domingo, 12 de julio de 2015

Francisco Matos Paoli: La alabanza de don PEDRO


En su CENTENARIO

LA ALABANZA DE DON PEDRO
Réquiem por Francisco Matos Paoli







1. Diapazón de Lares 

Esta vez
al diapazón
se le huyó el espíritu.
No pudo contenerlo.
Cayó en trance vibrante
el 10 de julio del 2000.
Y en lugar de menguar,
como acostumbra,
creció de sorpresa en sorpresa
y se elevó
sin necesidad de voces
ni de vientos
sobre la muerte aparente
de Francisco Matos Paoli.
De Lares vino a buscarlo la vida
como a una plenitud,
transfigurada en cadencia
en acuarela
en sentido de sentido.
De Lares vino a buscarlo
la patria desguarnecida
que resucitara alientos
en la palabra empuñada
–puño apalabrado–
de Pedro Albizu Campos.
Nadie vivió más fiel
al recuerdo de Albizu.
A las estrellas de sus desvelos,
a las palomas de sus agonías,
a los parajes laberínticos de sus sueños.
Por eso el reencuentro de ambos
un mediodía de julio
en la fosa fúnebre del Dirigente
tuvo que tener un bullicio de versos
desbocados –color de grito–
y de júbilos inconcebibles
que no dejaron dormir ni
siquiera a los muertos.
Cómo decirle muerte a
la liberación buscada
con afán infatigable
por una sangre preñada de sueños de belleza
y de libertad,
y por una voz llena de ojos vivísimos
que buscaba siempre el asidero
de alas transfiguradoras.
Cómo decirle muerte
si hasta su hermano de luz,
don Pedro Mir
–tan piedra de Pedro–,
le oyó pasar el once de julio
bailando sobre el fuego
eterno de Hostos
y le acompañó de júbilo
abierto.
Había un poeta en el mundo...

               
2. Un moisés en aguas grandes
 

Al diapazón, esta vez,
se le desgarró el espíritu.
No pudo contenerse.
Cayó en trance vibrante
cuando en Vieques
–y por Viequesí–
la isla soñada
izaba en brazos finalmente la quimera
que pretendiera Bolívar
como un cóndor
y que desde el Yunque
hasta Ayacucho
esperara también José de Diego.
Una lluvia tan grande de campanas
no podía ser sin más la imagen
de un pueblo acorralado
y al fin rebelde
apretado en un mar de banderas nuestras.
Una lluvia tan grande de campanas
no podía ser un verso
que ignorara que te llevo en la sangre
y que me llamó también Francisco en tu nombre,
mi querido don Paco, taco del alma.
Una lluvia tan grande de campanas
parece calibrar
este rostro de tu estela americana.
Aquí se quiebra el verso insurgente
como un salmo,
aquí sudas la sangre con espinas
y reapareces
como un moisés americano
en las aguas grandes
del continente incontenible que eres,
criatura de una locura de embocaduras,
dios que se hace palabra de rocíos.
Una vez te sentí Salto del Ángel.
Eres una inmensa inmensa,
un inmensa luz también,
decía yo una vez atravesado
por esa poesía que tuviste contigo siempre
como amante y paloma.
Presentía y sentía,
pero no sabía cuánto podías sobrecoger
con esa fuerza tuya
de las aguas grandes de Iguazú
que me paralizaron de madrugada y de frío,
esas aguas guaraníes
del brasil
la argentina
paraguay
del mismo corazón del continente nuestro,
esas aguas grandes
que se aprietan a mis pies
como el canto general
que no invoco en vano,
porque todo un oceáno desfila en Iguazú
en honor de los martirios de América
mientras canta un tucán amanecido
sobre la copa de todos tus árboles.
Pero eras también aquel bosque humedecido
que pintaba con sus dedos
un poema de luna y de amor sobre un plato.
 

3. Quien te ve, dios enardecido.
 

Hace unos días estuve allí
viéndote pasar sin pasar,
viéndote caer sin caer,
viéndote vibrar diapazón sin término,
inmenso corazón de un continente inmenso.
Estabas en Humacao,
en la universidad que te quería ver
otra vez
aliento frutecido.
Israel te provocó con su décima
al valor y al sacrificio.
Y allí te levantas
diapazón provocado,
allí cantas la oda elemental
el himno estremecido de tu cuerpo en fuga,
allí se concentra el espíritu
de tu dios del aire y de la transparencia,
criatura del rocío.
Y todo diapazón,
diapazón sólo,
improvisaste allí
allí mismo
un réquiem enamorado
a la tierra ensangrentada de los héroes
porque siempre respiras el aroma de sus sulamitas,
y porque siempre llevas en los labios
el cáliz de los vinos
del esfuerzo y de los sacrificios.
Qué semilla encendida tu palabra!
Como un mar de sorpresas
tu verso se extiende y se expande
de espalda a toda ley física
que canonice los límites del esfuerzo humano.
Pero no fuiste un recluido de tu mismidad.
Tu vida fue balcón
para recibir a todos
sentado a corazón abierto en tu sillón.
Pero no solo fuiste sólo parada obligada
de cada insularista
que buscó el pulso de la tierra,
porque fuiste antena,
colector,
amoroso buscar de todo rastro excelso,
solidario amigo de la belleza de todos.
Cuánto aliento en prólogo el tuyo,
cuánto faro en carta,
cuánto artículo de perito relojero,
de atinado catador de los tic-tac de la palabra.
Cómo se veía en tu rostro
el rostro de la lengua satisfecho!
Cómo se acomodaba en tu sillón,
abierto todo como un libro,
el genio de la lengua
satisfecho.
Iba contigo,
como una criatura fiel
o una estrella anclada en tu belén
de río piedras,
a caminar las calles
para airear tus coyunturas
del dolor de los obreros,
del dolor de huesos y de hambre
de este Puerto del Navy Norteamericano
que creímos isla nuestra.
Iba contigo a cada marcha,
tanto piquete,
tanta reunión de mar de banderas
que creyeron en nosotros
sin judas
ni esos posmodernos
popmodernos,
porque fuiste no sólo sesentista militante,
sino militante de siempre
y de verbo incarcelable,
verbo con locura de cielo.            
Quien te ve
¿no ve la obra que desborda bibliotecas,
que desborda zenobias-camprubí
y sólo alcanza a acotar
una isabelita paloma
que esperó también
consuelo fuera de la reja carcelaria
y te ayudó a hacerte perdidizo
como un San Juan de la cruz?


3. Coda en testimonio

Quiero dar testimonio
de que me recibiste mozo de sueños,
que joven me llamaste don en México
donde salvabas mis soledades,
que me abrazaste tantas veces
como un padre,
que siempre tuviste una sonrisa
y un corazón abierto de calores para mí,
y tuviste siempre
la medalla de una palabra,
y una palabra como una república,
una república como un albizu,
un centenario albizu como una alabanza.
Fuiste, no cabe duda,
una alabanza en Lares,
pero fuiste también
la alabanza de don Pedro,
esa alabanza que repercute
en el canal de Vieques
–al fin del siglo–
como un albizu entero.
Y allí, y en todos lados,
mi querido don Paco,
una paloma en las campanas,
una huella indeleble
como una estrella
y una bandera nueva
como un sueño!
Dígame, dígame usted,
si llegó a donde debe la alabanza!

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