sábado, 26 de octubre de 2013

Bayoán y la República Dominicana



Bayoán 
     y la República Dominicana: 
las armas detrás de la antillanidad

                                             "Bayoán no fue español", Hostos

   
Ante la fantasiosa tesis propuesta por Argimiro Ruano de un joven Hostos

definido como “español”, tesis repetida por otros ensayistas y críticos, ha venido a mi mente una nueva lectura de La peregrinación de Bayoán, lectura que si bien, por una parte, no descubre el Orinoco, por otra si pone un énfasis especial en un detalle que a mi juicio tiene una importancia mucho mayor a la acotada hasta ahora. Esta lectura es la siguiente.

La novela de Hostos se escribe y publica en el 1863. Y si bien su génesis se ha vinculado correctamente con la concepción de una identidad nacional antillana, de frente a España, germen embrionario de su queridísima confederación de las Antillas por la que abogará toda su vida como una solución a la debilidad política, social y económica de sus islas, amenazadas, por otra parte, y además, por los poderes imperiales europeos y el naciente poder estadounidense, otras líneas interpretativas segundan la importancia de un hecho que estimo de la mayor importancia.

En ese año se inicia la lucha contra la restauración del dominio colonial español sobre la República Dominicana, entregada en bandeja de plata a España en el 1861. ¿Cómo es posible que este hecho, de la mayor importancia, haya pasado casi como nota al calce, marginal, en el análisis de una novela concebida en términos indigenistas, llena de amor por las islas y su pasado taíno, llena de alusiones a su conquista, colonización y dominio por parte de España, insistentemente cuestionado y criticado por abusivo e inmoral? Bosch apenas señala la presencia de una familia dominicana en  el viaje que según él, Hostos, concibe la confederación antillana y la peregrinación de Bayoán.

Al publicarse en Madrid esta novela sobre las Antillas, a fines de 1863, Madrid vivía una guerra que retaba su restaurado dominio sobre la isla Española, y ese hecho tenía que pesar en el ánimo de cualquier lector español del momento. Hostos lo sabía muy bien, pues un cuñado, esposo de su hermana Engracia, teniente español, fue enviado a combatir en esa guerra acompañado de esta y de alguna otra hermana de los Hostos. Además,  de seguro conocía el aprieto en el que se metió Daniel de Rivera al publicar en el 1854 su poema dedicado a “Agueybaná el bravo”, y no obstante, en la novela se refiere repetidamente a él. Hostos se las arregla para elogiar una y otra vez a los caciques que defendieron la isla contra el dominio español, lo que es un modo metafórico de elogiar a los duartes y luperones que luchaban, justo en ese momento, contra el dominio español. No hay otra lectura posible.

De cualquier manera, esta lectura refuerza el carácter revolucionario que le hemos atribuido siempre a la novela de Hostos en cuanto afirmadora de una nacionalidad independiente de España, en cuanto afirmadora de las ideas liberales –revolucionarias– que gestó la revolución francesa contra las monarquías y las aristocracias, en cuanto a un compromiso radical –hasta las armas de Luperón y Duarte– con la causa de la libertad para el pueblo de las Antillas. Por ello es personaje en la novela Guarionex, cacique mayor de la Española que combatió a los conquistadores, y Bayoán, el protagonista, cacique de Borikén (hoy Puerto Rico) que descubrió que los españoles no eran dioses y podían morir en la batalla.

Por eso puede Hostos responder a quien pretende anteponerle a Bayoán el título de “Don”, lo siguiente: “Bayoán no tuvo Don porque no fue español”. Y ya sabemos que este Bayoán es Hostos.




Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!



martes, 22 de octubre de 2013

Julia de Burgos y Pedro Mir

Tomado de El Listín Diario, Rep. Dominicana, 21 de septiembre de 2013.


Julia de Burgos y Pedro Mir



Por Mateo Morrison
msacalidadycultura@yahoo.es
 
En el inmenso poema Espacio, Juan Ramón Jiménez expresa “¿Quién sabe más que yo, quién, qué hombre o que Dios, puede, ha podido, podrá decirme a mí que es vida y mi muerte, que no es?”.

Esto se complejiza al tratarse de poetas; podríamos saber de su nacimiento pero su muerte real no es cuando ocurre su deceso. Si son grandes escritores y dejaron en sus palabras un halo de creatividad excepcional, entonces podría con la muerte física dimensionarse su vida escritural.

El poeta puertorriqueño Marcos Reyes Dávila ha reunido en un texto a Julia de Burgos y a Pedro Mir. Es decir, a Puerto Rico y a República Dominicana a partir de la realidad tangible de que nacieron en 1913 y este año celebramos el centenario de ese hecho, donde nuestra geografía antillana los acogió, quizás con un ardiente sol, una tenue llovizna, un sismo o un huracán, cerca de un río o a orillas del mar.

En la ponencia “A Julia sin lágrimas” de Pedro Mir: del agua y de la piedra, que presentará Dávila en la Semana de la Poesía del 14 al 21 de octubre en República Dominicana o a través de su poesía, demuestra una vez más la inmortalidad de los autores de Río Grande de Loíza y del Contracanto a Walt Whitman.

La poesía de Julia y Pedro estarán una vez más en las calles de nuestro país, con sus palabras llenándonos de luz.

En el hermoso fragmento de la poesía Isla Julia, Marcos Reyes Dávila nos dirá: 

No hay un país en el mundo/como tú/ tan pedacito de alma Oriundo del viento negro/ y la colilla encendida/ eres esa migajita de pan/ relamida en la mesa del mar de las antillas/ Tan quebradiza/ como el cristal / de una ilusión ingrata/ Tan contemplada Una isla-país que apenas nacida / de las aguas/ ya eras fósil de ese coral / que no te olvida/ Algo así como el recuerdo/ de un jardín vedado al beso. (...)

Renacida de tu muerte/persiste la estrella que fulge / Por eso Isla julia/ te bautizo:/albizu seas.

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http://www.listin.com.do/puntos-de-vista/2013/9/20/292986/julia-de-burgos-y-pedro-mir

sábado, 12 de octubre de 2013

Carmelo Delgado Cintrón Vs HOSTOS



Carmelo Delgado Cintrón 
                vs 
                     HOSTOS  
                     
                “El diez de octubre no se discute, se bendice.” Hostos (1876).
                “Hijo, te levantaste muy temprano”. Hostos
                “Tengo de la opinión de los hombres una idea definitiva: jamás es justa” Hostos
                “¿Está bien hecho que haya irreflexivos ingeniosos –“eruditos”, dice en otra                parte– que tengan ingenio
              para sacar partido de una falta de memoria que un crítico pensador se avergonzaría    de señalar?” Hostos

       "Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol." Martí


Carmelo Delgado Cintrón es un ser humano exquisito. Catedrático de la Facultad de Derecho del Recinto de Río Piedras y hostosiano de prolongada trayectoria, fue electo miembro del Comité del Sesquicentenario de Eugenio María de Hostos (1989).

Hace varios meses se comunicó conmigo para anunciarme la inminente publicación de su “Biografía jurídica de Eugenio María de Hostos” (DERECOOP, 2012, 3 vols.), y para preguntarme si tenía inconveniente en que me dedicara el segundo tomo de esa obra junto a Argimiro Ruano, profesor de Humanidades jubilado del RUM, de nacionalidad española, y autor de otra biografía de Hostos, publicada en siete tomos. Le informé que no tenía inconveniente. Sentí una emoción de honor por venir de un estudioso como él, mas quedó  sembrada en mi ánimo alguna sombra inquieta, pues Ruano y este servidor hemos estado enfrentados al menos desde 1992 ó 93 por diversas razones, la más importante, su enigmática fijación con desmitificar el mito biensonante de Hostos. Contra las desmitificaciones no tengo nada, a menos que no estén basadas en un proyecto de destrucción que utilice como arma lecturas y razonamientos torcidos, falacias y mentiras. Sostuvimos, ambos y otros más, algunas controversias que casi olvidé... hasta ahora.

Pienso en Carmelo Delgado y en la dedicatoria, y se me hace difícil decir lo que tengo que decir, pero no tengo modo de eludirlo, pues de otro modo, aunque Delgado haya anotado que las dedicatorias no significan endosos a sus interpretaciones, de algún modo sí lo sugieren. Y además, me resulta muy difícil abstenerme como ex director del Instituto de Estudios Hostosianos, cuando se me cita para probar algo con lo que no concurro del todo y para apoyar interpretaciones que se distancian de las que he expuesto durante cerca de treinta años como producto de un amor ininterrumpido por Hostos. Antes de hacerlo consulté en una conversación de pasillo en UPR-Humacao con colegas que concurrieron conmigo en que la obra de Delgado sigue demasiado a Ruano, es muy reiterativa, y pudo configurarla de una manera mucho menos extensa.

Debo señalar, en primer lugar, que leí los tres tomos de cerca de 650 páginas cada uno (706, 616, y 669) , en dos días apasionados. Delgado ha recopilado una impresionante cantidad de materiales para producir una obra, inopinadamente erudita, que abarca prácticamente toda la producción intelectual de Hostos. (Ruano se limitó fundamentalmente a la época española del que llamo “joven Hostos”.) En efecto, Delgado hace hincapié en los aspectos “jurídicos” de Hostos, que incluyen, particularmente, la labor política de su juventud, la obra académica y docente del catedrático constitucional y las luchas que libró a su regreso a Puerto Rico en el 1898. Hay en la obra muchos aspectos novedosos, o vistos, antes, muy a la ligera. Estudia y compara la tesis de Pedreira con su famosa biografía de Hostos, el legado de Hostos y las controversias suscitadas después de su muerte y durante el centenario de 1939. Delgado anuncia desde el principio que su propósito principal es corregir errores que se repiten en las biografías y estudios sobre Hostos, errores que se basan en afirmaciones antiguas, nunca corroboradas, de Pedreira, por ejemplo, o de la propia familia de Hostos.

Pero el texto de Delgado muestra serios defectos. Uno de diseño: la obra es muy reiterativa. Delgado vuelve, una y otra vez sobre asuntos ya tratados. Ello convierte la obra, por otra parte, en un laberinto muy confuso. Es además muy extensa y prolija.

Por otra parte, Delgado asimila demasiado extensamente el discurso de Ruano. Aunque anuncie de un modo distinto su propósito, no desmitificar, sino corregir, el discurso de Delgado incurre excesivamente en impugnaciones del testimonio de Hostos violando principios del análisis crítico y del análisis del historiador, pues salta el espacio del hecho para incurrir en la franca especulación. En la práctica, Delgado dice que el mayor moralista de la historia latinoamericana miente una y otra vez; que algunos de sus grandes atributos no existieron, o son falsificaciones. A veces no afirma estas cosas abiertamente. Le basta, por ejemplo, decir que a Hostos se le atribuyen méritos como feminista, pero que en su época fueron feministas una larga lista de personajes que nombra, uno por uno. Su actitud se parece a la del fiscal, y su discurso, ambiguo –pues no deja de incurrir en la franca admiración y el elogio–, es tan argumentativo como expositivo.

Es cierto que quien escribe ha señalado, desde el 1994, que en las obras completas de Hostos la escritura está alterada y editada, enmendada, con pasajes omitidos. Apuramos la tesis de que ello se hizo para suprimir expresiones en las que el espíritu fogoso de Hostos, nada matemático ni frío, podría sonar muy fuerte, pero nunca implicamos que esa edición tuviera el propósito de enmendar el carácter sustantivo de sus ideas ni decir lo que no dijo. Más podemos decir, pues en fechas recientes, al releer textos que leímos hace décadas, como la biografía de Bosch o a Pedreira, hemos tenido la certidumbre de que ambos tuvieron acceso a textos de Hostos que no se publicaron en las obras completas, pues ambos afirman cosas que no recordamos haber leído en sus obras completas. Pero quien habla nunca sería capaz de atribuirle a Juan Bosch, coeditor de esas obras, la intención de tergiversar a Hostos o de hacerlo parecer más próximo y atinado al alegado mito biensonante. No podemos afirmar que se hayan ocultado cartas y discursos, o porciones del diario, como dice Delgado, aunque varias cosas nos sugieren que eso es así. Yo tengo la convicción de que todo debe conocerse, y que ocultar, por el motivo que sea, textos de Hostos es una traición a una figura histórica que es un patrimonio nacional de un valor imponderable.

Lamento el ataque a Julio César López, el hostosiano más capaz y competente que ha existido nunca. Delgado, por ejemplo, le atribuye reproducir, con
carácter oficial en las publicaciones del Instituto de Estudios Hostosianos, una cronología equivocada en las fechas y errada en su contenido (I, 71-77, y otras veces más). Delgado alega que según la cronología en internet del Instituto de Estudios Hostosianos (IEH) y el Instituto de Cultura Puertorriqueña, publicada por una auxiliar de investigación, Hostos, en enero 15 de 1868 rechaza la oferta de ser gobernador de Barcelona “después del triunfo de los republicanos españoles”. No pude constatar eso, pues las páginas referidas parecen no existir ya. Para vergüenza eterna de la Universidad de Puerto Rico, para vergüenza de la comunidad universitaria que lo ha permitido, para vergüenza del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y para vergüenza del gobierno de Puerto Rico, el Instituto de Estudios Hostosianos fue desmantelado y sus haberes repartidos sin guardar registro alguno, según me informan, mucho antes de completar la encomienda de recopilar, editar y publicar una edición crítica de sus obras completas. Pero Delgado sostiene que esa cronología es “similar y exacta” –frase enigmática– a la que usa Julio César López y el IEH, a pesar de que al reproducir lo que dice la de López y la oficial lo que se lee es lo siguiente: “1868 - Realiza esfuerzos a favor de la República española.” En la oficial no aparece el mes y día del 15 de enero, sólo el año. Pero Delgado dedica casi un tomo a refutar esa afirmación de la republicanidad de Hostos en el 68. Según Delgado (siguiendo a Ruano), Hostos se desplaza, con toda celeridad, desde la indiferencia política, al reformismo, al autonomismo luego, luego al republicanismo español federalista, al autonomismo canadiense, a separatista-independentista y, finalmente, al separatismo independentista en la confederación antillana. Todo un ciclón. Hemos escrito muchas veces sobre este tema del carácter revolucionario del republicanismo del joven Hostos (Véase mi libro, Hostos, las luces peregrinas, o los varios ensayos publicados en mi portal www.lasletrasdelfuego.com). En mi opinión, Delgado no comprende bien el fenómeno que paso a resumir.

El texto más antiguo que se conoce de Hostos es la novela, La peregrinación de Bayoán, de 1863. En esa novela hay ya una concepción, embrionaria si se quiere, de la nacionalidad antillana, y por ello, una prefiguración de la confederación antillana.  Ignoro si la restauración del dominio español sobre la República Dominicana (1861-65) jugó algún papel en la concepción y la escritura en sí de esta novela, pero el hecho es coincidente. La novela pone en evidencia las ideas liberales de ese Hostos que coloca a las Antillas con identidad propia frente al poder, históricamente opresor, de la España monárquica. Los artículos de Hostos que comienzan a aparecer sólo después de 1865, hasta donde hasta ahora sabemos, defienden los derechos de las Antillas, las ideas liberales, y la descentralización administrativa y política para España y sus Antillas. Hemos dicho que Hostos busca tanto reparaciones como mayores poderes de soberanía para las Antillas, pues Hostos no cree en la asimilación de las Antillas, es decir, la anexión. Su pensamiento propende siempre a la idea federal. Cuando Hostos escribe sobre Canadá en el 1867 va detrás de libertades políticas que coloquen la colonia “en aptitud de ser pueblo soberano” (España y América –EyA– 314), de “un modo de independencia” (316), “de una nacionalidad separada y distinta” (318), de modo que, tras la confederación, el “débil lazo que una a la colonia y a la Madre Patria” se rompa sin esfuerzo ni dolor (320).

Delgado desarrolla una complicadísima argumentación para tratar de demostrar que la revolución española de septiembre de 1868 no fue una revolución republicana y que el Partido Progresista en el que decía militar Hostos tampoco lo era. No era una revolución republicana aunque hubiera derrocado la monarquía de Isabel II y el proceso desembocara poco después en una República. No era un partido republicano el progresista aunque estuviera constituido por sectores con inclinaciones republicanas. Iris Zavala, que no es poca cosa, Blanco Aguinaga y Julio Rodríguez explican en su Historia social de la literatura española (II, 122-123) que en septiembre estalla la “revolución” antiborbónica, y el 8 de octubre sube al poder Serrano con “medidas típicas de una revolución burguesa liberal”. Y añade que a nivel político esa revolución presentó “contradicciones entre partidarios de la República y de una monarquía no borbónica”. Entonces, ¿por qué Hostos no puede ser republicano en octubre de 1868, si desde el 1865 lo vemos defendiendo que las reformas políticas precedan a las administrativas, pronunciándose en contra de la asimilación –a la metrópoli–  y a favor de “leyes especiales” que atiendan las particularidades de las islas, y rechazando la integración de las Antillas –Cuba y Puerto Rico, las dos–  a las Cortes del Reino para abogar por el establecimiento de asambleas legislativas propias? ¿Por qué no puede ser republicano si escribe entonces en defensa de Cuba en armas –“La insurrección en Cuba”, EyA, 203– y de los revolucionarios de
Lares, incluido el venezolano Manuel Rojas (“Al Gobierno Provisional”, EyA 258, y otro en la 259). ¿Por qué no puede ser republicano si defiende en el 1869 esa forma de gobierno en España justo antes de salir a buscar las armas, y si a Martí, ya entonces separatista, le pareció bueno para reproducirlo en La Habana?

¿Cómo puede hablar Delgadode los artículos de Hostos desde 1863 si no hay ninguno hasta el 65? ¿Cómo puede hablar Delgado de las ideas políticas de Hostos desde 1851 al 69? ¿Qué importancia puede tener que una vez diga que su vida política comenzó en una fecha y otra vez diga que en otra? ¿Por qué regatearle que diga, quizás retóricamente, que fue el primero que protestó las matanzas de San Daniel la noche del 10 de abril de 1865, si ya escribía el 12 y le publicaban el 13 de abril? ¿Cómo saber por qué Moya hizo o dijo, y por qué Sagasta otro tanto, sin leerles las mentes retrospectivamente? ¿Cómo atreverse un crítico, un historiador, un abogado, a especular por qué no hay una carta de Martí a Hostos, pero sí hay artículos escritos y artículos reproducidos por él? ¿Cómo puede nadie atreverse a decir, ni siquiera sugerir, que una figura del calibre de Juan Bosch haya removido cartas ? ¿Cómo afirmar que Hostos, el más grande teórico de la antillanidad, maestro del propio Martí, un hombre que sacrificó con la más admirable abnegación su vida entera por la libertad de Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, sea en el 1898 un independentista “coyuntural” ?

¿Cómo hablar de la admiración ciega de Hostos por Estados Unidos si señala desde el 1870 –¿1874?–  sus tendencias absorbentes e imperialistas, el peligro que representa para Panamá y CentroAmérica y la urgencia de frenar su afán expansivo con la Confederación Antillana, si califica su política como una de “fuerza bruta”, si explica lo que es admirable y lo que es peligroso, si hablando de Estados Unidos señala el carácter corruptor de esa admiración ciega?

Delgado incurre en errores importantes, a mi juicio. En la página 117 del tomo primero cita una carta de Hostos del 29 de febrero de 1868 en la que según Delgado, Hostos “se declara enfáticamente contrario a la independencia de Cuba y Puerto Rico”. Y lo que dice la carta es, "enfáticamente", lo contrario... si se completa la cita. Delgado cita a Hostos diciendo lo siguiente: “La mala fe secundada por el patriotismo ciego, ha dicho que queríamos la independencia de las Islas, es decir, lo contrartio de lo que dice la declaración”. Pero Delgado no cita lo que sigue, punto seguido: “Deseo saber si usted como yo, opina que las Antillas no pueden seguir regidas como lo están; si opina usted como yo, que el régimen actual nos lleva inevitablemente a la anexión; si usted como yo, desea la pronta independencia de Cuba y Puerto Rico; pero de tal modo, que independencia no sea rompimiento de relaciones, sino creación de las que no existen hoy; de las relaciones del afecto y del interés material, moral y etnolólogico” (Epistolario, Edición Crítica, III.I: 26).

Delgado se dejó engañar, ampliamente, por los errores de Ruano. Un párrafo más adelante, Delgado se refiere, en la parte no citada por él, a la “anexión”, y cree, erróneamente, que Hostos habla de Estados Unidos, cuando lo evidente es que habla de la anexión a España, pues lleva años defendiendo a las Antillas de la asimilación a la metrópoli. Es de las relaciones de afecto e interés material de las Antillas con España, que no existían entonces, de lo que habla Hostos. ¿Cómo podría ser Estados Unidos?

Muchas otras novedades hay, “repito”, como hace reiteradamente Delgado en su libro. Es una novedad la información que ofrece el rector Riveros, de la Universidad de Chile, en el 2003, respecto a que a Hostos, el Consejo de Instrucción Pública, le pidió la renuncia al rectorado del liceo. La relación de Riveros hace omisión absoluta de un aspecto ligado a este asunto, y esto es la campaña a favor de Cuba en armas a partir del 1895, campaña que puso en tensión al gobierno por las protestas oficiales del gobierno de España. Delgado trata este asunto, pero aparte. De modo que la extensa relación de Riveros deja en el lector la sensación de que esta petición de renuncia que se le hace a Hostos tiene que ver o con defectos en la certificación de exámenes de dos alumnos (III, 588) o con la insatisfacción de Hostos con la implementación de planes educativos de un grupo de alemanes. Es curioso que los estudios hechos por chilenos como la Dra. Sonia Ruiz no mencionaran o encontraran este dato de la renuncia solicitada. Hasta leer esta información suponíamos que, como se ha dicho en infinidad de ocasiones, la renuncia de Hostos obedeció a la urgencia de estar presente en las Antillas ante la inminente intervención militar de Estados Unidos, e incluso se relata que la esposa de Hostos, se opuso hasta constatar cuánto abrumaba a Hostos esa urgencia. Se decía también que el gobierno intentó retenerlo y que inventó la excusa de comisionarle una investigación en Estados Unidos para hacerlo regresar. Además, se decía que en ningún lugar estuvo tan bien colocado como en Chile, hasta ahora, que se nos dice que nunca se sintió verdaderamente a gusto en el Chile muy cambiado con el que se encontró en esta segunda visita. Es necesario investigar esto más. No obstante, no me parece que deba comprar la tesis de Riveros, no si sabemos que Hostos, en efecto, se puso completamente al servicio de la revolución martiana en Cuba y que esta campaña, que fue más allá de la prensa y los discursos, le causó dificultades con los ministros de gobierno.

Con Hostos, y también lo he señalado, hay que tener cuidado, pues en sus escritos hay voces diversas. A veces escribe como español desde un medio español y para españoles; a veces como antillano y para españoles; a veces como antillano revolucionario para antillanos revolucionario; a veces como antillano o como latinoamericano para otros públicos; y a veces como padre o familia. A veces escribe a nombre de un medio, un medio que es español, y a veces en su carácter personal, como Hostos. En el 1898, por ejemplo,  hay un contraste muy marcado entre lo que se confiesa a sí mismo o escribe a sus correligionarios de ideas, y lo que escribe a sus hijos. Toda persona modifica el discurso dependiendo de la ocasión, del momento, el interlocutor, y eso no significa que se entre en contradicción ni que se mienta en nigún caso. Pero pongo mi nombre detrás de esta afirmación que digo de manera rotunda, como a veces lo hace Hostos: Hostos nunca se sintió ni se pensó español a secas.

Negarle altura es una mezquindad a quien se carteó y se entrevistó con algunas de las figuras políticas más importantes del momento, y publicó en innumerables medios. ¿O negaremos la entrevista con Serrano en las que defendió al venezolano Manuel Rojas y las cartas de Castelar, por ejemplo? Negaremos el protagonismo en Nueva York, 1870, o sus encuentros con Mitre, su amistad con el presidente Pardo de Perú, sus reuniones con Balmaceda, con Luperón, con McKinley? ¿O negaremos la admiración de un testigo privilegiado e irrefutable como José Martí, o los Henríquez Ureña de Dominicana? ¿Por qué sugerir, casi hasta la burla y siguiendo, desde luego, a Ruano, que al ofrecérsele a Hostos cátedras en universidades de Argentina, eso, o fue una ficción suya, o lo descartó por saber que carecía de títulos universitarios, y no por lo que dice entonces, dijo muchas veces antes en otras ocasiones, y también muchas veces después, hasta encontrarse con Belinda, esto es, que no podía atarse por estar
comprometido con la Guerra cubana y las Antillas? (II, 170) ¿No fue, en efecto, eso lo que hizo? ¿No llegó a embarcarse con Aguilera en Nueva York para ir a luchar con las armas a Cuba? ¿Cuál es el propósito de señalarle los zapatos sucios a Hostos? ¿Fue Hostos el gran Maestro de América como dicen tantos, o no lo fue y vamos a señalarle que no terminó la carrera de derecho porque no podía? 

Hay, como señalamos al principio, muchas aportaciones en esta obra inmensa de Delgado. No paso a evaluar todo el material jurídico, contenido principalmente en el segundo tomo, porque como no es esa mi formación sería para mí un trabajo arduo que no puedo emprender en este momento. No coincido con muchas apreciaciones hechas en el tercero, pues creo que la política que sigue Hostos frente a Estados Unidos, y ante el hecho consumado por una potencia frente a la cual no es pensable recurrir a las armas, es una estrategia que él formula, nadie se la impone ni lo amarra. Es decir, Hostos no ve otra opción que recurrir al argumento legal y constitucional, ese Derecho Internacional que entonces sólo existía en su cabeza con una anticipación de un siglo, igual que ocurre con los poderes de la “sociedad civil” que intentó despertar entonces, y que han generado transformaciones importantes en fechas recientes, un siglo después de Hostos. El hecho era que, como decía él, la Constitución NO LE PERMITÍA A EEUU poseer colonias, porque UNA COLONIA ES LA NEGACIÓN DEL PRINCIPIO REPUBLICANO. Otra cosa es que el PODER todo lo decida, y Hostos no ignoraba eso tampoco.  Cuando habla de la conveniencia de “americanizar” a Puerto Rico, esa palabra no significa para él lo que ha venido a significar mucho después. Hostos se refiere a la formación de una sociedad civil y a los modos de vida de una república. Por eso “americanizar” a Puerto Rico le ayudaría a lograr una independencia viable.

Me permito recordar que Hostos cree en las federaciones y las confederaciones como un medio para hacer viable sociedades débiles como las antillanas. Hostos dice explícitamente en el Programa de los Independientes que su preocupación más grande es la construcción de sociedades libres después de la independencia.  De sociedades libres de los lastres coloniales que muestran los países latinoamericanos que estudió sociológicamente en su peregrinación, y que necesitan, en su opinión, de gestar una “segunda independencia”. Y, además, ve esas federaciones y confederaciones, que quiere no sólo para las Antillas, sino para toda la América Latina, como un medio de enfrentar los grandes y peligrosos  poderes del hemisferio, particularmente, Estados Unidos, y también los imperios europeos que la amenazan y la atacan a cada rato. Independizar a Puerto Rico para lanzar al pueblo a una tiranía no está jamás en sus cálculos.

Hostos es un universo inmenso, difícilmente abarcable. Torrencial. La obra de Carmelo Delgado Cintrón, que en cuanto a dedicación es un monumento,  lo demuestra. Lo agrava al citar, a veces por duplicado, textos extensos, demasiado extensos para el lector común. Pero ese universo sólo puede compartirlo con apasionados sinceros, como quien escribe estas líneas, o como quien ha escrito este libro. En esa pasión, Carmelo Delgado, somos hermanos.



Marcos Reyes Dávila

¡Albizu --u Hostos-- seas!

jueves, 3 de octubre de 2013

Las cuerdas del aguacero -Portada

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LAS CUERDAS DEL AGUACERO,
                         como las cuerdas de un arpa


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Las cuerdas del aguacero es una antología de la poesía de Marcos Reyes Dávila publicada en Paraguay en una acción combinada de Servilibros y la Asociación Pistilli-Miranda (2013, 149 páginas) para la Colección Vagabunda (la poesía es la vagabunda, según José Luis Appleyard). El diseño es de Marcela Capra y la obra de la portada del artista plástico paraguayo Juan Pablo Pistilli. La portada, a mi juicio, goza de una gran elegancia gracias a su fondo negro y a que sobre él destaca, como un pequeño planeta que se muestra incompleto, casi como un eclipse --pero que me parece sugiere que No Es La Obra Completa, pues sigo vivo--, la obra plástica de Juan Pablo Pistilli.

A mi juicio, es un bellísimo arte de portada de Juanpi. Me emocionó el buen gusto y los abundantes vínculos de la obra, titulada generosamente --y afectuosamente, según pude comprobarlo por los abrazos y las sonrisas--  por Juanpi igual que el libro, con mi obra propia. 

Un planeta, también visible como una isla, las lunas, los azules de mar y cielo, las cuerdas, los instrumentos de viento, oboes, esas espirales de obsesiones que regresan, se mezclan y se comprometen entre sí, acaracoladas o ciclónicas, y el fondo de un rojizo corazón palpitante, sanguíneo, pura vida.

Una obra de Tufiño, compuesta por numerosas aristas que portaban cada una en su punta con una imagen diferente pintada, se me antojó hace muchos años que se correspondía con las pasiones diversas que pululan en mis versos. Concretaban el mundo de mis múltiples afanes y temas. Mas todo atado, porque converge o porque brota de un solo afán forjado en el fuego combinado de una alquimia invencible: poesía, amor y patria. Esta imagen de Juanpi me va mejor que la Tufiño.

Toda mi vida me esforcé por buscar y transitar por la américa de mis pasiones cuyo origen no puedo explicar, pero que me hacen orbitar, preso de amor, en torno a la América nuestra. Toda mi obra está saturada de referencias que han ido creciendo, referidas a ese mundo entrañable para mí que va desde México a la Patagonia. Ahora, jubilosamente, este libro me hala y me siembra justo en el corazón de ese continente, y justo entre sus arterias vitales del Paraná y el río Paraguay, en la tierra colorada. Allí, las cuerdas de mi aguacero suenan como las cuerdas de sus arpas. 

Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas! 
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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Las cuerdas del aguacero


Las cuerdas
      del aguacero

Salgo en la madrugada de mañana, jueves 26 de septiembre 2013, a Paraguay, a la presentación de un libro que me publican allá, una antología de mi poesía que titulé 
LAS CUERDAS DEL AGUACERO, que quisiera sonaran como las de un arpa paraguaya. 
La imagen de portada la desconozco. 
Para efectos de esta nota acabo de inventarla.





   Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ramón Emeterio BETANCES


En el Aniversario del 
Grito de Lares
(23 de septiembre de 1868)
organizado por 
Ramón Emeterio Betances 
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Portada de Rubén Moreira (1998)




miércoles, 4 de septiembre de 2013

Siria, Grecia: la población prescindible


Lecciones de Siria y de Grecia

La población prescindible
 

Escribo estas líneas el 4 de septiembre, no sé cuántos días antes de que EEUU comience el asesinato en masa en Siria por el que algún día deben ahorcar a Barack Obama. 

Todo el mundo
sabe que el gobierno de Siria NO es el responsable de los ataques con armas químicas. Así lo reveló una periodista de Prensa Asociada tras obtener de los mercenarios-rebeldes la confesión de que fue un accidente provocado por ellos al manejar mal las armas suministradas por los que quieren bombardearlos. Así lo revelaron también los expertos rusos tras descubrir que se trató de un artefacto artesanal fabricado por un grupo rebelde del norte de Siria, “la llamada brigada Bashair Al Nasr”. Hechos, que para quien quiere bombardear y destruir luego a Irán, enemigo de Israel, y destruir el gasoducto que pasará por Siria, no tienen importancia.

Pero también me asombra leer que las potencias financieras del planeta que han puesto de rodillas a Grecia hasta arruinarla, ahora pretenden que Grecia les entregue el patrimonio de la hu
manidad que tuvo su cuna en el mundo helénico. La niña de algún millonario quiere casarse en el Partenón. Hasta ese nivel de indigencia y humillación se ha colocado el pueblo griego que una vez sucumbió luminoso de dignidad en las Termópilas y que bajo Alejandro Magno conquistó un imperio repleto de ciudades esplendorosas.

¡Qué tragedia griega! 

Escribo en un Puerto Rico en ruinas, colonial, progresivamente empobrecido.

Todo esto parecía no tener sentido. Parecía que, intencionalmente, se empobrece al mundo y se destruye un pueblo tras otro. ¿Dónde quedó la noción de progreso, la idea de que a tumbos y con retrocesos,  el mundo adelantaba y progresaba ?? 


Pues esa idea cambió cuando los poderosos descubrieron que NO NECESITAN TANTA GENTE PARA SEGUIR EXPLOTANDO EL PLANETA Y SEGUIR ENRIQUECIÉNDOSE. Ocurre, simplemente, que somos demasiados.

Me sugirió la idea el presidente de Uruguay Pepe Mujica, cuando señaló en un
discurso que pronunció en la Conferencia de Naciones Unidas por el Desarrollo Sustentable en Río, que nuestra idea de progreso No Podía Descansar En La Presunción de Un Mundo en el que Hubiera, en la India, por ejemplo,  la Misma Proporción de Autos por Habitante Que Hay En EEUU y Europa. Y es cierto: Puerto Rico se cae, se empobrece a pasos agigantados, como Grecia y tantos otros países, pero siguen construyendo enormes centros comerciales y produciendo y fabricando objetos de lujo carísimos. Hay población para comprarlos. Sólo hace falta vender tantos millones de tales ipad y de tales iphone, no más, pues inventan otro muy pronto. No hay que vender uno para cada quien para ganar en exceso.

Somos sencillamente prescindibles. Por eso pueden matarnos de hambre, tirarnos bombas, reprimirnos con gases y a golpes de macana policiaca. Nuestra INDIGNACIÓN LE IMPORTA POCO A QUIEN YA PRESCINDIÓ DE NOSOTROS.

Urge aprenderlo.




Marcos
Reyes Dávila
¡Albizu seas!


lunes, 26 de agosto de 2013

EXÉGESIS 73




viernes, 23 de agosto de 2013

jueves, 15 de agosto de 2013

Los pájaros locos de Silén son palomas asesinadas en la Guajana




Los pájaros locos de Silén
son palomas asesinadas 

            en la GUAJANA*       
      
Sin los sesentas no habría setentas”, Sergio Ramírez.
 


 
Celebro, como el que más, la reedición del libro mágico de Yván Silén: El pájaro loco.
    Estudiaba mi bachillerato en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, cuando nos sorprendió un día, en el recinto y en las calles de Río Piedras, la campaña de promoción en las paredes de este pájaro loco que nunca hemos podido olvidar. Silén es, sin duda, uno de los poetas puertorriqueños de mayor impacto lírico, autor de una poesía siempre alucinante y provocadora. A veces califica su poesía de poeta “maldito” como neosurrealista, a veces como “esquiza”, o de otras maneras, pues Silén, como Matos Paoli, es un poeta que no tiene pausa, de infinito manar. Ahora, nos informa Lilliana Ramos Collado, se reedita el libro, 41 ó 42 años después de su primer lanzamiento (¿1971 ó 1972?). Enhorabuena.
   

 Hallé en mi biblioteca, en mi tercera búsqueda, el libro de esa primera edición, despegado y viejo, un pequeño tesoro. La busqué porque la nota publicada en El Nuevo Día (Ea, 10) por Ramos Collado incluye una frase que me pareció quizás más innecesaria que incorrecta, alusiva a “la escuela del realismo socialista de la Generación del ’60”.

    Aclaremos que Silén es, por derecho de nacimiento, un miembro de la Generación del 60, vinculado en sus inicios más con la revista Mester que con Guajana, su revista hermana, en la que también publicó alguna vez. Es diez años mayor que Ramos Collado, coetáneo con los poetas de Guajana. Nació, como Edwin Reyes y Ángela María Dávila, en el 1944.
  

  Ramos Collado le atribuye a Silén el propósito de “destruir” la poesía sesentista de los guajanos; parece reducir la poesía de la Generación del 60 al realismo socialista; y califica la poesía del sesenta como una que (ya en el 1972) tenía agotada su vitalidad y redundaba. Ramos Collado se hace eco, nos parece, de las palabras de Silén, que escribe ya entonces desde el exilio neoyorkino, no desde la experiencia nacional puertorriqueña –aunque alega escribir “desde un país intervenido”–, lo que nos obliga a adscribirlo a la literatura puertorriqueña de la diáspora. La historia que yo recuerdo es diferente.
  

  Silén ha sido siempre un defensor del socialismo, si bien más anárquico –o “libertario”– y menos marxista que el de algunos –algunos– de los poetas de Guajana. Su poesía, en efecto, es marcadamente diferente por su audacia verbal, por su intensidad lírica, y por su acentuado subjetivismo. Es cierto que reclama en el prólogo de El pájaro loco que se propone acabar con el “realismo socialista” de los guajanos en nombre del lirismo poético y de la libertad de una poesía que no debe, a su juicio, atarse a nada, “sin apellidos”. Debo sospechar que hay aquí confusión y equívoco, porque le atribuye a Guajana, en 1971-72, once años de realismo-socialista que no habían transcurrido aún.
  

  Pero habría que ver, más allá de esas expresiones que abarcan e incluyen más de lo que quieren y deben, que tan acertado fue eso entonces, y también más tarde, puesto que hablamos a propósito de una reedición. En primer lugar, porque la poesía de Guajana no puede reducirse al “realismo socialista” –ni en aquel entonces, ni menos aun después–, si bien ese fuera uno de sus cauces nutrientes y su voz más observada. En rigor, algunos de ellos simplemente simpatizaron con la Revolución Cubana, pero nunca se consideraron marxistas y, desde luego, no simpatizaron con el realismo socialista. Una porción muy grande de la poesía de Guajana transita por lares y modos muy alejados de esa etiqueta (1).
   

 Recuérdese que el grupo Guajana incluye a Marina Arzola y a Ángela María Dávila. Recuérdese que el grupo Guajana incluye a poetas nostálgicos como Antonio Cabán Vale, religiosos como Ramón Felipe Medina y Vicente Rodríguez Nietzsche, un poeta, este último, saturado del “dulce pie (de) tu caminar tranquilo”. Recuérdese que incluye poetas complejos como Andrés Castro Ríos, que sacó a la luz su Muerte fundada en el 1967 y sus Convicciones para armar a la ternura en el 1988, y a poetas tan heridos como Edwin Reyes y Juan Sáez Burgos.
 

   Pero quizás lo más oculto que hay en toda esta hojarasca despectiva sea la aportación mayor del grupo Guajana que comienza a articularse en realidad tras la muerte de Albizu Campos. Me refiero a que la poesía anterior a Guajana, tan bien estudiada por Josemilio González (2), se orientaba principalmente por los cauces de un trascendentalismo metáfisico, existencialista, universalista, occidentalista, hispanófilo, y de resabios modernistas o neorrománticos, que, cuando más, hacían alarde del nacionalismo de la “gran familia” puertorriqueña y la apología edénica de la patria (3). Por eso el choque de estos poetas con las instituciones donde se refugió ese nacionalismo sin clase, abierta o disimuladamente burgués, dominado por “los viudos de Ortega”, según la expresión de Marcelino Canino: el Ateneo, la Universidad, incluso el Instituto de Cultura Puertorriqueña, choque que se ventiló en disputas públicas justamente en los setentas.
 

    Es cierto que Guajana incorporó la conciencia de clase, la identificación con las luchas proletarias, la solidaridad con los “desamparados de la tierra”, el materialismo que realizó las revoluciones de mayor importancia y de mayor ambición utópica en el siglo XX: la Revolución Rusa y la Revolución Cubana. El proceso se inició tras la muerte de Albizu y durante su segunda época, es decir, a partir del 1966, instigada además en gran medida por la intervención sangrienta de Estados Unidos en la República Dominicana. Sin embargo la identificación de Guajana con las luchas marxistas-proletarias se establece claramente con los editoriales y la poesía de la época tercera, es decir, a partir del 1970. En la segunda época las portadas todavía evocan el nacionalismo en su carácter más revolucionario y contestario (Albizu, de Diego) y también la poesía de Gabriel Celaya, de Vallejo, la décima popular; pero en la tercera será Lenin, y los homenajes a la lucha del pueblo de Viet Nam, del proletariado dominicano, Pachín Marín, Hugo Margenat. ¿Cómo, entonces, decir que, en su inicio, tenía ya “agotada su vitalidad y redundaba”? Acaso la descalificación de Silén se refiera en realidad a la obra realizada en otras latitudes y otras décadas, y no a la de Guajana.
  

  Pero la evidencia testimonial sugiere además que debemos invertir las causas y los efectos, puesto que la radicalización de Guajana es, en suma, posterior a El pájaro loco de Silén y a todos los que desplazaron el concepto de revolución, del plano político al plano literario, siguiendo la flauta ambigua de Zona Carga Y Descarga (1972-75), revista cuyo título evoca las luchas obreras –y no solo las de los muelles–, para abrir la puerta a una literatura menos sujeta al compromiso social y más individualista.  La verdad testimonial parece decirnos que simplemente algunos de los poetas de principios de los setentas no simpatizaron con las propuestas políticas del grupo en control de la revista Guajana. El marxismo parece haber sido el cuchillo que deslindó los caminos. Por ello los debates intensos de esos años.
   

 Por otra parte, a fines de los sesenta y principios de los setenta, la poesía de Guajana rindió un servicio militante, en la calle, la fábrica y la plaza, y de frente al imperio y la oligarquía, de frente al servicio miliar obligatorio y la guerra de Viet Nam, cuyo precio, impuesto por la represión del imperio, tuvieron que pagar muchos de ellos con el exilio, entre otras condenas. Creían, como creo aún yo, que todo puertorriqueño, escritor o no, tiene el deber de partir del hecho fundamental de carecer de patria, porque una colonia no es patria. Y la libertad, recordémoslo, “es un modo absolutamente indispensable de vivir”. Ignorar una u otra cosa es anegarse en un narcisismo que no podía ser justificado entonces, ni tampoco ahora, pues nada define nuestra realidad como puertorriqueños más que la colonia. Y esa postura, tan cara a la academia universitaria posmoderna de entresiglos, no es, ni fue nunca, la de Yván Silén (4). Silén es revolucionario, socialista-libertario, antiimperialista. Entre sus pájaros locos hay un poema dedicado a la guerra de Viet Nam. Su oposición a Guajana es estética, fundamentalmente: Silén propone en su libro la “anti-poesía revolucionaria”, basada en la “poesía maldita”, francesa, de Baudelaire (1821-1867) y Rimbaud (1854-1891), y en la filosofía anarquista de Bakunin (1814-1876), con vínculo, pero sin seguimiento, de Nicanor Parra y sus antipoemas de 1954. Ni la poesía maldita, ni el surrealismo ni la antipoesía eran, como se ve, yerba nueva en el 1972. Tampoco eran modelos aplicables, sino incidentalmente, al caso puertorriqueño, único en Nuestra América, por nuestra condición política colonial. Los poetas puertorriqueños podemos entrar en diálogo con todos los poetas del mundo, pero la poesía puertorriqueña siempre será diferente, pues lleva la marca del carimbo en la frente.  

    Empero, la línea política –revolucionaria– que caracterizó a Guajana no basta para explicar toda la poesía de Edgardo López Ferrer, la de Wenceslao Serra Deliz, ni siquiera la de José Manuel Torres Santiago. Me pregunto: ¿cuál es la obra realista-socialista de un Marcos Rodríguez Frese? Pienso que Silén, en todo caso, quiso destruir una tendencia del momento en algunos poetas de Guajana que, quizás, sacrificaron alguna vez la poesía por la predicación de una verdad, pero nunca destruir la obra del grupo. ¿Cómo podría hacerlo?  La aspiración a articular una canción que venga del pueblo –trabajador–, como dice El Topo, es sublime, no tiene precio.   

 
    Sorprende, por otra parte, en poetas de hondo calado y académicos universitarios, la reducción simplista y maniquea que parece ver en el universo infinito de la creación poética sólo dos posibilidades: el neosurrealismo antipoético sileniano o el realismo-socialista y panfletario de Guajana. Se diría que no hay nada más. No hay libro “exótico” versus libro “natural”, como decía Martí. Sólo vale la cultura europea y la norteamericana. No hay “Nuestra América”. Ni vallejianos, ni nerudianos, ni Blas, ni Celaya, ni poetas del 27, ni Borges, ni Cavafis, ni Pessoa, ni poesía abierta, pura, exteriorista, conversacional, calibanesca, militante, ni mesiánica siquiera, ni nada, nada más. ¿A quién le conviene la reducción simplista –me pregunto–, que sólo sabe cotorrear al hablar de Guajana en la etiqueta analfabeta del panfletismo? ¿La palabra “panfleto” no enmascara una posición antirrevolucionaria, apolítica, y por tanto, cómplice por omisión de la dominación colonial y de la burguesía? (Claramente, no pretendo atribuirle tal cosa a Silén, que se ve a sí mismo más revolucionario que los guajanos, pero esa posición de convivencia y complicidad sí está presente en la doctrina posmoderna de muchos universitarios puertorriqueños.)
 
    Admiro, inmensamente, el poder expresivo de Silén, la fuerza sugestiva, luminosa de contradicciones y paradojas, saturada de sorpresa, de su palabra. Está lejos, Silén, de cierta tendencia en la poesía de entresiglos con el juego de palabras sin sentido ni utilidad, puro performance, gesto de ingenio que nada tiene que ver con la poesía. Muchas veces publicamos en la Revista EXÉGESIS sus versos y su prosa. Pero nunca he creído en su propuesta de una locura esquiza, triturada por el LSD, tan afincada en las alucinaciones de ese Dios que tanto lo provoca y de las creencias que lo orbitan, tan alejadas de mi visión del mundo. Para mí, la paloma asesinada pesa más que el pájaro loco. Para mí, la poesía que no lucha por realizar, en el “reino de este mundo”, los deberes del amor y de la solidaridad, canta en vano, como decía Neruda. Silén, a pesar de los lastres mencionados, pero agobiado de exilios, siempre antena vibrante y profeta en grito de la poesía de marca mayor, lucha por ello, magistralmente. Por eso, también, ha gozado siempre de mi aplauso. 
                                                                                                        Marcos
                                                                                                        Reyes Dávila
                                                                                                        ¡Albizu seas!

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NOTAS

* Una versión anterior fue publicada en EN ROJO, CLARIDAD (Del 15 al 21 agosto de 2013, página 15) bajo el título "Los pájaros locos de Silén en la Guajana".


 1.  Para una relación más detallada del legado de Guajana en la historia literaria puertorriqueña, véase nuestro estudio “Guajana, las líneas de su mano”, publicado en Hasta el final del fuego, San Juan: Editorial Guajana, 1992.

2.  Es indispensable al respecto de los estudios sobre la poesía puertorriqueña de 1930 a 1960 el libro de José Emilio González titulado La poesía contemporánea de Puerto Rico, San Juan, ICP: 1972.

3.  Hay numerosos estudios disponibles, mas acaso baste la historia de la literatura puertorriqueña de Josefina Rivera de Álvarez, Literatura puertorriqueña: su proceso en el tiempo, Madrid: Partenón, 1982.

4.  Sobre el rechazo de Silén al academicismo posmoderno entronizado en la Universidad de Puerto Rico, véase el libro de Félix Córdova Iturregui, Los poemas de Filí-Melé. Entrevista a Yván Silén, San Juan: Ediciones Huracán, 2008. Allí dice, por ejemplo: “La universidad ha sido tomada por los independentistas del status quo-nacionalista y la han melonisado. La universidad es denigrantemente postmoderna. La universidad se ha convertido en el cementerio idóneo de las orlas. La universidad se parece a Las ruinas circulares de Borges” (193). Por este libro sabemos que El pájaro loco que conocemos no es la versión original, perdida en México, sino una reescritura, aunque los textos están fechados en el 1970, y alguna prosa en el 1968. 
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