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lunes, 29 de mayo de 2017

"El tren de Lenin" de Merridale


RESEÑA


“El tren de Lenin” 
de Catherine Merridale


U
no de los episodios sobreseídos (cesar, poner fin, ignorar), o apenas concurrido en las biografías, lo es el tránsito de Lenin en la primavera de 1917 de Suiza a Rusia, pasando por Alemania, en un tren “sellado”. Ese episodio es precisamente la médula nutricia del libro de Catherine Merridale, miembro de la Academia Británica de historia, titulado, precisamente, “El tren de Lenin. Los orígenes de la revolución rusa”. (Barcelona, Crítica, 2017, 349 págs.)
    El libro es el último
producto de intensas y prolongadas investigaciones de la autora en torno a la Rusia soviética. En esta ocasión, y bajo la sombrilla inmensa de la turbulenta historia del país cuyos ramalazos ubica ella entre la Rusia zarista y la Rusia actual de Putin, sin dejar esquinado el Centenario de la Revolución Rusa que se conmemora este año, Merridale concentra su mirada en las asombrosas peripecias de ese tránsito que ubicó a Lenin en esa primavera de 1917, y que hizo posible el acontecimiento más importante del siglo XX y una de las revoluciones más dramáticas y trascendentales de la historia de la humanidad. Con este libro la autora pretende rescatar del olvido la figura sombreada en este centenario de su gestor fundamental.
    Narrado en once capítulos, armado con una muy amplia bibliografía erudita, una investigación minuciosa que incluso la llevó a reproducir todo el temible trayecto, un índice analítico, ilustraciones y dos mapas ( uno con la ruta del tren desde Zurich a Petrogrado, que pasó por Francfort, Berlín, Malmo, al sur de Suecia, Estocolmo, Haparanda y Tornio ya en el Círculo Ártico; el otro mapa detalla las localizaciones del Petrogrado de 1917),  Merridale nos lleva de la mano en ese tren, con una minuciosidad extraordinaria, a vivir la complejidad y trascendencia de esa aventura. El lector contempla todo como lo haría un espectador en una narración fílmica.
    La autora repasa la ruta, las condiciones topográficas y climáticas, las poblaciones, la estructura socioecómica, la importancia estratégica para cada una de las potencias en guerra. Detalla y analiza, además, la red de intrigas de las potencias en guerra y el balance de fuerzas desde marzo de 1916. Los principales actores de los acontecimientos estaban ya presentes, de modo que  Merridale estudia los conflictos, alianzas y puntapiés recíprocos. Examina asimismo la mudante, compleja y conflictiva relación de fuerzas políticas entre los aliados franceses, británicos y rusos, y los alemanes. La autora destaca la participación de actores como Parvus (Helphand), oscilante mediador entre alemanes y revolucionarios rusos, que jugó un papel fundamental en el tránsito de Lenin por territorio alemán. También se detiene de manera enfática en actores como Gorki, Trotski, Stalin, Kámenev, Zonóviev, Kerenski, el príncipe Lvov, Tsereteli, Radek, Plekhanov, Miliukov, Buchanan, Samuel Hoare y Zimmerwald. Como es de esperar, una multitud pasa por las páginas.
    Merridale examina también, aparte de la coyuntura política oficial y la encubierta, cómo inciden los aspectos materiales económicos, del mercado, en un conflicto cuya naturaleza fundamental es la lucha por prevalecer en ellos. De ahí que una parte de los tratados entre los aliados se refiriera a repartir  anexiones y regiones de hegemonía. Su mirada va desde Estados Unidos a Japón, pasando por el Mediterráneo, Egipto, y Turquía, entre otros.
    Algunos aspectos de la historia llaman nuestra atención. Así, por ejemplo, la afirmación de que “la revolución comenzó” inesperadamente con “la fiesta del Día Internacional de la Mujer” (111); que la abdicación del zar el 2 de marzo significó el paso a una república; que lo del tren sellado era tanto una medida cautelar de Lenin para prevenir que se le acusara de recibir ayuda de los alemanes y prevenir una acusación por traición, pero que también le era útil al kaiser alemán para evitar que Lenin insuflara ánimos revolucionarios a su paso; que el ejército ruso contaba con más de siete millones de hombres; que el llamado a la paz de Lenin era un arma para los alemanes, de modo que los aliados, británicos y franceses, lo veían con alarma y el gobierno ruso lo interpretaba como una traición para un país que estaba en guerra; que Lenin le exigió al gobierno alemán que los vagones del tren usados por los rusos tuvieran el “estatus de entidad extraterritorial”, de modo que ningún pasajero podía ser obligado a bajar del tren (149); que aunque numerosos bolcheviques se oponían a continuar la guerra imperialista, el liderato bolchevique en Rusia –entiéndase Stalin y Kámenev– defendía en Pravda continuar la guerra nacionalista, y se dio el lujo de censurar escritos de Lenin. Llama además nuestra atención la descripción del horrible paso sufrido por el círculo polar ártico; las humillaciones en algunos pasos de aduana en Suecia y Finlandia que los obligaban a registrarlos desnudos; y, finalmente, la llegada del tren a Petrogrado, con el recibimiento apoteósico, y el balde de agua fría que traían los mensajes de Lenin para los revolucionarios rusos.
    El fin  del capítulo ocho y casi todo el capítulo nueve, lo dedica la autora a describir ese recibimiento y esos discursos. El recibimiento fue “espectacular”. A pesar de que Lenin notificó a sus hermanas poco antes la hora de su llegada, de que la estación del tren se hallaba a 40 kilómetros de distancia, y a pesar de ser un día de fiesta en el que no circulaba Pravda, una inmensa multitud con banda militar, flores, un mar de banderas rojas, reflectores –era casi media noche lo aguardaba. Lenin, preso de uforia, besó a todo el mundo, y lo trasportaron en hombros a salones y banquetes. Allí estaba gran parte del liderato político ruso.

    Desde su llegada a Finlandia, Lenin salía a ofrecerles discursos a las muchedumbres que lo esperaban en cada parada. Sus palabras fueron las mismas que pronunció en Petrogrado y que cayeron sobre todos como un balde de agua fría: no continuar con la guerra imperialista; no cooperación con el gobierno provisional; hacer una lucha de clases, y tomar el poder para imponer la dictadura del proletariado. Tras ellas, las aclamaciones fueron silenciándose.  Incluso su esposa Krúpskaya pensó que Lenin se había vuelto loco (230). Mas Lenin, imperturbable, señaló que sus camaradas tenían una actitud confiada hacia el gobierno. “Si esto es así –concluyó–, nuestro caminos difieren. Prefiero quedarme en minoría”.
    Como es sabido, Lenin tuvo que reconquistar lentamente la confianza del comité central bolchevique. Con absoluta convicción sostuvo que la burguesía nunca seria una fuerza revolucionaria; que la burguesía se enriquecía financiera e industrialmente –igual que hoy– con la guerra, mientras arruinaba y agotaba las fuerzas del proletariado y campesinado.
    La yuxtaposición de fuerzas era muy compleja. Albert Thomas, político francés que llegó a Petrogrado en esos días, anotó lo siguiente:
    “Las manifestaciones ... son como procesiones religiosas. La gente congregada es amable, se muestra tranquila y ordenada. Las voces son puras. En la Perspectiva Nevsky, una procesión de prisioneros (de guerra) reparte octavillas solicitando el fin de la guerra contra los alemanes. En la plaza situada ante el Palacio de Invierno, el gentío es enome. Una multitud de monjas, todas vestidas de blanco, se han reunido en los balcones del palacio. Por el puente rojo ... pasa una procesión inmensa: está formada por los grupos más heterogéneos: grupos revolucionarios, grupos de aldeanos de los alrededores de Petrogrado, grupos de profesores y estudiantes del Jardín Botánico, con grandes palmas en la mano y grandes guirnaldas adornadas de cruces hechas de siemprevivas. Las pancartas proclaman el acuerdo entre la ciencia libre y el pueblo libre. Grupos de gentes del Turquestán, musulmanes, con pancartas que proclaman la libertad de conciencia, la libertad de religión, la libertad de escribir en cualquier lengua. Por todas partes se oye La Marsellesa, a ritmo lento. La Plaza del Campo de Marte está atestada por doquier de banderas rojas”... (238)
    A estas líneas le sigue un capítulo donde la autora narra y analiza el episodio en el que el gobierno, acorralado por la revolución que se yergue, ataca a Lenin acusándolo de traición como agente alemán. El 10 de julio Lenin se vio obligado a huir a Finlandia hasta principios de octubre, cuando regresa a Petrogrado disfrazado. El resto de la historia es conocida.  
      En los capítulos 11 y 12 Merridale hace el balance de esta formidable gesta.  La autora no entra a detallar cómo se produjo la toma del poder en octubre, pero sí a evaluar sus consecuencias, así como a reflexionar sobre la participación de todos los actores, de todas las potencias, de todos los sectores, de la guerra y de la revolución, y del destino final de todos ellos, hasta la presente era de Putin. La atención principal de estas reflexiones finales se centran, como es de esperar, en la sucesión de Lenin, el desplazamiento de la dictadura del proletariado a la dictadura personal de Stalin que desorientó y desangró la naturaleza revolucionaria de la gesta de 1917 y el ocultamiento de Lenin en las conmemoraciones del centenario de la Revolución Rusa . No empece este libro se escribe a propósito de ese centenario, y a restacar la marginada presencia en ella de su protagonista y principal gestor, Lenin.
    Cada capítulo tiene su epígrafe, muchos interesantes. En la introducción Merridale toma una frase de Krúpskaya que nos alecciona a decirle siempre la verdad a las masas sin temor a que las ahuyente. En el capítulo primero, ya de Lenin, como las siguientes, el epígrafe señala que un puñado de banqueros hace una fortuna con la guerra. El tercero, observa que es más difícil de sobrellevar las traiciones de los correligionarios que los horrores de la guerra. El capítulo cuarto reflexiona que aunque las condiciones de la democracia burguesa y de las reformas no deben ocupar sino una parte pequeña, la revolución debe ocupar nuestro tiempo mayor. El quinto, que no hay que buscar dignidad humana en el capitalismo. El séptimo, que aceptar una cosa en “principio”, significa rechazarlo. El onceavo: “Los jacobinos del siglo XX no llevarían a la guillotina a los capitalistas: seguir un buen ejemplo no significa copiarlo.”
    Nuestro olvido del Centenario de la Revolución Rusa, en mi opinión el
acontecimiento más importante del siglo XX, tal como lo fueron las revoluciones burguesas para el siglo XVIII, así como también el olvido de Lenin en cuanto su principal artífice, y por lo tanto, la figura política de mayor calibre del siglo, es imperdonable en tiempos en que arrecia con furor aplastante por gran parte del planeta el imperialismo “neoliberal”, saqueándolo, bombardeándolo, sometiéndolo.
    Acosados hoy por la aplanadora neoliberal del imperialismo que sojuzga Puerto Rico, así como también lo hace con amplias naciones del mundo, Lenin, y la revolución rusa, bien pudieran ser un punto de referencia obligado al que no deberíamos olvidar.




Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!



viernes, 5 de octubre de 2012

El alegado fin de la guerra fría y el socialismo real

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El alegado fin 
de la guerra fría 
y el socialismo real

Una de las más terribles herencias del régimen soviético que adulteró Stalin
fue la imagen del Socialismo como un régimen autoritario, ateo, represivo, sin corazón. Trotsky mismo lo anticipó en fecha temprana cuando se esforzó, al lado de Lenin, por frenar la burocratización de la revolución de 1917. La burocratización fue una de las herramientas fundamentales utilizada por Stalin para construir ese estado sin alma, la antítesis misma de la utopía revolucionaria que movió al partido bolchevique a tomar el poder.
 
    Lenin creó, cierto es, un partido centralizado, compuesto por miembros educados y entrenados en el marxismo para dirigir la fuerza revolucionaria de la clase obrera cuando ésta se desatara y evitar los errores y los peligros de retroceso a la restauración del sistema zarista. Pero él mismo advertía que la revolución no podía ser impuesta sobre la mayoría, de manera que instrumentó un sistema complejo que si bien, por una parte, imponía la autoridad desde arriba, por el otro, esa autoridad emanaba desde abajo a través de numerosos comités de trabajadores y de campesinos dispersos por todas partes.
 
    La “dictadura del proletariado” no se parece en nada a la dictadura unipersonal de un yo-supremo. Es una dictadura de clase –no personal– en cuyo seno se practica la democracia. Lenin decía que “no se toma nunca una decisión acertada sin antes haber sobrevivido a una batalla contra el error” 
 (A. Brien, “Lenin”, 580.) En una ocasión le comentó a un coronel de Estados Unidos:
 
    “Dudo que ningún otro dictador, en toda la historia, haya sido tan votado y tantas veces. No puedo hacer cumplir ninguna decisión que no haya sido ratificada por mis colegas. Debo tener detrás de mí la mayoría del Comité Central del Partido, del Comité Ejecutivo Central del Congreso Estatal de los Soviets, del Consejo de Comisarios del Pueblo, de los comités centrales del partido de la mayoría de las ciudades y de los soviets ciudadanos” (Ibid, 533). En infinidad de ocasiones se le cuestionó severamente y perdió las votaciones. No empece perder muchas batallas, ganó casi todas sus guerras sin crear una facción dentro del partido ni exigir lealtades a su persona.
 
    Sin embargo, no es extraño escuchar las voces que hablan, de espalda a la realidad, del fin de la “guerra fría”, como si el socialismo hubiera desaparecido del planeta con la desintegración de la Unión Soviética. Se diría que los graves conflictos que se viven en el medio oriente no contaran con este ingrediente, y que gran parte de la humanidad no viviera hoy día bajo sistemas socialistas. (No me hago de ilusiones: ni el Partido Socialista Obrero Español, ni el partido socialista francés, hoy en el poder, son en verdad partidos socialistas.)
 
    Trosky formuló también la idea de que del mismo modo que la burguesía creó diversas formas de gobierno y sufrió restauraciones y retrocesos, el estado obrero se vería forzado a crear diversos modelos ensayando sobre la práctica. Es imposible ignorar, respecto a la revolución leninista, que se dio en un estado semifeudal, con una clase obrera débil, y en medio de una guerra mundial imperialista que acosó salvajemente la revolución rusa, y que creó, para destruirla, el estado fascista, dando origen a una segunda guerra mundial. Por otra parte, ¿no sobreviven en pleno siglo XXI , y en muchos países, instituciones políticas casi medievales, aristócraticas, monárquicas, o sencillamente fundamentalistas?  
 
    ¿Qué ocurre hoy día en el mediano oriente? ¿De qué se trata la atroz destrucción del estado de Irak, de Libia, del Líbano, de Afganistán, de Palestina? ¿Qué ocurre hoy en Siria si no es el ataque de la jauría de perros de la OTAN imperialista? ¿Qué se cierne sobre el futuro de Irán? ¿Qué ocurrió en Honduras? ¿Qué pasa con Cuba?
 
    Algunos ingenuos piensan que Cuba es una dictadura que debe abrirse de conformidad a los modelos “democráticos” occidentales para que partidos como el de Rajoy en España tengan la oportunidad de restaurar la explotación capitalista y la oligarquía de empresaurios sin patria. No hay cabida en ninguno de esos países occidentales para nada que no sea la explotación neoliberal de las grandes mayorías, la restauración del capitalismo salvaje, la eliminación de las conquistas sindicales, la reducción de sueldos, la eliminación de permanencia y de los sistemas de retiro, etc. Cualquier partido que dé la espalda a la noción de clase, como si hablara por  toda la población de una nación, miente, pues en el capitalismo la igualdad NO existe. La Igualdad fue la principal promesa incumplida por la revolución burguesa, incluidas la de Estados Unidos y Francia. Esa triple promesa de IGUALDAD, LIBERTAD, FRATERNIDAD sólo es posible en el socialismo, en una sociedad que no esté dividida en clases, pues la posibilidad de cada una de esas tres promesas depende de la realización de la otra. El socialismo es el único sistema que puede ofrecer una democracia verdadera.
 
    Por la puerta que abra Cuba entrarán las fuerzas del imperialismo para desestabilizar el gobierno y colocarlo dentro del redil, así sea necesario intervenirlo con un ejército de mercenarios entrenados y armados como ocurre en Siria. Ninguna revolución tiene la opción de la ingenuidad ni la obligación de poner al alcance del mercenario la yugular. De frente a Estados Unidos, ¿qué otra opción de vida independiente –es decir, libre–  tiene el pueblo cubano?
 
    Fuera del socialismo, no hay otro futuro posible.  
Marcos
Reyes Dávila
¡Albizu seas!

domingo, 1 de abril de 2012

Lenin ante el centenario y augurio de las primaveras


LENIN
ante el centenario y
augurio de las primaveras


Publicado en
Claridad, En Rojo,
el lunes 26 de marzo de 2012.














Vladímir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, es, sin duda, uno de los grandes personajes de la historia de la humanidad, y quizás, la figura histórica más relevante del siglo XX. Si las revoluciones liberales que dieron origen a los Estados Unidos, a la república francesa y a la independencia de los países de la América Nuestra, entre otros, figura por derecho propio como el factor fundamental en la creación del mundo moderno, la Revolución Bolchevique que dirigió con precisión quirúrgica Lenin nos permitió, tanto a él como a la humanidad entera, atisbar la realización futura de una utopía fantástica, la del mundo posible del porvenir. Aclaremos y deslindemos: a Lenin se le debe la realización impresionante de la Revolución Soviética, pero no así la construcción del estado soviético, hechura malograda de Stalin tras la muerte prematura de Lenin.

No soy historiador. Mas acabo de terminar la lectura de una novela alucinante,
Lenin (Barcelona: Ediciones B, 1988, 655 págs.), escrita por Alan Brien. Brien (Sunderland, 1925-2008) era un periodista inglés que sirvió en la fuerza aérea inglesa en la Segunda Guerra Mundial y vivió perseguido por la imagen de Lenin desde la edad escolar. Aunque inicialmente me desalentó la estructura de diario, y el punto de vista en primera persona me pareció demasiado pretencioso, tuve que rendirme ante la riqueza de detalles acumulados que consiguen que el lector sienta vivir, de cerca, casi respirar, a este personaje inaudito que se convierte poco a poco en un amigo íntimo del lector. Arranca con la muerte del padre, en 1886, cuando contaba con 16 años. Como se ha señalado muchas veces, el arresto y la ejecución de su hermano mayor, Sacha (Aleksandr), por intentar un magnicidio contra el zar Alejandro III, determina finalmente su rumbo por la vida, y también de toda su familia.

La novela está dividida en seis partes. La primera, titulada “Simbirsk”, se ocupa del joven Uliánov cuya vida tras la muerte del padre, funcionario del zar, queda marcada por el arresto y la ejecución de su hermano mayor de orientación anarquista. La segunda parte, “Petersburgo”, decanta el inicio de su labor conspiratoria mientras toma los exámenes libres que lo licenciarán en Derecho, el estudio a fondo del marxismo, y el aprendizaje a que es sometido para burlar a la Ojrana, la policía política del zar, y el arte del clandestinaje. Aunque apenas ha llegado a la mayoría de edad, ya se le acomoda el apodo de "Starik", el Viejo, y ya ha optado entre administrar los bienes familiares, por una parte, y la lucha antizarista y en pro de las reivindicaciones del proletariado por la otra parte. Por el resto de su vida, Lenin estará consagrado totalmente a la causa de una revolución que es, más que nada, promesa, sueño, utopía. Aunque ya había iniciado la publicación clandestina de Iskra en el exilio, será con ¿Qué hacer?, publicado ya con el seudónimo de Lenin apenas iniciado el siglo XX, que su fama se expandirá como el rayo por toda Europa. Llega, ya en Londres, Trostky, a su vida, aunque no constituirán sino hasta el 1917 el dúo terrible que parirá casi sin sangre la Revolución del 25 de octubre, cuando este último se haga finalmente bolchevique.


A lo largo de la novela el lector asiste con creciente sorpresa a la manera como se va configurando poco a poco la revolución victoriosa. 1917 no fue una explosión súbita gestada espontáneamente, sino la científica toma o gestión de los factores que la hicieron posible, dirigido todo por Lenin desde el exilio –escribía incluso los discursos de los líderes de la Duma y del soviet de Petersburgo– a pesar de los numerosos reveses que tuvo que enfrentar a lo largo de su vida, incluso por parte de sus camaradas. El número de camaradas crece al principio muy lentamente. Pero iniciada la crisis que destronó al zar a principios de 1917, el número de bolcheviques –no de meros simpatizantes, sino de militantes comprometidos con la revolución– crece de manera astronómica semana tras semana no sólo en Petersburgo, sino por toda Rusia. En enero de 1917 el partido contaba apenas con 5 mil miembros, pero en febrero eran ya 24 mil, en abril 100 mil, y los delegados al sexto congreso celebrado a fines de junio ya sumaban 177 mil. Además de Trostky, vemos la llegada a la vida de Lenin de toda la camada de personajes auxiliares de la revolución, desde Plejanov, Zinoviev, Kamenov, Stalin, Bujarin, Rosa Luxemburgo, hasta Navia, su camarada-esposa, y su amor verdadero, Inessa.


El lector asiste asimismo al desarrollo de conceptos y de estrategias, de coyunturas y de situaciones; desde el desviacionismo al revisionismo; las internacionales; la estructura política; los mencheviques y bolcheviques; la política de los dobles agentes que producirá casos extraordinarios como el de Malinovsky; la creación de Pravda; la posición de los intelectuales; el flujo y reflujo revolucionario del campesinado; la democracia socialista; el nacimiento del comunismo; la Primera Guerra Mundial; la política de pan-tierra-paz; el prolongado encierro clandestino y las numerosas corrientes políticas que se cruzan hostiles tras la caída del zarismo y que entronizan a Kerensky. Aunque la toma del poder y del Palacio de Invierno transcurrió casi con toda normalidad el 25 de octubre, la violencia estalló poco después, desde el interior y desde el exterior. La gran guerra continuaba y las potencias enemigas de Alemania no querían que Rusia se retirara, de modo que tuvo que enfrentar una revolución sin ejército, la agresión combinada de los alemanes por el oeste, ingleses y norteamericanos por el norte, franceses en el sur, y los japoneses, aparte de los ejércitos zaristas y los cosacos blancos antibolcheviques. Entonces es que se crece la figura histórica de Trotsky al frente del nuevo ejército rojo. Con este surge la figura del comisario político que debía vigilar los actos de militares de alto rango reclutados para la revolución de los ejércitos del propio zar.


El pronóstico de que la guerra desataría la revolución en Alemania y otras partes de Europa no se materializó, de modo que Rusia se vio forzada a construir la sociedad socialista en un solo país. No hay que llamarse a engaño. A Lenin se le identifica con una locomotora, con un hombre de hierro, dadas las inmensas dificultades que tuvo que enfrentar y la mucha sangre que finalmente corrió. Pero hay que tener en cuenta que toda revolución implica necesariamente, y por definición, una oposición violenta y la necesidad de prevalecer a toda costa, tal como ha ocurrido en todos los procesos revolucionarios de la historia. Una revolución no es un turno en un gobierno burgués, sino una transformación radical en un medio repleto de fuerzas contradictorias y encontradas.


Lo que resta de la novela biográfica se limita de manera mucho más breve a las ejecutorias de Lenin al frente del estado soviético. Y, dentro de esa parte, a la manera como lentamente se quiebra su salud a partir de la tensión, y de un trabajo diario tan prolongado e intenso que, en una ocasión, advierte que si llegan a ejecutarlo, por favor, no lo despierten. Sufrió un accidente que le afectó un ojo antes de la revolución. Luego, un atentado contra su vida deja tres proyectiles instalados en su cuerpo, uno de ellos en el cuello, muy cerca de la columna en septiembre de 1918. Finalmente, la serie de derrames que se inician en mayo de 1922, luego en ese diciembre, y el tercero en agosto de 1923. La muerte sobreviene en enero de 1924.


He hecho una breve relación del tronco de una biografía que el autor ofrece robusta de ramas, hojas y flores. Mucho hay que aprender de este libro aunque hayamos leído la biografía que escribió Trostky o la de Francisco Díez del Corral, o los famosos tres tomos de la biografía de Trotsky escrita por Deutscher y traducida por nuestro José Luis González. Como Brien, confieso la fascinación que ejerce sobre mí, desde mi juventud, la Revolución Rusa y el propio Lenin. En el plano individual, se trata de un hombre que podía leer, dictar, escribir y escuchar simultáneamente, y que poseía un vocabulario de 37,600 palabras. En el plano sociopolítico e histórico, se trata de un proceso que cuajó augurios de primaveras y la posibilidad de concretar las utopías.

Llueven las sorpresas en esta versión de la vida de Lenin. Entre ellas, la manera detallada como fue sistemáticamente construida la revolución desde el exilio en el país más grande del planeta, y gobernado por el zar con una de las autocracias más poderosas y terribles; la operación quirúrgica y pacífica de la toma del poder, sólo posible por el respaldo mayoritario del pueblo de Petersburgo; la defensa del carácter profundamente democrático de la jefatura de Lenin, más votado que ningún otro gobernante en el planeta e incapaz de hacer cumplir una decisión que no hubiera sido ratificada por los organismos del partido, desde el Comité Central hasta el Consejo de Comisarios del Pueblo; la manera como para los campesinos se escinde la lucha bolchevique de la lucha comunista y el asunto de los kulags; la atención constante de Lenin a las quejas de los ciudadanos; el desarrollo de un “humanismo absoluto” que se basa en la abolición de todas las opresiones y tiranías, y la negativa a hacer la guerra a los individuos; su resuelta negativa al culto a la personalidad; su inversión del decir ordinario sobre los fines y los medios al concluir que precisamente es sólo el fin lo que puede justificar el medio; su certeza de que “nunca se toma una decisión acertada sin haber sobrevivido antes a una batalla contra el error”; su determinación de encerrar en prisión a todo revolucionario que no cuidara de sí mismo; su lucha desesperada contra la burocratización y el caso insólito de la compra de carne francesa enlatada; su lucha por la glasnot –apertura, franqueza– y la perestroika –reconstrucción, reorganización– que hizo famoso mucho después al último líder soviético, Gorbachov.


No obstante, el abismo más dramático que enfrentó fue el temor de haber realizado una revolución prematura, llegando muy temprano, antes de tiempo, al salto histórico más grande, ineludible y necesario de la humanidad. Una cita de Engels lo atormenta:


“El peor destino posible que puede tocarle a un líder de un partido extremista es verse obligado a apoderarse del gobierno en una época en que el momento no es aún maduro para el dominio de la clase que él representa y poner en práctica las medidas que el dominio de esa clase requiere... Así, invariablemente, se encuentra a sí mismo impulsado en un dilema. Lo que puede hacer contradice todas sus posturas previas, sus principios y los intereses inmediatos de su partido, y lo que debería hacer no puede hacerse... Quienquiera que se halle en tan precaria situación está irrevocablemente condenado a la perdición.”


Ése fue el agónico conflicto que enfrentó Lenin en sus últimos años cuando se ufanaba en construir los cimientos de un estado sumido en el caos y contrariado por camaradas que se apartaban de los principios de la democracia marxista. Su gran logro histórico fue la extraordinaria Revolución Rusa que dio por primera vez en la historia el poder a los oprimidos y explotados del sistema capitalista y abrió la oportunidad de cumplir la promesa de igualdad social que incumplió la revolución liberal burguesa. En ese sentido, en el libro, se le compara al Moisés que guía a su pueblo a la tierra prometida, la contempla de lejos, pero se ve impedido de entrar en ella. La Revolución Rusa, y el auge del movimiento proletario europeo, jugó un papel importante en el desarrollo del fascismo, en los eventos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, pero más aún, en las décadas de la posguerra, las revoluciones en Asia, la Guerra Civil Española, la descolonización del planeta, la Guerra Fría, la Revolución Cubana y el medio siglo de Distensión que siguió a la Era Atómica.


El gran mérito histórico de Lenin fue abrir la puerta al futuro de una humanidad sin clases en la que el principio de IGUALDAD proclamado por la Ilustración y por las revoluciones americana y francesa, hallara la manera de materializarse. Lenin abrió la puerta imposible a la realización de la utopía, y la consagración de la primavera.

El centenario de la Revolución Rusa está a sólo cinco años de distancia. El sesquicentenario del natalicio de Lenin se cumple en el 2020. Y el centenario de su muerte en el 2024. Para mí, estas fechas, suponen un compromiso inalienable. Parece innegable el efecto que tuvo la caída de la Unión Soviética en la historia, si a ella, a su presencia, obedeció el mundo bipolar que ansioso de frenar las reivindicaciones obreras y populares en el mundo capitalista optó por un estado de bienestar que otorgó conquistas laborales y concesiones del estado a los sectores más desafortunados y despojados. Justo con la caída de la Unión Soviética arreció la reconquista del capital en todos los frentes, retrocediéndolo todo en ruta al estado de situación anterior a la evolución que se caracterizó por la explotación salvaje.

En medio de un mundo en agonía, acosado por las fuerzas “malignas” –término hostosiano– del neoliberalismo que estrangula económicamente a todos nuestros países, oscurece el pensamiento, azuza brotes fascistas por todas partes, agrede y destruye naciones enteras, retrocede el bienestar social y el marco de derechos a formas neofeudales, los aniversarios de Lenin serán el oasis de las oportunidades que la historia le ofrece a la humanidad para encontrar su camino. Un nuevo mundo es posible, es cierto, pero sólo en el socialismo.

Marcos Reyes Dávila 
¡Albizu seas!
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