sábado, 11 de julio de 2020

Hostos y el autoconocimiento



HOSTOS
y el Autoconocimiento
como proceso de Liberación



La presente, recoge mi interpretación, sobre cómo el estudio de sí mismo, ese “conócete a ti mismo” de Sócrates del que todos hemos oído, pudo producir, asombrosamente, una estrategia de liberación humana a través de la construcción de lo que Hostos llamaba, “hombre completo”. Sin embargo, aun más asombroso que eso, y aunque que alguno podría pensar que lo ha oído decir varias veces, es que, por ese mismo camino, y como consecuencia directa del ejercicio de autoconocerse, Hostos fuera capaz de construir varias, no una, varias estrategias para la liberación, no solo de Puerto Rico y Cuba, sino de todas las Américas, norte y sur. Para el desarrollo de esas estrategias Hostos vinculó estrechamente la sicología con la sociología, la pedagogía y la política, la economía y el derecho, hasta llegar a la meta más revolucionaria que conocemos: su teoría de la moral. Una teoría moral que concibió como la médula de un proceso revolucionario de liberación, tanto de individuos como de pueblos, que nos enseñó que los derechos solo existen cuando se pueden ejercer y cuando se practican, y, que más importante que los derechos son los deberes, porque sin la práctica y la realización de los deberes, los derechos no existen.


Redactamos este ensayo-conferencia como nos lo exigió el tema y la idea. De la mano, esta vez, de algunos de los más consagrados estudiosos puertorriqueños de la obra de Eugenio María de Hostos, nos detenemos contemplar lo que para algunos autores como José Ferrer Canales, Josemilio González, Francisco Manrique Cabrera o Antonio S. Pedreira, era, en palabras del mexicano Mauricio Magdaleno, “un acontecimiento americano”, es decir, Hostos. Apelado de manera insistente –aunque impropio a todas luces– como un “apóstol”, tal como se hace con José Martí, con de Hostos no se ha aquilatado como obra suprema ninguno de sus libros y textos tan inigualables como, por ejemplo, su “Tratado de Moral”, o su lucha abnegada por la libertad de las Antillas, ni siquiera su sublime aportación a la Pedagogía que, como suele decirse, y según afirma Rufino Blanco Fombona en América y Hostos, pretendía “enseñar a pensar a la América” [1] y a forjar auxiliares a la lucha por la libertad de seres humanos y de pueblos. Como obra suprema de Hostos el canon de la crítica proclamó en los dos primeros tercios del siglo XX la vida misma de Eugenio María de Hostos, plasmada sobre todo de manera epifánica en sus diarios. “La lección más ejemplar que nos legara Eugenio María de Hostos fue su vida”, sentencia en 1960 Josemilio González,[2] en línea con Francisco Manrique Cabrera, quien califica su diario como el “espectáculo sobrehumano” de su “vivir egregio”.[3] Tal es así que, a juicio de González, solo en su pecho cabe un continente.[4] Y añade: “como Bolívar, como Martí, Eugenio María de Hostos es un espíritu continental”.[5] Eso lo refrendó la Sociedad de Naciones Americanas en 1938 al proclamarlo “Ciudadano Eminente de América”.
Sabemos que, como puede colegirse, bordeamos el territorio de lo que algunos, no sin motivos, han caracterizado como una figura mitificada. Pero este mito no es una construcción post mortem, sino el fruto de una admiración que se fraguó a lo largo de su sendero semiplanetario, tanto en aquellas cumbres que habitaban personalidades notables que lo conocieron, como jefes de gobierno, presidentes, generales de guerra, académicos de primer rango, como por las calles, los salones, clubes y aulas donde niños, jóvenes, estudiantes, artesanos, obreros y campesinos pudieron oírlo y admirarlo. Ello lo atestigua entre otras cosas, el volumen extraordinario publicado apenas muere, en 1904: Eugenio M. Hostos: Ofrendas a su memoria.[6] Del asombro al mito, el puente suele ser muy pequeño.
La tesis que sostenemos en este trabajo es que el proceso de autoconocimiento de Hostos que se plasma notablemente en su Diario, aunque no se reduce al mismo, guarda una relación dialéctica íntima y entrañable con lo que fueron sus prédicas, prácticas y obras de pensamiento, y también con lo que fueron –y de algún modo aún son– los ejes fundamentales de su moral social y de sus luchas revolucionarias y libertarias. Prédicas y ejes nutren y determinan las incesantes sondas, o los buceos a su interioridad en pos de un autoconocimiento que forja su ser, y que encarrilan, iluminan y acicatean su obrar. En Hostos, vida y obra no se desmienten una a la otra: se entrelazan con una coherencia orgánica o estructural. Entre el Diario y las novelas, la pedagogía, la moral, y las luchas políticas hay una imbricación de hilos que se sujetan entre sí y se condicionan mutuamente.[7]
En cuanto figura histórica, Hostos era y es, ante todo, y para nosotros, un libertador de dimensiones casi planetarias. No vivió anclado a su isla madre o su isla patria, ni siquiera a las tres grandes Antillas, ni siquiera al grupo de países hispanoamericanos, y ni siquiera al mundo que de polo a polo abarca los dos continentes americanos. La mirada justiciera de Hostos, con todo su bagaje liberador, se expande también por España y otros países europeos, y no se enajena de los países explotados por el imperialismo en las regiones que abarcan desde África hasta la Oceanía. Al así decirlo no planteamos que pretendiera expandir revoluciones armadas a través de todo el planeta, pero sí denunciar el saqueo de unos países por otros y, tras analizar las circunstancias y condiciones de vida específicas o particulares de cada estado, proponer algunos remedios necesarios para alcanzar niveles saludables de civilización que les permitieran desarrollar sus propios instrumentos de libertad. La libertad que Hostos persigue es una dual: personal y colectiva. La libertad individual buscó levantarla a través de una educación capaz de erigir conciencias libres; la libertad colectiva, a través de la constitución de estados democráticos radicales en los que tenían que participar todos los sectores de la comunidad, en igualdad social de condiciones, y con el disfrute pleno de todos los derechos civiles reconocidos. Su meta última, utópica, era el establecimiento de toda suerte de federaciones y confederaciones, estados de cooperación entre todos los países capaces de constituir el equilibrio de los poderes del mundo.
Lo extraordinario es que Hostos llega a estas metas y premisas a partir de los procesos que se derivaron de varias “crisis” morales y de sentimiento que lo sacuden en su juventud. Hizo vitrales con sus vidrios rotos. Había nacido en el seno de una familia acomodada en la región oeste de Puerto Rico donde tuvieron cuna muchos de los principales forjadores de la nacionalidad puertorriqueña. El padre fue un hombre relativamente ilustrado, de ideas adelantadas, que se interesó en la educación de sus hijos y a quienes envió a adelantar sus estudios a España. A Bilbao fue a parar Hostos en 1851, con solo doce años, al amparo de su hermano mayor, donde completó los estudios básicos, pasando luego a Madrid para seguir las carreras de Filosofía y Derecho cuyo título se le negó.[8] La muerte sucesiva de varios hermanos y hermanas, entre 1854 y 1862, incluida particularmente la de la madre, en sus brazos, interrumpieron el curso normal de esos estudios que se encarrilaron entonces de manera autodidacta.
Las crisis de “sentimiento” provocados por estos y otros motivos comenzaron a lacerarlo con humores oscuros en ese exilio de patria, familia y amores desgraciados. Hostos, angustiado, halló su salvación en el estudio de su propio ser, que inició para controlarse y sanearse, en la iluminación que el autoconocimiento le proveyó con instrumentos para ordenar y equilibrar sus pasiones y la capacidad para dirigirlas, en los planos íntimo y público, en pro de libertades políticas para sus islas antillanas, y, en rebote necesario o reflectada, en pro de la propia España monárquica. Apenas despierta el joven Hostos de sus fantasías adolescentes, solo un años después de la muerte de la madre y dos hermanos, nace en 1863, a los 24 años, a la esfera pública, y ya aboga por derrocar a la monarquía en pos de un régimen republicano, el orden político democrático, derechos civiles y soberanía, tanto para Puerto Rico como para Cuba, y de manera asordinada, también para la República Dominicana. En referencia al régimen monárquico español y las colonias antillanas, nada era más revolucionario radical. Una evidente imbricación se infiere de inmediato entre la terapia emocional y la lucha política. El joven Hostos ha comenzado a redirigir las cuitas de su enajenación desde el momento que va superando sus vacilaciones íntimas, y tomando rumbo público y político.
También los viajes entre Puerto Rico y España que transcurren durante esos años despiertan, acaso por el repetido contraste entre la metrópoli y la patria, sus inquietudes políticas con un carácter reivindicativo. En Puerto Rico observa las casi ininterrumpidas reyertas revolucionarias de los renegados del régimen de las capitanías españolas cada vez más endurecido. Conoce de Betances, quien tiene en Segundo Ruiz Belvis su colaborador más entrañable. De acuerdo a Julio Nombela, escritor español y testigo presencial, “quien se hallaba más identificado con Segundo Ruiz era Eugenio Hostos”, cuando aún no cumplía veinte años (1858),  “dispuesto siempre, con la palabra, con la pluma y en caso necesario con su propia persona, a sacrificarse por sus compatriotas”. Poco después, añade, “Hostos se  trasladó a Madrid dispuesto a trabajar en su empresa, y en la Villa y Corte estrechó relaciones con Segundo Ruiz, encaminando al mismo fin todas sus aspiraciones”.[9] Ambos eran, según Nombela, “activos partidarios de la independencia de Puerto Rico”. Como algunos se empeñan en distinguirlos, este testigo presencial desmiente a varios historiadores: si las aspiraciones de Hostos eran las de Segundo, entonces eran las de Betances.
Desde 1861, por otra parte, se desarrolla en la República Dominicana una guerra en repudio del reestablecido dominio monárquico español sobre ese país. Dos hermanas suyas se han casado con militares españoles que enfrentan las fuerzas de liberación del pueblo dominicano. Es en esas circunstancias que Hostos escribe y publica en 1863, en Madrid, su novela política La peregrinación de Bayoán.
La historia de Bayoán –que conforme a una probable leyenda es el primer indio taíno que comprobó la mortalidad de los españoles– revela ya la urdimbre que ata, e incluso funde, lo que será ese dual desarrollo en Hostos. La historia, escrita en formato de diario, está tomada en medida importante de los verdaderos diarios de Hostos. Luego, la intimidad examinada con instrumentos sicológicos se encarrilará, de manera novelesca, con las aspiraciones libertarias que lo impelen en el plano político. Mas lo verdaderamente extraordinario es constatar cómo, en, sus propias palabras, se operó en él una transfiguración. En el prólogo a la segunda a edición de la novela escrito en el 1872, explica que, cuando se dio a la tarea de escribirla, descubrió que los análisis hechos “en secreto y en la soledad” no lo comprometían a nada, en tanto que al vertirlos a “la voz ruidosa de la imprenta” le “imponían el compromiso de ajustar” su existencia a sus ideas. Es decir, que la novela, más que una ficción, se le transformó en “promesa” que tendría “la obligación de cumplir”. De este modo la novela se trasfigura de lo privado a lo público en calidad de un contrato, la autoimposición de un deber a cumplir.[10]
En cuanto al carácter íntimo y terapéutico del Diario, no hay duda razonable que pueda cuestionarlo. Todo el texto pone en evidencia su propósito, y todo el texto pone al descubierto la incesante problematización y cuestionamiento de sus conflictos emocionales, sus inclinaciones sociales y políticas, y la debilidad y desconcierto de las energías de su voluntad. El más penetrante y cuidadoso estudio que conocemos de estas características del Diario es de Gabriela Mora, incluido como introducción a la edición del mismo en las Obras completas, Edición crítica, publicado en 1990. La otra novela de Hostos, La tela de araña,[11] escrita en esos mismos años, es un estudio sobre la familia centrado en el nacer de los sentimientos instintivos que, por espontáneos y cerreros, tienen que ser dominados por la razón con el auxilio de la voluntad. Estos estudios sicológicos perseverarán en Hostos desde 1858, al menos, hasta 1878, mostrando un carácter didáctico aplicado a sí mismo. Luego, lo aprendido sobre la naturaleza humana consigo mismo será en parte sustento de sus eventuales modelos pedagógicos. Su estudio sobre el Hamlet de Shakespeare, así como las máximas, sentencias, o “estímulos” que redacta el joven Hostos en España y que años más tarde publica en Chile, pone en evidencia ese traspaso del sí al otro.
Bayoán encarnará el principio de la “duda activa”. Hamletianamente. Hostos menciona que tomó para redactar esa primera novela las primeras páginas de su diario escrito desde 1857. La novela comienza con estudios sicológicos referentes a los conflictos emocionales de un joven antillano incurso en el amor, y al mundo social antillano sometido a la tiranía por la monarquía española. Hostos se erige como juez de sí mismo y simultáneamente como juez de la España colonial en las Antillas, pasado y presente, lo que convierte la novela en un caldo de cultivo descolonizador y des-alienante. En la novela, este personaje redescubre el Caribe. Hostos se ha atrevido a publicar en Madrid y ante la reina, en tiempos de guerra, una novela en la que denuncia la tiranía de España en las Antillas.
El carácter terapéutico del diario aparece explícitamente señalado numerosas veces a través de los años. Así, el lector puede observar directamente en el mismo su aplicación clínica. Gabriela Mora insiste en su estudio preliminar que el Diario es el “primer diario íntimo” de las letras hispánicas, primero en el orden y en la calidad. Es fruto de inmediatez y secretividad, para “sondearse” y “curarse” de lo que llamó “pasiones absorbentes”. Sondeo es un escaner hecho de las profundidades, en las que explora la causa y el remedio de sus debilidades e inconsistencias. “¿Es tiempo todavía para ser hombre?”, dice en la primera línea, refiriéndose al modelo del “hombre completo” que definirá en el mismo Diario poco después.
El Diario se extiende por veinte años, lo que indica la permanente necesidad de examinarse porque las causas que lo agobian no desaparecen: él sencillamente las suprime o las controla. “Rehagámonos”, dice, y se yergue contra sí mismo como el juez más severo imaginable. Tan es así, que Hostos se convierte ante nuestros ojos como en una especie de asceta místico: mató las sensaciones y se concentró en su espíritu, es decir, su conciencia. Gabriela Mora asegura que Hostos adelanta conclusiones sobre los fenómenos sicológicos desconocidos en su época. Es cierto que Hostos entra en contacto, en 1857 al menos, con el krausismo que aconsejaba la introspección y la importancia de la senda moral, pero a Hostos esto parece venirle de más lejos y de causas concretas suyas, no intelectuales. Por otro lado, Hostos nunca fue un seguidor, sino un pensador de tendencia ecléctica que sometía todo a las rutinas de sus análisis deductivos-inductivos de los que saldrían eventualmente sus sistematizaciones científicas: sus sistematizaciones. Es decir, que Hostos, materialista, no fue un repetidor de Krause o de Comte, un eco de Spinoza, Spencer, Pestalozzi o Kant, aunque a todos asimiló en su sistema distintivo. Contrario a lo que inventó un biografista suyo, del italiano Silvio Pellico, autor de devociones y rosarios que fue de su interés en la adolescencia, todo se esfuma hasta desaparecer en la década del sesenta. Para estudiarse, objetivo del proceso de autoconocimiento, se aplicó a sí mismo procesos mayéuticos, dialógicos e incluso dialécticos, y sus otros conocidos instrumentos de la razón: intuyó, dedujo e indujo, y finalmente sistematizó. De modo que el estudio de sí lo llevó al estudio de los otros. Desde muy joven, formuló para sí mismo, “estímulos”, máximas pragmáticas, útiles para cualquiera, porque eran derivados abstractos, individualistas pero no personales, de deducciones e inducciones lógicas.
En el Diario del joven Hostos madrileño abundan las observaciones de los efectos sicosomáticos que sufre. Mareos, nerviosismo, dolores de cabeza, estómago revuelto, neuropatías, que eran producto de sus emociones intensas. Pero si bien, desde la óptica de la filosofía, este tema se puede proyectar hasta Sócrates y el Oráculo de Delfos con aquello de la importancia del conocerse a sí mismo, en Hostos se observa una meditación próxima a la ciencia sicológica y de la conducta que apenas comienza a despertar en esos años con un carácter terapéutico y también transformador. Carlos Rojas Osorio señala al respecto lo siguiente: “La importancia de la psicología es tal que Hostos la coloca como ciencia fundamental, raíz de la cual surge la lógica, la estética y la ética”.[12] El apunte de Rojas es imprescindible para entender al todo de Hostos. Hablamos de una ciencia que asume carácter experimental solo a fines de ese siglo, en investigadores como W. Wundt, que desembocará a lo largo del siglo en una neurociencia y, a finales del siglo XX, extrapolando un poco, en el concepto hoy familiar de “inteligencia emocional”. En Hostos la introspección iba dirigida a controlar racionalmente las emociones y percepciones del sujeto a fin de superar con el ejercicio de la voluntad su descualificación para el desarrollo propio, y para la lucha social que tenía que emprender porque sencillamente el deber se lo imponía. El Diario cumplió una función de superación moral relativa, pues a su juicio, “el hombre completo es un edificio que no se acaba nunca”.[13] No somos, sino que vamos siendo. Muchas veces en lucha contra nuestros impulsos y contra nosotros mismos. Por eso podemos observar cómo Hostos se recrimina continuamente abandonos y caídas. Incluso hasta su muerte.


El hombre que en su juventud se muestra indeciso, vacilante, inadecuado, no sabrá eventualmente cómo enmudecer ni bajar la cabeza ante encumbrados y potentados. Ya da un salto evidente cuando, aún joven, salta del ensimismamiento de sus diarios secretos para hacerlos públicos, convertidos en entes de ficción novelesca. Pues para Hostos la literatura cumple una función moral, como todo. Debe ser comprometida con la moral que libera, y con el deber: verdadera. De modo que, inevitablemente, con La peregrinación, tuvo que nacer el Hostos batallador público. Todo en Hostos puja por salir y nacer, pues su ser solo se realiza en el bien colectivo. Pero no es, como hemos dicho o sugerido una batalla y un triunfo que se limita a la intimidad de su conciencia. Hostos batalla hombro con hombro con los líderes españoles de una revolución que se dirige contra la reina de España y la monarquía.
La novela de Bayoán, por otra parte, descubre su figura histórica, lo revela. La introspección del Diario, transfigurado en literatura, debe cumplir un finalidad moral y social. Porque vio que el autoconocimiento que realizaba no podía reducirse a un ejercicio inocuo, para sí. El autoconocimiento descubre la relación irrompible del ser humano con la sociedad, sus innumerables vínculos y dependencias, y la red de deberes y compromisos para con la sociedad de la que se desprenden los derechos que nos hacen libres. De aquí que, hijo enraizado de una colonia, puede afirmarse, además, que en Hostos se encuentran bases para una sicología del colonizado. Así, por ejemplo, en el Plácido. Antes, en el Diario, dicho sea también como ejemplo, pudo decir: “La pasividad es un vicio producto de la atonía del despotismo; la ingratitud es un vicio de la ignorancia, producto también del despotismo…”[14] Simón Bolívar, el Libertador de la América hispana, se percató desde las islas del Caribe, tras la derrota sufrida en su primera tentativa de liberación del norte suramericano, de la necesidad de hacer comprender a los llaneros venezolanos y colombianos que no hace una guerra civil entre españoles. Es entonces que emprende la guerra cultural de forjar una nueva conciencia que transforme a españoles en “americanos”, a siervos y súbditos de una monarquía en ciudadanos, a esclavos en hombres libres. Esa parte, más allá de los ejércitos y batallas, es parte imprescindible de su gloria.
Como hemos dicho, Hostos vio que el cumplimiento de los deberes dependía del ejercicio de la voluntad, pero de una voluntad dirigida por la conciencia. La voluntad también se educa y se ejercita. Sin la conciencia moral, la voluntad responde a los instintos, y es a su juicio “perversa”. Pero, sin la voluntad, el cumplimiento de los deberes no se realizaría, incluyendo el ejercicio de los derechos. “Derecho no ejercitado, no es derecho”, ha dicho. No es derecho el “no vivido” ni el “pasivo”, añade.[15] Por eso Hostos llega a expresar así, el 2 de octubre de 1866, una de sus máximas: “Escoge entre tu voluntad y una pistola”. Si algo evidencia su Diario, no son, como han dicho algunos, sus dudas y debilidades: sino la voluntad de superarlas.
La aspiración al “hombre completo” es una de las páginas más celebradas. Aunque Hostos redacta la muy conocida fórmula en su Diario el 31diciembre de 1869, en Nueva York[16], ya está implícita en la reflexión sin pausa de la novela de 1863, y aparece aludida como su “ideal” desde la primera página de su Diario, la del 23 de septiembre de 1866. La fórmula de su aspiración recoge de manera muy concisa todo lo que ha sido y será su proyecto que fragua para el carácter de la persona individual: ser niño de corazón; adolescente de fantasía; en la madurez temprana, la edad científica; en la madurez, la armonía de todas las facultades. Téngase en cuenta que no retrata etapas sucesivas y pasajeras, sino desarrollos que, sumados, permanecen toda la vida, y que movidos por la conciencia moral facultan para la realización de heroísmos, abnegaciones y juicios. El adjetivo completo apunta a una estructura libre de enajenaciones. Al lado del proyecto político que armó, yuxtapuesta a éste, Hostos ha desarrollado además una revolución del sujeto, dice, “haciéndola en mí mismo”.
En el Diario puede observarse el proceso de transformación en la identidad del sujeto. De la confusión del caos se conforma un planeta poliédrico de tal fortaleza que es capaz de fraguar y abrigar identidades múltiples, pero coherentes. Tan vasta es esta revolución que, a lo largo de su vida, Hostos puede hacer surgir de sí identidades diversas, ya que, entendiendo que la justicia y la moral son una y para todos, no le basta ser abnegado con Puerto Rico, ni solo en la función del maestro. Por eso, será tan patriota como el mayor patriota de cada suelo, sea chileno, peruano, venezolano, dominicano o cubano. O querrá haber sido varias las figuras heroicas de la historia de la resistencia americana, de la conquista española para acá, sean mestizos, criollos, cholos, gauchos, araucanos, incas, mayas, aztecas, patagones, taínos o nahoas. La responsabilidad primaria de la justicia reivindica, antes, los despojos del desamparado y desvalido. Como Hostos no creía en otra eternidad que la de la materia, Hostos no buscó en su programa de autoconocimiento, una esencia humana inmutable y eterna. Halló el denominador común, proteico, capaz de revelarse, siendo uno, en infinidad de formas. No postula la Moral en sí y para sí, de credo y apostólica, sino naturalista, en la sociedad y para ella. El estudio de sí mismo lo llevó al estudio del nosotros y de lo otro, tal como el cantarse a sí mismo de Whitman lo llevó a cantar al “average man”, y a un nosotros infinito.
El Diario conocido de Hostos se inicia en el 1866 y se prolonga hasta el 1878. Hostos dice que lo inició en el 1858. De ser así, utilizó la terapia del sondeo durante 20 años. En el 78 terminó la Guerra de los Diez Años en Cuba, y Hostos contrae matrimonio. Lo curioso es que retorna al diario veinte años más tarde, en el 1898, cuando abandona Chile para tratar de intervenir a favor de Puerto Rico a propósito de la guerra de España con Estados Unidos. Es que el drama patrio lo desborda. Se sentía impelido otra vez por la pretensión ciclópea de “forjar a martillazos la nueva sociedad”. Luego, tras la deflagración, seguirá escribiendo el diario con intermitencias, entre ahogos y agobios, hasta su muerte.
Las metas álgidas del fundamento moral en Hostos se atrincheran en esa libertad imprescindible  que rinde “la libertad infalible del deber”. Las fuerzas del desarrollo natural dependen del valor primario de la libertad puesto que sin ella son irrealizables. Para Hostos “la Libertad es un modo indispensable de vivir”, escribe en el “Programa de los Independientes” en 1876.  Si es así, entonces la meta no es un para sí, puesto que no puede existir un ser libre sino en relación con los otros. Por eso hay que reconocer el derecho a la libertad personal ajena. Al ponderar en la idea de su desvelo, Hostos desdeña los ecos hueros de los que miran con gríngolas europeizantes las consignas desvaídas de la Revolución Francesa para redefinir la libertad en el contexto de un pensamiento propio y libre: enseñar a pensar, no solo “a la América” o “al Continente”, sino enseñar a pensar, planetaria y sencillamente.
Cuando Hostos emprende el análisis del Hamlet, según su biógrafo Juan Bosch, Hostos ve en el protagonista de Shakespeare un alter ego, es decir, que puede comparar la angustia del personaje con la propia angustia que vive a propósito de su conflictiva relación con su amor peruano, vale decir, Candorina.[17]  El conflicto entre el amor y su deber con la libertad de las Antillas, es, dice Bosch, “la razón del Hamlet”. Por el camino que abre ante sus ojos el análisis del Hamlet, es decir, de él mismo, Hostos desembocó en su pedagogía y, también, en la revolución política que fragua. “Vamos a asistir a una revolución”, dice la primera línea de su Hamlet.[18] Y casi acto seguido, citando de la propia tragedia, añade: “Que la naturaleza al desarrollarse no se desarrolla solamente en músculos y en órganos; sino que (…) crecen también las funciones de la mente y del espíritu”. Hostos le ha añadido a la tragedia moral de la obra de Shakespeare una nueva dimensión, política. Anverso y reverso de una misma moneda.
Así pudo Francisco Manrique Cabrera recoger estas palabras de Víctor Massuh:

“Verdaderamente, pocas veces una revolución se concibió en términos de tan audaz aventura creadora. Pocas veces hombre alguno pensó que el proceso de una transfiguración espiritual abarcaría tales latitudes humanas. Pero Hostos lo sentía así. La revolución que antes concibió en términos políticos y circunscripta al pequeño escenario de las Antillas ahora crece dentro de sí con estas dimensiones dramáticas. Pero las páginas sobre Hamlet no solo revelan a un Hostos convencido ya de que en América toda revolución política tiene que convertirse en revolución interior para ser verdadera…” (60)
Luego, revolución política y revolución moral individual se dan la mano pues están dirigidas ambas a la transformación de una sociedad en la que no bastan cambiar radicalmente las estructuras materiales y jurídicas, sino que, además, requiere de la transformación subjetiva de las condiciones morales. Ambas revoluciones, la material y la moral, se equilibran en la muy compleja concepción de Hostos.
Formuladas inicialmente en 1866 en el “Diario”, y reexaminadas varias veces antes de publicarlas en 1872 en Chile, las sentencias que llamó “Estímulos” y “Palabras”,[19] se centran en la idea de que la voluntad, que pertenece al ámbito personal del sujeto, es todo. “Tengo que ser hombre en el mundo y para ello necesito voluntad”, dice. “Cumple con todos tus deberes y gozarás de todos tus derechos”, añade. “Para saber qué es Justicia déjate perseguir por la injusticia.” “Si quieres ser hombre completo, pon todas las energías de tu alma en todos los actos de tu vida.” “La vida es el cumplimiento de un deber.” Para Hostos las pasiones son el idioma común entre los seres humanos. Cuando se desenfrenan como un caballo fogoso, exigen tal esfuerzo a la razón enfrenadora que nos dejan postrados.
La Moral fue, es, el producto más depurado del ejercicio de autoconocimiento empleado por Hostos. Aplicado a sí mismo como remedio y terapia, la formuló como principio para todos y todo, incluidas la justicia y la libertad: un hombre nuevo para una sociedad nueva. El propio Bolívar, a quien Hostos consideró Maestro, dedicó a este asunto parte su esfuerzo. Incluso dictó la creación en el Estado político, de un “Poder Moral” dirigido a calificar la actuación de los miembros del gobierno y de sus impresos, y a constituir un sistema de educación pública. En cuanto a Hostos, este es uno de sus sumarios de su propio proceso:

“En un principio, fue idea de ventura, y me engañó. Idea de gloria fue después, y me cansó. Más tarde fue idea de poder, y me enfermó. Llegó un día en que se hizo idea de ciencia, y me animó. Se hizo idea del deber, y me calmé. ¿Han muerto esas ideas que han pasado? Todas viven armónicamente en la idea suprema de ser hombre, de cumplir con el deber de conocerme y conocerlo todo, de poder todo el bien que sea posible, de inmortalizar mi existencia en el deber, de ser venturoso en el deber.”[20]
La parte que conocemos como su “Moral Social Objetiva” culmina su Tratado de Moral. En ella, Hostos vincula los diferentes escenarios de liberación social con agentes, a su juicio paradigmáticos, que los representan. Por ejemplo, Benjamín Franklyn (Deber del Trabajo), Bolívar (Patriotismo), Sócrates, (Patriotismo), Bartolomé de las Casas (Filantropía). Diecinueve “Deberes” estatuidos para sí mismo, luego, también para todos. Su realización requiere de un esfuerzo que por regla puede considerarse prácticamente sobrehumano. Eso de por sí bastaría para constituir la base de un mito, si es que se hallase que Hostos fue incapaz de cumplir ese cometido. Los deberes, agrupados en cuatro categorías, son los siguientes.
De necesidad: Trabajo; Fomento; Patriotismo; Confraternidad; y Derechos Humanos.
De Gratitud: Obediencia; Sumisión; Adhesión; y Acatamiento de ley.
De Utilidad: Filantropía; Sacrificio; Cooperación; Unión; Abnegación; y Cosmopolitismo.
De Derecho: Educación Doméstica; Educación Fundamental; Educación. Profesional;
Deber de Civilización.
Conforme a ello, Hostos formuló en sus proyectos educativos rumbos rara vez contemplados en los currículos. Por ejemplo: la educación de la voluntad; la educación de “la sensibilidad afectiva” y psíquica dirigida a conducir y afinar los afectos, y apreciar lo bello, el gusto y el placer estético; la educación contra el crimen; la educación contra “las malas costumbres” como el vicio del ocio; la enseñanza física y cívica; la sociabilidad; la disciplina y la organización a través de la enseñanza militar, y como vía al despertar del derecho y del patriotismo; enseñar a trabajar; enseñar la tolerancia; enseñar el respeto a la vida; enseñar la independencia de la conducta personal en la devoción del derecho colectivo.[21]
Las luchas de Hostos no se redujeron ni a la lucha contra sus pasiones ni contra el despotismo español y todo otro despotismo, sino también, en el 1898, contra la ocupación tiránica de Puerto Rico por Estados Unidos en la guerra que tuvo contra España. Hostos denunció que Puerto Rico no fuera tratado como pueblo libre sino como una propiedad, un botín de guerra, como hacían los piratas. Dice la ley de su Congreso que Puerto Rico no es parte de Estados Unidos, sino que “pertenece”, es propiedad de Estados Unidos. Para Hostos, que lo denunció ante su Congreso, ante la prensa internacional y cara a cara contra su mismo presidente, Estados Unidos violó con la ocupación de Puerto Rico su propia ley fundamental, violó su Constitución, que le prohíbe tener colonias, porque esa constitución declara la necesidad ineludible de consultar plebiscitariamente al pueblo de Puerto Rico; declara esa Constitución la libertad y los Derechos Civiles, y obliga a que el gobierno esté sujeto a la soberanía del pueblo. No obstante, la voluntad del pueblo de Puerto Rico es, ante la Ley Foraker aprobada por el Congreso en 1900, peso muerto, inútil, inerte, en la política de Estados Unidos. Desde 1898 hasta el día de hoy. Durante más de un siglo, de los 20 que han sido desde Jesucristo, nunca hemos sido consultados.
De todo lo anterior, finalmente, se desprende el carácter de los valores universales, y se revela cómo el autoconocimiento nos conduce inevitablemente a la moral social. Descubrimos una verdad fundamental: no soy, somos. El autoconocimiento desemboca en el conocimiento de los otros; el deber para con nosotros mismos, desemboca inexorablemente en el deber para con los demás. En el Génesis bíblico, Caín dio muerte a Abel. Cuando Yavé lo reprocha, Caín le responde: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” La ira del dios del Génesis le respondió que sí, que Caín era responsable de su hermano. Somos responsables, cada uno, de los otros. Y esa moral, sea la bíblica o la moral de Hostos, actúa aún, en el siglo que vivimos, y actuará siempre, porque los seres humanos solo podemos existir como miembros de una comunidad. Por eso la comunidad es más importante que cada uno de nosotros.
El cumplimiento de los deberes y el ejercicio de los derechos son los fundamentos de la libertad. Esa meta alcanzada y seguramente no prevista en su juventud es, además, fundamento inesperado de revoluciones sociales, no capitalistas, que actuaron a fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Y que actúan, aún, en el siglo que vivimos. Esa moral no puede perecer y no perecerá.

Marcos Reyes Dávila 

Publicado en 80 GRADOS, el 24 de abril de 2020.
https://www.80grados.net/hostos-y-el-autoconocimiento-como-proceso-de-liberacion/

*(Recomposición de nuestra exposición presentada en Mayagüez, el 14 de junio de 2019, como parte del Seminario de Pensamiento Crítico 2019, dirigido por Ángel Villarini.)

NOTAS
___________________
[1] Rufino Blanco Fombona: “Eugenio María de Hostos (1839-1903)”. En, América y Hostos. La Habana, Cultural, S. A., 1939, p. 104. En el mismo volumen, Mauricio Magdalena expresa la misma idea de esta forma: “enseñar a pensar al Continente”, p. 225.
[2] José Emilio González: Vivir a Hostos. San Juan, P. R., Comité Pro Celebración del Centenario de Eugenio María de Hostos, 1989, p. 59.
[3] Francisco Manrique Cabrera: Hostos. Ensayos. Puerto Rico, Fundación F. Manrique Cabrera, 1991, p. 92 y p.82.
[4] José Emilio González, Op. cit., p. 66.
[5] Ibid., p. 71
[6] Eugenio M. de Hostos Ofrendas a su memoria. Santo Domingo, 1904.
[7] No abordamos este tema con las pretensiones de la Psicología, ni de la Filosofía, aunque sea necesario rozar esos instrumentos. No tratamos tampoco de incurrir en una teoría de la alienación. Intentamos tan solo comentar el tema a partir de las ideas que se plantea el propio Hostos.
[8]  Véase sobre este asunto las memorias de su padre. Eugenio de Hostos Rodríguez: Memoria descifrada. Transcripción y edición crítica de Margarita Maldonado Colón. San Juan, P. R., Los Libros de la Iguana, 2013.
[9] Julio Nombela: Impresiones y recuerdos. Madrid: Casa Editorial “La última moda”,  1910, t. 2, pp.338-340.
[10]  EMH: OCEDC, “La peregrinación de Bayoán”, I.I, p. 75.
[11] Ambas novelas están publicadas en la edición crítica del Instituto de Estudios Hostosianos de sus Obras completas, publicadas por la Universidad de Puerto Rico, esta última en el tomo I.IV., y la anterior en el tomo I.I.
[12] Carlos Rojas Osorio, Hostos, apreciación filosófica. Colegio Universitario de Humacao e Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1988, p. 77.
[13] EMH: “Diario”, Obras completas. San Juan, P.R., Editorial Coquí, 1969, tomo I.I, p. 117.
[14] EMH, “Diario”, Op. cit., pp. 120-121.
[15] EMH: “Tratado de Moral”. En, Obras completas, San Juan, P. R., Editorial Coquí, 1969, p. 172.
[16] EMH: “Diario”, Op. cit., p. 194-195.
[17] Juan Bosch: Mujeres en la vida de Hostos. San Juan, P.R., Editorial Marién, 1988, p. 48.
[18] “Hamlet”, en OCEC, Crítica, I.III, págs. 255-257.
[19] EMH: “Hombres e ideas”, Obras completas, Op. cit., t. XIV, pp. 289-304.
[20]  Ibid., p. 303.
[21]  EMH: OC69, “Forjando el porvenir americano”, XIII.II, pp. 222-262.

Hostos y la masonería


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Hostos 
y la masonería




Probablemente muchos conocedores de la figura histórica de Eugenio María de Hostos habrán oído que era masón. Así se ha sugerido o afirmado públicamente desde hace más de un siglo. 


En la Revista Exégesis (UPR-Humacao, núm. 7, pp. 3-7) publicamos en 1989 un manuscrito inédito de Hostos titulado “Si la masonería influye en la familia”. Con total certidumbre Nelson W. Canals, por ejemplo, afirma la afiliación de Hostos a la comunidad masónica en la revista, masónica, Entre columnas (Año 24, núm. 3, de agosto de 1989, pp. 3-5). Acto seguido, Canals reproduce la primera de dos partes del documento. Sin embargo, es en la segunda parte que Hostos responde la pregunta formulada en el título.


Este trabajo no es un análisis exhaustivo del documento, sino una hojeada a un tema muy poco estudiado por el carácter privado, reservado, de la institución masónica.


Estipulemos primero, que grandes figuras de la historia occidental fueron masónicas, como George Washington y Bolívar, Martí y Betances, Mozart, Winston Churchil, Bakunin, Goethe, Beethoven, Napoleón, Céspedes, una lista muy larga. De modo que no puede extrañar que Hostos también lo fuera, como muchos de los líderes liberales españoles, incluso jefes de gobierno, que fueron sus compañeros de lucha antimonárquica en su época española, como Ruiz Zorrilla, Cánovas, Juan Prim, Mateo Sagasta.


En cuanto a Hostos, ciertamente luce así a primera vista. En 1874, por ejemplo, Hostos le pregunta a Bonicio Tió Segarra si acaso lo es, empleando el símbolo gráfico de los tres puntos en forma de triángulo. La logia masónica Fiat Lux de Coamo envió a los deudos de Hostos en 1903 una nota de duelo publicada en Hostos: Ofrendas a su memoria de 1904.


El Instituto de Estudios Hostosianos halló el mencionado manuscrito de Hostos, inédito e incompleto, titulado “Si la masonería influye en la familia." Al comenzar a leer el texto reconocemos muy pronto que se trata en efecto, por sus ideas y por la manera de desarrollar y analizar el tema, de un texto escrito por Hostos. Inicialmente nos viene a la cabeza la idea de que se trate de un texto primerizo de su obra porque contiene muchas alusiones a motivos religiosos que no solo fueron no son habituales en sus obras completas, sino que son contrarios a su composición de la realidad. Es un texto que se parece más, de entrada, a algunos de los primeros artículos del que hemos llamado joven Hostos, publicados en 1865, y a algunas páginas de sus primeros diarios.

No obstante, la composición conceptual, de ideas y argumentación desmienten la apreciación inicial. Entonces brotó en nosotros cierto desconcierto. El título sugiere que se escribió en respuesta a una interrogante que le fuera planteada por otro, en ese caso, un dominicano, y acaso alguna controversia. La referencia a “nuestra pobre sociedad dominicana” induce a convencer que el texto fuera escrito en alguna de sus estadías en la república dominicana, esto es, a mediados de los setenta, muy poco probable, o la década de los ochenta, o acaso en sus últimos años, pero nada es concluyente. Es un hecho, en cambio, que en 1892, en Chile, Hostos publica una serie de artículos, agrupados con el título, “Quisqueya, su sociedad y algunos de sus hijos” (Obras completas, “La cuna de América, tomo X, pp. 167-244), en los que apunta a la “enseñanza práctica de la fraternidad”, y “la sana influencia que la masonería ha ejercido y ejerce en aquella sociedad”. 



Mas, regresando al manuscrito que comentamos, Hostos repasa primero, con juicio crítico, la historia de la institución masónica, su orígenes y raíces, sus influencias, sus convergencias, sus objetivos y sus beneficios. Destaca el carácter arraigado, hondo en el tiempo, semejante al rito brahamánico y el símbolo cristiano, convergente con las religiones “positivas”, desde Zoroastro, Confucio, los Levitas de Judá, Lamas del Tibet, Delfos, Sócrates, Jesús, el estoicismo, el misticismo y otras doctrinas. Añade también, por ejemplo, al fanático, Esparta y Corinto, y desde Saint-Simon y Owen, por hallarse también “instituido” en las utopías socialistas. (Llama la atención que no mencione a Krause.)


El asunto a plantear lo encarrila en dos vías: si podría influir, y si en efecto influye. Al hablar de “familia” Hostos no se refiere a la unidad familiar básica, sino a la “familia humana”. El principio fundamental de la masonería, explica, es la hermandad, el vivir asociados para el bien de todos, la caridad y la confraternidad. Es, dice, una religión sin altares ni libros sagrados, pero sí una religión o “sacerdocio de los buenos”. Inconmovible, pero vacilante. Por la interacción entre estos dos últimos adjetivos encamina su exégesis. Así, concluye que, aunque sea efectiva, indisoluble, y resista “como eterna”, basada en el principio original de la moralidad humana, para Hostos la masonería trabaja poco, satisfecha de sí, y reducida “fórmulas rituales”. En una reveladora nota marginal, Hostos explica lo que entiende como el “doctrinarismo levítico” que la masonería padece: “ritualismo y sujeción servil a la letra de la ley o doctrina”.


La masonería, arguye, ha debido adherir su organismo al “principio del progreso”. Lejos de la satisfacción y la inercia de toda complacencia, las necesidades de la comunidad humana demandan a su juicio reparación y sacrificio. De modo que, aunque la masonería hermane la familia y prevalezca en ella la intención del bien, “no tiene derecho a dar frutos cualesquiera”. Es entonces que, para nosotros, se revela en el manuscrito, con suficiente transparencia, el Hostos revolucionario que conocemos.


Hostos afirma que la masonería ha sido “irresponsable” al no progresar, cito:


 “… en el sentimiento de una unidad fundamental del ser humano, en la organización del trabajo sin la esclavitud, en la constitución de las sociedades sin despotismo, en el aumento de nociones de verdad, en el ascendiente progresivo de las nociones de moral, en la unión material de los pueblos por medio de las aplicaciones de la ciencia a las necesidades comerciales e industriales, y en la unión moral e intelectual que resulta necesariamente de la mayor comunicación y del mejor conocimiento de la unidad sicológica y geográfica de los habitantes del planeta”.


La condición de texto incompleto de este trabajo no desvía, sin embargo, al lector, de asir la tesis fundamental, perfectamente acorde con las formuladas en “El Tratado de Moral”, aunque en el mismo no se mencione nunca la masonería. No obstante, Hostos formula en el mismo, cierto es, muchas de las premisas y doctrinas de la masonería, pero, sin embargo, no lo hace como tales. Hallamos solo coincidencias dentro de un sistema independiente, muy suyo, producido por elementos ajenos a masonería, puesto que son el producto de un proceso sistemático estructurado por los vectores de su razón.


Ya había Hostos observado y denunciado en múltiples ocasiones el desfase, en numerosos países, entre el desarrollo económico y la moral que ha debido organizarla. En sus luchas por la libertad de las Antillas, en y con España primero, Hostos tuvo que enfrentar y romper con los líderes masones que traicionaron la libertad de las Antillas. Otro tanto debió ocurrir en los viajes por Nuestra América, pues tuvieron que desencantarlo encontrar en sus hermanos masones esa confraternidad individual, pero junto a ella, la ausencia de compromiso ante la angustia vivida por Cuba durante la Guerra de los Diez Años. En Argentina, por ejemplo, durante la presidencia de Sarmiento, tuvo que soportar que se dijera que no podían apoyar la causa cubana porque Argentina tenía con La Habana colonial un comercio de tasajo muy fuerte. 

Hostos vio y vivió muy de cerca que la colonia había sobrevivido en los países ganados a una independencia formal, pero no cierta. Su vida toda estuvo dirigida hacia las metas enumeradas en la cita anterior. Mucho más allá de reducirse a ritos formales, estaba la necesidad de organizar el trabajo sin esclavitud, constituir las sociedades democráticas, sin despotismo, aumentar las nociones de verdad científica, el ascendiente progresivo de las nociones de moral dirigidas a la libertad de individuos y pueblos, la unión material de los pueblos por medio de las necesidades comerciales e industriales, y la unión moral e intelectual que resulta necesariamente de la mayor comunicación y del mejor conocimiento de la unidad sicológica y geográfica de los habitantes del planeta, más allá de las fronteras.


Con certidumbre podemos afirmar que Hostos fue masón, pero la altísima complejidad y plenitud de sus aspiraciones y agendas lo mantuvo distante, en nuestra opinión, de la doctrina ortodoxa de las instituciones masónicas. Nada en Hostos es simple, pero siempre podemos hallarlo en el cauce de la revolución por la libertad.

Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas! 

Publicadso en 80 GRADOS el 10 de julio de 2020:
https://www.80grados.net/hostos-y-la-masoneria/

sábado, 15 de febrero de 2020

Conferencia a dictar disponible

El XII Festival de poesía en Puerto Rico

El Festival de Poesía: “Ya está hecho viejo”




Juan Antonio Corretjer, abril 1980/foto por Ricardo Alcaraz Díaz
A propósito de Juan Antonio Corretjer
De los poetas puertorriqueños todos –a pesar del milagroso tuntún de Palés, a pesar del llanto del Río de Loíza de la idolatrada Julia de Burgos o el canto de la locura de don Paco –, es Juan Antonio Corretjer quien goza, con mayor aceptación, del atributo de “Poeta Nacional”. Y es que la dedicación de un poeta a la lucha patriótica por la vertiente nacionalista de su liga socialista, apenas cedió espacio a otros derroteros, aunque cediera a los consuelos que llamó “pausa para el amor”. Pocos poetas han podido articular de manera tan congruente y fina la lucha política con un decir poético nutrido de franca epifanía.
El milagro de la poesía de Juan Antonio Corretjer no fue propósito pretendido, o buscado: fue un producto, el resultado no premeditado de un quehacer innato, hijo de la vocación y el deber, que husmeaba a diestra y siniestra todo el olor del pueblo adolorido, todo el sabor agridulce del cuerpo palpitante de la patria-pueblo, de la madre-patria. Su poesía se remontó a los orígenes precolombinos; rastreó el desarrollo y las raíces que transfiguraron la patria que nació sin saberlo ni sospecharlo del trabajo mismo, y que, gracias al trabajo, nacerá un día libre; honró los heroísmos que parieron con dolor, valor y sacrificio la lucha permanente por la libertad; dio vida a las utopías, a los desembarcos luminosos de una profecía que a su juicio es ya herencia cierta, hija del tiempo bolívar que nunca acaba.
La “Alabanza en la torre de Ciales”, particularmente, se sustenta en el homenaje a las fuerzas que crearon la patria, a un pueblo entero representado gloriosamente en figuras sublimes como Eugenio María de Hostos y Betances. Albizu Campos no le pudo ir a la zaga a aquel que fue secretario del Partido Nacionalista albizuista. En Corretjer nos asombramos de la manera tan entrañable, íntima, como le nace del latido de su alma tantas vivencias filigranas de ese vivir colectivo propio, nuestro, visto con los ojos águilas del amor. ¿Qué decir o no decir de esos versos musicalizados que hablan del nombre propio que extrae de las corrientes de río que recorren al país de norte a sur: Inabón Yunes, “libremente decidido”? ¿Qué decir de esa suya “Alabanza” a todos los hombres y mujeres que trabajaron? Qué decir de ese invencible testimonio de quien jamás fue “humillado, jamás herido ni aplazado”. De ese pitirre que nunca rindió su cantata en la “trampa de hierro” ni en el rencor.
A 112 años de su natalicio, a 35 años de su muerte, éste, que “sería borincano aunque naciera en la luna”, será objeto de un homenaje del Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico (FIPPR), edición del 2020, justo en el mes de marzo que lo viera nacer. Caído como un clavel en la cesta de homenajes del FIPPR (este año del 21 al 27) que año tras año honra a grandes poetas puertorriqueños como Julia de Burgos, Francisco Matos Paoli, Luis Lloréns Torres, José de Diego, Clara Lair, Luis Palés Matos –y otros como el grupo Guajana– la poesía de Corretjer irá libremente de la mano de los poetas invitados del FIPPR por todo Puerto Rico, como lo hace cada año.
Porque la poesía debe recoger el alma del pueblo en que nacemos, el lema o motivo que yo seleccionara este año, como lo fue aquel “Levántate!, ¡revuélvete!, ¡resiste!” que se utilizó de manera tan oportuna cuando se homenajeó a José de Diego, justo después del azote atroz del huracán María, fuera, en esta oportunidad, “¡Tu herencia es el paraíso!” Más que “¡Alabanza!”, que contiene un mensaje que, fuera de contexto, carece de su significado; o “Aunque naciera en la luna”, que bien acoge el que quizás sea el verso más conocido de don Juan. Pero, “¡Tú herencia es el Paraíso!”, pone sobre el tapete un mensaje de esperanza, de dignidad y orgullo propios, y de una determinación que bien podría acompañar estos días de pánico sísmico y estos tiempos de indignación. Mas, sea cual sea el motivo que elija el Comité Organizador del FIPPR, la mera oferta de Juan Antonio Corretjer, en estos días de oscura incertidumbre y hambre de escarmientos, es de por sí un formidable acierto. De una u otra manera el FIPPR podrá decirle al país que, por nuestra parte, el trabajo: “Ya está hecho viejo”. La poesía no canta en vano.

jueves, 13 de febrero de 2020

La piedra derrotada




LA PIEDRA DERROTADA

            Mamá Sarah dice Miguel
               yo te quería


La memoria tiene piel
cuando alozana.

Inmune a las arrugas
Sarah dice Miguel,
yo te quería.
La siesta ha sido larga.
Y me disculpo si hasta puedo,
que veces hasta la hora se ahoritita.
Pero siempre afloran mulliditos los recuerdos
y el jardín nos llama
apalabrado de hojas y verdes enterezas.
Ni allí ni a tu allá
se esconde esa luz sin calendario
que ni tiene sombra
y se desliza sobre todo sin vergüenza.
Como el agua.
Que nada puede con la fuerza de tus manos.
Que te dije hola por error y sin quererlo
porque llegas que aquí estabas
bailando sentada y desgranando
tu presencia de páramo
abierto de ventanas.
Me olvidé
de que ni aun la piedra te acalla
ni te puede.
Que no hay antes.
Ni se puede desalojar la luz de la noche
ni mañana.

......

Pero a veces el tiempo se retarda.
Y enmudecido
parece que el cariño se aorilla de rodilla,
que el esternón se toma el aire muy en serio
como los ahogos de una vela.
A veces el tiempo se borra
o se desvela sin herida.
A veces la memoria se hace piedra
y sin embargo se humedece.
A veces se pone triste el café
oscuro y tierno,
y espera inútilmente frío
tus labios sin tormenta.
A veces se va,
se acorta,
se quiebra lo que miro.
A veces el celaje se instala
como la pedrada ingrata del vacío.
A veces no sé de dónde viene.
No sé cómo se aroman las orquídeas.
No sé cómo pasa lo que pasa
ni cómo se posa tan leve
sobre el cariño sobre el día.
A veces se viene como de golpe.
Como se desgrana hasta la gana.
A veces se inflama
de flama azul esa nostalgia.
A veces no puedo lo que quiere.
A veces se me desnuda letra a letra
y el nombre no esconde ni enmudece.
A veces detrás está la puerta
y se esconde lo que asoma.
Y estás mirando otra vez
con regocijo,
con ese amor saturado
de inútiles adioses,
dulcemente preso de su muelle.
Ese amor sin tránsito,
el que abriga la luz
cuando todo se me brota,
cuando el pajarito le dice a mi sorpresa
que aquí estás mirando detrás de los minutos,
que siempre la unción fruta en cada mano,
que siempre tibia suave,
como queriendo la caricia descampada.
Esa primera,
esa primera que no acaba
sin temor a la piedra derrotada.
Esa primera,
y esta,
invencible y sin descanso.


Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!
 

sábado, 8 de febrero de 2020

El colorido espacio del vitral




El colorido espacio del vitral                                           “... lo que es
                        un astro hecho de dos”.
                                                          JRJ

 

No es vitral de asilo ni dispensas.

No es un simple jardín
de luces recluidas o de fiestas.
Es este vitral del que te hablaba.
Es esta morada
donde teñimos regocijo en los ajuares
de interminables reencuentros.
Yo voy y tú vienes.
Yo giro y tú giras.
Y siempre saludando enhorabuenas,
y qué tal, ¡oye!,
y cómo se chocan,
seguiditas,
nuestras copas.

A veces somos hojas
que se cruzan descalzas
sobre un tapiz de colores.
A veces un pie 
siembra verdes saludos breves
que remedan los huecos de las huellas.
A veces
los caminos convidados
parecen que se orbitan.
Que se instalan,
siempre encontradizos.
Que se revuelven y comparten,
tonos infinitos de abalorios.
Tonos que configuran
en el atril de vitrales deslumbrados
las señales del cielo
y el nombre de tu estrella.

Y todo se da más dulce
o complacido,
diluido o más fuerte,
transformado.
Todas las hojas de las horas
se alojan
entrevistando azules,
galopando rojos
cegados en los herrajes amarillos
de este vitral
que respira entre los dos.

En un vivo vitral juntos vivimos.
¡Qué azul este anochecido sueño!
Qué roja esta sangre alborotada!
Qué amarillo el de este asombro y su centella!
Amapola de una sincronía
que cantara en el loor de sus colores
el complacido alborozo alborotado
de ocupar un mismo espacio
como un astro hecho de dos.


*****

Y dices que el amarillo no te conviene.
Pero te desvergüenzas oro en quien te mira.
Dices que cuando vuelas cardenalicia
el azul te mira el sueño.
Que en el violeta te desvaneces.
Que el verde te sienta cuando estás serena
y cuando estás alegre.
Que el rojo se hace alfombra en tu camino
si me miras.
Todos los colores se abren en ti.
Palpitas luz, y llueves colorida.
En tu mirada
aun la sombra se hace ascua.


......

Cuando subías la escalera
en medio de la floresta de duraznos
al resguardado aposento del poeta
de pronto me mirabas hacia atrás,
y la luz abría las alas de su cuerpo sobre ti,    
lloviendo,
como las cromáticas plumas de un vitral.


MRD


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