y las estructuras económicas y sociales europeas y coloniales. Pensó que Perú daba la espalda a la realidad social y humana específicas del país, y que no había creado formas propias para realidades propias. Ahí surgió la idea de la necesidad de realizar una segunda independencia

En Chile, ocurrió otro tanto. Pero lo que suele destacarse de esta estadía son las Conferencias en Defensa de la Educación Científica de la Mujer. Aparte de eso, Hostos viajó fuera de las ciudades ampliamente, a tren y a caballo por el sur de la capital, estudiando, la política, la agricultura, los medios de vida, la topografía, ríos, valles, montañas, haciendas, agricultura, la educación y la sociedad chilena. El ojo de sociólogo que siempre tuvo creció mucho entonces. Tan profunda fue su visión del país ganó que el premio a la mejor Memoria de la Exposición que reunía las mejores muestras de lo que podía dar Chile.

Cuando eventualmente salió de Chile hacia Argentina tuvo que atravesar la zona de canales de lo que suele llamarse el Fin del Mundo. Sobre ese viaje escribió su correspondiente cuaderno de viajes, de mucho interés porque aparte de la narración que hace de la travesía y los paisajes, reflexionó sobre la importancia que para el desarrollo de la civilización humana toda tendría el Océano Pacífico. Reflexionó, además, sobre los diferentes pueblos originarios que habitaron esas regiones, particularmente los patagones o patagoneses que aún existían entonces.

Tras una breve visita en Montevideo, se detuvo largamente en Argentina. Generales y presidentes lo recibieron, así como otros e intelectuales de alto renombre. Pero Hostos no se sintió cómodo en la europeizada ciudad de Buenos Aires, y aunque publicó mucho en la prensa, salió pronto a las provincias en viajes prolongados por el interior del país. Por ejemplo la Pampa, poblada de gauchos e indios; la ciudad de Córdoba y sus universidades, y la de Rosario con sus haciendas. Los estudios sobre la educación de los jesuitas y el tratamiento que se dio a las poblaciones en el norte de los indios guaraníes y paraguayos se destacan. El ojo de sociólogo acumuló datos minuciosos de las haciendas. En esta época formuló importantes iniciativas de integración continental: a través de la navegación de los grandes ríos; de la creación de un Mercado Común de los países del sur del continente; y de la creación de un tren transocéanico que uniera a través de los Andes la costa atlántica con la costa del Pacífico.

Aunque se sintió forzado a interrumpir su viaje, su buque de regreso a Nueva York hizo breve escala en dos importantes ciudades costeras de Brasil: Santos y Río de Janeiro, desde donde accedió a otras dos ciudades un poco más adentro de la costa, Sao Paulo y Petrópolis. Las visitas fueron muy cortas, y la dificultad con el idioma dificultó las relaciones personales, de modo que aportó sobre paisajes, reflexiones cortas sobre la organización social y política, y un interesante artículo sobre el trabajo esclavo.

Si nos atenemos al modelo del viaje al sur como el viaje a los países suramericanos, entonces tendríamos que incluir a Venezuela. Hostos llega a Caracas cuando, tras su regreso a Nueva York, desde Brasil, en abril de 1874, se encuentra en una situación semejante a la que experimentó la primera vez que estuvo allí a fines de 1869 y mediados de 1870. Habían pasado casi cuatro años y la situación, para efectos suyos, seguía estancada. Esta vez, más determinado a la organización de la lucha armada, intentó llegar a Cuba en una “expedición” cuya embarcación naufragó.

La oportunidad de mayor interés que se le presentó entonces fue reunirse con Betances en Puerto Plata, al norte de la República Dominicana, donde desembarcó a fines de mayo de 1875. (Un año más tarde regresó a NY.) Había pisado una segunda tierra antillana, corazón o centro de las islas, donde conoció a algunos de los colaboradores más cercanos que tuvo su vida, y donde realizó la obra más constante y abarcadora. A pesar de los esfuerzos, el país les resultó hostil a ambos y fracasaron los proyectos. Se le impuso una expulsión, regresó a Nueva York. Realizó nuevos intentos nuevamente frustrados. Formuló su importantísimo “Programa de los Independientes”, y emprendió viaje a Venezuela. Creyó que allí pudiera conseguir apoyo para Cuba, que no se concretó. Conoció pronto a una familia de origen cubano que tenía una hija que lo impactó. Ella prometió también que no se opondría a sus deberes para con la libertad de sus islas patrias. Realizó grandes esfuerzos por vencer la oposición de los padres, y finalmente se casó.

En esa época venezolana Hostos comenzó en regla formal su trabajo como maestro y director de planteles educativos. Escribió numerosos artículos y dictó importantes conferencias. Se vio nuevamente impelido a salir del país, y tras una corta estadía en Puerto Rico, cuando ya había terminado la guerra en Cuba, pasó a realizar su famosa obra de Maestro consagrado en la República Dominicana a principios de 1879. Allí permaneció hasta diciembre de 1888, cuando, agobiado por el recelo constante de un gobierno autoritario, se le invitó a dirigir liceos educativos en Chile. También pasó allí largos años, hasta mediados de 1898, cuando ya se ha iniciado la guerra hispano-cubano-estadounidense.

Estos dos turnos en el ejercicio de la docencia, en la República Dominicana y en Chile, suelen ser los aspectos que más se destacan. En el plano personal, la familia creció. Los primeros nacen como dominicanos, y los últimos chilenos. En ambos espacios Hostos desarrolló su propio sistema pedagógico inspirado en la obra de grandes educadores. Pero como ocurre siempre, Hostos responde a modelos propios, ajustados a sus propios fines, y respondiendo a las necesidades específicas de los países.

Suele puntualizarse a que enseñó a pensar y no a memorizar; que secularizó la educación y expulsó de su sistema lo escolástico, la memorización, y la fijación en la cultura europea; suele decirse que desarrolló un sistema para fortalecer la inteligencia; suele mencionarse que enfatizó el criterio científico, el desarrollo de la razón, la educación de todas las facultades humanas, incluyendo la intuición, el sentimiento, el placer artístico, la gimnasia, el deber social, la voluntad, la justicia, la cooperación, los derechos humanos y civiles, la democracia, la organización del estado republicano, sociología, moral, derecho penal,  constitucional e internacional, la organización del trabajo y la distribución de la riqueza. Fundó por todo el país escuelas normales para hombres y mujeres, escuelas para todas las edades, escuelas para obreros, agrícolas, institutos profesionales. Fueron tantas las iniciativos y tantos los proyectos que cabe decir que Hostos intentaba reconstruir y refundar países. ¿Qué otra cosa era conquistar la independencia, crear repúblicas, crear federaciones políticas? Se suelen destacar entre sus obras la Sociología, la Moral Social, y las Lecciones de Derecho.      

 

II.              LA VISIÓN AMERICANISTA

El tema de la “visión americanista” es fundamentalmente al problema que planteo en mi libro, Hostos la Fragua Interminable. Antillanía e idea de América.

Para tratar el tema de una realidad cambiante, que evoluciona y tiene historia, necesitamos partir de un sujeto. Para efectos de esta charla ese sujeto es Hostos, que es un antillano que nos ubica en el último tercio del siglo XIX.

El tema de la visión americanista abarca prácticamente toda La obra de Hostos, o cuanto menos la mayor parte, pues incluye todo lo señalado antes sobre el “viaje al sur”, y mucho más.

A lo ya expuesto habría que añadir o subrayar varias cosas.

En primer lugar, Hostos es americano, en la verdadera acepción del término, es decir, oriundo de las américas. Lleva en su sangre, ojos y oídos las luces y las voces de una de las llamadas Antillas mayores, Puerto Rico.

Contrario a lo que ha afirmado alguno que otro crítico de su obra, nunca se sintió español porque estuvo siempre consciente de su origen. Las dificultades de adaptación al medio español que pueden identificarse lo señalan. Su punto de vista estuvo siempre centrado en las Antillas.

A partir de la primera obra que publica las Antillas están presente en la columna vertebral, como células madres. También lo están en los titulares: Bayoán, nombre de indio taíno, comprometido con Marién, nombre de india cubana, y amigo de Guarionex, nombre de indio de Quisqueya. La idea fundamental de la novela de Bayoán es la unidad de origen y destino de las Antillas. Es decir, la concepción de la existencia de una nacionalidad común basada no solo en el pasado prehispánico, sino, algo que no es menos importante: la experiencia colonial común de cuatro siglos de opresión y explotación.

La antillanía así concebida es la identidad que él insiste en reclamar como suya a lo largo de su viaje a Suramérica –hablaros de las Antillas es hablaros de mí mismo, dice en una ocasión–, y, además, como parte integrante de la América Latina.

Su amor y aprecio por el mundo de sus orígenes quedaron plasmados en infinidad de textos y testimonios. Lo confirma el hecho de que se negara a volver a abandonar los países de este lado del océano; lo confirma su admiración, amor, dolor ante todas las realidades de las diferentes poblaciones que habitaban, y también las poblaciones originarias que habitaron las tierras americanas.

Su principal interés y la más profunda reflexión se la dedica a nuestros países. Las condiciones que encuentra y conoce tienen raíces precolombinas que ensalza, y raíces que luego lamenta porque sufrirán una historia de conquista, saqueo y explotación. Distingue una pluralidad de pueblos y una pluralidad de historias, destacando las relativas a sus luchas por sobrevivir y por la emancipación. Se detiene en las guerras de independencia, y luego lamenta comprobar que a esta emancipación sobrevivieron las estructuras de opresión establecidas en las colonias latinoamericanas con continente.

Observó que Europa insistía en dominarla a lo largo de todo el siglo XIX. Observó que los Estados Unidos se expandían, aspiraban a absorber las riquezas del sur. Rechazó eso.

Una pieza fundamental de su credo político es la de la cooperación y unión de los pueblos todos del planeta. De muchas maneras la expresa. La fórmula es la de la federación o confederación. Por eso puede aspirar a la creación de una confederación panamericana, de Canadá a la Patagonia, cuyo intermediaria, o fiel de la balanza, fuera la confederación de las Antillas. Para eso era necesario constituir una confederación de los países del sur, unidos, que tuviera la capacidad necesaria para balancear el peso del norte, cosa que un pez grande no pudiera tragarse muchos peces pequeños unidos. El concepto era como una fórmula de expansión concéntrica: pretendió primero la federación hispánica de España con las Antillas; aísló luego de la confederación de las Antillas; ambicionó y predicó una confederación de los estados de la América latina que incluyera la confederación de las Antillas; solo entonces ideó esa confederación panamericana que conectara la confederación del norte con la del sur, y las Antillas como el fiel de la balanza.

Los viajes de Hostos profundizaron su conocimiento de la infinidad de rostros que conforman la realidad americana. Ninguna otra “idea de América” pretende la complejidad de abarcar del polo sur al polo norte. Estaban los numerosos pueblos originarios; los españoles, desde luego; los inmigrantes africanos esclavizados y los chinos también esclavizados; los europeos que poblaron los Estados Unidos y Canadá, y también vastas regiones de los países del sur; estaba, además, la diversidad de pueblos indígenas de esas regiones del norte americano. Hostos llegó a pensar en incluir en esa visión de América otros pueblos y culturas. Pensando en la confederación antillana, por ejemplo, pensó en algún momento incluir a Haití, Jamaica.  

Aunque las relaciones personales concretas que Hostos estableció fueron con los hombres y mujeres más educados, y con los políticos más influyentes, eso no significa que ignorara los africanos o sus descendientes esclavizados, los chinos depauperados, indios como los cholos, mestizos colombianos, los incas, los mapuches, los guaraníes, los jíbaros, los obreros, los campesinos. No solo los defendió, y los educó, sino que participó en sus reuniones, asambleas y disfrutó sus fiestas. En resumen, la idea de América que Hostos alcanzó a fraguar es como la que se produce con las piezas de este rompecabeza que hemos descrito, y algunas piezas más. Sus profecías sobre el siglo XX fueron devastadoras. 


Marcos Reyes Dávila

(Charla Para la Comisión CNEMH180 – 5 de octubre 2025.)

martes, 16 de enero de 2024

Hostos: Voy a ocuparme del porvenir

 .

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HOSTOS:

"Voy a ocuparme del porvenir, 

                           no del presente.”

Por Marcos Reyes Dávila

“El carácter apocalíptico del tiempo que vivimos

anuncia también un despertar necesario

para enfrentar al reino de este mundo.”

Rafael Bautista,

El fenómeno Milei o la apoteosis de la inmolación nacional,

Archipiélago, núm. 122, 2023, pp. 57-61.

 

Recibí con el mayor agrado la invitación que se me hizo para ofrecer, justamente aquí, en esta tierra que lo viera nacer, algunas palabras sobre Eugenio María de Hostos a propósito de su natalicio. Son 185 velitas… de vida bien ganada, desde el 11 de enero de 1839. Hablamos de un mayagüezano que engrandece esta ciudad… y este país; que agiganta a Mayagüez… a nivel antillano, a nivel latinoamericano, a nivel iberoamericano, a nivel panamericano, e incluso, a nivel mundial. Mi esposa, que nació en Ponce, me dice que lo mejor de su pueblo natal es la salida para San Juan. Seguramente Mayagüez, que tanto ha aportado a fortalecer y engrandecer la conciencia de nuestra nacionalidad, puede decir lo mismo. Por eso, si me permiten decirlo, hacemos bien en comenzar el año recibiendo este natalicio casi como un bautismo de quien fue considerado, en vida, como un apóstol de la libertad de los pueblos, y los hombres y mujeres. Ciertamente, que a todos nos viene bien esta parrandita.

Pero todos ustedes saben eso, y por eso están presentes hoy aquí. De mod
o que no deseo hablarles de los aspectos más acostumbrados. Tan solo intentaré conversar con ustedes, y hacer unas breves reflexiones sobre unos pocos aspectos, de los incontables que conforman, como decía el maestro José Ferrer Canales, el poliedro de su obra. Antes, definemos el perímetro.

A veces nos parece que vivimos encerrados en la celda del presente. Un presente que parece que carece de raíces con el pasado. Un pasado tan difuso que parece ausente. Un pasado que parece que no conviviera con nosotros... De modo parecido ocurre con el porvenir. A veces parece para muchos que el presente se proyectara fatalmente, inalterado, es decir, sin futuros alternos, posibles, en los calendarios. No fue así para Hostos. Cuando se halló por vez primera ante la infinita pampa argentina gozó… de ver que tenía ante sí, él y el pueblo argentino, posibilidad infinitas: todo un mundo por crear.

Al hablar sobre Hostos hay que tener en cuenta varias facetas que lo distinguen y suelen señalarse, comenzando, desde luego, con el Maestro, y luego, con el revolucionario defensor de la independencia de Puerto Rico y de Cuba, el Moralista, el Sociólogo, el Jurista, el novelista, el diarista, entre otros. Todas las mencionadas son solo vertientes mayores, pues estas a su vez se dividen, una y otra vez, como las ramas de un árbol frondoso, un enjambre inmenso, que, no obstante, muestra una virtud muy especial. Y es que, a pesar de ser tan vasto enjambre o ramaje frondoso, es tan extraordinariamente coherente que cada aspecto halla su vínculo correspondiente con otro, de modo que no se trata solo de líneas de luz que se dispersan, sino de una red estrechamente entretejida. ¿De modo, que hoy, de cuál de tantas ramas puedo platicarles?  

Una breve digresión puede ayudarme a elegir el asunto a tratar hoy. Sospecho que la invitación que se me hizo para hablarles de Hostos en este natalicio obedece a la publicación de un libro sobre Hostos que publiqué hace poco menos de un año: Los días de su madrugada. Hostos, La Biografía. ¡Tanto se ha escrito sobre Hostos!, que hasta me han preguntado para qué publicar una biografía más. A decir verdad, me sorprendió un poco esa pregunta. Solo dos biografías importantes vieron la luz alrededor del centenario de su natalicio: la de Antonio S. Pedreira y la de Juan Bosch. Poco después, pero hace alrededor de 70 años, Carlos Carreras publicó una nueva. Es cierto que algunas otras obras biográficas --y entre ellas alguna importante-- se han publicado, pero no tuvieron la aspiración de acotar o pasar revista de todo, todo el hombre y su obra.

En la historia de las ideas, por otra parte, puede comprobarse que a las ideas les ocurre lo que a las aguas del río en la famosa sentencia Heráclito, el griego: no podemos bañarnos dos veces en la misma agua de un río. Como sabemos, los seres humanos somos objeto de cambio continuo, y entendemos, interpretamos, valoramos, lo que fue ayer de manera diferente hoy. Cada época cultural produce un modo de ver y entender, una perspectiva y un lenguaje crítico que se esfuerza por imponerse a todos y en todo. Al leer, estudiar y escribir mis trabajos sobre Hostos, echaba de menos contar con el apoyo de una biografía que, al menos, se hubiese escrito desde la perspectiva nuestra, es decir, contando con todo lo nuevo escrito o estudiado durante los últimos 70 años. Es decir, durante toda mi vida. ( ¡ya delaté mi edad !) ¿O es que vamos a pensar que todo lo que se ha aportado en libros, simposios y congresos, en tantos países, no ha aportado nada a la comprensión de su vida?

Sin embargo, yo no me atuve al dedillo a esta cuestión que puntualizo. Por defecto propio, tiendo a hacer mi propia lectura casi al margen del canon concurrido. Y además, para colmo, violé con premeditación y alevosía, como dice mi hermano abogado, algunas de las reglas acostumbradas, que son protocolarias del quehacer biográfico. Me refiero, principalmente, a la distancia que apadrina una pretendida y aspirada objetividad, entre el biógrafo y el biografiado, distancia que, sin embargo, en algún grado, menor o mayor, siempre se desvirtúa.

Tampoco quise hacer una biografía crítica, una biografía repleta de referencias y notas al calce que interrumpieran lo que quería que fuera casi un cuento. Decenas de estudios y ensayos, incluso dos libros, de análisis académico y crítico, llenos de esas referencias, citas y bibliografías, había publicado en mis más de 30 años de visitas a su obra.  Esta vez solo deseaba disfrutar, narrando, la historia de su vida para ofrecerla a un público amplio, y no para un grupo de académicos. Por eso quise evitar numerosas notas al calce y las referencias bibliográficas que muchas veces son como vallas que obstaculizan y distraen la lectura.

Deseaba además que, en todo lo posible, fuera el mismo Hostos quien contara su vida. Deseaba seguirlo, como a escondidas, para anotar su vida pública, declarada, y también espiar, hasta por las ventanas, sus intimidades. Por eso resultó ser una biografía escrita a dos manos, a dúo, a dos voces, más que una biografía crítica. Una biografía que quiere oírlo… y hacerlo oír al lector… sin cuestionar su testimonio. Una biografía que deseaba hacer el retrato completo, para que el lector alcanzara a percibir a Hostos de manera cercana, y como en tres dimensiones. Como un holograma que se presentase vivo ante nosotros. Un holograma es una composición de tantos puntos o tantas células que ante los ojos esos puntos y células no se distinguen. Pero esas aspiraciones nuestras tenían en parte que fracasar, porque, como hemos puntualizado, la biografía de Hostos… es interminable. No pude cumplir con el propósito de brevedad, es decir, que no pude suprimir totalmente las notas al calce, ni la bibliografía, pero sí logré minimizarlas. La biografía no cupo en el espacio de una hora de programa televisivo, porque las peripecias de su vida ¡son tantas! Y el sentido y la importancia de los acontecimientos son… tan altos y complejos, que la historia quebró la brevedad del tiesto a la que aspiré.

Eso es parte de lo que pretendí insinuar con el título del prólogo: “Esta es mi vida”. Un prólogo en el que imaginamos que alguien entrevista a Hostos por televisión y le pregunta: “¿Quién es usted?” Y entonces, él responde con el contenido del libro.

¿Y con cuáles palabras comienza en el libro Hostos a relatar su vida? De esta manera, cito:

“La Imagen que me representa … invariablemente…

no es la única que podría representarme, y quizás sea la menos certera.

Creo que fui sobre todo un libertador.

Fui tantas veces solo un empedernido y desaliñado viajero

por las calles empedradas de Mayagüez, San Juan, Juana Díaz, Madrid,

París, las montañas de Cataluña, Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires, 

Caracas, Santo Domingo, La Plata, Nueva York, Washington,

mareado mil veces en barcos, empolvado a caballo por las sierras de los Andes chilenos, por las vegas dominicanas, por las sierras peruanas, por la pampa argentina,

conspirando en chinchorros, bateyes, barracones, postulando en las Cortes, tronando en asambleas, matraquillando en la prensa, aprestando señas en el aula,

arengando en favor de la libertad española, antillana, anticolonial,

antiimperialista en todas partes, sudado y con las botas sucias,

pero también hermanando y amando.

El Maestro es una de las etapas más importantes de mi vida.

Pero en cuanto Maestro, Moralista, Jurista, Sociólogo, Revolucionario, esposo y padre, 

en todas esas formas y tareas solo me alucinaba la libertad de los pueblos

y de todos los seres humanos por la que luché en todos, todos, los terrenos.

Éste soy yo.

 

Dejemos ahora de hablar del libro y tomemos un punto de partida, porque yo, por si les interesa saberlo, no llevo conmigo a Hostos –dicho sea con mil perdones— como pieza de museo, estudio de arqueólogos, exégeta de libros raros, incunables, con la mirada en la nuca, sino como compañero de viaje. Por eso titulé estas palabras, a solicitud de Millie Gil, apropiándome de una expresión del mismo Hostos que lo retrata con exactitud y de cuerpo entero: “Voy a ocuparme del porvenir”.  De modo que hoy (esta mañana) solo intentaremos esbozar un par de reflexiones que sean pertinentes para los tiempos en que vivimos.

Toda la historia de la humanidad ha logrado sobrevivir a tiempos plagados de amenazas. Algunas de ellas resultaron en diferentes catástrofes, y en diferentes puntos del planeta. A veces hasta parecía que se acercaba el apocalipsis. Nuestra época no escapa ni a amenazas, ni a calamidades, ni a plagas ni nubarrones. Por eso muchos apelan a la sabiduría de mujeres y hombres de otros tiempos, otros siglos y espacios, e incluso, de otros milenios. De modo que les propongo comenzar con un corto viaje al pasado.

En el prólogo al libro de Félix Ojeda Reyes, Peregrinos de la libertad (1992), Ramón Arbona observó que José Martí calificó en una ocasión de “arrogantes” a los más notables representantes de las luchas por la liberación de las Antillas. Con ese calificativo, explica Ramón Arbona, Martí intentaba aludir a un atributo que cubría a estos peregrinos de la libertad, como con una aureola.

Esa aureola, de arrogancia, según dice, no era sino la manifestación de una impresión sensible producida en los demás, por el reconocimiento, en ellos, de una gallardía inusual, una valentía, desenfado y buen aire, que les permitía caminar sin desfallecer, construir donde se pudiera construir, conspirar donde hubiera que conspirar, hacer acopio de fuerzas que no parecen desfallecer, y “mendigar recursos, predicar, suplicar, debatir, combatir y, si derrotados, empezar de nuevo por dónde se pudiera empezar, cómo se pudiera empezar, en un peregrinaje que solo podía tener fin el día que los alcanzara la muerte, en el triunfo o en la derrota, y a pesar del mareo, los zapatos gastados, el hambre y la pobreza.

 

Recordamos, por ejemplo, que Luis Bonafoux, al terminar su biografía del inmenso Ramón Emeterio Betances, evocó con sublime ternura, que en las últimas semanas de vida de este hombre grande, respetado y reverenciado entre los más grandes de su época, ya fuera en Puerto Rico, en Cuba, en República Dominicana, en Haití, en Francia, o en la misma España que supo tanto amar como combatir, no se avergonzaba --muy poco antes de fallecer, repito-- de vender sellos, pequeñas banderitas, botones, alfileres y souvenirs para la causa de la libertad de Cuba. Ante Hostos, también estamos frente a un hombre de dimensiones paralelas a las de Betances.

Insisto en recurrir a Félix Ojeda Reyes, recientemente fallecido, en su homenaje. Félix, afirma en el capítulo de este libro antes citado, un capítulo dedicado Hostos que titula “Profeta de la Federación Antillana”, que “sin lugar a dudas, Hostos fue el más grande de los pensadores puertorriqueños de todos los tiempos”. (84)

 

Aunque en aquel entonces Manuel Zeno Gandía, nuestro afamado novelista, no era independentista, dio el testimonio de quien fue un privilegiado testigo, de que en las entrevistas de los miembros de la Comisión Puertorriqueña que fue al Congreso y a la Casa Blanca, tras la invasión y ocupación de Puerto Rico y Cuba en el 1898, para discutir el futuro de Puerto Rico con senadores, con el Secretario de Estado y con el mismo Presidente William Mckinley, Hostos, dice, fue sencillamente “inmarcesible”, es decir, luminoso y sin mancha.

Ojeda Reyes reproduce, en el libro citado, cuatro artículos de Hostos que no están incluidos en las Obras Completas de 1939 (OC), titulados “Cuba, desde Chile”,  publicados en Santiago de Chile. El primero es de agosto de 1897. Lo siguen otros tres, sin fecha cierta, excepto el cuarto, que solo indica que es de octubre de ese mismo año. Interesa tener en cuenta que en las OC aparece una serie numerosa titulada de “Cartas Públicas acerca de Cuba”, dirigidas a su íntimo amigo, y senador de la república chilena, Guillermo Matta, cuyas fechas datan de septiembre de 1897 a diciembre de ese año. De modo que los nuevos artículos que reproduce Ojeda Reyes se insertan entre esos ya conocidos.

Siempre me pareció curioso, que la primera de las “Cartas Públicas” dirigidas al senador, en las OC del 39, comenzara con una expresión que --a todas luces --y así lo hemos señalado con anterioridad-- sugiere que se enuncia in media res, es decir, a mitad del asunto. Dice en su primera línea, como si fuera una íntima confesión: …

 “Callaba por despecho”. (¿?)

Imaginen que reciben una carta, ya sea de conocido o de desconocido, que comienza diciendo: “Callaba por despecho”. Imaginen que comienzo yo a hablarles esta mañana, aquí, diciendo, desnuda y calladamente: “Callaba por despecho”.

… Como si antes hubiera comentado algo. Es decir, ¿qué callaba? ¿cuándo? ¿dónde? ¿a quién?...

No sabemos si hay una relación directa, pero lo cierto es que Hostos redactaba artículos en defensa de Cuba desde que tuvo noticia del comienzo de la nueva sublevación iniciada por José Martí a comienzos de 1895. ¿Es suficiente para explicar una frase de introducción como esa, íntima como una confesión del alma, y huérfana de toda referencia?

En los artículos rescatados del olvido por Ojeda Reyes, Hostos hace justo al comenzar, otra de las suyas. Escribe Hostos:

“Voy a ocuparme del porvenir, no del presente”.

En todas sus andanzas y quehaceres, Hostos, o era siempre -vigía -o faro, -o se colocaba en la quilla como un mascarón de proa. Era un hombre brújula… Un horizonte que siempre es un misterio inescrutable para quién no alcanza a anticipar el destino. Y quien lidia con el horizonte incierto se convierte, él mismo, en horizonte incierto. Abundaron a lo largo de toda su vida, y en todas las latitudes, muy importantes personalidades que no lograban comprenderlo ni alcanzar la altura y complejidades de su pensamiento. Sus visiones utópicas no eran ensoñaciones. En Hostos, la utopía era una agenda de trabajo. Desde el campo militar de batalla se ponía a trabajar en su agenda de horizonte. Se batallaba en la manigua cubana y se conspiraba con armas en Cuba y República Dominicana, y el escribía todo un tratado de principios para construir sociedades libres: el “Programa de los Independientes”. Nació muy temprano, llegó a todo muy temprano, él mismo lo dice. Había visto por doquier países que alcanzaron la independencia militar, pero fracasaron en crear sociedades libres, porque los mismos hacendados, los oligarcas poderosos, siguieron despreciando, marginando, despojando, explotando, esclavizando, y abusando de la inmensa mayoría de la población. Por eso la revolución a la que Hostos aspira –y perdóneseme el verbo en tiempo presente-- es la de un hombre nuevo en una sociedad nueva, que solo podía construirse después del triunfo militar, y con las armas del libro. Era una revolución no solo del leer y aprender, sino del pensar, de asumir los deberes, y fortalecer la voluntad para ejercitar los derechos propios… y los ajenos. Una revolución en pos de seres humanos que fueran conscientes del deber de luchar, diaria y permanentemente, por la libertad y la justicia. Ese es el fundamento y el sentido de su obra capital: la “Moral social”, parte fundamental de su Tratado de Moral.

Este que les habla, mantuvo marginado de sí mismo –de mí mismo, quiero decir-- un juicio de Francisco Manrique Cabrera, primer historiador de la Literatura Puertorriqueña, que resume con esta fórmula su visión de Hostos. Escribió que Hostos era… un “vivir peregrinante en confesión”. En aquel lejano entonces, cuando leí la frase, fue para mí una idea que me olió demasiado a cirio de capilla… Pero ahora, las citas que rescató del olvido Ojeda Reyes, me hicieron oler y entender de otra manera ese juicio de Manrique Cabrera.

Yo había rondado esa misma idea, pero mirándola a través de un prisma con otros colores. Hostos, siempre, siempre, desde Bayoán mismo, su obra prima, fundacional, estuvo en pos de lo que debía venir, como señalé, después de la independencia política, para que esta no se malograse y verdaderamente nos llevase a la libertad. Eso que habría de venir era también, y es, un campo de lucha permanente que exige de seres humanos entrenados para ese combate diario. Era la revolución del “espíritu en progreso” que desarrolló con el instrumento del diario. El diario de Hostos es una milagrosa célula madre de la que germina toda su obra, comenzando con la moral y la pedagogía.

Debemos tener en cuenta que Hostos no fue un maestro al uso. Ni siquiera del ABCD y F- de FRACASADO. Su pedagogía estaba dirigida a formar hombres y mujeres que, conforme a su famosa definición del “hombre completo”, debían ser capaces de todos los heroísmos, de todos los sacrificios, de todos los grandes juicios, movidos por la voluntad y la conciencia. Era un maestro del aula y de la calle, de la acción militante.

Quisiera ahora, pasar a otro asunto que pone en evidencia cuánto se relaciona lo que venimos exponiendo con los días que vivimos. Me atengo, para justificar el recurso que usaré ahora, al hecho de que Hostos fue un amoroso y devoto padre, creador de una novedosa y audaz pedagogía para niños, y también de una literatura creada no solo sobre los niños, sino para los niños.

Atemos todo esto al personaje de tirillas cómicas llamado Mafalda. ¿Quién no conoce a Mafalda? Quino, su autor, ya desaparecido, era un humorista gráfico argentino, a quien lo caracterizaba una aguda capacidad de visión y crítica social. Fue el autor del mundo de Mafalda, una niña perspicaz, de clase media trabajadora y asalariada, contestataria, solidaria e inconformista, con aspiraciones tanto idealistas como reflexivas, y preocupada con las calamidades de este mundo enfermo. La acompañan un pequeño grupo de personajes, cada uno representante de cualidades y características sociales diferentes. Entre ellas nos interesa ahora Susanita, una amiga de Mafalda frívola, cuyo mayor deseo en la vida es asumir el rol clásico de la mujer doméstica, casarse con un hombre guapo y rico, tener hijos. Es envidiosa, rencorosa, racista, despectiva con los pobres, y muy pendiente de la imagen y la moda. Hay un par de tirillas que me gustaría recordar ahora. Tirillas sobre el mismo asunto. Escojo una por la manera breve y clara en que enfoca el asunto que deseo apuntar:

Mafalda y Susanita al llegar caminando a una esquina, ven a un hombre pobre y desvalido que pide una limosna. Mafalda le comenta a Susanita:

-- Me parte el alma ver gente pobre. Y Susanita responde:

-- A mí también.

Entonces Mafalda propone:

-Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres.

Y Susanita, extrañada al oírla, le riposta:

-¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos…

Esta tirilla representa el debate de dos principales tendencias políticas de nuestra época. Son dos programas que se debaten de manera irreconciliable en el mundo actual, y que tienen repercusiones graves que urge tener en cuenta.

No hay respeto a los derechos humanos y civiles donde no hay igualdad social. Esa es una esencia de la moral social de Hostos. La desigualdad social, es decir, la subordinación de un grupo o una clase por otro grupo o clase requiere siempre del uso de una fuerza impositiva. Y Hostos aborreció siempre del uso de la fuerza bruta. Aborreció las conquistas y los grandes conquistadores, reyes o dictadores o emperadores de la Historia que nada construyen y todo lo destruyen. Enalteció a los pueblos; enalteció a Simón Bolívar porque adelantó la libertad de Nuestra América, y por esa misma razón a George Wáshington, y a Lincoln por adelantar la igualdad social y de los derechos. Pero no a Napoleón. No a la Inglaterra que conquistó a la India o la China, porque la libertad no es una fuerza que se impone desde fuera y desde arriba, sino un poder social que brota desde abajo, desde el seno de la familia, sube luego de la calle, luego del barrio, luego del municipio, de la región, y finalmente integra la nación. No hay ni puede haber democracia donde una parte considerable de la población está sometida o subordinada a la fuerza de la otra parte. Esto que digo debería recordarnos mucho, por decir lo menos, las realidades del mundo que hoy se vive por doquier, ejemplos de los cuales sería obvio señalar. Tenemos que luchar contra esas fuerzas o perecer. “Civilización o muerte”, fue una de las últimas consignas de Hostos.

A mi juicio, quizás difieran algunos de ustedes, vivimos en un tiempo que con violento berrinche, hasta emperrarse diríamos --conforme al diccionario--, sino fuera porque carece del olfato fino, la inteligencia y las lealtades del buen vivir de nuestros perritos hogareños. No hablo solo del cambio climático que extingue miles de especies todos los días envenenando y saturando los mares de plástico, y dispersando sobre tierra, agua y aire un aliento insalubre. No me refiero tampoco a la automatización de esa que llaman “inteligencia artificial”, que representa la acelerada deshumanización de nuestra época. Lo que deseo acusar es al llamado incesante a las armas, a la orgía de guerras que circundan el planeta, haciendo acopio de una fuerza capaz de destruir países enteros; a la masacre incontenible de vidas; al retroceso y desprecio cada vez más ostensible de los derechos humanos y civiles de los que conspiran para piratear riquezas y parecen que buscan reducirnos a la patria del esclavo, que según Hostos decía, esa patria del esclavo es su cadena. Irónicamente, los medios para terminar con la pobreza y con el hambre existen desde hace mucho.

Quino publicó en otra ocasión otra tirilla cómica que viene al caso. Mafalda dirige un coro con sus amigos que cantan la tradicional “Noche de paz. Noche de amor”. Justo ahí interrumpe Mafalda el canto y les dice que, antes de continuar desea saber… si entienden la letra. Porque en esta época que algunos denominan como la de la “posverdad” los términos, las ideas, se han desnaturalizado y las camisas se exhiben al revés. ¡Si se habla hasta de la “revolución de los colores”, de los sabores, de la moda!

Entonces, cabe preguntar, ¿qué es en realidad la verdad?

¿qué es en verdad la libertad?

¿qué es en verdad la moral?

¿qué es en verdad la justicia?

¿cuáles son los derechos humanos fundamentales que no deben ser nunca enajenados?

¿cuándo dejó de ser la vida, y todo lo que ella implica, un derecho sin el cual ningún otro derecho existe y la humanidad no puede sobrevivir?

Todo eso es parte fundamental del pensamiento que trazó Hostos a lo largo de todo su camino.

Un intelectual argentino publicó recientemente un artículo sobre los últimos acontecimientos que vive la Argentina. Dice palabras que quizás nos conciernen. Habla de “autoinmolación”. Y del “carácter apocalíptico del tiempo que vivimos.”

En un ensayo publicado en sus últimos años, “El siglo XX”, Hostos profetizó lo que temía que habría de ser el nuevo siglo que se abría. Y advirtió, conforme a su aptitud visionaria, que sería un siglo en el que la fuerza bruta que ejercerían los grandes poderes absorbería o destruiría los pueblos débiles, y correrían ríos de sangre. Ese, me parece, es un buen retrato de lo que fue el siglo pasado, y el agrio y amargo inicio de siglo que ahora tanto duele respirar.

El reino de Hostos, y no lo digo desde luego en el sentido bíblico, no es de este mundo, porque, como hemos venimos diciendo, es un mundo del porvenir, de ese horizonte que nunca se alcanza, y por el que hay que caminar, velar y trabajar todos los días. Un maestro de mi esposa Hilda –Héctor Estades-- nos explicó hace muchos, muchos años, la diferencia entre futuro y porvenir más o menos en estos términos: el futuro ha de suceder de todos modos: lo será mañana y el año próximo; pero el porvenir es aquello, desprovisto de fatalidad,  a lo que

 aspiramos e intentamos construir. Por eso Hostos no podía ver pasar un solo día, uno solo, sin sentir que había sido útil.

Hostos tantas veces enarboló como bandera de esas proezas del pensamiento que instrumentó con militancias en el aula y en la calle, en las tribunas, en la actividad del propagandista, como le gustaba identificarse, que es el profeta que vocea, pregona, aboga, por una causa. La Moral, la Pedagogía, la Sociología, la teoría jurídica de Hostos, constituyen, unidos, un tratado de libertad absolutamente embarazado de eternidad, al que debemos volver so pena de perecer. Porque abogar por la solidaridad, la libertad, la cooperación y la justicia son aspiraciones que nunca jamás caducarán .

Mientras más siniestro, oscuro y amenazante se muestra el horizonte, más tenemos que esforzarnos, decía Hostos, por prepararnos para buscar caminos de hermandad y solidaridad. Hostos vivió refutando cuanta fatalidad le salió al paso. Fatalidad de la tragedia inevitable. Hostos decía que, mientras mayor es la injusticia y la guerra, más tenemos que luchar por la justicia y la paz. Porque bien lo supo siempre aquel que siempre estuvo dispuesto --y lo intentó varias veces—morir batallando por su causa: a las maestras normalistas, en su graduación, y a todos les cuanto pudo, les enseñó, que el fin no era gozar del día luminoso del triunfo de la justicia… sino CONTRIBUIR A QUE LLEGUE EL DÍA. Y no solos y pronto, sino CON TODOS Y A TIEMPO.

La inteligencia tiene que ser guiada por la conciencia moral… o es nada. 

Esto es un museo, y Hostos descansa y se respira aquí, pero también se mueve –debe moverse-- y clama –debe clamar-- fuera este recinto. Porque vivió con la arrogancia de negarse a ser la fatalidad de una voz que clama el desierto, su lugar está en la calle, donde se pelea por la vida.

Yo brindo por la salud de Hostos todos los días. QUIZÁS, también todos, podríamos hacer ahora un brindis por su salud...

¡Salud, Hostos!  

¡Y larga vida!                  

Muchas gracias por su atención.

 

Discurso 11 de enero (HOSTOS) , Mayagüez, 2024.

 MRD


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