Baldorioty vs. Betances
A propósito del Tratado biográfico de Roberto Ramos Perea sobre Román Baldorioty de Castro.
Hace pocos meses (2024) Roberto Ramos Perea publicó un “tratado biográfico” sobre
Román Baldorioty de Castro. Vaya por delante estipular que se trata de una labor investigativa erudita y monumental, y que viene acompañada de otros tres volúmenes que recogen la obra escrita por Baldorioty, la publicada que conocíamos, y otros impresos inaccesibles hasta ahora, y, además, material inédito.
La presente nota no pretende ser una reseña de estas obras,
sino tan sólo una expresión de desengaño sobre un solo aspecto. Tengo enfrente,
para sosegarme en su contexto, la biografía de Ramón Emeterio Betances de Félix
Ojeda Reyes (2018), y el extraordinario libro póstumo que nos legó: La
protesta armada (2024), obra que sale casi a la par con la de Ramos Perea.
La crítica académica de las últimas décadas insiste,
saludablemente, en la revisión y reevaluación de los juicios enunciados antaño sobre
todos los temas a partir de los nuevos enfoques, descubrimientos, y métodos de
análisis. Desde luego, ese examen permanente de lo
que muchos califican como la narrativa repetitiva de un canon, es un factor
medular en la comprensión de una realidad histórica en continuo desarrollo,
plegada de alteridades, cauces efectivos y defectivos, posibilidades engarzadas
y perdidas, lagunas y sombras. Pero eso no es lo mismo que el estudio que tiene
como método argumentar para intentar demostrar premisas previamente
adjudicadas. Así se hizo hace unas décadas con Hostos.
La publicación de obras como esta de Ramos Perea sobre
Baldorioty de Castro es siempre una fortuna. Pero hubiese sido mejor si el
autor no se hubiera valido, para enaltecer a Baldorioty de Castro, de reducir y
descalificar parcialmente la obra de Ramón Emeterio Betances. Hacer un
comentario breve al respecto de ella es el motivo de estas líneas.
Una de las columnas fundamentales en las que Ramos Perea se apoya
es el uso de una argumentación dirigida a demostrar premisas prejuzgadas. En
este caso, es la apología de la ruta, el método y el ideal primordial que
siempre ha definido a Baldorioty, incluso por confesión propia: la aspiración a
la autonomía de Puerto Rico, y el método de las reformas liberales, que
históricamente se prolongó durante el siglo XX, principalmente por el Partido
Popular, pero encallado y francamente senil en este primer cuarto de siglo. Las
apologías impresas en el libro provienen de este sector.
Para exaltar a ese Baldorioty el autor se halló ante un
escollo formidable: Ramón Emeterio Betances, y la ruta del “republicanismo
democrático revolucionario” –como lo define Carlos Rojas Osorio (2020)– en la
que persistió toda su vida. Otra de las cosas que lamento en esta obra es que se
intente acudir a Eugenio María de Hostos para validar sus argumentos contra
Betances. A mi juicio, el autor tiene un objetivo en la mira respecto a
Betances, pero en lo que concierne a Hostos, no lo comprende.
Aunque por un corto tiempo (1874) se viera Baldorioty acorralado
y, por eso, dispuesto a participar en las conspiraciones armadas que organizaba
Betances, Baldorioty, –– “como ‘súbdito’ de España (así puede leerse en el
tratado, Ramos Perea, 5.) se negó a proponer las armas como vehículo de esa
liberación”. No empece, cree el autor, con el tiempo, se ha considerado a
Baldorioty y a Betances, igualándolos, “padres”, “ambos”, de la Patria
Puertorriqueña (7). Quizás sea así para los amigos del autor, pero no para los
que conozco y reconozco. Pues, ¿cómo se retrata a Betances en este “tratado”
biográfico?
Ramos Perea insiste, e insiste, en retratar a Betances de
los siguientes modos: su lucha armada fue una sin reflexión, sin preparación y
sin posibilidades; Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante (98);
de una arrogante desconfianza; la arrogancia del llamado Pater de
Patria (294); testarudo; irracional (142, 284); el comentario
fratricida de una soberbia asombrosa (163) que mostró una espiral de odio sin límites; que acostumbraba a quemar sus naves por su
ansia de mantener su liderato (296); que abandona el barco de “su”
revolución (151), cuando ve amenazado su liderato (280), o en peligro de
hundirse (297); que lo que pensaba de sus compatriotas y de la propia
posible revolución de su país se reducía a su único interés por el poder; que
al verse amenazado por la integridad y el entusiasmo de Hostos, se rinde a
lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los
suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación (276);
que se plantó en su eterno resentimiento contra el autonomismo, “proclive a
la alienación y a lo que más tarde Lenin –en 1920– llamaría ‘infantilismo de
izquierda’”. (151)(¡!)
Ese es, a su juicio, parte fundamental de la práctica de
Betances. Añade que, tras la muerte de Baldorioty, “hubo de esperarse tres años
para que Betances tuviera la honradez intelectual de admitir las
cualidades de Baldorioty”.
Dudo –y lo comento porque para mí importa– que Paul Estrade,
o Félix Ojeda Reyes, hubieran, ni remotamente, rubricado tales juicios. Pienso
que Félix no estará en paz en su sepulcro.
Según el autor, “la libertad por las armas siempre fue –y
será– imposible” en virtud de la inferioridad numérica, geográfica y militar de
Puerto Rico. Baldorioty, dice, se muestra, además, incapaz de comprender la
atención puesta, la solidaridad y la cooperación con la libertad de Cuba,
Haití, la República Dominicana.
Betances, ciertamente, vio, en un momento, en el reformismo
autonomista de Baldorioty, a un “autonomista vacilante”, un “reformista
transigente y abolicionista vacilante”. Para solo citar autores recientes, Paul
Estrade, Félix Ojeda Reyes, Carlos Rojas Osorio, entre otros muchísimos
estudiosos de su obra, algunos de los cuales Ramos Perea tiene la honradez de
mencionar, entienden las cosas de otro modo. Para ellos –quiero incluirme– no
cabe encasillar exclusivamente a Betances en la estrategia de la revolución
armada. Siguió varias estrategias, tomando nota de las circunstancias. En un
principio, antes e incluso inmediatamente después de Lares, sostuvo la ilusión
de que fuera posible negociar los diez mandamientos de los hombres libres
con un gobierno español republicano en cuyo seno se oían voces protagónicas que
creían en crear una federación con las dos Antillas y simpatizaban con una
república democrática federal que incluyera en igualdad de condiciones a las
Antillas. Hostos oyó, cara a cara, en discusiones francas y abiertas, y en
textos publicados, a muchos futuros líderes del gobierno español que
simpatizaban con una federación, y una república, que incluyera las Antillas, e
incluso con el socialismo proudhoniano, y que se comprometían. Pero Betances
vio pronto, Hostos muy poco después, que en la misma metrópoli las reformas
democráticas que pedía para sí el pueblo español, y las aspiraciones
autonómicas que necesitaban los pueblos de España, se esfumaban una y otra vez.
¿Cómo esperar entonces de ella que satisficiera los deseos de reformas y de
autonomía que le manifestasen las lejanas provincias antillanas? La conclusión
obvia era que como expresara Betances, y como él Hostos: “¡España no puede dar
lo que no tiene!”. Sabían ambos, además, que si durante el corto gobierno
republicano fue un espejismo breve, y muy pronto, un imposible entendimiento,
en la monarquía que se reinstaló muy pronto, lo era menos. O, más claramente,
absolutamente imposible.
Estrade define varias estrategias que siguió Betances: la de
la revolución en España; un posible entendimiento con el gobierno
revolucionario republicano que tomó el poder en 1868; la vía indirecta de la
consolidación de una república dominicana próspera y democrática; la vía de la
obtención simultánea de la independencia de Cuba y Puerto Rico por el triunfo
del ejercito mambí, tanto en la guerra del decenio, como en la guerra iniciada
por el partido revolucionario cubano-puertorriqueño. Hostos coincidió con
ellas, y formuló otras más. Para Estrade y Ojeda Reyes la praxis de la
revolución armada de Betances no respondía a su terquedad, como se dice, sino a
la terquedad del gobierno colonialista español, de facto, históricamente
inamovible.
Hostos abogó incesantemente ante el gobierno español por
reformas para las Antillas, pero dentro del contexto de una federación previa fundada
entre las Antillas y España, es decir, fuera de toda pretensión de
“asimilación” a España, como aspiraban muchos autonomistas (185), y que, por el
contrario, preparase y condujese eventualmente a las Antillas hacia la
soberanía plena conforme al modelo canadiense otorgado allá por Inglaterra. Su
extenso artículo sobre este tema específico es de 1867. Para principios de 1869
Hostos ya había rechazado esa ruta en términos definitivos para no regresar a
ella jamás, como sí lo hizo Baldorioty. Lejos estaba Hostos, antes, entonces y
después, de que esa aspiración suya a la soberanía hubiese sido solo una de
inspiración romántica y juvenil, y es falso eso de “que no estaba
dispuesto a sacrificarse para que otro se llevara la gloria”. ¡Cuántas veces
estuvo no solo dispuesto, sino que deseó e intentó combatir lo mismo en la
manigua cubana que en las vegas de Puerto Rico!
Hostos había aconsejado el 31 de diciembre de 1868 el
retraimiento en las elecciones a Cortes convocadas por el gobierno provisional
español, si estas no se celebraban en condiciones “absolutamente liberales”, y
bajo “el imperio del sable”. Mas, en el caso de que en Puerto Rico se impusiera
tal elección, aconsejó a varios candidatos, empezando con Baldorioty y
terminando con Betances, “el primero en sacrificios por su patria”. En su lista
aconsejada, incluyó también a Alonso, Tapia, Acosta, Tió, Vizcarrondo y Ramos. Las
elecciones se celebraron del 15 al 18 de enero del 1869, pasado ya el famoso
discurso del advertido rompimiento con España pronunciado por Hostos en el
Ateneo madrileño el 31 de diciembre pasado.
Véase que las fechas de estos eventos se yuxtaponen. Los
ponceños le solicitaron a Hostos, con fecha del 24 de diciembre de 1868, que
presentara en su nombre al gobierno provisional una serie de peticiones. En
cumplimiento con su petición, Hostos pide y celebra entrevistas con el general
Serrano, jefe de Gobierno, que se celebraron entre el 19 y el 22 de enero, justo
cuando acababan de celebrarse en Puerto Rico las elecciones a diputados para
las Cortes. Hostos les informó el 23 de enero a los ponceños que, en resumidas
cuentas, “Puerto Rico no debe esperar nada de una metrópoli que la desdeña (…
y) le niega los derechos y libertades que podrían haberse planteado en ella”.
Diría en una de sus constantes recapitulaciones y examen de sus acciones, que “los
diputados que el capricho y la arbitrariedad eligieron en Puerto Rico, llegaban
a Madrid para servir de juguete, como sirven, al interés de un ministerio o de
un ministro”.
A la diatriba sobre si la obstinación de Betances con la
revolución armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades, y
que Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante, testarudo; irracional,
“hasta los límites de la vesania”; de un odio sin límites que acostumbraba a
quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato; que se reducía a su
único interés por el poder; se rinde a lo más bajo que puede hacer un
revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por
encima de los intereses de la nación, su apoyo a la independencia y
confederación de las Antillas, sin aparente conciencia de lo limitado de las
fuerzas militares insurrectas. Entre lo primero que se afirma, justo en la
introducción, en este libro como aseveración ante la idea de desarrollar una
lucha armada en la colonia, está lo siguiente:
“¿A qué martirizarse por ella?
Esta conciencia clara de inferioridad numérica, geográfica y militar la
vivieron en carne propia Román Baldorioty de Castro, Ramón Emeterio Betances,
Eugenio María de Hostos, José Julián Acosta y Segundo Ruiz Belvis, no importa
lo bravío que fueron sus discursos liberadores, no empece a lo patriótico y
exaltado de sus discursos, la libertad por las armas siempre fue –y será–
imposible, aunque no por ello menos ansiada…” (4)
Ante este conocido disentimiento, Paul Estrade, por ejemplo,
responde que “Córcega tuvo un Paoli, Margarita un Arizmendi, Mariño 50 hombres
en Trinidad, Luperón 14 en Capotillo, para iniciar la guerra de liberación que
concluyeron victoriosamente” (309). Cita, además, la proclama de Betances del
27 de agosto de 1871, que añadía que los “indios” boricuas podían haber hasta
15 mil, que Céspedes lanzó solo 50 hombres contra España, y pregunta ¿con
cuántos contó Bolívar en muchas batallas? Lo cierto es que tanto en Cuba como
en Puerto Rico llovieron las insurrecciones a lo largo del siglo; las armas se
contaron por miles en muchas ocasiones, y los comités secretos que se fraguaban
dentro y fuera de las islas se esforzaban por afianzar la organización y las
estrategias. Generales militares veteranos y de alta distinción estuvieron
prestos a combatir, en primera línea. Todo el tiempo procuraban, tan
secretamente, una “organización bien entendida”, que a la llegada de Hostos a
Nueva York lo mantuvieron ajeno a ellas. Continuamente enviaban delegados a
Puerto Rico a explorar el apoyo, y a comprometer, y a estudiar las condiciones
para los alzamientos. Con apenas 80 hombres se inició en 1956 la guerra que
culminó en Cuba a fines de 1958 con la derrota de Batista y el triunfo de la
revolución. Hostos propuso constantemente estrategias revolucionarias,
compromisos en Nueva York y en las Antillas todas, en Colombia, Perú, Chile, Argentina
y Venezuela, y formulaba desde 1876 programas concretos para construir países
libres tras la independencia.
Sobre el carácter antillano de la lucha por la liberación,
todos los grandes protagonistas de las diferentes Antillas, tanto los de Cuba,
la República Dominicana y Puerto Rico, todos, concurrieron e intercambiaron
programas, estrategias, recursos, armas, dinero y combatientes, e incluso
banderas, y además, varios países de Nuestra América, desde Venezuela, Perú,
Chile, Ecuador. Porque para todos ellos la revolución no podía poner miras y
gríngolas en revoluciones aisladas unas de las otras. Sabían, tanto Betances
como Hostos y otros, incluido después Martí, que las Antillas habrían de
salvarse juntas o morir. El problema era entonces cómo y por dónde quebrar el
poder español en las Antillas. El problema nuestro era, y es, cómo y por dónde
quebrarle el espinazo al poder.
Si mucho puede verse en la obra de Betances, Hostos y otros
protagonistas de la complejidad y las dificultades muchas veces insalvables o
casi insalvables que tuvo iniciar una insurrección, no puede verse sino una parte
pequeña de ella, porque ella impuso guardar innumerables secretos. Ojeda Reyes
cuenta, como Hostos y Betances, mucho o bastante de lo que fueron esas
dificultades y complejidades en la época que visita, pero no deja de admitir
que quedan en lo oscuro muchos secretos. Otro tanto apunta Ojeda Reyes sobre
los secretos que mantiene en su registro sobre la “protesta armada” que se
fraguó en las décadas de sesenta y del setenta del siglo pasado.
En el prólogo a otro libro de Ojeda Reyes, Peregrinos
de la libertad (1992), Ramón Arbona observó que José Martí calificó de
“arrogantes” a los más notables representantes de las luchas por la liberación
de las Antillas. Con ese calificativo, explica Ramón Arbona, Martí intentaba
aludir a un atributo que cubría a estos peregrinos de la libertad, como con una
aureola. Esa aureola, de arrogancia, no era sino la manifestación de una
impresión sensible producida en los demás por el reconocimiento en ellos de una
gallardía, valentía, desenfado y buen aire, que les permitía caminar sin
desfallecer, construir donde se pudiera construir, conspirar donde hubiera que
conspirar, hacer acopio de fuerzas que no parecen desfallecer, y “mendigar
recursos, predicar, suplicar, debatir, combatir y, si derrotados, empezar de
nuevo por dónde se pudiera empezar, cómo se pudiera empezar, en un peregrinaje
que solo podía tener fin el día que los alcanzara la muerte, en el triunfo o en
la derrota”, y a pesar del mareo, los zapatos gastados, el hambre y la pobreza,
“pero siempre en brazos de la patria agradecida” (9).
¿Ciegos por la ira? Es cierto que Hostos no
buscó en 1898 contar con los partidos políticos existentes en Puerto Rico
porque, a su juicio, eran partidos coloniales. Incluye, desde luego, los
autonomistas. Pero aceptó ser miembro de la Comisión que a nombre de Puerto
Rico presentó peticiones al presidente McKinley, y fue acompañado de dos
anexionistas: Henna y Zeno Gandía. Al culminar sus gestiones en Puerto Rico a
fines de 1899, consideró oportuno recomendar a Luis Muñoz Rivera para
continuar, a nombre de una comisión, las gestiones en Washington. Betances
siempre supo que dos cercanos colaboradores suyos eran anexionistas: Henna y
Basora. En su momento consideró que podía contar con liberales autonomistas,
como también Hostos, que pensó que una vez insertos en el fuego fraguaría en
ellos el patriota. ¿No pronunció aquella hermosa parábola de las hormigas cuyo
esfuerzo para arrastrar una presa crece hasta lograr moverla? Con Estados
Unidos, Hostos sí intentó negociar, pero nunca una “dependencia negociada” y “medianamente
nacional”, lo como intentó Baldorioty con España. (508)
Para mí no cabe duda de que la gesta de Lares,
Betances mismo, Hostos, Albizu, Mari Brás y otros gigantes forjadores en Puerto
Rico de la lucha armada por la independencia, lejos de convenir en calificarlas
de “pírricas ilusiones” (6), robustecieron y aún fortalecen nuestra identidad
de pueblo, que es garantía imprescindible de nuestra soberanía e independencia
latentes. Pero los autonomistas no lo son en la misma medida ahora, como
tampoco lo fueron entonces. Pantanos inamovibles de mañana, como afirmó
Betances, y, a fin de cuentas, sostenes del colonialismo. Por fortuna, “el tiempo
del pueblo nunca acaba”, como nos recordó Juan Antonio Corretjer.
Me conmueve pensar que para el autor del, no obstante, impresionante
tratado biográfico que comentamos, su publicación en este momento cuenta con la
fortuna de haber salido a la luz cuando ya Félix Ojeda Reyes no estaba con
vida. Pero nos dejó sus cocteles molotov en su palabra postrera, y una “patria
agradecida”.
Mrd, agosto 2024
Publicado en En Rojo, Claridad, el 3 de septiembre de 2024.