sábado, 19 de mayo de 2012



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La querida” 
de Renée Ferrer

  
Conocí a Renée Ferrer en Paraguay, en el 1994, en el contexto del primer congreso –o encuentro– de escritores hispanoamericanos que se celebró en el país tras la caída de la dictadura perpetua –para tantos que no vieron su fin–  de Alfredo Stroessner. Entonces la conocí como poeta, aunque poco después conocí de su interés por otros géneros. “La querida”, por ejemplo, es su tercera novela.

Es ésta una novela larga –de 475 páginas– que sería más exitosa si se hubiera acogido al concepto del Arcipreste de la brevedad. Digo esta dureza porque la característica primera que cabe señalar es la apoteosis de un discurso ralentí que se regodea de manera obsesiva en la caracterización de la figura del dictador, en primer lugar, y de la protagonista, de nombre Dalila, en segundo lugar, que es su “querida”. La historia dura lo que la búsqueda de una tumba, ya en el cementerio, de un amante infeliz que se atrevió a desear lo que era del dictador. O quizás, decirse pueda, lo que dura la rebelión armada que da fin, en sólo un día aparentemente, a una dictadura que parecía eco de la eternidad.

Desde estos puntos de partida, el narrador omnisciente evoca de manera espiral, sencillamente circular muchas veces, la relación entre la querida y el dictador, y ello casi exclusivamente, pues la introducción de otros personajes lo que hace, principalmente, es divertir la naturaleza de esa relación, ya se trate del padre de Dalila, o de su hermano, o de la nueva amante del dictador, o del general Gutiérrez.

Si bien la narración vuelve, una y otra vez, a los elementos obsesivos que la configuran, y que son, antes que otros, la naturaleza corrupta y bestial del poder absoluto y la justificación del conflicto moral de una protagonista seducida por el poder a pesar de todos los pesares –esto es, la victimización de su propia familia, de sus amores, e, incluso, de sí misma, sin adelantar casi nada los incidentes de una trama cuyo destino fatal se anticipa muy pronto– lo cierto es –y vaya esto como reparación del juicio duro primero– que Ferrer posee una capacidad infinita, e inmensamente creadora, de verbalizar una y otra vez, de manera diferente, esa detallada pintura del carácter de estos personajes con innovadoras técnicas excelentemente logradas. Esa es su obsesión. Obsesión que no puede ser culpable para quien haya vivido ese mundo oscuro y terrible, inimaginable quizás, hasta ahora.

A diferencia de otras pinturas de las dictaduras latinoamericanas, la de Ferrer se centra, sin excluir otros aspectos, en el abuso criminal de la mujer, más allá de Dalila, pero no cae en moralidades pueriles de iglesia. Su enfoque privilegia el lado introspectivo frente al sociopolítico, no ausente, sin embargo, pues personajes como Marco, su hermano rebelde, representan esa resistencia al sometimiento ante la brutalidad. Si hay un clímax, un punto culminante, éste está en esa atrocidad ilimitada que se ve a través de una pluralidad incontable de ojos. El final de la novela, para el lector, está en el despertar, el descanso frente a una pesadilla. 

Es increíble que en nuestros pueblos se hayan vivido experiencias tan terribles como ésta, más no peores que el coloniaje nuestro en Puerto Rico. 

Gracias, Renée.

(La querida. Asunción, Paraguay:  Fausto Ediciones, 2008.)
Marcos
Reyes Dávila
¡Albizu seas!

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