domingo, 13 de enero de 2013

Hostos: El Punto de Partida


El punto de partida:
Entonces tendrá 

Hostos Patria en Puerto Rico


Por Marcos Reyes Dávila      

Buenos días tengan todos ustedes.


Esta es la tercera vez que tomo la palabra en este lugar, entrañable para mí desde que, de niño, corría por estos terrenos henchido de una infinita sensación de libertad. La primera vez, el once enero de 1986, invitado por la Federación de Maestros. Ese año el Comité del Sesquicentenario de Eugenio María de Hostos tomaba las riendas del tema de Hostos, de modo que tuve ante mí la plana mayor de la comunidad hostosiana, algunos presentes hoy, otros en esa dimensión entrañable entre el recuerdo y la nostalgia que no cesa de evocarlos, como don José Ferrer Canales, Josemilio González  y Juan Mari Brás. Recuerdo particularmente, además, a Manolín Maldonado  Denis, quien presidía el comité. Esa conferencia, publicada luego en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, implicó para mí, entrar en el surco de unos proyectos y actividades que han definido en medida mayor mi vida. Regresé aquí en enero de 1995, ya como director del Instituto de Estudios Hostosianos, en sustitución del siempre recordado Julio César López. Y desde entonces hasta ahora. Como discípulo que también fui de Francisco Manrique Cabrera y de doña Pepita, agradezco, de todo corazón, a la Fundación, la oportunidad que me ofrece de honrar a Hostos esta mañana a través del recuerdo de mi querido maestro.
    Todos los presentes saben porque están aquí. Pero da grima observar que no lo sabe el país. Se diría que, incluso para los medios de comunicación, lo que hacemos es un asunto de antropología histórica, caduco, intrascendente. El alto interés que semanas atrás despertó en todo el planeta la cultura maya coloca sobre el tapete la perspectiva correcta para entendernos. No se trató, en el caso de los mayas, de un inusual interés por la historia o la antropología, sino por la posibilidad de que los mayas hubieran podido impactar, anticipándola, la vida de los presentes. De modo que hay que concluir que Hostos es, para la inmensa mayoría de los puertorriqueños que ignora su poder de cambio, un artículo de museo que no alcanza siquiera la categoría de curiosidad. Aquella terrible caracterización que divulgó Antonio S. Pedreira antes del centenario de Hostos, al catalogarlo como un “ilustre desconocido” –expresión tan paradójica–, da no obstante la cifra exacta de su realidad.
    Mi experiencia de más de 30 años de docencia me dice que los estudiantes puertorriqueños desconocen, al llegar a la universidad quién fue ese señor de cuyo feriado disfrutan cada año. [La gratitud, como se ve, rinde poco.] Mas el demérito no es personal. Es sistemático. Se trata de un país que vive de espalda a su propia realidad. Las causas son varias, pero la más apremiante, y en presencia de la cual es prácticamente imposible modificar las otras, es la estructura colonial que nos come las entrañas. Por eso Hostos no vivió en Puerto Rico y dedicó su vida a impulsar una revolución que conquistara la independencia. Por eso Hostos se va de Puerto Rico nuevamente en el 1900, al comprender que sus esfuerzos de dos años por despertar entre los puertorriqueños reclamos de autodeterminación son vanos. Para Hostos no hay margen, espacio, para la libertad, fuera del ejercicio de la soberanía. Y la libertad, dijo, “es un modo absolutamente indispensable de vivir”.
    Hostos –y esto es muy triste decirlo– no tuvo, y acaso aún no tiene, patria en Puerto Rico.  En un discurso que ofrecí en octubre pasado, en el Panteón Nacional de la República Dominicana donde descansan sus restos al lado de los fundadores de la patria dominicana, y en medio de una ceremonia solemne y protocolaria dedicada a honrar a Hostos y a Salomé Ureña de Henríquez, dije que, al final de la novela de Julia Álvarez titulada “En nombre de Salomé”, la narradora le hace decir a Camila Henríquez Ureña lo siguiente: “Es la lucha continua de crear el país que soñamos lo que hace una patria de la tierra bajo nuestros pies”. Y añade: “Esto lo aprendí de mi madre”, es decir, de Salomé, y Salomé, a su vez, de Hostos. La patria No es, entonces, la tierra ni la geografía. Por eso dijo Hostos en la aduana de Brasil que NO tenía patria en Puerto Rico, y que, en todo caso, luchaba por crearla.
    Empero para Hostos, bien lo sabemos, la patria es también el punto de partida. Se refiere, claro está, a la comunidad que vive en esa tierra, y de la que es hijo, y cuya identidad lleva en su peregrinación toda su vida. Importante es colocar esta afirmación, igual que la anterior, en un marco de referencia que parta del principio de que tanto el pensamiento como la acción militante de Eugenio María de Hostos son extraordinariamente coherentes a lo largo de toda su vida. Etapas tuvo en su desarrollo, cierto es, particularmente el de la de formación española que he llamado la del joven Hostos. No obstante, si nos atenemos a sus ideas dominantes y más características, Hostos está casi completo en “La peregrinación de Bayoán”, su primera obra conocida, de 1863. Don Juan Bosch relata en su biografía, “Hostos, el sembrador”, que Hostos intuye la unidad de las Antillas, germen de toda su elaborada concepción de la Confederación de las Antillas, en la primavera de 1863, durante una de sus repetidas travesías en barco entre Puerto Rico y España. En esa novela está presente ya, aunque lo esté de manera más patente en “La tela de araña” del año siguiente, su convicción de la igualdad absoluta de los géneros que habrá de ser una de sus revoluciones más distintivas y propias. Del mismo modo está la voluntad de dedicar su vida al servicio de la defensa de la libertad de las Antillas, todas, no sólo de Puerto Rico.
    En Puerto Rico suele no comprenderse que independencia y libertad no son sinónimos. La meta de Hostos fue siempre más alta que la mera independencia. Su meta era la libertad. Un revolucionario que no padece de infantilismo ni de ingenuidad política sabe que las revoluciones son cambios radicales que se construyen a través de etapas. Hostos partía, como siempre es necesario partir, de la realidad concreta del país. Él veía al país postrado por el despotismo colonial, empobrecido, poblado de masas anémicas e ignorantes, sin infraestructura alguna. En esas condiciones, pensaba él con razón, la independencia terminaría erigiendo una nueva forma  de tiranía con caudillos propios. El joven Hostos, no el definitivo, creyó que la estrategia correcta, dadas esas condiciones, para adelantar la causa de la libertad para Puerto Rico, podía conseguirse a través de una república federal hispánica, de modo que luchó contra la monarquía al lado de los republicanos españoles. Esto no es reformismo, pues, por una parte su meta no terminaba ahí. Por la otra parte, se trataba de realizar en España la revolución política que Francia había realizado, con flujos y reflujos, más de medio siglo antes y que España No lograría consolidar ¡hasta después de la muerte de Francisco Franco!, es decir, el otro día. 
    Pero la historia no siguió el derrotero anticipado. No demoró Hostos en reconocer el rumbo que habrían de seguir los nuevos gobernantes españoles tras la revolución septembrina de 1868. Tras intentar las reclamaciones perentorias, cara a cara, frente a ellos –Castelar, Serrano, entre otros– , Hostos, rompe con todos y se retira a Nueva York en busca de las armas. Antes, y sin pérdida de tiempo, abogó en favor de los revolucionarios de Lares –y también de los que en Cuba proclamaron el Grito de Yara–, y no se contentó con obtener garantías para todos ellos menos para el venezolano Manuel Rojas. El resto de la historia ustedes la conocen. Su meta, a partir de entonces, pasaba por la independencia, no para Puerto Rico, sino para las tres Antillas, pues su proyecto estratégico de mayor alcance, repito, lo fue la Confederación de las islas hermanas. Pero tan claro estaba Hostos de que con la mera independencia NO se satisfacían sus anhelos, que redactó en 1876 los célebres prolegómenos que tituló “Programa de los independientes” que Martí tanto elogiara como –cito– “catecismo de la democracia”. El peligro de la tiranía seguía vigente para las tres islas empobrecidas y deformadas por el coloniaje, y además acechadas desde el extranjero por los poderes imperiales que pugnaban sus conquistas por todo el Caribe y Centroamérica. La independencia debía, o quizás, tenía que venir acompañada de la unión de las Antillas. La experiencia que vivió y vio en República Domincana así lo demostraba.
    Aunque desde hace mucho aclaramos estas razones, sigue oyéndose el rezo de incomprensión que califica al joven Hostos como “reformista” y lo pone de frente a quien fuera su compinche entrañable, Ramón Emeterio Betances. (Tanto rinde la perpetua riña personalista en Puerto Rico!) Sin embargo,  queda en mi mente la duda de quién pujó más y pretendió más cambios revolucionarios en el mundo que le tocó vivir.
    El uso de las armas no alcanza, a mi entender, para dilucidar esta cuestión. Pero Hostos, que en su juventud quiso ser artillero, tuvo en su agenda la revolución armada y trabajó para lograrlo. Incluso abordó una expedición dirigida a Cuba que naufragó. Pero Hostos fue un revolucionario desde las audaces denuncias publicadas en pleno Madrid contra la historia del saqueo colonial de las Américas desde los tiempos de la conquista. Lo fue al adoptar el nombre del cacique Urayoán como protagonista alterego de su primera novela, una de las primeras novelas puertorriqueñas. Lo fue al defender el derecho a la educación científica de la mujer basado en su convicción de la igualdad de los géneros. Lo fue al defender la abolición absoluta de la esclavitud. Lo fue al conspirar y militar contra la caduca monarquía española. Lo fue al defender los derechos políticos de Cuba y Puerto Rico. Lo fue al abogar por una república federal hispánica. Lo fue al trasladarse a Nueva York para promover y articular la revolución armada en Cuba y Puerto Rico. Lo fue al defender la nación dominicana de los intentos de restaurar el dominio colonial español y defender a su pueblo de los desmanes del despotismo.
    Hostos fue plenamente un revolucionario al defender la imparcialidad del futuro canal interoceánico y alertar en contra de la agenda de los poderes imperialistas de la época. Lo fue en Perú al defender al inca, al chino, al cholo, de la marginación y de la explotación. Lo fue al defender el peruano contra la especulación de los poderosos. Lo fue al idear, desde el Perú, con los ferrocarriles, la navegación de los ríos, la integración económica del mundo latinoamericano, los instrumentos de integración necesarios para construir civilizaciones sanas por toda Nuestra América y para poder defender nuestros países de los acosos constantes de los poderes imperiales.
    Hostos fue plenamente revolucionario al dedicar sus esfuerzos a estudiar la historia y las sociedades latinoamericanas, mientras construía la ciencia de la Sociología. Fue revolucionario al desarrollar un sistema educativo totalmente nuevo dirigido a formar la razón y desarrollar lo que llamaba seres humanos “completos”. Lo fue al construir un tratado de moral para los pueblos y para los individuos que iluminara las rutas y los modos del bien común y los peligros de la libertad. Lo fue, también, cuando Martí reinicia la guerra en Cuba y da todo en defensa de la causa de las Antillas. Hostos fue plenamente revolucionario cuando tras la intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia antillana, regresa inmediatamente a Puerto Rico a alertar al pueblo del peligro de la anexión colonial. Hostos fue plenamente revolucionario al desarrollar una nueva estrategia para enfrentar al nuevo poder imperial, basado, por una parte, en el reclamo jurídico insistente ante las autoridades norteamericanas, y, ante el pueblo de Puerto Rico, al margen de los partidos políticos cegados por el servilismo colonial. ¡De estas maneras, y de muchas más, fue Hostos un revolucionario!
    Mas, ¿es Hostos hoy, para Puerto Rico, sólo una mera pieza de museo? ¿O es
un poder capaz de generar, aún, cambios radicales en nuestra vida colectiva e individual y de impactarnos?
    Sí, creemos que sí. Hace unos diez años, cuando organizábamos y promovíamos un Simposio en la Universidad de Puerto Rico en Humacao para conmemorar el centenario de su muerte, nos hicimos la misma pregunta y resolvimos que el simposio se dedicaría al Hostos vivo, al que puede ser acicate nuestro de todos los días, y tiene mucho que hacer aún en nuestras vidas. En primer lugar, porque sus sueños y afanes no eran personales ni sólo suyos, sino sueños y afanes de una patria que era y es más grande que esta isla, y porque esos sueños y afanes, producto de una extraordinaria capacidad para la anticipación que le permitió formular en detalle y en concreto una revolucionaria agenda del porvenir, parte de un legado utópico al que no podemos renunciar, y que está aún por realizarse en el Puerto Rico de los “soles truncos”. En segundo lugar, porque su agenda de libertad y cambio, en rigor, no concluye nunca,  ni caduca, porque es hija de principios imperecederos, perennes.
    No lo estudiamos y recordamos a Hostos para saber quién fue, sino para saber quiénes somos. Me preguntaba entonces, en el 2003, y me pregunto otra vez ahora: ¿hemos creado el ser humano “completo” que Hostos ambicionó construir en sí mismo y en sus discípulos, ese ser humano que Manrique Cabrera identificó con la visión –utópica, quizás–  de “un hombre nuevo”? ¿O es que hemos dejado de soñar y de ambicionar? ¿Podemos conformarnos o resignarnos a la mediocridad que vivimos, a la tristísima calidad de vida dependiente, drogada, hambrienta, criminalizada, en crisis y caos, dependiente, avasallada, desempleada, que vivimos? ¿Hemos hecho libre e igual a la mujer para verla sometida a la ola incesante de violencia doméstica? ¿Hemos devuelto al trabajador el fruto pleno de su trabajo? ¿Hemos distribuido con justicia la riqueza social? ¿Vivimos una democracia? ¿Educamos a nuestros niños en la plenitud de sus facultades? ¿Somos verdaderamente solidarios? ¿Nos indigna la injusticia? ¿Somos parte de la América Latina? ¿Somos libres y soberamos? ¿Vivimos en paz?
    Hostos fue un tanque poderoso que dirigió su vida contra múltiples imposibles. Concibió una América Nuestra, la del Sur, unida, con un mercado común, el que se construye ahora, más de cien años después de su muerte. Concibió la posibilidad de construir infraestructuras continentales de integración, no sólo con los ferrocarriles, sino también con la navegación de los ríos y de puentes colosales. El tren trasandino fue una realidad histórica que vivió Nuestra América durante gran parte del siglo XX y que volverá a vivirla. Positivista o no positivista, Hostos, es, el más grande visionario, y también el más notable forjador, nacido en Puerto Rico. Su “Tratado de Moral” es un monumento consagrado a la integridad del ser humano y a la necesidad imperiosa de cultivar la voluntad para cumplir con los deberes. ¿Quién se dedicó antes, y quién se dedica ahora, a cultivar la voluntad de nadie? En ese “Tratado”, Hostos condenó el saqueo del mundo entero por los poderes imperiales a nombre de una supuesta civilización y otras alegadas buenas razones –en realidad espurias– que nunca llegaron. Se refería Hostos a los mismos poderes imperiales, principalmente occidentales, que antes y entonces, igual que ahora, explotan y destrozan a los países pobres para piratear las riquezas del planeta entero. Hostos sabía muy bien que el interés público huye del interés privado, y que la desigualdad social es caldo de cultivo de enormes males y enemiga mortal de la libertad.
    Francisco Manrique Cabrera solía argüir, siguiendo a Víctor Mássuh, como luego lo haría también José Ferrer Canales, que la revolución más importante emprendida por Eugenio María de Hostos se desarrolló en el “inquisitivo diálogo con el huésped taciturno” de la interioridad humana (60). “Pocas veces –dice Manrique, citando a Mássuh–  una revolución se concibió en términos de tan audaz aventura creadora. Pocas veces hombre alguno pensó que el proceso de una transfiguración espiritual abarcaría tales dimensiones humanas”. Dramáticas.
    En este terreno se aúnan dos portentos: por una parte, la ardua escultura de sí mismo dominada por el afán abnegado de cumplir los deberes, y el deber de los deberes, para forjar en sí mismo, y contra sus pasiones absorbentes, el carácter de acero de un hombre completo. Ese estudio y taller anticipó a Freud y potenció tanto a los maestros de la ciencia de la psicología como de la pedagogía, puesto que fue la base conceptual de su proyecto educativo.
    No. Cuando hablamos de este tema, del tema del trabajo interior que se trasluce apenas en sus diarios, no nos desvinculamos de sus otros afanes. Este es el segundo portento. Dije al principio, que “tanto el pensamiento como la acción militante de Eugenio María de Hostos son extraordinariamente coherentes”. “Hablaros de las Antillas es hablaros de mí mismo”, dijo una vez. “La libertad es un modo absolutamente indispensable de vivir”, dijo en otra ocasión. Y si bien la “Libertad” es derecho, los derechos no existen para quien NO los ejerce o los practica.  “Amamos la Patria –dijo– porque es el punto de partida”. Y es que, por una parte, la vida moral no se practica para autoservirse y solo para la salvación propia, sino para la vida en comunidad. Ese infatigable uso del freno y de las riendas ejercido sobre sí mismo estuvo siempre en función de su deber social, de su compromiso con los demás. Eso intentó enseñar con su nueva pedagogía a los estudiantes de la escuela normal. Pero además, por otra parte, la consigna de Hostos contiene dos ideas: la primera, enarbola el deber de amar la Patria, mas la segunda no nos dice sólo el porqué, puesto que también consigna lo que tiene que ser el punto de partida, ineludible, de todo ser humano: la comunidad de la que somos hijos, aquella que nos otorgó las señas de nuestra identidad.
    Estamos en los terrenos de la Universidad de Puerto Rico. [¿Dónde está el señor Presidente de la Universidad? ¿La señora Rectora? ¿Los Rectores todos? ] Siempre ahogada, siempre atada, siempre impedida y dirigida, nunca vivió la universidad más asfixiada y con gríngolas más grandes y absurdas que bajo el terrible régimen neofascista que acaba de terminar en Puerto Rico. ¿Por qué nos atrevemos a afirmar lo dicho? Porque la administración universitaria, siguiendo órdenes de la clase política dominante, sorda a todo consejo y lección de la pedagogía, de manera impositiva, al margen de la discusión y el diálogo, impuso, a fuerza de macanazos y amenazas, sobre los estudiantes más inteligentes del país, directrices para destrozar esta comunidad de pensamiento vivo. Cifra y seña de ello lo son el desmantelamiento del Instituto de Estudios Hostosianos y la cancelación de la Cátedra Eugenio María de Hostos, entre tantos otros naufragios y sabotajes a la integridad de la conciencia puertorriqueña, y que deberían reinstalarse, con compensación, muy pronto.
    Todo proceso educativo parte del estudiante y de su entorno, de su realidad concreta y específica, de la comunidad a la que debe servir, y sobre todo –¡caramba!– de su lengua vernácula. Pero en Puerto Rico la educación –dizque bilingüe– sirve al propósito del dominio colonial, y huye, como del diablo, a todo lo que promueva conciencias libres y racionales, como huye de aquellos que ponen la acción donde ponen la palabra en un ejercicio combinado de valor y de voluntad. “La pasividad es un vicio –decía Hostos en una carta a su padre, que cita también Manrique (53)–, producto de la atonía del despotismo”. Igual que lo es la ingratitud. Y esta administración universitaria que da la espalda a Hostos, todos los días, intentó aplastar la actividad militante del estudiantado que le dio, hace solo un par de años, cátedra de voluntad y determinación a una facultad más inerte que decidida. Mas ese estudiantado, bien lo recordamos, rebeldemente consciente y conscientemente rebelde, ofreció aquí, hace dos años, uno de los homenajes a Hostos más hermosos que hayamos visto en los últimos años.
    Evoco, ya para terminar dos cosas. Primero, aquellas palabras que recordé al principio, esta mañana, publicadas en la novela de Julia Álvarez, “En nombre de Salomé”, y que nos recuerdan que “es la lucha continua de crear el país que soñamos lo que hace una patria de la tierra bajo nuestros pies”. Segundo, el dramático cierre del discurso de Hostos en la graduación de la primera clase normalista. Allí, Hostos refiere la visión poética de una escena en la que se ve a una mujer del campo que se detiene en la puerta de la escuela, se prosterna y ora. En medio de la risa de los estudiantes Hostos experimenta la misma emoción que sentimos aquí hoy, en esta universidad, aún no hostosiana ni plenamente puertorriqueña, y dice:
    “¡Ojalá que llegue pronto el día en que la Escuela sea el templo de la verdad, ante el cual se prosterne el transeúnte, como ayer se prosternó la campesina! Y entonces no la rechacéis con vuestras risas, no la amedrentéis con vuestra mofa; abridle más las puertas, abridle vuestros brazos, porque la pobre escuálida es la personificación de la sociedad de las Antillas, que quiere y no se atreve a entrar en la confesión de la verdad”.
    En esa visión Hostos plasma de manera dramática el imperativo, ineludible, de un compromiso que no puede ser roto sin dañar la médula de nuestro ser: el compromiso con la patria, punto de partida, con la comunidad de la que somos hijos, con nuestra identidad, menoscabada y menospreciada, incluso por instituciones como ésta. Hostos fue, como dice el título de uno de sus volúmenes, “forjador del porvenir americano” porque vivió de cara al futuro, definiendo agendas, transformando. Grande es la historia de esta universidad centenaria, pero como no se puede vivir de recuerdos fantasmales ni de nostalgias apolilladas, la universidad es y será lo que se anime hacer hoy, lo que proyecte ahora, la aportación al porvenir de esta patria que pueda ayudar a forjar, porque cada día es una página en blanco que espera con ansiosedad a registrar nuestros pasos.  “Se vive de porvenir”, ha dicho recientemente José Mujica, Presidente de Uruguay.
    Por aquí, justo por aquí, cuando Hostos sea, como decía Vivian Quiles Calderín, “para todos los días”, entrará uno de ellos la nación, libre, de Puerto Rico. Entonces, y solo entonces, tendrá Hostos patria en Puerto Rico.
    Hostos sean todos ustedes. Muchas gracias.

 

Marcos 
Reyes 
Dávila
¡Albizu seas!

  


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