sábado, 21 de agosto de 2021

José Ferrer Canales o la ordalía del fuego

 

José Ferrer Canales 

o la ordalía del fuego


Marcos Reyes Dávila

Catedrático de Lengua y Literatura en la Universidad de Puerto Rico en Humacao y director de la Revista EXÉGESIS

“...una ordalía.” Josemilio González


Quien haya escuchado hablar a Don José Ferrer Canales, de seguro habrá probado su inocencia con el fuego. (Me refiero a los más, pues confío en la esencial bondad del espíritu humano.) La primera vez que lo escuché con atención fue a fines de los años setenta. Su tema acariciado: Hostos y Martí. La figura quijotísima de Ferrer Canales parecía sarmiento de la vid, próxima a quebrarse. Poco podía anticipar de aquella vacilación del cuerpo que parecía buscar con insistencia la fuerza del terreno que pisa, como los toros
que preparan la embestida; la mirada que buscaba lado a lado acaso la inspiración de un espíritu en el aire; la palabra contenida en bloques, avanzando a tumbos, entre pausas; la dicción transparente, de tono alto; la continua invocación de los padres tutelares que parecían llegar, a través de él, uno por uno, para impulsar como una ráfaga repentina o un látigo de amores impacientes, un discurso cada vez más desvelado, un círculo de fuego que no duele, un súbito temblor, una levitación, un salto a la estrella de los vientos. Escuchar hablar a Don José Ferrer Canales, veinte años más tarde, es la idéntica aventura de este hombre recio como varilla de hierro y dulce como la uva que desarrolla sus discursos como sonatas con crescendos y diminuendos, notas graves y agudas notas.

Esta es la figura “flamígera” –como lo califica tan acertadamente Josemilio González, el poeta– que resulta de la lectura del libro de la doctora Priscilla Rosario Medina, José Ferrer Canales: vigilia y palabra. Saludamos un libro que bien viene a ocupar un espacio imprescindible que reclamaba desde hace mucho tiempo su presencia. Me refiero a que esta obra satisface la necesidad hasta ahora imperiosa de un estudio abarcador de una obra que sabíamos medular, pero cuyas verdaderas dimensiones se escapaban de nuestra ponderación. Texto a texto, oído o leído, de Ferrer Canales, ponía en evidencia el carácter cenital de su autor, pero al quedar recogido en un solo haz de aprecio, se le hace justicia al juicio de Josemilio González que hace mucho había asegurado que quizás Ferrer Canales sea la conciencia más finamente ética entre los puertorriqueños del siglo XX. 

Rosario Medina justifica su obra en la introducción al alegar que no existía un “estudio plural” de la obra de Ferrer Canales que trazara su trayectoria y enmarcara en sus referentes su discurso ideológico y moral, hasta el punto de que los atributos con que solemos describir a Ferrer Canales –“antillano sublime”, antillano mayor, por ejemplo– no se habían justificado.  Su título encauza la mirada  por la vigilia y la palabra que llama “ferrerianas”, acaso por Ferrer, acaso por lo férreas. Desde el comienzo de su estudio la autora ya califica con acierto la obra de Ferrer Canales como la de un gladiador de ideas, hombre de trinchera y en “la arena”, lo que nos recuerda a propósito de su fundacional orientación hostosiana, que el joven Hostos quiso ser artillero. Esa especial manera de vivir en el debate, y para el combate de ideas, nos permite fantasear que muy a su manera la obra de ambos –la de Ferrer y la de Hostos– se construye dentro un modelo que se nos antojaría considerar renacentista, si con ello significáramos hacer de la idea o de la letra arma. La falacia la anotamos como una manera de aludir a la función “instrumental o ancilar” de una literatura que privilegia lo ético y lo políticosocial sobre lo estético, o mejor dicho, una literatura que encuentra en lo ético y lo sociopolítico una privilegiada provocación estética, sin excluir otras expresiones.

Rosario Medina repasa, a lo largo de los cinco capítulos que conforman su mirada crítica, toda la obra de Ferrer Canales. Si bien en un principio parece instrumentar esa mirada a través de los diferentes libros de su autor, desde Marginalia hasta Martí y Hostos, lo cierto es que Rosario Medina rescata para la historia de la literatura nacional una visión de Ferrer Canales que va más allá de sus muy conocidas devociones por la obra de Enrique José Varona, Hostos y Martí, sin olvidar sus frecuentes visitaciones a sus modelos tutelares, que constituyen una galería mucho más inmensa de la que filtra la memoria antojadiza, y que justifican caracterizar la obra de Ferrer Canales como una que desborda su proverbial antillanismo y latinoamericanismo para atrincherarse también en el panafricanismo –ese afincarse en las agonías de un “minutero de ébano” que ata en un mismo lazo la historia de las luchas raciales en Estados Unidos, las notables aportaciones del negro de las Antillas y su experiencia personal–,  y lo que Carlos Rojas llama “humanismo de alteridad”,  esa “otra voz en vigilia desde el umbral”, como dice tan hermosamente Rosario, para aludir a su persistente atención preferente a la obra de la mujer.

Considerada en su conjunto, la obra crítica y ensayística de Ferrer Canales va mucho más allá del asterisco y nota marginal o glosa, términos con los que calificó algunos de sus libros, en una demostración de la humildad que caracteriza a este humanista egregio. Ferrer Canales no se distrae con los objetos de la conjetura. La obra de Ferrer Canales es, como se demuestra en este libro, la bitácora de un viaje intelectual, el testimonio de un espectador peregrino, el diálogo de quien se esfuerza por comprender el origen y el destino de la verdad de los grandes maestros. Toda la obra de Ferrer Canales es expresión respetuosa de gratitud de quien hace suyas, propias, las causas de sus héroes. Entender a Hostos, para Ferrer Canales, obliga a asumirlo. Como le ocurre también con Albizu o con Martí, busca la verdad, la reconoce, la hace suya, es decir, asume sus batallas. Por eso su discurso con frecuencia detona, se convierte en rosario de relámpagos, y el tono confesional se transforma poco a poco en uno enérgico que se eleva y se quiebra en las alturas como hacen los fuegos artificiales, sólo que en Ferrer Canales no hay artificios sino verdad. Por eso está en la tradición de los héroes.

De 1939 es su primer libro, Marginalia, año del centenario del natalicio de Hostos. Ese año muere su maestro Antonio S. Pedreira, cuyo “Hostos, ciudadano de América” había reseñado poco antes, siendo este trabajo uno de los primeros de su producción ensayística. A través de Imagen de Varona; a través de Acentos cívicos: Martí, Puerto Rico y otros temas;  a través de Asteriscos; a través de Martí y Hostos, ha transitado la mirada enamorada de Rosario Medina para demostrar que la crítica no tiene que deshojar con desdén la flor para iluminar, y que a los noventa años de don José Ferrer Canales, asombrosamente, aún no podemos cerrar las perspectivas porque Ferrer Canales es vigilia perenne y asombro vivo –vivísimo diríamos– entre nosotros. Año éste del centenario de la Universidad de Puerto Rico, año éste del centenario de la muerte de Hostos, recordamos que Ferrer Canales también “iluminó” –como acostumbra decir Rosario– nuestra comprensión de la función de la universidad, al señalar que ésta fracasa si su producto no lo constituyen seres libres, como quería Hostos. Esa es la definición de la excelencia y del éxito en la gestión universitaria. Ello nos devuelve a Hostos, y a aquella sentencia de Martí dirigida a su madre, que nos recuerda a su vez la manera como Priscilla Rosario Medina ha trabajado la obra completa, hasta hoy, de José Ferrer Canales: con la utilidad de la verdad y la ternura. (2003)


MRD

miércoles, 9 de junio de 2021

Manuel de la Puebla: la rama verdecida de un recuerdo

 

Manuel de la Puebla:

la “rama verdecida” de un recuerdo

(Réquiem)


Cualquiera que haya tenido edad en 1979 para amar el verso, o respetarlo al menos, sabe quién fue Manuel de la Puebla: columna fundamental en la historia de la cultura puertorriqueña, emblema e ícono del esfuerzo en pro de la poesía nuestra. 

Había nacido en Palencia en 1924, y renacido varias veces bajo los cielos de América. Pero fue en Puerto Rico donde se afincó roble, abrió sus flores y alfombró caminos más largos y amplios en la historia de la poesía puertorriqueña.

De la Puebla se dedicó durante años a la docencia en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Una pléyade de estudiantes surgió engrandecida de sus aulas, pero mucho, mucho más, salió al país con la gestión incesante que desplegó fuera de ella a partir de 1979.

Aunque español, de origen, su interés por la poesía de afirmación nacional puertorriqueña no tuvo nunca distracción ni desvío. Era finísimo poeta. Ya había estudiado y publicado su estudio sobre La poesía militante puertorriqueña, en dos tomos (1979), cuando inició la publicación de una revista trimestral que llamó Mairena. El nombre, tomado del alter ego de Antonio Machado, Juan de Mairena, que reflexionaba sobre el quehacer poético, fue la inspiración que germinó, no de la nacionalidad de éste, sino de su deseo de emular un quehacer que, como las olas, no tuvo descanso. Don Manuel de la Puebla fue su militante idóneo y paradigmático. La aspiración que asumió con asombroso celo fue la de tomar, enriqueciéndola, el pulso de la poesía puertorriqueña, y del alma de lo que es permanencia en el tiempo.

El primer número de Mairena lo dedicó a Luis Palés Matos. De alguna manera llegó ese número pronto a mis manos, cuando aún no estaba titulado de posgrado. Me comuniqué con él, e iniciamos inmediatamente, para mi sorpresa de pino verde, una colaboración permanente que solo abrevió la dirección de la Revista Exégesis de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Humacao, que asumí alrededor de 1989 y 1990, hasta 2017. La colaboración entre nosotros se dio por grados ascendentes: primero ayudante, luego miembro de su Junta Editorial, y finalmente, escribiendo, en algunas ocasiones, trabajos a dos manos con él para la revista, y algunos libros. Además, me encargó la confección principal de algún que otro número, o el estudio y la reseña global de toda la poesía puertorriqueña publicada en algunos años. No sólo aprendí de él, desde luego, pronto y hondo: don Manuel indujo, además, una confianza en mí mismo que no habría alcanzado tan pronto de ningún otro modo. En su casa leí algunos de sus versos aún secretos. En su casa imprimimos mis primeros dos cuadernos de poesía. 

Mairena –es decir, don Manuel-- publicó durante veinte años, tres números en


cada uno de ellos. La revista, de alrededor de 150 - 170 páginas, incluía diversas secciones: artículos sobre autores y temas, juicios críticos de profundidad, reseñas, homenajes, antología de la poesía publicada cada año, ilustraciones y fotografías, y entrevistas. Muchos números fueron de naturaleza monográfica, ya fuera por autores o por temas. Entre ellos, el primer número antes mencionado: Palés Matos. Con los años por venir, se incluyeron autores como Evaristo Rivera Chevremont (4), Luis Hernández Aquino (8), Francisco Matos Paoli (11 y 12), Juan Antonio Corretjer (15), Julia de Burgos (20), Manuel Joglar Cacho (26), Marigloria Palma (30), San Juan de la Cruz (32), Sor Juana Inés de la Cruz (39), José Martí (40). Aparte de ellos, hubo números dedicados a temas específicos, por ejemplo, “La poesía actual del Mundo Hispánico”, en dos volúmenes (24 y 25), “La creación femenina” (28), “En areyto y romance: la poesía sobre el descubrimiento” (33), “Poesía de España y las Américas” (34), “Poesía atalayista” (36), “Imagen poética del siglo XX” (41), “Seis poetas puertorriqueñas” (42), “Ecología y poesía” (43), “Poemas a la madre” (44), “Veinte poetas puertorriqueños del siglo XX” (45 y 46). (Entre ellos, José de Diego, Luis Lloréns Torres, José P. H. Hernández, Clara Lair, José de Diego Padró, José Antonio Dávila, Clemente Soto Vélez, Graciany Miranda Archilla, Carmen Alicia Cadilla, Ester Feliciano Mendoza, Violeta López Suria, Hugo Margenat, Marina Arzola, Manuel Ramos Ortero.) Algunos de estos números los editó también como libros. Así, por ejemplo, la “Antología de poesía puertorriqueña 1982”, “Antología de poesía puertorriqueña 1983”, y “Antología de poesía puertorriqueña 1984-1985”, autoría de dos. Como editorial, Mairena publicó también libros de poesía de varios autores, y realizó o patrocinó conferencias y otras actividades públicas.

Como esto le fuera insuficiente, Mairena auspició también durante años certámenes de poesía, y produjo, también durante años, a través de Radio Universidad de Puerto Rico, “La revista oral de poesía”.

Muchos de estos temas de la revista parecen desvincularse de la poesía puertorriqueña, pero a eso respondía De la Puebla, que el propósito de Mairena no era limitarse a ella, sino vincularla con el resto del mundo hispanohablante. De ese modo y con esa intención, Mairena publicó poemas de autores de estos países y distribuyó la revista más allá de nuestras costas. Mairena insertó la poesía puertorriqueña en un mundo que abarcaba varios continentes, y a la vez, alimentaba la nuestra con el conocimiento y las aportaciones de otros lares.

Mairena publicó mucho más de tres mil páginas. Las antologías de los años particulares mencionados incluyeron la revisión de toda la poesía publicada en libros esos años.

Tras completar durante veinte años la publicación de la revista, De la Puebla vio en ese número el ciclo culminado de su proyecto. Mas aun así, y a pesar del peso de sus años, fundó enseguida otra nueva revista que tituló Julia, en obvio homenaje, no esta vez a la idea de la permanencia en el tiempo, como lo fue el personaje de Antonio Machado, sino a un símbolo de la naturaleza más entrañable nuestra que representa una voz de género, de intención, calidad, querencia y compromiso.

El siglo XX amaneció con revistas titulares que fueron canónicas. Limitémonos a mencionar La revista de las Antillas, de Lloréns Torres, o Asomante / Sin Nombre, de Nilita Vientós Gastón. Pero una revista no gubernamental, o privada, dedicada a un género específico, de la duración de dos décadas, con una cantidad tan grande de números, de distribución internacional, de su apertura, de actividades colaterales, abarcadora de un número tan amplio de colaboradores, de tantos homenajes, y números monográficos, es una hazaña que no tiene émulo en Puerto Rico.

Don Manuel ha fallecido a mediados de 2021. Pero la obra que realizó para nosotros, aunque sea anónima para muchos, desconocida para tantísimos, es profunda. Y nunca termina. Porque fue amparo y surco de la poesía que es alma nuestra, y mirada del pensamiento, la sensibilidad, y el oído. Lo que ha sido la poesía, e incluso el arte nuestro de las últimas tres décadas, tiene una deuda impagable en el ser que somos. Maestro nuestro ¡durante medio siglo! Cuántas gracias, don Manuel.

                                                                                                                                MRD

                                                                                                                                ¡Albizu seas!

 

Publicado en El Nuevo Día el martes 16 de junio de 2021.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Sociología y materialismo en Hostos

 


“Sociología” 

            y materialismo 

                       en Hostos

Apuntes ---

 

En Hostos, la fragua interminable: Antillanía e idea de América (Editorial Patria, 2020), presentamos la tesis de un Hostos adentrado en el perímetro del pensamiento socialista. No vamos a repetir sobre esta tesis los argumentos esbozados allí. Solo pretendemos de momento reflexionar, a otra luz, por otro camino, algunas interpretaciones que han dominado la lectura de su Tratado de Sociología, y que parecen alejar a Hostos de la tesis antes mencionada que sostenemos, aunque en realidad

, y aunque no se ha advertido, la sustentan.

Para forjar un juicio justo sobre este asunto, lo más importante a tener en cuenta es que no se debe enfocar la mirada desde el tiempo presente, ni siquiera desde la óptica del siglo XX. Es preciso colocarse dentro de la dinámica y fluida realidad de la época en que vivía, cuando se levantaban las primeras comunas; se fundaba la Primera Internacional de los Trabajadores; socialismo, anarquismo y comunismo presentaban sobre la mesa sus cartas; y Marx, Proudhom, Bakunin, entre otros, debatían y perfilaban en la misma sala sus puntos de vista.

En su ensayo “El siglo XX”, escrito y publicado en 1900, Hostos aprieta en su mirada poligráfica unas tesis proféticas que destilaba de su incesante examen de la realidad. Aunque pareciera a veces que estaba ceñido a la hora y ubicación que corría en su entorno inmediato, en realidad tenía una mirada periférica aguda y de largo alcance espacial y temporal. En esos años de finiseculares, Rosa Luxemburgo preveía la guerra mundial futura, que, oculta para todos, incluyendo a Lenin, se fraguaba en las muy aludidas contradicciones del imperialismo, capitalista, desde luego. En esos mismos años, Lenin consolidaba sus estudios sobre el capitalismo, el Estado burgués y la revolución social que se avecinaba. Pero en 1902 aún se planteaba qué hacer, en 1916 el imperialismo capitalista, en 1917, el estado y la revolución. El ensayo antes mencionado demuestra la profunda capacidad de revelación en el pensamiento sociológico de Hostos.

Hostos también pudo anticipar, en el ensayo antes citado, varios cauces revolucionarios que azotarían el siglo XX, incluidos los graves eventos de formas sin embargo impredecibles, de la Primera Guerra Mundial, y aún más allá, pues anticipan algunos de los cauces de gran conflicto que prevalecerían, desde el auge de distintas sectas religiosas, los problemas raciales, luchas antiimperialistas y la descolonización de las colonias anglosajonas, incluyendo India y China, hasta las consecuencias en la flora, la fauna y el nivel mar del cambio climático. Nada más pensar que “correrán ríos de sangre” en el siglo como efecto de las luchas por la libertad, el “imperialismo extraterritorial” y los gobiernos anglosajones fabricados para sí mismos, era inducir los factores económicos que los desatarían. Era deducir la guerra violentísima que a lo largo del siglo se desarrollaría entre los defensores del proletariado y los diferentes bloques ejecutores del capitalismo. A ese tema dediqué, ampliamente, la última parte de mi libro Hostos, la fragua interminable que califiqué como “la década refulgente”. Otros referentes sobre este tema, olvidados durante la redacción del libro mencionado, me salen continuamente al paso. Algunos de éstos están vinculados a su sociología, tema al que, a sobrevuelo, me ocupo ahora.

Al ponderar este asunto hay que calibrar con cuidado que, si bien a Hostos se le considera uno de los fundadores de la Sociología, particularmente en el contexto del mundo de Nuestra América, no se puede pasar por alto que, en sentido estricto, Hostos no llegó a escribir el “tratado” que sobre esa ciencia se le atribuye. El volumen que en las Obras completas se nos ofrece, tanto en la edición de 1939 como en la nueva “edición crítica”, es la recopilación de las notas de clase que tomaron algunos de sus discípulos de cursos sobre el tema que ofreció Hostos en el 1883, y luego 1901. Así se advierte en la nota “Al lector”, de su hijo Eugenio Carlos de Hostos, que se antepone al texto en la edición príncipe de 1904. Aunque parece que Hostos conoció estos textos dictados y asombrosamente organizados, al dictar, por una mente poderosamente coherente, también parece que no llegó a revisarlos ni a participar de la configuración del texto publicado póstumamente. Creemos que podemos concordar que unas notas ofrecidas en clase no sean comparables a un tratado formal. Su hijo lo señaló en términos muy claros al decir que fue una “lástima” que “no pudiese revisar el Tratado de Sociología, dictado en circunstancias extraordinarias, haciendo un esfuerzo sobre humano”. Observa, además, dicho sea de paso, que los volúmenes V (“Madre Isla”), VI (“Mi viaje al sur”), VII (“Temas sudamericanos”), IX (“Temas cubanos”), XII-XIV (“Forjando el porvenir americano”, I y II, y el XIV (“Hombres e ideas”), eran recopilaciones de libros, folletos, revistas y periódicos plagados de erratas de imprenta y no corregidos. Añade, que los volúmenes de XV al XX fueron recogidos en su mayoría por sus discípulos dominicanos. De todos estos, según apunta, sólo corrigió las “Lecciones de Derecho Constitucional” y la “Moral Social”.

Respecto al Tratado de Sociología, hay que tener en cuenta también, que los autores del libro incluyeron como “Libro tercero” los prolegómenos formulados en la clase de 1883 en calidad de “resumen”. Del mismo modo lo reproduce en 1982 la Biblioteca Ayacucho. No obstante, la Edición Crítica de las nuevas Obras completas (1989), a diferencia de la de 1939, corrige esa importante relación. Lo señalamos porque la lectura del texto sugiere que ese “libro tercero” es, en efecto “un resumen” del tratado, y no lo es. Nada más este detalle debe merecer cautela en el análisis.

El juicio más difundido sobre esta “ciencia” de Hostos que es su Sociología, la cataloga como un epígono de Augusto Comte, del krausismo y de la economía clásica de Adam Smith del laissez faire. No es que sean desacertados a prima facie esos juicios. Como la de todos los sociólogos, su sociología deviene de, o se vincula con, la positivista de Comte, que al parecer de éstos, es auxiliadora de la burguesía y opuesta a --o antítesis de-- las intenciones políticas revolucionarias del marxismo. Tampoco es mucho menos desacertado, como se repite, que se interprete que el sociólogo en Hostos, influido en su juventud por el krausismo, se transforma en moralista.

En mi libro antes citado afirmamos que puede observarse a lo largo de toda la obra de éste una constante visión objetiva de la realidad examinada, muchas veces de clase, que es trinchera de batalla fundamental de la teorista socialista. Aflora de manera manifiesta en 1868, y aflora también de manera subrepticia --para ser cautelosos--, mas sin embargo notable, a lo largo de las décadas, inclusive en su última etapa dominicana. De modo que no está del todo ausente en su Sociología.

Pero Hostos es, ante todo, un libertador, y en cuanto tal, un maestro de la acción. No arriba a la Sociología de manera accidental. Así lo aseguran numerosos estudiosos. A lo largo de toda su peregrinación fue hilvanando con el ejercicio material, objetivo y matemático, un comportamiento de sociólogo que parece serle natural. El que hemos llamado joven Hostos, el de la etapa española, ya persistía en abordar aspectos que tienen vínculos estrechos con la sociología. Cierto es que su arranque tuvo una naturaleza introspectiva, pero ésta era en el fondo la sonda de un proceso de mejoramiento y entrenamiento para la acción social. Si se rechazara que fuera cuanto menos sociólogo en ciernes a partir de la novela de Bayoán de 1863, basta verlo pergeñar de sus reflexiones sobre la estadística criminal en Puerto Rico en enero de 1865, o sobre la producción española en las Antillas, particularmente en lo que concierne a las harinas, o la seguridad individual, o las sociedades abolicionistas, o las reformas políticas y administrativas que se planteaban en esos años, las comunicaciones, la instrucción elemental, la administración de la justicia, y otros. El dato que acabamos de apuntar descubre otro importante factor en esta cuestión. Es el hecho de que, aunque su preocupación primaria fueran las Antillas, operaba en ese momento el joven Hostos, en Europa y en función con los fenómenos sociopolíticos europeos. De manera diferente lo hará en la nueva –otra-- realidad de las tierras de Nuestra América. Ello nos debe inclinar a considerar al menos, como obvio, que su teoría sociológica está yuxtapuesta a, o concatenada con, la morfología particular de nuestros países.

Años más tarde, aún se ocupará, con la objetividad de análisis que la distancia acomoda y propicia, de las luchas sociales y políticas del norte de Europa, muy diferente de la manera febril y comprometida con que se ocupa de la guerra en Cuba, de la situación social en Colombia, Perú, Chile, Argentina, y Brasil. Considérese, nada más, sus observaciones socioeconómicas de la Colombia caribeña, o las antropológicas en Perú, o su celebrado análisis de la economía, sociedad, geografía y cultura de Chile, o el “cuadro estadístico” que añade a sus “notas de viaje” en Rosario, Argentina, respecto a pobladores, peones, profesiones, bueyes y azadas, y otros aparejos de hacienda y labranza. El sociólogo europeo es allá un observador analítico, pero en los Andes, la pampa o el Caribe es parte y eco vivo del paisaje. (Véase el tomo VI de sus Obras completas de 1939-69, 368.)

En Venezuela, constatamos que no solo estudia sobre el terreno y teoriza en abstracto sus ciencias sociales: las ha sistematizado, como hemos visto, a partir de la reflexión multidisciplinaria de los eventos y las prácticas. Varios autores contemporáneos, solo por no recurrir a los que lo estudiaron hace un siglo, señalan cómo los conflictos sociales, políticos y económicos que inundan los pueblos suramericanos –y los Estados Unidos-- se registran en sus textos. Maldonado Denis --dicho es en su memoria--, añade que, aunque pudiera parecer solo crítica literaria, hasta su “Plácido” es en realidad “un estudio psicosociológico del fenómeno colonialista”, que anticipa a autores como Frantz Fanon (Eugenio María de Hostos y el pensamiento social iberoamericano, 32.) Y es que, en efecto, lo que brota en Hostos, como manantial en la década refulgente de la década del setenta, es el examen multidisciplinario de la herencia colonial de Nuestra América, y del colonizado, como sujeto. Esa función de someter la inteligencia y la voluntad a la causa de la liberación, no era en su sociología, ni en ninguna de sus obras, problema de metafísica, sino “un medio absolutamente natural de vivir en la vida colectiva y en la individual” (Hostos en Venezuela, 80).

En Venezuela, desde 1876, Hostos expresa la grata oportunidad que le provee su estancia allí para completar las “teorías sociológicas” que fue anotando desde que inició su viaje al sur. Aparte de las señaladas, se destaca también el inicio firme de una tarea educativa dirigida a formar seres humanos libres, que se convertirá en el bastión principal de su agenda durante dos décadas, fundando escuelas normales y asumiendo rectorados, e iniciando, tal como se apuntala, la ciencia de la Economía Política, entre otras. Desde que plantó pie en tierra en Colombia, no ha cesado de promulgar propuestas para corregir problemas de muy diversa naturaleza como lo pudiera hacer un patriota colombiano, peruano, chileno, argentino, etc. Ha tenido Hostos una breve estadía en suelo venezolano, dos años y medio, y ha ofrecido al país importantes aportaciones intelectuales, educativas y políticas. Es allí, y entonces, que Hostos contribuye a fundar en junio de 1877 el primer Instituto de Ciencias Sociales de Venezuela, siendo el primero en pronunciar un discurso de incorporación. En dicho discurso apunta que la Sociología representa una función trascendental en la dirección política de los pueblos de Nuestra América. Su Sociología, como todas las obras que emprende, tiene en sus sistematizaciones una función educativa y práctica dirigida a transformar la realidad, como quiso Marx, no solo a interpretarla.  

“Gobernar es enseñar”, sentencia Hostos, y así lo hace a tanto por tanto en su teoría como en la praxis. Pedro Henríquez Ureña, que de niño lo conoció, asegura que “Hostos le da a las Ciencias Sociales un fundamento de necesidad”, “que tiende a la acción”, “y que debe servir al perfeccionamiento humano”. (Obra crítica, 1960, 79-84) De ahí, concluye Henríquez Ureña, que “es justo que su Tratado de Sociología resulte una obra de tendencias prácticas al mismo tiempo que de constitución científica”. No por otra razón, por ejemplo, termina su Tratado de Moral con “La Moral Social Objetiva”, cuarto libro del tratado en el que, a modo de modelos, retrata con figuras de la historia los deberes fundamentales expuestos antes. Un perfecto maridaje de sociología y moral.

La primera de las leyes sociológicas que anota en su tratado, aquella que ha resistido todas las tropelías y abusos de la historia, es la Libertad, “ley de leyes”, puesto que es la que hace efectivas todas las demás. Para Hostos, en ese entonces, la prosperidad de la sociedad está en correlación del trabajo, de la producción, de la población y del aumento de los recursos industriales. Tras examinar la historia del fenómeno por toda la historia humana, arriba finalmente a Adam Smith, tal como lo hizo Marx, en cuanto aquél puntualiza que “el trabajo es la fuente de la riqueza”. (“Formación y desarrollo de la Economía Política”, en Hostos en Venezuela, 1989, 62-68) Acto seguido, Hostos observa lo siguiente, y cito suprimiendo algunas adjetivaciones:

“Las clases que viven del trabajo fueron (…) constituyéndose en una clase (…) que con el nombre del proletariado (…) se opuso en toda Europa al capital. Esta lucha, (…) manifiesta casi siempre en el malestar del pueblo, apareciendo en revoluciones formidables, constituye hoy el interés científico (…) de las sociedades. En esta nueva fase, la economía ha dilatado sus límites (…), fundado escuelas irreconciliables, como el libre-cambio individualista y el socialismo indiferente a las libertades comerciales (…), y prestado inestimables servicios (…) a la sociología” (67).

Sin rebuscar otros fundamentos, examinamos algunos pocos aspectos de su Tratado de Sociología, sin juzgarla al detalle. Sea dicho, en primer lugar, que a pesar de la primacía concedida a la Libertad, en sus “nociones” de 1883, Hostos coloca ésta como ley tercera, precedida por la “Ley de Sociabilidad” y la “Ley de Trabajo”. Del mismo modo aparece en el Tratado de 1901. Ello obedece a que Hostos comprende que para que pueda afirmarse la Ley de Libertad --“ley de leyes”--, antes tienen que existir la sociedad y el trabajo que la sostienen. Hostos ha puntualizado antes que, tratándose de “leyes” de la sociedad –término positivista en boga entonces, y “nuevo para la ciencia”, dice--, ésta, la sociedad, tiene que existir antes para que las otras leyes sean. “Todo es por ella, y fuera de ella no hay nada”, sentencia.

Al examinar la “Ley del Trabajo” puede verse que para Hostos “el consumo ha de ser proporcional a la producción”.  Hostos está haciendo observaciones que apuntan a un materialismo histórico. Fijémonos que añade a lo anterior lo siguiente:

“Todos los cambios de fortuna material que se han observado en las sociedades humanas, desde los tiempos primitivos, han dependido muy principalmente de la actividad de la producción de la riqueza individual y colectiva, de la mayor adaptación del trabajo libre a la producción pecuaria, agrícola y fabril, y de la correspondencia entre la producción y el consumo, y entre el consumo y la prosperidad social”.

Si ello no bastara, añade aún:

“Este relacionamiento de causas y efectos, que es lo que en definitiva enuncia la Ley del Trabajo, habría evitado a los hombres casi todas las organizaciones artificiales del trabajo”.

Entre éstas, Hostos enumera las de casta, la esclavitud, la servidumbre, el vasallaje, y “las que artificialmente ha soñado el socialismo de todos los tiempos”. Entre estos incluye los “Santos Padres”, es decir --y conforme con una nota de los editores de las Obras completas, Edición crítica--, aquellas figuras religiosas que en las primeras etapas del cristianismo establecieron los principios de justicia distributiva. (157) A estos, Hostos añade figuras controvertidas de las diferentes “sectas” –término de Marx—que pugnaban en los años en que se levantaba la Primera Internacional de los Trabajadores, como Owen y Saint-Simon. Como todo socialista versado en las controversias de aquellos tiempos, Hostos no pasa por alto el carácter artificial de su socialismo utópico, pues no ha podido someter la producción y el consumo, ni la distribución de las riquezas, al establecimiento del enunciado de la Ley del Trabajo que exige la armonía entre producción y consumo, ya que no ha cesado la desigualdad de las fortunas y las prosperidades, el hambre para el trabajador y la saciedad para el capitalista, “espectáculo del sufrimiento que ha dado hasta ahora el trabajo humano”. A pesar de los distintos conatos por hacer efectiva una revolución de este tipo, ninguna quedará plasmada con el éxito relativo de la revolución de 1917, dos, tres, cuatro décadas más tarde.

Desde luego que, en la exégesis de este problema, Hostos incurre en terrenos que podemos considerar utópicos. Toda lucha o gesta está sesgada por esa vislumbre. También crepitan en el Manifiesto comunista. Es cierto que Hostos nos habla de la “Ley del Ideal”, pero es porque hay una aspiración, que, sin embargo, no la ve como una meta a la cual llegar, sino como un rumbo a seguir, cuya meta nunca se alcanza. “Es más bien un propósito”, dice Henríquez Ureña.

Hostos concede que para el establecimiento del orden económico al que se aspira “hay obstáculos históricos o perpetuos”. Uno de ellos es de factura humana, pues esa aspiración “requiere que la sociedad general u otra cualquiera sociedad particular haya llegado en su crecimiento a aquel punto de progreso en donde se encuentren equilibrados la producción y el consumo, hasta el punto de que el uno corresponda exactamente a todas las necesidades y la otra a todas las satisfacciones”, de modo que se deduce la “fatalidad del orden económico antes y después del momento del desarrollo social en que se llega al equilibrio estable”. Para Hostos, la búsqueda incesante del equilibrio estable entre producción y consumo, es el “actuante continuo en la historia de los pueblos”. (167) No cede un ápice a la certidumbre de que “es del orden económico de lo que depende el bienestar social” (158).

La vinculación de Hostos con las diferentes “sectas” del socialismo no puede negarse. Asoma desde 1865, y brota ostensiblemente en 1868 cuando anticipa el triunfo del “cuarto estado”, y la participación de la revolución que ocurrirá por la mano de los descamisados y del proletariado.  Ya la Primera Internacional había penetrado en 1868 por Cataluña, y Hostos ya había traducido La Justicia, y La Revolución en la Religión y en el Estado de Proudhon, colaborador, aunque también antagonista, de Marx.

Hostos enumera y describe enfermedades sociales, pero también operaciones para superarlas. En su discurso de incorporación en el Instituto de Ciencias Sociales pronunciado en 1877, Hostos intenta “demostrar que, en la dirección política de nuestras sociedades latinoamericanas, la sociología puede y debe desempeñar una función trascendental”. Algunas de sus contribuciones las formula de manera estatutaria en el “Programa de los Independientes”, así como en los tratados de Sociología y de Moral. Martí consideró el primero como un “catecismo de democracia”, pues Hostos entendía el sistema representativo-democrático como un instrumento fundamental en el que debería poder garantizarse la libertad social. Por eso veía que en la “Carta de Derechos Civiles” se daba un paso gigantesco hacia la constitución de sociedades libres. Pero esta democracia tenía que fundarse en derechos individuales ejercidos o practicados, no formales, y tenía que, para poder ser efectivos, proceder a base de convenciones democráticas y libres, superpuestas de abajo para arriba. Un poder “del pueblo y por el pueblo”, todo. El “orden jurídico”, y aún el gobierno, han estar en “sujeción a la Ley de Libertad”: “subordinados a la Ley de Libertad” (Edición crítica, 169).

Henríquez Ureña opina con gran tino que los “remedios que propone no son los de las teorías socialistas corrientes”. (84) Hostos corrió hacía los mismos fines por rutas diferentes. Tal vez la diferencia mayor estuvo en la estrategia a seguir y la naturaleza de la revolución a realizar. La guerra por la independencia era un paso ineludible hacia la Libertad ansiada. Y esta solo era posible en el ámbito de la práctica real de los derechos civiles, en la democracia real erigida sobre sociedades igualitarias.

Quizás pueda decirse que Hostos fue capaz de ir más lejos que los estrategas de las revoluciones europeas. Hostos comenzó a observar como las revoluciones francesas y las comunas sucesivas que persiguieron “la libertad, igualdad, fraternidad” terminaron fusiladas en una anarquía ciega. ¿A fin de cuentas, cuál de los dos más utópico? En Estados Unidos, a fines del siglo XVIII y hasta la Guerra Civil, y en un proceso divergente del europeo, se había fundado un gobierno proclamado como del pueblo y para el pueblo, y con la primera Carta de Derechos Civiles tallada entre conflictos a fines del siglo, enmienda tras enmienda, en una Constitución que se reformulaba paso a paso. Fue un proceso atropellado de autoformación, que no seguía modelo alguno porque nunca había existido: pero crecía. Y que aún en el siglo XX establecía nuevas pautas respectos a los derechos de la mujer y la segregación racial, por ejemplo.

Carlos Rojas observa certero que “lo que hay que notar sobre todo no es el carácter intrínseco de estas doctrinas –Comte, Spencer--, que son ambas conservadoras, sino el uso que Hostos hace de ellas” (Hostos: Apreciación filosófica, 105). Hostos es una esponja que absorbe y reconfigura un sistema propio, y en una “función estratégica”. De modo que fue capaz de utilizar ideas que no eran revolucionarias “en forma revolucionaria para destruir todo un orden de cosas existentes y construir uno nuevo” (Íbidem).

Y, ¿cuál sería éste? Ya lo hemos expuesto algunos párrafos atrás. Hostos no puede darle nombre a lo que aún no existía, pero sí podía trazar y puntualizar sus características, y así lo hace en su Tratado de Sociología (Edición crítica).  El orden a construir sería uno basado en la Libertad irrestricta del individuo, ente imprescindible de la sociedad, y sujeta a la Ley de Trabajo, “en modo que la producción está en razón directa del consumo” (219), y no al servicio de la ganancia del capitalista. Para Hostos, el trabajo es la única fuente legítima de riqueza. Las clases sociales se han nivelado conforme al principio de equidad –o igualdad. El factor es el proletariado. Y la estabilidad del orden económico que a su juicio requiere, como se ha dicho, que la sociedad “haya llegado en su crecimiento a aquel punto de progreso donde se encuentren equilibrados la producción y el consumo”. Hostos, deduce de ello la “fatalidad de esta relación entre la producción y el consumo”, de modo que considera la búsqueda de la estabilidad entre ambos, “como actuante continuo en la historia de los pueblos” (167). ¿Materialismo histórico?

Un último dato de importancia, que no he visto figurado antes, es que Hostos parece ser también uno de los fundadores --o al menos precursores-- de la Geografía Política. Entre los fundadores están Friedrich Ratzel y Eliseo Reclus. Pero la obras sobre estas disciplinas de Ratzel se publican en 1897, y la de Reclus en 1880. (Piotr Kropotkin estuvo más inclinado a las luchas revolucionarias anarquistas y socialistas. Y Humboldt, por su parte, que aunque anterior a los mencionados, fue un explorador más atento a la geografía natural que a la sociopolítica.) Según Antonio S. Pedreira y su hijo Eugenio Carlos, Hostos escribe, aunque con evidente intención pedagógica, su “Geografía Política e Histórica”, en 1886, incluido en el tomo XX.III de sus Obras completas de 1939-69. La obra incluye alrededor de 180 países, y se extiende por 200 páginas. Comprende, información sobre los continentes, posición geográfica y astronómica, razas, distribución poblacional, lenguas, religiones, gobiernos, civilización e industria.  De la lectura de sus apuntes, cabe inferir que, en efecto, la obra se escribe alrededor de ese año.

Reclus fue un anarquista miembro de la Liga de la Paz y la Libertad, vinculado a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Por esa parte tuvo una relación cercana con Marx. 

                                                                                                  Marcos Reyes Dávila

                                                                                                                ¡Albizu seas! 


El Tratado de la LIBERTAD de Hostos

 


El “Tratado de Libertad” 

de Eugenio María de Hostos

Marcos Reyes Dávila

 

Lobra de Eugenio María de Hostos no es solo la predicación de un canon –casi “catecismo”, como lo definió Martí– de la libertad. Predicación, decimos, porque la abnegación con que la difundió y la compartió en calidad de “propagandista” y practicante perpetuo, ungió la Libertad como evangelio. De modo que, así como erigió un tratado de lo que fue su incesante práctica de la moral, hizo lo propio con lo que fue su prédica y su práctica incesantes de la libertad. En este trabajo buscaremos entre sus obras completas dicho tratado perdido, pues, aunque haya escapado a la exégesis de sus lectores y críticos, existe un volumen que recoge lo que acaso sea de manera virtual, pero también taxativa y perfectiva, un “tratado” de la Libertad.

Como sabemos, la preocupación de Hostos por la Libertad[1] es una constante sin pausa ni deserciones. Pero no era la Libertad de la que solemos hablar, porque no se reduce al simple antónimo del preso, del sometido, esclavo, dependiente, inhibido, por ejemplos. Tampoco al colonizado y la colonia.

Su concepto de Libertad ya estaba en germen en el joven Hostos antimonárquico y federalista, mas ganó peso completo en su prolongado periplo de la década del setenta por toda América, norte y sur; en su práctica educativa; tras el reinicio de la guerra martiana en Cuba y la invasión de las Antillas; y en los últimos años de su vida. Respecto a todo lo anterior hablamos tanto de su práctica, prédica y agenda. Pero esa libertad en Hostos también fue la vértebra morfológica de las obras que escribió, fueran las centrífugas de su propaganda escrita, sus ensayos periodísticos, o fuera en sus obras sistemáticas, de más hondo calado, fruto sine qua non de su trabajo maestro. Entre ellos están sus obras de derecho, pedagogía, sociología y moral.

Es sorprendente cómo Hostos llega a articular todas sus tareas a partir de la introspección, del estudio de sí mismo, y del desprendimiento de todo ese amarre y lastre que inicia en su adolescencia.[2] La muerte de la madre –seguidas en muy breve tiempo por dos hermanos– parece haber sido el acicate detonador que lo lanza al ruedo como un iluminado. En la plenitud de su determinación, la evocación al apóstol Pablo es un hado. “El mensajero de su propio mensaje”, dice su biógrafo Carlos Carreras (Hostos, apóstol de la libertad): “el misionero de su propia misión”.

La búsqueda de la

La búsqueda de la Libertad fue más que una meta asumida desde su juventud: fue la brújula que orientó y constituyó base de todo lo demás. El origen de esa dedicación suya por la libertad comenzó con la práctica de un ejercicio constante de autoexamen, un estudio riguroso de sí mismo, realizado con el propósito no solo de conocerse, sino de superar sus debilidades y pasiones, mejorarse y capacitarse. De ello es testimonio privilegiado su “Diario”.

Este ejercicio introspectivo lo llevó al conocimiento de los demás seres humanos. Se dijera que creó su propia fórmula cartesiana: soy, luego eres tú. Pero no como retrato, sino como realidad proteica, en permanente transformación y tránsito. Y dentro de esa red compleja del mundo humano la pieza aglutinadora que le pareció inalienable fue la libertad. La Libertad del ser humano, encarnado en su concepción del “hombre completo”, arribó además, final y necesariamente, a la libertad de todos los pueblos.

La primera obra conocida de Hostos es de 1863: una novela publicada en España con el título de “La peregrinación de Bayoán”. Sobre esta novela se ha escrito muchísimo, pero de ella destacamos solo lo pertinente para este trabajo: la novela de Bayoán no solo anticipa lo que será Hostos durante los siguientes cuarenta años de su vida, sino que representa al hombre que era entonces en la forma en que lo vamos definiendo. Bayoán es, en efecto, la novela de un joven en continua introspección, en un continuo estudio de sí mismo, pero, además (y ya desde entonces), puede verse que no está enajenado de su entorno, es decir de los demás. El estudio de sí mismo no solo no lo aparta, sino que lo coloca justo en medio de las injusticias de lo que entonces eran las colonias españolas en las Antillas. La introspección sicológica, luego, no lo reduce a su propio ser, a su mismidad, sino que lo inyecta en un entorno conflictivo de otredades muy amplio. Por esa trabazón las Antillas le eran inalienables. Su propio ser, y la educación para la libertad y patria libre futuras, constituyeron siempre una dualidad indisoluble. “Hablaros de aquellas tierras es hablaros de mí mismo”, sentenció una vez.

Hostos va a dedicarse, con solidaridad y abnegación, y en cuerpo y alma, a luchar por la libertad de las Antillas. Por ese fin va a subyugar sus introspecciones, colocando a éstas en función aquélla. De las Antillas decimos, y no de Puerto Rico, porque veía las islas, como sus islas, es decir, como partes de un mismo todo. Y de la libertad decimos, a su vez, porque para Hostos la Libertad va mucho más allá que la mera independencia. Los pueblos de Nuestra América eran independientes, observó, pero no eran libres: llevaban la colonia en sus entrañas.

Al principio, y mientras estuvo en España, en el corazón del imperio español, el joven Hostos buscaba la libertad de las Antillas a través de la liberación de la propia España. España era entonces un estado plurinacional, oprimido por sí mismo, constituido por provincias sujetas a un régimen monárquico centralizado y opresivo, en las que podían germinar estados de una federación. (Verbi gratia, Cataluña.) Y como miembro de esa federación, creyó, que bien pudieran estar las Antillas. Hostos, es necesario puntualizarlo, nunca fue un autonomista porque nunca apoyó dependencia alguna ni la asimilación de las Antillas a España. Sus propuestas “reformas” siempre estuvieron dirigidas a abrir sendas para su desarrollo independiente y autosuficiente, y para el gobierno de ellas mismas. Su lucha en España, por otra parte, estuvo dirigida a su vez, a derrocar la monarquía que reinaba para constituir en su lugar una república federal y democrática. Hostos fue siempre un antimonárquico, y un defensor de la separación de poderes, de la descentralización del poder y de los procesos democráticos, pero sobre todo, de los derechos civiles y humanos. Por esa ruta el pensamiento de Hostos convergirá, incluso, con el socialismo.[3]   Para Hostos, igual que para Segundo Ruiz Belvis, y el mismo Betances, la abolición de la esclavitud, la lucha contra la monarquía, la forma de gobierno republicana, la democracia y los derechos civiles estaban por encima de la idea misma de independencia porque aquellas significaban la independencia.


En el caso de las Antillas y de Nuestra América, descolonización e independencia eran conceptos que a su juicio iban de la mano. La descolonización obedece a la liberación de una dependencia impuesta por la fuerza: la independencia. Esta era, en el caso de países coloniales, paso previo indispensable para quien aspira a la libertad. Pero la independencia política, por sí misma, no la garantizaba no garantizaba la Libertad. La independencia podía cobijar y erguirse sobre la opresión y explotación de sus propios pueblos, podía estar arraigada en la mentalidad aun colonial de los independientes, podía estar orientada por valores de culturas exógenas. Hostos sabía además --era parte del conjunto de ideas que traía de Europa--, que la burguesía oprimía al proletariado. Socialismo y anarquismo constituían desde la década del sesenta parte de su universo. Luego no sorprende el análisis de clases que emprende también en Nueva York, y mucho menos en las travesías de su viaje por los países de la América nuestra. Castas y luchas de clase le abofetean el rostro, particularmente en Perú. Que la colonia sobrevivió a la independencia, sentencia literalmente. O que la desigualdad social se ejerce por medio de la opresión de las estructuras erigidas por el capital con la ayuda de la iglesia. (Proudhon)

Dentro de este renglón, Hostos distingue razas, definidas en función de los rasgos físicos, y también como conjuntos particulares de elementos culturales. Desde luego, al decir “todos”, “pueblos”, “sociedad”, nos referimos a aquellos conjuntos definidos por universos culturales compartidos, y particularizados en estados nacionales. Dentro de cada uno de los pueblos de la América nuestra, además, la interacción de las culturas blancas europeas o anglosajonas, las de origen africano, la de los chinos que abundaban en nuestra América como clase esclavizada en el siglo 19, y muy especialmente, las de una multitud de pueblos originarios de América.

La igualdad que pregonó se sustentaba en los derechos del individuo. La Carta de los Derechos que los recoge, y que en Estados Unidos se fueron sumando durante un siglo, nos lleva directamente a su concepción del ser humano libre como integrante de una sociedad libre. En cuanto a ésta, Hostos fue muy radical: la democracia que la sustentaba tenía que fundarse en la práctica real –no formal-- de esos derechos en todos, todos los integrantes de esa sociedad. La práctica real de los derechos de todos suponía el reconocimiento de la igualdad de todos sus miembros, repetimos, ricos y pobres, terratenientes, artesanos y proletarios, afroamericanos, chinos, pueblos originarios, y, desde luego, la mujer. No se trataba solo de filosofía ni de afirmaciones plasmadas solo para letra de imprenta o como aspiraciones utópicas. Hostos tenía una vocación agente, practicó esas ideas, creando escuelas para formar hombres y mujeres libres que pudieran contribuir a forjar patrias libres. Conspiró insurrecciones, propuso doquier la creación de recursos económicos para campesinos y obreros, consciente de que el trabajo libera. Su democracia, además, solo podía garantizarla un proceso que fuera de abajo, de la base amplia, para arriba.

La defensa de los oprimidos lo llevó a confeccionar sus ideas sobre el derecho, y las constituciones políticas. Lo llevó a definir los propósitos de su sociología. El sustrato de un tratado de la libertad que era su caldo de cultivo y su simiente. De modo que toda su obra hay que leerla en el contexto de quien fue ante todo un libertador. Sus diarios, sus cartas, sus notas de viaje, sus artículos y ensayos, y también su sociología, su pedagogía su derecho, su moral.

Hemos dejado para el final de esta brevísima reseña sobre el tema de la Libertad en Hostos, una de sus obras más importantes: su Tratado de Moral. Si bien su Diario es la crónica de su esfuerzo interminable por dominarse para alcanzar metas que iban mucho más allá de su propia persona, y si bien en el “Programa de los Independientes”, que redactó y publicó en Nueva York en 1876, alcanzó a constituir, en cuanto programa, los prolegómenos o principios que deben guiar a la constitución de pueblos libres, en el Tratado de Moral recoge todo aquello que fue base de su quehacer en todas las disciplinas y áreas en que se movió a diestra y siniestra para crear la zapata y crear el armazón necesario de pueblos libres.

A diferencia de todas las otras figuras históricas que transitaron en el siglo XIX, en estos propósitos y agendas de libertad, Hostos fue mucho más allá de una proyección  sustentada de exhalaciones espirituosas, repartidas aquí y allá, como de arenga dicha a distensión –o sin ella— en paradas, ocasiones u oportunidades, a modo de promesa a realizar, mas en páramo yermo. Es decir, que como ocurre con la Confederación antillana, Hostos sistematizó, problematizó y desmenuzó sus componentes para poder crearlo de la nada en principios, y aún estatutos, donde no existía. Una Libertad articulada en método.

Al redactar el “Programa de los Independientes” Hostos distingue, define y expone principios, encarrilados hacia la Libertad, en los que se debe fundamentar la Confederación de las Antillas y de cada uno de los estados que la constituyen. Hostos se referirá indirectamente al mismo, en una carta de octubre de 1876 como “abecedario de la Democracia”: Martí calificará su texto dos meses más tarde como “catecismo de democracia”.[4] 


En ese momento, Hostos estaba totalmente inmerso en la guerra cubano-antillana por la independencia, y a ella somete, y en ella encarrila, como hemos dicho, su agenda y todas sus iniciativas. El programa era producto de sus estudios de la realidad política, social, económica y cultural de todos los países que había recorrido, incluida, desde luego, España, otros países europeos, y los países de norte y sur de América.

Con el fin de la Guerra de los Diez Años, Hostos vio canceladas esas urgencias, por lo que reenfocó su mirada en otros empeños, otras estrategias y otros modos de allegarse a la Libertad.  Hostos no fue nunca una persona que se sintiera derrotado. Abatido sí, pero vencido no. En parte, porque nunca esperó ver culminadas sus aspiraciones. En parte, porque estaba consciente de que sus aspiraciones se movían con el horizonte y que en el fondo tenían un trasluz utópico. Utópico, en cuanto que no tenían fin. Pensaba, como lo afirmó textualmente a su padre, que había nacido muy temprano. Por eso fue capaz de cambiar de estrategia y táctica continuamente.

En “El propósito de la Normal”, como se sabe, porque ahí lo declara inequívocamente, la reforma educativa que inicia en Santo Domingo parte de un programa confeccionado a partir de una pedagogía propia, dirigida a formar los “soldados” y “auxiliares” que requiere su “propósito de formar una patria entera con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos”, y a construir “un templo para la razón y la verdad, para la libertad y el bien, para la patria dominicana y la antillana”.

Justo en esa etapa de gran Maestro, y engarzado plenamente en ese propósito, Hostos dicta un curso de Moral Social.  El Tratado de Moral, que se derivó de éste, fue fruto del estudio de sí mismo, pero también de sus luchas políticas, de sus ejercicios pedagógicos, de sus luchas sociales, y de las ambiciones y propósitos a los que consagró su vida entera. Por eso afirmamos que el Tratado de Moral --o la Moral Social, como también se le conoce-- es en el fondo, un tratado sobre la Libertad. Una Libertad, traducida a estatutos y prolegómenos, ideales sí, pero no irrealizables. 

Hostos había descubierto temprano en su vida que el ser que era no se reducía a sí mismo. Que él se hallaba en medio de los demás, así como los demás estaban en él. De modo que la Libertad no era ni podía ser la libertad del individuo solo, como el pajarito que vuela en el bosque o el caballo que corre en la pradera, sino la libertad de todos. La Libertad era --y sigue siendo-- un bien social. Si hay que aprender a vivir en sociedad, hablamos entonces de moral social. Moral social es como se ve, Libertad. La Libertad, única y posible, que resulta del cumplimiento de los deberes para con uno mismo, y para con los demás. Una Libertad fundida con la práctica de los derechos y el ejercicio de las responsabilidades. Por eso no puede ser válida la afirmación: “soy libre”, si esta no viene acompañada de “somos libres”.

Hostos comprendió a plenitud que el reclamo de los derechos que a todos nos gusta demandar, sólo se hace vivo y efectivo cuando se provee de su “única arma verdadera”: el deber. Y el deber, ese deber, es un conglomerado concatenado que hay que satisfacer. En el Tratado de Sociología afirma, como “enunciado” de la “Ley universal de Libertad”, que ésta “está en relación de armonía con el derecho y el deber” (Edición crítica, 130). Y, además, que el gobierno “no puede ser ni llegar a ser lo que en esencia es (…) “sino en tanto esté subordinado a la Ley de Libertad” (Edición crítica, 169). De modo que Hostos contempla una tal integración entre la Moral y la Libertad resultante de su reciprocidad, como si dijéramos que se trata de un astro hecho de dos.

En el Tratado de Moral que nosotros rebautizamos Tratado de la Libertad, Hostos distingue 17 deberes que representan, ejemplarmente, diferentes personalidades de la historia universal. Todos son modelos a aspirar, es decir, a emular. Quizás quien mejor representa el cumplimento del “deber de los deberes”, es decir, el deber de cumplirlos todos, sea el propio Hostos. Nos parece, en resumen, que una mejor lectura de este libro se hiciera si se le considerara como un Tratado de la Libertad.

  @Marcos Reyes Dávila



1 La inicial mayúscula la utiliza en 1876 él mismo, en “El Programa de los Independientes” publicado en Nueva York.

[2]  Esta idea está desarrollada en modo más amplio en “Hostos, y el autoconocimiento como proceso de liberación”, publicado en 80 GRADOS y en www.lasletrasdelfuego.com

[3] Algunos temas tratados en este trabajo están examinados de manera amplia en nuestro libro Hostos, la fragua interminable. Antillanía e idea de América. (San Juan, Editorial Patria, 2020.)

3 Véase, EMH: “Epistolario”, Obras completas, Edición crítica, III.I, 273.

 

 

 



El  Hostos 

apagado en su tristeza

Que vienen y se van las mariposas.

En el patio trasero de la Capilla de la Orden Tercera de los dominicos, ubicada en la zona colonial de Santo Domingo, Hostos fundó la Escuela Normal. Allí, flanqueado por plantas,
y frente a un busto de Salomé, encontramos otro busto, el de un Hostos desangelado, el Hostos más sufrido que he visto nunca.

La biografía más conocida apunta a que esos últimos días de su vida fueron los de un hombre que arrastraba las cadenas de una pena que ya no pudo sobrellevar. Hacía un lustro que también se había perdido entre las sombras Betances, allá en París. Habían perdido ambos a Puerto Rico. No sólo ellos, los puertorriqueños todos, –y bien sabían ambos que seguramente para siempre– porque se les había perdido la esperanza de alcanzar su libertad, y sin libertad no hay patria.

En el caso de Hostos, además, esos últimos días de sus días transcurrían presos de asfixia: la República Dominicana se hallaba otra vez rota en una guerra fratricida. Y Cuba, ocupada, era incapaz de recordar, como lo puntualizó Sotero Figueroa, colaborador muy cercano a Martí, que no hubo ningún propagandista cubano que hiciera tanto por Cuba como él.

Evocamos a un hombre que parece haber nacido solo para las Antillas, y aunque preside en ellas todos los eneros con “fragua interminable”, no ha dejado, sin embargo, de ser en Puerto Rico un “ilustre desconocido”, como lo sentenció Pedreira hace más de ochenta años. El más ilustre desconocido, en cuerpo y alma, de nuestra historia.

Después del día de Reyes, casi pisándole la cola, su natalicio. Como si fuera una ofrenda a Puerto Rico, a las Antillas, a la América Nuestra, al mundo. Mas, entre la visión desconsoladora de este Hostos penitente, y la idea creciente que se nos apodera de la indiferencia creciente de este pueblo por su puertorriqueño más ilustre, repasamos y retrocedemos, cedemos nuestra visión anterior de un Hostos, “unción de acero”, a esta que acuñó el escultor, acaso concurriendo con los hermanos Hernández y Carvajal que lo sepultaron, y con su primer biógrafo, Juan Bosch: la de un Hostos que murió de “asfixia moral”, y en el mar de su tormenta.

Las páginas finales del diario de Hostos sobrecogen. Como las últimas palabras de Betances, ahogado con la invasión gringa de Puerto Rico en el 1898, o las últimas líneas del Martí que se sabía próximo a entregar su vida. Pero en el caso de Hostos hay un notable contraste. Sucede que, fallecido ocho años más tarde que Martí y cinco de Betances, solo Hostos contempló desgarrado como los Estados Unidos se erguían como el primer imperio moderno, tomando como botín de guerra a Puerto Rico.

A pesar de estar convencido de que, como dice Juan Antonio Corretjer, “el tiempo del pueblo nunca acaba”, en su regreso a la República Dominicana a mediados del 1900, Hostos arrastraba consigo, como un pesado fardo y crudo el tormento de ver además cómo la Confederación Antillana por la que ofrendó su vida se hacía humo y ceniza: Cuba ocupada, República Dominicana en caos, Puerto Rico conquistada. No obstante, lejos de ser eco de pasadas utopías caducadas y arruinadas, las rutas más importantes que trazó en vida siguen vigentes y apuradas, como el faro de un destino necesario.

En 1903 ocurría, sencillamente, que como le señaló por carta a su padre, había llegado a esas rutas muy temprano. Por eso, nos atrevemos nosotros a representar su deriva en el bajomar, que es el morir, de esta manera:

Eso de cumplir años, a la sombra, es cosa de viejos. La última vez que vi la luz llevaba semanas, y aún meses, aquejado por las consecuencias depresoras de la gripe, de un sedimento de estómago, de una incomodidad muy incómoda, y a veces dolores vivos en las ingles que me dificultan incluso caminar. El trabajo es un alivio a mi mal, pero las revueltas de estas últimas semanas en la república no solo me han dejado sin posibilidad de realizarlo, sino que me han rebajado sueldo, un treinta porciento sobre otro treinta porciento; han atacado mi Quinta en Las Marías; han disparado contra mi hijo; hasta un tiroteo hubo contra la casa; e incluso me han obligado a buscar refugio temporal en un crucero de los Estados Unidos.

“A pesar del recibimiento caluroso que he recibido al regresar a esta patria de mis dominicanitos, me he visto en la obligación de buscar refugio fuera. Pero ni siquiera de Cuba responden mis cartas. Quizás hubiera sido más útil permanecer en Puerto Rico. Por ventura, han venido a aliviar mi neuropatía migraciones de mariposas en espesísimas bandadas de variedad de colores y tamaños, azules, amarillas y luego otras oscuras. Anoche murió una tísica a dos pasos de aquí, que hemos visto ir muriéndose desde que llegamos a esta casa. Vano reflejo, que voy de la mano de haber vivido y de vivir el dolor vivo de perder, acaso para siempre, la patria que debí defender con aún mayor denuedo. Vienen y se alejan las mariposas.

“Hoy hablé con un muy abatido Sócrates que arrastraba las piernas perseguido por su mal. Y una intensa expresión del fastidio de la vida.”

 

Marcos Reyes Dávila (2021)

 


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