lunes, 6 de octubre de 2025

 


Hostos:

El Viaje al sur y la Idea de América*

Para la Comisión CNEMH180 – 5 de octubre 2025

I.                El Viaje al Sur

La publicación de las Obras Completas de Hostos en 1939 suele imponer, por así decirlo, que este tema del viaje al sur se plantee de una manera particular, porque en esas obras completas se creó un tomo con ese título específico: “Mi viaje al sur” (t. VI). En este tomo se recogieron muchos trabajos relacionados con ese importantísimo viaje. Es tan importante, que en una ocasión llamé a los diez años que transcurren entre 1868 a 1878, entre los cuales quedan los años de este viaje, “La década refulgente”. (Hostos: la fragua interminable. Antillanía e idea de América.)

En esos años se cristaliza la mayor parte de las ideas que caracterizan a Hostos. Incluye la víspera de las revoluciones que ocurrieron en el último tercio del año 68, cuando se cierra el ciclo de la estrategia de liberación de las Antillas que empleó en España, hasta el final de todo el ciclo de peregrinaciones por las Américas del norte, del sur y de El caribe. Esa década, ese periodo de diez años, coincide plenamente con la década o los diez años de la guerra de independencia que se inició en Cuba en octubre del 68, y que terminó en febrero del 78. Es solo cuando quedó perdida la causa de sus esfuerzos y de sus andanzas, que ya recién casado, y apunto de tener su primogénito, inició la etapa del Maestro consagrado de América hasta el final de su vida.

Ese tomo de “Mi viaje al sur” incluye materiales heterogéneos. Entre ellos, se encuentran notas de su diario en la forma de carteras de viaje, y además algunos de los muchísimos artículos y ensayos publicados durante esos años. Muchísimos más artículos y ensayos suyos, de ese periodo, se publicaron en otros tomos. De hecho, en el plan de la Edición crítica de las nuevas OC de Hostos que comenzó a prepararse 50 años después de la primera edición, en 1988, no incluía ese tomo, lo que significa que la nueva edición de sus Obras completas no contemplaba los materiales incluidos en “Mi viaje al sur” como una unidad orgánica propia. Quizás, fue un error, o no lo fue. El problema era que el material producido por Hostos durante esos años del viaje era tan vasto que era prácticamente imposible conservarlo como una unidad manejable.

Al comenzar a hablar de este viaje se presenta otra dificultad: ¿qué es el sur? Para efectos del tomo referido de las OC del 39, el sur incluye Colombia, Panamá, Perú, Chile, Argentina, y Brasil. Otro tomo titulado Temas Sudamericanos, incluye artículos sobre temas específicos concernientes a estos países aunque algunos no fueron escritos durante ese viaje, sino en fecha posterior. Vemos que este sur no incluye solo los países al sur del Ecuador, cuya línea pasa cerca de Quito. El sur parece referirse al continente que llamamos Suramérica. No incluye, entonces, la América Central, ni México, ni las Antillas del Caribe.

Otro punto de vista podría concebir ese “sur” como todo lo que no es Norteamérica, es decir, Estados Unidos y Canadá, lo que principalmente Martí llamó en una ocasión “Nuestra América”.

En la época de Hostos no estaban inequívocamente adjudicados esos nombres. Eso explica la solución que le dio Martí al problema. La ambigüedad induce el desenfoque. Hostos utilizó los nombres de América Colombiana y también de América Latina para distinguirla de la América Sajona. Andando el tiempo utilizaría en alguna ocasión el de “nuestra América”.

Ni en su viaje ni durante esos años ignoró México, ni CentroAmérica, ni Ecuador, ni Bolivia, ni Paraguay. Pero no llegó a visitar estos países, ni escribió extensamente sobre ellos.

¿Por qué Hostos realizó este viaje?

Cuando concebimos la idea de la “década refulgente” lo hicimos porque veíamos que ha partir de 1868 hasta 1878 Hostos está comprometido absolutamente con la guerra de independencia que se desarrollaba en Cuba. Es decir, que era un Hostos en pie de guerra, literalmente, un Hostos presto a la batalla y las armas, cosa que pretendió hacer varias veces y que se propuso e intentó realizar más de una vez.

Pero si no pudo pisar la manigua cubana con fusil en la mano, realizó todo lo posible por auxiliarla desde el exilio. Hizo una abundante propaganda a su favor, organización de cuadros, creación de voluntarios, búsqueda de fondos y de armas, concibió ideas y estrategias de guerra. Todo esto lo inició en el últimos doce meses que estuvo en España, y de manera más resuelta en Nueva York. En Nueva York tuvo que enfrentar la desconfianza de los que participaron en la revolución de Lares, Betances incluido, y el anexionismo de la emigración antillana.

Los hacendados y esclavistas cubanos habían logrado difundir la deseabilidad de procurar algo más que el apoyo de Estados Unidos. Deseaban la anexión. Eso fue interpretado por Hostos –y Betances– como un lastre, una flecha clavada en el corazón mismo del liderato de la emigración cubana, que era una emigración más numerosa. Puerto Rico constituía una sección de la Junta Revolucionaria cubana.

Betances desistió de intentar modificarle el juego a los cubanos meses antes que Hostos, que, pobre y hambriento, resistió varios meses más. Entonces se había sentido enamorado de una colombiana que vivía en NY, pero que regresó a Colombia. Hostos, entonces abatido y entre tres y dos, permaneció en NY, hasta que un día, renunció al esfuerzo inútil, y embarcó sin tener mucha conciencia de lo que haría. Iba a buscar a su amada sin poder abandonar la causa fundamental de su vida. La amada ya no le correspondió más, y él sin mucho sufrimiento, empleó su tiempo en ser útil. Así lo hizo repetidamente: se enamoraría luego, de una peruana; más tarde perdidamente de una chilena, y caería fatal y finalmente en los brazos de una venezolana. En todas las ocasiones demandó a la amada el compromiso de que no obstaculizara sus deberes hacia la revolución antillana.  

En el fondo una sola cosa lo movía: el compromiso irrenunciable por la liberación de las Antillas, que dependía de la suerte del combate en Cuba. Para hacerlo tenía que ganar su sustento. Ambas cosas podía articularlas a través del trabajo periodístico que le daría sueldo, oportunidad de propaganda y de educación política. Lo demás que fue y ocurrió durante el largo viaje no era compromiso: era su natural forma de ser, la de aprender todo lo que estuviera a su alcance, y ser todo lo útil que le fuera posible ser.

El centro de ese todo estaba en las sociedades donde estuvo. Su gente importante, sus pueblos, sus conflictos. Fuera en Colombia, en Panamá, en Perú, en Chile, en Argentina, igual que poco después lo fuera en Venezuela, en la República Dominicana y en las Antillas Menores, en todas partes conoció a los políticos de más alto rango, incluyendo presidentes y senadores; y a los escritores e intelectuales más distinguidos. Los conoció, y cooperó con ellos o los combatió, según fuera el caso.

Profundizó en el estudio de la realidad política, económica, social, cultural de cada país, incluso cosas como la geografía y la geología. Y no abandonó en ningún momento el deber de hablar de la guerra y la libertad de las Antillas. Se vio a sí mismo como parte del proyecto del Libertador Simón Bolívar. Era cosa de completar la misión de libertar todas las tierras y países de la “Patria Grande”.  

Fue así como tan pronto puso pie en Colombia logró que se aprobara en la provincia del norte una ley para incentivar una inmigración antillana que poblara y desarrollase la región costera del norte. Varios propósitos convergían con eso: era de interés colombiano, desarrollar esa región; era de interés antillano, darle medios de vida a la emigración antillana empobrecida que habitaba la costa este de Estados Unidos; era de interés revolucionario, que el hábito del trabajo y la experiencia de la libertad le brindara a esa población formas de relación que el coloniaje nunca les permitió, y los recursos para que estos apoyasen la guerra en Cuba.

En Panamá, defendió de idea de que el canal transoceánico que se proyectaba estuviera al servicio de la humanidad entera y no de una sola nación.

En Perú, lo deslumbró la vida social en las plazas, pero lo espantó la profusión de iglesias. Defendió el sistema republicano y a un candidato a la presidencia del que fue luego amigo. Estudió las poblaciones originarias, los abusos que el criollo cometía con los indios y con los chinos. Estudió problemas vitales del país, como lo era la red de trenes en construcción. Cuando Hostos observó y reflexionó sobre los recursos educativos, el enorme peso de la iglesia, la cultura, la organización social, y hasta las corridas de toros, sintió en una ocasión que no estaba en América sino en España. Se percataba de la fuerte presencia que quedó en nuestros países del régimen colonial español y la cultura europea, y de que sobrevivieron a la independencia, la impronta de las costumbres, los modelos, las ideas y las estructuras económicas y sociales europeas y coloniales. Pensó que Perú daba la espalda a la realidad social y humana específicas del país, y que no había creado formas propias para realidades propias. Ahí surgió la idea de la necesidad de realizar una segunda independencia

En Chile, ocurrió otro tanto. Pero lo que suele destacarse de esta estadía son las Conferencias en Defensa de la Educación Científica de la Mujer. Aparte de eso, Hostos viajó fuera de las ciudades ampliamente, a tren y a caballo por el sur de la capital, estudiando, la política, la agricultura, los medios de vida, la topografía, ríos, valles, montañas, haciendas, agricultura, la educación y la sociedad chilena. El ojo de sociólogo que siempre tuvo creció mucho entonces. Tan profunda fue su visión del país ganó que el premio a la mejor Memoria de la Exposición que reunía las mejores muestras de lo que podía dar Chile.

Cuando eventualmente salió de Chile hacia Argentina tuvo que atravesar la zona de canales de lo que suele llamarse el Fin del Mundo. Sobre ese viaje escribió su correspondiente cuaderno de viajes, de mucho interés porque aparte de la narración que hace de la travesía y los paisajes, reflexionó sobre la importancia que para el desarrollo de la civilización humana toda tendría el Océano Pacífico. Reflexionó, además, sobre los diferentes pueblos originarios que habitaron esas regiones, particularmente los patagones o patagoneses que aún existían entonces.

Tras una breve visita en Montevideo, se detuvo largamente en Argentina. Generales y presidentes lo recibieron, así como otros e intelectuales de alto renombre. Pero Hostos no se sintió cómodo en la europeizada ciudad de Buenos Aires, y aunque publicó mucho en la prensa, salió pronto a las provincias en viajes prolongados por el interior del país. Por ejemplo la Pampa, poblada de gauchos e indios; la ciudad de Córdoba y sus universidades, y la de Rosario con sus haciendas. Los estudios sobre la educación de los jesuitas y el tratamiento que se dio a las poblaciones en el norte de los indios guaraníes y paraguayos se destacan. El ojo de sociólogo acumuló datos minuciosos de las haciendas. En esta época formuló importantes iniciativas de integración continental: a través de la navegación de los grandes ríos; de la creación de un Mercado Común de los países del sur del continente; y de la creación de un tren transocéanico que uniera a través de los Andes la costa atlántica con la costa del Pacífico.

Aunque se sintió forzado a interrumpir su viaje, su buque de regreso a Nueva York hizo breve escala en dos importantes ciudades costeras de Brasil: Santos y Río de Janeiro, desde donde accedió a otras dos ciudades un poco más adentro de la costa, Sao Paulo y Petrópolis. Las visitas fueron muy cortas, y la dificultad con el idioma dificultó las relaciones personales, de modo que aportó sobre paisajes, reflexiones cortas sobre la organización social y política, y un interesante artículo sobre el trabajo esclavo.

Si nos atenemos al modelo del viaje al sur como el viaje a los países suramericanos, entonces tendríamos que incluir a Venezuela. Hostos llega a Caracas cuando, tras su regreso a Nueva York, desde Brasil, en abril de 1874, se encuentra en una situación semejante a la que experimentó la primera vez que estuvo allí a fines de 1869 y mediados de 1870. Habían pasado casi cuatro años y la situación, para efectos suyos, seguía estancada. Esta vez, más determinado a la organización de la lucha armada, intentó llegar a Cuba en una “expedición” cuya embarcación naufragó.

La oportunidad de mayor interés que se le presentó entonces fue reunirse con Betances en Puerto Plata, al norte de la República Dominicana, donde desembarcó a fines de mayo de 1875. (Un año más tarde regresó a NY.) Había pisado una segunda tierra antillana, corazón o centro de las islas, donde conoció a algunos de los colaboradores más cercanos que tuvo su vida, y donde realizó la obra más constante y abarcadora. A pesar de los esfuerzos, el país les resultó hostil a ambos y fracasaron los proyectos. Se le impuso una expulsión, regresó a Nueva York. Realizó nuevos intentos nuevamente frustrados. Formuló su importantísimo “Programa de los Independientes”, y emprendió viaje a Venezuela. Creyó que allí pudiera conseguir apoyo para Cuba, que no se concretó. Conoció pronto a una familia de origen cubano que tenía una hija que lo impactó. Ella prometió también que no se opondría a sus deberes para con la libertad de sus islas patrias. Realizó grandes esfuerzos por vencer la oposición de los padres, y finalmente se casó.

En esa época venezolana Hostos comenzó en regla formal su trabajo como maestro y director de planteles educativos. Escribió numerosos artículos y dictó importantes conferencias. Se vio nuevamente impelido a salir del país, y tras una corta estadía en Puerto Rico, cuando ya había terminado la guerra en Cuba, pasó a realizar su famosa obra de Maestro consagrado en la República Dominicana a principios de 1879. Allí permaneció hasta diciembre de 1888, cuando, agobiado por el recelo constante de un gobierno autoritario, se le invitó a dirigir liceos educativos en Chile. También pasó allí largos años, hasta mediados de 1898, cuando ya se ha iniciado la guerra hispano-cubano-estadounidense.

Estos dos turnos en el ejercicio de la docencia, en la República Dominicana y en Chile, suelen ser los aspectos que más se destacan. En el plano personal, la familia creció. Los primeros nacen como dominicanos, y los últimos chilenos. En ambos espacios Hostos desarrolló su propio sistema pedagógico inspirado en la obra de grandes educadores. Pero como ocurre siempre, Hostos responde a modelos propios, ajustados a sus propios fines, y respondiendo a las necesidades específicas de los países.

Suele puntualizarse a que enseñó a pensar y no a memorizar; que secularizó la educación y expulsó de su sistema lo escolástico, la memorización, y la fijación en la cultura europea; suele decirse que desarrolló un sistema para fortalecer la inteligencia; suele mencionarse que enfatizó el criterio científico, el desarrollo de la razón, la educación de todas las facultades humanas, incluyendo la intuición, el sentimiento, el placer artístico, la gimnasia, el deber social, la voluntad, la justicia, la cooperación, los derechos humanos y civiles, la democracia, la organización del estado republicano, sociología, moral, derecho penal,  constitucional e internacional, la organización del trabajo y la distribución de la riqueza. Fundó por todo el país escuelas normales para hombres y mujeres, escuelas para todas las edades, escuelas para obreros, agrícolas, institutos profesionales. Fueron tantas las iniciativos y tantos los proyectos que cabe decir que Hostos intentaba reconstruir y refundar países. ¿Qué otra cosa era conquistar la independencia, crear repúblicas, crear federaciones políticas? Se suelen destacar entre sus obras la Sociología, la Moral Social, y las Lecciones de Derecho.      

 

II.              LA VISIÓN AMERICANISTA

El tema de la “visión americanista” es fundamentalmente al problema que planteo en mi libro, Hostos la Fragua Interminable. Antillanía e idea de América.

Para tratar el tema de una realidad cambiante, que evoluciona y tiene historia, necesitamos partir de un sujeto. Para efectos de esta charla ese sujeto es Hostos, que es un antillano que nos ubica en el último tercio del siglo XIX.

El tema de la visión americanista abarca prácticamente toda La obra de Hostos, o cuanto menos la mayor parte, pues incluye todo lo señalado antes sobre el “viaje al sur”, y mucho más.

A lo ya expuesto habría que añadir o subrayar varias cosas.

En primer lugar, Hostos es americano, en la verdadera acepción del término, es decir, oriundo de las américas. Lleva en su sangre, ojos y oídos las luces y las voces de una de las llamadas Antillas mayores, Puerto Rico.

Contrario a lo que ha afirmado alguno que otro crítico de su obra, nunca se sintió español porque estuvo siempre consciente de su origen. Las dificultades de adaptación al medio español que pueden identificarse lo señalan. Su punto de vista estuvo siempre centrado en las Antillas.

A partir de la primera obra que publica las Antillas están presente en la columna vertebral, como células madres. También lo están en los titulares: Bayoán, nombre de indio taíno, comprometido con Marién, nombre de india cubana, y amigo de Guarionex, nombre de indio de Quisqueya. La idea fundamental de la novela de Bayoán es la unidad de origen y destino de las Antillas. Es decir, la concepción de la existencia de una nacionalidad común basada no solo en el pasado prehispánico, sino, algo que no es menos importante: la experiencia colonial común de cuatro siglos de opresión y explotación.

La antillanía así concebida es la identidad que él insiste en reclamar como suya a lo largo de su viaje a Suramérica –hablaros de las Antillas es hablaros de mí mismo, dice en una ocasión–, y, además, como parte integrante de la América Latina.

Su amor y aprecio por el mundo de sus orígenes quedaron plasmados en infinidad de textos y testimonios. Lo confirma el hecho de que se negara a volver a abandonar los países de este lado del océano; lo confirma su admiración, amor, dolor ante todas las realidades de las diferentes poblaciones que habitaban, y también las poblaciones originarias que habitaron las tierras americanas.

Su principal interés y la más profunda reflexión se la dedica a nuestros países. Las condiciones que encuentra y conoce tienen raíces precolombinas que ensalza, y raíces que luego lamenta porque sufrirán una historia de conquista, saqueo y explotación. Distingue una pluralidad de pueblos y una pluralidad de historias, destacando las relativas a sus luchas por sobrevivir y por la emancipación. Se detiene en las guerras de independencia, y luego lamenta comprobar que a esta emancipación sobrevivieron las estructuras de opresión establecidas en las colonias latinoamericanas con continente.

Observó que Europa insistía en dominarla a lo largo de todo el siglo XIX. Observó que los Estados Unidos se expandían, aspiraban a absorber las riquezas del sur. Rechazó eso.

Una pieza fundamental de su credo político es la de la cooperación y unión de los pueblos todos del planeta. De muchas maneras la expresa. La fórmula es la de la federación o confederación. Por eso puede aspirar a la creación de una confederación panamericana, de Canadá a la Patagonia, cuyo intermediaria, o fiel de la balanza, fuera la confederación de las Antillas. Para eso era necesario constituir una confederación de los países del sur, unidos, que tuviera la capacidad necesaria para balancear el peso del norte, cosa que un pez grande no pudiera tragarse muchos peces pequeños unidos. El concepto era como una fórmula de expansión concéntrica: pretendió primero la federación hispánica de España con las Antillas; aísló luego de la confederación de las Antillas; ambicionó y predicó una confederación de los estados de la América latina que incluyera la confederación de las Antillas; solo entonces ideó esa confederación panamericana que conectara la confederación del norte con la del sur, y las Antillas como el fiel de la balanza.

Los viajes de Hostos profundizaron su conocimiento de la infinidad de rostros que conforman la realidad americana. Ninguna otra “idea de América” pretende la complejidad de abarcar del polo sur al polo norte. Estaban los numerosos pueblos originarios; los españoles, desde luego; los inmigrantes africanos esclavizados y los chinos también esclavizados; los europeos que poblaron los Estados Unidos y Canadá, y también vastas regiones de los países del sur; estaba, además, la diversidad de pueblos indígenas de esas regiones del norte americano. Hostos llegó a pensar en incluir en esa visión de América otros pueblos y culturas. Pensando en la confederación antillana, por ejemplo, pensó en algún momento incluir a Haití, Jamaica.  

Aunque las relaciones personales concretas que Hostos estableció fueron con los hombres y mujeres más educados, y con los políticos más influyentes, eso no significa que ignorara los africanos o sus descendientes esclavizados, los chinos depauperados, indios como los cholos, mestizos colombianos, los incas, los mapuches, los guaraníes, los jíbaros, los obreros, los campesinos. No solo los defendió, y los educó, sino que participó en sus reuniones, asambleas y disfrutó sus fiestas. En resumen, la idea de América que Hostos alcanzó a fraguar es como la que se produce con las piezas de este rompecabeza que hemos descrito, y algunas piezas más. Sus profecías sobre el siglo XX fueron devastadoras. 


Marcos Reyes Dávila

(Charla Para la Comisión CNEMH180 – 5 de octubre 2025.)

sábado, 17 de mayo de 2025

Agenda de eucaliptos (Prólogo)



Agenda de eucaliptos

Soñado, es decir, casi visto

Palabra previa

Dice Jorge Luis Borges, con un hálito de resignación y nostalgia ante el inevitable


destino de
 las cosas:  “Soy el que habré de ser cuando esté muerto”. Corretjer expresó por su parte, con similar y estremecedora resignación: “En la vida todo es ir / a lo que el tiempo deshace”. Nunca somos, de hecho y de deshecho, suma de pasado y de futuro. En cambio, quizás pueda repetirse desde la trinchera del consuelo, que somos un árbol que se deshoja y luego reverdece. Si bien la vida es un instante regido por una oportunidad inapelable, acaso solo la poesía alcance a iluminar sus caminos oscuros y secretos. La lluvia no cae solo sobre la mariposa, sino también sobre eucaliptos y rascacielos. 

 El exordio apurado en las líneas previas no pretende olvidar aquello que en realidad es más importante en el fluido tránsito que con algo de fortuna e de infortunio titulamos vida. Me refiero a las innumerables raíces compartidas, al laberinto de amores y desamores de esta colmena que nos arroja al estrago o nos atiza a la redención imperiosa de lo justo, y aun sublime. Aunque parezca inasible, cierto es: el mundo de las utopías compartidas no solo es posible. Es necesario. En el mar de banderas que retan sus vientos asolados, la poesía es uno de los mascarones más recios de la vida. Bien lo tengo soñado, es decir, casi visto.

El presente cuaderno se imaginó hace años con otro nombre: La lluvia en la bodega. El concepto es esencialmente el mismo. Pretendía –y eso hacemos– reunir en un solo volumen gran parte de la obra escrita desde la publicación de Una lluvia tan grande de campanas, de 2002, libro que, como este, reunía varios poemarios publicados e inéditos, escritos hasta ese entonces. En rigor, pues, esta versión es solo una muestra de La lluvia en la bodega.

Agenda de eucaliptos reúne poemas de libros más soñados que escritos: Poemas del auxilio mutuo –representado en parte en la lluvia de campanas–; Poemas de la luna nueva; La llama en llamas (retitulado Los peces de tu cielo); Paula en el rocío –viñetas escritas para imaginarios nietos; El puerto en el laberinto; El colibrí en la piedra, y Equinoccio.

Respecto al título elegido, diré que conocí el alma perviviente de los eucaliptos a poco de llegar a Isla Negra, Chile. En una curva del camino, próximos al mar, nos encontramos de pronto en un bosque de árboles enormes y coloridos, perfumados. La palabra eucalipto me remontó a mi infancia, a esos desvanecimientos afiebrados que se trataban con fricción de alcoholado. Entonces me fijé a mi regreso, y aquí estaban esperándome casi mudos, como atalayas coloridas. Tanto el tiempo como el espacio me revelaron, por un momento, sus extraños puentes arcanos. 

El título puede sugerir diversas cosas. Pero cualquier idea debe partir de la que representó mi quehacer poético no solo con su olor, sino con esa alma colorida que se trasluce en su piel de múltiples tonos, y esa verticalidad que lucha por representar desde lo alto banderas de vida compartida y de amor. Esa utopía de libertad, igualdad y solidaridad que no se rinde. Por eso recorren estos prados alientos muy diversos. Quizás habitamos la latitud 18 norte, pero los vientos y las voces, la solidaridad peregrina, los pájaros y los piratas de cuello blanco, llegan desde los 360 grados de la brújula. Así la vida. Así la poesía fraguada en la palabra que despertamos para construir de nuevo el mundo.

El eucalipto predica una incierta impronta de porvenir en la que, no obstante todo, quedan también enarboladas las presencias arraigadas. “Agenda” porque quedan grabadas en estas páginas, como en las arenas antillanas, el tránsito aturdido que se expande en las coordenadas que arman, en tiempos y espacios, lo que fuimos y quisimos ser. En palabras de Borges: “ese Proteo”. El después acaso lo dirá, si lo vislumbra, un mascarón de proa hecho con palabra de eucalipto en los colores nuevos del alba y los ocasos. ¿Sería muy extraño imaginar que ese mascarón de proa, que conduce lentamente las huellas de los días al mar, sea en verdad un colibrí dado al retozo? Detrás de él, de un modo u otro, va mi corazón, amando a pie. Siempre el afán de huella es solo un pie sobre la arena.

Por otra parte, no deja de ser cierto aquello que anoté en mi "Bonzai para una ceiba": 

No está todo

en la semill



a que reposa

en la mano.

La semilla 

sueña con el árbol.

Así, y a pesar de remembranzas y de estragos, no olvidamos lo que anoté al final del prólogo de "Del fuego sobre el agua":

Hay un fuego en la semilla

que produce ceibas.

¡Albizu seas!

           MRD, 2016



Etnairis Ribera: "Intervenidos"

 

ETNAIRIS RIBERA:

                                        Intervenidos*


Digo buenas tardes, como espontáneamente dice esta tarde, sin pensar en lo que dice, cualquiera de nosotros, sin percatarnos, quizás, que el saludo tiene, esta tarde, una carga gris, un peso y un sabor de acritud en verdad desusados, desacostumbrados.
Antes de continuar, y aunque sea poco probable, pido disculpas si alguno de los presentes piensa que la poesía es una flor de invernadero rosa, porque no será ese el tono de mis palabras de esta noche. Además, la poesía de Etnairis no lo toleraría. Su poesía, la poesía, nunca ha sido en verdad avestruz que esconde su cabeza ni mono que se tapa los ojos.
Y es que no podemos rehuir, darle la espalda a la evidencia, de que vivimos tiempos aciagos, barruntos de mal agüero. Vivimos tiempos aciagos, no cabe duda. Incluso parece unánime el sentir de esta impotencia tumultuosa. El mundo entero gritó unido que no, NO, a la guerra contra el pueblo irakí –y, ¿cómo olvidarlo?, contra el palestino. Parece que todos, en todas las latitudes, estuvimos resuelta y violentamente comprometidos con esta determinación, pero no pudimos detener las bombas, el asesinato de un pueblo por las razones mezquinas de robarle su petróleo. No hay novedad en la denuncia de esta guerra, no hay discrepancia en la agonía de la paz, no hay polémica ni siquiera diálogo que patrocine una guerra que prácticamente de manera unánime, repito, rechazamos todos, inútilmente.
Vivimos tiempos aciagos. Y no cabe duda.
Cuando hace sólo unos días se inauguró en Puerto Rico una Bienal de la Poesía rondaba por el aire la pregunta de si era inoportuna; si era coincidencia desafortunada que la guerra y la bienal se lanzaran juntas a anidar en los oídos del mundo. Recordé entonces que la bienal la propulsaron –no en su totalidad, pero sí en buena medida– el grupo de poetas de la Generación del Sesenta, especialmente el grupo eviterno de Guajana, que detrás de Vicente Rodríguez Nietzsche, y a pesar de sus multiformes alocuciones a la ternura, no abandonó nunca la militancia social que lleva en su médula espinal, como un carimbo necesario, su mancha de plátano o de azúcar negra, su marca de fábrica, la línea del destino de sus manos. Escuché entonces por televisión diversas voces, desde la propia Etnairis hasta Joserramón Melendes que parecían evocar aquellas palabras tan armoniosas con nuestros años sesenta, pero que en realidad son mucho más antiguas. Aparecen incluso en el prólogo al estudio sobre Plácido que escribió Hostos hace como 130 años. Recordémoslo hoy, que estamos en el año del centenario de la muerte del más grande escritor puertorriqueño, nuestro Cervantes, por decirlo con la llaneza simple y transparente de un dolor de cabeza. Recordémoslo hoy, también, porque Hostos preside el libro de Etnairis. Recordémosle porque viene armado de una admonición terrible contra la tiranía que se estruja contra una colonia como la nuestra lo mismo que contra un territorio impotente al que se le arrebata su patrimonio y su soberanía. Recordémoslo porque Hostos hubiera rechazado de inmediato toda intervención militar imperialista, lo mismo en Irak, que en Filipinas; lo mismo en Panamá que en Santo Domingo. Dice Hostos, dice hoy, dice todavía, en su Plácido, con la preclara poesía de un genio de la palabra: “Los pueblos más tiranizados son los más líricos”. Allí añadió Hostos estos versos suyos:
Bajo el pie de la coacción lucha el cohibido,
y del contraste entre la fuerza vencedora
y el derecho no vencido,
surge la vocación poética de la sociedad,
hecha carne,
hecha hueso,
hecha hombre,
hecha individuo
en el poeta lírico.
La agonía del dolor prójimo, la solidaridad impetuosa, la apetencia del bien y el
aborrecimiento del mal que articula sus garras en la destrucción de comunidades, de sus acueductos, de sus hospitales y escuelas, de sus avenidas y sus parques, de su aseo y sus abastos, de su tranquilidad, de su alegría de estar, de su derecho a un cielo azul sin estremecimientos, ni susto, ni estallido, ni hambre, ni muerte, todo esto nutre la poesía que es ambición de bien, de paz, de porvenir. El corazón que se quiebra ante el dolor de Vieques, se quiebra también ante la colonia que tanto teme imponer su voluntad soberana, como se quiebra ante la barbarie genocida que a plena luz del día revienta en el seno palestino y, para vergüenza de España, reproduce una Guernica mucho más desamparada en Irak. Una Guernica no: cientos de Guernicas.
Pero, curiosamente, este año urge recordar también a José Martí. Celebramos el sesquicentenario de su natalicio. Digo curiosamente porque incide justo en el corazón de lo que estamos comentando. Como sabemos todos, Martí patrocinó, organizó y desató una guerra en la tierra de sus hermanos. Cierto es que para hacerlo forjó antes, con arduos desvelos, el concepto de una guerra justa, una guerra necesaria. Aunque amemos la paz, aunque defendamos el concepto de paz absolutamente, y acaso por ello mismo, es imperativo advertir que no es lo mismo la guerra desde el punto de vista de aquél que ataca, de aquél que va a matar para robar petróleo, como si fuera un carjacking multitudinario que se efectúa en televisión, un gasjacking ante la vista inerme del mundo, que la guerra para quien ve venir a aquél que ataca a los suyos, a aquél que destroza a su comunidad, su familia, el bienestar de los suyos. Esta es la guerra necesaria y justa que ideó Martí, no sin agobios, no sin tortura.
De octubre de 1889 a abril de 1890 se celebró en Washington la primera Conferencia Internacional Americana con el propósito de articular un sistema político que legitimara la política imperialista estadounidense que se planificaba sin ningún disimulo. La agonía terrible que vivió Martí, según dice él mismo, “bajo el águila temible”, lo enferma y lo lleva a convalecer al monte, donde nacen, como salmo de vida, como suero reconfortante, sus famosos Versos sencillos. Es decir, que Martí halló en la poesía respuesta a sus agobios. Y acaso pueda decirse también, que la poesía hallada en el monte natural le iluminó el sendero y le insufló la energía necesaria para emprender una nueva militancia: me refiero a la creación que entonces emprende, con urgencia, del Partido Revolucionario Cubano.
Todo lo anterior se anota a los efectos de acotar que es éste el linaje augusto del libro de Etnairis Rivera que presentamos hoy. Si hacemos un brevísimo recorrido sobre su obra anterior, constaremos que este linaje no puede sorprendernos, porque la poesía de Etnairis Rivera ha estado definida, siempre, por la solidaridad. Desde su primer libro se asiste a una temática irrenunciablemente urbana, pues ubicada principalmente en el exilio de la gran metrópoli neoyorkina, aunque parte del mismo se escribiera en España, vive la ciudad un poco desde el caos con que la vivió Lorca, desde la fragmentación de valores y de esquemas, la desesperada búsqueda de su lugar, en una referencialidad alucinada porque todo se le escapa. Pero Etnairis nunca se arredra o amilana. Es en esta época de su vida la militante de los comités de defensa que trabajan a favor de nuestros presos políticos. Pedro López Adorno incluye a Etnairis en su antología de 1991 de poetas en Nueva York, titulada Papiros de Babel, y allí advierte que “la ciudad de Nueva York fue para Etnairis la muerte del Fénix” (355). No quiero decir, ahora, si Etnairis es una gran poeta, pero sí digo, como hace años le dije, que su poesía viaja conmigo desde que leí, todavía muchacho, por ejemplo, su “Carta a Manuel”. Desde entonces su voz se desplaza en nuestro entorno con esa cadencia que parece danzar. Sabido es que Etnairis es aficionada al teatro y la danza.
Desde su primer libro Etnairis monta gaviotas migratorias. Agitanada siempre, siempre nómada, aficionada a la curiosidad de las corrientes y al tránsito, al desplazamiento colibrí, a la búsqueda incesante de las abejas. Tras su primer libro, emprende el periplo de un nuevo viaje de búsqueda y de asentamiento. María Mar Moriviví y Pachamamapa Takin, publicados ambos en 1976, conforman a juicio de Áurea María Sotomayor la segunda etapa en la evolución de la poesía de Etnairis. Evolución que en su conjuno habría que catalogar de serena y coherente. En el primero de estos libros, la búsqueda de raíces y de ancla en lo primigenio nacional, el indigenismo, por supuesto telurista, que se anuda edénico, puro y depurado en la mitología arahuaca y, también, como lo hizo nuestra Julia con el agua del río y del mar, en el mundo natural; en el segundo, la búsqueda que se expande por el origen del altiplano peruano-boliviano, la zona de las alturas andinas. Francisco Matos Paoli prologa este último libro. A mi parecer una sabia decisión de Etnairis, pues don Paco comprendía como pocos la íntima unidad de la tierra con el espíritu que él intentó expresar en su poesía sobre Lares.
No es cuestión, pienso yo, de celebrar en Etnairis, al respecto de esta poesía que se califica con alguna razón, de cósmica, de regreso a la Naturaleza, mayúscula inicial, de un recrear de mitos latinoamericanistas. Los poetas latinoamericanos del exilio neoyorkino, desarraigados del mundo circundante que los desprecia, no sólo buscaron refugio en sus respectivas tradiciones nacionales y en la evocación heroica de sus diversos pasados nacionales, sino que también hallaron la identidad perdida, la seguridad recobrada y el apoyo que hiciera vivible la experiencia del exilio, en la unidad de unos con otros, en la unidad establecida por la latinoamericanidad común, en primer término, pero también luego, en la conciencia de su común tercermundismo.
Pienso que, de alguna manera, Etnairis halló en este viaje al sur de América ecos del peregrinaje que realizó previamente Hostos. Peregrinaje que, como muy sabiamente Manrique Cabrera observó en Hostos, se efectuó tanto en el plano exterior como en el interior. Es decir, la búsqueda en el plano externo tenía una relación estrecha con la búsqueda simultánea en el plano interno. Pienso que esto podría explicar esa palabra de Etnairis que asume un universo nuevo sin resabios de pastiche. Su recreación de esta cultura milenaria, que le debe tanto a la espiritualidad aymara y quechua, no es un saber académico sino adoptado, asumido, ejercicio espiritual introyectado en una búsqueda incesante de equilibrio y armonía, valores clásicos que se expresan a veces como ritual de auténtica sacerdotisa, y a veces como artilugio o sortilegio.
Creo, por otra parte, que la espiritualidad que se percibe en esta poesía de Etnairis ha sido juzgada más a la griega, a lo occidental, como en dicotomía con la materialidad, de la misma manera que se presenta como en una absurda dicotomía el cuerpo y el espíritu. Como fuera, lo cierto es que la poesía de Etnairis arranca en su libro de Nueva York de una conciencia del exilio exterior a una conciencia del exilio interior, y que ese peregrinaje suyo –jitanería la llama Joserramón Melendes en Poesiaoi– es una búsqueda de sí misma que no admite renuncia con la solidaridad para con los otros, pues sabe muy bien que los otros, y lo otro, son partes inalienables de ella misma. Esta vinculación suya a la tribu es un rasgo que no puede obviarse al definir el daimón de Etnairis, como lo ha hecho Ivonne Ochart a propósito de El viaje de los besos. Esta palabra daimón, tomada de Platón para consignar el rasgo que define un alma, la utiliza Ochart para definir a Etnairis como una “buscadora”. Pero si recordamos que WeYedondequiera, su primer libro, está dedicado precisamente “a los otros”, mientras que María Mar Moriviví, su segundo libro, está dedicado “a la tribu”, podríamos sentir que ese daimón, sin ser erróneo, necesita ser redefinido. Considérese, sino, que de la misma manera que en WeYedondequiera la autora se ofrece como medio, como intermediaria, como la estación radial a la que se refiere el título, WeYedondequiera, dirigido a retransmitir una voz que es tan propia como habitada por los suyos, Pachamamapa Takin es un libro que recoge el proceso de una introyección, una trasmutación, la asunción de otra otredad –tan astral y cósmica como el barro y el agua de los ríos– que valida su proximidad a la verdad milenaria de la tierra.
Áurea María Sotomayor observa ya en 1987, a propósito de su libro Ariadna del agua –aún inédito, aunque incluido en la antología titulada Entre ciudades y paraísos, de 1989)–, en lo que llama la tercera y cuarta etapas en la evolución de la poesía de Etnairis, un reencuentro consigo misma que culminará con su regreso a la geografía del Caribe. Se trata de un regreso a la referencialidad del mundo, pero introyectado. Culminada la peregrinación, asimilado plenamente el espiritualismo alucinante, salvadas las dicotomías del cuerpo y el espíritu, del mundo externo y del interno, Etnairis, a juicio de Sotomayor, “se posee” más serena y consciente, con mayor equilibrio. Ello quizás explica en parte el erotismo de su libro anterior, El viaje de los besos, libro en el que la referencialidad se convierte, a través del mirar introspectivo, en autorreferencialidad, pero en el que también, habitada por la otredad, autora se encuentra en un diálogo de fusiones, una relación de intercambio con lo otro, que propende siempre a la superación.
En Papiros de Babel –de 1991– aparece resumida su poética de esta forma:
“Creo en la poesía de vivir, en el arte en su función liberadora y espiritual. En mi trabajo hay un hilo firme que reclama justicia, la independencia para nuestra patria sometida al coloniaje, solidaridad con nuestra amada América. Hay también la voz de mujer universalista dada a la libertad y la paz. Todo ello enmarcado dentro del amor y de las fuerzas dadoras de vida de la madre Naturaleza, proyectándose hacia nuestra procedencia cósmica” (356-357).
Es notable cómo ella misma privilegia la función liberadora del arte, y casi sin mediación, la enlaza con el reclamo de justicia e independencia, y de solidaridad con la América Nuestra. La reivindicación de la mujer aparece en una función de categoría secundaria, no para disminuir su importancia, sino por resaltar la magnitud de los valores privilegiados. Aunque ella se identifica con alguna razón con la generación del setenta y cinco, y no con la del sesenta, lo cierto es que su voz, como la mía propia, está justo en ese tránsito de generaciones y responde a su debate y a sus principios.
“Será mi nombre crisálida”, dice con gran acierto Etnairis en un verso, para subrayar su vida como un proceso de superación constante, porque la evolución que puede verse en la poesía de Etnairis va, en efecto, desde el desconcierto de la oruga, y a través de la transformación –o el peregrinaje íntimo hostosiano– de la crisálida, hasta la majestuosa mariposa que nos sorprende hoy. Pero cuidado, porque la mariposa que brota de esta crisálida no es una tierna y frágil criatura a merced de cualquiera. Antes bien, es como la doña Bárbara de Rómulo, una devoradora, un amor armado.
Pasemos al cuaderno.
Intervenido es un participio que utilizado como adjetivo hizo fortuna en textos clásicos de nuestra literatura histórica para describir lo ocurrido con el país tras la guerra imperialista de 1898. A la vez elusivo y eufemístico, es un hallazgo verbal con gran poder de sugerencia. En el caso que nos ocupa, se trata de un cuaderno de poesía en el que la palabra aparece en forma plural: Intervenidos. Esta vez la otredad la constituye el pueblo de Vieques, a quien se le dedica el libro, en primer término, pues a los viequenses le añade Etnairis “todos los que han dado corazón y vida por la libertad de nuestra Patria”. Es decir, que la lucha contra la marina del pueblo de Vieques se vincula, con razón, con las luchas de todos nosotros por obtener la libertad de la Patria –con mayúscula inicial.
La portada la conforma un cuadro de Elizam Escobar titulado “Meditación de un siglo: Puerto Rico 1898-1998". La meditación de Elizam es, como los versos de Etnairis en este libro, un prodigio de síntesis. Aparece una niña, indefinidamente crecida, en primer plano. La niña, con los ojos cerrados y la piel llena de manchas, acaso muerta, tiene los pies descalzos, el pelo largo como una mancha oscura que se extiende hacia atrás sobre una isla, y lleva en las manos un reloj de arena y una regla de ángulos rectos y perpendiculares. A mitad de ambos brazos hay un área descubierta de piel, acaso llagas cancerosas, que muestran hilos como venas. Una solitaria amapola roja en una isla montañosa, cercada por un mar bravo, una luna muy tenue y un búho perdido. La amapola nos evoca el recuerdo de las ramitas verdes en el olmo viejo y vencido que le insuflan esperanzas al espíritu de Machado que ve irse sin remedio a su joven esposa Leonor. La imagen de desamparo de la niña está en abierto contraste con la espléndida amapola.
Intervenidos abre con un exordio extraordinario que nos remite, dicho sea en palabras de la autora, “ a nuestra milenaria lucha antillana”. Por un lado, tiene dos epígrafes de los poetas nacionales Juan Antonio Corretjer y Francisco Matos Paoli. El primero, es un fragmento de su “Salva por Vieques” en el que exhorta, a modo de arenga, a cerrar filas. El epígrafe de don Paco, es, por otro lado, la conversión, en un conjuro de paz, de una visión de pájaros en el cielo. Presente y futuro. Lucha y victoria. Falta el aporte de lo pretérito. Faltaba, pues por otro lado, el preámbulo del libro está compuesto por unas “Décimas de Eugenio María”. Con ellas la poeta evoca al maestro de patria que es Hostos para rendirle homenaje en el centenario de su muerte y para consagrar su poesía al servicio de la libertad. La lucha de Vieques está insertada en un río ancestral poblado de episodios heroicos, y en cada episodio, un gran poeta.
El libro está constituido por un solo poema, dividido en quince cantos, escrito en su totalidad en 1999. Esta concepción del libro como un solo poema dividido en cantos es una tradición ya vista en libros previos, acaso aprendida tras la falta de unidad que alguien le señaló a WeYedondequiera. Cada canto aparece dispuesto a razón de una página por estrofa, estrofas generalmente breves, de tres o cuatro versos por regla promedio, aunque alguna –un acróstico de Vieques– tenga siete versos. Si contamos las tres décimas a Eugenio María, son un total de 68 estrofas.
A pesar de las tres décimas iniciales, el libro propende absolutamente al verso libre, sin rima plausible. El ritmo y la dicción varían, a veces como prosa, en otras ocasiones con una cadencia íntima, casi danza. El tiempo parece fijo, como el espacio, condensación de todo un siglo que se ancla en su final para reverberar entre espejos. La autora vuelve una y otra vez sobre el tema, como si quisiera imitar el vuelo de gaviotas o dispersarse entre las páginas del libro abierto como las alas de la mariposa. Con cada sobrevuelo se acumulan percepciones, se acrecienta el juicio severo de una conciencia solidaria, pero sobre todo, se eleva una emoción que se desnuda poco a poco de sus velos.
El primer canto es una definición de sí mismo. El canto se clama “justiciero” y delinea con rapidez un plano de lucha de opuestos compuesto por una lado por la “bestia”, demonización de los marines, y del otro por los “ángeles libertarios”, inviolables como el amanecer, santos de pasión redentora, en pos del día libre y verdadero sin yanquis ni bombas. Frente al ellos, se define el nosotros y lo nuestro.
El segundo canto apuntala el contexto de la lucha. Como si quisiera anticipar la objeción de los posmodernos del patio, se retrata contra el siglo atormentado, es decir, el siglo XX, siglo de la invasión, época de la intervención, para validar su reclamo de nación. A la validación de su reclamo de nación, añade que la colonia no es un concepto que se enmarque tan sólo en narraciones totalizadoras colectivas, pues la nación colonizada también se vive como una experiencia individual, en el plano personal de cada uno. La biografía misma de cada cual testimonia la colonia. Por eso combate la idea de los posmodernos del patio que han impuesto una noción que niega la patria. Lo hace recapitulando lo que ha sido su vida, el largo peregrinaje, la experiencia del exilio que la trajo, después de recorrer el universo, como si fuera su “signo” o su destino, a este mar donde la vida tiene más sabor porque viene del amor.
El canto tercero reniega del progreso en inglés. Etnairis distingue muy sabiamente entre ese apetito desmedido por el dólar y por el fantasma del progreso que nunca se alcanza y el valor, infinitamente más apetecible y urgente, del bienestar comunitario perdido, como una experiencia cotidiana. Frente a la bandera norteamericana, cuyas franjas convierte en los barrotes de una cárcel, el canto cuarto está dedicado a la bandera nacional. El demostrativo “esa” aplicado a la estrella en su cielo azul seguro, le otorga a la expresión familiaridad, cercanía. Ella es la meta, aunque el camino a ella nos imponga pasar por la noche mística de la purgación y del salmo. La lengua es el ser que nos afirma y define.
En el canto quinto la voz cambia de perspectiva. Habla ahora la marina, la voz de los corredores de moneda, la máscara que detiene, engulle niños, lanza veneno, quema los bosques, bombardea muerte, convirtiéndolo todo en campo de batalla, es decir, campo de muerte. Pero en el canto sexto la voz regresa a lamentar la tierra desvastada como una zanja. Como resabio de versos anteriores, Etnairis ve aindiada la cara de la herida, y como reverbero de su Pachamama, evoca al mundo natural, la fuerza telúrica que se manifiesta en el maíz andino, la flor, los pájaros, un sol que avanza inexorablemente, pues la tierra es un solo cuerpo.
El canto séptimo, que acaso podemos considerar núcleo y clímax del libro, es uno de los de mayor ternura. Ahora aparece por primera vez el nombre de Isla Nena, el cariñoso apelativo de Lloréns Torres para Vieques. Es con mucho, el canto más extenso, pues en lugar de las tres o cuatro estrofas por canto que son norma, tiene trece. El corazón de la Isla Nena, roto por las balas, “intervenido”, aún late y aún alberga sus tesoros: estrellas de mar, flamingos, conchas, niñas, corales, astros, en una enumeración de motivos representativos que se extiende para evocar, mediúnico, el espíritu protector del agua, cuya bella aura persiste y resiste, escudada por la luna de la sombra que enferma y trastorna. Destaca aquí la convicción que no sólo interpreta positivamente el momento presente, sino que anticipa un futuro de triunfo.
Sin embargo, otro aspecto de interés en este canto es que recoge también los elementos que capturan o articulan la imagen de Elizam dispuesta en la portada. Se podría debatir si el poema viene tras la imagen de Elizam, o si Elizam crea tras la concepción metafórica de Etnairis. En efecto, se habla aquí de la mirada triste de la Isla, “lenta y larga / como un siglo / en un reloj de arena”, la sombra, la calavera, la resistencia que la hará sanar de amor “con una amapola roja / que a su lado crece/ y despierta”.
El canto octavo es uno de los más breves. Caracteriza aquí al “mercader del oprobio”, dueño de la escena dantesca. La utilización de la palabra mercader para referirse a la personalización del poder maligno que se cierne sobre la Isla Nena sugiere que Etnairis conserva la noción socialista de lucha de clases que aprendió en los sesenta. En el canto nueve el sujeto cambia al “burócrata”, también demonizado. Es el personaje con máscara de benefactor o antifaz de demócrata, que representa el engaño, instrumento del crimen. Va a la iglesia, pero milita a la derecha de la derecha, y ciertas mujeres lo disgustan extremadamente.
En el décimo canto, ya transido de amor dolido, pierde el tono y exclama. La voz habla desde la garganta de la poeta que se siente asfixiada con ese sufrimiento de la isla que la persigue más allá de los sueños y más allá de su lengua. Como decir, que sufre su calvario hasta donde su voz no alcanza. Esa cerrazón de la visión fracturada de la tierra se anuda aún más en el canto undécimo. Predomina la sensación de incertidumbre en todo, incluso en la intimidad y el amor, y la pintura desgarrada de la actualidad, la presencia inevitable de la arrogancia de las bombas, las carencias, la usurpación. No obstante, la voz que se solidariza en el nosotros, resiste, resurge, vuelve. Renace siempre por la verdad, el amor y la belleza. Por eso puede resaltar en el acróstico que conforma el canto duodécimo la contemplación de Vieques como un “querube”, y una esperanza, para terminar clamándolo, finalmente, ya en el canto decimotercero, como “paraíso”.
En el canto decimocuarto, Etnairis se conmueve ante la respuesta a la exhortación hecha en el canto anterior a luchar por reconquistar el paraíso. La voz poética parece dirigirse a los desobedientes civiles y a los que ocupan los campamentos permanentes de protesta. “Habráse visto tanto amor”, dice la voz sorprendida ante el sacrificio de tantos, y mucho más allá del poder convocador del deseo. Ya en el canto final la voz hablante adopta una nueva perspectiva, que desde el futuro se refiere a la historia como una ya pasada y la repasa como la narración de un mito primitivo, conociendo ya su desenlace, es decir, con decidido optimismo. Ya al final no sabemos si la redención que la autora coloca más allá de la verdad, donde reina imponderable la certeza, se refiere sólo a Vieques, la Isla Nena, o a la Madre Isla entera, como la llamó Hostos.
Intervenidos, ya para recapitular, es un cuaderno que guarda una posición de privilegio en la obra de Etnairis Rivera. Joserramón Melendes había observado ya en Poesiaoi Antología de la sospecha, de 1978, que la obra de Etnairis era importante por su sinceridad, por su intensidad, por su conocimiento de la lengua, y cito literalmente, por “una gracia especial para sus juegos” (Qease, 38), valores todos presentes en este cuaderno. Un rasgo indeleble y constante de la poesía de Etnairis está en ese plano de su voz, íntimo y verdadero siempre, desde su primer libro. El lector de Etnairis se siente, literalmente, tocado, tocado con calor de piel. Así aquí, y desde la brevedad del poema que se ofrece casi como exhalación, breve como una respiración apurada, repuntado como si se pronunciara a dos voces, alternadamente, con el tono tierno de un amor que simultáneamente se contiene y se desborda. Etnairis crea en este libro, en una nueva versión, su propia temporada en el infierno, su propio tránsito por una nueva comedia divina. ¿Será la noche de Dante, la noche de San Juan o, sencillamente, la noche de la oruga? De manera asombrosa, la autora logra inmiscuir al lector, apelar con tal fuerza a la conciencia, que su tránsito se convierte en el tránsito de todos. La lucha de Vieques, intervenido, ¿o la lucha de todo un país, intervenido?
¿Habremos hallado en la poesía de Etnairis, nosotros, todos los aquí presentes, salmo para nuestros agobios de hoy? ¿Habremos comprobado la reveladora verdad de las palabras de Hostos, de aquellas palabras que sostienen que los pueblos más tiranizados son los más líricos? Cómo ocurrió con Martí, les pregunto a ustedes, ¿habremos hallado en la poesía de esta noche viequense la energía necesaria para emprender una nueva militancia de redención comunitaria? ¿Sabemos que por todas partes del mundo se organiza un movimiento, fuera de partidos, que apela a la esperanza que milita en la confianza de que es imperativo cambiar las versiones adulteradas de la democracia, con el lema de que un nuevo mundo es posible? Veamos si nos suenan más luminosas las palabras de Hostos que les recordé al comenzar:
Bajo el pie de la coacción lucha el cohibido,
y del contraste entre la fuerza vencedora
y el derecho no vencido,
surge la vocación poética de la sociedad,
hecha carne,
hecha hueso,
hecha hombre,
hecha individuo
en el poeta lírico.
En el libro Etnairis evoca, invoca y convoca estas voces heroicas enterradas que a su conjuro se levantan y se pasean, ahora mismo, por todo el ambiente. Se trata, justo es señalarlo, de una edición depurada con el mayor cuidado por una poeta de experiencia en la edición de libros, que es además profesora, amante del libro, y responsable de la importancia que el libro tiene en la forjación de nuestra comprensión del presente. No sé quién redactó la nota de presentación del libro que aparece en su contraportada, pero me parece tan perfecta la siguiente expresión que quisiera leerla, para terminar con ella:
“ Anclada en la tierra pero habitada por el mar, la poeta interviene con nosotros para llevarnos al más allá de la verdad: a la certeza. He aquí un compromiso, una convocatoria, una invitación a todos nosotros a resistir con las armas del pensamiento y la belleza”.
Poeta, le confieso que este libro, como usted misma, también ha intervenido en mi vida.

*Presentación que hice del libro de ETNAIRIS RIVERA, "INTERVENIDOS", en la Feria del libro en Santo Domingo, en abril de 2003.





Julia de Burgos: "Me llamarán poeta". Las Actas del Simposio

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La Revista/LIBRO publicado por la Revista EXÉGESIS que contiene todo el material del Simposio celebrado en la Universidad de Puerto Rico en Humacao con motivo del Centenario del Natalicio de JULIA DE BURGOS, está ahora disponible en PDF en
Internet Archive:
https://archive.org/details/exe-76-78-l-1-432/EXE%2076-78%20L-1-432.pdf















jueves, 24 de abril de 2025

Julio y yo



In Memoriam
 

domingo, 15 de septiembre de 2024

"Tiempos de ser" de José M. Maldonado Beltrán

 .


"Tiempos de ser" 

de José Manual Maldonado Beltrán


¿Quién dice que 82 años sea edad para frutos postreros?


José Manuel, José, Pepe, como se le llama indistintamente, es un Catedrático Retirado de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla. Se distinguió en la Cátedra de Filosofía y de Humanidades, y se distinguió en la lucha de clases desde la trinchera sindical de los profesores universitarios. Se distinguió por una intensa y rica vida creativa –que es menester resumir–, tanto y en cuanto coautor de antologías de lecturas para cursos de Humanidades –Cultura de Occidente: El asombro de los siglos, y Cultura Occidental: Poder y pensamiento– , como por su intensa tarea de divulgación intelectual y académica al fundar y distribuir numerosas revistas como Método y sentido, El Cuervo y Luciérnaga, y además, editoriales universitarias y extrauniversitarias como Colectivo Humanista, El Cuervo Dorado, y Arco de Plata. Es autor de un sinnúmero de artículos y ensayos de temas filosóficos de temas de antaño y otros de hogaño publicados en diversas revistas y libros. Fue también autor de cinco poemarios, uno de ellos distinguido por el Pen Club de Puerto Rico.

José Manuel fue uno de esos andaluces cerriles, de una ironía fina y cinismo oportuno, siempre acompañados de una chispa de ingenio dulzón y feliz que desarmaba. Nació en Almería, vecino de Granada, en 1941, y tras un paso trashumante, por Estados Unidos y Ecuador, el amor del bueno al mejor nos lo dejó sembrado en el patio patrio donde plantó tanto semillas, raíces y grabados en piedra y mármol. Estas líneas tienen el propósito de señalizar y celebrar su paso entre nosotros. No evaluaremos su obra, solo damos la feliz noticia de que, el mismo día que guardó silencio, balbuceó sus amores con la letra encendida de la poesía: Tiempos de ser (Arco de Plata, 2024), dedicado a quién y quiénes merecen su abrazo: “A Carmen y a los amigos/as siempre”.

José eligió para portada la obra de Remedios Varo –pintora y escultora surrealista nacida en España –1908 -1963– titulada “Rompiendo el círculo”. Cuando vimos la imagen, en tonos más oscuros entonces, quedamos impresionados. En el contexto de la caída lenta del poeta, la imagen que nos presentó tuvo un efecto que trascendía la magia, una aparición de brujería que emerge de lo oscuro, una colisión de vida y muerte en una cabeza enramada, ojos fijos y penetrantes, las piernas rojas, el pájaro, esa vestimenta como de sudario desgarrado, ese bosque a luz de luna en el pecho, y que lleva en ambas manos un aro que la envuelve, roto. La versión publicada es menos oscura, entre ocre y cepia, y luce espléndida pues muestra mejor sus atributos. Sugiere que se ha roto el círculo que cierra: una especie de superación o liberación de la fatalidad. La última obra de la autora –Varo– se titula “Naturaleza muerta resucitando”, tema que a nuestro juicio está emparentado, o es vinculable, con la obra seleccionada por José. ¿Están ambos, pintora y poeta, encriptando la cripta para nosotros?

El autor no tenía debilidades teológicas. Su vida fue una oda a la vida que vivió de forma operática, y plenamente consciente de que la libertad no se realiza en el plano personal, sino en el colectivo. De modo que fue un ser humano cenitalmente solidario, nutrido del anarquismo revolucionario que es la forma más radical de la fraternidad. Evocando esa fraternidad, y en la ternura filial y la caricia suave del canto póstumo de Juan Ramón Jiménez a su amadísimo burrito Platero, se despidió de mí. Pero esa despedida dejó grabada, como palabra sobre una lápida, esta inexorable y misteriosa sentencia: “tiempos de ser”.

Si hubiera sido tiempos del ser, nos hubiera dejado en ese momento con nosotros al filósofo. Pero tiempos de ser sugiere una nueva etapa de ser, un nuevo modo… de quedar. Y es de advertir que no nos habla en singular, sino en plural: de la pluralidad de maneras de ser, no sabemos si etapas sucesivas, momentos simultáneos, o ambos.

El libro contiene 58 poemas breves de tono menor, palabra de canción y conversación, en casi todos los poemas cristalina, y con notables imágenes a veces en vocabulario raso, y algunos neologismos felices (“murcielagar”, por ejemplo”). En muchas ocasiones se decanta tuteando a alguien cercano, íntimo, y en otras muchas germinan como observaciones o reflexiones, y algunas certezas concretadas en desmentidos panfletos.

El prologuista, Carlos Hernández Hernández percibe en el poemario en su conjunto una “dicotomía entre caos y serenidad” que nos recuerda el concepto de caosmos que apreciaba algún tiempo atrás el autor.  Añade Hernández que en sus versos se “matiza (…) la lucha entre la desesperanza y la esperanza, la caída y el sostén”. Y luego, añade aun, “un homenaje a la resistencia y la supervivencia de los libros que han evadido la censura o el olvido”. Esas ideas nos retratan bien al José que conozco.

En efecto, debo decir, se trata de un conjunto de versos de “un puño en alto”, “del fragor de los ejércitos” que martirizan –por ejemplo, a Palestina–, del “problema es la desigualdad, carajo”, de “los piratas neoliberales”, el “terrorismo en el cuarto mundo”, y la “crisis mundial”, de la “enfermedad proletaria” del autor, incluido en ese conjunto, además del imperialismo colonial, y la crisis ecológica: “Pinturas rupestres”; “El informe del tiempo”.

 

Las revueltas

hay que amarlas,

como los hombres

y las mujeres

se quieren.              (“Otra ley del movimiento”, 60.)

 

Si quieres saborear la libertad,

amasa un pan con amor

y pequeñas desobediencias,

a la violencia de la torre,

que rebasa lúbrica el ímpetu

sumergido de los sueños

y la fuerza de los bosques,

que aún nos pueblan.

No temas al lobo feroz…         (“No temas al lobo feroz”, 63. )

 

Sin embargo, ese no es el eje en este libro. En esos temas y tonos acuñados en sus convicciones y en los motivos urgentes de su vida, hay otro polo mucho más imperioso, deseado, y como añadía el poeta de Moguer en su tercero mar, “deseante”: deseado y deseante.

Uno es la manera en la que el científico-filósofo y poeta que fue –un poco a lo Jacob Bronowski, que fue su tema de tesis doctoral inacabada– intercepta las certidumbres matemáticas de un Albert Einstein, por ejemplo, con la presencia indubitable de los imponderables, o como dice en el primer poema, “lo inmensurable”. “…aunque nada se pierda siempre”; “hembra es la intimidad del ADN”. “Sócrates y Frankenstein / son hermanos de sangre”, pero Sócrates feo y Frankenstein tierno. (24) Y, brillantemente:

 

Admito la necesidad

del cálculo, pero prefiero

el pulso de tus venas azules

en la punta de mi lengua;

por fin sé a qué sabe tu beso…   (“La necesidad del cálculo”, 58.)

 

El otro polo, columna vertebral de todo el conjunto, es aquella en la que antevé y presiente la proximidad del cambio súbito y profundo del paso al allá, con su amor a la vida, fundamentalmente en la forma del amor de pareja vivido. Este último tema arrastra en su marea la totalidad del conjunto porque esa totalidad fue compartida. Es por eso que generalmente el discurso apela a una presencia innombrada a la que se tutea –o apela–, o con quien se habla.

No quiero citar textos sobre el “inconveniente” de no haber “aprendido a vivir con la nada” por razones que se adivinarán, pero abundan. Pero sí me asomo discretamente por la ventana en que se ve, “tarde en la tarde”, “lo que palpita debajo de las hojas”, cuando dice:

 

Hacerlo contigo despacio,

con premeditada letra redonda.

 

Y luego:

Sentí tu aroma (…)

y no quise despertar…    (“Tarde en la tarde”, 21.)

 

Todas estas ramas, y otras más, conforman el cuerpo poético de este libro que no será póstumo porque lo nutren estas raíces perennes.

 

¿Quién me dirá como soy

cuando tú no estés?

 

se pregunta, y parece que se contesta de este modo:

 

…sabemos que una vida sin pasado es

                un relámpago de un futuro en ruinas

y así departir con el viento

y las gaviotas del Caribe

que me enseñaron a volar contigo

soles de plenitud inacabada.”      (“Hace tiempo que no pasas”, 84.)

 

El filósofo, interceptado por el poeta, ha roto, en esta poesía de su última palabra, el círculo del enigma de la muerte que nos sugiere la obra de portada:

 

Es la vibración

la música

                y el concierto

la velada y esquiva certidumbre

de las entrañas del átomo

donde la masa del beso y

la energía despliega

un universo

                en construcción.        (“El lugar que habitamos”, 86.)

 

Es decir, ni siquiera se trata de reconstruir. La realidad, como la vida, es un todo en continua construcción (o transformación). Va siendo y permanece. Nada perece en este lugar que habitamos. Es otra manera de ser… o estar. Está aquí, conmigo, en nosotros y con nosotros, y ese nuestro gran consuelo.

Como apuntamos al comenzar estas líneas: ¿quién dice que 82 años sea edad para frutos postreros?


Marcos Reyes

https://www.80grados.net/tiempos-de-ser-de-jose-manuel-maldonado-beltran-1941-2024/

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