sábado, 18 de junio de 2022

Vicente Rodríguez Nietzsche

 

In memoriam


Vicente Rodríguez Nietzsche:

La poesía como salmo de faustos*
Marcos Reyes Dávila
                                                                 
               "...lo eterno femenino siempre arriba
                                                                                            con potente acicate nos aguija".
                                                                                                                            Goethe, Fausto.

Si algún crítico no hubiese despachado con prisa a la poesía de Guajana --y con ella a la poesía toda de la generación del sesenta-- como "poesía mesiánica" --o lo que vale decir, panfletismo político socialista-- no nos extrañaría constatar que un repaso de la obra poética del eviterno director de Guajana, Vicente Rodríguez Nietzsche, nos obliga a proclamarlo inopinadamente, poeta del amor.
La crítica literaria en Puerto Rico (y mucho más cuando la brevedad impone el juicio somero) generalmente etiqueta la poesía de la generación del sesenta como panfletaria --no sólo mesiánica--, politizada, socialista o sencillamente militante. En el mundo de las realidades virtuales posmodernas --esa nueva torre de marfil de quintacolumnistas tan popular entre los pesimistas derrotados de este fin de siglo--, trataríase de un relato totalitario, de un imaginario paternalista. Los calificativos, que se refieren al mismo conjunto de rasgos, suponen ligeras variaciones semánticas, distinto baldón que hinca espada sobre el mismo asunto, excepción presupuesta, claro está, de esos antivalores posmodernos que pretenden definir al Subcomandante Marcos como un nuevo modelo de Batman. Ello resulta menos huidizo aún --es decir, más pertinente-- si hablamos de los poetas del grupo de Guajana, revista abanderada de esta verdadera generación de poetas que anidaron al menos en otras tres trincheras de importancia: Palestra, Mester y Versiones, cada una de ellas promotora de variantes generacionales y punto de tiro de poetas de valor incuestionable.
En el caso de Guajana ya expresamos nuestro juicio acerca de esta militancia/politizada/ socialista/panfletaria y mesiánica, al concluir nuestro examen de la obra de treinta años de su grupo más claramente distintivo, en nuestro estudio preliminar a la antología que titulé Hasta el final del fuego (Editorial Guajana, San Juan, 1992). Decíamos allí que si bien esta militancia puede argüirse desde una perspectiva diacrónica como uno de los denominadores comunes más claros y diferenciales del grupo, no es exclusivo ni excluyente, ni permite establecer una visión monocromática uniforme de su universo lírico, ni siquiera en su Segunda época (1966-1968), esa época precipitada en ascuas tras la muerte de Pedro Albizu Campus. Si bien pudo ser ése su rasgo más notable o el rasgo más evidente de ruptura con la poesía anterior --sobre todo para la sensibilidad que la aplaudía y para la que la repugnaba-- no necesariamente era el más comúnmente atendido por la mayor parte de los miembros de la generación, ni siquiera de Guajana. Antes bien, decíamos en ese estudio preliminar titulado "Guajana, las líneas de su mano. Treinta años de poesía", que la poesía de este grupo era, más que un monolito o un coro unánime, un pedregal. De esta manera pretendíamos subrayar las diferencias profundas de voz y sustancia entre ellos, diferencias que quiebran incluso a primera vista sus obras en individualidades recias, testimonian la autenticidad de voz de cada uno y, más que continente y color sólido, nos imponen la imagen de un archipiélago. En nuestra caracterización individualizada de los poetas de Guajana, describimos allí específicamente la poesía de Vicente Rodríguez Nietzsche como "la ternura armada entre el fusil y la flauta". Ello, precisamente, porque la voz amorosa emerge reina sobre sus otras voces. No debería extrañarle, pues, al lector, constatar con este libro, como indicamos al inicio de estas líneas, que Rodríguez Nietzsche es, ante todo, un poeta del amor.
Vicente Rodríguez Nietzsche (1942) fue miembro fundador de la revista Guajana, el único miembro constante de su junta editora, y el eviterno director de sus destinos. Autor de más de trece libros u opúsculos, algunos de los cuales aparecieron en ediciones conjuntas con libros de otros autores --y otros virtualmente inéditos--, su obra dispersa en libros y revistas del país y del extranjero bifurca su raigambre desbordada de pasión amorosa y de ternura tantas veces armada en dos surcos a menudo entrelazados y nunca enfrentados: la patria y Eros, esa vieja dicotomía de dialécticas sutiles tan preñadas de sorpresas que frecuentaron los románticos. Poeta de fibra religiosa que se apresta a transformar el mundo con la óptica nutrida de oposiciones dialogantes, no deja nunca atrás ni desplaza definitivamente, aunque lo aparente, salmo y liturgia, ni en la trinchera de la patria ni en el surco húmedo de sus amores. Hemos considerado para esta antología de su poesía de amor ocho de sus libros publicados entre el 1965 y el 1995, pues esos ocho de sus trece libros-cuadernos publicados orbitan en torno a los apremios de sus experiencias amorosas. Rodríguez Nietzsche se presenta en ellos anclado en sí mismo y anclado en el amor de turno, pero no obstante, desanclado, a la deriva, sometido y sin voluntad a la manera del amor que lo lleva y que lo trae, como un Fausto de insaciable sed. Dos de ellos se publicaron en la década de los fogosos 60; uno en los refluyentes 70; tres, en el detente casi soterrado de los ochenta, y dos en el autoexilio de la posmodernidad fraudulenta de los 90.
El erotismo es tema infranqueable precisamente por su absoluta inclusividad. No hay cultura que sea --o haya sido-- en la que el amor no hincara sus banderas. A despecho de su eternidad de esencia, aunque atomizada en la infinitud difícilmente historiable de sus maneras, el amor metamorfosea sus formas pespunteado por el carácter siempre distinto de cada quien, lo que vale decir: el amor tiene rostro, un rostro único y distinto en cada persona.
Hecha esta salvedad que impone la relatividad de su experiencia, el estudio del erotismo en la poesía de Rodríguez Nietzsche sólo puede ser propuesto como un registro personal de inmanencia intransferible, mas sin embargo, modelo auténtico de un comportamiento singular de este autor: en el amor, exhaustivo como pocos; penitente, pero atolondradamente persistente; abroquelado entre extremos de cielo y tierra, de agua y fuego, en un campo minado marcado por ángel y por diablo. Su ritmo aventurero afinado en un contraste alternado de emociones antitéticas, ofrece al lector --amén de la narración de sus peripecias-- las estancias pausadas de sus estaciones en un lenguaje que propende al aliento de pétalos, generalmente breve, de tono menor y confesión musitada. Nada hay de golpazo o fuerza bruta. Como la energía cósmica, el amor en esta poesía recicla una y otra vez mediodía y crepúsculo y, seguro de la eternidad de cada instante, goza o sufre, siempre en plenitud, su periplo ciego.
Curiosamente la producción poética en libro de Rodríguez Nietzsche abre con un cuaderno de esta estirpe. Domingo, lunes y martes fue publicado en el 1965 por la Unión Internacional de Estudiantes en Checoslovaquia, como fruto del primer certamen literario de la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI) y en edición conjunta con Exposición de la sangre de Guillermo Rosado Haddock. De verso libre, palabra sin modismo, dicción clara, moderna, auténtica, la imagen oportuna, suave y redonda, sin estridencia, como la de Pedro Salinas, es un extenso poema en tres días, cada uno de ellos dividido en cuatro partes, de lenguaje y tempos diferentes: el primer día es pasional y pretendiente; el segundo es meditativo y satisfecho; el tercero es más grave y sombrío. Tres actos que ciñen el registro de un amor que nace, alcanza plenitudes y muere. Con la aparición de las flores como símbolo hegemónico de su metaforización, el cuaderno establece el patrón de desarrollo en dos vertientes que serán reasumidas continuamente en esta poesía: el éxtasis y la agonía.
A ti, criatura natural, es el cuaderno poético de Rodríguez Nietzsche publicado en el volumen titulado Estos poemas de 1967. Es un discurso extenso de una riqueza extraordinaria de imágenes, vibrante de sensorialidad y emoción en estallido. Rodríguez Nietzsche muestra aquí ya un dominio pleno del decir, madurez en el desarrollo de la imagen, cadencia de ritmo, y luz total sobre el sentido. En nuestras "notas de viaje" por la poesía de este autor publicadas --en el volumen citado Hasta el final del fuego-- como presentación a la antología de poemas de Rodríguez Nietzsche ("Vicente Rodríguez Nietzsche: la ternura armada", 267-270), comento que este libro emula la delicadeza de voz del Cantar de los Cantares o de la poesía de San Juan de la Cruz. Sus símiles son abundantes, y los motivos del amor están recreados con la sensualidad nerudeana de la naturaleza y una acostumbrada interpelación que ratifica la voluntad comunicadora. La fuerza de estas ternuras aflorará recurrentemente en libros muy posteriores al paréntesis impuesto por el politicismo.
En efecto, once años más tarde publica Amor como una flauta (1978) con un prólogo de Marcelino Canino. Abre el libro con un poema en arte menor que llama Dedicatoria. Con tres libros acumulados, el lector constata que Rodríguez Nietzsche utiliza un lenguaje de amor inusual. Aunque la dicción se amolda a las construcciones sintagmáticas del poeta colombiano Germán Pardo García (1902), se sensibiliza de todo, y por eso ronda hermetismos, pero no incurre. Tiende a construir un mundo diferente del real; propende a buscar, subrayar y dar relieve a la diferencia. El verso breve, a veces muy corto, hace inventarios mientras deja fluir la conciencia libremente entre los andamios de sus alegorías y sus símbolos. La anécdota y los referentes concretos se diluyen en lo incierto. Casi siempre una idea, una emoción detonada, un suceso rompe-cuadros, recogido en los primeros versos, precipita el poema, lo desenrolla. Por eso Rodríguez Nietzsche, aunque tiende al poema largo, respira a tramos cortos, dividiendo el poema como una escalera. La repetición, gradante o enumerativa, pone en evidencia la retórica del énfasis, de la porción aguda, de la caída alucinante, del vértigo y del frenesí. La pérdida se quiebra como desesperación que deja entrever diálogos ocultos. Es decir, que se asiste con el oído en la pared del verso o de la página a la voz que clama tras los cuartos oscuros. En las notas de viaje a su poesía, antes mencionadas, sugiero que en este libro su autor se vierte ahora sobre la ternura que antes asomó pero con la delicadeza de un amor que desde la dedicatoria en verso ancló en la copla tradicional madrigalesca. Otra vez nos hallamos ante un interlocutor presente pero mudo que descubre en la palabra la función priorizada de la comunicación en la forma de una confesión de amor, fragmentada por momentos. Libre de clichés se muestra el hombre entero en un amor pleno, un amor en el cual lo material y lo espiritual se equilibran y confunden en un recinto íntimo, definidos y aislados de la otredad --social, política-- que se entrevé como acción difícil y fuente de dolor.
Del dulce pie tu caminar tranquilo, cinco años después (1983), es un libro con indudables paralelos. Abre también con una "Dedicatoria" en verso que se regodea en la plenitud amorosa. La palabra busca puentes de comunicación, vínculos que transfieran sus razones, en un tono madrigalesco de una intensidad afectiva que suele faltarle al madrigal. Aunque asoma en el contexto de fondo la posición políticosocial de su autor, la ternura del tono, la intimidad de la interlocución, el medio ambiente que se hermosea, adquieren sentido referentes a la emoción, y a través de la palabra el lector se siente apostrofado, testigo mudo, participante oculto de una ternura torrencial, de mundo límite. A diferencia del cuaderno anterior, este testimonio de amor no es crónica de un amor perdido. Tal vez por eso hay aquí más balance, tranquilidad y paz, menos sombras, menos presencia de la otredad y de lo otro, menos invasión de lo social, a tono con la poética dominante en los ochenta.
El Decimario es de 1988. Parece un libro facturado a posteriori con décimas recogidas de muchos años de versificación. La forma, no obstante, robustece la unidad del libro dividido en tres partes, tres unidades temáticas: Isla-hombre (siete décimas); Patria (cinco décimas); Amor (trece décimas), los motores vitales de su poesía. El lector se siente en estas décimas menos aludido, pues en general tienden estos versos a distanciarse de la experiencia concreta, de la autobiografía, para tornarse más conceptuales. Así incurre Rodríguez Nietzsche en tópicos como el desdén del cuerpo y elogio del interior puro, el amor y la espina, el madrigal, la naturaleza, etc.
Será en Vuelvo a enhebrar la musical costura (1989) que Rodríguez Nietzsche regrese, como lo anticipa el título, al libro refractor de una experiencia concreta en el que se perciben el tránsito, las épocas, los momentos. Nuevamente, la "Dedicatoria" como poema de apertura, establece las coordenadas de la vivencia que reproduce --nuevamente-- la simbología floral, esta vez, en arte mayor, endecasílabos. En general se tiende a la economía, la elipsis de los poemas breves, pero nutrido de experiencias, de las referencias más variadas y ciertas. La frase, más controlada, depurada, barnizada, asume muy pronto en su conjunto un dejo de elegía, expresión de una pérdida que evoca alegrías previas. Después del ritmo y equilibrio del Decimario, los versos polimétricos de este cuaderno se sienten caóticos, duros y ásperos como todo lo quebrado. Reconcentrado lamento, cerrado el sentido muchas veces, sus vértebras transitan entre el cielo y el infierno, anidada la palabra en la amada, desde cuya atalaya se ve el mundo, y en una anécdota oscura, casi hermética, vivida siempre, no literaria. Esta sensibilidad auténtica, esta palabra-verdad que busca sintonía con el oído huidizo de la amada, crea un mundo de realidades transformadas por la pasión que equivoca inadvertidamente sus referentes y que por eso emerge en un mundo teñido de extrañamientos, como una pintura de Roberto Fabelo. Un recorrido por la experiencia del amor altera, perfila, talla su rostro, o sobre su rostro, sus aleteos, sus peripecias. Parece girar, en péndulo espiral, en torno a pasiones que oscilan entre la gratitud beatificante y la desolación postradora. A Rodríguez Nietzsche lo avasalla la delicia del amor, y por eso agoniza en sus renuncias.
No supe enamorarme de azucenas es el libro que aparece en el 1994. Rodríguez Nietzsche regresa al lenguaje de las flores superando su dialéctica simbólica en un metalenguaje del pétalo y la especie que genera su propio código poético. De ahí el título, y el significativo subtítulo: Biografía de amor. El poeta se sitúa a distancia de la experiencia y contempla su pasado en transparencias. Contrario a los versos que viven y sufren, en este predomina el arte mayor endecasílabo. Garcilasiano a veces, evoca cuadernos previos o los intertextualiza, como los ¨miércoles" que se refieren a la experiencia de Domingo, lunes y martes, antes mencionado, y las "cuerdas" y las "flautas", se enhebran a los otros cuadernos previos. Más aire clásico, a soneto, a siglo de oro, a pesimismo barroco, más quevedesco al fin que garcilaso. Algunos poemas breves resultan instantáneas más nombradas que predicadas. Cuando rompe el estilo, apostrofa, interpela directamente a una de sus flores amorosas, y, pudoroso, escribe el poema entero entre paréntesis. El conjunto parece haber superado la dialéctica de abismos, en reposo al fin; una oportunidad en ocio de recapitular en sosiego. Por eso la altura reflexiva. Las "azucenas" es un lance hacia San Juan, aquel hermoso final de la Subida al Monte Carmelo:
"dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado".
A lo mejor es doble nuestro sueño (1995) es una antología, trozos de un libro mayor. Comienza con el poema "III", de Domingo, lunes y martes... Como toda antología --con algunos inéditos-- el todo resulta ecléctico, desigual. Aunque el autor ha dejado de lado otros opúsculos, como Para tocar la música de tu amor (1988) --libro en el que se enaltece el sentir religioso-- y los once sonetos de De la maternidad (inédito), Rodríguez Nietzsche regresa a los embelesos de una poesía de amor celebratoria en Para volar los azules de tu aire (también inédito). Es éste un extenso conjunto al estilo del Cancionero y romancero de ausencias de Miguel Hernández o del Cancionero de Miguel de Unamuno. Todo un mundo, vasto, minucioso, diario de un amor vivido, latido y página en proceso, involucrador, confidente. Los treinta años de pasiones y agonías se reciclan aquí en otra altura, en una palabra desteñida más aún de adherencias anecdóticas y concesiones al lenguaje de época, en una palabra más suya, hermética de los referentes que la concretan en versos, abierta a la promiscuidad de sus sugerencias y probabilidades.
Como en la poesía de Rodríguez Niezsche, la plástica de Roberto Fabelo (1950) que la acompaña descubre como el amor talla su impronta camaleónica en el rostro del que ama. Apenas un puñado del total de obras de Fabelo que esconden sus sorpresas entre estas páginas, fueron concebidas y creadas al calor del estímulo directo de este proyecto editorial. Sin embargo, imposible negar diálogos ocultos, porque entre Vicente Rodríguez Nietzsche y Roberto Fabelo una larga y estrecha amistad se ha abonado, echando raíces y ramas en el tiempo paralelas al obrar creador incesante de ambos. Por eso no puede extrañarnos que en la poesía de Rodríguez Nietzsche, como en la plástica de Fabelo, el amor sea inconcebible sin el juego inédito de los cuerpos, sin la comunicación de las intimidades impudorosas, sin la anormalidad gozosa de lo que nace espontáneo y sin dueño, sin la sexualidad inescrupulosa que se apareja a los duendes que emergen de las sombras cuando las emociones fuertes verdaderas detonan sus luces. En ese Fabelo, pintor cubano de realidad alucinante, del encantamiento maravilloso que edita esta nueva versión de realismos mágicos, la metáfora se concretiza en trazos, cobra vida entre aves y mariscos, ala y escama resbaladizas. Como si los rostros emocionados tuvieran atributos insospechados, extraños, que rompen los sistemas, y que, no obstante, encuentran en el erotismo puente, salvación, salmo. Como si el erotismo incursionara en lo extraño y concretara duendes, y como si entre los duendes que en verdad habitan las experiencias auténticas de la vida, e imbuido en el misterio, el hombre se angelizara.
La prolongada incursión de Vicente Rodríguez Nietzsche en la poesía amorosa evidencia un modo de existir, una necesidad imperiosa, una infranqueble ley centrípeta, una fuerza de gravedad harto demostrada, que ata de este modo a nuestro poeta con la vida. Verso y vida en este peregrinaje penitente e impenitente se funden para hacer de la vida de Rodríguez Nietzsche un transcurrir perdido entre renglones de versos, y para hacer de sus versos un palpitar de vida, recio lance al vacío como una piedra lanzada por la honda de David. El salmista cantó orando, toda una vida, versículos tejidos entre delirios apasionados y ternura tensa. Y como un insaciable Fausto, Fausto incorregible, Fausto indescarrilable, vivir para amar, amar para cantar, cantar para vivir, y viceversa, ¡y ser salvado por ello!, ¡salvado precisamente por su amor, su "eterno femenino"! Esto es la poesía vivida desde adentro, vivida en honradez, auténticamente, como un salmo redentor, un salmo de faustos, un salmo de Vicente Rodríguez Nietzsche, afortunado, fausto.


Marcos Reyes Dávila
¡Albizu seas!
*Prólogo a su libro: “Que canten en verdad lo que te quiero”, 1999

sábado, 19 de marzo de 2022

Finisterre / Fin del Mundo

 

Finisterre

        Fin del Mundo



Hace cinco años Hilda y yo hicimos en barco la travesía por el "fin del Mundo": la tierra donde termina la América nuestra. Entonces escribí un poema que tengo entre los mejores, incluido al final de mi libro "Equinoccio". Se llama erróneamente Finisterre, que punta de tierra en Francia que se asoma al Atlántico. Yo tomé varias fotos del faro del Fin del mundo. La foto, que es mía, y el poema, aquí siguen:


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Finisterre

Hacia al final del calendario
donde nos espera un continente de hielo
contemplo la canción que fuimos
desde el día que izamos la bandera
y emprendimos aquellas rutas cotidianas
y también secretas.
Más que camino
fuimos la voz y el eco
de un solo cuerpo
que nunca fue páramo para el silencio.
Ni una línea monótona
trazada a ras del suelo
como la del monitor cuando cesa sus registros,
o como cuando desentona el corazón
los cantos de sus pájaros.
Nuestro cuerpo tampoco fue una isla.
Poblado primero de arrecifes
se hizo poco a poco cómplice
y amplio y diverso como un continente
que no puede ceñir una mirada.
Nuestro cuerpo
extendió sus relojes por el valle,
sus meridianos llenos de agua y de peces,
su lluvia de verano
y sol de primavera.
Llevábamos sobre el pecho
una cartografía de horizonte
donde la memoria acurrucaba
las avenencias con su aroma azul
y las desavenencias altivas.
Era un espacio nuevo
como una américa nuestra,
con bahías amplias y adoquines
con fronteras y desaforadas montañas.
Por ella transitábamos
con valijas y sin ellas.
A veces con hambre
y otras veces hartos
de arrozales y de avenas.
A veces sorteamos ríos impetuosos,
el frío que se recoge en el rocío
o el sol avaro del salitre.
Allí estaba la piedra
con su escritura arcana.
Allá la paloma en la bandera.
Fuimos un río
que se lanza soberbio de lo alto,
un paraná sereno,
un barco pesquero
que espera en paz
en lo oscuro del silencio.
Fuimos la memoria de las redes hartas
de peces inquietos.
Fuimos un desierto
con su lengua seca de amores,
pero también el bosque húmedo
donde anida
el pájaro rojo en las bromelias.
Y allá íbamos.
Al final de un continente
lleno de voces pobladas
de acalladas historias de sangre,
del relato de un grito en la plaza,
del verso en el canto solitario,
del golpe del patrón y de la herida.
Óyete conmigo,
que todo fue semilla en semillero.
El beso de ese acorde
que en la cuerda vibra sobre el lecho.
La clave en el acorde
que despierta a la faena
o que duerme cansada.
A veces resplandor sobre la torre
y a veces un sepulcro de silencio.
A veces azotado en el insomnio
y a veces a galope alborotado.
Más allá de los bosques del río,
del zargazo y la hojarasca,
y del risueño ras de las colinas,
traficamos la ansiedad perdida
a manos llenas
caminando las veredas.
Al final de nuestro camino vamos
a puro corazón
como un respiro que no cesa.
Vamos desde los siglos
que aún no acarician la memoria
y nunca han sido.
Allá está el aquí de la promesa sin olvido.
La tierra fría donde el fiordo
esconde su alegría.
Esa tierra helada
al pie de un continente ardiente.
Allá nos espera
esa tierra fuera de los mapas
donde se hace eterna la caricia.

***
Antes de que llegue diciembre
–si es que llega–
con su estribo al descubierto,
contemplemos el júbilo sereno
que pastea ahora
desde el mar callado
hasta la cima blanca.
¡Es tan pequeño el sol!
–dice la tarde.
Todo está en esta palabra
que signó
kilómetro a kilómetro
en la impredecible piedra de los vientos
la ruta de esta seda.
Todo en el júbilo sereno que te dije.
El que ubicado al final del mundo nuestro,
siempre fue
y será siempre
nuestra tierra del fuego.

martes, 11 de enero de 2022

Hostos: la biografía interminable

 

HOSTOS:

La biografía interminable



En los últimos años de su vida, Eugenio María de Hostos llevaba a rastras el peso de una sombra que casi no podía soportar. Se halló un día de esos vagando por una calle solitaria de la zona histórica de la ciudad de Santo Domingo como quien busca posada, pues tenía que encontrar una casa para alquilar. Había quedado a la intemperie: la casa que habitaba con la familia había sido quemada por una turba ciega. A su mente llegaba el eco de lo que fue el último día de un bien intencionado: “Libre ya
de enfermedad, próximo a la muerte”. Evocaba los últimos días de don Quijote, cuando vio derrotados los esfuerzos de su vida. Sin embargo, había forjado toda su vida un carácter de acero.

La tragedia deshacía continuamente los esfuerzos. Borraba tras su paso las huellas de sus esfuerzos. Como Prometeo, le había robado el fuego a los dioses y un monstruo le comía las entrañas. Como Sísifo, debió cargar y subir cada día el peso de una roca que volvía a caer. Y, sin embargo, más de un siglo después, aún despierta el año cada once de enero con esta exhortación que le hace al país el día de su natalicio: “Ni mares, ni sirtes, ni ventisqueros, ni caos, ni torbellinos os arredren: más allá de la tempestad está la calma…” La calma que aún no llega.

La vida de Eugenio María de Hostos no es un llano sereno sino un territorio abrupto y escarpado. Ni siquiera en sus días plácidos alcanzó un sostenido sosiego verdadero. Sus oasis de amor fueron estrellas fugaces, hasta que llegó Belinda. Del mismo modo, los días de aula del maestro sufrieron percances y grandes dificultades. El biógrafo de Hostos se encuentra con numerosas contrariedades dadas las peripecias singulares que atizaron su vivir en todas sus edades y grandes eventos. De igual manera carecen de plena claridad y transparencia las luces de su pensamiento.

Considérese respecto a biografiar a Hostos las siguientes situaciones. La parte que corresponde al mundo de la infancia en Mayagüez carece de información amplia y concreta. El problema de sus estudios en Bilbao y luego Madrid, si no oscuro, ha sufrido de especulaciones infundadas. Las conflictivas y dolorosas circunstancias familiares que rodearon su época española carecen de adecuado perfil. La manera como surge, y la naturaleza real de sus introspecciones y sondeos del Diario, adolecen de demasiados acasos. La aparentemente insólita irrupción de La peregrinación de Bayoán, clave enigmática de su pasado y su futuro. La manera, el por qué y el cómo se inserta en la lucha política española. Sus complejas estrategias revolucionarias. Su ruptura con el gobierno “republicano” español. Las razones de sus dificultades con los dirigentes del exilio cubano. Los varios intentos fallidos de sus experiencias amorosas. Las numerosas propuestas y batallas de su periplo suramericano. El significado complejo de su matrimonio y el carácter de su vida como esposo y como padre. Las vicisitudes de sus proyectos pedagógicos en la República Dominicana, y luego en Chile. Su conflictiva relación con los gobiernos despóticos de ambos países. El inesperado reinicio de la guerra en Cuba. La manera cómo Hostos se inserta en los proyectos del Partido Revolucionario Cubano. La anticipada intervención del imperialismo norteamericano en 1898. Las dificultades, zancadillas e impedimentos de sus iniciativas por parte de la clase política puertorriqueña. La reinserción, entre el aplauso y el encono, de sus nuevos proyectos educativos en la República Dominicana. El ceñudo deslizamiento hacia la muerte. Todo esto es solo una parte de los abigarrados desbrozos que tiene que realizar su biógrafo.

Otra de las dificultades de esta biografía es la de reconstruir con hilo y al dedillo la manera y el paso a paso de cómo se construyen o manifiestan sus ideas, y también, la necesidad ineludible, y no menos dificultosa de reseñar sus obras fundamentales. Hablamos no solo de sus discursos importantes, sino de los ensayos escritos y publicados en serie sobre muy diversos temas, su crítica de Hamlet, los ensayos sobre la educación de la mujer, el recuadro de su obra pedagógica, la Sociología, el Tratado de Moral, las lecciones de Derecho, entre otras cosas.

Como educador, Hostos es, de manera indudable, una figura que se encumbra en toda la vastedad de los pueblos de América. Es perentorio afirmarlo, no sólo en cuanto las ideas que enseñó en el aula, pues, además, escribió los tratados doctrinarios de cada una de ellas, incluyendo, no solo la filosofía y ciencia Moral, la Sociología, sino la Matemática, la Lingüística, la Historia europea o asiática, el Derecho Constitucional y el Derecho Penal, la Geografía física o humana, entre otras. También desarrolló prontuarios, modeló programas, dirigió escuelas, impulsó proyectos extracurriculares, definió los métodos y principios pedagógicos minuciosamente. Y particularizó todo esto para dominicanos, para chilenos, para la infancia, para la juventud y las carreras profesionales. Desarrolló programas para la educación de la mujer, para los obreros, y sobre materias agrícolas.

Pero, además del Maestro, Hostos antes fue un Libertador más allá de las doctrinas. En España conspiró y propagandizó la lucha contra la Monarquía a favor de la República y en defensa de la libertad de las Antillas; en Nueva York conspiró, organizó y dirigió esfuerzos revolucionarios, tanto para la recaudación de fondos como para la compra de armas, para persuadir cooperaciones y compromisos, para propagandizar e incentivar ideas y arengar voluntades, para definir tácticas y estrategias, para definir la ruta a seguir en el día a día y en la construcción de la libertad que sigue a la conquista de la independencia. En la América del sur propagandizó la cooperación de los diferentes países, creó instituciones útiles a la defensa de la revolución cubana, y cooperó en solidaridad con las luchas justas de los pueblos de cada país. En Puerto Rico, en 1898, en el momento justo de la invasión de Estados Unidos, Hostos también organizó, propagandizó, creó instituciones que pudieran levantar el poder civil, la voluntad del país en defensa de lo suyo. Abogó, como nadie lo hizo antes, ante el Congreso, ante el mismo Presidente, y ante la opinión pública estadounidense, en favor de la soberanía inalienable del pueblo de Puerto Rico, armado del Derecho Constitucional y del Derecho Internacional. Lo antes enumerado y descrito es solo una parte de lo que fue la obra de su vida.

Escribir una biografía sobre Hostos, en estas circunstancias, demanda también limpiar el polvo de los olvidos, colocar las piezas en los espacios correspondientes, buscar piezas faltantes, y contar la historia como se lía un ovillo. A eso nos hemos dedicado estos últimos meses, es decir, estos últimos años. Los años de los que hablo ya parecen ecos lejanos. Parten desde al menos treinta y seis años, con la reseña, el análisis, el estudio de variados aspectos de su obra y de su vida.

A muchas otras interpretaciones y afirmaciones hemos tenido que salirle al paso. Hubo quien publicó numerosos volúmenes para vejar su figura, su valor y la importancia de la obra escrita del joven Hostos, incluyendo La peregrinación de Bayoán, su Diario, su práctica política. Hubo quien lanzó sospecha sobre sus estudios, y llevándolo más lejos, intentó cuestionar y aun negar sus méritos académicos. Hubo y aún hay muchas otras cosas.

La vastedad de la obra de Hostos tiene tal envergadura que no bastan los brazos al abrazo, pues además del cuerpo, hay epifanías que lo apadrinan y urgan el porvenir. Tal como dice Juan Ramón Jiménez, sobre sí mismo, cabría oírle decir a Hostos: “No soy presente solo, sino fuga raudal de cabo a fin”. Eso, si fin tuviera, porque la vida de Hostos no se detiene con su muerte. Es necesario enmarcar su vida más allá del marco perentorio del calendario de sus días para colocarlo en el marco del propósito de vida que acuñó con estas luminosas palabras: “El fin no es gozar de ese día radiante; el fin es contribuir a que llegue el día”.

Cualquiera que desee, o haya intentado escribir su biografía, sabrá, muy pronto, que está ante una biografía interminable.

MRD

Publicado en 80 Grados, 

https://www.80grados.net/hostos-la-biografia-interminable/

jueves, 6 de enero de 2022


Marcos Reyes Dávila

"Puerto Rico: historia del porvenir"

Revista ARCHIPIÉLAGO


Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)



















https://go.gale.com/ps/i.do?id=GALE%7CA308883819&sid=googleScholar&v=2.1&it=r&linkaccess=abs&issn=14023357&p=IFME&sw=w&userGroupName=anon%7E5ed3d85c



Festival Internacional de Puerto Rico - 10 Aniversario

 

FESTIVAL INTERNACIONAL 

DE POESÍA EN PUERTO RICO

10mo Aniversario




https://youtu.be/98g2JOIbeu0

https://www.youtube.com/watch?v=98g2JOIbeu0&t=14s

viernes, 22 de octubre de 2021

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